Especial Mercedes Salisachs Espéculo 2008

 

Mercedes Salisachs: La estación de las hojas amarillas

Encarnación Laguna Conde

Universidad de Málaga


 

   
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A) Mercedes Salisachs y la novela social. El intento de aprehender todos los sectores de la sociedad

Como ha afirmado Enrique Sordo, la vivencia intelectual por encima del puro acto instintivo predomina de forma sobresaliente en toda la creación novelística de Mercedes Salisachs. [1] De igual modo, las reflexiones de Buckley sobre Delibes, resultan aplicables a esta novelista: “...su ideología parece condicionar cada obra de una forma decisiva”. [2] De ahí sus diferentes soluciones formales a cada novela en particular. Conocedora a fondo de la narrativa americana, francesa e italiana en sus lenguas vernáculas, descubrió bien pronto las nuevas técnicas narrativas que intentó aplicar en sus primeras novelas, pero reivindicó también el retorno del romanticismo y la vuelta a las raíces de la novela clásica española de principios de siglo:

Desde hace bastantes años pienso que existe un agotamiento de los sistemas literarios. En estos treinta últimos años se ha hablado de la novela objetiva y de la novela del objeto, de la neorrealista, de la social, de la anárquica, de la del absurdo (...)

Yo he experimentado en todos los órdenes una gran inclinación a recobrar esos valores que han estado marginados durante ese tiempo. Por la fuerza de la lógica hay que meterse en el ciclo de la vida, que la vida está hecha de ciclos, y recobrar esos valores éticos, metafísicos y, hasta cierto punto, sentimentales. Por fuerza ha de surgir la novela neorromántica. [3]

En un momento en que interesaba más a la literatura el contenido que la forma de las novelas y se rechazaba cualquier experimento formal excesivo, eran los años de la novela social, de la literatura del objeto la autora se resistía a encasillarse en una literatura de tipo intelectual marginal. También ella quería reflejar la sociedad de la que formaba parte, ser testigo del difícil momento histórico que le había tocado vivir:

Mercedes Salisachs descubría bien pronto un principio que, a partir de Tiempo de silencio, quedaría bien asentado en nuestras letras: «...para realizar novela “verdaderamente social”, lo que se precisa (por encima de cualquier apasionamiento), es una descripción exhaustiva de todos los sectores que componen la masa» [4] y así intentó llevarlo a cabo, con bastante éxito, en novelas como La estación de las hojas amarillas o La gangrena.

Por eso, en su carrera novelística no siguió la tendencia hacia la fantasía que Alborg [5] le recomendaba, ni tampoco se encasilló en el realismo social (como algunos críticos pensaron tras la publicación de Una mujer llega al pueblo, Vendimia interrumpida y La sinfonía de las moscas). Asimismo, Zatlin Boring se sorprendía de que, pese a su aparente preocupación religiosa, sólo dos de sus obras tenían este tema como central. [6] Y es que Mercedes Salisachs tampoco pretendió nunca hacer novela católica al estilo que García Viñó [7] proponía. Supo encontrar una solución intermedia incorporando a cada una de sus novelas aquellos elementos que mejor se avenían a cada tema y a su ideología. Comprendió que adentrarse en la problemática de un personaje psicológicamente interesante suponía también una manera de bucear en la misma problemática de toda una sociedad:

...considero que toda novela atenta a los problemas de su tiempo, bien dosificada y expresada (...), aunque tenga un solo personaje, es una novela social. [8]

Por ello, aunque a lo largo de sus obras se aprecia la lucha espiritual del hombre moderno y manifiesta reiteradas veces que su verdadero deseo consiste en “reflejar la preocupación que, consciente o inconsciente, mueve a todos los hombres. La necesidad de unificarse en el amor a Dios” [9], Mercedes Salisachs nunca ha perdido de vista su pertenencia a un momento concreto de la Historia de España; de ahí que a menudo se detenga en aquellas situaciones histórico-sociales que han determinado el rumbo de la nación a lo largo del periodo que le ha tocado vivir. El hombre del siglo XX es un ser especialmente atormentado por las dos grandes guerras. Todas las barbaridades cometidas: asesinatos, venganzas, antisemitismo, grupos terroristas amenazando la paz..., difícilmente pueden pasar de largo en la novelística de un escritor de esa época. Resulta casi imposible olvidarse de la realidad, de la amargura de lo que está sucediendo en el mundo. Por eso, la producción literaria de la autora tiende a ser un reflejo, a veces cínico, irónico, pesimista, de los cambios que a nivel social, psicológico y moral se han producido a raíz de esta cruenta etapa de la historia de la humanidad.

De todas sus novelas, Primera mañana, última mañana, La estación de las hojas amarillas, La gangrena y Bacteria mutante se centran en torno a los difíciles años de la Guerra Civil Española pero la guerra también está presente como tema de fondo en Una mujer llega al pueblo, en Adagio confidencial, en La última aventura y en La voz del árbol.

