Especial Mercedes Salisachs Espéculo 2008

 

Reflejos de luna de Mercedes Salisachs:
entre la «chica rara» y la mujer católica

Pilar Martínez Quiroga

Rutgers - The State University of New Jersey (USA)


 

   
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Reflejos de luna, publicada en el año 2005, es la penúltima novela de Mercedes Salisachs. La obra abarca toda la vida de la protagonista, sesenta años que se van revelando de forma fragmentaria. La novela comienza in medias res con el regreso de Claudia a España después de varios años viviendo en África, momento en el que decide escribirle una carta al que había sido el amor de su vida, Fernando. De esta manera retrospectiva e intercalada con fragmentos epistolares accedemos a la intermitente historia sentimental entre Claudia y Fernando. Mediante estas cartas los protagonistas rememoran su fracaso amoroso hasta llegar otra vez al presente, lo que permite analizar un espacio amplio de tiempo de la historia reciente de España en el que las transformaciones sociales sirven de fondo de la trama sentimental.

En cuanto a la temática de la obra, podemos clasificar Reflejos de luna en lo que Phyllis Zatlin [1] considera su corriente dominante, dentro de las novelas de «ambiente cosmopolita o internacional», en las que predomina el «amor fracasado o el desamor». El tema principal de Reflejos de luna es el fracaso amoroso entre Claudia y Fernando. Los protagonistas se conocen en 1943, pero su amor se verá impedido porque Claudia tiene unos padres muy severos y ya ancianos a los que se siente en la obligación de cuidar. A lo largo de su vida, Fernando y Claudia, harán varios intentos de recuperar su amor pero siempre hay algo que se interpone. Su amor es narrado como si estuvieran destinados a estar juntos eternamente, lo que lo vincula con la religiosidad, otro de los temas fundamentales de la novela. En una entrevista concedida a Antonio Ayuso, Mercedes Salisachs, reconoce a propósito de Reflejos de luna: «Creo que el Verdadero Amor lo experimentamos en toda su plenitud, más allá de lo que llamamos vida. Es decir, cuando Dios nos acoja totalmente purificados». Aunque coincido con Antonio Ayuso al señalar que uno de los temas más logrados y más innovadores de la novela dentro de la trayectoria de Salisachs es la descripción sobre «el paso del tiempo y los síntomas de la ancianidad», en este ensayo me concentraré en la compleja evolución de la personalidad de su protagonista en relación con la historia moderna de España y los cambios sociales en torno al discurso sobre el amor, la religión y la condición femenina.

Al comprender un intervalo temporal tan amplio, la novela permite observar la situación de la mujer desde antes de la guerra civil, momento en el que se inicia la historia de Claudia, hasta nuestros días. Salisachs va incorporando en el personaje de Claudia todos los cambios en el papel de la mujer y de la economía de España desde antes de la guerra hasta hoy. La protagonista no se queda estancada en una mentalidad retrógrada sino que se adapta a los nuevos tiempos, aunque en este proceso quedan igualmente sin resolver una serie de contradicciones ideológicas por el conflicto entre su defensa de la libertad de la mujer y sus ideas religiosas. La historia de Claudia se puede dividir en tres momentos históricos fundamentales: el primero abarca desde antes de la guerra civil hasta mediados de los años 50, en el que se exponen todas las represiones que sufrieron las mujeres en esta época, el control por parte de la Iglesia y del Estado para convertirla en el eje fundamental de la familia; el segundo momento comprende desde los años 50 hasta la muerte de Franco, en el que a partir del Plan de Estabilización de 1959, España incorporó una serie de medidas económicas para abrir su mercado al exterior. Los ministros de Franco advirtieron que España sufría un gran retraso frente a Europa y que si no se unía a ésta después iba a ser demasiado tarde. La mujer se vio beneficiada por estas medidas aperturistas, cuando en 1961 una nueva ley de trabajo iguala en gran medida sus derechos laborales a los del hombre. Ahora que la economía de España está mejorando se necesita de la mano de obra femenina y el régimen tiene que relajar sus propias premisas ideológicas, lo que permitirá una mayor emancipación de la mujer. El tercer y último momento, abarcaría desde la transición a la democracia hasta nuestros días. [2]

