
Briznas de la memoria
Carlos Pujol
Largos años de amistad me han permitido conocer a esta singular escritora que lo es profunda y vocacionalmente, que siente la literatura como una llamada irresistible, y que ya nonagenaria sigue trabajando en libros que por su ambición y sus logros no desmerecen de los mejores suyos. Novelas que tratan de heridas abiertas, en carne viva, y en las que detrás de cada personaje hay una experiencia de dolor.
No son narraciones para evadirse, ni tampoco para el lucimiento personal de un literato, sino escritas para bucear en lo más oscuro que llevamos dentro. Ficciones que son más verdad que la verdad misma, que la complementan y la explican, iluminando dramáticamente las ilusiones, fracasos y esperanzas que son de todos nosotros.
Todo ello conservando la calidez humana que la caracteriza, sin renunciar a ser una madre de familia, ahora rodeada de hijos, nietos y biznietos, además de numerosos amigos para los que tiene un trato afectuosamente delicado. Por lo que a mí respecta, ¿cómo no recordar la satisfacción de haber formado parte de los jurados del Premio Planeta (que en 1975 obtuvo con La Gangrena) y del Fernando Lara, que ganó en el 2004 con El último laberinto?
Siempre animosa, haciendo frente a la adversidad, y sin dejar de escribir, tejiendo incansablemente estas historias desgarradoras, inspiradas en duras situaciones reales, que ella traslada al papel sin retroceder ante las tragedias, pero también con una sensibilidad que no tiene nada que ver con la explotación tremendista de otros.
Tan frágil en apariencia, y tan audaz al enfrentarse con los espejos de la literatura, tan amarga en muchas de sus páginas, y al mismo tiempo tan esperanzada en el fondo. Con la ilusión siempre renovada de seguir escribiendo, y ese certero instinto, que es propio de los grandes novelistas, para descubrir la sustancia dramática de la vida cotidiana, y contarla con pasión y lucidez.
Pero hoy, dentro de ese merecidísimo homenaje que se le tributa, no hablaré de sus novelas, sino de un admirable texto que contiene episodios evocados por su memoria: Derribos, que se publicó en 1981. No una autobiografía completa ni mucho menos, sólo fragmentos escogidos del mundo que se recuerda y que parece ya con el paso de los años muy lejano.
El pasado -eso indica el título- como un montón de ruinas, siempre con un poco de melancolía, que es lo propio de esas cosas. Las ruinas fruto de la demolición de una casa, el tiempo ya perdido, y con él una parte de nosotros, cuando quedan a la intemperie pedazos de nuestra intimidad, paredes entre las cuales fuimos felices o desdichados, escombros de lo que fue el vivir.
Una crónica emocionada de los días de antaño, casi impensables para los jóvenes; los recuerdos hacen imposibles, resucitan instantes efímeros que todo el mundo ha olvidado, que se han desvanecido en el aire como las nubes en el cielo, y que reviven con las palabras que saben evocarlos. Nada muere mientras alguien puede recordar y convierte estos recuerdos en una presencia imborrable.
Las novelas también están hechas con briznas de memoria (los amnésicos no pueden ser novelistas) pero elaboradas con una sutil mixtura de experiencia personal y sueños; con colores que proceden de la fantasía, y el arte de contar que lo trasfigura todo. Nadie sabe tanto de eso como Mercedes Salisachs, que aquí, en vez de inspirarse en imaginaciones adopta como materia prima la urdimbre de lo vivido.
El primer episodio de esta crónica nos lleva muy lejos para conocer a Don Teodoro Roviralta, que en la niñez escapó de su modesta casa de Molins de Rey y fue andando a Barcelona, donde embarcó como polizón para hacer las Américas. A su regreso, años después, era rico, un personaje en la ciudad, que en una fotografía luce grandes bigotes blancos y mira al frente con un aire resuelto y tenaz.
Cuando un emprendedor farmacéutico, el doctor Andreu, tuvo la fabulosa idea de urbanizar los terrenos que ascendían por la ladera de la sierra de Collcerola hasta la cumbre del Tibidabo, él aportó cinco mil duros a la compañía, y se hizo construir una aparatosa residencia conocida popularmente por El Frare Blanc, el Fraile Blanco, porque allí hubo un convento de los dominicos.
“Un palacete entre mágico y siniestro”, caprichosamente ornamentado, que sigue en pie, y que conserva en su fachada el reloj de sol en el que puede leerse una inscripción latina que habla sin contemplaciones de la fugacidad del tiempo y de que también somos efímeros: “Cuanto más crece esta sombra más mengua tu vida”. La calle lateral lleva el nombre Don Teodoro, su abuelo materno.
El paterno es también un self-made-man, que partiendo de humildes orígenes llega a ser dueño de una fábrica de harinas. En los dos, que la escritora no llegó a conocer, hay unas constantes de voluntad férrea, de perseverancia que se sobrepone a las circunstancias adversas, en las que reconocemos rasgos de esta mujer hipersensible y valiente que ha hecho que su vocación triunfara pese a todo y a todos.
