DE MONOIDE A ESPECIE BIOLÓGICA: AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL CONCEPTO DE LENGUA
clac 7/2001
Enrique Bernárdez
Universidad Complutense de Madrid
0. Introducción:
el problema
¿Qué es una “lengua”?[1] No es nada fácil definirla
adecuadamente, y esa característica suya ha tenido considerables consecuencias
en la lingüística reciente. Noam Chosmky prefiere no hablar de
"lenguas" para centrarse en lo que existe solamente en la mente/cerebro
de los hablantes individuales, haciendo una distinción de indudable interés:
Hoy día muchos investigadores adoptan una
posición de la índole lúcidamente desarrollada por David Lewis, quien define
una lengua como un emparejamiento de oraciones y significados (...) de un rango
infinito, en que la lengua es “utilizada por una población” cuando se dan
ciertas regularidades “en cuanto a las acciones o las creencias” en esa
población con respecto a la lengua, regularidades fundamentadas en un interés por
la comunicación.
Refirámonos
a esos conceptos técnicos como casos de “lengua exteriorizada” (lengua-E), en
el sentido de que lo construido se concibe de forma independiente de las
propiedades de la mente/cerebro. Bajo el mismo rótulo podemos incluir la noción
de lengua como colección (o sistema) de acciones o conductas de cierta clase.
Desde un punto de vista así, una gramática es una colección de enunciados
descriptivos referentes a la lengua-E, los acontecimientos lingüísticos
potenciales o reales (...). En términos técnicos, se puede considerar la
gramática como una función que enumera los elementos de la lengua-E. (Chomsky
1985: 34-35).
La opinión del lingüista norteamericano sobre
la lengua-E es muy poco favorable, y la considera como un "epifenómeno"
cuyo estatus
es parecido al de otros objetos derivados
como, por ejemplo, el conjunto de los pareados, que también se encuentra
determinado por la lengua-I que constituye el sistema de conocimiento
alcanzado. (ídem, 40)
En consecuencia, la lingüística que propone
él mismo no se ocupa de ese minucia:
La noción de lengua-E no ocupa ningún lugar
en este panorama. No existen cuestiones de corrección para las lenguas-E, se
caractericen como se caractericen, porque las lenguas-E sólo son artefactos.
Podemos definir “lengua-E” de una forma u otra, o de ninguna, puesto que este
concepto no desempeña ningún papel en una teoría del lenguaje. (ídem, 41-42).
Para alguien aficionado a las
"lenguas(-E)" del mundo, las opiniones del Maestro pueden resultar
devastadoras:
El concepto técnico de lengua-E es inseguro en dos aspectos al menos. En primer lugar, (...), las lenguas en este sentido no son objetos del mundo real, sino que son constructos artificiales, en alguna forma arbitrarios y quizás no demasiado interesantes. (ídem, 42; cursivas mías, EB)
Quizá sea por este motivo por lo que Chomsky y otros lingüistas norteamericanos han optado por limitar sus conocimientos lingüísticos reales a su propia forma internalizada de inglés. Y es que sólo la lengua-I parece interesante:
En contraste, el estado estable de conocimiento obtenido y el estado inicial S(O) son elementos reales de mentes/cerebros particulares, aspectos del mundo físico, en la medida en que concebimos los estados y representaciones mentales como codificados de alguna forma física. La lengua-I se abstrae directamente como un componente del estado obtenido. Las afirmaciones sobre la lengua-I, sobre el estado estable y sobre el estado inicial S(O) son afirmaciones verdaderas o falsas sobre algo real y determinado, sobre estados reales de la mente/cerebro y sus componentes (...). La GU y las teorías de las lenguas-I, la gramática universal y las particulares están a la par de las teorías científicas pertenecientes a otros ámbitos; las teorías de las lenguas-E, si es que se pueden tomar en cuenta, tienen un estatus diferente y más oscuro, porque no existe ningún objeto en el mundo real que les corresponda. (...) .... no obstante ser un constructo, la lengua-E se encuentra más alejada de los mecanismos que la lengua-I, en un orden superior de abstracción. En consecuencia, el concepto hace surgir una multitud de problemas nuevos, y no resulta evidente que merezca la pena afrontarlos o tratar de resolverlos, dada la naturaleza artificial del constructo y su aparente inutilidad en una teoría del lenguaje. (ídem, 42-43).
1. Breve historia
del problema
El problema que plantea Chomsky es cierto: definir “lengua” es tremendamente difícil. La consecuencia que extrae de este hecho el lingüista norteamericano es que al ser indefinible con precisión se trata de un concepto científicamente inválido. De ahí que opte por limitar el estudio lingüístico al “lenguaje internalizado” que sí parece prestarse a una definición totalmente precisa y que al mismo tiempo permitiría identificar alguna “realidad”, que niega al lenguaje exteriorizado. Desde sus principios, la gramática generativa buscó esa definición precisa de “lengua”, habitualmente por la vía del estudio de los lenguajes formales y la identificación del lenguaje natural como un lenguaje formal de determinado tipo. El caso es que, como ha puesto de manifiesto George Lakoff en diversos trabajos (por ejemplo Lakoff y Núñez 2000; Lakoff y Johnson 1999), parece que los conceptos muy complejos tenemos que conceptualizarlos en términos de otros que pueden parecer más simples; es decir, tendemos a entender lo que no conocemos a base de lo que conocemos, y las ciencias han hecho siempre un uso constante de la metáfora: “Damos sentido a nuestras teorías científicas valiéndonos de metáforas que, en su nivel más profundo, derivan de mitos culturales” (Goodwin 1994: 221).
1.1. El lenguaje como objeto matemático
Algo
bien conocido y muchísimo más simple que el lenguaje natural eran los
“lenguajes formales”, de modo que éstos se convirtieron en base para la
concepción chomskyana del lenguaje y esto se volvió una especie de lugar común
en buena parte de la lingüística contemporánea. Así, se podía definir “lengua”
como el conjunto de oraciones posibles dadas ciertas reglas. Esta forma de
pensar permitió incluso ver la lengua como un objeto matemático, algebraico,
caracterizado por una cierta operación de carácter combinatorio sobre un
conjunto finito de términos, el lexicón o vocabulario de la lengua. Se llegó
así a la definición de lengua como monoide
libre en V, abrevidamente V*,
donde V es el conjunto de palabras y * indica la regla combinatoria que, como
sabemos, es básicamente de concatenación de elementos (“palabras”) y que se
reflejaba en las famosas reglas de rescritura del tipo S ® NP, VP.
