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Einstein era un pensador fuerte cuya teoría más
famosa tiene un nombre desafortunado dado por Planck. Él
empezó a llamarla “Electrodinámica de los cuerpos en
movimiento”, demasiado largo, y también le gustaba
“Teoría del invariante”. Con independencia de su nombre,
se refiere a dos cosas distintas: a los estados de los
sistemas físicos, como un electrón o el sistema solar, y
a las leyes que rigen su comportamiento, la gravedad o
el electromagnetismo, por ejemplo.
Los primeros
son descritos de maneras diferentes según quien los
observa, por eso son relativos, pero las segundas, lo
más importante, son las mismas para todos los
observadores. En ese sentido, hay algo absoluto en toda
visión física del mundo: la materia se comporta de igual
modo, siguiendo las mismas leyes, en todos los lugares y
en todos los tiempos. Ningún relativismo puede ampararse
pues en la teoría de la relatividad. A lo largo de su
vida, Einstein cambió su modo de combinar el
razonamiento puro con los datos de la experiencia. Si
bien era un racionalista en la tradición de Descartes,
Galileo, Spinoza y Newton, también prestó atención al
empirismo bajo la influencia de Hume. En sus años de
formación, llegó a entender su trabajo como la búsqueda
del conocimiento de un mundo objetivo extrapersonal,
llevada a cabo desde su interioridad.
En un
ensayo autobiográfico escrito poco antes de morir, nos
lo dice: “Allí fuera descubrí un mundo inmenso que
existe con independencia de los hombres y que se nos
presenta como un enigma grande y eterno, accesible, al
menos parcialmente, a nuestros sentidos y a nuestro
pensamiento”. Era filosóficamente un realista y
advertía: “Ese mundo no coincide ni con nuestras
sensaciones ni con nuestras construcciones lógicas”.
Pero el peso que él dio a cada uno de los dos términos
de esta gran antinomia cambió a lo largo de su vida,
hasta concentrarse casi con exclusividad al final en el
pensamiento puro. En ese camino pasó por tres etapas,
brillantes las dos primeras en las que creó sus dos
relatividades, estéril la última, dedicada a una
búsqueda infructuosa, trágica y triste de una teoría
final. En su juventud solía reunirse con sus amigos
Habicht y Solovine para discutir sus lecturas de grandes
obras de ciencia, filosofía o literatura (entre ellas,
por cierto, estuvo El Quijote). Una muy
importante para él fue el Ensayo sobre el
entendimiento humano de Hume. Einstein quería saber
hasta dónde se puede conocer el mundo. Para Hume es
imposible llegar a las causas de lo que observamos, sólo
se pueden conocer los datos de la
experiencia.
Aunque a Einstein le había
impresionado mucho esa opinión, mantuvo durante toda su
vida un firme convencimiento de que sí es posible
conocer las leyes objetivas que rigen la naturaleza,
pues las relaciones causales pueden deducirse, hasta un
cierto punto, razonando sobre los datos de los sentidos.
