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MARÍA JESÚS CASALS CARRO
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Resumen La columna es el género periodístico de opinión en el que más claramente se manifiesta el Yo del que escribe por varias razones: por su asiduidad en su cita con los lectores, por sus raíces históricas y literarias y por las funciones que cumple en sus dos formas conocidas, el análisis y la revelación. En todo caso, la columna periodística es el continente de muchos y variados egos cuya misión es tan agotadora como el querer ser joven eternamente: informar, orientar, entretener, deleitar, convencer, persuadir y estar en posesión de la verdad. El columnista no es un embustero por definición. Pero sí le han hecho creer que es inmarchitable, que su opinión es la mejor de todas las opiniones. Jóvenes sin edad, escritores del Yo, malabaristas con las ideas y las palabras. Ayer y hoy. Para mañana, tan sólo algunos avisos destinados a los futuros columnistas porque deben preparar su ego y cultivar la excelencia. Es un trabajo difícil pero de indiscutible utilidad social. De todo ello trata este artículo. |
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Abstract The column is the opinion journalistic genre in which for many reasons the ego of the writer is more clearly shown: because of his regular appointment with the readers, his historical and literary roots and the analysis and revelations that are required of him. In any case, the journalist column is the container of many and varied egos. The column mission -to inform, to guide, to entertain, to delight, to convince, to persuade and to be in possession of the truth- is as exhausting as pretending to keep young for ever. The columnist is not a liar. But he is convinced of being unwitherible, he believes his opinion is the best one. The columnists are ageless, writers of the ego, conjurers of ideas and words. Yesterday and Today. For tomorrow, only some warnings dedicated to the future columnists: they should prepare their ego and should cultivate the excellence. It is an arduous task but has an unquestionable social benefit. |
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La columna periodística: de esos embusteros días del ego inmarchitable MARÍA JESÚS CASALS CARRO
(Artículo de su columna diaria Visto/Oído de El País, 5 de diciembre de 1998)
artículo publicado en El Español el 18 de enero de 1836 Los periódicos pagan bien a sus columnistas. Escribir
en España ya no es llorar como se quejaba Larra: ahora los diarios
pujan por plumas sobresalientes. Hay quien afirma que los columnistas están
de moda pero, en todo caso, es una moda recuperada después del franquismo.
La democracia ha permitido que las diferentes opiniones puedan ser representadas
por múltiples opinantes que más que orientarnos, como debe
hacer el genuino artículo editorial, piensen y sientan un poco por
nosotros y nos reconforten por la expresión de la idea que tenemos
pero que nunca hemos podido formular con esa precisión, o con ese
sentimiento. De tal modo esto es así, que los editores de los periódicos
saben lo que vende un buen columnista, una inversión que logra no
clientes, sino adeptos. A veces importa poco a algunos lectores la línea
editorial; no así la lectura de esos columnistas cuyo éxito
reside en el poder de convocatoria. Ante este constatado hecho, ocurre
que ya no es tan evidente que los columnistas comulguen con la ideología
del periódico que los contrata. Existen diarios muy ideologizados
en los que sería impensable que una determinada firma de ideología
no ya contraria, sino simplemente no concordante, escribiera en él.
