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Todos los conversos son interesantes. Los más
de nosotros, si me perdonan el que traicione este secreto universal, nos
hemos descubierto en un momento u otro cierta disposición
a perdernos por el mal camino. ¿Y qué hemos hecho, en nuestro
orgullo y cobardía? Echando miradas furtivas y aguardando el momento
oscuro hemos enterrado nuestro descubrimiento discretamente, para seguir
luego en la misma dirección de antes y esa esa senda tan transitada,
que no tuvimos el valor de dejar y que ahora, más claramente que nunca,
advertimos que no es sino el largo camino que lleva a la tumba.
El converso, el hombre capaz de gracia (hablo en sentido seglar) no es discreto;
su orgullo es de otra clase. Abandona rápidamente la senda el
toque de gracia es casi siempre súbito y orientándose
en una nueva dirección incluso puede hacerse la ilusión de
haberle vuelto la espalda a la misma Parca.
Conversos ha habido que, por su exquisita indiscreción, han ganado
inmortalidad cierta. El ejemplo más ilustre, esa flor de la
Caballería, don Quijote de la Mancha, sigue siendo para todo el mundo
el único Hidalgo genuino y eterno. Como saben, el delicioso Caballero
de España se convirtió a una fe imperativa en una misión
tierna y sublime que lo alejó del hacer y de las costumbres propias
del pequeño hidalgo provinciano. Luego sería apaleado, y con
el tiempo hasta encerrado en jaula de madera por el Barbero y el Cura, apropiados
ministros de un orden social justamente soliviantado. No sé si a alguien
se le habrá ocurrido encerrar a Mr. Luffmann en una jaula de madera.
Y no lo traigo a colación porque le desee daño alguno.
Al contrario. Me considero una persona humanitaria. Que lo tome, pues, como
máxima alabanza, aunque debo decir que merece sobradamente esa clase
de atención.
Por otra parte, no me gustaría que se sintiera excesivamente halagado
por el orgullo de esa asociación tan exaltada. La grave sabiduría,
la admirable amenidad, la serena gracia del patrón-santo secular de
todos los mortales conversos a nobles visiones no son suyas. Mr. Luffmann
carece de misión. No es un Caballero sublimemente Errante. Pero es
un excelente Vagabundo. Tiene mucho mérito. Ese peripatético
guía, filósofo y amigo de todas las naciones, Mr. Roosewelt,
lo excomunicaría inmediatamente con una gran vara. La verdad es que
el ex-autócrata de todos los Estados no gusta de rebeldes contra el
hosco orden de nuestro Universo. Aprovechadlo lo mejor que podáis
o morid, grita. Sano sucesor en la línea del Barbero y del Cura, y
sagaz heredero político del incomparable Sancho Panza (otro gran
Gobernador) este distinguido littérateur no guarda piedad alguna para
con los soñadores. Y nuestro autor (podrán apreciarlo en sus
libros) atesora algunos sueños de no poca calidad.
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Joseph Conrad (Polonia, 1857-1924), Un vagabundo feliz (1910),
crítica de la obra "Quiet Days in Spain", de C. Bogue Luffmann, en
Notas de vida y letras
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