Especial Mercedes Salisachs Espéculo 2008

 

María Ecín y Primera mañana. Última mañana (mayo de 1955)

Rafael Borrás


 

   
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En mayo de aquel mismo año, 1955, conocí a Mercedes Salisachs. [1] Dos meses antes acababa de publicar en la editorial de Luis de Caralt, con el seudónimo de María Ecín, un libro que me deslumbró: Primera mañana. Última mañana, título tomado de un poema de Paul Éluard.

Para mi gusto es una de las mejores novelas españolas del siglo XX. No soy crítico literario, pero me considero un buen lector, y más de cuatro décadas dedicado al oficio de editar creo que me autorizan a emitir un juicio tan rotundo como sopesado. Después de la edición de Caralt he tenido el honor de reeditar aquel libro en Nauta, en Planeta y en Plaza & Janés. [2]

Dos años después de publicar Primera mañana Mercedes obtuvo el premio Ciudad de Barcelona por su novela Una mujer llega al pueblo, un retrato implacable pero fiel —tomando como pretexto un pequeño pueblo de la Costa Brava catalana— de la España de la segunda posguerra, la posterior al Concordato con la Santa Sede y los Acuerdos con los Estados Unidos de América (agosto y septiembre de 1953), que empezaba a embolsarse las divisas de un incipiente turismo. El departamento de Censura del siniestro ministro de Información, Gabriel Arias Salgado, se empeñó en cercenar la obra de una manera grotesca: un personaje -de ficción, por supuesto- podía ser un mal alcalde, pero no un mal jefe local del Movimiento, por ejemplo.

Antes, la Censura le había mutilado otras dos obras: Más allá de los raíles y Carretera intermedia. Tras meses de pelear con los censores Mercedes pensó que, si ganaba el premio Ciudad de Barcelona, patrocinado por el Ayuntamiento, su editor podría presionar para que el libro pasase con un mínimo de cortes. Y así fue.

Pero ¿a qué venía el seudónimo de María Ecín con el que firmó Primera mañana. Última mañana?

En noviembre de 2002, cuando se escriben estas notas, la Biblioteca Nacional tuvo el acierto de patrocinar un homenaje a Mercedes en Madrid. El acto, como muy bien recogió una crónica de Jesús Mariñas en el diario La Razón, [3] estuvo esmaltado, por decirlo suavemente, con el desconcierto que provocaron los fallos absolutos de la megafonía sin que el director de la casa, Luis Racionero, se inmutase lo más mínimo, hasta que un intelectual doblado de hombre de acción, Luis Alberto de Cuenca, tomó el mando sin que se le cayesen los anillos, y al final se pudo escuchar su parlamento y el parlamento de la escritora, que en ningún momento perdió la calma ni el sentido del humor que desde siempre, es la antítesis del desmelenamiento, la han caracterizado.

En sus palabras, después de tantos años, Mercedes tuvo el valor de explicar, con la serenidad que le proporciona su madurez de espíritu, el fracaso sufrido a mediados de los cuarenta con el estreno, en Madrid, en el teatro de La Zarzuela, de una obra jaleada, en su lectura previa, por gentes como Conrado Blanco, José María Pemán y Felipe Sassone, sin ningún sentido de la lealtad de la discrepancia, pues seguramente no merecía los elogios que le prodigaron a puerta cerrada. La crítica cumplió su función, y la demolió, supongo que con toda justicia, pero algunos críticos, al margen de los méritos o de los fallos de la pieza, se cebó en su autora con acusaciones que no se entienden sino como producto del más mezquino resentimiento: ahí nació una leyenda negra que, en sus distintas versiones, no ha dejado de acompañarla intermitentemente: Mercedes Salisachs era una señora de la buena sociedad que pretendía ser distinta y hacerse notar, pero que no sabía escribir; que tenía un negro; que quitaba el pan a los verdaderos escritores; y que si vestía con sencillez era únicamente para dárselas de intelectual. [4] (Años después, al publicar Primera mañana. Última mañana, a esta descalificación extraliteraria vino a sumarse, en su ambiente social -la alta burguesía catalana- la de quienes en tono de burla la motejaron, en un alarde de sutilidad, la literata; ya es sabido que la ignorancia, aliada con la pereza mental que a ciertas gentes les produce la lectura, puede deslumbrar tales muestra de ingenio.)

La autora, que contaba treinta años cuando se produjo aquel fracaso teatral, se encontró así inmersa en un pozo del que creyó que nunca sería capaz de salir; estuvo a punto de tirar la toalla, renunciando a una vocación sentida y practicada desde niña, y sin duda mal encauzada hasta entonces.

Sin embargo una carta inesperada produjo el milagro: la firmaba Enrique Jardiel Poncela —ni qué decir tiene que no se conocían—, que al parecer asistió al teatro al día siguiente del estreno, y tras la lectura de ciertas críticas la animó a no dejarse amilanar por quienes, esclavos de la bilis, confundían churros con merinas, porque Jardiel conocía por propia experiencia la capacidad de ensañamiento de que a veces eran capaces, en aquellos años cutres, algunos miembros del gremio.