Una anécdota curiosa y real puede servir de ilustración:
el escritor, académico y periodista Luis Mª Ansón, director
por entonces del diario ABC, intentó que Francisco Umbral
fuese columnista de su periódico. No pudo ser. Desde el primer día
de la columna umbraliana cientos de cartas de lectores indignados disuadieron
a ambos de semejante empresa. Umbral volvió al periódico
de Pedro J. Ramírez, El Mundo, y relató él
mismo la experiencia en una entrevista publicada por la revista Tribuna
(7.3.1994):
El diario El País proporciona un buen abanico de posibilidades ideológicas con sus columnistas, pero con el cuidado no disimulado de alejarse de las posturas más radicales. Así, nos encontramos en este periódico con firmas como la de Pedro Shwartz, representante de un liberalismo duro, de religión "el mercado". O la de Eduardo Haro Tecglen, un desengañado de las ideologías dominantes que permanece en la atalaya de la utopía libertaria del anarquismo, agudo, crítico, rastreador de fondos, denunciante sin desmayo de las imposturas y engaños del poder, de todos los poderes y de todas las guerras: "Montescos contra otros Capuletos, mientras Julieta se acuesta con su novio. Hasta que cante la alondra" (El País, "Enemigos públicos", 8.5.00). O Manuel Vázquez Montalbán, quien no ha aceptado, como tantos otros, que el haber sido y ser marxista obligue a pedir perdón; y Félix de Azúa, agudo desmitificador de las mentiras y mitos mediáticos, sociales y políticos. De este modo El País también cumple con su obligación pluralista y se asegura un mercado no tan homogéneo ideológicamente como el de ABC; aunque, a decir verdad, ABC está ahora realizando un sano esfuerzo por renovar y ampliar –no en número, sino en estilos ideológicos- su nómina de columnistas. Lo mismo puede decirse de periódicos como Diario-16 -con sus limitaciones presupuestarias- y La Vanguardia y algunos diarios más que tratan de enriquecer sus páginas con reconocidas firmas de diversos colores ideológicos. Esos son los vientos que corren respecto a los columnistas en nuestra prensa. Pero ante el argumento de la moda, es necesario recordar que la columna es, como dice Paul Johnson, mucho más vieja de lo que se cree. Este periodista e historiador inglés la sitúa en el siglo XVI, con Michel Eyquem de Montaigne (Francia, 1533-1592) como columnista fundador, y con Francis Bacon (Londres, 1561-1626) como su sucesor. Por supuesto los escritos de estos dos pensadores eran ensayos y no se ceñían a una periodicidad ni a un espacio fijo en un medio impreso ni a un número limitado de palabras. Tampoco estaban destinados a su publicación inmediata. Montaigne comenzó sus Essais -evoca Johnson- como una compilación de reflexiones personales, y sólo años más tarde, en 1580, los mandó imprimir. Los Essays y Apothegmes de Bacon tuvieron un origen similar. Pero ambos aportaron una forma de pensar escribiendo o de escribir el pensamiento de imprescindible actualidad y referencia. Así lo explica Paul Johnson (1997:14): Montaigne y Bacon "redactaban columnas en el sentido de que sus reflexiones eran breves y regulares, versaban sobre ciertos temas, estaban presentadas con pulcritud y eran muy legibles, y constituían una satisfactoria mezcla de conocimiento, argumentación, opinión personal y revelación de carácter. Los temas de ambos autores -las calamidades, la educación, el arrepentimiento, la conversación, los pensamientos sobre la muerte (Montaigne); y las riquezas, la juventud y la vejez, la amistad, la ambición, el matrimonio y la soltería (Bacon)- aparecen continuamente en las columnas escritas a finales del siglo XX. Estos dos hombres experimentados e inteligentes abordaron muchos de los principales problemas que preocupaban a la gente del siglo XVI, y que también hoy provocan nuestro interés y desconcierto, y que todavía serán piezas del mobiliario intelectual humano mientras dure nuestra raza. Si hoy pensamos escribir una columna sobre la muerte, desde luego echaría un vistazo a lo que dijo Montaigne en su ensayo "Pensamientos sobre la muerte" y Bacon en "Acerca de la muerte". Y si estuviera escribiendo sobre jardinería releería el breve y maravilloso de Bacon "Acerca de los jardines". En esos temas fundamentales nada cambia demasiado en cuatro siglos o, sospecho, en cuatro milenios. Y me gusta pensar que Montaigne y Bacon miran por encima de mi hombro -aunque con expresión desconcertada, irónica e incluso levemente desdeñosa- mientras redacto mi columna ante mi escritorio". Si nos atenemos al sentido estricto de columna periodística en cuanto a sus exigencias de periodicidad, espacio y características literarias, podría situarse su nacimiento durante el siglo