
«Diario de un emigrante».Una lectura sobre falsilla
por Marta PORTAL
Universidad Complutense de Madrid
«Si de algo me arrepiento es de haberme despedido de mi amigo Lorenzo, protagonista de mi último libro, 'Diario de un cazador', a darse una vueltecita sin haberle traído por estas tierras», dice el periodista Miguel Delibes, en el capítulo XII de su libro de impresiones sobre Sudamérica (1).
Pues bien, esto lo decía Delibes en el año 55, cuando redactaba sus notas de viaje sobre Chile, y cuando recordaba, en ese capítulo, el paraíso de cazadores y pescadores que aún resultaba ser la tierra americana. Este pensamiento, acaso repentizado sobre el papel en el momento mismo de concebirlo, pudo ser la fulguración que diera nacencia a una ficción literaria. Delibes debió de pensar: ¡qué entorno para un buen cazador! Y, con esa capacidad omnisciente de todo creador en su génesis, arregló las cosas de esta manera: «Démosle a este cazadero un buen cazador, y de paso, démosle gusto al dedo de mi buen amigo Lorenzo.»
Por supuesto, las cosas pudieron ocurrir de otra forma; el proceso de rastreo del verdadero inicio de una obra literaria es difícil y arriesgado. Pero del texto del que parto parece deducirse que esta vez ocurrió más o menos como supongo. Pues si el «arrepentimiento» de Delibes en sus crónicas viajeras data del 56, en el 58 ya tenemos a Lorenzo emigrado en tierras chilenas, soñando con la caza y con los millones.
En el Prólogo al Diario de un emigrante (2), Delibes dice que el novelista no proyecta sino que es un mandado, y que él no ha podido evitar el alumbrar este hermano gemelo de su Diario de un cazador, puesto que se percató más tarde de que no se había desembarazado del todo con el primer parto, que aún le quedaba personaje dentro.
Sea cual fuere el momento y las circunstancias de la fecundación de este doble parto del cazador Lorenzo, de lo que no nos cabe duda es de que la experiencia americana de Delibes anda de por medio, y nos ha parecido interesante llevar a cabo una lectura al alimón de las dos obras paralelas —en el espacio y casi en el tiempo— del autor: la de las crónicas viajeras del periodista y novelista Miguel Delibes, y la de la aventura americana de ese reaparecido ente de ficción, Lorenzo, personaje entrañable del mundo novelesco delibiano.
Vamos a analizar, pues, Diario de un emigrante, novela accidental en la trayectoria del escritor, como accidental resulta ser la aventura americana de su protagonista, el personaje Lorenzo, como, sin duda, accidental o contingente fue el viaje americano del propio novelista. El tema de la novela, la emigración, es el que estructura la dialéctica profunda de la misma: el deseo de mejorar de vida que tropieza con la experiencia desengañadora de la realidad. Varios subtemas se engarzan al tema principal de la emigración: la caza, el habla criolla, las impresiones viajeras, los indios americanos, las comidas, los paisajes, las costumbres... Todos estos subtemas han sido tratados, asimismo, por el periodista Delibes en Un novelista descubre América. Al analizar la novela de Delibes vamos a tener presente este antecedente, e interpretaremos los subtemas, leyéndolos, como sobre una falsilla, sobre las referencias ensayísticas que de los mismos nos proporciona su obra anterior (3).
La estructura formal del Diario... es la lógica de un diario fechado, la linealidad sucesiva de un calendario de fechas de poco más de un año de duración, tiempo en el que se inserta la experiencia americana del personaje emigrante. Como diario que es, la voz que transcribe la experiencia es la del propio agonista, Lorenzo, narrador protagonista, que enuncia un sucedor y es, a la vez, sujeto de la enunciación.