En este trabajo parto de lo que Carmen Martín Gaite (38) denominó la «chica rara» en la sociedad franquista. Las «chicas raras» eran aquellas «poco sociables o displicentes», «que no se ponían a dar saltos de alegría cuando las invitaban a un guateque», «descuidan su arreglo personal» o «se aburrían hablando de novios y de trapos». Esta es la descripción perfecta de la Claudia que conoce Fernando en 1943. Claudia, consciente de su «rareza», le explica a Fernando que este modo de ser es culpa de unos padres demasiado mayores. Su madre la tuvo con cuarenta y ocho años y su padre con sesenta (13), por lo que se regían por las normas del siglo XIX (15). Mediante esta referencia a las normas decimonónicas de sus padres acerca de la mujer, Claudia está aludiendo al brusco retroceso en materia de derechos civiles que caracterizó el inicio del franquismo. Como señala Carme Molinero: «el régimen franquista anuló todas las reformas del código civil republicano, entre ellas el matrimonio civil y el divorcio, y reimplantó el código civil de 1889» (111). La propia Claudia reconoce que las mujeres en Cataluña no eran mayores de edad hasta los veinticinco años (21-22). Si bien sus padres controlaban todos sus movimientos y no le permitían salir sola de casa, al estallar la guerra civil cuando ella tiene dieciocho años, no es de extrañar que el caos y la euforia de la guerra supongan para ella un breve paréntesis de libertad: «en efecto, suena mal decirlo, pero lo cierto es que la guerra civil fue mi liberación» (20). Esta fue una sensación común para la mujer durante los años que duró la guerra, ya que no se sentía tan controlada. Pero esta aparente libertad se volvería a perder durante la dictadura.

Las normas de los padres de Claudia eran en gran medida las que más tarde iba a imponer Franco. El régimen se veía en la necesidad de «vender» este nuevo ideal de mujer católica, dedicada exclusivamente al hogar y a los hijos y subordinada al marido, como algo «moderno». Para ello echó mano de las revistas femeninas, la Sección Femenina, las clases de hogar, etc. Como dice Geraldine M. Scanlon (327): «Se llevó a cabo una intensa campaña de propaganda a través de la prensa y la radio y se lanzaron revistas especialmente concebidas para la mujer. (Las dos más importantes que subsisten son: Consigna, para las maestras, y Teresa.)». El régimen necesitó de esta fuerte campaña de publicidad para que las mujeres se olvidaran de todos los logros e igualdades conseguidas durante la Segunda República. A pesar de todos estos esfuerzos de imponer este prototipo de mujer dedicada al marido y que no debía trabajar fuera del hogar, este modelo de comportamiento no logra hacer mella en Claudia, a la que podemos clasificar como una «chica rara».

Si hacemos un repaso de la normas de los padres de Claudia comprobaremos que coinciden con las nuevas leyes impuestas por el régimen. En el campo de la educación, le prohíben asistir a la escuela por el miedo a la coeducación y a que el contacto con niñas de diferentes clases sociales pudiera suponer una mala influencia para ella: «no podía haber mejor escuela que la que ofrecía la familia» (14). El régimen de Franco además de eliminar la coeducación también promovió una segregación de la mujer en la formación escolar. Ésta debía estar orientada hacia el matrimonio, el hogar y la maternidad, la misión educativa de la mujer estuvo a cargo de la Sección Femenina [3]. Claudia, a pesar de la oposición de su padre a que estudie en la universidad y al discurso social en torno a la mujer, desobedece y a sus espaldas consigue estudiar Comercio por cuenta propia, que no se consideraba una carrera «femenina». Es curioso que la protagonista obedezca en todo a su padre menos en este aspecto. Hay que recordar que la mujer intelectual y universitaria está muy mal vista en la época, como muestra Mercedes Fórmica en esta cita extraída de su libro Visto y vivido. 1931-1937 (apud Olazagasti-Segovia 71): «si pisábamos la universidad, nunca nos casaríamos en Sevilla (debido a que las) chicas estudiantes ocupaban, frente a la sociedad, una situación ambigua, mezcla de prostitutas y cómicas».

Las mujeres también debían preocuparse mucho de sus compañías y amistades. Claudia no tiene amigas hasta la pubertad, porque como dice ella misma haciéndose eco de las palabras de sus padres algunas amistades podían «ser perjudiciales para una niña inocente como yo» (14). Después, cuando era una jovencita no le permitirían salir sola porque: «estaba muy mal visto que las jovencitas anduvieran sin compañía por la calle» (15). Aunque ya desde pequeña está en desacuerdo con sus padres, se muestra obediente en todo lo que ellos dicen, al menos en apariencia. Paradójicamente, la única amistad del colegio que le permitieron tener fue la de Herminia Siruela porque su familia pertenecía a la misma cofradía religiosa. Por estas razones, consideran que «Herminia nunca será un mal ejemplo para ti» (17), sin saber que Herminia era homosexual.