XVIII en toda Europa en general coincidiendo con la difusión de los primeros periódicos. Después, durante el XIX, los columnistas se multiplicaron y fueron verdaderos protagonistas de ese periodismo opinativo que convivía con el incipiente periodismo informativo. Aparte de la brevedad necesaria, la característica exigible a las columnas periodísticas es y ha sido desde siempre su calidad literaria. Los recursos retóricos son variados, desde el humor al intimismo, desde la solemnidad al guiño fabulístico. En España ha habido siempre magníficos columnistas, escritores con cita fija para sus lectores. Mariano José de Larra (1809-1837) es quizá uno de nuestros más brillantes antecesores en esta tarea del columnismo. El mundo que le tocó vivir fue decisivo para su desarrollo literario en la prensa. Como revela Leonardo Romero Tobar en su estudio preliminar a la obra periodística de Mariano José de Larra (Fígaro 1997:xvi), la escuela de periodismo en la que Larra cursó su aprendizaje fue "el proceso de cambio experimentado por el mundo editorial español en la transición política y social que se inicia a la muerte de Fernando VII. De un régimen de feroz limitación del moderno derecho a la expresión escrita se accedió en pocos años a un marco de libertad bajo fianza que tutelaban disposiciones legales de urgencia y correosas prácticas administrativas. Aproximadamente en el mismo espacio cronológico, las empresas periodísticas experimentaron un cambio radical en la idea de lo que fuera su función social y, especialmente, en la concepción y diseño de las publicaciones periódicas. De un periodismo de corte dieciochesco, atenido a polémicas y divagaciones ensayísticas impresas en hojas o folletos que reproducían la composición tipográfica de la página de un libro, se pasó a la edición de periódicos y revistas de formato actual y a varias columnas, en las que la información y el análisis de la actualidad más acuciante prevalecían sobre otras formas de discurso. Y todo ello en poco más de media docena de años, el tiempo que corre entre las publicaciones autónomas de Larra -El Duende Satírico del Día y El Pobrecito Hablador- y su vinculación a El Español, el periódico innovador que Andrés Borrego comenzó a publicar en Madrid el 1 de noviembre de 1836" Además de la oportunidad política de mayor espacio de libertad en aquella España, Larra fue también testigo del desarrollo rapidísimo de la tecnología que hacía posible la impresión acelerada de los periódicos y su distribución en las grandes ciudades de un día para otro. La prensa de masas había nacido en España al amparo del impresionante desarrollo tecnológico del siglo XIX, junto a la febril actividad ideológica y, como condición indispensable, bajo la atmósfera de una libertad de conciencia y de expresión que muy poco tiempo antes era impensable en la triste España del funesto Fernando VII. Mariano José de Larra manifestó con audacia, originalidad y genio su convencimiento de las grandes ventajas del periodismo que se iniciaba como actividad verdaderamente profesional -entre 1833 y 1834 sólo en Madrid hubo un incremento de quince a treinta y seis publicaciones periódicas-. Larra vio en el periódico un prometedor medio de comunicación y vehículo expresivo de la escritura personal: dejó en diversos artículos su testimonio acerca del periodismo, el periódico y el periodista. En su etapa de El Pobrecito Hablador, Larra manifestó con claridad sus opiniones liberales, su defensa de la libertad de expresión y su crítica contra la censura absolutista, todo ello aderezado con la excepción de su talento literario. La plena profesionalización de Larra como periodista culminó entre diciembre y marzo de 1833 con su ingreso en la redacción de La Revista Española. Es en esta publicación donde Larra se da a conocer como articulista de costumbres, clasificación dada por los teóricos de la literatura, quienes catalogan por contenidos aparentes antes que por los propósitos de esos contenidos. Allí Larra se dio a conocer por su seudónimo de Fígaro. De la aportación de Larra al periodismo como realidad social, Alejandro Pérez Vidal (Fígaro 1997: LI) concluye: "En su obra periodística Larra se propuso claramente exponer reflexiones y juicios sobre problemas esenciales del intelectual crítico, del ciudadano y de la persona ante el profundo cambio cultural, político y social que se estaba produciendo en su tiempo, tanto en España como en Europa. Lo hizo en formas distintas: el relato o la sátira costumbristas, la sátira y el ensayo políticos, el ensayo de crítica teatral o literaria. En todas esas formas de expresión hay un trasfondo común, que responde entre otras cosas a la voluntad