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José Jiménez Lozano
Un hombre en la raya |
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NI LEY HABÍA Cuando uno, en estos tiempos, se encuentra con un libro que le conmueve lo agradece doblemente: por lo inhabitual y porque le inquiete. Y eso, siendo una novela realista y situada en nuestra época, ya es un mérito también desusado. Así que vaya por delante que me parece una extraordinaria novela, en una doble acepción del término: al margen de lo normal y excelente. El protagonista, César Lagasca, llega casualmente a Atajo, poco antes de que acabe la guerra, huyendo de su experiencia inmediata y de su comportamiento en un suceso bélico que le desazonará de por vida. Allí se le da acogida y se le facilita la huida a la raya. Y allí descubrirá un lugar que era "como si no estuviese en el mundo; pero estaba"–cap. IV, 1-, un pueblo por el que pasará en otra ocasión, justo antes de otro suceso igualmente inolvidable para él –la muerte en accidente de su esposa-, y allí, en definitiva, acabará instalándose, "ante el estrechamiento de aceras llevado a cabo en las grandes ciudades" que impide la relación entre los hombres. Una novela breve, pero inmensa e intensa. Comienza con el principio de la ruina de Atajo que, casualmente, se lleva a cabo desde la escuela –la barbarie entra por las aulas-, para llegar a la destrucción de este pueblo y de sus señas de identidad. Es menester que se nos uniforme, que se borren las peculiaridades que nos identifican y, entonces ya, desearemos lo que el poder ofrece como modelo: Marbella, por ejemplo. Los sicarios del poder comienzan amedrentando y/o desacreditando a los vecinos, luego los halagan y, finalmente, los estafan, se trata de hacerles perder el norte y destruirlos. Los dos primeros pasos se realizan en la escuela, naturalmente, con ayuda del psicólogo. Hay una serie de elementos recursivos importantes que van jalonando el relato y conformando su estructura. Quizá, en primer lugar, la huida a la raya. Al principio Portugal, al acabar la guerra. Luego París, tras la relación con los hombres tristes –hoy tan entregados a la modernidad como ayer a la revolución- y, finalmente, Atajo tras el despojo total. En Atajo se encuentra con "unas gentes de pocas palabras", porque saben que "las palabras hieren" –como reconoce ante la hornera César Lagasca-, pero con un hablar sentido. Y con una tradición, la del Descendimiento que es el acto más serio de compasión y misericordia por todos vivido, y por nosotros, leído, desde hace mucho tiempo. En la ceremonia, el anillo es un elemento fundamental. Ese anillo, marcado con las iniciales M y L, que ahora persiguen los chamarileros, que otrora identificó don Jorgito, y que está ahora en el Museo sin que los expertos sean capaces de clasificarlo. Un dato vertebral de la narración, símbolo de continuidad y fidelidad. Un pueblo, individualizado por la descripción, en el que sobresalen dos habitantes: Marcos Tárraga, el descendedor, al que conoció el huido, como un muchacho, al principio y que destaca por su integridad y Teclita y su madre – la nieta de la hornera: la única con quien se confesó el protagonista-, una mujer ésta de una entereza envidiable, aquélla asesinada y de cuyo asesinato se culpa a Feli, quien asume su papel de chivo expiatorio con resignación. El contraste que se ofrece a don César con su insoportable remordimiento y a Benzo con su conciencia. De los compañeros de don César, dos le acompañarán a lo largo de su vida. Paco Ronda, al que recupera en París, tras la traición de los camaradas y Fermín Benzo, su pesadilla. Aquél está en el mundo, pero se mantiene lúcido. Éste, el mediocre-fracasado que abusó de él en el colegio –un episodio capital en el relato-, le empujó, en la guerra, con sus burlas a la maldad y en la actualidad sigue actuando como el caballo de Atila despreciando a los hombres y el dolor que les inflige. No parece que su papel en el mundo sea otro que el de gangrenar y nunca se sentirá culpable. El progreso llega a Atajo y trae el crimen y el robo legalizado; siembra la amapola negra. La muerte de Teclita precipita la inclusión en el mundo de Atajo: su destrucción y la de sus habitantes; claro que son pobres. Los temas de la culpa y la misericordia convergen en el Descendimiento, un ejemplo de piedad, respeto y ejercicio de las virtudes que nos hacen humanos. Y esta ceremonia del Viernes Santo representa la cultura ancestral y el nudo de la memoria colectiva, deshechos ambos por el progreso. Un personaje capital es Gabriela. Primero sin nombre, vista en Lisboa en medio de una reunión mundana. Se la identifica en París y toma cuerpo a lo largo de la narración, casada ya con César, en el trabajo y en su vida matrimonial es un lenitivo; es de pocas palabras –como conviene-, pero las precisas. Y es que, como nos enseñan el texto y la vida, también se comparte desde el silencio y hay preguntas que sólo puede respondérselas uno mismo. Una vez muerta, don César la asocia con Teclita –nacida precisamente el día en que ambos pasaron por el pueblo- y, al final el narrador nos hace un guiño. Dividida en doce capítulos, fragmentados en secuencias numeradas. El capítulo V es clave: en él confluyen el pasado y el presente y se avizora el futuro. Una narración no lineal, serpenteante, contada en tercera persona, con dos focos: don César y Atajo. Un novela compleja que, abarcando una larga vida –véase el capítulo VIII, 4-, resume en pocas páginas todo el siglo y nos advierte de que todo lo que va a suceder está ya contado en los libros que traduce el protagonista, en los que vendía don Yor y en los que escribió Shakespeare, por ejemplo. Dura y espinosa como la vida misma. No aparece ni un rasgo de humor, tan característico de su autor; éste ha sido sustituido por el sarcasmo. Enlaza con unos cuantos autores, contemporáneos nuestros si bien no de estas latitudes, que se esfuerzan en contarnos qué sucede cuando a un hombre de principios se le sitúa en la raya, en conflicto con su conciencia y que no quiere perder la memoria. Un espacio habitable, unos personajes reconocibles y unas virtudes, hoy devaluadas, con las que podríamos vivir; pero parece que preferimos al superhombre. Perdida la memoria, la misericordia y el concepto de culpa: Kaputt. Teresa Domingo (Reseña publicada en el Norte de Castilla, el 25 de octubre de 2000) |
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/jj_lozan.html
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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2001