Pero, a pesar de ese desacuerdo, la influencia de Hume
fue decisiva para él, si bien de un modo negativo (que a
Hume le habría gustado). No para elaborar una visión de
la ciencia, sino para eliminar algunos conceptos, en
especial el de simultaneidad a distancia. Mediante un
análisis teórico concluyó que no existe ningún
procedimiento operacional para dar sentido a la
afirmación de que dos sucesos son simultáneos para todos
los observadores si ocurren en distinto lugar, en contra
de lo que suponía a priori la física newtoniana (cabe
decir que el efecto sólo es apreciable a distancias
astronómicas por la gran velocidad de la luz). Para
eliminar esa hipótesis implícita inadecuada, tuvo que
cambiar las leyes de Newton del movimiento y las ideas
sobre el espacio y el tiempo. O sea, crear la
relatividad especial en 1905. Karl Popper cuenta en su
autobiografía que una lectura de Einstein sobre este
punto le sugirió su famoso “criterio de falsación". Poco
después, Einstein empieza a construir la relatividad
general, una teoría de la gravedad que trasciende a
Newton y es su obra más propia,. Empezó a pensar que, si
bien un empirismo radical es beneficioso en los primeros
estadios de ciencia, cuando ésta se ocupa de objetos más
alejados de nuestra intuición “ya no puede surgir
únicamente de lo empírico, es necesaria la libre
invención de conceptos que sólo se comparan a posteriori
con la experiencia”. Pero eso no significa que esos
conceptos inventados sean arbitrarios. El contraste con
la observación se les aplica inflexiblemente y sólo se
establecen cuando llegan a pasar esa dura prueba. Para
entender el alcance de esta idea, cabe recordar que el
concepto inventado más famosos es el de átomo, que tuvo
que esperar más de 20 siglos desde Leucipo y Demócrito
hasta poder pasar el examen experimental, ya en el XX.
Esa libertad intelectual le rindió el ciento por uno
pues, inventando nuevos conceptos, pudo crear su
relatividad general, base de la cosmología de hoy. Ante
un triunfo de tal magnitud, su confianza en el
pensamiento puro creció de tal modo que se aflojaron sus
lazos con la experiencia y empezó a preocuparse más por
los símbolos matemáticos que por las cosas que ellos
representan, fascinado por el vano intento de hallar la
teoría final, perfecta y definitiva, explicadora de
todo, mediante un conjunto reducido de relaciones
matemáticas, pues “la tarea suprema de la física es
encontrar unas pocas leyes básicas, de las que todo el
comportamiento de la materia pueda obtenerse por pura
deducción”. En palabras de Freeman Dyson, intentaba
“reducir todo el conocimiento del mundo a unas pocas
manchas de tinta en un papel”. Encerrado en esa obsesión
durante los últimos treinta años de su vida, su
desinterés por lo empírico le llevó a hacer elecciones
desafortunadas. Se opuso tenazmente a la forma que había
tomado la teoría cuántica, uno de cuyos padres
fundadores fue sin embargo, afirmando de ella que no
puede ofrecer una visión completa de la realidad pues
sólo es un capítulo provisional hacia otra teoría
posterior.
Se suele decir que se equivocó
completamente en un famoso artículo escrito en 1935 con
sus colaboradores B. Podolsky y N. Rosen, el episodio
principal de su largo debate con Niels Bohr que contiene
el llamado argumento EPR. Pero la cosa no fue tan
simple. Einstein y sus coautores llegaron correctamente
a la conclusión de que la teoría cuántica es
incompatible con una filosofía realista y local (o sea,
con la existencia de un mundo exterior a nuestra mente e
independiente de ella, en el que toda acción se propaga
con velocidad finita). Ese es un descubrimiento de
primera magnitud, fundamental para entender cómo se
comporta la materia. Tenían razón: debemos elegir sólo
uno de esos dos términos. Pero su alejamiento de las
cosas que se ven y se tocan le jugó una mala pasada al
llevarle a elegir su querido realismo local cuando había
que optar por la teoría cuántica. Esa actitud explica
también su fuerte hostilidad a la idea de agujero negro,
que le llevó a considerarlos como una mancha en su
teoría, intentando demostrar que son imposibles. Es algo
muy sorprendente pues es uno de sus mejores timbres de
gloria, consecuencia ineludible de su propia relatividad
general, la más importante para muchos. Einstein es una
de las figuras más grandes de la historia del
pensamiento gracias a su confianza en la razón humana.
Usó maravillosamente bien la suya mientras la combinaba
con la atención a cómo se ven las cosas, pero se
equivocó después al encerrarse en ella, desentendiéndose
de la observación del mundo, más complejo y diverso de
lo que él creía. No falló entonces su pensamiento sino
su manera de usarlo. Esta constatación no es ociosa en
estos tiempos de pensamiento débil.
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