Durante
bastantes años, el estudio matemático del lenguaje parecía solucionar el
problema de su indefinición. Precisando aún más, podía decirse que un lenguaje
natural es un cuádruplo [V, C, R, S], es decir, un vocabulario V, un conjunto
de términos categoriales C, unas reglas R que operan sobre los elementos
categoriales y un símbolo inicial S (“oración”). Durante un tiempo se creyó que
el lenguaje era realmente un objeto
matemático y que el estudio de sus propiedades formales, matemáticas, nos
proporcionaría su “esencia” última. El estudio del lenguaje tomaba
frecuentemente la forma de discusiones puramente formales o matemáticas: por
ejemplo, si era posible la descripción de la sintaxis exclusivamente mediante
reglas independientes del contexto o, generalizando si el lenguaje natural es un objeto matemático con reglas
independientes del contexto. Más allá aún, se podía discutir si la teoría de
grafos permitía identificar rasgos fundamentales del lenguaje: ¿se cruzan las
líneas? ¿de cada nodo sólo pueden salir dos líneas, o más? Estas discusiones
dieron a la lingüística un empaque científico significativo, además de
permitirnos comprobar muchos fenómenos lingüísticos a la luz de unas
condiciones analíticas mucho más rigurosas de lo habitual hasta entonces. En el
ambiente intelectual de los años 60 y 70 esto resultaba muy bienvenido; además,
la lingüística no estaba sola, pues otras disciplinas emergentes entonces con
fuerza, como la paleontología, sufrían el mismo complejo de inferioridad científica
(Gould 1995:50) y buscaban la manera de “cientifizarse” en la laboración de
modelos formales. Además, el pensamiento imperante más o menos se basaba en la
existencia de una única verdad, que contrastaba con los errores, que eran todo
lo demás: sólo podía haber una definición de lengua, solamente un modelo
gramatical podía ser adecuado, etcétera.
2. Grandes cambios
De
todo aquello quedó relativamente poco, y la lingüística matemática dejó de
ocupar el centro de los estudios lingüísticos, aunque sigue teniendo utilidad y
practicantes que, sin embargo, son conscientes de que hacen “lingüística
matemática” y no “lingüística” a secas. Ha permanecido, sin embargo, un interés
por la formalización, sobre todo en algunos modelos, quizá la mayoría, aunque
no se debate ya tanto sobre la formalización misma como sobre su relación con
el lenguaje. Sin embargo, en muchos de los modelos llamados “formales” siguen
predominando los argumentos basados en la naturaleza del formalismo utilizado,
por encima los argumentos propiamente lingüísticos, digamos “empíricos”. Pero
lo cierto es que desde principios de los ochenta, aprovechando un cambio de
clima intelectual que solemos asociar con el “posmodernismo”, esas discusiones
matematizantes fueron perdiendo gas y se vieron sustituidas por otras sobre los
hechos lingüísticos en sí mismos: “Si en el lenguaje encontramos XY, ¿podemos
describirlo/explicarlo con los medios formales que estamos usando?” Fue un
cambio considerable respecto al periodo anterior. Por ejemplo, en los 70 se
publicaron “gramáticas generativas” de distintas lenguas, desde las más
conocidas a muchas exóticas. En su inmensa mayoría, estas gramáticas han sido
justísimamente olvidadas porque no servían para nada: no había nada de la
lengua en cuestión que pudiéramos aprender consultando su gramática; si acaso,
podíamos ver cómo se planteaban ciertos problemas específicos de esa lengua en
el marco teórico de la gramática generativa del momento. Hoy día sigue habiendo
lingüistas cuya preocupación primordial al acercarse a las lenguas-E es
solamente afinar el modelo teórico mismo, de tal modo que sus discusiones
carecen de cualquier interés fuera de ese mismo modelo.
Pero por regla general ahora se busca
redactar gramáticas que, más que plantear problemas internos a una teoría,
permitan acceder al conocimiento detallado de esa lengua: suelen tener enfoques
funcional-cognitivos.
Claro
que... ¿cómo podemos hacer una gramática del italiano, el nepalí o el kannada
con una teoría del lenguaje que priva de entidad científica a cosas
indefinibles como el italiano, el nepalí o el kannada? Ciertamente lo que se
pretendía en aquellas gramáticas no era explicar al detalle cómo eran estas
lenguas, no importaban los detalles y el reparto de asteriscos de
agramaticalidad no solía tener mucha relación con lo que los hablantes mismos
pudieran pensar; el objetivo era comprobar, en ese epifenómeno de la lengua
interiorizada que llamamos italiano, nepalí o kannada, las hipótesis al uso
acerca de la gramática universal. Como la limitación a un par de lenguas o
incluso a una sola (el inglés) podría hacernos creer que era propio de la GU lo
que era meramente contingente, se hacía necesario ver lo que sucedía en otros
idiomas. Como no siempre encontrábamos un generativista bien formado en las
tribus del Kalahari o en las reservas de los indios cheyenes, los lingüistas
mismos tenían que hacer el trabajo aunque ello implicara el inútil y
desagradable esfuerzo de tomar contacto directo con otras lenguas (pero también
hay biólogos que deben meterse en barro hasta el cuello).
El
caso es que, como he dicho, muchos lingüistas, quizá porque no llegaron a
entender del todo los monoides y las estructuras de anillo, quizá porque
estaban más interesados en observar y entender el lenguaje que en parecerse a
los físicos, se dedicaron a observar de cerca el lenguaje, las lenguas,
intentando describirlas y comprobar en qué se parecían unas a otras y en qué se
diferenciaban, aunque el objetivo en último término siguiera siendo el
conocimiento de las capacidades cognitivas responsables del lenguaje. Es en
esta época, recordémoslo, cuando adquieren fuerza las nuevas disciplinas que se
dedican a estudiar el uso del lenguaje, en vez de la estructura de la gramática
universal abstracta: lingüística textual, gramáticas funcionales como las de
Dik, Halliday, Givón o Foley y Van Valin, análisis del discurso,
etnometodología, pragmática o sociolingüística, y también la lingüística
cognitiva de Fillmore, Lakoff, Langacker, Fauconnier, Desclés, Wildgen y otros.
Al mismo tiempo se abandona –como consecuencia del general desarrollo
intelectual del momento- la idea de que debe existir “un único método
verdadero”, una única forma de estudiar el lenguaje que, además, era la
decidida por el método matemático clásico. Si un fenómeno es complejo, vale la
pena intentar abordarlo desde varios lados para ver cómo se comporta; en último
término será el lenguaje mismo el que nos dirá cómo quiere que se le estudie.
Pero
al estudiar el lenguaje en uso, necesariamente nos tenemos que replantear la
definición de “lenguaje” y de “lengua”, de lengua-I y lengua-E. La lengua-I
puede seguir más o menos como hasta ahora (en realidad no), pero algo habrá que
hacer con ese constructo aparentemente irreal y por tanto indefinible, que es
la lengua-E.