En la novela se pone especial énfasis en la descripción del vestuario femenino. Durante la guerra había una escasez de telas (22) y gran parte del esfuerzo familiar consistía en arreglar la ropa con el objetivo de seguir manteniendo cierta apariencia de estatus social. Con el transcurrir de los años, durante la dictadura, el tema de la costura va adquiriendo una gran importancia ya que, aparte de mantener una posición social, la gran mayoría de la mujeres sabían coser (era asignatura obligatoria y lo fue para las mujeres hasta los años ochenta), se convirtió en un trabajo casero para la mujer, una forma de economía sumergida. Aunque la mujer no pudiera trabajar fuera de casa, la costura para las tiendas se convirtió en una fuente de ingresos domésticos adicional y a su vez con este sistema de trabajo se levantaron grandes empresas como es hoy Zara, por ejemplo.

La moda, además de participar en el sistema económico del país también tenía otra función fundamental, la de ayudar a la mujer a «cazar» marido. En esta época la misión de la mujer era casarse y crear una familia, a ser posible numerosa, como enfatizan muchos de los discursos de la época, como los dictados por Pilar Primo de Rivera, responsable de la Sección Femenina y, por tanto en gran medida de la educación de la mujer en la España en ese momento junto con la iglesia. Martín Gaite destaca la importancia de la moda de la siguiente manera: «La relación de las mujeres con sus ropas […] es de fundamental importancia para entender también su relación con los hombres […] arreglarse (que no en vano lleva engastada la palabra «regla» en su etimología) era una ceremonia principalmente encaminada a atraer a un hombre, pero, eso sí, sin que se notara que se le quería atraer» (130). Era preciso saber mantener un precario equilibrio entre la seducción y la decencia. De ahí la reacción de la Iglesia a ciertas modas que venían del extranjero (como todo lo malo), como en el caso del traje de baño. Así, cuando Claudia y Fernando se conocen en el hotel de la montaña, Claudia confiesa que nunca se había metido en la piscina porque sus padres opinaban que: «mostrarse en traje de baño ante los ojos libidinosos de algunos hombres era un grave pecado» (13). Claudia no tiene ni un «vestido de fiesta» para asistir a la cena en el comedor con la familia de Fernando y será Irene, la hermana de Fernando, la que tendrá que prestarle un vestido. La madre de Claudia está todo el tiempo aconsejándole sobre su forma de vestir: «Cuida los escotes, Claudia. La manga nunca debe sobrepasar el codo, y la falda sólo puede dejar tus tobillos al descubierto» (18). Precisamente, la austeridad del vestuario de Claudia es una de las cosas que llama la atención de Fernando (28) porque a pesar de las normas sociales estrictas, como él mismo dice: «nadie acataba lo que oficialmente nos exigían. No obstante, aparentemente, las mujeres continuaban aferradas a los modales externos que la dignidad dictaba, y los hombres respetaban aquella precaria dignidad como síntoma de buena educación». (36)

Las relaciones con los hombres no eran fáciles. No sólo había que estar pendiente de los padres o de otros hombres de la familia que velaban por el honor [4] de la mujer (o más bien por el de los «intereses creados» como los llama el primo Agustín) sino que también había un constante tira y afloja con la sociedad. La misión de la mujer era casarse pero tampoco podía mostrarlo abiertamente, así que el galanteo [5] se convirtió en un arte de normas implícitas. La novela muestra un caso bastante particular. Los padres de Claudia, a los que ella siempre describe como egoístas, son bastante mayores y como consecuencia parece no importarles tanto que Claudia se case como que cuide de ellos. Una de las obligaciones de las hijas era hacerse cargo de los padres aunque para ello tuvieran que renunciar a su propia vida, como es el caso de Claudia. Ésta ni se imagina casada algún día: «¿Casarme? Ni siquiera había imaginado que yo estaba hecha para el matrimonio» (18). Los padres parecen tener concertado el matrimonio con el primo Agustín, el cual se ocupará de los negocios de la familia y también de Claudia. Los padres no se preocupan de que su hija se quede soltera (gran problema en la época) [6] porque ya tienen amañada su situación para cuando ellos mueran. El problema es que, a pesar de su obediencia, Claudia es una mujer emprendedora y con una gran voluntad así que, aunque los padres de forma sutil la vayan encaminando hacia los brazos del primo Agustín, los sentimientos de Claudia van por otro lado y se enamora de Fernando. En principio, Fernando no es un mal partido para Claudia porque es diplomático y de buena posición social; el problema es que los padres de Claudia ya tienen planeada su vida. De esta manera, su amor es imposible desde el primer momento. Sus primeras citas tienen lugar en el hotel de la montaña donde ambos están con sus familias, y ella tiene que escaparse después de acostar a sus padres para poder cenar con Fernando y su familia. La forma de acercarse en un primer momento también está muy condicionada por las normas sociales. Fernando tiene que provocar que alguien los presente, pues como él dice: «El que se insinuaba era siempre el hombre. Lo contrario hubiera supuesto una degradación moral. No: la femineidad de entonces no se parecía a la de ahora. Ni siquiera un exceso de alcohol permitía a las mujeres desprenderse de sus modales de señorita bien educada» (35). De esta manera Claudia y Fernando empiezan una relación clandestina con el apoyo de Herminia, amiga de Claudia. Cuando se despiden, Fernando le escribe cartas a la casa de Herminia y después mantendrán encuentros en su casa. Antes de separarse en el hotel de la montaña, Fernando le pide que se case con él pero sus planes se ven frustrados porque la madre de Claudia sufre una embolia y Claudia en su papel de hija devota tiene que cuidarla. Además, su padre se dedica a chantajearla emocionalmente, diciéndole que tiene que estar pendiente de su madre porque está imposibilitada. Esto ocurre en el año 1944, un año después de conocerse y en el cual ambos tenían muchos planes para emprender una vida juntos. El siguiente intento para estar juntos se produce en el año 48: Claudia y Fernando planean verse en Madrid en la boda de Irene, hermana de Fernando. El padre no quiere permitir que Claudia viaje a Madrid, pero ella reivindica sus derechos civiles y alega que tiene treinta años y ya puede independizarse (74). Sin embargo el destino vuelve a impedir su encuentro al morir la madre de Claudia. El padre no tarda en recriminarla: «Te lo advertí -me dijo con voz severa-. Menos mal que todavía no te has ido» (76). Tras este nuevo fracaso, Fernando acepta un puesto de diplomático en París y conoce a Odette.