de Larra de elaborar una imagen pública coherente de la figura del escritor". Y Leonardo Romero Tobar (Fígaro 1997: xix-xx), analiza la trayectoria del escritor y periodista sobresaliente que sembró tan decisivas semillas en el periodismo español: La experiencia que acumula en los diez años escasos que dura su trayectoria profesional le muestra todas las caras de la profesión. Por un lado, la vertiente ejemplar del periodista que fundamenta su labor en la independencia de todo poder y en la imparcialidad de sus juicios, en la capacidad para decir lo que no se puede decir, en el complejo amasijo de virtudes y limitaciones de que hace cumplida relación en "El hombre propone y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista". Por otro lado, la terrible servidumbre de la comunicación permanente que obliga a la cautela y la anfibología, cuando no está expuesta al estrangulamiento circulatorio o al expolio de la mala interpretación. El difícil equilibrio entre la fidelidad a los propios propósitos y las violencias con que el poder político y los lectores mediatizan su trabajo conduce a un punto de resignación melancólica que concluye en el desafiante desplante dirigido a los poderes represivos que formula en "Fígaro a los redactores del Mundo" o en la imagen macabra que representa las incursiones de la censura en su intimidad: "Vagaba mi vista sobre la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión" ("La noche buena de 1836", El Redactor General, 26 de diciembre de 1836). Claro está que entre la reacción de 1834 y la de 1836 se interponen los más restellantes acontecimientos de la vida española que él vivió como actor y como cronista, coyuntura en la que confluyen de forma conflictiva las circunstancias públicas y las peculiaridades de su temperamento" Mariano José de Larra y otros escritores como Wenceslao Fernández
Flórez (Santamaría, 1997) enseñaron a medir el éxito
de un columnista no sólo por escribir ideas propias y originales,
sino por ampliar las perspectivas sobre los hechos y realidades, por suscitar
el interés intelectual y el debate, por mejorar las actitudes humanas
y por alentar el pensamiento no conformista que se rebela contra los abusos
y las manipulaciones del poder. El humor es un recurso retórico
de singular eficacia. Aunque sumamente difícil. Es necesario tener
mucho talento, como talento único tuvieron Larra y Fernández
Flórez, para que el humor no degenere en tópica parodia,
en grotesco lugar común, en simple grosería o, en el peor
de los casos, en vil infamia.
1 La cordura del conocimiento
Analista: en el trabajo periodístico, persona que escribe el análisis o explicación objetiva de los hechos noticiados y que aporta los datos precisos para interpretarlos correctamente. Comentarista: en el trabajo periodístico, persona que enjuicia subjetivamente los acontecimientos y que manifiesta de manera explícita su opinión En la más elemental lectura de estas dos definiciones, vemos ya la distribución de campos y de tareas de las labores específicas de la redacción en los medios periodísticos. El análisis corresponde a las funciones propias de la interpretación periodística (o dicho de otra forma, al segundo nivel de profundidad de la información periodística), mientras que el comentario debe quedar reservado meticulosamente a la reducida parcela de opinión. Estas dos maneras de actuar profesionalmente que distingue el profesor Martínez Albertos corresponden a las dos formas que adoptan las columnas en los periódicos. Las columnas analíticas son propias de periodistas especializados en determinadas áreas que explican datos que la noticia como género informativo no puede hacer porque la apartaría de su función de relato urgente de hechos. Las columnas analíticas, además, interrelacionan hechos, ofrecen prospectivas históricas para la debida contextualización del asunto tratado y sitúan con perspectiva las posturas que el hecho en cuestión ha provocado. No suelen juzgar de un modo contundente, es decir, utilizando juicios de valor o de intenciones o categóricos. Dejan esa tarea a un lector que con la aportación sintética y analítica del columnista tiene mayores y mejores posibilidades de hacerlo. Esa es su contribución. Estos columnistas tienen un tono frío, apropiado para esa labor informativa-interpretativa que desarrollan. Por lo tanto, su personalidad como escritores no se basa en el ingenio brillante, sino en la exposición clara e inteligente de las cuestiones tratadas. Es una tarea sumamente intelectual y de gran responsabilidad pública para la que se necesitan conocimientos, contactos, acceso a documentación y fuentes diversas, y especialización. Pero los nombres que