Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Alfonso Reyes

Misión
diplomática (I-II)

      

El inagotable Reyes y su prosa diplomática

Jaime Muñoz Vargas

A43 años de la muerte de su autor, la obra édita de Alfonso Reyes, ya tremendamente amplia, no termina de crecer ni de ramificarse. Pero aparte de su tamaño físico -que en el fondo es lo de menos- debemos pensar en su tamaño espiritual: tomos y tomos y tomos evidencian lo que no se ha querido afirmar con todas sus letras: el regiomontano es el intelectual más grande que se ha podido dar en este país, y es acaso el único mexicano que merece sin titubeo el adjetivo universal, cuanto y más (contimás) si pensamos que junto a su prosa y su poesía literarias fluyen otros discursos donde Reyes muestra ser un impecable ciudadano del mundo, un ser cosmopolita en el sentido no turístico del término -como decía Borges-, en suma, un mexicano universal, íntegramente universal.

La mano de Reyes es la que ha escrito el mejor castellano de toda la historia -recito de memoria a su amigo Borges-, y eso cualquiera podría confirmarlo si se asoma a los libros claves del ateneísta. Capítulos de literatura española, La antigua retórica, La crítica en la edad ateniense, El deslinde, Al yunque, en fin, toda pieza del arsenal alfonsino parece validar el juicio, aparentemente hiperbólico, referente a la magistralidad de aquella escritura. Pero donde mejor se puede apreciar esa categoría es precisamente en los textos de ocasión redactados por Reyes sobre la marcha de su agitada vida diplomática, sobre todo porque no fueron preparados para regodearse con el estilo, sino para prestar un servicio social. Como pocos, como ninguno, el diplomático Reyes nos dejó una prueba más de su infatigable y buen hacer: en los huecos que la literatura le dejó, aguijado por la responsabilidad, el autor de Cuestiones gongorinas articuló cartas (muchísimas), diarios personales y un nutrido conjunto de ensayos donde el tema se centra en la política internacional.

La correspondencia ha ido apareciendo poco a poco; tenemos por ejemplo el tomote de las cartas (1907-1914) que intercambió con su homólogo dominicano Pedro Henríquez Ureña, edición del Fondo preparada en 1986 por José Luis Martínez para la Biblioteca Americana. Su Diario 1911-1930 -una joya de la sinceridad- fue publicado en 1969 por la Universidad de Guanajuato, y así han ido saliendo, desempolvados, varios libros más de Reyes, como Inteligencia española en México. Correspondencia Alfonso Reyes/Gustavo Baz (1939-1958), compilación de Alberto Enríquez Perea y edición (2001) de la Fundación Tavera y El Colegio de México. Ahora se suma a ellos Misión diplomática, compilación que en dos volúmenes muestra lo que Reyes escribió como miembro destacado del servicio exterior mexicano.

Reunido y prologado por Víctor Díaz Arciniega, el agrupamiento de los textos que ahora conforman Misión diplomática supuso una labor no exenta de temeridad. Díaz Arciniega tuvo que bucear literalmente entre los miles de papeles acumulados -“laberínticamente”, nos confiesa- en el Archivo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores. De allí extrajo una cantidad de papeles que no deja de asombrarnos: ¿a qué hora pudo Reyes escribir todo eso? A diferencia de muchos embajadores mexicanos, turistas ellos sí tal vez por haber sido -costumbrita de la surrealista política nuestra- castigados con el destierro diplomático, Reyes nunca dejó de armar sus ensayos, sus poemas y sus cuentos, pero junto a eso se daba tiempo para hablar de conflictos entre naciones, para describir coyunturas geopolíticas, para comentar asuntos comerciales entre países hermanos, para fungir un poco como corresponsal de agencia noticiosa, en fin, para levantarse en el lejano silencio europeo o sudamericano como un diplomático modelo, de excelencia, un hombre que desquitó con trabajo arduo y de calidad el golf y la buena mesa que suelen gastar quienes atienden tras el mostrador de muchas embajadas tricolores.

“En rigor podría decirse de él lo que de otros hombres ejemplares: vivía como propios los problemas públicos porque carecía de vida individual”, afirma Adolfo Castañón en Alfonso Reyes, caballero de la voz errante, un espléndido ensayo biográfico sobre la figura del maestro. Efectivamente, Reyes tenía tanto interés por los asuntos públicos que cualquier otro hombre hubiera sido rebasado con esa sola prioridad. Por eso se podría observar, como Reyes dijo del “abundante Lope”, que su obra apenas cabe en las 24 horas de cada uno de los días que sin embargo también usó como diplomático, como amigo de largas conversaciones, como viajero, como esposo y padre. Misión diplomática, pues, es una pieza más de este puzzle llamado Alfonso Reyes, una pieza que por fin nos deja ver su perfil de cuerpo entero.

Anota bien Víctor Díaz Arciniega cuando menciona que Reyes era el primer interesado en organizar todas sus páginas. Para él, albergar en el formato del libro sus textos más sesudos era tan importante como arracimar aquella parte de su escritura preparada como apunte, como brindis, como discurso pasajero, como viñeta ocasional. Una autoestima que nunca pareció excederse ni rayar en la soberbia le indicaba que todo su trabajo, por una razón o por otra, era valioso, y es el caso de su prosa diplomática, ya que antes de morir entregó a la prensa algunos materiales donde consigna sus quehaceres como representante de México en el extranjero. Sin embargo, la mayor parte de esas páginas vivían desperdigadas y casi anónimas en los archivos de nuestra Secretaría de Exteriores, así que con esta edición se continúa un esfuerzo que Reyes hubiera avalado sin vacilación.

Los dos anchurosos tomos de Misión diplomática abrazan un periodo que va de 1920 a 1936, época en la que Reyes lleva, con diferentes grados de importancia, investidura diplomática. España, Francia, Argentina y Brasil son los países donde su trabajo tuvo asiento y donde mostró que velar por el decoro de la República era una labor que, sin fatiga, debía combinar saberes misceláneos, conocimientos de arte, de política, de economía, de historia, de lenguas, de todo un poco, aunque en su caso fue un mucho.

Misión diplomática condensa pues una de las mejores y más productivas etapas de Reyes; además de despachar con solvencia su responsabilidad pública, hizo que su obra le mereciera el constante homenaje de, por ejemplo, escritores brasileños y argentinos, quienes frecuentemente lo agasajaban con ágapes multitudinarios que a veces llegaban a ser auténticos tumultos, sobre todo cuando el regiomontano se despedía de aquellos pueblos.

Por todo, las Obras completas de AR no podrían serlo de veras si no consideramos allí los aparentes subproductos ahora contenidos en Misión diplomática. Si Reyes era todo por igual -escritor, amigo, diplomático- es justo que su escritura se condense en libros literarios, en libros epistolares y, como ahora ocurre, en libros diplomáticos. Sólo así podremos algún día abarcar la plenitud, la totalidad de este mexicano al que le cupo en suerte habitar, como el Hombre del dibujo leonardino, el cuadrángulo del equilibrio y la total circunferencia.


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002