| Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales |
| Académico
|
Carlos Díaz
Universidad
Complutense de Madrid
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Ni cuando un servidor era «periacadémico» mientras enseñaba en bachillerato, ni cuando fui «paraacadémico» e incensado profesor en la universidad, ni ahora mismo, cuando figuro como escalafonado numerario (por oposición, ¡ay!), me he sentido nunca académico. En un libro que titulé Memoria y Deseo (Santander Sal Terrae, 1983) me despaché a gusto sobre la Academia, pero según parece con aquellas andanadas no se me fue la mucha agresividad intelectual que me obliga a reto- mar el discurso para volver a la carga.
De entrada diré que el académico se me antoja la criatura más quintaesenciada de la conciencia servil, quizás porque su aprendiza- je del servilismo venga de antiguo y se re- monte al día en que a uno le formaron tribu- nal de tesina, tribunal que persigue y no cesa ya hasta el decanato o vicerrectorado, o vicedecanato o rectorado, o similares. Muchos metros de moqueta.
A esa conciencia servil fáltale el Deseo (Begierde) y sóbrale deseo (Appetit); al fin y al cabo, el Deseo entraña oficio de creatividad, pero el apetito exige placer-necesidad y beneficio (el Deseo tiene herencia estoica, el ape- tito se aproxima más al rebaño de Epicuro).
El lenguaje académico ¿qué dice? Dice adulación, es lenguaje de infatuación, retórica amaestrada, y por eso representa la efectividad del extrañamiento, en la medida en que su ley del corazón rezuma delirio de la presunción: La altisonancia y la retolocuencia sirven a coro a un mismo do de pecho para recabar la adulación propia, siempre en fa .mayor a la vez. Del do de pecho al fa mayor, el lenguaje académico gira vertiginoso en torno al vacío (entweder verstandige Vernunfl oder vernünfliges Verstand?) y por tanto desemboca siempre en la egología/tautología: Ich bin ich.
Así que el lenguaje nos acomodaría en un pequeñocentrismo razonador de inequívoco corte académico. Yo, nos, y el resto es nos-otros. El individuo universal opina, luego existe. Mi-opinión-es-mía, meine Meinung, lo propio de mí es la propiedad. El individua- lismo como género (Gattung), luego gato encerrado.
A todo esto ¿qué opina? Opina, eso sí. Mucho, pero opinable. El sobrino de Rameau aseguraba que el hombre es lo que no es y no es lo que es. Para salir de la caverna donde la tiniebla es el método de análisis, el académico tratará heroicamente de enrollarse aún más, tirándose de las orejas desde el fondo de dicho pozo: cualquier cosa antes que invocar el auxilio necesario. Hasta desesperándose preocupa ante todo al académico la estética de su propia pose narcisista por encima de todas las cosas, y quizá por eso la autocomplacencia en su pretendida divinidad le resulta lo único absoluto. Vanidad de vanidades y todo vanidad en medio de un embrollo tal que, cuanto signa igualdad pretendida, signi- fica a su vez la más pura desigualdad, y viceversa.
El académico, héroe tardío del romanticismo, es por ende la categoría que se ha hecho consciente de sí misma a través de un doble proceso de esquizosemia/esquizofrenia, pues la dualidad y la escisión, la diferencia en la in-diferencia, le constituyen. Revolucionario en teoría casi siempre, casi siempre también despliega con calma un estado de ánimo prerrevolucionario, espejo del mundo ante cuya tremenda e irreductible Mónada caben todas las mónadas: Que si academicismo, que si paraacademicismo, que si extraacademicismo... ¿por qué no ensayar con todas las pro- posiciones? ¡La cantidad de combinaciones que se abren, por ejemplo, con el postacademicismo, el transacademicismo, el sinacademicismo, etc.!
Concluyamos, pues, antes de que el académico acabe por llamar a la Guardia Civil en su auxilio (guardia que es su principio de realidad en última instancia): Razón académica, sonría por favor. Pero ¿qué pinta la razón en el boudoir? La razón en la Academia es más extraña que el herpes genital en el lupanar.
Al academicismo lo único que
se le puede hacer es recordarle los imperativos de la modestia, que comienzan
por la toma de conciencia de todas las figuras de la fenomenología
de Hegel, pues de lo contrario bien pudiere ocurrir que, por no haberlas
recorrido, la Academia se arriesgara a permanecer presa del escepticismo,
que es la fase oral del no saber. La asunción de la conciencia desventurada
es, en resumen, la única tarta de la abuelita que puede regalársele
al académico. Si no le gusta ese postre, no va a ganar nada con permanecer
en su habitual mala conciencia en el sentido sartriano, pues uno no es lo
que los demás le dicen que es, sino lo que realmente es: el ser es
y el no ser no es. Quizá una cierta vuelta por el inmovilismo parmenideo
le venga bien al académico de los últimos tiempos, en apariencia
fluido y en realidad diarreico (que no dialéctico).
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