En la anotación inicial del Diario..., en el primer registro del memorialista, justifica su comunicación por escrito como la contemplación en un espejo, no del semblante sino de los entresijos. Comunicación, pues, intimista y entrecortada. En la segunda de las anotaciones, se transcribe la carta del tío Egidio, indiano, que envía los pasajes para el protagonista y su mujer:
«Ustedes vienen al tiro y lo de abonarme los pasajes dejémoslo no más. No conozco al señor marido de la Anita, más el marido de la hija de mi hermano no puede menos de ser un cabayero y en mi barraca siempre queda hueco para él. En lo que ustedes dicen de la guagua, bien puede nacer aquí que lo mismo hay parteros y niñas de mano que lo saquen luego a pasear» (DE. 14).
Interpretación léxica:
venir al tiro: «La ayuda llega en seguida, ‘al tiro’, como dice el chileno» (NA. 91).
dejémoslo no más: «mágico talismán chileno para rehuir el trabajo, la discusión, la conversación» (NA. 165) y: « ... representativo del carácter inhibitorio, indolente, del criollo» (ibidem).
cabayero: «¿solito o con lechesita, 'cabayero'?» (NA. 85).
«¿Es usted el 'cabayero' español?» (NA. 88).
«¿A Sucre,'cabayero’» (NA. 92).
guagua: «como no faltan las 'guaguas' —niños de pecho— ni los perros» (NA. 72).
niñas de mano: «...existen vocablos chilenos sonoros y graciosos, como 'niña de mano' (sirviente)» (NA. 165).
Ya en ruta, nuestro cazador tendrá ocasión de ir tomando contacto con variedades y especies del «nuevo mundo». Así, en Buenos Aires, le aconsejan probar el «pejerrey», del que dirá el periodista Delibes que es «un pescado blanco verdaderamente suculento» (NA. 125). Y de la perdiz, a Lorenzo le habla un uruguayo en el tren hacia Santiago, explicándole que «es un bicho que se arranca de los mismos pies». En efecto, ya lo sabía Miguel Delibes, que tuvo ocasión de cazar en un fundo de Melipilla, en 1955: «Normalmente se arranca de los pies y emite un sonido característico, como angustiado» (NA.124). Veamos la experiencia en directo de Lorenzo, el cazador memorialista:
«Estas perdices... se le arrancan a uno de los pies, y, para más garantía, chillan como pendones» (DE. 116).
Por otro lado, de las dos o tres que logran bajar él y sus amigos en España, como despedida, a las ocho o nueve que cobra él solo en su primera salida al campo americano, se establece la comparación a favor de la mayor abundancia de la perdiz chilena.
A la llegada a Chile, la pareja emigrante es recibida por los tíos en la estación. La tía dice que parecen «dos cabros», el tío que «más allasito» está el negocio. Al llegar a la casa aparece «la niña de mano» (dice la tía), que es una «mapucha» de Temuco, una india de la reducción de Temuco (DE.82).
dos cabros: «es frecuente ver a 'los cabros' —muchachitos— deteniendo automóviles» (NA. 92). (Y el primer cometido que el tío asigna a su sobrino inmigrante es el de 'cabro de mandados', o mozo de recados) (DE. 91).
Del «allasito» nos dirá Delibes que el chileno tritura el idioma en aras del diminutivo. El chileno dice «ahorita» y «hasta lueguito». El chileno le dice al taxista que se detiene prematuramente: «Más allasito, pues» (NA.85).
Lo de «mapucha» y «Temuco» o «la reducción», el pobre Lorenzo no entiende nada, pregunta qué es mapucha y el tío le contesta que india, araucana; lo de Temuco: la reducción, y ya no indaga qué sea la reducción porque «la cosa olía a cachondeo» (DE.83). Nosotros vamos a ser menos prudentes que el candoroso Lorenzo y vamos a indagar del Delibes cronista viajero:
«De aquí que el desplazamiento a Temuco constituyera para mí motivo de enorme interés (...) Amigos chilenos me informan de que el araucano vive deliberadamente recluido en la reducci6n de Maquehue La 'mapucha' no se resigna a permanecer sentada viendo cómo se viene abajo una tradición y una raza. Estas mapuchas, exiladas a veces de la reducción, se emplean en el servicio doméstico y son fieles y cariñosos» (NA., «El ocaso del indio araucano», 137-147).