Sin duda el tema más importante para Claudia es el trabajo [7]. Primero, estudia una carrera que no estaba destinada a la mujer, como es Comercio, a escondidas de sus padres. Desde que era niña había soñado con llevar las riendas del negocio familiar, que el padre había delegado en el primo Agustín. El interés de Claudia en las empresas del padre va creciendo y ella se atreve a pedirle que la «instruyera para hacerme cargo de aquel negocio cuando fuera mayor» (15) pero el padre le contesta: «Pero, hija mía, esas cosas no son propias de mujeres» (15). Sin embargo, Claudia no ceja en su empeño y prosigue con sus objetivos. Claudia es una mujer fuerte y emprendedora, capaz de crear ideas innovadoras para levantar las empresas de su padre tras el desfalco hecho por el primo Agustín, al que ella desenmascara, pero no es capaz de enfrentarse a sus padres y a la sociedad por el amor de Fernando. En Claudia hay una fuerte contradicción entre su voluntad para emprender acciones empresariales, en las cuales se muestra liberal y decidida y sus ideas de mujer católica, que es incapaz de aceptar el divorcio y el matrimonio civil, por ejemplo.

El trabajo va a ser el tema fundamental del segundo momento en la vida de Claudia. Así, una vez que se muere el padre a principios de los 50, Claudia se enfrenta a su primo Agustín, el cual le propone matrimonio para poder continuar al frente de los negocios (91). Sin embargo, Claudia no se deja intimidar y le dice: «no sólo no pienso casarme contigo, sino que, de ahora en adelante, voy a ser yo la que lleve las riendas de todos los negocios de mi padre» (91). En esta época todavía no era normal ver a una mujer de negocios. Muchas personas eran del mismo parecer que el primo Agustín: «no irás a decirme que vas a convertirte en un marimacho de las finanzas» (91) que como dice Martín Gaite (112) se trataba de uno de los peores insultos aplicados a una mujer. La forma de defenderse Agustín de las acusaciones de Claudia es atacándola. Así, para el primo Agustín y para mucha gente como él, no es normal que una mujer como Claudia y su amiga Herminia no se hayan casado cuando ya tienen cerca de cuarenta años. Lo único que se le ocurre a Agustín es tacharlas de lesbianas: «Todo el mundo sabe que es lesbiana y está enamorada de ti […] La mayor parte de la gente que tratamos sabe que formáis pareja desde hace años. No es normal que nunca hayas tenido novio. Lo del diplomático fue una tapadera para cubrir tu verdadera tendencia sexual. Los hombres te rehuyen porque saben que, por mucho que pretendas jugar a ser mujer, eres un hombrecito con faldas» (93). Claudia no responde a las características femeninas difundidas por la Sección Femenina. Agustín ataca a Claudia aludiendo a su sexualidad porque era lo peor que podía decirle. En esos momentos el homosexual era considerado: «un degenerado, un delincuente, una alimaña acorralada, un espectáculo odioso y degradante» (Alonso 201). Dentro del grupo homosexual, las mujeres todavía eran peor vistas que los hombres. Esto se debe a lo que Gallego Méndez dice sobre la emancipación de las mujeres. La emancipación económica y social de la mujer no era tan mal vista como la «fisiológica», «la más repugnante», «crimen horrendo» porque las mujeres están libres «de las cargas conyugales o maternales propias de una esposa» (142).

