Críticas:

Phillip W. Silver:

Ruina y restitución:
reinterpretación del
romanticismo en España

Phillip W. Silver, Ruina y restitución: reinterpretación de l romanticismo en España, Madrid, Cátedra, 1997. Traducción de José Luis Gil Aristu. ISBN: 84-376-1487-2


Ruina y restitución: reinterpretación del romanticismo en España, de Philip W. Silver, es una obra profundamente polémica. Además, busca o pretende serlo. En esto no hay nada de malo, incluso, suele ser bueno en muchos momentos introducir elementos capaces de perturbar el sistema. Sin embargo, el deseo o la voluntad de cambio debe estar acorde con la artillería que se utiliza. Y, sobre todo, una cosa es derribar y otra construir. Como bien sabemos, lo segundo suele ser más complicado que lo primero. Creo que la obra de Silver es importante, más por lo que puede suponer de debate que por algunas de sus propuestas y pretensiones, como tendremos ocasión de explicar.

La obra de Philip W. Silver se inicia de la siguiente forma:

El verso, «Románticos somos... ¿Quién que Es, no es romántico?», del poeta nicaragüense, Rubén Darío, revela nítidamente la falta de claridad respecto al romanticismo en las letras hispánicas. A pesar de que las palabras de Darío son de 1907, el mismo grado de inseguridad se percibe hoy en los hispanistas. Aunque la mayoría de los estudiosos piensa que sí hubo un romanticismo español, no existe un consenso claro acerca de dónde colocarlo entre 1794 y 1898 (p. 15)

Silver nos sitúa, desde el mismo inicio, en el centro de uno de los problemas básicos con los que se encuentran hoy muchas disciplinas: la reescritura de la historia. El peso de la tradición historicista, decimonónica y positivista, es todavía muy fuerte en el ámbito de los estudios literarios. La necesidad de la organización del material literario, que el devenir histórico va acumulando, en una serie de apartados o casilleros (estilos, movimientos, géneros, etc.), produce toda una serie de problemas que obligan a los estudiosos a enfrentarse con sus propios planteamientos teóricos e instrumentos metodológicos. Las posturas que cabe adoptar son el acomodamiento conservador, que continúa los esquemas básicos heredados dándolos por buenos, o la renovación, con distintos grados que van desde los revolucionarios a los reformistas.

En una reciente crítica de la obra Historia de la literatura española. Siglo XIX (I), dirigida por V. García de la Concha, el crítico Ricardo Senabre apuntaba hacia el centro del problema:

¿Tiene hoy sentido una historia de la literatura? No faltan voces que niegan su actualidad, sobre todo si la historia en cuestión se concibe y enfoca de acuerdo con los modelos clásicos, cuyos logros más representativos se sitúan en el siglo XIX y en los primeros años del XX [...] El embrión lejano de todas estas obras era la idea romántica de que el examen de la literatura de un pueblo ayudaría a descubrir la esencia del «espíritu nacional». En nuestros días, la historia de la literatura se mantiene —a duras penas— como materia de enseñanza, y quienes la cultivan no suelen cifrar su proyecto de vida en escribir de nuevo esa historia global desde su perspectiva, sino en ahondar más en aspectos concretos del vasto conjunto. Las historias tradicionales de la literatura van cediendo su puesto a enciclopedias, diccionarios, obras de consulta y antologías diversas, con el riesgo de que el lector, a cambio de encontrar rápidamente el dato que necesita, no se percate de la articulación cronológica entre los fenómenos literarios, que son, en fin de cuentas, hechos históricos (ABC literario, 21 de febrero de 1997, p. 7)

La retirada de la grandes historias en beneficio de unidades más reducidas no sólo obedece a una abandono de esos proyectos vitales, como señalaba el profesor Senabre, sino también a otros motivos de orden teórico más profundos. Lo que ha entrado en crisis es el concepto mismo de Historia tal como había sido empleado. Los últimos cincuenta años -podría ampliarse este período- han asistido al debate profundo sobre la fundamentación misma de este campo y su relación con la realidad.

