“La ciencia económica necesita una reforma fundamental y ahora es el momento del cambio”. Así comienza un documento-manifiesto, conocido como “Propuesta de Kansas City”, elaborado por investigadores, profesores y estudiantes de 22 países reunidos durante una semana en la Universidad de Missouri en Junio del año pasado. Las preocupaciones expresadas en dicho documento enlazan con otras planteadas a lo largo de los últimos años en el Reino Unido –manifiesto del “movimiento de Cambridge”-, Francia -“movimiento económico postautista“-, y en otros países de nuestro entorno.
Este movimiento de fondo, presente en muchas universidades y que cuestiona abiertamente los enfoques convencionales de la docencia y la investigación en economía, refleja en buena medida el creciente rechazo al monolitismo teórico instalado en los círculos más influyentes de la academia, desde una hegemonía que contrasta con su manifiesta incapacidad para analizar y explicar los problemas reales de nuestro tiempo. A lo largo de los últimos años, el pensamiento económico dominante ha renunciado a su labor de estudiar la "administración recta y prudente de los bienes" en su sentido aristotélico, para dedicarse al único afán de justificar con argumentos pretendidamente científicos la defensa a ultranza del dominio del mercado sobre la sociedad, dejando de considerar a aquél un instrumento al servicio de ésta y convirtiéndolo en un fin en sí mismo.
En la actualidad, la ortodoxia económica dominante trata de imponer sus endebles planteamientos al margen de cualquier contraste empírico. Sus asertos, de supuesta validez universal, se refugian la mayor parte de las veces en sofisticadas abstracciones, alejadas de las pautas de las ciencias sociales, para así poder escapar al ejercicio de la libre refutación. Y cuando, de tarde en tarde, los guardianes de dicha ortodoxia se ven abocados a responder de clamorosos fracasos cosechados por los ejecutores de sus propuestas, siempre acaban encontrando respuestas en asuntos que, previamente, no habían integrado en sus análisis por considerarlos ajenos a su peculiar visión de la economía (léase propios del funcionamiento social). Decía Mario Bunge en su ensayo sobre Economía y Filosofía que "no tiene nada de vergonzoso el que una hipótesis científica sea refutada. Lo que sí debiera avergonzar es el aferrarse obcecadamente a hipótesis en ausencia de datos o en presencia de datos adversos. Y cuando se usa de hipótesis notoriamente falsas para fundamentar políticas que afectan al bienestar de millones de seres humanos, estamos ante la presencia de un escándalo". Es ese escándalo protagonizado por el análisis económico dominante el que nos impele a plantear abiertamente la necesidad de una reforma en profundidad de la docencia y la investigación en esta nuestra materia de especialización. Una reforma que, en línea con lo apuntado en el citado documento de Kansas City, debería tener en cuenta, cuando menos, los siguientes aspectos:
1.- La necesidad de una concepción más amplia del comportamiento humano, que supere la estrecha definición del "homus economicus" como ser autónomo y optimizador, considerado al margen de cuestiones clave que moldean la psicología económica de las personas como el instinto, los hábitos, el género, o la condición social.
2.- La importancia de reconocer la cultura -integrada por todo un conjunto de instituciones y sistemas de valores sociales, políticos y morales- como raíz de los fenómenos sociales, incluidas las actividades económicas. Esos valores e instituciones moldean el comportamiento humano, permitiendo o limitando la realización de elecciones particulares, y creando identidades sociales o comunitarias que pueden influir en aquél.
3.- La consideración de la historia como marco en el que estudiar y analizar los procesos económicos. La realidad económica y social es más dinámica que estática, y los economistas no pueden eludir la investigación del cómo y el porqué cambian las cosas a lo largo del tiempo y el espacio. El análisis histórico debe constituir un instrumento fundamental en la metodología de la ciencia económica.
4.- La necesidad de una nueva teoría del conocimiento capaz de superar la tradicional y problemática dicotomía entre lo positivo y lo normativo. Se hace necesario reconocer que los valores del investigador se encuentran comprendidos, de manera consciente o no, en la propia investigación científica y en las afirmaciones que surgen de la misma. Este reconocimiento, y la superación del binomio "valores/hechos" debe permitir un juicio más sofisticado de la realidad y más próximo a las exigencias del conocimiento.