En todas estas obras describe con frecuencia las tensiones sociales, característica predominante de nuestro siglo. Pero no sólo las que han afectado a nuestro país, involucrado en una guerra fratricida, sino las que se originan en diversos grupos sociales y económicos, familiares, e incluso aquéllas que ponen en pugna al hombre consigo mismo.

A finales de los sesenta, Rodrigo Rubio establecía ya una conclusión que todavía hoy puede considerarse vigente: “Su quehacer literario, que en ocasiones nos parece un tanto deshilvanado, no deja de formar, en conjunto, un algo armónico”. [10] Y Enrique Sordo, como otros críticos, comprendió el porqué de las distintas trayectorias de su producción novelística cuando tuvo ocasión de leer los cuentos de Pasos conocidos. A través de esta obra, Sordo advertía la versatilidad de Mercedes Salisachs, y afirmaba:

Son numerosos los artistas que han alcanzado su carácter de paradigmas merced a su afán inquisitivo, a su eterna agonía ensayística. Sin recapitular demasiado, se nos ocurre en seguida un alto ejemplo: el de Cèzanne. [11]

Como telón de fondo, La estación de las hojas amarillas muestra un compendio de los sucesos histórico-sociales más destacables del período que va desde los tiempos de la República en España hasta el comienzo del Concilio Vaticano II, ahondando con especial interés en dos de los grandes acontecimientos bélicos que han azotado este siglo: la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, aunque la verdadera guerra está en el mismo corazón de los hombres (cabe subrayar el enfrentamiento filial de las protagonistas). Las pugnas afectan a todos los ámbitos: desde las tensiones familiares, pasando por las divisiones en los distintos estamentos sociales y económicos, hasta las que afectan a toda la humanidad y la dividen en dos bloques.

El intento de aprehender todos los sectores de la sociedad se manifiesta en la variedad de ambientes: aristócratas, burgueses, republicanos, rurales o marginales (como el de la prostitución y la vida sumisa de los criados). De cada uno de ellos se derivan una serie de lacras: a) Los aristócratas. Su rasgo principal es la hipocresía. Ostentación, lujo, frivolidad y vanagloria son sus principales defectos. Viven de espaldas a la inevitable realidad de la muerte, inmersos en sus murmuraciones, sus flirteos, sus deslices amorosos. Pese a su poder económico, muchos se sienten vacíos y terminan alcoholizados o drogodependientes. b) Los burgueses: la falta de clase, la ambición. c) Los republicanos: El resentimiento por la derrota, los ideales de justicia social fracasados, la envidia a los poderosos...

Sin embargo, en el fondo, todos los sectores exhiben las mismas imperfecciones. La envidia, el egoísmo, el desenfrenado amor al dinero no son patrimonio de ninguna clase social. Las formas de vida frívolas son resultado de la dramática carrera del hombre en su huida de la soledad. Constituyen un modo de enajenarse, de olvidar que, a la postre, se está terriblemente solo. Como consecuencia de ello aparece el egoísmo. Y el egoísmo enfría la caridad, engendrando una sociedad deshumanizada. Pero Mercedes Salisachs no emplea estos argumentos restringiendo el problema a la clase social aristócrata. Todos los grupos sociales adolecen del mismo problema. El egoísmo se manifiesta en todos los hombres: nacionales o republicanos, ricos o pobres, criados o señores.

 

B) Presentar lo real a través de una deformación:

La estación de las hojas amarillas se publica por primera vez en 1963 en la editorial Planeta, tres años después de Vendimia interrumpida (1960) y tres antes de El declive y la cuesta (1966), dos novelas de indudable argumento católico. Antes de editarse, los críticos habían oscilado desde tildar su quehacer literario de experimentalista hasta de oportunismo (tras la publicación de Una mujer llega al pueblo, Vendimia interrumpida y La sinfonía de las moscas donde aparecían ambientes de tipo rural o marginal), al afirmar que había querido pasarse a la literatura objetivista para seguir la línea más en boga del momento y, de este modo, ser más reconocida pero en su intento por descubrir la intencionalidad última de la nueva mujer promesa de las letras españolas, pasaron por alto algo primordial: su profunda ideología cristiana que se negó a reflejar en novelas que, al final, sólo terminase leyendo un pequeño sector de la sociedad. También desconocía la crítica su increíble sentido de la estética, de la belleza que encierran las formas, consecuencia directa de sus amplios conocimientos de decoración, profesión a la que dedicó bastantes años de su vida; que explica, en alguna medida, su insistente anhelo de transmitir la belleza a través de la estructura formal.

Una de sus mayores virtudes ha sido su capacidad para ensayar técnicas narrativas diversas y acomodarlas a cada narración o incluso renunciar a ellas si, por convencimiento de que la novela por su ideología o temática así lo requería, era mejor una vuelta a la novela lineal o tradicional. De ahí que Adagio confidencial retomara la simplicidad de la novela romántica, que La gangrena no aplicara formas técnicas novedosas, pretendiendo resaltar los sucesos sociales, o que La voz del árbol, por afinidad con la sencillez de su protagonista, siguiera una temporalidad lineal, sin grandes sobresaltos. Detrás de esa aparente sencillez se esconde todo un proceso de superación personal y un gran domino de la técnica narrativa acuñada de modo particular en cada una de sus creaciones.