El consejo no cayó en saco roto, y sacando fuerzas de flaqueza en 1955, como queda explicado, publicó Primera mañana. Última mañana. El seudónimo supongo que vino impuesto por el deseo de que la obra fuese juzgada por sí misma, no por la adscripción de la autora a un determinado estamento social, y por el deseo de que la dejasen en paz quienes consideraban que eso de escribir no era propio de los miembros de su clase.

Después, y a lo largo de casi medio siglo, una treintena larga de títulos, algunos con un éxito de venta espectacular, como La Gangrena, premio Planeta 1975, con más de un millón de ejemplares. Algunos de esos títulos han sido traducidos en Portugal, Francia, Italia, Alemania, Finlandia, Suecia, Gran Bretaña, Rusia, Estados Unidos y Sudáfrica, y el conjunto de su obra ha sido motivo de diversas tesis doctorales, aquí y fuera de aquí.

No podía yo imaginar, cuando la conocí en mayo de 1955, que tendría la oportunidad de contribuir a la edición de algunas de sus obras, pero, sobre todo, lo más importante, que nos uniría una amistad nunca interrumpida, cuyas muestras por su parte son para Isabel y para mí inolvidables; en enero de 1977, por ejemplo, cuando nuestro hijo mayor, Pol, con 15 años, se debatía entre la vida y la muerte en Manresa tras un trágico accidente ferroviario en el que perecieron algunos compañeros suyos del colegio de los Jesuitas de Sarriá, sus palabras de aliento nos hicieron creer, como así fue, que lograríamos evitar su entrada en el reino de las tinieblas.

He citado antes su madurez de espíritu. Creo que si los años no nos añaden experiencia, frente a la alegre irresponsabilidad de los entusiastas días juveniles, hemos perdido lamentablemente el tiempo. Hay que ser, según la edad, maduros de espíritu. Y esta afirmación se la he escuchado desde que ella contaba 38 años y yo 19, cuando ella estaba todavía en situación de preconizar, pro domo sua, la mal llamada juventud de espíritu.

He conocido pocas personas más amuralladas que Mercedes Salisachs. Buena discípula del maestro Eugenio d’Ors, parece tener muy presente lo que éste predicara: Quisiera, cuando fuese llegada la hora, morir en los dulces brazos de un tal amigo que, conociéndome de toda la vida y queriéndome con toda el alma, no nos hubiésemos tuteado jamás. [5] Recuerdo, no obstante, sus lágrimas cuando en octubre de 1958, a los 21 años, murió su hijo Miguel Juncadella Salisachs, artista pintor formado al lado de Ramón Rogent, y del que Cesáreo Rodríguez Aguilera, parafraseando al propio d’Ors, dijo que tenía una mano guiada por un ángel.

Es posible que alguna vez ella haya pensado, erróneamente, que tal vez su esfuerzo no siempre se ha correspondido con los resultados. Erróneamente, sin duda, porque es una gran escritora y es mucho lo que sus lectores le debemos. Por eso, en noviembre de 2002, en la Biblioteca Nacional, estoy seguro de que muchos de los asistentes agradecimos a Enrique Jardiel Poncela aquella carta escrita a una persona aparentemente derrotada, que es muy posible fuese decisiva para que sus lectores nos hayamos podido enriquecer con tantos libros importantes. Hay que mantener la ilusión sin hacernos ilusiones, parece haber sido la divisa de Mercedes Salisachs. [6] Pero algunas veces a buen fin no hay mal principio, incluso aunque a lo largo de la vida en ocasiones falle la megafonía.

 

Notas

[1] Este artículo nos ha sido cedido por el propio Rafael Borrás, pero antes fue publicado como un capítulo del primer volumen de sus memorias, cf. La batalla de Waterloo, Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003, pp. 108-111.

[2] Mercedes Salisachs, Primera mañana. Última mañana, Ediciones Nauta, 1968, Editorial Planeta, 1984, Plaza & Janés, 1999. A partir de la segunda edición la autora prescindió del seudónimo María Ecín.

[3] Jesús Mariñas, “De todo corazón. Rocambolesco homenaje a Salisachs”, La Razón, Madrid, 22 de noviembre de 2002, pág. 75.

[4] Mercedes Salisachs, palabras pronunciadas en la Biblioteca Nacional, Madrid, 20 de noviembre de 2002; copia del texto en Archivo RBB.

[5] Eugenio d’Ors, Gnómica, Madrid, Colección Euro, 1941, pág. 55.

[6] La frase es de Juan Fernández Figueroa en “Una carta de verdad” en La batalla de Waterloo, Memorias de un editor, Rafael Borrás, Barcelona, Ediciones B, 2003, pp. 467-471.

 

[Este artículo pertenece al volumen HOMENAJE A MERCEDES SALISACHS: MÁS DE CINCUENTA AÑOS EN LA LITERATURA http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/index.html]

© Rafael Borrás2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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