5.- La consideración de la medición empírica como instrumento fundamental capaz de fundamentar las afirmaciones teóricas que se realizan. En este sentido, la tendencia a privilegiar los aspectos teóricos, con un elevado grado de abstracción, en la enseñanza de la economía, sin la necesaria referencia a la observación empírica, plantea importantes dudas sobre el realismo de las explicaciones.
6.- La ampliación de los métodos de análisis como requisito para avanzar en la comprensión de los fenómenos económicos. Es preciso limitar la utilización exclusiva y abusiva de modelos formales y econométricos, dejando lugar para otros procedimientos como la observación, el análisis discursivo, los estudios de caso, etc., capaces de ampliar el estudio de los fenómenos desde diferentes perspectivas, mediante técnicas de asociación de las informaciones que pueden ofrecer nuevas y más completas percepciones de la realidad.
7.- Por último, se hace imprescindible el diálogo interdisciplinar. Los economistas, además de reconocer que existen diversas escuelas de pensamiento dentro de nuestra disciplina, debemos conocer los desarrollos en otras afines, particularmente en el campo de las ciencias sociales, que nos brindan herramientas imprescindibles para el análisis de la realidad en la que se enmarcan los fenómenos económicos.
En la actualidad, la formación que se imparte en nuestras facultades tiende a desalentar en los economistas la preocupación por los temas más arriba mencionados. A diferencia de otras épocas pasadas, nos encontramos sin apenas espacio para el debate filosófico y metodológico, precisamente en un momento como el actual, en el que la naturaleza de los problemas a los que nos enfrentamos hace más necesario que nunca dicho debate. Estamos ante la imposición en toda regla de un pensamiento uniforme y monolítico que, además, trata de fortalecer su hegemonía negando al resto el pan y la sal. Lo que no es sino una manera de analizar y estudiar las cosas, el punto de vista de una escuela de pensamiento concreta, se presenta como la ciencia económica en su conjunto, lo que constituye, objetivamente, un planteamiento autoritario y antidemocrático y un ataque al libre contraste de ideas que es la esencia del quehacer intelectual.
Los estudiantes con mentalidad crítica o inquieta deben enfrentarse a la infeliz elección de abandonar sus intereses especulativos y su curiosidad intelectual si quieren progresar profesionalmente, o abandonar la economía para encontrar acomodo en otras disciplinas más hospitalarias para la reflexión y la innovación. Por nuestra parte, los docentes e investigadores que tratamos día a día de abrir nuevas perspectivas teóricas y metodológicas en el estudio de la economía nos vemos enfrentados al ostracismo y la marginación, como consecuencia de una evaluación sesgada de nuestro trabajo que desprecia y penaliza las publicaciones que realizamos. Porque, en definitiva, nuestra promoción dentro de los departamentos, y nuestras propias retribuciones, dependen de la puntuación que reciben nuestros trabajos de investigación según el tipo de revista en que hayan sido publicados. Pero, claro, para los defensores de la ortodoxia oficial –juez y parte en este asunto-, dichas revistas no van más allá de un reducido número en el que, casualmente, no encuentran sitio las investigaciones que se apartan de la teoría y la metodología hegemónicas, consiguiendo así perpetuar su dominio, a la vez que marginan al resto.
Paradójicamente, cuanto más necesaria es la renovación y la ampliación de horizontes para poder explicar los fenómenos económicos de nuestro tiempo, mayores son las resistencias al cambio por parte de quienes ejercen el control sobre la disciplina en nuestras universidades, y mayores son sus esfuerzos por marginar a los economistas críticos. Ya escribió Galbraith que "quienes se benefician del status quo se oponen al cambio, y también aquellos economistas que tienen intereses creados en algo que siempre han enseñado y creído". Flaco favor para una ciencia de la que la sociedad espera algo más que sofisticadas y elegantes abstracciones.