En el caso concreto de La estación de las hojas amarillas, la forma novelesca guarda estrecha relación con las estructuras mentales de la protagonista, que está desequilibrada; de ahí el estilo desordenado y reiterativo, desenfoque de planos, atropellamiento de ideas y demás mecanismos técnicos que caracterizan la narración. [12] Entre las principales técnicas empleadas destaca la libre asociación de ideas, anticipación, laberinto, tempo lento proustiano y un hábil manejo de la voz narrativa a fin de profundizar en la introspección psicológica de la protagonista. La recurrencia al género epistolar salvaguarda la imparcialidad del autor, mientras que la segunda persona narrativa acerca al lector a la intimidad de la protagonista y, a través de ella, al resto de los personajes. Todo el relato está dirigido a alguien ausente, por lo tanto, la narración se convierte en un largo monólogo del que sólo se escucha una voz; la de Cecilia que, en su hiriente actividad crítica saca a relucir, de modo inconsciente sus propios defectos. Se trata de una técnica muy similar a la empleada por Miguel Delibes en 5 horas con Mario (1965), obra casi simultánea en el tiempo (dos años las separa) de la que La estación de las hojas amarillas podría considerarse precursora, [13] aunque ésta aplica más severamente la técnica de la reducción temporal (5 horas/ un mes). En ambas novelas se describe un tema muy delicado y sus respectivos autores se ven obligados a ser lo más imparciales posibles. Ceder la exposición a un narrador-protagonista permite salvaguardar la objetividad y la verosimilitud de lo narrado. Los reproches que Carmen emite hacia su difunto esposo terminan por esclarecer la auténtica verdad así como “La ausencia de defensa”de Fela, la hermana de Cecilia, contribuye a resaltar su personalidad atractiva. Su “no defenderse”, su obligado silencio, [14] su incapacidad para devolver mal al mal, la constituyen en un ser que aun no careciendo de defectos y de equivocaciones resulta encantador. Así pues, la omisión de respuesta del destinatario suscita en el lector ciertas simpatías que se hubieran disipado si el libro se hubiera convertido en una reciprocidad de inculpaciones.

Todas las cartas pertenecen a un único emisor (Cecilia) quien, a modo de larga confesión, se dirige a un destinatario interno del relato (Fela), lo cual desemboca en un largo monólogo. Pero la voz de Fela parece replicar cuando su hermana arroja sobre ella ciertas acusaciones. La voz ausente se recompone a través de los conocimientos que sobre el tema aportan otros personajes. Se convierte así el monólogo en una especie de conversación de la que sólo se escucha una voz.

Desde el comienzo de la obra Cecilia aparece como una persona resentida, pero al mismo tiempo como un alma engañada que sufre enormemente. La vena poética que se desprende de su relato, su esforzado intento por defender la versión de los acontecimientos que presenta, las continuas alusiones a su condición de víctima, pueden conseguir que el lector se incline en bastantes ocasiones a postular en favor de su declaración. Así lo corroboraba Antonio Tovar:

No sé si es que soy particularmente impresionable y débil, pero el carácter de Cecilia, la que habla, me parece casi siempre mejor y más elevado que el de su hermana. El hecho de que se pueda dudar entre las dos es un argumento en favor del éxito de la novelista en la pintura de caracteres...” [15]

Sobre todo al comienzo del discurso, la personalidad de la protagonista y, sin duda, su parcialidad, van seduciendo al lector de tal modo que lo inducen a tomar parte y partido por la postura que ella ampara y vindica. Pero las notas disonantes que introduce la autora aumentan hasta tal punto que un lector aventajado no puede al fin aceptar prácticamente ninguna de sus acusaciones:

Hay en La estación de las hojas amarillas una cara ambigua que desconcierta al lector acostumbrado al proselitismo corriente. Cecilia hace su confesión y con su confesión la conocemos. Sólo conocemos su verdad, pero nos queda una media verdad que tenemos que descubrir. No hay por qué comprobar en este libro que muchas veces el virtuoso está muy cerca del soberbio, que en el mundo moral es muy difícil establecer una tabla de valores rígidos y claros... [16]

Uno de los grandes logros de la obra va a ser, sin lugar a dudas, éste: a pesar de que los hechos relatados parecen beneficiar la postura de la narradora, quien inevitablemente tiende a ensalzarse, ella, sin pretenderlo, va a ir revelando, entre líneas, una nueva perspectiva dentro del relato, adentrando al lector en la autenticidad de los sucesos. “Cecilia queda claramente dibujada, más por el conjunto de la narración que por lo que ella cuenta y crea de sí misma. La autora ha dejado a la iniciativa del lector la última sentencia”. [17] De este modo, el lector no puede confiar plenamente en la versión de la historia que se le está ofreciendo, sino que debe deducir por el contexto la veracidad de lo narrado. Y, de idéntica manera, no debe examinar al resto de los personajes conforme a la opinión previa que la protagonista le ha ofrecido sobre ellos, sino extraer de su confesión, en visión globalizadora, la verdad.