La Historia es una construcción teórica, un discurso que selecciona, ordena, jerarquiza y vincula los hechos de la realidad múltiple y compleja. Los conceptos mismos de "hechos" y "realidad" son ya construcciones teóricas, es decir, resultado de una determinada actitud y percepción. Todos estos movimientos señalados concluyen en la construcción de un discurso que se acepta como reconstrucción de una realidad que se pretende objetiva, es decir, en mayor o menor medida ajena al sujeto que la produce. Los debates en el campo de la "historia de la ciencia" y la "filosofía de la ciencia", aplicables a todos los campos del conocimiento, nos dan hoy una concepción menos dogmática de la ciencia y, sobre todo, más humilde. El profesor Paolo Rossi señala:

En cada época el saber ha sido considerado sistemático, demostrado, aplicable, evidente por aquellos que lo practicaron. Todos los sistemas alternativos siempre se consideraron contradictorios, no demostrados, no aplicables, fantasiosos y míticos.
[...] La relación que se establece entre historia del conocimiento y contenido de la ciencia no es, en absoluto, del mismo tipo que la establecida entre la historia del teléfono y el contenido de las conversaciones telefónicas. Algunos epistemólogos pueden considerar escasamente significativa la historia de la génesis de un concepto científico. Pero es necesario darse cuenta de que no podemos liberarnos del pasado: sobrevive en nosotros «en los conceptos ya aceptados, en el modo de formular los problemas, en las doctrinas de las escuelas, en la vida cotidiana, en el lenguaje, en las instituciones». No sólo no hay generación espontánea de los conceptos, sino que están, por decirlo de alguna manera, determinados por sus progenitores. Si esta vinculación permanece desconocida, el pasado puede volverse peligroso (P. Rossi, Las arañas y las hormigas. Una apología de la historia de la ciencia, Barcelona, Crítica, 1990, pp. 68-69).

Ambos críticos inciden en la necesidad de enfrentarse a los conceptos creados como lo que son: conceptos construidos en un momento determinado de la historia. Los problemas que plantean no pueden ser ignorados concediéndoles un grado de realidad superior. Los problemas que ha planteado el termino "romanticismo" son muchos si se le acepta como una realidad de corte esencialista. En resumen: el "romanticismo" no es algo; es un concepto que hemos acuñado para poder explicar una serie de fenómenos. El problema se plantea cuando se considera que es una entidad real a la que deben ajustarse los fenómenos en su totalidad. Es entonces cuando surgen las explicaciones totales que desvirtúan y disfrazan lo único real: los textos.

La propuesta del profesor Silver puede encuadrarse en el movimiento de renovación de la forma de percibir una herencia literaria. El mayor problema que vemos a su propuesta es que no arroja el lastre suficiente para remontarse sobre aquello que critica.

[...] nada mejor para nuestra comprensión de la poesía posromántica española que un nuevo examen del romanticismo español. En la actualidad, las relaciones literarias e históricas entre los romanticismos europeo y español y entre ambos y la poesía moderna española han sido erróneamente interpretadas. El primer paso en la exposición de la esencial dis-continuidad entre el romanticismo español y la poesía moderna española consiste en mostrar que las opiniones actuales sobre el romanticismo español son considerablemente ideológicas. Puesto que la mayoría de los debates sobre el Romanticismo tienen su propia historia nacional, es obligado que tomemos en serio sus aspectos políticos, tanto en España como en Europa. En efecto, aunque el romanticismo literario no tuvo fuerza en España, los acalorados debates que provocó confirman su importancia en la «revolución» burguesa para el establecimiento de una nación-estado económica y políticamente unificada. Así, la mejor manera de abordar el romanticismo español es hacerlo en el contexto de esta lucha por la hegemonía entablada por la burguesía. De hecho, si los críticos modernos no han conseguido descubrir un romanticismo a su gusto es, probablemente, porque el único romanticismo que se dio en España y que podía tolerar el primer liberalismo español fue decididamente conservador, acorde con la mentalidad moderada de la época (p.17)

