
Las Odas de Ricardo Reis, un poeta contemplativo
Juan Blas Ruiz Jiménez
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Sabemos que este joven monárquico, nuestro poeta, vive en su exilio brasileño, pero otros testimonios lo sitúan muy cerca de Lisboa -así nos lo cuenta Tabucchi-, y allí, en un pueblecito, se gana el sustento ejerciendo de médico1. El pueblo es pequeño, se llama Azeitâo, y el tiempo sobrado para que este hombre, Ricardo Reis, emplee su ocio, satisfechos los trámites de la vida cotidiana, en una tarea para él necesaria:Reis quiere desembarazarse de su yo, que parece estorbarle el comercio con la realidad.Reis es un pagano, un espíritu ante todo contemplativo y hay en su contemplar la serenidad de quien nada pide a los dioses: Los dioses me concedan que, desnudo Que me concedan no pedirles nada y el esfuerzo del hombre que procura romper las limitaciones de su yo o, digámoslo de otra manera, de aquél que quiere olvidarse a sí mismo: Coge las flores mas suéltala Siéntate al sol. Abdica Coronadme de rosas. Estos dos aspectos, estrechamente relacionados, constituyen, a nuestro juicio, el sentido más hondo de su poesía. Así, las Odas de Reis, independientemente del tono estoico que las acompaña, reconocido por el propio poeta: En cuanto a mí, si de mí puedo hablar, quiero ser al mismo tiempo epicureísta y estoico, seguro como estoy de la inutilidad de toda acción en un mundo6 en que la acción está en el error, y de todo pensamiento en un mundo donde el modo de pensar se ha olvidado.7 no son la expresión de un yo que, buscándose a sí mismo, se erija en atalaya solitaria, en fortaleza firme desde la cual resistir los golpes adversos de la fortuna: Sé igual al promontorio donde sin cesar se quiebran las olas.El permanece inconmovible y a su alrededor se adormece la furia burbujeante del agua.8 Su estoicismo ha de entenderse como respuesta vital a unas circunstancias y a una época. Porque el poeta, perdónesenos la insistencia, no ha pretendido en ningún momento, y esto no viene sino a revelar un estoicismo particularísimo, construirse una identidad que, curtida en la lucha permanente con el mundo, -¡él, Ricardo Reis, tan, en cierto modo, resignado!- le permita, endurecido por el combate, transformar su frágil yo en el pétreo reducto desde el cual defenderse a sí mismo y elaborar su sueño de artista puro, refugiado, más allá de lo trivial, en la inmarcesible torre de marfil. Ni parnasiano ni simbolista: Nos ha dislocado un destino misterioso. Cual ingenieros nacidos en las selvas africanas, llevamos con nosotros capacidades que no podemos realizar, el esbozo de un destino que no podremos cumplir.9 El pensamiento estoico, cuyo interés y peso en nuestra cultura lo dotan de vigorosa presencia, supone, en su desarrollo, un movimiento, una tensión de naturaleza contraria a la que el poeta manifiesta como sabia actitud vital en sus Odas. Digamos, porque ello puede aclararnos la escritura de Reis, algo más sobre el estoicismo y su obsesión por encontrar en el centro cordial del yo la referencia fundamental a una forma de entender la vida cuyo fin último es la salvación del individuo, obligado a desenvolverse en un medio social cada vez más ajeno. El estoico en modo alguno se vuelca contemplativamente en las cosas. Más bien al contrario. En su anhelo de fuga, buscando desesperadamente un refugio que no puede proporcionar el mundo, reelabora las cosas con la ayuda del lenguaje y, ante sí, ya juez supremo, se las representa y sobre ellas emite un fallo inapelable que puede resumirse así: la realidad es lenguaje: Suprime la opinión: la posibilidad de sufrir daño queda suprimida.Suprime la posibilidad de sufrir daño: el daño queda suprimido.10 El estoico, en su reclusión, es yo y pensamiento y, tal vez, un idealista, porque desde la clausura de una conciencia desengañada, pero capaz de aprender, diseña un nuevo mundo a medida y ese mundo, no lo olvidemos, es un sueño, un bello sueño del lenguaje: Que todo es opinión y ésta depende de ti. Elimina, pues, cuando quieras la opinión y como bonanza para el que dobla un cabo, todo quedará inmóvil, y el golfo sin olas.11 He aquí la metafísica estoica. Pero ¿en qué consiste esencialmente la relación de nuestro poeta con el mundo? Su comercio con las cosas es de naturaleza lingüística. Los sueños del poeta son, como los del viejo sabio estoico, lenguaje, y, sin embargo, la metafísica del artista difiere de la del pensador. Quizá con el propósito de no estorbar el acercamiento del lector a su poesía y mantener viva la comunicación, Reis rechaza la poesía metafísica porque los sueños metafísicos, aunque puedan ser los de un visionario, no se construyen con el sentimiento. La materia prima es la misma, el lenguaje, pero otra es la forma y, así, metafísica y poesía son, como expresión, muy diferentes. Dirígese ésta al sentimiento; aquélla, a la inteligencia: La poesía metafísica es ilegítima.