2.1. La eclosión
de los estudios sobre la vida
En
los años ochenta, además de cambiar el clima intelectual general, se produjeron
cambios significativos en las ciencias que servirían de ayuda valiosísima para
entender qué es la lengua. Habían surgido cosas como la teoría de conjuntos
difusos (que en lingüística y psicología desembocaría nada menos que en la
teoría de prototipos), la teoría de catástrofes (que estudiaba las rupturas en los
procesos graduales), la teoría del caos (dedicada a estudiar procesos complejos
dinámicos abiertos que no se encuentran en equilibrio permanente y que
constituyen estructuras ordenadas a partir del mero desorden), la sinergética
(que estudia cómo en ciertas condiciones ciertos procesos puede influir por sí
mismos unos sobre otros dando lugar a la creación y mantenimiento de cierta
organización ordenada). Por otra parte, el puesto de privilegio que tenía la
física entre todas las ciencias empezó a resquebrajarse: se comenzó a hablar de
la “muerte de la física”, en el sentido de que no parecían posible por el
momento nuevos descubrimientos y se empezó a trabajar en serio en busca de una
“teoría de todo” que integrara en un único sistema todas las fuerzas físicas:
interacción nuclear fuerte, eléctrica débil, electrodinámica quántica,
gravitación (Barrow 1995). El espacio dejado por la física como disciplina
descubridora empezaron a ocuparlo ciencias dedicadas al estudio de fenómenos de
extraordinaria complejidad que sólo raramente alcanzan el equilibrio, la
estabilidad: los sistemas biológicos. Las ciencias de la vida, efectivamente,
se constituyeron en modelo intelectual básico, gran cambio respecto a la
situación de pocos años antes, en que la biología se solía tachar de mero
estudio taxonómico (recuérdese que “taxonómico” fue también un adjetivo usado
por el generativismo para desprestigiar al estructuralismo). Desde la biología
molecular a la genética, incluida la genética de poblaciones, o la bioingeniería,
la paleontología, la teoría de la evolución, la ecología. En los años 80 y 90
hubo una eclosión impresionante de este tipo de estudios y se consiguieron
avances espectaculares que no necesito recordar; primero en biología molecular,
pero luego se amplió el campo también a los organismos complejos y el estudio
de las especies y su evolución. Uno de los motivos es que se disponía de
herramientas científicas nuevas, también matemáticas, así como de un
planteamiento renovador de cómo “funciona la ciencia” y cómo es realmente el
método científico. En vez de hablarse de “el método científico” como hasta
entonces, como si sólo existiera uno inmutable y perfectamente establecido, que
es seguido a ciegas por los investigadores, se habló de “descubrimiento
científico”, estudiándose de qué manera se producían realmente los avances
científicos. Obsérvese bien, porque es importante: en lugar de pensar
exclusivamente “cómo se tiene que investigar”, se empezó a pensar en “cómo se
investiga realmente”. Kuhn, Feyerabend, Lakatos vienen a sustituir en buena
medida al metodologismo estricto de Popper. Pero es que los primeros estudian
“la ciencia en uso” mientras que Popper se fijaba más en “la estructura
(abstracta, ideal) de la ciencia”.
Por
ejemplo, quedó clara la falacia de que todos los objetos que estudian las
ciencias de verdad están siempre bien definidos antes de empezar a trabajar con
ellos, incluso en matemáticas: ¿Qué es un conjunto?
“Cualquier coleción de entidades ("elementos") definida especificando
los elementos" es tan vago, y además tan circular, que no sirve de mucho.
En matemáticas se trabaja, de hecho, con un concepto intuitivo, metafórico, de
conjunto o, más bien, con varios (Lakoff y Núñez 2000). Lo que se puede hacer a
partir de esa indefinición es nada menos lo que llamamos “teoría de conjuntos”
en cualquiera de sus variantes. En biología hay un término fundamental: población, que es difícil de definir con
precisión: “cualquier grupo de individuos dentro del cual es posible la
reproducción”; incluso lo que es una especie
biológica no está del todo claro: “un grupo de individuos que (1) real o
potencialmente se aparecan con otros pero no con miembros de otros grupos, (2)
muestra variación morfológica continua dentro del grupo pero que es diferente a
la de otros grupos" (Chambers).
Los biólogos, en especial paleontólogos y paleoantropólogos, saben muy bien lo
difícil y discutible que es definir una especie frente a otras; si podemos
comprobar que ciertos individuos se reproducen entre sí originando individuos
fértiles, tendremos una especie, pero... ¿y los dinosaurios o los homínidos
primitivos? Aún se discute si neandertales y hombres modernos eran dos especies
o una sola. ¿Cómo medimos las diferencias formales que separan una especie de
otra morfológicamente próxima? Sólo con medios estadísticos, rechazados como
insuficientemente científicos por algunas ciencias tradicionales y, muy en
especial, por el generativismo chomskyano: lo que no es predecible al 100%
carece de interés científico.
El
caso es que en biología, desde la genética de las poblaciones biológicas a la
ecología pasando por la evolución de las especies, es imprescindible trabajar
con los conceptos de “población” y de “especie” aunque tengamos que irlos
definiendo de modo operativo y no absoluto. Un problema de la biología (tocado
en varios de los artículos incluidos en Murphy y O’Neill, eds., 1995) es ver
cómo relacionamos la dotación genética de un individuo concretocon lo que
suponemos es más o menos común a toda una población y toda una especie.
Lo
cierto es que al no tratarse de objetos bien definidos, los métodos de base
matemática tradicional impedían trabajar con ellos satisfactoriamente en muchas
ocasiones. Había además ciertos problemas conceptuales muy próximos a los que
se plantean entre lengua-I y lengua-E; por ejemplo: la dotación genética está
en los individuos, ¿cómo puede cambiar la especie? No puede existir una
dotación genética de la especie en su conjunto. El que se mueve y actúa es el
individuo, ¿cómo puede generarse una dinámica común a toda una población? Como
vemos, los problemas son idénticos a los que se plantean para la lengua: si
ésta se encuentra sólo en la mente de cada individuo, ¿en qué puede consistir
lo que aparentemente hay de común a toda una “comunidad lingüística”? Pero
igual que parece posible hablar de “foca monje” como una especie con ciertos
rasgos genéticos, cierto hábitat, ciertas actividades semejantes pese a la
diversidad existente entre un individuo y otro, quizá podríamos hablar de
“lengua inglesa” pese a la enorme diversidad de conducta lingüística de unos
hablantes a otros. Este problema es general en las ciencias sociales y los
primeros intentos modernos de resolverlo se remontan al siglo XVIII, con la
idea de una “mano invisible” que rige las acciones individuales para llevarlas
a todas en una cierta dirección (Keller 1992). Pero aunque intuitivamente
adecuada, esta noción necesita una mejor definición científica.
Hay
que decir que todos estos cambios en el ambiente intelectual, en las ciencias,
incluidas las matemáticas, en la filosofía de la ciencia, han “resbalado”, por
así decir, a Chomsky y sus seguidores. Para ellos, al parecer, nada de eso ha
existido y la verdad sigue siendo la de antes, fija e inmutable: la lengua-E
sigue siendo un objeto carente de validez científica. Ni siquiera han querido
darse por enterados de un principio científico básico: no hay objetos
científicos y no científicos, sino estudios científicos o no científicos de
cualesquiera objetos. Epistemológicamente, el generativismo sigue en los años
60, y cuando se permite el desliz de mencionar algún científico de la “nueva
generación”, por ejemplo el paleontólogo Stephen Jay Gould o al neurobiólogo
Gerald Edelman, se hace mencionando sola y cuidadosamente un punto aislado que parece
apoyar los planteamientos generativistas, por regla general falseando al mismo
tiempo sus teorías y opiniones por completo.