Difícilmente se puede elevar el vuelo crítico si se mantiene el elemento causante de los problemas: el concepto mismo de romanticismo. La lucha de P. Silver no es con este término, sino con sus interpretaciones e intérpretes. La acusación de interpretación ideológica no deja de ser un tópico, pues también los son las del propio Silver. ¿Cómo puede proponerse como elemento sólido un supuestamente unitario "romanticismo europeo" para establecer las comparaciones con el "español"? Si es difícil concretar un romanticismo español, ¿no lo será más aún hablar de un romanticismo europeo? El problema es de actitud primaria: se acepta la existencia de algo llamado romanticismo y se exige su correspondencia con la realidad. Como decía Nietzsche, inventamos un término y luego queremos meter en él la realidad a martillazos. En su repaso, P. Silver viene a decir que toda la crítica anterior ha estado equivocada en sus planteamientos sobre el romanticismo, que se han realizado interpretaciones erróneas de la historia romántica; esto sería aceptable si se refiriera al planteamiento historicista en sí, sin embargo, su planteamiento, por mucho que hable de Heidegger y la "historia resoluta", acaba siendo de corte historicista, tanto en el campo de la creación como en el de la crítica y, si se me apura, mucho más en este último, puesto que lo que trata de solventar es un problema de "interpretación histórica". Las invocaciones iniciales a Paul deMan y al grupo de Yale, adquieren un sentido retórico conforme avanzamos en la lectura de la obra. El problema sigue siendo la aceptación de un modelo subyacente de corte biológico u orgánico en los planteamientos históricos. Este fue uno de los elementos sobre los que se asentó la creación de la "historia moderna" —este es el sentido de las palabras de Ricardo Senabre, que recogíamos en el inicio de esta crítica— y también la historiografía literaria. A la vista del desarrollo de la obra, no entendemos la invocación de Silver a la concepción heideggeriana de la historia, centrada en el concepto de "repetición resoluta". Silver expone claramente sus propuestas:

Además de modificar la concepción de las relaciones entre Romanticismo y poesía moderna, puesto que la historia literaria española ha resultado ser equívoca, propongo también sustituir la creencia actual en la teleología literaria por la «repetición resoluta» de Heidegger. Ello nos permitirá descubrir una anti-tradición histórica más acorde con la noción de genio longiniano-kantiana. Para ilustrar esta antitradición, Ruina y restitución termina con un estudio de Luis Cernuda (1902-1963), como poeta «romántico» contemporáneo nuestro cuya obra ejemplifica cómo ciertos «posrománticos» españoles han construido a menudo su obra partiendo de los residuos del alto romanticismo europeo, realizando así una particular restitución del mismo.
Es obvio que nos movemos en un terreno literario, histórico y político accidentado. Ninguno de los términos utilizados aquí está libre de crítica. Al mismo tiempo, se da el hecho curioso de que cuanto más nos acercamos a las ideas capitales del alto romanticismo, menos aberrante resulta un quehacer crítico «destructivo». A fin de cuentas, la obra de los críticos y comparatistas cuya comprensión del Romanticismo parece más profunda es, precisamente, la que últimamente ha promovido una revisión radical de los estudios literarios. Estos comparatistas han expuesto, en general, lo inapropiado de términos en los que todavía queremos confiar. En especial, Paul de Man y otros miembros de la «escuela de Yale» han sometido a crítica términos como «romanticismo», «literatura», «historia literaria» e, incluso, «historia». En los estudios literarios parece existir, de hecho, una relación inversa entre la sensibilidad para cierta lectura de los aciertos del alto romanticismo y el encomio de la Nueva Historia, a punto de desaparecer ésta última dentro de los Cultural Studies («estudios culturales») (p. 19)

A nuestro entender, las dos propuestas de Silver —la modificación de los límites separadores dentro del ámbito romántico y la repetición resoluta heideggeriana— son incompatibles entre sí. Todo el esfuerzo por demoler las clasificaciones e interpretaciones anteriores de los estudiosos del romanticismo, se vuelven incongruentes si lo que se propone es una nueva clasificación del mismo corte. En cuanto a la otra propuesta, refiriéndose a la idea heideggeriana de historicidad, nos explica uno de sus estudiosos españoles:

Por ésta entiende Heidegger una estructura del propio ser-ahí; por tanto, no indica que éste acontezca en la historia o en el tiempo, como un suceso natural, sino como algo más radical. La naturaleza no tiene historia, aunque trascurra en el tiempo. La existencia sí, porque ella misma es histórica. Aunque sólo la analítica existencial pueda dar explicación suficiente del significado que «historicidad» tiene en el ser-ahí, puede entreverse acudiendo a ideas ya conocidas. Si el ser-ahí es un haber de ser, un hacerse, esta gestación, como todo proceso, es temporal, pero en un sentido radicalmente distinto del fluir sucesivo de la representación habitual del tiempo. Temporalidad significa aquí que los momentos del tiempo, pasado, presente y futuro, se imbrican, se entrelazan y no se suceden: pasado y futuro son presentes. El hacerse del vivir humano implica, pues, que se es el pasado (y el futuro). La historia no es, por tanto, algo en lo que estemos, sino algo que somos (Ramón Rodríguez García, Heidegger y la crisis de la época moderna, Madrid, Cincel, 1987, p. 80).

Es necesaria la superación de las concepciones teleológicas de la historia literaria (probablemente de cualquier otra historia), pero no creemos —a la vista de lo que se nos muestra— que éste sea el fin alcanzado. Si toda la construcción de la obra de Silver se reduce en poder mostrar a Cernuda como un romántico, no es necesaria tanta alforja. Si se tiene que justificar este acercamiento es porque, en el fondo, no se realiza la demolición del elemento que actúa de lastre: el concepto de romanticismo como elemento real de un momento de la historia. Si se juega con la idea de un presente total o acumulado, un espacio literario en el que el pasado lo es sólo en su faceta productiva, pero que genera un continuo presente textual, es decir, un espacio cultural complejo en el que actúan todo los elementos anteriores de la historia, sobran todos las complejidades de una construcción artificial de la historia.

La que podemos calificar como rebeldía crítico-romántica de Silver (en cuanto que niega cualquier pasado o tradición) le lleva a formular sus propias propuestas, lo que el denomina "contrateoría", pero que puede ser considerado simplemente "teoría":

(...) la cuestión es la siguiente: si no es aceptable ninguno de los marcos teóricos existentes, ¿qué es lo que los críticos han estudiado como romanticismo español?
Mi contrateoría supone dos propuestas relacionadas. En primer lugar, hemos de reconocer que lo que se considera alto romanticismo —Duque de Rivas, Larra, Espronceda— fue un abigarrado romanticismo histórico, y su continuación —Zorrilla, Mesonero Romanos, Campoamor, Fernán Caballlero, Bécquer— un «nacional-romanticismo» que integraba elementos que pueden ser calificados propiamente como Biedermeier. Según dice Nemoianu al referirse a Mesonero Romanos y a otros costumbristas, «volvieron sobre todo la vista atrás para responder a la irrupción del alto romanticismo [extranjero]». De ese modo, el nacional-romanticismo patriotero se ajustó a un molde Biedermeier satisfecho de sí mismo que reflejaba el «expansionismo colonial» posibilitado por la institucionalización previa de la revolución burguesa de la década de 1830.
Mi segunda propuesta se refiere a la restitución de una tradición poética moderna castellano-andaluza. Puesto que Octavio Paz sólo parece haber vuelto a describir el mismo modernismo, sin haber hallado el perdido romanticismo hispano, nos queda aún por explicar la aparición en España de algunos «fuertes» poetas románticos aislados en el siglo XIX y de los muchos poetas «fuertes» «posrománticos» del XX. Así pues, propongo que nos atengamos a la siguiente solución restitucional. Aunque en España no hubo un movimiento altorromántico doméstico, si han aparecido casos aislados de alto romanticismo europeo. Lo que se produjo en realidad fue, pues, la diseminación de los residuos del alto romanticismo europeo, directa o indirectamente, por ejemplo a través del simbolismo francés, siguiendo un orden explicitado por Albert Béguin en L'âme romantique et le rêve: Essai sur le Romantisme allemand et la Poésie française (1939). Así, mientras los países «metropolitanos» europeos consumían de una vez —o en dos tomas, en el caso de Francia— sus dosis abundantes de romanticismo y «en su momento», España (¿y los países hispánicos?) consumieron porciones tan exiguas y circunstanciales que hicieron posible —y aceptable— la continua (pero intermitente) aparición del alto romanticismo restitucional hasta bien entrado el siglo XX. Eso explicaría la exuberancia del modernismo y la fuerza de la poesía castellano-andaluza en la primera mitad del siglo XX tras la desaparición del modernismo. Esta perspectiva restitutiva advierte además que el modernismo hispanoamericano y la poesía castellano-andaluza son fenómenos paralelos; y que en vez de relacionarse como causa y efecto, los dos derivan del alto romanticismo europeo, como Octavio Paz reconoce implícitamente (pp. 110-111)