Cuando Cecilia hace este examen de existencia pretende examinar la de los demás con respecto a sí misma. Las vidas de todos Pablo, la madre, las primas Romano, Nicolás, [...] lo son en función de Cecilia [...] Así conocemos a los demás a través de la propia Cecilia. Pero conocemos también a Cecilia sin que ella quiera darse a conocer en la circunstancia de los otros. [18]

Paralelamente, a través de la historia de la personalidad de Cecilia, se asiste a la observación del mundo que la rodea. La descripción de su entorno viene realizada al trasluz de lo que su mente va reproduciendo. “Alrededor de la indiscutible protagonista, los demás personajes sirven de contraste y valoración”. Fundamentalmente Fela, “la hermana gemela, tan distinta de Cecilia... O quizá no tanto, si no nos hablara la voz, inevitablemente parcial, de ésta”. [19] Ciertamente, algunos críticos han llegado a dudar que las hermanas Vandraite sean en realidad tan antagónicas, y no sea más bien el empeño que pone Cecilia en justificar sus errores lo que marca acusadas diferencias. De hecho, si Cecilia es tan distinta de Fela es porque nunca se ha atrevido a bajar de su pedestal de integridad, no porque no haya deseado con todas sus ansias vivir lo mismo que Fela ha vivido. Por otra parte, la actitud crítica de la protagonista no se restringe solamente a juzgar el comportamiento de su hermana; todos los demás personajes son también filtrados por su ojo acusador. Aunque “si están ciertamente mutilados en la visión de la narradora, conservan la suficiente consistencia para que el lector se haga su propio juicio sobre ellos”. [20]

Como advierte Fernando Gutiérrez, no es tarea fácil para ningún escritor ofrecer con verosimilitud un relato contado desde la parcialidad y a partir de una desfiguración de la autenticidad.

El novelista no es ya, como normalmente ocurre, un espectador de un mundo y una circunstancia, de unos personajes y de unos hechos: crea un yo distinto, que pensará y hablará por él justamente sobre ese mundo, esa circunstancia, esos personajes y esos hechos. [21]

A desvelar el misterio de la parcialidad dentro de la novela contribuye un personaje que Mercedes Salisachs había introducido anteriormente en tres de sus obras: Primera mañana, última mañana, Carretera intermedia, y Más allá de los raíles. Se trata del doctor Suárez, el médico psiquiatra, amigo de la familia, que se encarga de los cuidados de Cecilia en el sanatorio. Es el único personaje que la enfrenta con su realidad. A través de sus palabras la obra adquiere una mayor nitidez. En el diálogo con su paciente se establece la defensa de la hermana y de este modo la balanza de las posturas encontradas se equilibra. Suárez puntualiza una serie de detalles que la autora no podría haber puesto en boca de Cecilia sin que ésta incurriera en contradicción y que descubren a una Fela más humana, más mujer, más real.

El testimonio del doctor Suárez viene al fin a completar “la verdad” que oculta el alegato de Cecilia: La estación de las hojas amarillas encierra no sólo la veracidad de unos acontecimientos expuestos mediante la técnica de “presentar lo real a través de una deformación”, sino que además “a través del cerebro enfermo de Cecilia nos llega la verdad, la verdad cristiana, que ella ve recreándola a su manera hasta llegar al odio”. [22]

 

C) Trasfondo cristiano

Desde el comienzo de la obra se vislumbraba la posibilidad de que Cecilia cambiara su modo de pensar. La cita del Apocalipsis con la que se abría la novela: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva...”, [23] está plagada de sugerencias y de pronósticos a la hora de estudiar La estación de las hojas amarillas.

Mercedes Salisachs ponía de manifiesto y eso ha pretendido dejar claro a lo largo de toda la novela que “ni Fela, ni Cecilia pueden ser consideradas dentro del sector religioso, sino fuera de él”. [24] Al tratar la infancia de las dos gemelas se observa que el ambiente familiar no ha propiciado el nacimiento del sentimiento religioso. El padre, periodista de ideas republicanas, consideraba la religión como una actividad de “los ricos”. Más tarde, la convivencia con el abuelo les hace descubrir un tipo de religiosidad normativa y farisaica, en donde la devoción sincera brilla por su ausencia. Con todo, la forma de concebir la religión por parte del padre resulta más coherente que por parte del abuelo:

Todavía recuerdo lo que decía nuestro padre cuando mamá le echaba en cara su ateísmo: “Prefiero mi ateísmo al cristianismo de tu padre. ¿Dónde está la caridad de un hombre que no vacila en expulsar a su hija por haber cometido "el crimen" de casarse con un periodista?” (28).

En el abuelo queda representada la tiranía política y religiosa ejercida por algunos sectores de la sociedad de la época. [25] Casi al principio de la obra, Cecilia comenta:

Dios, para el abuelo, era solamente eso: una disculpa para endiosarse a sí mismo, para obligar a los demás a rendirle sumisión. Nunca nos preguntó si nosotras creíamos. La fe no debía de ser un problema para él. Lo único que le importaba era tener la certeza de que habíamos cumplido (28).

