| Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales |
| Adaptación
|
Manuel J.
y Fernanda Rodríguez Caamaño
Universidad
Complutense de Madrid
|
Esta análisis se fundamenta
en la observación de que las sociedades desarrolladas tienden a regirse
por unos criterios que difieren radicalmente de aquellos que, anacrónicamente,
aún siguen determinando en su normatividad ciertas relaciones sociales
entre los individuos que la configuran.
Las formaciones sociales avanzadas,
en su dinamicidad mercantil y funcional, han generado una serie de transformaciones
en el universo simbólico-cultural, que permiten plantear la inexcusable
necesidad que tenemos de analizar las consecuentes y correlativas repercusiones
que han acontecido en el campo de lo social.
El desarrollo material, producto de
una utilización generalizada de los medios científicos y tecnológicos,
en su progresiva instrumentalización rechaza por su inoperatividad
todas aquellas concepciones sobre la realidad que impiden u obstaculizan,
en su fundamentalismo, la apertura de lo social al duro e inhumano materialismo
racional.
La dominación y liberación
de los individuos demanda, en este tipo de sociedades, el control sobre
la realidad tanto en su nivel material como en el sociocultural puesto que
son los citados niveles quienes permiten la realización de aquellos
dogmáticos deseos que, hasta la actualidad, siguen predominando y
presidiendo todo tipo de relaciones entre los humanos. Sin embargo, es preciso
insistir que en estas sociedades que han alcanzado un elevado nivel de desarrollo
material aún subsisten rémoras socioculturales que denotan,
en su creciente antagonismo, el desigual ritmo de acceso que tienen a lo
instrumental, lo material y lo simbólico cultural. A pesar de ello,
son cada vez más los referentes socioculturales que han caído
en el olvido a causa de su disfuncionalidad sistémica e individual
concreta, produciéndose en consecuencia su sustitución por
otros cuyos contenidos normativos se adecuan eficientemente a una realidad
espacio-temporal que es el resultado del predominio de la lógica instrumental
que impera en las sociedades capitalistas hiperdesarrolladas.
Producto de los análisis realizados
por las distintas ciencias sociales sobre las citadas sociedades, actualmente
se dispone, en su interdisciplinariedad, de un amplio y riguroso conocimiento
que permite establecer, en su aparente superficialidad mecánica, un
coherente conjunto de rasgos generalizables que nos permiten un acercamiento
plausible a las peculiaridades que, en su constancia y reproducción,
caracterizan a estas sociedades como significativamente distintas a las
que le han precedido. Pues bien, el hecho más visible y general que
muestra dicha tendencia diferenciadora va a consistir en que las sociedades
capitalistas desarrolladas, regidas por una férrea lógica que
todo lo dispone en función del beneficio, demandan de modo creciente
una cobertura ideológica afín con sus objetivos. Y es este hecho
inequívoco en su peculiar y específica racionalidad el que
avala, en su fundamentación y previsible legitimación institucional,
la existencia de todo un repertorio de datos, acontecimientos y hechos tan
conocidos como el individualismo creciente, la racionalización de la
acción social, la burocratización de las relaciones sociales,
las crisis de legitimación, la internacionalización de un mismo
tipo de sociedad, las nuevas identidades sociales, la dinámica rol
instrumental versus rol expresivo, las contradicciones institucionales, el
narcisismo y la insolidaridad que, entre otros, y, en su circunstancialidad
histórica, generan los nuevos comportamientos y actitudes que se
vislumbran, en su definida sociabilidad asocial, como tendencias globales
en el seno de dichas sociedades.