¿Se da cuenta Silver de lo que implica su eso explicaría? ¿No es la vuelta a un mecanismo causal histórico de corte absolutamente tradicional (positivista, biológico)? ¿Hay que explicar por qué aparecen poetas románticos en el siglo XX? ¿No es sustituir una explicación por otra para que salgan los números? No creo que Luis Cernuda viniera al mundo para permitir unir eslabones de ninguna cadena histórica, para salvar un problema de los historiadores o críticos literarios. Vino al mundo y escribió lo que escribió. Va siendo hora de comprender que los poetas no escriben para que le salgan a los críticos las teorías, que no cumplen ningún destino manifiesto.

El gran problema que plantea el concepto de "romanticismo" es que no se acuña para describir un fenómeno pasado, que pueda percibirse de forma más o menos unitaria, sino que se produce en el seno mismo de los acontecimientos y evoluciona con ellos. Podemos decirlo directamente: "romántico" nunca fue un concepto nítido o unívoco, ni teóricamente ni pragmáticamente. Ni los que se aplicaron ellos mismos el calificativo, ni los que lo aplicaron a otros, lo hicieron de una forma única o clara. Fue, por parafrasear a L. Trilling al refererise al término "cultura", un término de "eficaz ambigüedad".

La confusión que el término produce es propia del término mismo y se transmite a cualquiera que pretenda ponerle límites. Podemos utilizarlo en la medida en que entendamos que no se corresponde con una realidad cerrada y definida, como concepto que requiere un alto grado de explicación en el momento en que se aplica a textos o autores. Romántico no sólo se aplicó a la obras, es decir, a estilos o formas, sino también a formas de ser o pensar. Un caso claro es el de Stendhal, que se manifestaba a la vez como ferviente romántico (en cuanto al espíritu) y ferviente anti-romántico (en cuanto al estilo, que asociaba con Chateaubriand y Villemain). El grado de contestación inherente al término romántico implica también una toma de distancia respecto a otros considerados también románticos (piénsese en las distancias entre la primera generación romántica inglesa y la segunda). Hay también un importante factor que podemos considerar como la moda romántica, es decir, la asimilación de determinados aspectos que se reducen a manifestaciones externas y son calificadas socialmente como "románticas". "Románticos" podían ser un soneto o las patillas de Berlioz, por ejemplo.

En cualquier caso, el romanticismo fue un fenómeno complejo, polifacético y multidimensional, que se basó precisamente en la introducción del deseo de ser diferente resuelto por medios diferentes acordes con el desarrollo del entorno histórico y poético y con las disponibilidades y concepciones de cada uno. En este sentido se pronuncia H. G. Schenk que, tras manifestar que existe una unidad en la enorme diversidad romántica, señala: "No es por acuñar una paradoja por lo que me apresuro a añadir que acaso la mejor manera de caracterizar la unidad en cuestión sería llamarla contradicción, disonancia y conflicto interno del espíritu romantico" (El espíritu de los románticos europeos, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 18). El mismo Charles Baudelaire ya expresó el conflicto:

Pocas personas querrán dar hoy a este nombre un sentido real y positivo; ¿se atreverán a afirmar, sin embargo, que una generación consienta en librar una batalla de bastantes años por una bandera que no sea un símbolo?
Recuérdense las discordias de estos últimos tiempos y se verá cómo, si bien han quedado pocos románticos, ello se debe a que son pocos quienes han hallado el Romanticismo, pero todos lo han buscado sincera y lealmente.
Unos sólo se han dedicado a la elección de los temas; no tenían el temperamento adecuado a los mismos. Otros, creyendo aún en una sociedad católica, han intentado reflejar el catolicismo en sus obras. Llamarse romántico y mirar sistemáticamente al pasado es contradecirse. Estos, en nombre del Romanticismo, han blasfemado de griegos y romanos; puede hacerse románticos a griegos y romanos, cuando uno mismo lo es (...)
El Romanticismo no reside precisamente en la elección de temas ni en la verdad exacta, sino en la manera de sentir.
Han buscado por fuera, y es por dentro donde únicamente era posible hallarle.
A mi juicio, el Romanticismo es la expresión más reciente de lo bello.
Existen tantas bellezas como maneras habituales de buscar la felicidad [Stendhal].
(...) Quien dice Romanticismo dice arte moderno —es decir, intimidad, espiritualidad, color, aspiración al infinito, y todo ello expresado por los medios artísticos.
Se sigue de ello que existe una contradicción evidente entre el Romanticismo y las obras de sus principales sectarios (Charles Baudelaire, ¿Qué es el romanticismo?, en Pequeños poemas en prosa - Críticas de arte, Madrid, Espasa-Calpe, 3ª, 1968, pp. 127-128)

Hay dos elementos que me gustaría finalmente resaltar de la obra de Silver. En primer lugar, la idea de que la historia literaria española es una falsificación en beneficio de una mitificación política centralista. En efecto, toda construcción histórica supone una interpretación y una proposición de un modelo que se presenta como una realidad. Esto ha sido —nunca bastante— analizado por la corriente de renovación de la historia misma que ha descubierto su carácter discursivo. Este descubrimiento no es privativo de la Historia, sino de casi todos los campos y disciplinas científicos, que ven modificado su estatus. Parejo a este descubrimiento está el problema de su extensión a todas las propuestas formuladas, es decir, la posible caída en el relativismo anulador del valor de cada propuesta. ¿Por qué no entiende Silver que al igual que pudo existir un interés castellano-centralista en las formulaciones histórico-literarias puede existir un interés similar en el fenómeno de reinterpretración periférica? Cómo no calificar, cuando menos, de ingenuos pasajes como éstos:

Puesto que, como hemos visto, la historiografía decimonónica no entabló una relación recusadora y dialógica con el pasado, especialmente por lo que respecta a la crucial cuestión romántica de la unidad-diversidad de España, este tipo de diálogo genuino sólo penetró en la principal corriente moderna de la historiografía española durante la calma republicana que precedió a la Guerra Civil; tanto entre los historiadores y críticos literarios —posteriormente exiliados— como Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, como entre historiadores «regionales» como J. Vicens Vives y, por supuesto, Pere Bosch Gimpera. Hoy, sin embargo, florece de manera especial entre los historiadores de los micronacionalismos de España.
Con raras excepciones, como las de Patxot y Ferrer y V. Almirall, la historiografía española del siglo XIX siguió, por tanto, los pasos (romántico históricos) de los «ellos» inauténticos en la poesía, el teatro y la novela histórica. Más aún, hasta no ser desplazadas por las novelas históricas de Pérez Galdós, las historias generales de España fueron los principales instrumentos de indoctrinamiento de la ciudadanía por los moderados. Eran instrumentos que recomportaban construcciones históricas inauténticas, «histórico-mundanas», y en los que se ofrecían posibilidades de un destino «futúrico» altamente selectivo o nulo (pp. 174-175)

El fragmento reproducido es bastante característico del estilo expositivo y argumentativo a lo largo de la obra y, creemos, habla por sí solo. El otro aspecto que queremos resaltar es la viabilidad del estudio de los autores estableciendo secuencias por encima de las históricas.