Luego, la materia fragmentada se ocupa tan sólo de la niñez y la adolescencia, tiempos que se pueden evocar con melancolía y humor que les quita aspereza. Hay aquí casas señoriales con jardines y antiguas costumbres, una fräulein y colegios de monjas, el mar de Cadaqués en verano, con sombras apenas intuidas del joven Dalí, el poeta Eluard y su mujer, Gala, inmensas casas del Ensanche barcelonés.
Familias de desahogo económico, aunque las experiencias de estos años estén lejos de ser completamente idílicas. Es posible que no haya ninguna niñez sin dolores oscuros, miedos incomprensibles, “signos, presagios, sueños” que marcan para siempre. Y Mercedes Salisachs capta muy bien, con delicadeza y verdad, un trasfondo doloroso en el que, ella lo dice, “todo era turbio”.
Los ruidos y silencios de la ciudad de antaño, los enigmas sin solución, el mundo incomprensible, las preguntas sin respuesta, “¿dónde está mamá?”. Y la muerte que ronda con sus miedos, la “costurera-bruja”, los salones como mausoleos (una comparación certera si las hay), las maravillas infantiles por casi nada, a veces por unas funciones de zarzuela.
Son los misterios de la vida que desazona. El piano siempre cerrado por una causa desconocida, una hermana que es distinta a todas las demás niñas, el primo Ramón, que nunca había sido joven y que era aficionado a la fotografía, el sonido de la pianola, las campanas de la Concepción, el paso del viático por las calles. Estampas de ayer que reviven con ilusión y tristeza en la pluma de la escritora.
A sus lectores se les habla aquí de los minúsculos secretos -terribles, decisivos y tal vez banales- que hay en todas las biografías. Nada que sea clamoroso, de escándalo, lo que nos ha pasado a todos los que hemos sido niños, la poesía y la tragedia, ridícula para los mayores, que sólo piensan en gran escala, egoístamente, que han tejido nuestros primeros años.
¿Felices? Sin duda a nuestra manera, profundamente desdichados también, y este libro recoge con una pulcra sensibilidad toda esa confusión que hizo daño, que abrió ventanas a inconcebibles prodigios, y que en el fondo hizo que más tarde, de adultos, fuéramos lo que somos, después de un aprendizaje, como dijo un poeta, “de barro y de zafiros”.
El capítulo de “Bao Dai, mon amour” es el más llamativo de todo el volumen. Amores tiernos e imposibles de la edad infantil, apenas insinuados, con el insólito personaje de un emperador anamita de pantalón corto en el balneario de Vichy. Casi un niño que confiesa que hubiese preferido ser torero antes que emperador.
(Su reinado fue muy azaroso, y acabó depuesto después de las más variadas alternativas políticas que parecen indicar que era humanamente demasiado frágil para su imperio. Como eran frágiles esos sentimientos que se nos describen con la poética explosión que tiene el amor cuando se descubre por primera vez.)
¡Ay, el tiempo, ya todo se comprende!, dijo alguien. Después de muchos años en los que no se comprendía casi nada. “Siempre había porqués flotando nerviosos en lo que nos rodeaba”, y “como siempre no me lo decían”. La casa de muñecas, los Reyes Magos (“o se acepta sin rechistar todo lo que no es para obtener el premio de tu ficción, o se acepta la verdad con la derrota”), el Turó Park, vidas muy próximas que naufragan sin que nadie lo pueda remediar.
Como la primera mujer del famoso guitarrista, olvidada, abandonada, el apuesto primo Laurent, que pasa ante sus ojos deslumbrante, seductor y fatal, la Miss irlandesa o el señor Vilalta que desde ultratumba exige más que pide oraciones (sucesos que prefiguran lejanamente el núcleo de su última novela).
Este autorretrato a ráfagas concluye de manera simbólica con la época de antes del diluvio. Luego vendrá la guerra civil -cuyos horrores anunciaba, decían que proféticamente, los mensajes de la Madre Ráfols, una monja del siglo XIX que en realidad no tuvo nada que ver con estos escritos-, y más tarde la edad adulta, que ya es otra historia en cuyos umbrales hay que detenerse.
La escueta mención de su boda cierra este ciclo de recuerdos, que contienen el sustrato de su personalidad y de su obra novelesca posterior. Los tiempos en que era para su padre “Piula”, el nombre de un pequeño petardo, parecen tan remotos que se ven como más manejables narrativamente.
Así es el libro, que nos habla del pasado que nos ha hecho tal como somos, y reconocerlo y contarlo es una lección que nos enseñará a vivir entre antiguas ruinas y nuevas esperanzas. Mercedes Salisachs explora con valentía y elegancia moral recuerdos inolvidables con el tacto de quien remueve cenizas que aún queman.
[Este artículo pertenece al volumen HOMENAJE A MERCEDES SALISACHS: MÁS DE CINCUENTA AÑOS EN LA LITERATURA http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/index.html]
© Carlos Pujol 2008
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/c_pujol.html