Una vez que Claudia se instala al frente de las empresas de su padre, ésta empieza a poner en práctica todas sus innovaciones industriales que lleva elaborando desde la juventud. La gente aún no se acostumbra a verla en la oficina porque no era un lugar destinado para la mujer: «poco a poco fue adquiriendo la costumbre de visitarme a la oficina. Un lugar completamente opuesto al que había utilizado mi padre. Lo primero que hice, cuando asumí el mando de la empresa, fue cambiar el aspecto fúnebre de su decorado y darle un aire de oficina moderna» (89) [8]. Recordemos que según la mayoría de los hombres de la época, la mujer no estaba capacitada para dirigir. Scanlon recoge la opinión del padre Delgado Capeáns al respecto, para el cual las decisiones de las mujeres «son obra de sus esposos, si son casadas, y si solteras, de sus secretarios o consejeros» (321) y sus discursos se escuchan «por consideración a la dama, por galantería» (331).

En estos momentos en los que Claudia toma las riendas de su vida también empieza a plantarse otras cuestiones que para las mujeres eran impensables en esa época. Claudia tiene casi 40 años y acaba de conocer a Gonzalo Ispejos, también empresario, en la sala de espera del Ministro de Industria y Comercio (87). Ambos están buscando el apoyo para levantar sus empresas con ayuda de financiación exterior, en el momento inicial del gran negocio en el que más tarde se convertiría el turismo. Claudia y Gonzalo se hacen amigos y siempre charlan sobre temas relacionados con sus negocios hasta que Claudia se plantea la siguiente cuestión: «mi urna de hielo se estaba deshelando. Y que yo era mujer, y que las mujeres podían tener los mismos derechos que los hombres y vivir su emancipación sin perjuicio de su feminidad» (96). Entonces decide realizar un viaje de negocios con Gonzalo a Oporto y aceptar su amor. Fernando mientras tanto estaba en París y tenía una novia francesa, Odette, desde hacía años. Fernando compara la libertad sexual de las mujeres francesas con la represión sexual de las mujeres españolas. Claudia se libera de sus perjuicios y empieza una relación con Gonzalo: «Precisaba algo con mayor relieve. Algo que mi condición de mujer venía reclamando desde que comprendí que la vida no consistía solamente en velar por un par de viejos o atender enfermos, o hacer de canguro cuando mis amigos decidían salir a divertirse» (101). Claudia, por primera vez, piensa en su propia vida y no en complacer a los demás: «Lo primero que pensé era que, en fin de cuentas, si a los hombres se les permitía tener una mujer sin que estuvieran realmente enamorados de ella, ¿por qué motivo a las mujeres les estaba vedado tener un hombre capacitado para sustituir los sentimientos que la vida les negaba?» (103).

Claudia inicia una relación con Gonzalo sin estar casados ni vivir juntos. Pero como la misma Claudia dice: «todo el mundo sabía que nuestra fusión no era únicamente profesional» (139). Después de hablar con el Ministro de Industria y Turismo, Claudia viajará a París para pedirle un favor a Fernando. Él es diplomático y puede guiarla para saber con quién debe relacionarse. Este encuentro en París va a impactar fuertemente a Fernando. Él espera encontrar a la mujer débil que era Claudia antes y descubre una fuerte mujer de negocios. Este nuevo encuentro acaba por desencadenar la ruptura entre Fernando y Odette. Fernando decide renunciar a su puesto de diplomático y regresar a Madrid y dedicarse a los negocios. Tiempo después, Fernando y Claudia vuelven a encontrarse en Madrid, se declaran su amor y Claudia decide abandonar a Gonzalo y retomar su relación con Fernando. Todo parece maravilloso, por fin los problemas se solucionan, pero cuando Claudia regresa a Barcelona descubre que está embarazada de Gonzalo y, una vez más, terminará su relación con Fernando. Claudia decide ser madre soltera aunque para evitar críticas se va a parir a Suiza. Al volver nadie hace preguntas, aunque todo el mundo sabe quién es el padre. Hay que recordar que en estos momentos Claudia ya es una importante mujer de negocios (eso también ayuda a acallar las críticas). Gonzalo es un hombre separado pero todavía formalmente casado, pues en España aún no existía el divorcio. En esta época, cómo dice Claudia: «lo que más le dolía a Gonzalo era no poder darle su nombre. En aquella época, un hombre casado estaba incapacitado para reconocer la paternidad de una hija que no fuera también hija de su propia mujer» (165).

