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Luis Quintana Tejera Juegos de amor y muerte |
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Luis Quintana Tejera, Juegos de amor y muerte (cuentos), con prólogo de Seymour Menton, Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, México, 2002, 165 pp. ISBN: 968-5122-57-1
JUEGOS DE INFIERNOS PERSONALES
Jesús Humberto Florencia Zaldívar (UAEM)
Con tan singular título trataré de presentarles un libro con diferentes posibilidades de lectura y al que, desafortunadamente para Luis Quintana, las palabras de Seymour Menton (el más mentado antologador de cuentos latinoamericanos) no proporcionan ningún punto de partida para tratar de comprender los contenidos literarios del libro Juegos de amor y muerte. La referencia de tan eminente personalidad ayuda a abrir algunas puertas, editoriales y comerciales, pero, ¿de qué nos sirve a los lectores que el mentado Menton diga que se trata de simples bosquejos, esto es, que las historias aquí reunidas no alcanzan la categoría de cuentos, ni siquiera de relatos. ¿Será cierto? Pues bien, seguro se trata de una postura ortodoxa frente a la literatura (sí, ustedes entienden, aquella que obliga a leer al cuento de un solo impulso emotivo, porque se trata de un planteamiento ¿original?, con un desarrollo interesante, y si se puede con suspenso, mejor, y de paso, con un final sorpresivo. ¡Oooh!) y que todavía domina entre las alucinaciones de algunos especialistas literarios, profesores de todos los niveles, lectores y entre los mismos escritores. Pues bien, ¡Humberto sale al rescate para tratar de demostrarles la calidad literaria del libro Juegos de amor y muerte del amigo Luis Quintana.
Las primeras impresiones apuntan hacia un título poco afortunado, pero entendible, porque anunciando que se trata solamente de un juego, suaviza una conciencia que vive atormentada, ¿cuál conciencia? ¿la de los personajes? Probablemente. Cuando el juego se complementa con el tema amoroso, entonces el posible jugador intuye la posibilidad de planteamientos eróticos o picarescos, que los hay, pero no son los elementos que dominan en los textos. Finalmente, la muerte hace su aparición, pero no piensen ustedes que al señalar este tema, los personajes, el autor y el lector descansan en paz y pueden continuar sus existencias como si nada hubiese ocurrido. Pues nones. Entre las texturas de la muerte se oculta una situación aún más terrible.
Quienes conocemos otros trabajos de Luis Quintana, podemos intuir que una de las obsesiones del autor es la soledad, así parece indicárnoslo en sus estudios sobre Goethe o Carmen Laforet, en donde lo que prevalece es la posición del individuo frente a sus propios demonios o Mefistófeles. El demonio posee la configuración que cada individuo le dé, porque ese ser maligno habita en cada persona, en su mirada, en su particular manera de percibir la realidad. Luego entonces, siguiendo el título del actual libro, ¿quién es el que juega con el amor y la muerte? ¿cómo es el fuego con el que se cuecen las pasiones de los personajes? Por lo tanto, si alcanzamos a descubrirlo, la soledad cobra matices devastadores.
En Juegos de amor y muerte, abundan los personajes con cierto aire regionalista, por lo que los oficios como la panadería, la zapatería o el sacerdocio constituyen una actividad entre los pobladores de un Maldonado existente en la geografía uruguaya, pero que se convierte en un mundo mítico desde la perspectiva literaria, o más bien, desde la perspectiva del narrador, quien nos da referencia de los acontecimientos con relativa, sutil y contenida calma. Como acabo de mencionar, algunos de los personajes, en cantidad significativa, se dedican al sacerdocio y el resto de ellos se colocan en una posición diferente, mas no en su contra. Me explico: se trata de un problema social, de la designación de un solo trabajo, de entre las insuficientes posibilidades de elección, en un mundo que ofrece escasas posibilidades de supervivencia. A partir de este dilema, la gente del Maldonado literario, de un Maldonado visto desde la perspectiva de un narrador, (influido seguramente por el Maldonado que aún permanece en la memoria del autor), acepta o rechaza, se inconforma o se adapta, a las circunstancias propias y ajenas. Por lo tanto, la mirada del otro cobra una singular importancia, tanto en los personajes, pero principalmente en el narrador.
El libro es un diálogo constante con otros autores, pertenecientes a distintas regiones y localizados en el presente o el pasado, y ahí sí, ¡pero por supuesto!, aunque lo niegue Menton, con Horacio Quiroga, pero que no la friegue, ahí no se limita el mundo conceptual de Juegos de amor y muerte, también se escuchan las voces de Augusto Roa Bastos (cuando el narrador dialoga consigo mismo y con el lector) así como la voz de Gracilaso de la Vega, o de Shakespeare, entre otros. Pero sobre todo, en el interior de los textos se escucha la confrontación interior de un individuo que acepta conocer a los personajes y que ellos lo conocieron; escuchamos el dolor íntimo de una voz que se oculta entre los diversos personajes que son presentados en diferentes ángulos o perspectivas. Como pueden darse cuenta, un libro como Juegos de amor y muerte, de manufactura aparentemente sencilla, comienza a cobrar complejidad conceptual y artístico-literaria, por lo tanto, les estoy demostrando que el lector no solamente se topará con, ¿cómo les dije que dijo que le dijo al que dijo que se dice a lo dicho por el susodicho experto en cuentos?, ¿dijo estampas, bosquejos?, pues no es así.