Un instrumental básico para
el análisis de esta situación, así como los desajustes
y discordancias que genera en el universo socio-normativo serán los
conceptos de transparencia y reflexividad pues, de un modo claro y rotundo,
denotan y connotan una realidad que se nos presenta como resultado de la preponderancia
de la razón instrumental. Esta reflexividad y transparencia son efectos
de la propia lógica del sistema, es decir, ilustrados complementos
que llevan a cabo una ingente labor de persuasión social a favor de
la racionalidad predominante. La reflexividad y transparencia que exige la
economía del libre mercado, han invadido triunfalmente las relaciones
interhumanas haciendo prodominar, de este modo, la utilidad y eficacia frente
a otro tipo de valores. La instrumentalización resultante es
el producto de una sofisticada racionalización que a partir de sus
demandas de coherente adaptación de los humanos a sus condiciones
de existencia, de sus efectivos conocimientos y el mayor control del medio
y de los medios provoca, de manera inexcusable, la desmagificación
de aquella socialización encantada por ciertos valores hoy puestos
en cuestión por las nuevas realidades que ofrece un materialismo
capitalista-racional que se instala de modo implacable en una y otra sociedad.
Para una aproximación a lo coetáneo,
en términos generales, se precisa insistir en la escasa incidencia
que tienen en la realidad los mensajes basados en la retórica
poética y discursos afines: la actualidad es sinónimo de desencanto,
decepción y desilusión para aquellos que se rigen por concepciones
culturales y sociales ostensiblemente inadaptadas al modo existencial, egoísta
e insolidario, que emerge cada vez más libre de todo tipo de sujeciones
y, por tanto, con una fuerza inusitada en la historia de la humanidad. Hemos
de hacer hincapié en que el presente está caracterizado, probablemente,
por la frustración o escasa realización de casi todas aquellas
expectativas existenciales basadas en los viejos sueños nada deleznables
y que, sin otro fundamento que el humano- lo que quiere decir una óptima
realización de los proyectos personales y colectivos de todos y cada
uno de los miembros de la sociedad- siguen perdurando en las socializadas
y reproductoras generaciones de antaño. En suma, se están debilitando,
establecida su falta de eficacia en relación a los emergentes referentes
culturales, las humanas y sociales tradiciones culturales que especulaban
y luchaban por el incuestionable objetivo de alcanzar una sociedad de mujeres
y hombres iguales y autónomos. En este sentido, conviene destacar las
apreciables diferencias que se pueden detectar en el proceder de determinados
grupos que, dotados de los suficientes o necesarios recursos económicos,
culturales, de experiencia, etc., ya orientan su acción hacia los
nuevos objetivos existenciales de una forma ejemplarmente distinta a la de
otros sectores de la sociedad.
De este modo, el comportamiento de
los individuos contemporáneos se viene caracterizando por la continua
sustracción que realizan de los elementos mágicos como
rectores de la acción social y, consecuentemente, por el reemplazo
de ciertos referentes fundacionales de la modernidad que tienden ya a resultar
contradictorios con las condiciones materiales de la existencia en la actualidad
y los noveles valores que postula la eficaz ideología del individualismo.
Y así, incluso, los legendarios correctivos construidos para evitar
o limitar los excesos de la llamada razón económica-tecnológica
han sido en demasía formales, fantasiosos y débiles para contrarrestar
la lógica que imponen las llamadas sociedades capitalistas avanzadas.
Uno de los hechos más importantes,
consiste en que el distanciamiento entre ciertas instituciones y la realidad
social tiende a aumentar porque las respuestas institucionales destacan,
cada vez más, por su escasa productividad funcional (en términos
relativos) en cuanto al cumplimiento de la normativa social y la débil
significatividad que tienen para los actores sociales. Éstos cada
vez conocen mejor, por uno u otro medio, la retórica y la realidad
de las socializadoras lecciones sociales puesto que disciernen y distinguen
progresivamente entre lo real y lo formal, entre el actuar y representar,
entre medios y fines y fines y medios. En este sentido, frente a esta situación,
caben dos respuestas o resultados posibles. Desde un punto de vista, es probable
que en la plenitud del hiperdesarrollo, una vez que se hayan generalizado
los conocimientos que aportan (y están aportando) las ciencias sociales,
cuando la adaptación a lo real sea un hecho colectivo y cuando la
socialización sustituya en sus contenidos lo abstracto por lo concreto
y lo formal por lo real, las situaciones y condicionamientos que escinden
a los individuos se diluyan y no se perciban como problema porque se asume
la subordinación y explotación de la amplia mayoría
de los individuos como condición existencial ineliminable. Sin embargo,
desde otra óptica y quizá paradójicamente, cabe la posibilidad
de que sea este hecho crucial, que funciona de forma latente, quién
desvedará y pueda posibilitar a la postre, la parcial emancipación
de los individuos de esa condición que se considera, desde
un referente ilustrado, como esquizoide o alienante.