Tanto Claudia como Gonzalo se ocupan de su hija Paulina aunque no viven en la misma casa: «aunque nuestra convivencia no era la propia de un matrimonio y vivíamos los dos en casas distintas, la niña no echó de menos la presencia de un padre» (167).

La actitud de Claudia en este momento es de liberación, ya que ella se rige por sus propias normas, no por las de la sociedad. Este no es el caso de Fernando, personaje que no evoluciona a lo largo de la novela, sino que muestra constantemente un fuerte machismo interiorizado. Desde el principio, desde sus primeras citas, cuando Claudia le contaba sus ilusiones de gobernar las empresas de su padre, él no le presta demasiada atención (43). Durante su primera ruptura, él pronto busca otra pareja a la que se refiere en los siguientes términos: «Cuando te dejé, no fui a mi casa. Introduje la llave en la cerradura de la puerta de aquella mujer que todo el mundo consideraba mi fulana. Pero tú seguías estando conmigo» (71). Después, cuando se traslada a París muestra todos los tópicos de hombre machista que encuentra en París una mujer de «enorme atractivo sexual» (85). Le hace creer que se va a casar con ella y continúa su relación porque «ella era la menos incómoda y, por supuesto, la más dotada físicamente» (109). Odette es buena para el sexo pero no para formar una familia (148). Cuando Fernando observa la mujer de negocios en la que se ha convertido Claudia, lo primero que valora no es su capacidad de trabajo sino que la ve como un fetiche erótico: «Me resultaba difícil imaginarte inmersa en los estudios de mercado, buscando asesorías, consultando técnicas, investigando y estudiando posibilidades futuras y asistiendo a reuniones de trabajo como un ejecutivo con barba. Pero tu entusiasmo me fascinaba. Creo que incluso aquel empeño tuyo de mangonear las futuras finanzas de tu padre excitaba mis impulsos eróticos hacia ti» (107). Esta actitud tampoco va a cambiar después, cuando ya es viejo y, para poder enfrentarse a esta circunstancia, busca la solución en una chica de veinte años (177), Edesia, cuando él ya está cerca de los sesenta. Al final, Fernando descubre que su esposa, con la que se casa mediante el matrimonio civil «porque Edesia carecía de creencias religiosas» (230), lo engañó y es una prostituta de lujo, celosa y «caza fortunas». Edesia lo abandona y termina en una residencia para la tercera edad.

El tercer momento de la vida de Claudia, Gonzalo ya había muerto, está marcado primero por el dolor de haber perdido a Fernando definitivamente, porque se ha enamorado de Edesia. Así, cuando descubre que hay otra mujer en la vida de Fernando, Claudia como mujer liberada que es, decide tener relaciones con otros hombres (212). Hace el amor con muchos pero nadie es como Fernando, por lo que, comprobado que no lo puede olvidar, decide ser ella la que le proponga hacer el amor a Fernando para poder olvidarlo (213). Pero el resultado no es el esperado, ya que Fernando está enamorado de otra. Tras este descubrimiento, Claudia cae en una profunda depresión, considerando que nada de lo que ha conseguido tiene sentido, ni siquiera su éxito como empresaria. Será su hija la que la ayude a superar esta gran batalla. Paulina, que estudia medicina y se va a Angola para ayudar a los más pobres, le dice a su madre que se vaya con ella y con sus compañeros. La primera vez que Claudia viaja a Angola es cuando el «Muro de Berlín fue derrumbado» (295), en 1989. Después de varios años en Angola y ver la desigualdad social, Claudia decide cambiar el rumbo de su vida. Para ello vende parte de sus empresas y acciones y se pone en contacto con ONG´s para cambiar el curso de sus finanzas y ayudar a reconstruir un país como Angola destruido por las continuas guerras (323). El momento de la caída del Muro de Berlín supone un momento de inestabilidad económica debido a la integración de los países comunistas al mercado, lo que va a afectar a las empresas de Fernando.

Después de la descripción de los momentos más importantes en la vida de Claudia, me parece importante resaltar una serie de contradicciones entre la mujer liberal trabajadora y su mentalidad de mujer católica.