La impresión de animación y dinamismo que el viajero se lleva al salir a las calles de Santiago, la tenemos reseñada en crónica de periodista y en la vivencia del provinciano ente de ficción. Lorenzo escribe en su Diario:
«Ya tiene tráfico esta ciudad, ya! Dice el tío Egidio que como no hay 'metro' todo sale por fuera. Lo cierto es que aquí hay carros de todos los tamaños y de todos los colores. El tío cogió la pichicharra de que debía de aprender a distinguirlos desde el primer día y allá anduvimos parados en el bordillo, como lelos, tres cuartos de hora. Él preguntaba: '¿Ése?' y yo tenía que decirle: 'micro' o 'liebre' o 'colectivo' o lo que fuese... » (DE. 85).
Y, aquí, la reseña periodística:
«No olvidemos que Santiago carece de 'metro' y la abundancia de transporte de superficie —trolebuses, colectivos, tranvías, expresos, micros, liebres— pintados de colores chillones y discurriendo a grandes velocidades, con poco riesgo, imprimen a sus calles un ritmo vertiginoso» (NA. 71).
En cuanto a la afición al juego de los chilenos, podemos comparar, igualmente, experiencias paralelas:
Al escritor Miguel Delibes, invitado a casa de unos amigos chilenos de Joaquín Calvo Sotelo, lo asaltan tres señoras jóvenes:
—Jugará usted canasta, ¿no es cierto?
—Pues no, señoras; no juego canasta (NA. 88).
A otro nivel social, Lorenzo decepciona también a su anfitriona:
«La tía agarró la baraja y preguntó si jugábamos canasta. Ya le dije que no y entonces se puso a hacer montones ella sola» (DE. 85).
Uno de los aspectos más interesantes de esta lectura paralela que estamos haciendo, es el de ver el trasvase del lenguaje informativo a la mollera de ficción de Lorenzo, deformado (para su credibilidad) en esa asunción intimista y vital de la realidad contemplada que refleja su Diario. Como un ejercicio de redacción a dos manos, tenemos la excursión al pueblecito de Farellones, a tres mil metros de altura, sobre Los Andes:
De la carretera:
—«Desde la altura la carretera serpenteante semeja una senda de cabras excavada en la ladera» (NA. 59).
—«La carretera es tan empinada que talmente parece que uno volara (...) Luego se ve la carretera, empinándose y dando vueltas y más vueltas» (DE. 129).
Otros aspectos:
—«Entre los riscos vuelan reposadamente cóndores, tiuques y jotes» (NA. 60).
—«En los picos no hay más que blancura por todas partes y solo los cóndores y los jotes volando entre las quebradas con una majestad que no veas» (DE. 129).
Y, ahora, la puesta de sol:
—«La puesta de sol en Farellones se contempla de espalda (...) El refulgir de los picos nevados en duro contraste con las concavidades sombrías de las quebradas, los matices sutilísimos de la transición crepuscular, la abrumadora altivez de la corona de montañas que nos circunda y que lenta, progresivamente, va ensombreciéndose, constituyen otros tantos prodigios ... » (NA. 60).
Lorenzo la describe así:
—«Luego anduvimos aguardando la puesta de sol (...) El sol pega en los montes que brillan como cristales y en las quebradas, en cambio es ya noche y según se mete el sol todo va cambiando de color y es como un juego de luces hecho a posta. Ni por soñación puede uno imaginar cosa más hermosa» (De. 130).
De las costumbres, vamos a destacar dos aspectos. Uno, la contemplación de una práctica religiosa, anómala para la sensibilidad católica, y que es síntoma de la libertad de cultos en Chile. Y otro, una práctica cívica, de interés comunitario, y a la que el inmigrante debe integrarse: la prestación voluntaria del servicio de bombero.