presiden este tipo de columnas no son tan conocidos ni apreciados popularmente como los que firman las llamadas columnas personales. En el mundo anglosajón este tipo de columnas analíticas es más frecuente que en España y, en general, que en el mundo latino, más dado a la subjetividad creativa. Pero, no obstante, periódicos más "intelectualizados", como El País o La Vanguardia, tienen algunas firmas en secciones como Internacional, Nacional y Economía que interpretan la información de esas páginas, contextualizándola, en un afán de que no se pierda el lector en el parcelamiento de la realidad que supone la actualidad de cada día. Lo que distingue a la columna analítica es el estilo y el tono empleado en los razonamientos que son desapasionados, abiertos en muchas ocasiones a varias interpretaciones posibles. Pero no hay que perder de vista que esta cuestión de formas, importante por supuesto, no niega en absoluto su condición de columnas de opinión y, por tanto, su pertenencia al macrogénero del articulismo, siempre expresivo, opinativo; y su inducción ideológica, lo cual es positivo en una sociedad democrática. Aunque no ha de confundirse el subjetivismo implícito en todo análisis y en todo juicio con la arbitrariedad y la ideología de campaña. El subjetivismo no es por sí mismo negativo. Sí lo es la parcialidad deshonesta y la ideofobia hacia las ideologías no coincidentes (el huevo de esa serpiente llamada pensamiento único) Los temas que suelen abordar estas columnas analíticas ofrecen un foco de interés en lo social, lo político y lo económico; pero el asunto no es determinante para clasificar una columna como analítica o personal. Así, por ejemplo, un columnista muy conocido como es Federico Jiménez Losantos representa, a pesar de las apariencias que sus temas intentan cubrir, el opuesto al concepto de analista. Jiménez Losantos ha alternado como columnista los periódicos ABC y El Mundo (según sus relaciones con los directores, pareciera que algo complicadas por motivos ideológicos). También ha sido comentarista de una cadena privada de televisión. Jiménez Losantos escribe sus artículos sobre el mismo asunto: política nacional; pero no se le puede considerar un analista, un representante de este tipo de columnistas, porque sus argumentaciones, la clase de sus juicios, su tono y su estilo recrean ante todo su postura ideológica con la que quiere convencer al lector para que piense lo mismo. Es decir, lo suyo es más que inducción; es convicción de la razón que él cree que le asiste sin asomo de duda alguna. Aunque aparentemente analice hechos políticos, se trata de un comentarista, un columnista personal: utiliza sus análisis de hechos como argumentos de autoridad para que su opinión aparezca como la única posible. Lo mismo puede afirmarse de columnistas como Carlos Dávila, Pilar Urbano, M. Martín Ferrand, o –entre otros muchos sin nombrar- el astuto César Alonso de los Ríos, quien sabe cubrir hábilmente las apariencias de la racionalidad discursiva, pero ¡ay! de aquel que discrepe o que refute su pulida argumentación: no hará más que confirmar sus "hipótesis" –auténticos axiomas-. La verdad es que pocos hay en España que puedan catalogarse como columnistas analistas –a pesar de las apariencias- , tan frecuentes, sin embargo, en países anglosajones, sobre todo en Estados Unidos donde son sumamente valorados. Una vez más no son los temas ni los asuntos tratados los que definen unas categorías sino las formas humanas de actuación. No es posible, pues, clasificar cuestiones intelectuales por objetos; sí por los modos y formas que utilizan los sujetos. A la columna analítica no hay que presuponerle una especie de asepsia ideológica ni mucho menos neutralidad. Es el tono y la información aportada lo que la distingue de la otra clase de columnas. Ya el hecho de que alguien dirija nuestra atención hacia unos datos y con el enfoque de la relación de sucesos, con la predigestión que todo ello supone, implica cierta toma de postura por parte del columnista analítico que influirá sin duda en sus lectores. Pero deja una mayor sensación de libertad de pensamiento. El lector es inducido, pero la conclusión final le pertenece y la posible discrepancia es mucho menos airada. Este estilo, si se quiere elegante y alejado de toda postura narcisista o dogmática, lo requieren lectores que aprecian ciertas formas en la opinión. Pero no puede decirse que gocen de éxito mayoritario. Los dos periódicos españoles que más cultivan este tipo de columnas son El País y La Vanguardia. Las reparten en sus secciones informativas y ambos periódicos han aumentado la presencia de estos articulistas-analistas. Miguel Ángel Bastenier