|
Los Sanchos de Criptana
Señor Azorín
me dice, yo he compuesto un himno a Cervantes para que sea cantado en el
centenario... Perfectamente, don Bernardo contesto yo. ¿Quiere
usted oírlo, señor Azorín torna él a decirme. Con
mucho gusto, don Bernardo vuelvo yo a contestarle. Y don Bernardo tose
un poco, vuelve a toser y comienza a cantar en voz baja, mientras el coche da
unos zarandeos terribles:
Gloria, gloria cantad a Cervantes, creador del Quijote
inmortal...
La luz clara del día ilumina la dilatada y llana campaña; se
columbra el horizonte limpio, si árboles; una pincelada de azul intenso
cierra la lejanía. La galera camina y camina por le angosto caminejo.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde nuestra salida? ¿Cuánto
tiempo ha transcurrido aún? ¿Dos, tres, cuatro, cinco horas? Yo no
lo sé; la idea de tiempo, en mis andanzas por la Mancha, han desaperecido
de mi cerebro. Señor Azorín me dice don León,
ya vamos a llegar; falta una legua. Y pasa un breve minuto en silencio. Don
Bernardo inclina la cabeza hacia mí y susurra en voz queda: Este
himno lo he compuesto para que se cante en el centenario del Quijote. ¿Ha
reparado usted en la letra? Señor Azorín, ¿no podría
usted decirme de él dos palabras? ¡Hombre, don Bernardo! exclamo
yo. No necesita usted hacerme esta recomendación; para mí es
un deber de patriotismo el hablar de ese himno. Muy bien, muy bien, señor
Azorín contesta don Bernardo satisfecho. ¿pasa media hora,
una hora, dos horas, tres horas? El coche da tumbos y retumbos; la llanura es la
misma llanura gris, amarillenta, rojiza.
Ya vamos a llegar repite
don León. Ahora, cuando lleguemos añade don Bernardo,
tocaremos el himno en el armónium de la ermita... Ya vamos a
llegar torna a repetir don León. Y transcurre una hora, acaso
hora y media, tal vez dos horas. Yo os torno a asegurar que ya no tengo, ante
estos llanos, ni la más remota idea del tiempo. Pero, al fin, allá
sobre un montículo pelado, se divisa una casa. Esto es el Cristo de
Villajos. Ya nos acercamos. Ya echamos pie a tierra. Ya damos pataditas en
tierra para desentumecernos. Ya don Bernardo este hombre terrible y amable
nos lleva a todos a la ermita, abre el armónium, arranca de él
unos arpegios plañideros y comienza a gritar:
Gloria, gloria, cantad a Cervantes creador del Quijote inmortal.
|