3. La “metáfora de
Chomsky”
El
caso es que, si hacemos caso del análisis de George Lakoff y Mike Johnson en Philosophy in the Flesh (1999), la
teoría lingüística de Chomsky es fundamentalmente el desarrollo de una metáfora
para el lenguaje. Estos autores presentan (p. 473) lo que llaman Chomsky’s Metaphor: a natural
language is a formal language (un lenguaje natural es un lenguaje formal) con
las siguientes correspondencias entre los dos dominios: el lenguaje formal y el
natural:
Un
conjunto de esas cadenas ® un
lenguaje
Esta metáfora se interpretó desde el principio como “la realidad” del lenguaje, como la única forma correcta de conceptualizarlo: el lenguaje humano es un lenguaje formal. De ahí la búsqueda de monoides y otros objetos maravillosos, de ahí que la descripción del lenguaje consista en encontrar las reglas bien definidas de su gramática; de ahí las peculiaridades del lexicón de la gramática frente al vocabulario general, así como la interpretación de las cadenas resultantes de las reglas en términos semánticos (forma lógica) y fonéticos (forma fonológica), etcétera. De ahí también la necesidad de rechazar como secundario, no “estrictamente lingüístico” todo lo que no se deja someter a una interpretación en estos términos.
4. La “metáfora
biológica”
4.1. Presentación
La metáfora de Chomsky resulta inaceptable
por muchos motivos a estas alturas de la historia. Propongo que, ya que tenemos
que operar con metáforas, proyectando un dominio bien conocido sobre otro que
queremos conocer, adoptemos una distinta. Y si Chomsky usaba una de base
filosófico-matemática, yo la elegiré de la biología, para ir con el espíritu de
los tiempos. No es la metáfora tradicional, una
lengua es un organismo vivo, sino otra basada en la genética. Espero que
mediante ella consigamos ver más o menos claramente, y de forma suficientemente
fundamentada, en qué consiste la lengua. Es preciso no olvidar, sin embargo,
que se trata de una metáfora conceptual y no debemos asignarle el estatus de
“esencia” del lenguaje. Pero con estas precauciones, la comprensión del
lenguaje en términos de algo mejor conocido, aunque tampoco libre de problemas,
es una herramienta útil y necesaria y quizá con ella consigamos definir la
“lengua” de manera aceptable. Esta metáfora, además, se va extendiendo, y
trabajos recientes como Nettle 1999 aplican también métodos y conceptos de la
biología de poblaciones al estudio de la interrelación lengua-individuo y muy
en especial a la variedad lingüística.
Intentaremos
ver la lengua en términos de las especies biológicas y sus poblaciones: una lengua es una especie (biológica).
Entre ambos dominios pueden establecerse inicialmente las siguientes
correspondencias:
Dotación
genética ® lengua-I
Individuos ® hablantes
Población ® variantes
de una lengua-E
Especie ® lengua-E
4.2. La dotación
genética y la especie: problemas de nuestra metáfora
Hay que hacer una salvedad inicial respecto a
la correspondencia entre “dotación genética” y “lengua-I”. La primera es innata,
evidentemente, mientras que supondremos que el lenguaje es adquirido, no
innato, no genéticamente implantado en el hablante, ni siquiera en su forma de
GU. La cosa está aún más clara porque me estoy refiriendo a lenguas
individuales, no a una hipotética GU; para utilizar un término ya pasado de
moda, se trataría de la “competencia lingüística” de los hablantes
individuales, en el sentido más amplio del término, que incluiría competencia
comunicativa, discursiva, pragmática etc. Es decir, lo que cada hablante tiene
en la cabeza y que le permite comunicarse lingüísticamente con los demás
hablantes de su lengua. Para entender esto adecuadamente tendríamos que
valernos de otra metáfora, también en el ámbito biológico; por ejemplo, una
metáfora que enlace el proceso de auto-organización de las formas lingüísticas
a partir de la interacción con lo que vamos sabiendo sobre el proceso de
auto-organización de la arquitectura cerebral en su interacción con la
experiencia, en términos de la teoría de selección de grupos neuronales de
Edelman (1992; Edelman y Tononi, 1995).
Está claro que cada hablante dispone de un conocimiento del lenguaje, incluidas las condiciones de su uso; no existe, ni puede existir, nada parecido a un conocimiento semejante en la especie o la población en su conjunto, en la lengua-E. Lo mismo sucede con la dotación genética, que está solamente en los individuos. La dotación genética muestra una enorme variabilidad entre los individuos de una misma población de una misma especie, lo que se repite en la organización del sistema nervioso y del cerebro: “Individual nervous systems (particularly those of vertebrate species) show enormous structural and functional variability at many levels: molecular, cellular, anatomical, physiological, and behavioural. Although there is an obvious commonality of neural structures within a species, the degree of individual variation from brain to brain far exceeds that which could be tolerated for reliable performance in any machine constructed according to current engineering principles.” (Edelman y Tononi 1995: 79). Esta diversidad cerebral es consecuencia de dos cosas muy distintas: las diferencias entre las experiencias individuales y las diferencias genéticas de un individuo a otro. Digamos que una pequeña parte de la organización del cerebro depende de la dotación genética, y que el resto es resultado de la actividad autoorganizativa del cerebro sobre la base de esa arquitectura mínima y la experiencia (cfr. Bernárdez 2000, cap. 11). Las similitudes entre los diferentes individuos de una especie obedecen también en parte a la comunidad genética a través de la herencia, y a la semejanza entre las experiencias de los individuos que comparten ciertas formas de comportamiento, cierto hábitat, etcétera.
Surge
un problema semejante al que hemos visto para la relación entre lengua-I y
lengua-E. Si la dotación genética es solamente individual, como lo es también
el comportamiento, la especie resulta un ente por lo menos misterioso. Sin
embargo, para los biólogos las cosas están ya claras: “Las especies son objetos
naturales, no abstracciones, y mantienen todas las propiedades relevantes
–individualidad, reproducción y herencia- que permiten a una entidad biológica
actuar como unidad de selección” (Gould 1995: 54).