Así reseña Lorenzo su primer contacto con la secta de los «canutos»:
—«Al volver a casa me encontré en la esquina una cuadrilla de guitarras y a un gicho largándoles un sermón. Dice el Efrén que son los canutos y que tienen su religión y sus prácticas como cada quisque. De que acabó el sermón, los gilis se pusieron en fila y se fueron por las calles cantando a lo bobo. Lo que yo digo, bien es que tengan su religión, que eso nadie se lo discute, pero que canten en su casa por lo bajines y que no incordien» (DE. 112).
Miguel Delibes contempla la práctica más objetivamente:
—«Otra cosa que sorprende al forastero son los cánticos, rezos y prédicas callejeros de los ‘canutos’, secta protestante importada al país por un tal Canut de Bon, y cuya proliferación es asombrosa (...) un individuo desarrapado se destacó del grupo e hizo un sermón tenebroso e incoherente, propio de catacumba. Por último el grupo comenzó a desfilar entonando cánticos desgarrados, a los que dos mozos, en retaguardia, ponían música con sendas guitarras de acentos doloridos» (NA. 98).
Las curiosas peculiaridades chilenas del servicio de bomberos las explica el cronista con detalle:
—«La organización de bomberos en Chile es otro botón de muestra. En Santiago, y en todas las capitales de provincia, los bomberos no sólo son voluntarios sino que sostienen la institución con sus aportaciones. El cuerpo de bomberos tiene una alta consideración en el país. Ricos y pobres se hermanan en él; son auténticos héroes populares. Para el criollo viejo su pasado de 'pompier' constituye un motivo de orgullo. En su despacho, lo primero que exhibirá a las visitas es su diploma de bombero jubilado (...) En Santiago existen trece secciones distintas, tres de las cuales —Bomba España, Bomba Italia, Bomba Francia— están en manos de inmigrantes y las sostienen los centros respectivos» (NA. 93).
Lógicamente, la costumbre chilena pone en un brete a nuestro amigo Lorenzo:
—« Esta tarde me preguntó el tío si quería apuntarme de bombero en la España y ya le dije que sin dejar lo de la barraca. Me salió con que lo de bombero era un honor acá y que toda la gente hace de bombero por lo menos un par de años en su vida, por afición (...) Le respondí que no interesaba y parece que le cabreó la contestación. A la hora de cenar me sacó un diploma y me lo mostró y me dijo que se lo dieron el año pasado y que es su nombramiento de bombero honorario después de treinta años de servicios» (DE. 107).
De las múltiples expresiones chilenas que recoge Delibes bajo el epígrafe «Un diccionario de goma» (NA. 164-166), las encontramos, salteadas, en el Diario... del emigrante Lorenzo, quien, si bien no llega a calar en un primer momento el significado del vocablo o del modismo, va haciéndose rápidamente a ellos, con un mimetismo de cera virgen, en el que se asienta la novedad sin inconveniente y se llega a asumir con entera naturalidad. El regreso del emigrante, doce meses después de «pegar el quiebro», queda más allá de la novela, pero es fácil suponer que Lorenzo habrá tenido sus más y sus menos, con amigos y contertulios españoles, al escapársele espontáneamente expresiones criollas.
Vista la transmigración de la experiencia viajera de Miguel Delibes a la aventura emigrante de su personaje, nos queda por interpretar esa dialéctica profunda de la obra, que se establece entre un mundo subjetivo y el mundo objetivo. El tema de esta dialéctica, decíamos, es la emigración, el viaje. El tema del viaje se interpreta semánticamente por sus razones: huir, conocer, mejorar, El viaje es una búsqueda y es una crítica —velada o abierta— al espacio en que se está. El sentido del viaje en el Diario... es claro, a nivel denotativo y connotativo: intentar mejorar de fortuna. La modesta situación del protagonista en España, bedel de un Centro de Enseñanza, no le permite hacerse ilusiones respecto de un porvenir brillante. No saldrá de esa modestísima clase media y de esa categoría de subalterno. América, Chile, es tradición secular en la sociología española, representan «Potosí», «Eldorado», la posibilidad abierta (4). La realidad demuestra al emigrante que son más los fracasados que los afortunados, y que, en todo caso, en «ningún lado pagan por dormir». Pero la distancia ha servido para valorar lo de aquí, la presencia modesta y cotidiana de las cosas entrañables:
—«Uno quiere de todo, más cuartos y más perdices y más liebres y luego resulta que no es la plata ni las perdices ni las liebres lo que interesan, sino esto, o sea, el corazón y el afecto verdad» (DE. 125).