¿Cómo así, si la metafísica es legítima y la poesía es un producto tan intelectual como la metafísica? Porque la poesía no es un producto exclusivamente intelectual.Su base es el sentimiento, aunque se exprese con la inteligencia.La inteligencia sólo debe servir para expresar el sentimiento.12 A pesar de estas palabras, resulta apasionante indagar en la interesante filosofía de Reis, que defiende, como acabamos de mostrar, la ilegitimidad de la poesía intelectual. Aunque así sea, lo que desde un principio llamó nuestra atención fue descubrir en estas Odas una honda concepción del mundo y de la vida en donde metafísica y lenguaje manifiestan una intimísima unión y otorgan a la realidad un sentido moral enteramente nuevo. Repitámoslo: el poeta se vale de la palabra y ella viene a ser el hilo de la tela de araña que va, laboriosamente, tejiendo poco a poco. Interesa investigar el papel que corresponde al sujeto en tan ardua tarea, pero ocurre que el carácter cismundano de lírica de Reis elimina de raíz cualquier tratamiento crítico que intente abordar al yo por separado. En efecto, la subjetividad no puede, en este caso, entenderse al margen del mundo y de las cosas. Las líneas que siguen creemos que aclararán esta idea. Nos queda el otro polo de la relación, esto es, la realidad que el poeta capta y refleja a través de la escritura. Busca el poeta la serenidad y la encuentra en las cosas y en la aceptación de lo vivido y no en la reclusión de la conciencia. Por eso, Ricardo Reis nos propone abdicar y vivir sin memoria, porque sólo en un yo desposeído que consiente, en su afán de autodisolución, fundirse en abrazo cordial con el mundo, encuentra el hombre su reposo: Todo cuanto cesa es muerte, y la muerte es nuestra En todo cuanto miré me quedé en parte. Y estos dos fragmentos: Hoy, Neera, no quieras ocultarnos; Mas, tal como es, gocemos del momento, No tengas nada en las manos que cuando un día en tus manos cuando las manos te abran nada se te caíga de ellas.15 Nada mejor para comprender estas Odas que el parecer crítico de Antonio Mora, el filósofo pagano, de quien Alvaro de Campos dirá que es pagano por inteligencia, y que acusa a Reis de adoptar una postura decadente: Quiero que seamos indiferentes a una época que nada puede solicitar de nosotros, y sobre la cual en absoluto podemos actuar.Pero no quiero que se cante esa indiferencia como algo bueno en sí mismo y esto es lo que hace Ricardo Reis. En tal punto, lejos de volverse indiferente a las corrientes de la época se integra en una de ellas: la decadente. Dicha indiferencia es ya una adaptación al medio y una concesión.16 Si decimos que la crítica de Mora ayuda a desvelar el pensamiento poético de Reis es porque nos obliga a enfrentar la sensibilidad de nuestro poeta con la de otros compañeros de generación17 y de la tensión y del enfrentamiento, a veces, surge la luz. En cualquier caso no hemos encontrado en la poesía de este heterónimo de Fernando Pessoa ningún género de concesión que haga del poeta un espíritu decadente y resignado.La obra de este joven monárquico - pagano por carácter, según Campos, y no se olvide que el vocablo "carácter" hace referencia a un modo de ser adquirido, al cúmulo de experiencias que el hombre va incorporando a su fondo anímico en el trato continuo con las cosas y el mundo- quizá revele su secreto comparándola con la del autor de la Oda Triunfal y si bien dicha comparación no puede, desde luego, agotar todo su significado, sí creemos que salva al contemplativo Reis de la crítica de Mora18 . Recordemos, pues, que Alvaro de Campos, pagano por rebeldía , es decir, por temperamento -nos dirá él- ha transformado el nihilismo en arma de guerra, ariete demoledor con el que acometer la realidad y defenderse, al mismo tiempo, de su ataque. En combate contra el mundo, Alvaro de Campos se encierra en sí mismo y desde la clausura refuerza su subjetividad, aunque escriba: No soy nada. Al ser el nihilismo arma de combate no tiene más remedio el poeta que definirse frente a una realidad que, al demolerla, analiza. Su nihilismo no es sino continua puesta a punto del yo, y éste se identifica con el acantilado descrito por el gran sabio estoico. Reis busca el sosiego en sus ansias de disolución; Campos, la seguridad que sólo puede encontrar en él mismo. Un espíritu solitario: No: no quiero nada Recuperemos la reflexión de Antonio Mora. ¿Acaso deplora nuestro pensador la indiferencia serena de Reis porque considera que es la acometividad del yo, tal y como nosotros la adivinamos en Alvaro de Campos, la actitud más acorde con la época que les ha tocado vivir? No lo sabemos. Ocurre, sin embargo, que la crítica, fundada en el talante de su autor, no debe, precisamente por su relatividad, interpretarse como el único punto de vista posible y, en consecuencia, otra perspectiva puede descubrir en las Odas de Ricardo Reis la expresión lírica de un carácter rebelde.Porque no es, desde luego, fácil el itinerario espiritual de un hombre que pretende olvidarse a sí mismo.La subjetividad se muestra siempre reacia a dejarse asimilar por el entorno y si, con el tiempo, aprende a