Ésta
es la postura actualmente aceptada por los biólogos, pero las cosas no siempre
fueron así. Como señala Agustí (1994: 66-67), “...para Darwin la especie era
una categoría artificial, con un interés biológico no mayor que el concepto de
raza o variedad. (...). ...el tema de la especie y el proceso de especiación se
mantuvo durante décadas al margen de la biología evolucionista (...)”. Pero
(Agustí 1994: 67-68):
Hoy sabemos que las especies ...
sí tienen una entidad natural, ecológica y evolutiva a la vez. (...) [L]as
especies son auténticas unidades de evolución. (...) [L]as especies son
estructuras reales (“individuos” de una categoría superior que surgen
periódicamente al azar (igual que las mutaciones individuales) y que cuentan
con su propio nivel de selección, la “selección de las especies”. A diferencia
del darwinismo clásico, que presupone que la selección que se observa entre
especies diferentes es una consecuencia de la selección natural que se produce
entre los individuos de dichas especies, el nuevo paradigma de la
macroevolución postula que esta selección se produce por los caracteres
inherentes a las especies como tales, y no por los caracteres de cada individo.
De este modo, se produce un auténtico desacoplamiento entre macroevolución y
microevolución: las leyes de la genética no pueden explicarnos todos los
fenómenos de tipo evolutivo que observamos cuando ascendemos al nivel de los
grandes cambios que se han producido en la historia de la vida.
Ante el mismo problema de lengua-I y
lengua-E, los biólogos prefirieron enfrentarse con él para solucionarlo, en vez
de cerrar los ojos; de no haberlo hecho, sólo podría existir la biología
molecular: no tendríamos ecología, etología, paleontología, genética de
poblaciones... y sabríamos incomparablemente menos sobre la vida. En el
pensamiento biológico, la especie parecía tener una realidad aunque ésta no
fuera fácil de captar y explicar. En virtud de esa realidad aparente se
investigó en profundidad al respecto y algunos de los grandes avances de época
reciente han sido el resultado de esa investigación. Para el generativismo
chomskyano, en cambio, una vez establecida la inutilidad del concepto de
lengua, éste quedó arrumbado de una vez para siempre. Afortunadamente, sólo
para ellos.
También en el lenguaje existe
una enorme variabilidad interindividual. Dejando aparte el mito del famoso
“hablante-oyente ideal” que no es sino una reducción extrema para poder operar
tranquilamente dentro de la metáfora de Chomsky, los hablantes se diferencian
muchísimo en su conocimiento y uso concreto de la lengua. Aquí radica, en
realidad, el problema con el concepto de lengua: si todo es tan enormemente
variable en el nivel individual, ¿cómo podríamos definir un objeto que, de
alguna forma, viene a ser una especie de factor común entre lo que saben y
hacen los hablantes? Pero sigamos.
4.3. Enacciones y
lengua
Intentemos ver el lenguaje
individual desde fuera. No podemos ver lo que existe dentro del cerebro de cada
individuo, pero sí observar lo que éstos “hacen” con el lenguaje y, en último
término, con el cerebro. No sólo sus “actos de habla” sino también el uso de
los fonemas, morfemas, etcétera. Podemos hablar de sus enacciones. El término procede de las teorías biológicas de
Humberto Maturana (Maturana y Varela 1996; Maturana, Mpodozis y Letelier 1995),
y conforma buena parte del enfoque de Varela, Thompson y Rosch (1991: 173);
para estos autores: “the point of departure for the enactive approach is the
study of how the perceiver can guide his actions in his local situation. (...). [t]hese local situations constantly change as the result of
the perceiver’s activity...”. Esto tiene muchas derivaciones, pero aquí lo voy a tomar en un sentido
más próximo a las propuestas de Maturana para el ámbito biológico (que él mismo
intentó conectar con lo lingüístico). La cuestión es que se trata en todo caso
de acciones percibidas, esto es, exteriorizadas. Estas acciones exteriorizadas,
estas enacciones, son percibidas por
otros individuos que a su vez reaccionan mediante otras enacciones que son
percibidas por el que realizó la primera enacción. En términos más familiares,
un individuo hace algo que es percibido por otros individuos que a su vez hacen
algo que el primero percibe. Así, cada hablante realiza ciertas acciones
lingüísticas y percibe su efecto en las acciones de otros hablantes: no sólo,
de nuevo, en su comportamiento motivado por el lenguaje, sino también en el
comportamiento lingüístico mismo, es decir, también los elementos fonéticos,
morfológicos, sintácticos, semánticos...
Lo importante es que esas
enacciones, de acuerdo con diversas propuestas, entre ellas las ya mencionadas
de Edelman, van a configurar buena parte del sistema cognitivo humano. Pero
Maturana va más allá. Llega a definir una especie en términos de las enacciones
mismas, lo que, sin embargo, no deja de plantear problemas de envergadura:
¿cómo va a reflejarse todo ello en último término en la dotación genética
individual? En el lenguaje, donde no tenemos el problema de llegar hasta los
genes, la cosa parece plausible: las cosas que hacen con el lenguaje los
individuos, más lo que ellos mismo perciben de sus propias enacciones, más lo
que perciben de las enacciones de otros, contribuye a organizar los enlaces de
grupos neuronales y los niveles de activación de éstos que configurarán incluso
materialmente el lenguaje. Es decir: los miembros de una población lingüística,
de una comunidad lingüística, desarrollan una lengua-I básicamente común debido
a que el conjunto de las enacciones de toda la comunidad conforma la
arquitectura cerebral encargada del lenguaje. La lengua-I sería, en cierto
sentido y para retomar los términos de Chomsky, un epifenómeno de la lengua-E.
Pero sigue habiendo problemas. Tenemos un principio que parece funcionar en el
nivel cognitivo e incluso más allá, que sirve para relacionar adecuadamente
lengua-I y lengua-E, pero ¿hemos conseguido definir lengua-E? Aquí va una
primera aproximación:
Una lengua es el conjunto de enacciones lingüísticas de un conjunto de
individuos.
Esta definición nos remite a la
correspondencia lengua « especie biológica, pero también nos sirve
para explicar la relación entre una lengua (el kinyarwanda, por ejemplo) y sus
variantes, regionales o de otro tipo. Consideraré que las variantes básicas son
las regionales, los dialectos, ya que éstas siempre existen pero no sucede lo
mismo con las funcionales, sociales y demás. Lo espacial, aquí como en tantas
otras cosas, parece gozar de prioridad.
4.4. Cuanta más
diversidad, más semejanza
El caso es que el conjunto de enacciones
de una especie depende en cierta medida del entorno concreto en que se
desenvuelvan sus individuos miembros; en otros términos, de sus condiciones ecológicas. Así se explica
la evolución de los primeros homínidos a partir del antecesor común a nosotros
y los chimpancés; un cambio en el hábitat (de la selva a la sabana) obliga a
realizar acciones distintas: desde el tipo de movimiento y sus formas, incluido
el bipedalismo, hasta la manera de recoger alimento, la necesidad de
desplazamientos más largos, las nuevas formas de reaccionar ante la amenaza de
un depredador, etcétera (un buen resumen de estas cosas es Arsuaga y Martínez
1998). No es cierto que el cerebro humano aumentara de tamaño y configuración y
eso nos hiciera cambiar nuestras actividades simiescas por otras más humanas,
sino que el conjunto de actividades que fue configurando al ser humano como tal
determinó entre otras cosas el desarrollo del cerebro peculiar de nuestra
especie (Diamond 1995: 67-68; Martin 1998). Seguramente no adquirimos el
lenguaje en el cerebro como consecuencia de una improbable mutación y llegado
un cierto momento empezamos a utilizarlo, sino que empezamos a ir haciendo
cosas que acabarán dejando una impronta en el cerebro y que terminarán por
llamarse “lenguaje” (Bernárdez 2000, cap. 7).