La primera contradicción que llama la atención es la diferente valoración de la sexualidad masculina y femenina. Claudia cree en la igualdad de la mujer en el terreno educativo y profesional desde el principio de la novela cuando esto no era muy común pero todavía no cree en la igualdad sexual de la mujer. Por ejemplo, entiende que Fernando tenga una «fulana», como él mismo la llama (57), pero ella en ningún momento se plantea tener relaciones sexuales con otro hombre. A lo largo de la novela esta mentalidad va cambiando. Primero acepta como pareja a Gonzalo sin estar enamorada y después reconoce que necesita algo más que ese amor ideal por Fernando. Ya al final de la novela es ella la que toma la iniciativa sexual, es ella la que decide con qué hombre hace el amor y cuándo lo deja. También en este momento es ella la que le propone a Fernando hacer el amor. Sin embargo, esta actitud de liberación sexual choca con su defensa del matrimonio por la iglesia y el rechazo del matrimonio civil y del divorcio, tema muy importante en la novela. En varias ocasiones se hace referencia a la importancia del vestido blanco aunque en la mayoría de las veces era para referirse a Odette, que quería casarse sin tener creencias religiosas, sino sólo por pura apariencia. [9] Las creencias religiosas de Claudia hacen que crea en un amor eterno, «un rayo de luna», que dura después de la muerte. Durante toda la novela ella confía en este amor de Fernando, y para ella su relación con Gonzalo es: «Yo era consciente de aquella unión nuestra no se correspondía con la legalidad ni con mis creencias» (149). Lo mismo le ocurre a Fernando con Odette, pues no cree que ella fuera la adecuada para formar una familia (148) porque en el fondo está buscando una esposa más tradicional.

En muchos momentos de la novela se habla del divorcio. [10] Hay que recordar que era un tema polémico y que supuso una dura negación incluso después de la muerte de Franco. Así, en varias ocasiones Gonzalo se refiere a la tan esperada Ley de divorcio. Él está esperando a que salga la ley para poder divorciarse de su esposa y casarse con Claudia mediante el matrimonio civil: «En aquella época, en España no existía el divorcio, y aunque él no ignoraba mis tendencias religiosas, se agarraba a la posibilidad de que yo accediera al matrimonio civil» (100). Gonzalo insiste en la posibilidad del matrimonio civil, pero Claudia no está de acuerdo con él: «Si algún día en España se implantara el divorcio, podríamos casarnos». «Nunca le llevé la contraria. Pero no dejaba de sorprenderme que Gonzalo confundiera lo legal con lo lícito» (150). Sin embargo, Fernando se muestra a favor del divorcio aunque sólo sea en el momento en que está locamente enamorado de Edesia y sabe que la única manera de conseguirla es casándose con ella. Edesia se había divorciado de un importante empresario alemán que, según ella, la maltrató y la dejó sin nada, aunque todo es una estrategia para casarse con Fernando. La opinión de Fernando en este momento es: «Por fin, la gente podrá liberarse de ataduras irreversibles» (190). Muchas personas creyeron que con la muerte de Franco se aprobaría el divorcio pero como se dice en la misma novela «se tardó mucho en legalizarlo» (198). El divorcio no se legalizó en España hasta el año 1981 con el PSOE. [11]

En cuanto al matrimonio civil tampoco era un proceso fácil. Como dice Alonso (177) a partir de 1958 estaba permitido el matrimonio civil si la pareja no era católica aunque si uno era católico, el matrimonio religioso era obligatorio. Tampoco era fácil demostrar que una persona no era católica, ya que eran necesarias «pruebas fehacientes de acatolicidad» (177) o la «declaración bajo juramento de renuncia a la fe católica» (177). Este parece ser el motivo de que Claudia esté en contra del matrimonio civil. Fernando, que también reivindica sus ideas católicas a lo largo de la novela no parece tener problema al final para casarse por lo civil con Edesia con tal de conseguirla. La única salida para los matrimonios que se llevan mal es la «separación legal» y sólo se consigue demostrando el adulterio de una de las partes o el abandono del hogar.

Otro tema polémico en la novela es la homosexualidad. Por un lado, Claudia acepta la homosexualidad de su amiga Herminia (93), a pesar de que ese respeto la convierte en el blanco de las críticas de otros personajes de la novela, que llegan incluso a acusarla a ella también de lesbiana, como es el caso de su primo Agustín (92-93) o más adelante Edesia, que censura a Fernando por haberse enamorado de una lesbiana (267). Aunque la protagonista acepta la homosexualidad latente de su amiga, espera al mismo tiempo que ella reprima sus deseos, tal y como repite Fernando a Edesia: «sus creencias y su ética nunca le hubieran permitido dejarse llevar por sus tendencias lésbicas» (267). Como dice María Dolores Lado al hablar de La gangrena: «en ningún momento la autora trata de profundizar en las razones para el lesbianismo» (119).