Criadas en un ambiente así, ni Fela ni Cecilia van a considerarse “mujeres religiosas”, sin embargo, sí aparecen en el seno de la familia aristocrática personajes que tienen firmes creencias religiosas, como es el caso de las primas Romano y de Pablo. Estos personajes influirán de un modo notable especialmente Pablo , en la transformación que se producirá en Cecilia al final del relato. Pero también influirá en gran medida la figura del médico. El doctor Suárez será el que la haga comprender su necesidad de perdonar y de acercarse a lo trascendente:

Y después de aquel discurso metafísico, comenzó a divagar sobre la obsesión de permanecer en el tiempo. Decía que aquella obsesión era un reflejo de nuestro derecho a la eternidad, un medio de dar salida a nuestro origen divino: “Sin embargo, sería fácil adaptarnos a la vida. Todo es cuestión de someterse.”, acabó diciendo (419).

La cadena de acontecimientos lleva finalmente a Cecilia a la simplicidad, a la humildad de quien ve que no ha podido aportar nada a la vida, harta de fatigarse por conseguir algo que a la postre sólo ha dejado vacío. Desde esta actitud humilde, serena, sencilla, es posible recomenzar:

He vuelto a recordar a la monja; sus plegarias disparatadas en una noche alucinante. “Dios gana siempre, Cecilia”.

¿Por qué cuando más lejos me sentía siempre de ese hipotético triunfo de Dios volvía a recordar aquella frase?

Suárez ha dicho: “Debes partir de cero. No te queda otro recurso. Hay que salir de la nada”.

Y se ha marchado.

Ha vuelto a dejarme sola. Desoladamente perdida en el cero de ese punto de partida que no llegó a comprender. El cielo viejo cerrado. Oscuro. Proyectando su oscuridad sobre una tierra todavía más vieja (492).

Y sólo desde la humildad y desde el fracaso se puede perdonar y acercarse a la fe. Mercedes Salisachs respondía a la pregunta de si Cecilia conseguía encontrar esa fe, dato que no aparece en la obra:

-No se dice, pero se supone. Es que si se dijera sería muy fuerte. Pero ya es mucho que baje a verla, porque...

-¿Se reconcilia finalmente con Fela?

-Parece...

-Parece que sí...

-Ella baja a verla ¿no? Baja al jardín a verla. [26]

Los personajes secundarios también experimentan transformaciones espirituales. El desengaño lleva a Octavio (hermano de Cecilia y de Fela) a convertirse en un trabajador útil a la sociedad y como él, Felicidad Vandraite madre de las gemelas cambia su actitud egoísta y frívola. En las postrimerías de su vida comienza a reconocer sus errores pasados y encuentra la paz. También Fela termina aproximándose a la fe e incluso Cecilia dará un paso a delante en su camino hacia la reconciliación. Pero en todos estos casos la conversión guarda relación directa con la presencia de Pablo (el hijastro de Fela) y su ideología cristiana. Estos ejemplos sirven de muestra para comprobar la importancia que Mercedes Salisachs confiere a los valores cristianos como semilla de transformaciones sociales positivas.

 

D) Cecilia y Fela: las dos Españas

La historia de Cecilia y de Fela aparece muy ligada a lo largo de toda la obra al tema de la Guerra Civil Española. Cecilia compara el conflicto bélico al propio conflicto personal con su hermana:

La única diferencia consistía en que, durante la revolución, tuve que padecer el yugo de una tiranía política, y la otra noche, cuando me trajeron aquí, para ahogarme en ese mar de hojas secas que me está rodeando, me vi en el trance de padecer, una vez más, tu tiranía fratricida (95).

Haciendo referencia a una canción del momento Cecilia dice:

Pero nadie era capaz de comprender que, mientras aquella canción hacía furor en el mundo entero, se iba incubando, al mismo tiempo, el odio más violento que, hasta entonces, se había registrado en la tierra (50).

De modo similar, Cecilia, tras conocer los proyectos de boda de su hermana, entonando una canción de Josephine Baker, comienza a desarrollar su rencor:

Al enfilar la escalera para ocultar mi terror, empecé a cantar. Lo había hecho mil veces en la infancia cuando tenía miedo. Aquella vez, lo recuerdo muy bien, iba cantando: J´ai deux amours: mon pays et Paris...

Y mi voz imitaba a la de Josephine Baker (32).

Poco tiempo antes de que se declarara la guerra, la protagonista ya había hecho alusión a los malos presagios que suscitaba en ella el inquietante sigilo de las calles:

Me chocó la paz maliciosa de las calles. Era una paz realmente alarmante. Como de un muerto que, de un momento a otro, pudiera resucitar para destruirlo todo (81).