Un proceso semejante dará lugar
a las diferencias lingüísticas en distintas comunidades. Johanna Nichols, que
ha estudiado en detalle la cuestión de la diversidad lingüística (Nichols 1992,
1998), llega a la conclusión de que, en los primeros tiempos de la humanidad
lingüística, la diversidad tenía que ser enorme: cada grupito tendría su lengua
bastante diferenciada de las demás. Un análisis muy parecido pero más
desarrollado en sus términos teóricos, y modelizado mediante ordenador, es el
que presenta Nettle (1999). Esta idea es aceptada en general y coincide con lo
que se sabe sobre la diversidad genética en especies con sus individuos
distribuidos en muchos pequeños grupos. Sigue habiendo ejemplos llamativos: los
grupos relativamente aislados de una misma “especie lingüística”, es decir, de
una misma “lengua”, muestran una enorme diversidad; ésta es mayor por ejemplo
entre los pequeños grupos de apenas un par de docenas de hablantes de una
lengua san del Kalahari que entre los
millones de hablantes de castellano en Madrid.
Esto puede parecer misterioso aunque por otro lado es lógico: si las relaciones se limitan a los miembros del pequeño grupo, las innovaciones se quedarán también dentro de él; si las relaciones, en cambio, se realizan sobre un gran número de individuos diferentes, es más fácil que se vayan amortiguando las diferencias. La cuestión es que este asunto se puede entender matemáticamente.
4.5. Las
matemáticas otra vez (aunque ahora son distintas)
Si
las matemáticas pueden ayudarnos a entender mejor un fenómeno, sólo la pereza o
el prejuicio antiformal nos impedirá utilizarlas. No se trata, a diferencia de
lo que sucedía en otros tiempos, de tomar como punto de partida ciertos objetos
matemáticos para comprobar si el lenguaje encaja en ellos; ahora vemos primero
el lenguaje y buscamos por si las matemáticas nos pueden decir si existe algún
tipo de regularidad profunda, abstracta, reflejada en esos hechos lingüísticos.
Aunque al monoide lo tengamos ya abandonado, las matemáticas pueden servirnos
todavía, aunque ahora son de otro tipo. Resumida y simplificadamente, lo que
estas nuevas matemáticas nos enseñan es lo siguiente: en un fenómeno muy
complejo, con muchas variables, se espera una conducta caótica, desordenada, impredecible,
inmanejable... imposible. Es seguramente lo que le parecía a Chomsky que sucede
con la “lengua”, con toda su diversidad inmensa, y que le llevó a fijarse sólo
en el individuo; además, para él no había forma de relacionar lo que suponía
perfectamente estable en la lengua-I con ese caos de la lengua-E.
Supongamos que hay una comunidad
lingüística con sólo 100 hablantes, y que determinada estructura de la lengua,
por ejemplo el SN, puede expresarse en 50 formas distintas: las llamaremos
variables, N. Los hablantes se
relacionan unos con otros, todos con todos, en una forma aleatoria entre dos
posibles (es decir, se relacionan uno a uno, y habla uno u otro en un momento
dado). Podemos definir un “ciclo” como el tiempo que haría falta para que una
determinada forma de SN reapareciera en idénticas condiciones. El número de
“estados” posibles de este sistema es 2N:
nada menos que 115: 1.000.000.000.000.000, es decir mil billones; si
hay una interacción cada minuto, una cierta forma de SN tardaría mil billones
de minutos en reaparecer en las mismas condiciones; es decir, nunca. Esto es
puro caos, y si las cosas fueran realmente así no habría manera de “definir una
lengua”, que en este enfoque sería una versión matemática de nuestro conjunto
de enacciones: ahora hablamos de “conjunto de estados”, donde más o menos cada
enacción sería un estado.
Pero afortunadamente las
“matemáticas del caos” vienen en nuestra ayuda. Lo que acabamos de ver es un
sistema “cerrado”, que actúa por sí sólo sin interferencias externas: sus
matemáticas nos hablan de caos. Pero si se trata de un sistema abierto, que interacciona con el
entorno, las cosas son necesariamente distintas: estos sistemas necesitan unas
matemáticas especiales. Y el lenguaje, no en su aspecto de lengua-I sino de
lengua-E, es por definición un sistema abierto (nuestro monoide se ha
convertido en esto, algo radicalmente diferente y muchísimo más complejo). Por
un procedimiento demasiado técnico para detallarlo aquí, llegamos a una
situación en la que “la longitud esperada de un ciclo de estados (...) es del
orden de la raíz cuadrada del número de variables” (Kauffman 1995: 146). Esto
quiere decir que en un sistema autoorganizado como el que suponemos para una
comunidad lingüística, tendríamos solamente, para el caso anterior, 7 formas de
SN, aunque la observación externa nos pueda proporcionar, de hecho, las 50
posibles. Interpretamos esto como que las conductas de los hablantes se mueven
“como si” se dirigieran hacia solamente 7 posibles realizaciones del SN: ésta
es ahora la longitud del “ciclo de estados”, y podríamos esperar una repetición
en un tiempo muy corto. Observemos que el número de hablantes nos dará igual:
lo importante es que las relaciones sean binarias, como es efectivamente la
interacción humana.
Hablamos de que existen entonces 7 “atractores” para el SN, y que los usados realmente por los hablantes confluirán siempre hacia ellos, de tal modo que todos los SNs que utilicen caerán necesariamente en uno u otro de ellos, no en formas intermedias. Demos un salto: cada uno de esos atractores representa una configuración prototípica para el SN. En otro lugar (Bernárdez 1995) propuse considerar así los “tipos de texto”: el número de posibles textos distintos que representa lo que llamamos un “tipo” es tan grande que parece imposible su estudio científico, problema que se extiende a la totalidad del estudio lingüístico textual (Ortega 1991). Pero con estas nuevas matemáticas, 500 formas posibles de “hacer” un texto de un tipo X corresponden a unas 20 formas reales, un número que se limitará aún más utilizando otros criterios: básicamente, nuevos procesos de autorregulación interna, a la luz del enfoque enactivo.