Una vez establecidas estas notas introductorias y generales, que son mostrativas del funcionamiento de este tipo de sociedad, hemos de tener en cuenta e incidir, antes de abordar el término adaptación y su repercusión concreta en el ámbito de lo social, en el hecho de que la racionalidad materialista y su correlativo universo simbólico-cultural han generado un tipo de sociedad que se distingue, en su particularidad histórica, por exigir un tipo de adaptación que se caracteriza en su operatividad por ser eminentemente instrumental y en su expresividad por reducir el alcance de los planteamientos teleológicos y afines.
En su sentido más amplio, la adaptación en cuanto respuesta idónea a las exigencias del medio y la realidad social por parte de los individuos tiende a estar dirigida, en el ámbito de lo personal y de lo colectivo, por los principios básicos de lo utilitario, lo pragmático y lo individual y, en todo momento, apoyada por los criterios de el cálculo racional y la deliberación reflexiva. Se trata, a fin de cuentas, de alcanzar una adaptación que proporcione máximos de transparencia para obtener, a través de la acción social, los objetivos programados siempre de forma desmesurada por los actores sociales. Lo peculiar de dicho proceso adaptativo radica en que se ajusta más a las exigencias de la realidad material que a las demandas de ciertos y clásicos contenidos socializadores que, en su antagonismo constante y directo frente a una realidad poco humana y que pretende a ultranza instalarse como hegemónica, propenden a generarle en estas condiciones a los sujetos implicados una situación confusa y dispersadora cuyas notas más sobresalientes son la duda y la indecisión que, inevitablemente, conducen a la frustración y renuncia del actor a sus compromisos con la colectividad, establecida la inoperatividad de los razonables proyectos. En otros términos, la realidad desborda las limitaciones de unos patrones o modelos socializadores inadaptados a las nuevas circunstancias.
Por lo general, en las situaciones
de cambio y transición, los individuos suelen aferrarse y mantenerse
en los niveles de lo plausible. Incorporan de manera efectiva, en sus básicos
esquemas mentales y prácticos, el conocimiento pragmático,
inherente al sentido común, como disipador de la insensatez ilusionista.
Aunque no se pierde el discurso de la esperanza postergada se adopta ante
él una actitud más distante y, por lo tanto, menos efectiva:
se reduce la militancia en lo colectivo y se agudizan en su proliferación
los proyectos individualistas. La dependencia de los referentes trascendentales,
en su sentido más amplio, tiende a diluirse en estas sociedades adultas
porque la lealtad y la acción de los individuos se sustrae progresivamente
de los proyectos colectivos. Sin dejar de ser creyentes, se realiza un tipo
de conducta que produce y fomenta la instalación del cinismo como comportamiento
social alternativo y posible. Los individuos ubicados frente al dilema existencial
de aceptar la tutela de lo profético consistente en abandonar esta
realidad por la de las casi siempre suspendidas ilusiones redentoras, o,
asumir la realidad en su ilustrada desilusión, han optado por esta
última solución que responde a una concepción simple,
mecánica y fragmentaria de la realidad social. Siendo ésta
registrada, en su conjunto, como un cúmulo de esferas interrelacionadas
que implican a lo público, lo privado y lo íntimo. Y es, precisamente,
el conocimiento y la distinción que alcanza el individuo de estos tres
ámbitos de la realidad lo que facilita esa adaptación fraccionada
de los actores a lo público –en su sentido más amplio- para
proveer de los recursos necesarios a esos sujetos y así posibilitar
en su sucedaneidad la particular realización de su identidad, construida
socialmente, en el mundo privado e íntimo.
