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Desearía
para escribir sobre Cervantes, un aire antiguo lleno de gracia;
desearía la agilidad de su vida, su mirada de sombra y su pluma de águila.
Un apunte apenas le dedico, no me atrevería a un ensayo, pues el mejor
acierto sería siempre minúsculo. Supo disipar la bruma que ciega la mirada y
leyó en el corazón de los hombres la escritura ignota, la verdad de la vida;
dio a sus personajes las palabras propias, expresiones inconfundibles, las
que serían ajenas en otros labios. Trazó un símbolo inefable, el más excelso
de todos los símbolos vivientes: el símbolo del espíritu. Su Quijote fue
grande a cada prueba. La galantería y el valor, la nobleza del alma y el
amor: las virtudes poéticas supremas. Su cuerpo era agudo, como las agujas
góticas, su espíritu era un rayo. Sancho, redondo y material, es un tipo
pintoresco, comparable en lo exterior o en la forma expresiva a las figuras
de los mejores cuentos de maravilla, Falstaff, Bertoldo, Riquete....
Cervantes tenía el espíritu pintoresco del autor del Sueño de una noche de
verano pero con una humanidad que solamente Shakespeare y Moliere han
ofrecido. Cervantes, como el autor del Hamlet, supo adivinar al hombre
futuro, al través de los siglos. Cervantes fue un genio auténtico. Sus
símbolos son más simples y primitivos que los de Shakespeare, pues este
pinta al hombre moderno; nos pinta con nuestro proceso interior de dudas y
anhelos. Cervantes exterioriza al hombre en general, en el orden estetico y
lógico. Sus mujeres, gitanillas y graciosas, de mejillas templadas al fuego
moreno y ojos de canela son tipos encantadores. Sus Rinconetes, sus
pilluelos son tan niños y fáciles que se les creería murillescos. Cervantes
no fue un imaginero; su fantasía, que tuvo tanto del hombre, era sintética;
sus descripciones son dinámicas, procede por arranques como Beethoven; fue
un incomparable lírico en la hondura del amor, del misterio y de la vida.
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