Esos atractores limitan efectivamente las posibles realizaciones: “En la vecindad de ciertas regiones críticas (cerca de una inestabilidad) el comportamiento macroscópico del sistema está dominado por unos pocos nodos colectivos, los llamados parámetros de orden, que son las únicas variables requeridas para describir exhaustivamente la evolución de los patrones generales. [La] compresión de grados de libertad cerca de los puntos críticos se conoce en la literatura física como principio de esclavización, debido a Haken (1977)...” (Kelso y Haken 1995: 195). Lo que encontramos entonces en la lengua-E (definida, recordemos, como conjunto de enacciones) es una estructura disipativa formada por un gran número de nuevas estructuras disipativas, en una organización fractal de autosemejanza: “multitud de trayectorias independientes con condiciones iniciales distintas convergen hacia una solución límite o atractor” (Kelso y Haken 1995: 197).
Fijémonos en que incluso si cada hablante tiene una forma peculiar de construir un SN, el número total de atractores se reduce enormemente: son 10 para 100 hablantes, 316 para 100.000, y “sólo” 17.000 para 300 millones, pero eso en el más que improbable caso de que haya relaciones aleatorias entre todos: lo que sucede es que se producen relaciones sólo en el interior de grupos muy pequeños. Y si tomamos una base como 100 para las relaciones reales (de enacción), serán 10 las formas que contabilizaremos para el contacto de ese grupo con otros nueve (ya tenemos 1.000 hablantes), y así sucesivamente. Es decir: si consideramos la lengua-E como un sistema de sistemas de interacción entre individuos se producirán regularidades que ordenarán su comportamiento aparentemente caótico. La lengua-E está ahora al nivel de otros muchos fenómenos, también de la naturaleza, de ahí la semejanza de comportamiento. Más precisamente, la lengua-E se ha vuelto equiparable matemáticamente a una especie biológica con sus diversas poblaciones, o a un organismo vivo complejo como el cerebro, formado por un enorme número de individuos (neuronas, enlaces sinápticos) y que si no estuviese organizado de alguna manera tendría un comportamiento totalmente caótico: “...los entes vivos, cerebro humano incluido, tienden a “establecerse” en estados coordinados metaestables próximos a la inestabilidad, lo que les proporciona flexibilidad de cambio. Viviendo cerca de la criticalidad pueden anticipar el futuro y no limitarse a reaccionar ante el presente” (Kelso y Haken 1995: 215).
Más allá todavía, la semejanza entre una lengua-E y una especie o una población se puede ver en un nuevo paso de estas matemáticas: la modelización de la conducta de una colonia de hormigas (Goodwin 1994: 230-233) ha mostrado que si tenemos solamente unos pocos individuos, éstos muestran una conducta totalmente aleatoria, caótica. Si el número de hormigas aumenta, con él crecerá también la cantidad de interacciones. Dado un número de hormigas en interacción, un umbral, la conducta se hace de pronto perfectamente ordenada: el hormiguero se ha autoorganizado. Esto puede calcularse utilizando la fórmula de Shannon para el aumento de entropía:
N
H = !3 pi logpi
i=1
Donde N es el número de individuos y pi la probabilidad de encontrar i de los N individuos en estado activo. Esta fórmula podríamos aplicarla al lenguaje de muchas formas: si la vemos como la “población” de sintagmas nominales en la interacción verbal, un cálculo tendría como resultado que si existe una baja frecuencia de uso de los SNs, éstos mostrarán una diversidad enorme: existirán en el caso extremo tantas formas de SN como hablantes e interacciones. Pero si la frecuencia es grande, la variación disminuirá y pasaremos a tener una organización clara: el enfoque es ahora distinto al de los posibles estados de interacción entre hablantes con SNs, pero la conclusión es la misma: surgirá necesariamente en orden, se reducirá enormemente la cantidad de variantes. Podemos llevar el cálculo a un ámbito más general, por ejemplo la conducta lingüística referida al uso de cierto acto de habla, que volverá a producir un orden autoorganizado en cuanto existan suficientes interacciones.
Este comportamiento puede interpretarse en una forma que nos puede resultar más familiar por los estudios sociales y sociolingüísticos: si tenemos un grupo de individuos, cooperarán para tener más éxito en la realización de las actividades individuales que redundan en beneficio de toda la colectividad y de los individuos mismos. Es otra versión, ahora matemáticamente justificada, de la Teoría de la Mano Invisible. De acuerdo con esa fórmula, cuanta mayor sea la riqueza de interacción entre los miembros de una comunidad, tanto mayor será la unidad (lo que ya hemos visto con otras ropas): idea bien conocida desde antiguo.
Si mantenemos el estudio matemático de los fenómenos lingüísticos pero utilizando ahora una matemática que corresponde mejor a las características del lenguaje, llegamos a una nueva definición de lengua-E: se trata de un espacio topológico configurado en una multiplicidad de atractores y subatractores, desde los más generales, “pragmáticos” y “sociolingüísticos” a los más concretos de los diversos niveles y aspectos del lenguaje. Por un principio fractal de autosemejanza que debe reconocerse en el lenguaje, el sistema de atractores de un nivel se configura en nuevos sistemas de atractores de nivel inferior, y así sucesivamente. Esto lo podemos definir bien en fonología, donde las cosas están bastante claras e incluso pueden cuantificarse fácilmente (por ejemplo en términos de las frecuencias de los formantes): cada vocal consistirá realmente en un pequeño número de atractores, “realizaciones básicas” de esa misma vocal.
Una población biológica, o una especie en su conjunto, se encuentra, pues, al borde de la inestabilidad, esto es, en un estado “metaestable”: una perturbación puede resultar en la vuelta al caos o en nuevos atractores. Pero, como indicaban Kelso y Haken en la cita anterior, esto les permite el cambio. ¿Qué cosas le suceden a una lengua, entendida de este modo como una población/especie? Puede desaparecer, puede sufrir cambios catastróficos (creación de un piyin, por ejemplo), cambios menores; de otro modo, se “autorreproducirá” de manera que la generación X+1 hablará casi la misma lengua que la X y que la X+2 (aunque la difusión de perturbaciones acabará por alterar este proceso). Las especies biológicas y sus diversas poblaciones hacen exactamente lo mismo, de modo que podemos establecer nuevas correspondencias que añadiremos a las presentadas más arriba:
Alteraciones biológicas en una especie ® cambio lingüístico
Desaparición de una especie ® muerte de la lengua
Hibridación ® piyinización
Este tipo de análisis matemático recibe
diversos nombres, nos quedaremos con el de auto-organización,
que sería una parte de la matemática de los sistemas dinámicos complejos o, en
otros términos aún más populares, las matemáticas del caos.
5. ¿Sólo una
metáfora?
He operado desarrollando una metáfora: una lengua es una especie. Obviamente,
una lengua no “es” una especie, aunque es posible establecer muchos puntos de
contacto. Esto es, las lenguas-E y las especies biológicas poseen una serie de
características perfectamente equiparables, en función de tratarse de sistemas
dinámicos muy complejos (consisten en un gran número de procesos
interrelacionados) y abiertos a su entorno, del que reciben influencia y que,
al mismo tiempo, influencian ellos mismos. Pero, ciertamente, ni los hablantes
son los organismos individuales de una especie ni el entorno ecológico
corresponde directamente a ningún sentido posible de “entorno” o “contexto” en
el uso del lenguaje. Y desde luego, la dotación genética característica de cada
organismo individual no se parece a la lengua-I que encontramos en los cerebros
de los hablantes individuales.