El actor como soporte de papeles, de
relaciones sociales y de ocupación profesional define lo público,
mientras que el sujeto y su identidad va a cualificar las dimensiones de
lo privado e íntimo. Escisión que provoca, en buena lógica,
el predominio de un comportamiento que se desarrolla en el escenario social
y que específicamente se distingue por ser formal, contractual e
instrumental al nivel de lo colectivo e individual y que, por tanto, suspende
momentáneamente aquella otra conducta que intenta eludir la sociabilidad
formal y cuyos signos más visibles son la expresividad y la satisfacción
emocional y existencial. La realidad social que resulta de dicho proceso
de fraccionamiento y burocratización, es aquella que permite a los
individuos, a través de sus conocimientos y recursos, un control cada
vez más exhaustivo de los límites y posibilidades de la llamada
razón objetiva. Como se apuntó anteriormente, se tiende a erradicar
la ambigüedad del mundo de lo societario e individual porque se conocen,
en su significativa ritualización, de forma óptima las posiciones,
los papeles y los escenarios que, en todos y cada uno de los momentos y circunstancias,
se ocupan, se desempeñan, se ejercen y se recitan. Y así del
éxito adaptativo de cada uno dependen sus posibilidades y logros, puesto
que en una sociedad capitalista y postmoderna la existencia tiende a definirse,
hoy más que nunca, según la relación mercantil de los
costos y beneficios que conlleva el actuar en función de uno u otro
modelo.
Precisando, podemos decir que la adaptación puede ser entendida como un proceso mediante el cual se produce una correspondencia sistemática entre el actor y el medio en que se desarrollan sus acciones: la adaptación exige estrategia y las estrategias varían según los cambiantes contextos históricos. Los distintos grados de adaptación dependen de la mayor o menor adecuación entre la demanda del medio y la oferta de los actores. En tanto que la adaptación implica la coherencia, en su oportuno acompasamiento y sincronización entre las solicitudes estructurales y las respuestas de los agentes (tanto individuales como colectivas), de la acción social, va a conducir, a la postre, a que la situación y representación que comprende y define el gran escenario social se reproduzca visiblemente en los actores involucrados y reglamentados por dicho proceso. En cuanto a las transformaciones que se generan en los citados marcos de la acción son resultado tanto de la intencionalidad o no intencionalidad de la acción social así como, en general, del desarrollo del complejo sistema económico, social y cultural que denominamos capitalismo.
Las instituciones, por medio de los procesos de socialización, fomentan con sus normas y prerrogativas sociales la adaptación del individuo a los dictámenes y requerimientos de la sociedad en que viven para que de este modo pueda alcanzar, en la medida de sus posibilidades, los objetivos que oportunamente ofrece la estructura de la sociedad: se generan expectativas –incuestionable elemento de estabilidad social-, pero las oportunidades reales o desigualdad de recursos, son las que limitan el desigual acceso de unos y otros individuos a la jerarquía social.
Existe una generalizada corriente de opinión que tiende a etiquetar e incluso a estigmatizar a la adaptación como una importante fuente de conservadurismo. No obstante, con el fin de evitar malentendidos, conviene señalar que la adaptación no consiste simplemente en un puro proceso mecánico, como podría sugerir el singular ajuste entre la estructura y la acción social, sino que también presenta un contenido dialéctico en cuanto a los cambios en el comportamiento y en su correlativo escenario pueden llegar a generar esas diferencias entre las expectativas institucionales y la realidad del comportamiento significativo de los individuos. Desde esta perspectiva, la adaptación no es sinónimo de integración sino de dinamización estable.
El déficit de correspondencia entre ciertas instituciones y la acción social permite apuntar que la inadaptación como comportamiento visible y oculto puede consistir, en su eventualidad, en una desviación del modelo institucional a seguir y, por tanto, sancionable o, al contrario, puede ser un importante factor de cambio social cuando se produce a consecuencia de la incapacidad, vacío, anacronismo o falta de adaptación –inadaptación, por lo tanto- de las instituciones para reglamentar las nuevas realidades. Se produciría una situación paradójica: los adaptados a la realidad son los individuos y las inadaptadas son las instituciones.