En su análisis de la obra del poeta Luis Cernuda, Silver manifiesta el mismo énfasis negador de cualquier línea interpretativa. Parece ser que toda la crítica padecía algún tipo de ceguera superior (sólo en el sentido de gravedad) a la teorizada por su múltiples veces citado Paul deMan. Silver señala:

...en España no llegó a cuajar un movimiento altorromántico, a pesar de que, por compensación, las ruinas del alto romanticismo europeo aparecen gradualmente a lo largo del siglo XIX y hasta entrado el siglo XX.
Este melodrama de la contención de un alto romanticismo, que luego se diseminaría e incorporaría, queda bien ejemplificad en la poesía de Luis Cernuda (nacido en Sevilla en 1902 y muerto en Ciudad de México en 1963). Cernuda, en exilio permanente a partir de 1937, tras leer la poesía de Hölderlin, Leopardi y los románticos ingleses, reconfiguró su obra según lo que después se conocería como el paradigma romántico abramsiano. Así, al examinar la poesía de Cernuda, podemos observar un ejemplo revelador de la peculiar versión española del alto romanticismo. En efecto, si Bécquer es en España el clásico poeta nacional-romántico, Cernuda es su clásico poeta restituidor altorromántico.
Sobre la obra de Cernuda se produjo un consenso doble antes incluso de su muerte. Mientras los jóvenes poetas españoles lo apreciaban como miembro innovador de la generación Guillén-Lorca, los críticos elaboraron una lectura de su obra de carácter moderno pastoril. Es una ironía que el convincente rigor de estos dos enfoques haya impedido a los críticos darse cuenta de hasta qué punto anticipó Cernuda en su poesía el «argumento romántico» de Abrams. Sin embargo, lo que requiere una dilucidación en esta fase tardía, a los treinta años de su muerte, es saber en qué medida la poesía posterior de Cernuda sobrepasa incluso el paradigma pastoril-abramsiano (pp. 144-145)

Como resumen, Ruina y restitución: reinterpretación del romanticismo en España es una obra que mantiene muchos puntos de interés, le sobra —a nuestro modesto entender— las fuertes dosis de dogmatismo, similar al que dice combatir, y, especialmente, un tono descalificador general contra toda posición diferente —hace bien Silver en incorporar una larga lista de nombres en el apartado de agradecimientos—. No creo —y esto es lo más triste— que aporte ninguna solución a los múltiples problemas que plantea el problema del romanticismo. El romanticismo fue como una bomba que extendió bien lejos sus fragmentos y cuyos efectos psicológicos todavía despiertan por las noches a muchos afectados. El gran crítico Lionel Trilling lo hizo coincidir con una angustia del yo moderno, la conciencia de estar rodeado de trabas —cárceles de todo tipo—. En ese sentido, lo romántico sería la respuesta angustiada, la reacción espontánea ante la situación socio-existencial, el signo de un malestar en la cultura.

Joaquín Mª Aguirre

Dos testimonios: R. Mesonero Romanos y A. Canovas del Castillo

Para mostrar los efectos de confusión que provocó el término "romántico" añadimos a esta crítica dos testimonios que nos parecen particularmente interesantes: el de Mesonero Romanos y el de Canovas del Castillo. Ambos, más próximos que nosotros a los fenómenos, muestran el confusionismo generado por el término. ¿Supo alguien alguna vez realmente qué era el romanticismo?

Mesonero Romanos:

Si fuera posible reducir a un solo eco todas las voces de la actual generación europea, apenas cabe ponerse en duda que la palabra romanticismo parecería ser la dominante desde el Tajo al Danubio, desde el mar del Norte al estrecho de Gibraltar.
Y, sin embargo, (¡cosa singular!), esta palabra, tan favorita, tan cómoda, que así aplicamos a las personas como a las cosas, a las verdades de la ciencia como a las ilusiones de la fantasía; esta palabra que todas las plumas adoptan, que todas las lenguas repiten, todavía carece de una definición exacta que fije distintamente su verdadero sentido.
¡Cuántos discursos, cuántas controversias han prodigado los sabios para resolver acertadamente esta cuestión! Y en ellos, ¡qué contradicción de opiniones!, ¡qué extravagancia singular de sistemas!... «¿Qué cosa es romanticismo?..», les ha preguntado el público. Y los sabios le han contestado cada cual a su manera. Unos le han dicho que era todo lo ideal y romanesco; otros, por el contrario, que no podía ser sino lo escrupulosamente histórico; cuáles han creido ver en él la Naturaleza en toda su verdad; cuáles, la imaginación en toda su mentira; algunos han asegurado que sólo era propio para describir la Edad Media; otros le han hallado aplicable también a la moderna; aquéllos le han querido hermanar con la religión y con la moral; éstos le han echado a reñir con ambas; hay quien pretende dictarle reglas; hay, por último, quien sostiene que su condición es la de no guardar ninguna.
(Ramón de Mesonero Romanos, El romanticismo y los románticos, septiembre de 1837, Escenas matritenses

