Se abre el telón en la UCM
por Alberto Ramos
“Puedo tomar cualquier espacio y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro lo observa, y esto es lo que necesito para realizar un acto teatral” (P. Brook)
Y así empieza el teatro universitario, sin más pretensión, con una imperiosa necesidad de comunicar y mucha ilusión. Y todos esos grupos que buscan aulas vacías, gimnasios, salones de actos, pasillos de la facultad, Colegios Mayores… cualquier lugar medianamente tranquilo para poder ensayar, han ido creciendo, han ido aprendiendo, y poco a poco han llegado a ser una gran familia.
Los veteranos con muchos años de experiencia a sus espaldas saben contra que se enfrentan a la hora de montar una obra: que si llego tarde por el metro, que si en mi casa me sabia el texto, que si hoy no ensayo porque tengo examen, este foco se ha fundido, ese filtro era rojo, ¿dónde se compran las telas?, necesitamos maquillaje, tenemos que reciclar la escenografía, ese material es muy caro, ¿de donde sacamos todo eso?, ¿alguien ha encontrado mi sombrero?, ¿donde guardamos todo eso?, el sonido no funciona… Suma y sigue, pero nada puede desanimar todas las ganas que le ponen. Y los grupos de teatro tienen que encontrar soluciones y se dan cuenta de que tienen un amigo de Bellas Artes que hace cosas increíbles, un vecino que va a tirar una mesa vieja, un colega que sabe de música, una prima que tiene una maquina de humos, unas telas viejas que pueden servir, una madre que cose como una profesional, un cuñado con una furgoneta vieja, un abuelo que colecciona todo tipo de trastos… y un puñado de horas a invertir. Una vez cocinados todos los ingredientes crearan algo que existirá sólo durante hora y media, después sólo quedarán recuerdos, reflexiones, sensaciones. El final de un camino y el principio de muchos.
Ahora comienza una nueva temporada y quizás los grupos estén demasiado atareados para formularse las únicas preguntas vitales que dan la medida de toda la estructura. ¿Por qué, para qué el teatro? ¿Es un anacronismo, una curiosidad superada, superviviente como un viejo monumento o una costumbre de exquisita rareza? ¿Por qué aplaudimos y para qué? ¿Tiene el escenario un verdadero sentido? ¿Qué función puede tener? ¿A qué podría ser útil? ¿Qué podría explorar? ¿Cuáles son sus propiedades especiales?
Así que, cuando nos sentemos en el patio de butacas, dejemos que el escenario sea el que hable y podamos escuchar las respuestas.
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