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La cosmología no cesa de
sorprendernos: estrellas de neutrones, estallidos
de rayos gamma o agujeros negros configuran un
universo evolutivo lleno de una insólita fauna de
extraños objetos celestes. Todo un triunfo del
espíritu humano, oscurecido por algunas
perplejidades, como no saber qué cosa son la
materia y la energía oscuras, necesarias para que
cuadren los números pero que no entendemos bien.
Se supone, al menos, que sabemos todo lo que puede
pasar dentro del sistema solar, nuestro patio
trasero, desde la muy precisa cartografía
elaborada por la misión espacial Viking. Como
muestra, conocemos la distancia entre Marte y la
Tierra con un margen de error de unos 200 metros,
mejor que saber la altura de la Giralda con una
imprecisión de una milésima de micra. Nada debería
poder sorprendernos en este nuestro patio. O quizá
sí. Un equipo de la NASA dirigido por John
Anderson anunció en 1998 algo muy extraño. La nave
Pioneer 10, lanzada en 1972, parecía apartarse
poco a poco de la trayectoria que debería seguir
según las teorías de la gravitación de Newton y
Einstein. Al observar su viaje mediante señales de
radio de ida y vuelta, encontraron sorprendidos
que las ondas volvían con una frecuencia diferente
y más alta de lo previsto, creciendo con el tiempo
la diferencia si bien muy despacio
(adiabáticamente en la jerga de la
física).
Es algo así como si enviásemos
rayos de luz roja a un espejo y vemos que vuelven
con un color que poco a poco se va corriendo
progresivamente hacia el azul. La interpretación
más inmediata y estándar es que se trata de un
caso del llamado efecto Doppler, debido al
movimiento de la nave que se alejaría del Sol más
despacio de lo debido. Eso indicaría que nuestra
estrella tira de ella con una fuerza extra, además
de la de Newton, cuyo origen desconocemos y que no
depende de la distancia. El fenómeno se pudo
confirmar en otras sondas, las Pioneer 11, Ulysses
y Galileo. Puede parecer un efecto pequeño, de
hecho la variación inexplicada de la velocidad del
Pioneer no pasa de una diezmillonésima de
centímetro por segundo cada segundo, pero eso
implica hasta 30 centímetros por segundo cada 10
años, algo perfectamente medible para NASA.
Michael M. Nieto, que se incorporó al equipo
cuando ya se habían iniciado las observaciones,
cuenta su sorpresa: “Cuando me enteré de la
magnitud del efecto, me caí de la silla del
susto”.
Anderson y sus colegas habían
comprendido pronto que algo raro pasaba con el
Pioneer 10, a los pocos meses de su lanzamiento en
1972, pero al principio la señal era borrosa por
la perturbación del viento solar. Hacia 1975,
cuando ésta había disminuido al alejarse la nave
del sol, se convencieron que la cosa iba en serio.
Pero, como el resultado era tan contrario a la
llamada current wisdom o conocimiento
aceptado, se dedicaron a buscar en qué podrían
haberse equivocado, pues el proceso de medida era
de enorme complejidad. Tras examinar durante 25
años todas las posibles o imaginables causas de
error sin encontrar ninguno y viendo que la señal
se mantenía clara y distinta, publicaron un primer
artículo en 1998 anunciando una posible nueva
fuerza del sol y sugiriendo que quizás el efecto
sólo se podría explicar con “nueva física”. Pero
la reacción general fue de gran escepticismo. Por
un lado, esa nueva fuerza resulta incompatible con
las bien conocidas efemérides de los planetas;
además no afectaría a sus órbitas, en contra del
llamado principio de equivalencia, pieza clave de
la física gravitatoria, según la cual todos los
cuerpos experimentan la misma aceleración en un
campo de gravedad. Pero entonces, ¿qué agente
causa el cambio de la frecuencia? La Anomalía
sigue sin explicación, treinta años después de ser
descubierta, sirviendo de recordatorio de los
límites de nuestro conocimiento. Postulamos que
hay materia oscura para explicar cómo pueden girar
tan deprisa las galaxias, pero no tenemos ni idea
de en qué consiste. Por eso el premio Nobel
Martinus Veltmann dice críticamente: “Intentamos
explicar algo que no entendemos mediante algo que
no vemos”. ¿Podría ser que la materia y la energía
oscuras sean dos indicaciones de que ignoramos
algo fundamental sobre el espacio, el tiempo y la
gravedad, o sea dos maneras de esconder el polvo
bajo la alfombra?
Anderson y su equipo
intentaron una segunda interpretación de sus
datos, especulativa y difícil de entender. Dicen
que el fenómeno se parece a “una aceleración de
los relojes”, algo así como “una inhomogeneidad
del tiempo cósmico”, pero son incapaces de
precisar tal idea (¿respecto a qué podría acelerar
el tiempo?) y la abandonan al encontrar
contradicciones insalvables. Pero la evidencia del
efecto se hace más clara; el tema se va calentando
poco a poco y ya no se niegan los datos. Se
interesa la Agencia Europea del Espacio (ESA) y se
diseñan misiones para observarlo. Algo importante
podría estar tras la segunda interpretación de la
Anomalía; quizá sea necesario revisar a fondo
nuestras ideas básicas sobre el universo. Es una
idea incitante que sugiere una vía de explicación,
pero repensar el tiempo no es cosa fácil.
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