Desde los primeros relatos, nos enteramos que iremos siguiendo la saga de una familia: padres, hijos, hermanos, y con quienes, en un momento dado, se vincularon con ellos. De esta manera, al concluir uno de los cuentos, esto no significa que el personaje haya alcanzado la tranquilidad individual, sino que lo veremos en diferentes circunstancias, como juez y víctima, como testigo y participante de las acciones, como un sujeto frío ante sus emociones y como estoico aceptador de su dolor individual. Bajo este panorama, entonces, en el libro de los Juegos, los juegos son posibilidades de mirar los interiores crueles de los individuos; en el libro del Amor, para el amor no hay tregua porque sus participantes son feroces y egoístas arrebatadores de la felicidad; y en el libro de la Muerte, esa muerte, la querida y anhelada muerte, no es una simple conclusión de la vida, ni siquiera una salvación para las existencias atormentadas, sino que se trata del brutal destino con el que los dioses castigan a los mortales, porque la muerte los y nos convierte en eternos testigos de la naturaleza humana, en testigos que miran, que sienten, que sufren lo que sucede en los otros, porque esa misma soledad despiadada también es experimentada por el que mira a los otros. Jugar al amor y a la muerte, nos ha colocado en una posición terrible porque no podemos hacer nada para reparar las reglas de nuestra existencia, más bien intensifica su experimentación.
De esta manera, Juegos de amor y muerte enfrenta a un Yo que es visto y juzgado por los demás; trata de un Yo dividido por los amores que no lo complacen y por la muerte que no termina de seducirlo, esto es, trata de un Yo que se juzga constantemente, porque se encuentra en un purgatorio infranqueable; el personaje principal es un Yo que me mira, se mira, nos mira desde ese lugar que se encuentra entre el cielo y más cercano al infierno. Pero qué es lo que se mira, pues al resto de la humanidad que se localiza allá afuera, como en estado catatónico, como en un escaparate sin saber que los habitantes del infierno son capaces de mirarlos y de sufrirlos. Por lo tanto, es en esa contemplación en la que se sustenta la soledad del Yo, y ese Yo al que me refiero está representado por el narrador que, a mi parecer, es el mismo que se mantiene durante todos los relatos.
Cabe aclarar entonces que, en los cuentos tradicionales, aparece un narrador por cuento, otorgándole así a cada cuento una personalidad diferente, (esto pueden comprobarlo con los textos de Edgar Alan Poe, Antón Chejov, Bradbury, etc, y más recientemente con Rulfo, Arreola, Cortázar, Borges, y aún así hay cuentos de estos autores que se salen del esquema, pero en fin) sin embargo, lo interesante del libro de Luis Quintana es que el lector deberá poner atención en la evolución del narrador. En Juegos de amor y muerte no son los personajes quienes cambian su punto de vista dependiendo de las circunstancias que viven, sino el narrador, quien se apasiona, disfruta, sonríe, pero a la vez se atormenta y sufre con los acontecimientos de los personajes, esto es, no puede evitar que su soledad se convierta en una enfermedad progresiva, que lo incapacita para experimentar amistad, fraternidad, solidaridad con los otros. A esto se debe que el narrador pueda descubrir la vida tormentosa de los personajes, esto es, desde la mirada del narrador los personajes no pueden ser felices por nada y con nadie, están condenados a rechazar toda posibilidad de salvación. ¿Y quieren saber qué es lo más gacho de la situación? Pues que los personajes tienen parentesco con el narrador, lo cual queda evidenciado cuando el inconsciente lo traiciona y lejos de contar las historias de manera imparcial, prefiere referirse a ellos con el evidente “Recuerdo su imagen junto a mi cama...” al referirse a la madre, o el doloroso “Papá, de verdad pocas veces pienso en ti.” Con ello, en verdad que el narrador trata de no pensar en el pasado, pero ese pasado lo sigue atormentando y no le permite vivir ni relacionarse en un aparente mundo actual entre los que no existimos.
Finalmente, trataremos de localizar al narrador, al parecer es la presencia de la conciencia, aquel que solamente adquiere personalidad frente a las culpas de los otros, por ello es importante adentrarse en el “laberinto de la memoria”, porque, quien lo controla, es posible que controle su cordura; ¿o no será que el narrador, tratando de no evidenciar el carácter monstruoso de los personajes, asume toda la maldad del universo de Maldonado? Sí, efectivamente, aunque el resto de los participantes tratan de negarlo, el narrador no puede separarse de su formación, de su manera de percibir la realidad, la cual tiene grande influencia de sus raíces; de trasfondo, como un inconsciente que ordena el mundo colectivo, hay un ser acomplejado, atormentado por una mirada, por un sentir cristiano. El narrador puede ser el autor, pero también el posible lector que mira o está imposibilitado para comprender a los otros ya que su infierno personal no se lo permite.
En ustedes lectores queda descifrar las claves del libro, al libro tratar de moverse entre las conciencias adormiladas y al autor, tratar que el libro de sus fantasmas le permitan sobrevivir en esos juegos de amor y de muerte.
Toluca, México, septiembre de 2002
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/quintana.html
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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002