Reseñas:| Manuel Peña Cataluña en el Renacimiento: libros y lenguas (Barcelona, 1473-1600) | ![]() |
Contenido:
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
LOS HISTORIADORES Y EL LIBRO
La historiografía internacional sobre la historia del impreso
La historiografía española sobre imprenta y cultura del libro (siglo XVI)
CAPÍTULO II
EL MUNDO PROFESIONAL DEL LIBRO
Primeros pasos de la imprenta y del comercio del libro impreso
La dinastía librera de los Trinxer (1488-1599)
Barcelona y Europa
Marco legislativo y organización corporativa
Producción tipográfica y estrategias editoriales
CAPÍTULO III
CULTURA ESCRITA Y PRÁCTICAS URBANAS
La documentación personal y el aprendizaje de la escritura
Posesión de documentación escrita: aproximación cuantitativa
Cuentas, patrimonio y memoria
La posesión del libro
Libro y sociedad
El libro y los espacios urbanos
Las librerías y sus clientes
La correspondecia y el mundo del libro
Los encantes y la circulación del impreso
La herencia y los libros
Los préstamos y otras formas de circulación de libros
Lectura y espacio privado
Decadencia, colapso y otras etiquetas historiográficas
¿«Decadencia» catalana o en catalán? Los contactos con otras lenguas
CONCLUSIONES
ABREVIATURAS
APÉNDICES
FUENTES
BIBLIOGRAFÍA
La obra ante la que nos encontramos es un magnífico ejemplo del valor de los estudios históricos a través del análisis de la producción y el consumo literario. Es una demostración de cómo, por medio del análisis y la evaluación de datos empíricos se puede llegar a conclusiones culturales válidas.
El análisis de la producción editorial, de su distribución y consumo; el análisis de los intercambios con otros puntos geográficos de producción -interiores y exteriores-, determinantes de la producción propia; el reparto de los productos editoriales conforme a categorías sociales o de sexo, etc., convierten esta obra en un ejemplo de rigor histórico e intelectual. Manuel Peña tiene el mérito de no forzar los datos, de no elaborar hipótesis precipitadas allí donde no se puede más que aventurar. Las respuestas llegan a su tiempo, cuando se han aportado los datos suficientes como para que las ideas no surjan del vacío. No estamos ante una obra aséptica, de mera enumeración de datos tras los que el historiador se ampare fingiendo una distancia no participativa. Hay toda una labor muy meritoria, por inteligente, de interpretación ajustada de los documentos revisados.
El índice de la obra permite hacerse una buena idea de esta obra. En ningún momento decae el elevado nivel expositivo e investigador demostrado por Ricardo Peña. Sí queremos resaltar un elemento: la valentía historiográfica. Esta obra, una tesis doctoral en su origen, sobrepasa con creces la habitual falta de compromiso en que el investigador se ampara como prevención ante un tribunal académico —nunca deja de haber condicionamientos y no sólo en el caso de los historiadores—. La reacción natural en estos casos es soslayar todos aquellos elementos que pudieran entorpecer —por polémicos— la obtención del grado. No es esto lo que nos encontramos aquí, sino con una obra profundamente polémica cuando el autor considera que tiene entre sus manos la información suficiente para rebatir los argumentos anteriores.
Esta obra tiene dos caras diferenciadas, pero que son el resultado de un mismo impulso. Por un lado, está la investigación del período renacentista en Cataluña a través del mundo relacionado con el libro. Pero por otro, está la responsabilidad del historiador con los datos obtenidos. Manuel Peña se enfrenta con algunas de las interpretaciones de este período y, sobre todo, con la manipulación política de los datos históricos para establecer interpretaciones partidistas. Sirva, aunque extenso, el siguiente ejemplo:
Conceptos como el de decadencia de la cultura en Cataluña se han identificado mecánicamente con la castellanización. La realidad de ésta no tiene por qué confundirse con la supuesta decadencia cultural en la Catluña del siglo XVI. Para entender esta simplificación reduccionista hay que asimilar las peculiaridades de la trayectoria del nacionalismo historiográfico catalán. Si los románticos catalanes tenían muy clara la idea de la España-nación en perfecta sintonía con la cultura de una burguesía catalana interesada en la defensa de un mercado nacional español, en los últimos años del siglo XIX se prodicrá una tajante ruptura del nacionalismo español y catalán, la confrontación entre el Estado español y la nación catalana. El salto cualitativo de la generación noucentista respecto a la de la Reinaxença es evidente y el cambio de la lengua (del castellano al catalán) todo un signo indicador.