También es ésta la impresión que produce en el lector el desabrido temperamento de Cecilia. Con frecuencia le asalta la idea de que su letargo no se va a prolongar de manera indefinida. Ocultar los propios sentimientos es demasiado cansado. Por eso la sensación del lector es que, de algún modo y sin que se pueda remediar, el tumor que a lo largo de todo el relato se viene incubando en el alma de la protagonista va a reventar. Esa contención de los sentimientos, de la rabia, del odio fue, en buena medida, el corrosivo que hizo degenerar a nuestro país en una terrible guerra que enfrentó a hermano contra hermano. Fela y Cecilia vienen a ser imagen de nuestras dos Españas, tan opuestas en sus principios ideológicos pero tan necesarias la una a la otra.

Cuanto más furiosamente luchaban, ¿no era quizá cuando más profundamente querían convertir el abrazo mortal en abrazo fraternal, aunque no acertasen a hacer subir el deseo del corazón a los labios? Más todavía; ¿no era ese mismo conflicto el de tantos españoles, internamente desgarrados, simultáneamente atraídos por las dos Españas en pugna, cruentamente enfrentados consigo mismos? [27]

Ya algunos historiadores habían utilizado la imagen de los hermanos gemelos enfrentados para representar en ellos los dos bandos de la Guerra Civil Española:

A medida que conocemos más la entraña de nuestra guerra, al analizar fría y hondamente sus primeros documentales y sus testimonios vivos, ardientes aún, nos acercamos a la tesis salvadoriana de los hermanos gemelos y enemigos. [28]

Salvador de Madariaga afirmaba: “¿Cómo era posible rehacer el cuerpo de un país cuya alma seguía partida en dos?”. [29] Y si no eran dos almas, sino una sola, ¿cómo había pretendido destruirse a sí misma? El doctor Suárez había comprendido bien la lección y así había intentado transmitírsela a Cecilia:

“No es cierto, Cecilia. Fela no te odia. Más aún: tampoco tú la odias a ella. Sería lo mismo que si te odiaras a ti misma” [...] “Aunque tú no lo quieras, sigues atada a tu hermana. Es insensato violar esas ataduras. Por mucho que te rebeles, os pertenecéis mutuamente” (341).

Aunque Cecilia, llena de celos, había tergiversado el mensaje:

Entonces yo le he contestado que, efectivamente, lo que me estaba ocurriendo era que no podía desprenderme de ese odio a mí misma: “Si es verdad que hay que amar al prójimo como a uno mismo, creo que aplico el sistema tal como debe aplicarse respecto de Fela” (341).

Con estas palabras, Cecilia manifestaba una actitud que García Escudero delimitaba como típicamente española:

“El español no ha contado nunca con los demás. Para él, convivir ha sido prevalecer sobre los demás. ¡Que se hunda el mundo si yo puedo sentarme sobre sus escombros, aunque sólo sea durante un minuto! Soberbia y envidia, los dos grandes pecados nacionales, se dan ahí la mano” [...] “Es nuestro lado malo, porque, naturalmente, el español tiene anverso y reverso, cara y cruz; y si la cara es su magnífica, subyugadora personalidad, la cruz es el personalismo que hace para cada uno tan difícil entenderse con los demás”. [30]

Y en verdad, este hecho queda constatado en estas dos hermanas gemelas, cuyas características dominantes prefiguran los perfiles de nuestras dos Españas: “la continuidad y la aventura, la obediencia y la iniciativa”. [31] Los mismos fallos que García Escudero atribuía a la derecha española son aplicables a Cecilia: “el miedo a la libertad, el miedo a la innovación, el egoísmo”. Y de igual modo, los de la izquierda a Fela: pretendió prescindir de Cecilia, su mayor defecto fue llevar “su amor a la libertad hasta el odio a la autoridad”. Se escudó en su afán de independencia para conseguir sus propósitos, pero jamás se detuvo a pensar si lo que hacía hería los sentimientos o los ideales de cuantos la rodeaban. Ambas posiciones “podían haberse corregido mutuamente, si hubieran tenido los dos factores capitales de una vida [...] normal: sentido de la convivencia, sentido de la continuidad”. [32] El fin de la guerra supuso una puerta abierta a la esperanza:

...sólo el que no haya vivido aquella fecha podrá poner en duda la ilusionada fe con que tantos acogieron el final de lo que les habría parecido una pesadilla si no estuvieran aún abiertas sus heridas, comprendiendo que aquella fecha no podía ser el final de nada, sino el principio de una larga y difícil convivencia. [33]

Cruzar su umbral suponía romper muchas barreras, pero fundamentalmente una: el sentimiento de culpa: “aquella culpa imprecisa, intrusa y poco grata [...] fluctuando en igual proporción entre la desconfianza y el rencor, entre la gritería alegre y la esperanza” (188).