Como conclusión, quiero señalar que se percibe una fuerte evolución en el personaje de Claudia, la cual empieza casi asumiendo el nacionalcatolismo impuesto por Franco hacia un feminismo católico que está representado, por ejemplo, por su hija Paulina. Hay una evolución en la valoración de la libertad y la capacidad intelectual y de trabajo de la mujer pero sigue sin mostrar una libertad sexual. Claudia está siempre anclada en su idealización del amor, a veces parece un amor místico. La obra es una gran «novela rosa» en la que se describe un amor imposible con una serie de encuentros y desencuentros pero sin un final feliz. Es sorprendente el giro final en la actitud de Claudia. Después de llegar a ser una mujer libre, está pensando en volver a su papel de mujer abnegada y cuidadora de ancianos y enfermos que era al principio. En la carta con que empieza la novela, que coincide con el final de la historia que se narra, Claudia le propone a Fernando cuidarlo por el resto de sus días, viviendo juntos en el asilo. Fernando la rechaza una vez más aunque se justifique en el amor que le tiene y en el deseo de que no le recuerde enfermo sino de forma ideal como era de joven.

 

Notas

[1] Véase su artículo introductorio en este mismo homenaje.

[2] En la historia de la mujer y del feminismo en España, este no es un periodo homogéneo, pero en este trabajo, mi interés se centra más en la época franquista, por lo que he decidido englobar todo el periodo después de la muerte de Franco como un único periodo aunque en la realidad esto no sea así.

[3] Para el estudio de la Sección Femenina y sus funciones véase el trabajo de María Teresa Gallego Méndez.

[4] L. Alonso Tejada (La represión sexual de la España de Franco) nos recuerda que «en el Código Penal de 1944 se introdujo el parricidio por honor» (39).

[5] Para el tema del galanteo y el noviazgo véase la obra de Carmen Martín Gaite Usos amorosos de la postguerra española.

[6] Vid. Nota 3, pp. 42-48.

[7] Para ver más sobre el trabajo de la mujer en la época de Franco, mirar el artículo de Carme Molinero. «Mujer, franquismo, fascismo. La clausura forzada en un “mundo pequeño».

[8] Quisiera darle las gracias a la profesora Phyllis Zatlin por indicarme que Mercedes Salisachs había publicado un libro sobre decoración y también por prestarme dicho libro, La decoración.

[9] Para la importancia del vestido de novia ver Carmen Martín Gaite (126).

[10] Phyllis Zatlin trata el tema del divorcio en otra obra de la autora, Adagio confidencial, en su artículo «Divorce in the Contemporary Spanish Novel» (121).

[11] En una revista de 1979, Vindicación feminista podemos ver el duro debate que supuso la Ley de Divorcio en España en un monográfico sobre el mismo.

 

Obras citadas

Alonso Tejada, L. La represión sexual en la España de Franco. Barcelona: Luis de Caralt, 1977.

Ayuso Pérez, Antonio. “Mercedes Salisachs habla de Reflejos de luna”. Espéculo: Revista de estudios literarios 34 (noviembre 2006) http://www.ucm.es/info/especulo/numero34/salisach.html

Gallego Méndez, María Teresa. Mujer, falange y franquismo. Madrid: Taurus, 1983.

Lado, María Dolores. “Mercedes Salisachs y la novela católica”. Letras femeninas 12.1-2 (1986): 114-20.

Martín Gaite, Carmen. Usos amorosos de la postguerra española. Barcelona: Anagrama, 1987.

Molinero, Carme. “Mujer, franquismo, fascismo. La clausura forzada en un ‘Mundo pequeño’”. Historia social 30.1 (1998): 97-117.

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Olagazasti-Segovia, Elena. “‘En busca del tiempo perdido’: Tres novelistas españolas cuentan su historia”. Letras femeninas 18.1-2 (1992): 64-73.

Salisachs, Mercedes. Reflejos de luna. Barcelona: Planeta, 2005.

——— La decoración. Barcelona: Nauta, 1974.

Scanlon, Geraldine M. La polémica feminista en la España contemporánea (1868-1974). Trad. Rafael Mazarrasa. Madrid: Akal, 1986.

Vindicación feminista 29 (Diciembre 1979).

Zatlin Boring, Phyllis. “Divorce in the Contemporary Spanish Novel”. Perspectivas de la novela. Ed. A. V. Ebersole. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1979. 115-22.

 

[Este artículo pertenece al volumen HOMENAJE A MERCEDES SALISACHS: MÁS DE CINCUENTA AÑOS EN LA LITERATURA http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/index.html]

© Pilar Martínez Quiroga 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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