es en Internacional de El País un ejemplo de mezcla entre análisis, opinión e información muy poco frecuente en otros periódicos españoles. Otro, José María Brunet de La Vanguardia. Se trata de un analista desapasionado -como mandan los cánones de la mejor tradición anglosajona- que escribe sobre cuestiones de política nacional, tema proclive siempre a posturas muy radicales, ya sea en el sentido de una total defensa de unos o de un total ataque hacia los otros. Brunet aborda con cierta mesura las cuestiones espinosas de la política de partidos, y sus análisis crean un clima de pragmatismo muy poco frecuente en las páginas de los periódicos madrileños. José María Brunet escribe bien y su capacidad de síntesis es llamativa. Los análisis, claros. Ambos columnistas –hay más, por supuesto- representan a esta clase de analistas que se buscan para la orientación, no para el esparcimiento ni para el reforzamiento de opiniones particulares. Su tono relajado, a veces didáctico, implica al lector en esa reflexión a la que le induce. Pero, precisamente por ello, no serán nunca la clase de columnistas que despierten esas emociones intensas que sí pueden lograr aquellos otros escritores que en seiscientas palabras recrean un mundo de complicidades – o de desasosiego- con el lector. Indudablemente, cuando el destacado representante histórico del columnismo norteamericano, Walter Lippman, afirmó que un columnista es ante todo un escritor de editoriales firmados y que columnismo y editorialismo son dos actividades que si no son idénticas poco les falta para serlo, estaba concibiendo a un determinado prototipo de columnista anglosajón que vende ante todo independencia y conocimiento, que escribe y analiza la realidad con un tono reflexivo y con una argumentación que busca la lógica, aunque yerre o no alcance la verdad. A la vista de lo que ocurre en nuestra prensa, la afirmación de Walter Lippman no es muy aclaratoria respecto de la actual prensa española. Por varias cuestiones: los editoriales de esa prensa referencial norteamericana, y especialmente The Washington Post, periódico para el que escribió como columnista Walter Lippman durante muchos años -su columna, "Today and Tomorrow" se hizo famosa en todo el ámbito periodístico no sólo de Estados Unidos sino también en Europa-, y al que confirió un sello y un estilo muy característico, son artículos cuidados en el sentido de no ser extremistas sino prudentes a la hora de juzgar hechos y personas. Ese estilo ya lo cultivó Lippman durante sus 50 años como escritor de artículos editoriales y como director de la página editorial del periódico The New York World. Según cuenta el periodista estadounidense Philip Geyelin en La página editorial (1989:18), este trabajo de Lippman fue un modelo en su género. La propietaria del The Post, Katharine Graham, así lo hace constar también en un artículo sobre la página editorial de su periódico (La página editorial, 1989: 7-15) En las memorias del periodista Benjamin Bradlee (1996), director que fue del Post durante un largo tiempo plagado de hechos históricos -entre 1968 y 1991-, y que forma ya parte de la historia del periodismo entre otras cosas por haber dirigido a los reporteros del caso Watergate, se manifiesta claramente esa preocupación por mantenerse a una distancia de los hechos y de sus protagonistas que les garantice cierta independencia de criterios. The Washington Post no es un diario neutral -no los hay- pero cultiva un estilo analítico alejado de posturas doctrinarias en el ámbito de lo político -no así en temas considerados como menores: en su sección "Estilo" escriben columnistas muy polémicos por sus juicios hacia personas famosas, pero se halla dentro de unas páginas de "cotilleo social"-. Esta especie de mesura -que no ausencia- ideológica constituye una de sus señas de identidad. De modo que el concepto de columna que Walter Lippman teorizó corresponde a la escrita por el analista especializado, estudioso y responsable, que se debe a sus lectores porque de él esperan explicaciones, y no sentencias ni argumentos modelados por pasiones sino por razones capaces de alejarse un poco del bosque ideológico. Un concepto muy anglosajón que en España -ni en Europa- no cuaja como sí lo ha hecho en Estados Unidos, país de tradición más pragmática. Un columnista analítico especializado en política nacional del Washington Post, George F. Will, (La página editorial, 1989: 115-117) reflexionó sobre su trabajo y acerca lo de que significa socialmente ser escritor de columnas con esta declaración: "Las organizaciones noticiosas, en especial las de Washington, tienden a definir la "noticia" en forma muy estrecha. Esto es