Pero los difíciles años de la guerra dejan su impronta en cuantos la padecieron, y lejos de suponer un acicate para rectificar errores del pasado incuban un nuevo mal en la sociedad: el afán de evasión, de aturdimiento. Así lo entendía Salvador de Madariaga cuando afirmaba: “Por exceso de yo y defecto de ser social, el español tiende al desierto, al nihilismo arenoso, ya pasivo, que se manifiesta en la esterilidad social, ya activo, que va a dar a la destrucción”. [34] Este empeño por anonadarse queda manifestado en la obra, tanto en la actitud que toma Cecilia, evadiéndose de la realidad con la bebida, como en el comportamiento de Fela, en su búsqueda continuada de nuevos placeres. Ambas son figuras representativas de cierta parte de la sociedad española que, intentando recuperar los años perdidos durante el transcurso de la contienda, cayeron en el error de entontecer sus mentes y no ver más allá de sí mismos. Bien siguiendo la trayectoria indolente de Cecilia, bien enmascarando la frivolidad bajo el concepto de “progreso”, al modo de Fela:

Así empezó a nacer el mundo de hoy: creyendo que “adelantar” era sólo recuperar o [...] creyendo que “adelantar” era sólo criticar a los que “recuperaban”. Los unos se las daban de estables; los otros de inconformistas, pero lo cierto era que ni unos ni otros tenían noción de que lo que verdaderamente imperaba en ellos era la impavidez.

Nada en el fondo, apasionaba a nadie, salvo el desarrollo del propio “yo”. A veces se llamaba abnegación, a veces egoísmo, a veces traía ecos de reformas, otras de continuidad... Pero el letargo proseguía (209).

Por sí solas, las palabras de Cecilia son ya bastante elocuentes para dar luz a la obra. Es evidente que la autora ha pretendido dejar claro que tanto la postura de Cecilia, continuadora del régimen político dictatorial, estable y abnegada, como la de Fela, progresista, prolija en liberalidades e inconformista, responden ambas a una forma de ver la vida que nace del propio egoísmo y que como tales no son válidas para proporcionar un clima de apertura al modo de pensar del otro. Se puede apreciar que estas dos posturas están representadas en dos hermanas gemelas. Es el drama cainita en un país donde se ha producido una guerra que ha enfrentado a hermano contra hermano y que continúa aletargado en su visión unilateral del mundo proveniente de su propio egoísmo. El tema del cainismo vuelve por tanto a salir a la luz en la literatura de posguerra: “...todas, o casi todas las novelas de postguerra, reflejan, ciertamente el ambiente angustioso, pesimista, no tanto del existencialismo, como de la situación del mundo contemporáneo, desgarrado y en lucha consigo mismo”. [35]

 

E) Símbología de los personajes

Cecilia universaliza el personaje de la solterona, tan repetidamente abordado por la literatura. Conlleva además el drama de la maternidad frustrada, del amor inconsumado, de la vejez. Por oposición a su hermana gemela Fela, los rasgos negativos del carácter de la protagonista parecen aspectos aislados de una sola personalidad. Cecilia vendría a ser la parte huraña, posesiva y manipuladora que cualquier humano puede llevar dentro. Símbolo de la etapa madura en la mujer, cuando mirando al presente se descubre mayor, más endurecida, menos capacitada para la innovación y la aventura, y mirando al pasado envidia su anterior estado de juventud. Reproduce el mito de Fedra y de Hipólito, al requerir el amor del hijastro de su hermana, al cual ella ha cuidado desde pequeño como una madre. En Cecilia se puede ver representada una de las dos Españas de las que hablaba Machado y contra la que él, y los escritores del 98 habían luchado: la España conservadora, propensa al juicio temerario, anquilosada en sus tradiciones, poco abierta a la novedad.

Fela es la narcisista, la mujer sensual, el prototipo de la frivolidad. Si se considera a la conducta de las gemelas como tintes aislados de una sola personalidad, Fela sería la parte vanidosa, pedante, rebelde, espontánea, locuaz y optimista que todo ser humano lleva dentro de sí. Comportaría la parte sensual, coqueta y emocionalmente libre que caracteriza a la mujer joven. Pese a la similitud fonética del nombre, Fela no repite el drama de Fedra aunque las acusaciones de Cecilia se empeñen en cuestionarlo. Si a Cecilia se la puede identificar con la España conservadora, Fela representaría la España de la izquierda; liberal y reformista.

El hijastro de Fela: Pablo es trasunto de Miguel Juncadella, el hijo de la autora que murió con tan sólo veintiún años en un accidente automovilístico. Por su parecido físico y sus dotes artísticas viene a ser el nuevo Nicolás, el lazo que une a Fela y a Cecilia al perdido amor. Incorpora a la familia la preocupación religiosa, la generosidad sincera, la altitud de miras y patronímicamente evoca el apostolado de San Pablo en una familia alejada de la fe. Es figura de la redención por ser vínculo de reconciliación de las gemelas.

También los personajes secundarios aportan su simbolismo a la novela: Octavio representa la nobleza abúlica y parásita. Su postura negativista e indiferente refiere también la actitud de los seguidores del movimiento nihilista que se introduce en Europa con la publicación de las obras de Sartre. La misión de Berta (la novia de Pablo) en la novela consiste en dar continuidad a Pablo, dilatando su misión redentora. Ella es la nueva Antígona, símbolo del amor filial. Por su parte Miguel, amigo de Pablo en la novela, remeda a Pau Ollé un personaje real, amigo íntimo del hijo de la autora. También, las primas Romano están inspiradas en dos personajes reales: Luisa y Teresa Salisachs, las primas pobres del padre de la novelista, que nunca se casaron e incorporan a la novela la “fe simple y eficaz” y la virginidad aceptada. Carmen (la monja) simboliza la fe profunda y la castidad que no se sustenta en el voluntarismo, sino en una profunda vivencia religiosa.