Se puede formular como hipótesis
de trabajo que la adaptación espontánea de tipo individual-funcional,
como inadaptación, es una respuesta que procede de la falta de coordinación
entre las instituciones socioculturales y las condiciones materiales de
existencia o, si se prefiere, entre el sistema económico y la estructura
social: la adaptación espontánea muestra la hegemonía
de los criterios materiales sobre los sociales en las organizaciones sociales
capitalistas.
Todo lo referido, hasta el momento,
conduce y posibilita una desconstrucción parcial del sistema sociocultural,
como consecuencia de la ruptura que supone la adopción de los criterios
de la racionalidad instrumental, normalmente ubicados en la esfera de lo
económico, como modelos del comportamiento social público.
Puesto que son precisamente estos patrones de conducta, los que permiten
que los sujetos alcancen sus objetivos individualistas acordes con las nuevas
expectativas de realización personal. En la actualidad prevalece éste
y no otro tipo de adaptación, funcional al sistema económico,
porque es el requisito previo e imprescindible (en unas sociedades que son
sustantivamente formales y pragmáticas en el campo de lo político,
altamente competitivas y mercantilistas en el terreno de lo económico
e insolidarias en el marco de lo social) que va a proporcionar los medios
indispensables para obtener el máximo de prestaciones y la realización
de los individuos en los circunstanciales y efímeros valores de ahora.
Y a causa de que estas sociedades siguen siendo, como siempre y a pesar de
la retórica ideológica, clasistas según sean los recursos
de que disponen los actores así será la materialización
de su anémica y vulnerable identidad que puede acontecer por la autopista
de lo auténtico (para una minoría) o por el vecinal camino
de los sucedáneos (para la mayoría).
Al disponer los individuos de un mayor
conocimiento instrumental sobre la realidad, éstos, en su galopante
instrumentalización, reducen las posibilidades de la ficción
de forma que en sus proyectos vitales y existenciales predominan las actitudes
y comportamientos económico-racionales. Hoy los individuos alcanzan
el estado adulto –la famosa madurez- sin haber experimentado la juventud:
primero se produce la adaptación y una vez alcanzada se intentan
realizar las individuales ilusiones, socialmente planificadas, regidas por
los criterios pragmáticos. Establecida de esta manera la cuestión,
cada vez, al parecer, tiene menos sentido el problema de la alienación
porque el referente que permitía sus agudas, certeras y positivas
críticas, está afectado por un paulatino proceso de debilitamiento.
Desde la perspectiva existencial que impera en estas sociedades, es perfectamente
cuestionable y silenciable el concepto marxista de alienación porque
la legitimidad de dicho planteamiento ha sido desplazada: aunque se puede
y se podrá seguir hablando siempre de alienación como condición
harto inhumana su problematicidad, desde una óptica crítico-práctica,
sufre una reducción drástica en tiempos de reestructuraciones
y crisis permanentes. También es probable que se asuma , de una vez
por todas, que la alienación es una restricción que impone
al ser humano la vida en sociedad.
Admitida la mayor importancia que tiene
en estas sociedades la cultura que reportan las ciencias sociales en su objetividad,
es preciso hacer hincapié en las repercusiones de este hecho en cuanto
supone, por una parte, la adopción de unas formas de vida que tienden
a deslegitimar la unilateralidad y el naturalismo autoritario con que habían
sido definidas y establecidas las sociedades, aún hoy vigentes y reacias
a la reconversión o cambio social, del pasado y, por otra, al reconocimiento
colectivo del carácter artificial y convencional de las interesadas
construcciones sociales que han regido y rigen a cada cual y que conducen
, a partir de su endeble individualidad y según sean sus posibilidades,
a la formal libertad de optar por aquellas sociales relaciones que redunden
en beneficios privados y se sustraigan de los costes públicos y colectivos.