contemplar, se supera a sí misma porque este nuevo contemplar no se manifiesta como mirada desde un punto, el yo, sino como fusión cordial con lo que se contempla. En otras palabras, queda superada, a nuestro parecer, la separación entre el sujeto -el poeta- y su objeto -el mundo-. En efecto, cuando alguien tiene la dicha de mirar así, contempla despreocupado y, quizá, sea la serenidad que sigue a la despreocupación lo que llama la atención de Mora cuando califica al humilde Reis de decadente e, incluso, de resignado.Y nada más alejado de la resignación que el esfuerzo continuo por romper la clausura del yo, noble pretensión contenida en estos versos: Maestro, son plácidas El poeta, mediante este esfuerzo superador, parece anhelar el encuentro definitivo con una realidad que se le antoja divina.El universo particular de Reis nos revela, si leemos con atención sus Odas, un orden panteísta.22 Veamoslo. Nuestro poeta, como ya sabemos, se considera deudor de Epicuro, para quien los dioses, bienaventurados y satisfechos de sí mismos, no se ocupan de los asuntos humanos. Dejemos la palabra al filósofo: El ser feliz e imperecedero (la divinidad) ni tiene él preocupaciones ni las procura a otro, de forma que no esta sujeto a movimientos de indignación ni agradecimiento [...] 23 A este respecto Reis escribe unos versos cargados de sentimiento clásico, y rescata del pasado las palabras del pensador de Samos: Los dioses son los mismos La indiferencia y el desprecio de los inmortales no imposibilitan, excluyéndolo, el encuentro del contemplador con la divinidad en una experiencia íntima y gozosa. Más bien todo lo contrario. El poeta y lo divino se identifican. El desprecio de los bienaventurados, indiferentes a nuestros trabajos, coincide con la extinción del deseo en el corazón del hombre que Reis quiere ser. ¿Qué otra cosa hace el dios, en su quietud autosuficiente, sino expresar la serenidad de quien sabe que sofocado el deseo nada hay que pedir porque nada se necesita?: Me habla con su cariciosa voz terrestre, Y también en estos versos de serena aceptación: Los dioses sólo socorren Los dioses, si bien permanecen indiferentes a nuestras fatigas, se hacen presentes, confundiéndose con nosotros, cada vez que los imitamos. El hombre sabio que, en el contexto del pensamiento epicúreo, ve en lo divino la ejemplaridad de un ideal de conducta, se hermana con los bienaventurados aspirando a ser como ellos. El paganismo de Reis no puede permanecer al margen de este supuesto: Imitando nosotros a los dioses, En otra de sus Odas escribe: Los dioses paganos no son diferentes del mundo. El poeta dialoga con el corazón de lo real, cuya esencia revela su carácter sagrado. La inmanencia de lo divino convierte al mundo en un orden de belleza que, al ser desentrañado por la mirada serena del poeta, invita a su sola contemplación. Los dioses paganos están, como señalamos en su momento, omnipresentes porque ellos son una metáfora del mundo: Dejadme la realidad de este momento Pero ¿qué surge de esta contemplación? "Soy lo que he visto" parece decirnos el poeta, es decir, el yo, al querer, como último afán, disolverse en las cosas, se hace múltiple, se fragmenta en cada mirada y ya no es sino lo contemplado, confundido con esa multiplicidad sagrada de la que ahora forma parte: Tengo más almas que una. La poesía de Reis se aparta, por tanto, de la sensibilidad moderna, porque no ve en el creador al espíritu que guía la emoción, que expresa una particular visión de las cosas con el deseo de hacerla universal, susceptible de ser compartida por todos. La subjetividad hace el papel, en nuestro autor, de herramienta expresiva, pero se niega, sin embargo, a separarse de una realidad que, más que expresar, refleja: ¿Qué podrán ser mis sueños En un intento de absoluta objetividad sus Odas pretenden, pues, reflejar el mundo como en realidad es. Por eso, en este contexto la sensibilidad poética se transforma en pura contemplación, en un "mirar desde lo alto"32, que significa sencillamente mirada atenta, serena y desinteresada. Importa al poeta no lo aparente, sino lo que se esconde tras las apariencias, la realidad nouménica: Dejadme este irse pagano de la vida Nos encontramos ante al gran teórico de la poesía. Teórico en el sentido más genuino. Los grandes espíritus de la antigüedad, y Platón de Atenas aparece ahora como figura señera, sabían que el vocablo "teoría" Amémonos tranquilamente, pensando que podríamos, Cojamos flores, cógelas tú y déjalas En fin, no queremos concluir nuestra reflexión sin señalar que la sintonía que se establece entre la visión peculiarísima de lo real desplegada por Reis y el carácter divino de la realidad misma, nos permite afirmar que sus Odas persiguen, con sincero empeño, un noble propósito:ser uno con el mundo o, lo que es lo mismo, alcanzar la perfección y quietud de los dioses: Ve al vivir de lejos.
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© Juan Blas Ruiz Jiménez 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero18/reis.html