Es
perfectamente aceptable operar de este modo si ello nos permite ver más claras
las cosas que afectan al lenguaje, a la lengua-E. No tiene sentido criticar
esta propuesta por ser “metafórica” (que es lo que con frecuencia se hace desde
el terreno formalista) cuando la propia forma de conceptualizar el lenguaje
desde "la otra" perspectiva es igual de metafórica. Yo diría que mi
metáfora es mejor que la de Chomsky (una
lengua natural es un lenguaje formal), entre otras cosas porque nos
salva de tener que operar un reduccionismo radical que deja al lenguaje convertido
en menos que los huesos.
Sin embargo, quizá se trata de
algo más que de una simple metáfora que nos ayuda a entender ciertas
características de nuestro objeto de estudio: la metáfora puede responder a una
realidad más profunda. Si vemos tanto la especie biológica como la lengua-E en
términos de sistemas autoorganizados, tendremos una fundamentación común para
ambas; pero podemos llegar aún más allá, y encontraremos lo mismo en el
cerebro, que también es fruto de la autoorganización. Ahora bien, la lengua-I
se encuentra en el cerebro de los hablantes individuales y regula las
enacciones lingüísticas de éstos y, a su vez, es regulado por las mismas
enacciones, que llegan a configurar incluso los enlaces entre grupos neurales
que están en el fondo de nuestra actividad cognitiva, incluida la lengua. En
una larga y apasionante discusión, Paul Ricoeur y el neurofisólogo francés
Jean-Pierre Changeux (Changeux y Ricoeur 1998) se plantean esta cuestión: ¿lo
que sabemos sobre el funcionamiento “físico” del cerebro nos permite explicar
el comportamiento psíquico del ser humano? Ricoeur muestra ciertas reticencias
y habla de dos “discursos”: el que usamos al referirnos a lo físico y el
empleado con referencia a lo psíquico; diríamos que analiza la relación en términos
de un discurso “real” (lo material) y otro “metafórico”. Changeux, como tantos
otros estudiosos del cerebro, ve más una relación directa, una identidad en
último término: lo psíquico –añadiría que entre ello está el lenguaje- es una
manifestación de lo material. De ahí que Gerald Edelman, premio Nobel por sus
estudios sobre el cerebro, subtitule su libro dedicado a esta relación On the Matter of the Mind.
Pero si la lengua-I se entiende
como un producto de la actividad cerebral, y el cerebro es producto de la
autoorganización a partir de una arquitectura básica muy general y la
interacción con el entorno, junto con su carácter último de sistema abierto
complejo, ¿no estamos más cerca de una realidad altamente plausible que de una
mera metáfora? Quizá convenga cambiar la de una
lengua es una especie biológica por ésta:
una
lengua es un organismo complejo autorregulado.
6. La dimensión
histórica.
Las especies biológicas tienen también una dimensión
histórica insoslayable (Goodwin 1994; Agustí 1998). La identidad de una especie
se aprecia no tanto en un momento dado como en su continuidad temporal. En este
sentido podemos hablar de permanencia de sus características, comportamientos,
etc; pero también de cambios: desarrollo de nuevas variedades en nuevos
hábitats, que pueden dar lugar con el tiempo a especies nuevas.
En
la lengua sucede lo mismo: el español o el burushaski no son simplemente
estados sincrónicos del conjunto de enacciones de una serie de personas, sino
que pueden calificarse como lenguas porque hace cien años existían otros
conjuntos de enacciones que dieron lugar a los de ahora y a su vez eran fruto
del conjunto de enacciones entre otras personas distintas (necesariamente, porque
los individuos mueren). La lengua se configura históricamente y es así como se
“autorreproduce”: aunque los hablantes de burushaski del año 2000 no son los de
1900, la lengua es esencialmente la misma, igual que el gorila es una especie
hoy y hace cien años, aunque los gorilas individuales son diferentes.
Esto
no puede plantearse con una perspectiva centrada exclusivamente en lo que hay
en la mente de los hablantes individuales. Si lo hacemos, parecería claro que
el lenguaje sólo puede estar en los genes, lo que es totalmente improbable por
todo lo que sabemos de la evolución biológica y por el reducido número de genes
que integran el genoma humano. Parece que la lengua, como la especie, tiene una
existencia real que no se limita a la dotación genética individual, existencia
real que es visible en su permanencia en el tiempo, su posibilidad constante de
cambio y su autorreproducción.
Hemos
visto el lenguaje sincrónicamente como conjunto de enacciones. Estas enacciones
no son heredadas genéticamente, sino aprendidas por los niños, que realizan
enacciones ellos mismos y perciben las de otras personas. Hoy se vislumbran
incluso algunos mecanismos que explicarían cómo se produce esto: quizá las neuronas espejo, que se activan al
percibir una acción realizada por otra persona, dando lugar al inicio de la
misma actividad, puedan ser la base neural para el proceso de aprendizaje y,
más allá, para la sincronización o coordinación de enacciones entre los
miembros de una comunidad lingüística.
7. Conclusión
¿Qué hemos conseguido al cambiar de metáfora
y, con ella, de manera de ver la lengua? (1) nos hemos aproximado más, creo, a
la realidad del lenguaje y de las lenguas-E, tal como se ofrecen a la
observación; no necesitamos el reduccionismo radical con el que tenía que
operar Chomsky. (2) Encontramos unas vías que parecen adecuadas para explicar
la relación entre la diversidad y la unidad de la lengua-E: no es un misterio,
sino un proceso con innumerables equivalentes fuera del lenguaje. (3) No
alejamos a la lingüística de las ventajas científicas de poder operar en
términos matemáticos, aunque la matemática utilizada es distinta. Esta misma
matemática, además, permite ver las similitudes de fondo entre el lenguaje y
otros fenómenos biológicos, físicos y químicos, que muestran comportamientos
semejantes describibles con las mismas matemáticas. (4) Esto, a su vez, permite
ver unificadamente el lenguaje desde su aspecto fenoménico más observable como
lengua-E hasta su funcionamiento más “material” en el cerebro, en último
término incluso en términos químicos (reacciones químicas en el cerebro) y
físicos (impulsos eléctricos de enlace de neuronas). (5) No tenemos que optar
radicalmente entre la consideración de la lengua-E como un fenómeno sincrónico
y su dimensión histórica, pues ambos aspectos están indisolublemente unidos.
Creo
que el viaje merece la pena.
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©
Enrique Bernárdez. Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 7,
septiembre 2001. ISSN
1576-4737.
http://www.ucm.es/info/circulo/no7/bernardez.htm
[1] Este artículo es versión modificada
y actualizada de una conferencia impartida en la facultad de Filología de la
Universidad de Sevilla el 16 de marzo del año 2000.