comprensible debido al intenso torrente de hechos, especialmente en Washington. Pero una estrecha definición de la "noticia" lleva a una estrecha noción de lo que es "informar". En una sociedad compleja, tal como la nuestra, un columnista especializado debe tener mucho de qué informar, en vez de andar recopilando lo que piensan, o qué se piensa, de los funcionarios públicos. La mayor parte del material informativo lo proceso en la Biblioteca del Congreso, o en mi oficina, al leer decisiones de la Corte, publicaciones especializadas y periódicos" (...) "Creo, y estoy convencido de que muchos norteamericanos que piensan también lo creen, que la calidad de vida depende de las maneras que prevalezcan y no de los políticos que prevalezcan. Lo que llegue a las salas de los hogares norteamericanos a través de la televisión, lo que reciban los niños en las escuelas, lo que se enriquezca la cultura por la edición de nuestros libros, todo esto interesará más a los lectores que la información de quién sube y quién baja en el ordenamiento interno de la Casa Blanca" (...) "Lo que hizo de Van Gogh un genio fue su particular forma de ver los girasoles. Lo que distingue a un valioso columnista es su particular forma de ver el paisaje social. Es habilidoso ver aquello que todos ven, pero no en la misma forma en que todos lo ven". Respecto a sus lectores, George Will concluye: "Creo que lo que les brinda más placer como lectores es lo que me da más placer como escritor: un trabajo ejecutado con precisión y con un toque de estilo personal" En España existen columnistas con las características
señaladas por George Will pero son muy escasos en comparación
con aquellos columnistas que cultivan la forma de lo personal y subjetivo
como valor; y también menos populares. Aunque sí respetados
por su racionalidad. Pero describir como hace Will el oficio de columnista
como el de alguien que tiene mucho de lo que informar más de lo
que opinar y que su bagaje de conocimiento lo adquiere en la Biblioteca
del Congreso y en publicaciones especializadas pacientemente leídas
y analizadas es todavía en nuestro país como imaginar la
nieve en el trópico.
A veces para definir y explicar un concepto ouna actividad se recurre a la redundancia porque no resulta posible evitarla: así, hablar de columna personal es redundar porque el propio concepto de columna lleva implícito la cualidad de lo personal. Ocurre lo mismo cuando hablamos de periodismo de calidad; en realidad, si no es de calidad seguramente ya no es periodismo sino espectáculo o sensacionalismo o cualquier otra cosa. También cuando con un poco de hinchazón se habla del periodismo de investigación como si el resto de la actividad periodística no precisara de la investigación constante para existir (y resistir). Pero, en fin, hablamos -y sabemos por qué lo decimos- del periodismo de calidad, del periodismo de investigación y ahora, porque nos ocupa, de la columna personal para referirnos con este último sintagma a un artículo de opinión firmado por un autor de presumible valía literaria -aunque a veces irrite la presunción por fuera de lugar-, con seguidores ideológicos o simplemente admiradores de su estilo, y que aparece publicado en el mismo diario con periodicidad y en el mismo espacio reconocible. En esos embusteros días en que era joven, yo mecía mis hojas y mis flores al sol: hoy puedo marchitarme entrando en la verdad" Johnson aclara que el conocimiento se compone de muchos ingredientes. Entre ellos cabría destacar -por su apariencia antitética con el concepto de conocimiento- al saber mundano, el viajar mucho y el conocer a mucha gente, desde los humildes a los poderosos: "el buen periodismo siempre trata sobre la gente. Un argumento o impresión es más eficaz si está apuntalado por hombres y mujeres reales" (1997:18). Los idiomas, sin embargo -dice Johnson-, no importan tanto para el buen columnista. Pero sí escribir y comprender la propia lengua a la perfección. Y el conocimiento histórico, absolutamente esencial, según Johnson. Las lecturas son el segundo requisito. Imposible escribir bien y con un contenido interesante si se carece de un amplísimo bagaje cultural. Lecturas que no sólo atañen a lo estrictamente literario -poesía, novela, teatro- sino también a aquellos otros temas de conocimiento que llenan nuestro mundo: historia, filosofía, viajes, biografías, arte y literatura, cine, economía, política y religión. La tercera clave del arte del columnista es, según sigue explicando Paul Johnson, el instinto para las noticias. El escritor de columnas no debe olvidar que ante todo es periodista y se dirige a un lector que busca siempre la novedad (1997:21): "la mejor columna