| Materialismo
Histórico y Teoría Crítica
TÍTULO PROPIO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE - MADRID |
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El peligro que se cierne sobre la
sociedad irakí no es únicamente el de una guerra devastadora
que destruya miles y miles de vidas y la infraestructura básica,
ya muy afectada por la anterior guerra agresiva de 1991, sino una balcanización
decretada por el poder agresor y ocupante que siga el mismo esquema desarrollado
por los Estados Unidos y sus aliados en las guerras contra los pueblos de
Yugoslavia y de Afganistán.
Irak, una sociedad antigua y compleja
Una visión simplista de este país tiende a hacer pensar en una realidad cultural y religiosamente homogénea sometida al poder tiránico de un partido único y de un dictador con pocos escrúpulos. Sin embargo Irak es un país sumamente complejo, cuyos equilibrios vienen anclados en una vieja cultura política sobre la que efectivamente se asienta el poder de Sadam Hussein y su régimen de falta de libertades políticas para los ciudadanos irakíes. La región de Mesopotamia es la cuna de la civilización humana ya que en el espacio comprendido entre los ríos Tigris y Eúfrates el ser humano construyó sus primeras ciudades, se convirtió en sedentario y comenzó a escribir y contar. Aunque las antiguas civilizaciones mesopotámicas habían desaparecido antes incluso del surgimiento de las culturas helenística y romana, su influencia es decisiva en el desarrollo de culturas posteriores: la egipcia, la persa, la helenística, judía, romana. Irak es el escenario de la configuración del judaísmo tal y como se conoce en nuestros días a partir de la comunidad judía deportada a Babilonia por el rey Nabucodonosor. El exilarca, jefe de la comunidad judía y sus sacerdotes elaboraron el Talmud de Babilonia y las tradiciones y mitos propios de esta religión. También Irak y todo el Medio Oriente es la tierra del primer cristianismo, que en sus orígenes no era sino una nueva secta judía. Y también el escenario de la fase expansiva y gloriosa del primer Islám (también en sus orígenes una secta judía) de la mano de los califas Abasidas que construyeron la ciudad de Bagdad. El Islám organiza una convivencia entre las minorías religiosas (es decir, culturales) a partir de la consideración de dhimmi a aquellos grupos sociales que no desean islamizarse y mantener por el contrario, sus antiguas religiones. El posterior Imperio Otomano que administra lo que hoy es Irak durante varios siglos hasta la primera guerra mundial, respeta también los complejos equilibrios sociales entre las comunidades musulmana, cristiana, judía, yazidí y de otras religiones. La Sublime Puerta (denominación del Imperio Otomano) no pretende la homogeneidad absoluta de la sociedad árabe y menos su asimilación a la cultura turca sino la fidelidad de sus súbditos, siendo éstos de diferentes religiones y culturas. La institución que articula la riqueza socio-cultural en la época otomana es el millet. Cuando la opresión del decadente Imperio Otomano se convierte en insoportable y cuando su debilidad crea las condiciones adecuadas, los árabes se alían con el nuevo conquistador británico, para levantarse contra el mismo y plantear la independencia política. Irak es puesto bajo el protectorado británico que instala en el poder a una monarquía sumisa y desgaja de la unidad del nuevo estado a otro mini-estado carente de toda legitimidad histórica ni política pero que asegura el control sobre los recursos petrolíferos: Kuwait poniendo en el poder a otra dinastía inventada por los británicos para asegurarse su fidelidad. Hasta su creación el territorio kuwaití habia pertenecido a la región encabezada por la ciudad portuaria de Basora, o Basra según la llaman los árabes.
La monarquía irakí
aseguraba el sueño actual del presidente Bush: un país absolutamente
sometido a los intereses geoestratégicos de las potencias occidentales.
Un país formalmente independiente pero de hecho controlado por dichas
potencias. Irak formó parte del dispositivo de países que
tenía como misión presionar, acosar y agredir al primer estado
obrero y campesino de la historia, la Unión Soviética que a
partir de 1917 constituía un peligro para el capitalismo occidental.