La historiografía noucentista —de Sanpere i Miquel a Rovira i Virgili— se dedicará a la glosa de los valores de la identidad nacional catalana, polarizada en la lengua, y a desarrollar el síndrome victimista en funciónde las derrotas nacionales catalanas especialmente identificadas con 1652 y 1714. La instrumentalización política de esta historiografía es incuestionable, situada como estaba a caballo de La nacionalitat catalan de Prat de la Riba. Ya no se trataba de sublimar la nostalgia romántica, sino utilizar la historia como modelo, ejemplo, prueba de la viabilidad de una opción concreta que la República de 1931 se encargaría de propiciar. El victimismo político (1652, 1714) necesitaba acompañarse del victimismo cultural contrapuesto a un pasado glorioso medieval que, a su vez, era el correlato de un Estado autónomo y feliz como el que tendría Cataluña, sobre todo, antes de Caspe. El derecho y la lengua se convierten en las señas de identidad representativas de una nación a la que se impediría desarrollar su propio Estado con la monarquía de los Austrias y que, a la postre, se le ahogaría su propia identidad nacional con la Nueva Planta.
En este proceso no faltan los testimonios de flagrantes invenciones de la tradición, inventos que cíclicamente desarrolla la historiografía nacionalista catalana como ejercicio periódico de regeneración de sus reservas ideológicas. La manipulación de la memoria histórica catalana arrancaría de la generación de 1640 con sus apelaciones a un goticismo doméstico, seguría con la generación «neoforalista» de Feliu, Roig i Jalpí (éste, inventor del falso Boades), Serra i Postius y Dalmases, y culminaría tras el romanticismo, con el referido noucentisme. La invención del concepto de humanismo catalán y decadencia, que implica la asociación mecánica de los conceptos de lengua (médula) con nación (cuerpo místico común), puede considerarse, como ha demostrado Lola Badia, aportación incuestionable del noucentismo catalán (pp. 302-303)
De la obra de R. Peña surge un mundo dinámico, de confluencia de culturas, en el que conviven las publicaciones en catalán, castellano, francés, latín, e italiano, un mundo más pragmático en el que la igualdad lengua-nación no se había formulado con la rotundidad con que se hará posteriormente. Peña recuerda en varias ocasiones que comprender la historia es intentar comprender el mundo que se refleja y no rellenarlo e interpretarlo de elementos y conceptos posteriores.
El autor sacude las interpretaciones sesgadas y trata de encontrar los factores determinantes de los intereses de los agentes sociales del momento:
La conciencia de la existencia de una perspectivas más amplias de mercado al publicar en castellano, ¿era exclusiva de los editores? Modest Prats destaca el gran número de textos de la época que muestran que también los autores tenían el mismo convencimiento «de les majors possibilitats que ofereix el castellà en tant que assegura un nombre molt més gran de lectors».
El mercado contó mucho en la castellanización libresca de Castilla o Cataluña. Sin embargo, no todo dependía del interés económico de editores e impresores. Ni los lectores mejor ilustrados fueron deslatinizados ni Barcelona sucumbió a la castellanización.
Las imprentas españolas apenas podían competir con el comercio internacional del libro. Los primeros contactos barceloneses con los centros tipográficos italianos se produjeron no sólo por la búsqueda de mejores prensas y papel para los textos litúrgicos catalanes, sino también por el interés que había despertado el humanismo italiano y las ciudadas colecciones de textos clásicos impecablemente impresos y en formatos más manejables. Al mercader catalán no le era extraña ni la cultura ni la lengua de la península vecina. La literatura italiana encontró de esta forma una vía más de penetración rápida en las librerías y en las estanterías de la ciudad; y, para colmo, algunas imprentas italianas, sobre todo venecianas, se especializaron en la producción de obras en castellano de forma intensa en la segunda mitad del siglo XVI. La lengua del Imperio era rentable no sólo para los tipógrafos catalanes o castellanos (pp. 290-291)
Debemos resaltar dos elementos más: la magnífica introducción a cargo de Ricardo garcía Cárcel, catedrático de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona, que sitúa la obra en la senda abierta por el gran Roger Chartier, y el espléndido capítulo síntesis "Los historiadores y el libro" (cap. I), en el que se realiza una revisión de las diferentes escuelas metodológicas. Tanto uno como el otro son una muy buenas introducciones al estado de la cuestión, a la situación de este tipo de estudios culturales en la actualidad, a sus carencias y a sus logros.
En resumen, estamos ante una magnífica obra que revela un magnífico investigador en el terreno de la historia y la cultura catalanas del Renacimiento. En esta obra se anuncia la próxima aparición de otra obra sobre el mismo periodo, fruto de la investigación. Dicha obra ya ha aparecido —El laberinto de los libros. Historia cultural de la Barcelona del Quinientos, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997—, y será objeto de una próxima reseña en Espéculo.
Joaquín Mª Aguirre Romero
El URL de este documento es "http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero6/m_pena1.htm"
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