es la que responde a la novedad, la vincula con el pasado, la proyecta al futuro y expone el tema con ingenio, sabiduría y elegancia. La noticia puede ser sobre cualquier cosa: geopolítica, problemas locales, ciencia, literatura, modas, arte, el drama, la sociedad, la religión. Su gravedad no importa; pero debe ser algo nuevo, no un tema trillado sobre el que han machacado durante semanas. Un buen columnista sabe detectar un tema de interés que avanza hacia el frente y disparar sus cañones antes que el campo de batalla esté pisoteado y cubierto de humo. En ocasiones es buena táctica tomar el tema de la última semana y verlo de forma inversa, pero sólo si tenemos una perspectiva válida y perspicaz que sea contraria a las opiniones convencionales" El cuarto punto es la necesidad de variedad y de oportunidad. Johnson cuenta que como columnista ha abordado infinidad de temas pero se piensa cuánto y cuándo escribe sobre alguno determinado: "trato de no escribir sobre religión más de cuatro veces al año, y nunca en Navidad ni en Pascua, cuando lo hacen todos los demás. Por otra parte, escribo por lo menos cuatro artículos al año donde cito a Dios". El quinto y último criterio trata sobre la revelación del carácter del columnista. La vanidad es el pecado capital de este tipo de periodista escritor, pecado que le obliga a esa actitud del sabihondo, lo cual es insoportable como reconoce Johnson. En raras ocasiones se puede usar la columna para promover una causa personal, acudir al rescate de un amigo en apuros o evocar a alguien que conocimos y de otra manera dejaría de ser mencionado. Estos supuestos apuntados por Johnson podrían ampliarse dada la realidad de la columna personal en España. Así, podríamos añadir que el columnista no debe utilizar ese espacio privilegiado para hundir al enemigo, para vilipendiar, infamar o ampararse en la libertad de expresión que la Constitución española le reconoce para acusar sin pruebas, tratar de influir en causas judiciales o hacer política partidista desde su tribuna. Paul Johnson lo define en una sola frase: no explotar nuestro poder de columnistas con fines personales. Ello no está reñido con la libertad de crítica ni con la libertad de expresión ni con ninguna otra libertad individual. La templanza en los juicios y el respeto a los derechos y libertades de los demás no cercena el ingenio ni tampoco impide buscar la verdad. Todas las observaciones anteriores son muy oportunas para el columnista
político –no sólo porque aborda la política nacional
y sus personajes sino también porque realiza su propia política:
influyente, aunque tal vez mucho menos de lo que él mismo se figura-
y depositario de confidencias múltiples pues se las arregla para
situarse cercano a la cocina del poder –a veces, tan sólo utilizado
como pinche de esa cocina-. El columnista de esta naturaleza es fácil
que devenga en un ser vanidoso, algo déspota y curiosamente dogmático:
la mayoría de las veces se niega a reconocer el fracaso de sus pronósticos,
y utiliza los hechos con la única intención de confirmar
sus argumentos ideológicos. Suele caer en la tentación de
excluir al que discrepa. Por eso creo que los requisitos apuntados por
Paul Johnson responden más a la necesidad de la crítica –incluso
autocrítica- de una actividad periodística que ha hecho del
"Yo" una selva tupida de retóricas que no deja vislumbrar horizonte
alguno. Y lo peor es que ese Yo es en muchas ocasiones terriblemente convencional.
De todos modos, los consejos del británico Johnson conciernen más
a los columnistas venideros. Los ya instalados no dejarán de asentir
con cierta condescendencia. Tal vez por eso, David Randall (1999: 209),
también británico, en su reciente libro sobre periodismo,
sólo les dedica a los columnistas las siguientes tres líneas:
JOHNSON, Paul (1997): Al diablo con Picasso y otros ensayos. Buenos Aires: Javier Vergara Editor LARRA, Mariano José de (1981): Fígaro (Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres). Edición de Alejandro Pérez Vidal y Estudio de Leonardo Romero Tobar. Madrid: Crítica LÓPEZ HIDALGO, Antonio (1996): Las columnas del periódico. Madrid: Libertarias/Prodhufi MARTÍNEZ ALBERTOS, José Luis (1991): Curso general de Redacción Periodística. Madrid: Mitre RANDALL, David (1999): El periodista universal. Madrid: Siglo XXI SANTAMARÍA SUÁREZ, Luisa (1997): Géneros para la persuasión en Periodismo. Madrid: Fragua THE WASHINGTON POST (1989): La página editorial. México: Guernica UMBRAL, Francisco (1994): Las palabras de la tribu. Barcelona: Planeta |
La columna periodística: de esos embusteros días del ego inmarchitable MARÍA JESÚS CASALS CARRO
Profesora Titular de Periodismo. UCM