Una combinación de violencia política y pluralidad cultural
El Irak moderno nace cuando la monarquía es derrocada mediante un violento golpe de estado. En el país se va a consolidar una cultura política basada en la violencia entre las relaciones entre las diferentes corrientes políticas y en la falta de libertades políticas. A partir de diferentes avatares se consolida en el poder una corriente política que propugna el nacionalismo árabe y la unidad de todo el mundo árabe y que desarrolla una línea socializante no marxista y no integrista musulmán. El nacionalismo árabe en sus diferentes ramas (el baasismo, el nasserismo, etc.) plantea la construcción de un nuevo sujeto histórico, el mundo árabe, pero no sólo no ha sido capaz de avanzar en formas crecientes de unidad política panárabe sino que incluso ha sido incapaz de mantener la unidad de acción política de sus mismos partidarios. Así, ramas rivales y enfrentadas del partido árabe socialista Baas detentan el poder en Irak y en Siria. El Baas fue creado en Damasco por un militante cristiano, Michel Aflak y otro musulmán, Salah Al Din Bittar, que encarnaban el deseo profundo de las masas populares de acceder a un desarrollo independiente libre de la sumisión a toda forma de colonialismo y neocolonialismo. El momento culminante del nacionalismo árabe ha sido posiblemente la malograda unidad entre Egipto y Siria en lo que fue la República Árabe Unida de corta duración. Los intereses de cada estado y el saboteo directo de los países claramente sometidos a Occidente (Egipto, Jordania, Arabia Saudita y las otras petro-monarquías de la península arábiga) han hecho imposibles formas mas avanzadas de unidad. A pesar de sus claroscuros el nacionalismo árabe es una corriente política mas integradora y progresista que otra forma de ideología integradora que ha intentado aprovecharse de su naufragio: la umma islámica, esto es, la unidad de todos los creyentes musulmanes por encima de sus múltiples diferencias culturales. El nacionalismo árabe permite la integración en un proyecto común a musulmanes chiies y sunníes, a cristianos de distinta obediencia e incluso a judíos que han estado profundamente integrados en el Mundo árabe. Por el contrario la umma excluye a los no musulmanes y es caldo de cultivo de un regreso a una lectura ultraconservadora del Islam que hace imposible una evolución democrática de las sociedades árabes. Una reacción al nacionalismo árabe es el nacionalismo kurdo que se siente desplazado de este proyecto en construcción. El pueblo kurdo se ha visto integrado en la cultura arábigo-musulmana a partir de una religión común (el Islam es la religión mayoritaria pero no la única de este pueblo) y la tradición respetuosa con las diferencias culturales que ya hemos mencionado. Las potencias occidentales que rediseñan el mapa del Oriente Medio tras la caída del imperio Otomano no toman en cuenta la creación de un estado kurdo, probablemente porque el pueblo kurdo se siente integrado en la Turquía post-otomana (bandas kurdas participan en la masacre de armenios orquestada en los años 20 por el gobierno turco kemalista) y en los nuevos estados árabes y no desarrolla su propio nacionalismo hasta mediados del siglo XX.
El nacionalismo árabe en su forma mas extremista y chovinista contribuyó a la desaparición de la probablemente comunidad judía que se había mantenido durante mas tiempo. Aún en los años 20 120 mil judíos descendientes de los tiempos de la deportación que habían conocido avatares tan duros como las invasiones mogolas y los levantamientos árabes anti-otomanos vivían en tierra irakí. Pero también la influencia ideológica sionista e incluso ataques terroristas realizados por los terroristas para desestabilizar a dicha comunidad en 1951 fueron decisivos para que decidiese su abandono de Irak y su emigración a Israel y Occidente.
