[...]
Sólo hay
un presente que puede proseguirse: el día inexistente, el que no malgastamos día a día, esa hora lujosamente imaginada contra la cual no pueden gigantes ni quimeras ni endriagos ni huracanes. Por ello, corren arroyos sin decirlo, apenas tendidos entre el verde y las nubes que han copiado. Jamás enturbiaré los manantiales para decir que moriré de sed por ti. No es esa buena pista. Porque tú no intervienes. Quiero jugar a prueba tu crueldad. Basta que consideres en qué estado me has puesto por no saber que existo. Este amor lamentoso vive porque no ha nacido en ti, porque no sabes que desfallezco y caigo y prefiero canciones y tormentos por tu desdén que es un desdén que amo. Porque si acepto tu presencia, ¿entonces, qué abandono provocará mis quebrantos? ¿Y si no hay dolores, cómo habrá amor por ti?
Eres cruel y alabada, dulce señora,
porque no me amas para provocar mi amor
entonces esquivas el rostro
y estás allí en tu figura
evades tu cuerpo y se hace más próximo tu aliento
te escondes y los montes se llenan de ámbar
cantas y de tu voz apenas llega el recuerdo
Me dijeron que habías subido al campanario de la aldea
y te pusiste a dar voces y eran tan cristalinas
que encantaste a los muchachos distantes a media legua
Algunas veces, yo también te he escuchado
como si estuviera al pie de la iglesia
He tratado de cantar, de acompañarte,
he buscado a los pájaros que habitan los libros
y ellos vinieron con sus plumas
para honra del caballero y de la dama
unidos por esa voz que echaste a volar desde la torre
[...]
|