Tiempo de canallas
por Ismael Marinero
Qué mejor excusa para escribir sobre Buenas noches y buena suerte que la inminente gala de los Oscar del
5 de marzo.
Si hay que elegir una
película entre las nominadas, apostamos decididamente por la dirigida por George Clooney, un actor que tenía el as de la dirección escondido en la manga
No hablaremos aquí de la densa fotografía en blanco y negro, ni de las soberbias interpretaciones de los actores, ni siquiera de las costuras del guión; lo que más nos interesa es el tema elegido por Clooney para la película, su apuesta por un cine inteligente y exigente con el espectador y, por encima de todo, la magistral clase de periodismo que se esconde tras sus fotogramas. Aprovechando el reciente estreno del filme y la publicación del Diccionario de la caza de brujas (Inédita Editores) de Javier Coma, queremos profundizar en el ambiente y los conflictivos antecedentes históricos de uno de los episodios más tristes e injustos en la Historia del cine americano.

::: David Strathairn caracterizado como Edward Murrow
McCarthy vs. Hollywood
Si la caza de brujas que tuvo lugar en Hollywood fue un “tiempo de canallas”, como afirmaba la escritora Lillian Hellman, el más canalla de todos fue Joseph McCarthy. El senador de Wisconsin fue conocido principalmente por su persecución paranoide de comunistas y simpatizantes del partido comunista americano, dentro del Departamento de Estado, en los medios de comunicación y hasta en el ejército, inquisición que terminó por devorarle a él mismo. En 1953 fue puesto en evidencia por Edward R. Murrow en su programa televisivo de la CBS See it now , tal y como se encarga de explicar Clooney a lo largo del filme.
Sin embargo, McCarthy no fue el único. Fue el más representativo, la punta visible del iceberg, pero detrás de él estuvieron el presidente Truman, el FBI y un pueblo americano orgulloso de su decisiva, aunque tardía, participación en la II Guerra Mundial. La mayoría de los ciudadanos americanos, aterrorizados por la amenaza comunista (que derivaría en la Guerra Fría), estuvieron dispuestos a conceder cualquier merma en las libertades individuales con tal de repeler al enemigo exterior. El Gobierno de Truman utilizó el miedo como principal arma, para aprovechar las circunstancias y enmudecer cualquier posible disidencia. Algo que sigue presente en el mundo actual, en el que el miedo es una de las principales bazas de los políticos en general, y de la Administración Bush en particular.
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Murrow en la portada de la revista TIME |
Los medios de comunicación entendidos como propaganda política, como bien sabía Goebbels, son un instrumento peligroso, más aún cuando intervienen una incipiente censura y las presiones económicas de empresarios y patrocinadores que sólo se juegan su dinero, no su dignidad. El triste comienzo de la caza de brujas se sitúa en la puesta en marcha del Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso (HUAC) que se dedicó antes de la II Guerra Mundial a investigar a personas sospechosas de apoyar a los nazis o de ser subversivos comunistas. Pero el Comité no tomó verdadero protagonismo hasta la posguerra, cuando consiguió el apoyo de diversos medios ultraconservadores y el republicano Truman fue elegido presidente. El magnate William Randolph Hearst (inspirador del personaje de Kane en Ciudadano Kane ) utilizó su extensa red de medios de comunicación, ejemplo del amarillismo más descontrolado, para secundar la campaña de acusaciones, interrogatorios y comparecencias de personas relacionadas con movimientos liberales y de izquierdas protagonizada por el HUAC.
Pronto se hizo una división entre testigos amistosos y hostiles, entre sospechosos de pertenecer al PCUSA y colaboradores que delataban a sus colegas de profesión, amenazados todos con ser incluidos en una “lista negra” que les impediría seguir trabajando si no contestaban debidamente a las preguntas. Diez personalidades del cine (conocidos como los “Diez de Hollywood”, Dalton Trumbo y Edward Dmytryk entre ellos) fueron sentenciadas a un año de cárcel y mil dólares de multa por no prestar declaración ante el Comité acogiéndose a la Primera Enmienda de la Constitución americana, que supuestamente ampara la libertad ideológica y de asociación. Por el contrario, cineastas como Elia Kazan (y su intento de justificación en La ley del silencio , 1954), tiraron por tierra cualquier intento de detener la histeria anticomunista prestándose a la delación.
Muchos de los nombres que se oyeron en las comparecencias ya eran conocidos por el FBI, pero se trataba de crear la discordia dentro de los medios de comunicación y de humillar y desprestigiar a toda una generación de cineastas, guionistas, actores, locutores de radio y televisión. Los grandes estudios y cadenas televisivas también tuvieron una importante parte de la culpa, por su cobardía al aceptar las listas negras y plegarse a los designios del Comité sin defender a sus trabajadores, que fueron despedidos o “puestos en cuarentena”. Muchos de ellos se vieron obligados a exiliarse o a utilizar seudónimos para poder seguir trabajando como fue el caso de Charles Chaplin o Joseph Losey.
Otro periodismo es posible
La película de George Clooney deja de lado la ingerencia macarthysta en Hollywood y centra sus miras en el papel de la televisión en un momento tan convulso, indagando en los inicios del medio televisivo y reflexionando acerca de la profesión periodística. La valía de Edward R. Murrow (y de la película en cuestión), reside tanto en su lucha por las libertades, como por su defensa de una televisión verdaderamente educativa, reflexiva y valiente. El triste uso y abuso de la televisión actual, empequeñecida por la rendición absoluta del medio a los intereses económicos y tiranizada por las mediciones de audiencia, la ha convertido en “un amasijo de cables y luces”, como el propio Murrow anuncia en su alegato final. En definitiva, es la eterna reflexión relativa al medio televisivo que lo divide entre dos posiciones antagónicas, aquí simplificadas al máximo: reflexión y educación versus diversión y entretenimiento.
La labor del periodista como estricto vigilante de los abusos de poder de los políticos, tiene que ir más allá de inclinaciones partidistas o ideológicas. El propio Murrow no se caracterizaba precisamente por su izquierdismo, pero se enfrentó a McCarthy con la palabra y la imagen como únicas armas, como un deber cívico y ético, demostrando las capacidades de la recién nacida televisión. Uno de los aciertos de Clooney es la presentación de un tema histórico y unas personas reales muy concretas, de los que se puede hacer una lectura universal y actual. La defensa a ultranza de un tipo de periodismo basado en valores morales cuya búsqueda de “la verdad” consigue vencer a la maquinaria del sistema y poner en evidencia a un personaje tan siniestro y manipulador como el senador McCarthy, convierte a la película en una reivindicación de la valiente figura de Murrow, pero también es una lección algo utópica sobre lo que debería ser (y por desgracia no es) la televisión y la profesión de periodista.
En una época de banalización política y de superficialidad cinematográfica, una bofetada de idealismo nos despierta del letargo, y nos muestra un interesante camino a seguir. Clooney enseña sin pudor las entrañas del funcionamiento de un programa de televisión y las inquietudes y pasos en falso de un grupo de periodistas que ponen su futuro profesional en juego. Aún así, afrontan las consecuencias y consiguen poner en evidencia al político frente a las cámaras. Buenas noches y buena suerte es, por tanto, una de esas películas necesarias, lúcidas e intemporales. Una muestra de cine valiente, comprometido y revelador.
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