Cánovas del Castillo:

La lucha de clásicos y románticos, por donde quiera presentaba, en el entretanto, confusos caracteres, dando lugar a extrañas contradicciones, y más que en ninguna otra nación, en España. He indicado antes, y quiero exponerlo más ampliamente ya, que el romanticismo no significaba, en suma, otra cosa, sino la parte que le correspondía a la literatura en la rebelión general contra el modo de vivir anterior, que, lentamente preparada por largo tiempo, estalló al fin en los últimos años del siglo XVIII. Sobrevino el romanticismo, lo propio que se encendió a la sazón el peligroso deseo de abandonar el principio hereditario, que estaba informando el organismo social, ahora en la constitución y ejercicio del poder soberano, ahora en el goce de las jerarquías y honores, ahora en los derechos sobre el suelo; lo mismo que en toda su pavorosa profundidad se planteó entonces la cuestión religiosa, no ya suscitada por las protestas, relativamente tímidas, de las antiguas iglesias heterodoxas, ni por las críticas ligeras, y por lo general, externas o casuísticas de la incredulidad francesa, sino mediante la crítica germánica, la cual, después de unánime creencia en Dios, aunque hubiese muchos falsos modos y uno solo de creer en él, acabó por formular, en términos diversos, el principio panteista, y por tanto ateo, de la unidad de sustancia; lo mismo, en fin, que muchos hombres se sintieron por aquel tiempo inclinados, no ya sólo a renovar o trasformar la ciencia, sino a derrocarla por su base, negando al conocimiento realidad, y hasta realidad a las cosas. Rompiéronse así de repente los moldes de la literatura en uso, al revolucionario impulso universal. La inicial idea de entonces se cifraba en destruir para procurarse vida nueva, mejor o peor, pero nueva. Cómo y por qué llegara durante tal período histórico aquel singular momento en que de la paz religiosa, la paz interior que por donde quiera se gozaba, la paz literaria que el triunfante clasicismo francés había logrado establecer en todas partes, y el orden sumo y absoluta regularidad en todas materias, que únicamente interrumpían tal cual vez guerras parciales sin profundo alcance, pasará a a apetecer de un golpe el mundo la intranquilidad, la inseguridad, la confusión y lo desconocido, emprendiéndose, en suma, un movimiento total, arrebatado e irreflexivo, sin dirección ni límites ciertos; fenómeno es que muchos han examinado ya, que otros tratarán todavía de esclarecer, que ni puedo ni quiero explicar aquí con extensión. A mí me basta asentar que no fue diferente aquel universal fenómeno de la Revolución de este otro especial que prestó origen al romanticismo en las letras.
No hay por eso mismo ningún principio estético o literario que dé razón completa de cuanto, en el primer tercio de este siglo, se apellidaba de tal suerte. Románticos venían, en conclusión, a ser todos los que se rebelaban contra la literatura de los últimos tiempos, que, aunque criada en los pañales ilustres del Renacimiento, iba realmente estrechándose, amanerándose, haciéndose menos fecunda de día en día, por evidente contradicción con su propio principio, que era la imitación de la naturaleza, puesto que no solía tomarla ya sino de segunda mano, en libros célebres, pretendiendo limitarla además por inflexibles reglas preestablecidas, y no pocas veces arbitrarias (A. Cánovas del Castillo, «El solitario y su tiempo». Biografía de D. Serafín Estébanez Calderón y crítica de sus obras, tomo I, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1883, pp. 99-102)

6/07/97

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