El baasismo irakí practica
una combinación compleja de cruel represión contra los opositores
y de acuerdos con diversos sectores de la sociedad para integrarlos en su
régimen. Durante los años 70 mantuvo una alianza de gobierno
con el entonces poderoso Partido Comunista que ha sido el único que
ha incluido a integrantes de la mayoría de los grupos étnico-culturales
del país (kurdos, árabes, cristianos...). Pero en 1978 el
Baas ataca al PCI ejecutando a varios de sus dirigentes y obligando a este
partido a pasar a la clandestinidad. El poder central alterna también
la represión con la colaboración con los partidos nacionalistas
kurdos. Las disputas internas dentro del mismo Baas son también en
ocasiones resueltas mediante la violencia. Asimismo establece una alianza
con una serie de tribus, estructura parental que mi formación de sociólogo
en universidades occidentales me impide comprender cabalmente. También
la minoría caldeo-cristiana es integrada en el régimen a través
de la persona del alto dignatario del Baas y actual vicepresidente Tarek
Aziz y otros dirigentes cristianos. Las mas reducidas minorías cristianas
siriaco-ortodoxa, nestoriana y copta gozan también de amplia libertad.
Bagdad no es una ciudad sólo de mezquitas musulmanas sino también
de iglesias y catedrales cristianas en la que aún funciona una sinagoga
judía.
La estrategia de la balcanización
El riesgo grave que sufre la sociedad irakí es que el poder agresor que previsiblemente va a invadir el país, derribar el poder baasista e instalar una administración marioneta, decida fragmentar el país en estados homogéneos que sean mucho mas fáciles de controlar pero que destruyan la secular riqueza social de convivencia multiétnica que proviene de las antiguas civilizaciones mesopotámicas. La referencia mas cercana es lo que ha ocurrido en los Balcanes y en Afganistán donde imperan señores de la guerra corrompidos y fieles subordinados a los poderes imperiales. Hoy en los Balcanes (que comparten con Irak un pasado otomano) la mezcla entre eslavos y no eslavos y entre católicos, ortodoxos y musulmanes ha sido reemplazada por el poder de pequeños dirigentes chovinistas dependientes de las fuerzas internacionales acuarteladas en el área. En Afganistán ha desaparecido toda sombra de poder centralizado, y débiles pero despóticos líderes locales se disputan el territorio bajo la atenta mirada de los bayonetas norteamericanas. Bush desea que líderes obedientes al estilo del difunto belgradense Zinzic, el kabulí Karzai, el sarajevita Itzezbegovic o el zagrebí también difunto Tudjman se conviertan en los nuevos kadis de Basora, Bagdad, Kirkuk o Mosul en un marco de fragmentación administrativa y de control territorial por las fuerzas ocupantes anglo-norteamericanas. Asistiríamos al hecho inédito de la aparición de frágiles entidades homogéneas chii, suní, cristiana y kurda y tal vez correspondientes a aún mas pequeñas minorías culturales como la asiria, turcomana, armenia o persa. En el discurso norteamericano se trataría de la "liberación" del pueblo irakí de la opresión del tirano Sadam Hussein pero en realidad estaríamos ante la muerte de las formas de convivencia multiétnica profundamente arraigadas en la vieja Mesopotamia. La desaparición del mapa de una entidad estatal viable y capaz de administrar los recursos petrolíferos y desarrollar un poder industrial, tecnológico y militar que sirviese de alternativa al orden norteamericano en el área, sería una grave señal de alarma a todos los pueblos de la zona, el comienzo de una inestabilidad crónica y un empobrecimiento social difícil de calcular. Sería una "afganistización" del otrora desarrollado Irak, es decir el hundimiento en la anomía social, en el reino de la arbitrariedad mas absoluta, el fin de toda protección estatal y la inviabilidad de todo desarrollo autónomo. El pueblo irakí nucleado por una entidad estatal propia e independiente, ha demostrado capacidad de reconstruir las instalaciones industriales y las infraestructuras asoladas por la guerra pero si se ve privado de instrumentos político-administrativos que le aseguren su desarrollo soberano puede sufrir una balcanización igual de catastrófica que la que se practica en los mismos Balcanes.
Donostia a 16 de marzo del 2003.
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