En suma, la adaptación regida por criterios racionales, utilitarios, egoístas y hedonistas propicia la desconstrucción social para facultar otra reconstrucción social basada en una dura materialidad –que impone la ley de la oferta y la demanda- y en los reencantamientos que ofrece la llamada ideología del individualismo que, en su contemporaneidad y eficacia persuasiva, se erige en un instrumento o marco generador de nuevos y efímeros dioses para los mortales y funcionales individuos. Se intenta recuperar la realidad, poseída por la inseguridad y eventualidad, por medio de planes de salvación individualistas que aun manteniendo la incertidumbre, fehaciente muestra de la fragilidad individualista, conduce inequívocamente a la apatía solidaria y a la adaptación al bienestar. En este sentido, la observación de T. W. Adorno y M. Horkheimer de que "cuanto menos individuo tenemos, tanto más individualismo" (1) refleja, de modo preciso el proceso ininterrumpido de desmitificación y reencantamiento constantes a que están predispuestos los actores y colectivos sociales.
Establecida la precariedad e insolvencia de ciertos proyectos colectivos se produce la apoteosis de los programas individualistas que exigen como supuesto fundamental la afiliación a la rígida materialidad cuyos presupuestos son estructurales en su perdurabilidad capitalista y, al mismo tiempo, la estimulación del aislamiento en relación con lo político-social dada su índole coyuntural y perecedera. De esta manera, regida por la lógica material y dirigida por los valores del individualismo, y a falta de los oportunos correctivos y referentes prácticos de toda clase, se suscita una forma de adaptación que descolla por la progresiva irresponsabilidad frente a lo público (o bienestar colectivo) y por la creciente responsabilización de cada proyecto personal (o bienestar individual).
En la actualidad, más que
nunca, la salvación de cada uno se encuentra en este secularizado
mundo cuya realidad emergente y actuante nos muestra y demuestra que el único
modo de alcanzarla es adaptándose –cada uno según sus posibilidades-
a los dictámenes que conminan los novísimos y, al mismo tiempo,
viejos valores que se distinguen , de un lado, por ser insolidarios, absorbentes
y egoístas y, de otro, por permitir la emancipación del individuo
de aquellos dioses discursivos que fomentaban –y aún intentan promover-
el infantilismo, por medio de la reproducción generalizada de la dependencia
y que, al cabo, sometían a una explotación despiadada los sentimientos
de carácter solidario y altruista que existen en los colectivos humanos.
En este sentido, conviene precisar que existen múltiples lecturas
de la realidad y no sólo aquellas dos unilaterales e inflexibles visiones
que, hasta ahora, se registraban como las únicas válidas en
su incompatibilidad y antagonismo. Es la propia realidad resultante, que nos
invade y aísla, quien nos muestra, a veces con implacable dureza y
rigor, que es pluralista y, al tiempo, nos informa de que somos cada uno de
nosotros quienes tenemos que asumir responsable y consecuentemente nuestro
propio destino.
Sin embargo, desde el conocimiento
de la realidad coetánea y cotidiana, la vida en las sociedades humanas
nos hace recordar la lucha que se desarrolla en el mundo de la naturaleza
–salvadas las oportunas diferencias- por la escasa incidencia que tiene
la razón, frente a la racionalidad hegemónica de lo material-instrumental,
en los asuntos humanos.
Así pues, ante semejante situación, sólo resta demandar que la reflexividad y transparencia que hemos logrado conseguir por medio de las contribuciones de la sociedad, se ponga al servicio de todos los contribuyentes y no de los egoístas monopolizadores de los beneficios que resultan de los adaptados reproductores de la convivencia social.
Sólo nos queda ser optimistas
y confiar en el genio disidente del hombre, que impulsando las oportunas
medidas permita la salida de esa situación inhumana que certeramente
había diagnosticado Max Weber. En suma, utilizar la reflexividad y
transparencia al servicio del ser humano y no de un sistema que lo destruye
e incapacita. Aquí es precisamente donde las ciencias sociales pueden
desempeñar un importante papel en cuanto a la recapacitación
del hombre para vivir y convivir realmente en un plano de igualdad y solidaridad
con sus semejantes en el transcurso de su limitada existencia.
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