 

Notas

[1] Enrique Sordo, “Una excelente gavilla de relatos”, La Jirafa, febrero de 1959, p. 10.

[2] Ramón Buckley, prólogo a Problemas formales de la novela española contemporánea, Barcelona, Península, 1968, p. 27.

[3] Ricardo Huertas, “El escritor al día: Mercedes Salisachs”, La Estafeta Literaria, núm. 530, 15 de diciembre de 1973, p. 16.

[4]. Ibid

[5] Cfr. Juan Luis Alborg, “Mercedes Salisachs” en Hora actual de la novela española, Madrid, Taurus, 1962, t. II; pp. 383-404.

[6] Phyllis Zatlin Boring, “Mercedes Salisachs novelista de su época” en VV. AA., Novelistas femeninas de la postguerra española, Madrid, Porrúa Turanzas, 1983.

[7] Véase la opinión de este autor sobre la novela católica en su obra Novela española actual, Madrid, Guadarrama, 1971.

[8] Mercedes Salisachs et al., El autor enjuicia su obra, Madrid, Editora Nacional, 1966, p. 17.

[9]. Ibid; p. 236.

[10] Rodrigo Rubio, “Mercedes Salisachs”, Vida Nueva, 25 de noviembre de 1967, p. 13, art. cit; s. p.

[11] Enrique Sordo, art. cit; p. 10.

[12] Se puede afirmar de esta novela lo mismo que Yerro ha sostenido al analizar la obra de Robbe-Grillet Dans le labyrinthe: “...el carácter vacilante y dubitativo de la trama de la novela actual responde a la realidad del hombre moderno, quien ha perdido su seguridad en sí mismo y en el mundo que le rodea. El hombre moderno es contradictorio y, en consecuencia, la novela moderna, fiel espejo del hombre, también lo será”. Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eúnsa, p. 148.

[13] Tengo constancia de que Delibes había leído La estación de las hojas amarillas porque cuando preparaba mi tesis doctoral pude encontrar entre la correspondencia de doña Mercedes una nota manuscrita del autor donde felicitaba a doña Mercedes por su novela.

[14] También el protagonista de Cinco horas con Mario padecía este “obligado silencio” impuesto por la parcialidad de lo narrado por su mujer: Carmen.

[15] Antonio Tovar, “Novela de otoño”, Gaceta Ilustrada, 9 de noviembre de 1963, p. 42.

[16] Domingo Pérez Minik, “La estación de las hojas amarillas de Mercedes Salisachs”, La Tarde, 8 de agosto de 1963, s. p.

[17] Antonio del Toro, “La estación de las hojas amarillas de Mercedes Salisachs”, La Actualidad Española, 18 de julio de 1963, núm. 602, p. 35.

[18] Fernando Gutiérrez “Desde los demás”. La estación de las hojas amarillas, por Mercedes Salisachs. La Prensa, 3 de agosto de 1963, s. p.

[19] Anónimo, La Ilustración Femenina, enero de 1964, núm. 396, p. 35.

[20] Antonio del Toro, art. cit; p. 35.

[21] Fernando Gutiérrez, art. cit; s. p.

[22] Emilio Sarto, “En la misma línea” El Alcázar, 13 de julio de 1963, p. 30.

[23]. Apocalipsis, 21, 1.

[24] Mercedes Salisachs et al., ob. cit; p. 232.

[25] El tema de la religiosidad hipócrita aparecía más ampliamente expuesto en Una mujer llega al pueblo, donde la intransigencia religiosa acarreaba la muerte a una joven llamada Eulalia, cuyo “único delito” había sido el de haber quedado embarazada sin estar casada.

[26] Laguna Conde, entrevista a la autora, citada en mi tesis doctoral: Dos calas en la novelística de Mercedes Salisachs: La estación de las hojas amarillas y La gangrena, Universidad de Málaga, 2002.

[27] García Escudero, Historia política de las dos Españas, Madrid, Editora Nacional, 1975, tomo I, p. 13.

[28] Ricardo de la Cierva, Historia básica de la España actual, (1800-1974), Barcelona, Planeta, 1974, p. 375.

[29] Salvador de Madariaga, España, Madrid, Espasa-Calpe, 1989, p. 480.

[30] García Escudero, ob. cit., tomo IV, p. 1983.

[31] Ob. tomo I, p. 10.

[32] Ob. cit; tomo IV, pp. 1978-1983.

[33] Ob. cit; tomo IV, pp . 1829-1830.

[34] Salvador de Madariaga, ob. cit; p. 581.

[35] Gemma Roberts, Temas existenciales en la novela española de posguerra, Madrid, Gredos, 1973, p. 263.

 

[Este artículo pertenece al volumen HOMENAJE A MERCEDES SALISACHS: MÁS DE CINCUENTA AÑOS EN LA LITERATURA http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/index.html]

© Encarnación Laguna Conde 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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