El viaje y la experiencia americana han hecho comprender a Lorenzo que aquí y allá hay personas bondadosas y que somos un nudo inextricable de relaciones en el que el sueño y la nostalgia son las fibras sólidas. En Chile añora sus amigos y su entorno castellano y en España añorará Chile y vivirá la extraña desazón de comprobar que desde allí idealizó lo de aquí.
La sintaxis estilística de la actitud tensa, expectante, del hombre, se da en la obra con el tema de la impaciencia, connotado en el insomnio del personaje. Y el contrapunto exterior de esta impaciencia lo representa la cadencia de un sonido habitual: el ruido del tren: el paso nocturno del tren de Galicia por la ciudad castellana. En vísperas del «salto» nuestro hombre «oye» todas las noches el exprés de Galicia. En la primera noche de barco duerme mal también y allí, en alta mar, echa de menos esa señal acústica que se emparejaba sintomáticamente a su inquietud: «Eché en falta el exprés de Galicia» (DE. 50). El ritmo contrapuntístico se cierra en las últimas noches chilenas, antes del regreso: duerme mal, inquieto, y entre sueños cree escuchar el exprés de Galicia (DE. 281).
A lo largo del Diario y a lo ancho de la aventura del héroe, gravita el comentario autovalorativo del personaje, oponiéndose a cualquier impugnación «deshonrosa» o defendiéndose de un trato supuestamente vejatorio:
—«Uno no será un señorito de cuna, qué coño, pero también tiene su dignidad» (DE. 103).
—«Ya la dije que dar la vuelta ni hablar, que yo tengo mí orgullo» (DE. 104).
—«Uno no será un potentado, pero tiene su dignidad» (DE. 118).
—«Uno no será un señorito de cuna, pero tampoco un robaperos» (DE. 219).
—«Allá no es que yo fuese un duque, ya lo sabemos, pero uno era alguien» (DE. 264).
Son manifestaciones de un suspicaz orgullo herido, la actitud defensiva de una clase social humillada, que se autovalora, sustentándose en conceptos establecidos: dignidad, honradez, orgullo, capacidad, nobleza..., que precisamente no tienen otro valor significativo que el de que los otorguen los otros.
Esta autovaloración personal del héroe menoscabado le da coherencia diacrónica, como personaje social sólito en nuestra narrativa, desde la picaresca al neorrealismo contemporáneo; personaje que se vanagloria de lo que el mundo le escatima. Y este rasgo es, asimismo, sintomático del código behaviorista de la galería de personajes delibianos, que ahogan su frustración social en una seudoafirmación retórica personal.
NOTAS:
1 Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, p. 121.
2 Diario de un emigrante, Barcelona, Destino, 1958.
3 Utilizaré las siglas DE para las referencias Diario de un emigrante y NA para las que lo sean a Un novelista descubre América.
4 Sociología tristemente emigratoria, que ha hecho dolerse a los poetas: «non é dina dos osos des seus fillos patria que non os mantén», ha dicho otro emigrante, el máximo poeta de Galicia y gran periodista, Manuel Curros Enríquez en su poema «A emigración», Obras completas, Madrid, Edit. Nacional, 1966, p. 234 (edición de Celso Emilio Ferreiro).
© Marta Portal 2001
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Espéculo. Revista de Estudios Literarios 2002
Universidad Complutense de Madrid