LORENZO HERVÁS Y EL LENGUAJE DE LOS SORDOS
clac 4/2000
Ángel
Alonso-Cortés
Universidad Complutense de Madrid
Durante siglos
las personas sordomudas han sido consideradas como disminuidas y privadas de las
capacidades mentales que poseen las personas que hablan y oyen. Este prejuicio
está tan arraigado que algunos idiomas designan con la misma palabra “tonto” y
“ mudo”. Así, la palabra inglesa dumb denota tanto la persona que carece
de inteligencia como la que carece de habla. En alemán, la palabra dumm,
que significa tonto, está relacionada con stumm, que significa
sordomudo; y la palabra española bobo viene de la palabra latina balbus,
que significa tartamudo.
Esta imagen de
las personas sordomudas empezó a transformarse gracias al esfuerzo de algunos
religiosos españoles, que desde el siglo XVI se empeñaron en la difícil tarea
de enseñar el idioma vocal a los sordomudos. El primero de ellos fue el
benedictino Pedro Ponce de León, nacido en el pueblo leonés de Sahagún a
principios del siglo XVI. Ponce de León consiguió enseñar a hablar y a leer a
varios sordos del monasterio de Oña. Fray Pedro inventó un alfabeto manual que
permitía a los sordomudos deletrear los sonidos con los dedos. Aunque no nos ha
llegado la obra escrita donde Fray Pedro debió de revelar el método empleado
para sus logros en la enseñanza de los sordomudos, aquél parece que fue
conocido por otros pedagogos posteriores, como Juan Pablo Bonet y Ramirez de
Carrión, que continuaron, al parecer, el proyecto del benedictino.
Los métodos de
Ponce de León y la continuidad que tuvo su obra constituyen el núcleo de lo que
el jesuita Lorenzo Hervás (1735-1809) llamó “ escuela española de sordomudos”.
Los logros de esta escuela acabaron, por razones que ha explicado en un libro
reciente Susan Plann, de la Universidad de California en Los Angeles,
inspirando los métodos pedagógicos de la enseñanza para sordomudos de ingleses,
franceses y alemanes. Así, las ideas de la escuela española fueron recogidas
por el matemático inglés John Wallis, autor de la Grammatica linguae
anglicanae, publicada en Oxford en 1653.
Un siglo
después el abate francés Michel de l’Epée, que dedicó su vida a la educación de
los sordomudos en Francia, publica en 1784 La véritable manière d’ instruire
les sourds et muets, donde reconoce como precursor de sus métodos a Bonet.
Una década más tarde, en 1794, Lorenzo Hervás, jesuita expulso y enemigo
acérrimo de la revolución francesa, que vivió muchos años en Italia, publica en
Madrid su obra en dos volúmenes Escuela española de sordomudos.
En esta obra se
propone esencialmente dos objetivos. El primero es situar en su justo lugar la
obra de los españoles que inventaron y desarrollaron los métodos para la
educación de los sordomudos, asentando inequívocamente que aquéllos tienen su
origen en España, con Ponce de León y Bonet. El segundo objetivo, que distingue
a Hervás como adelantado a la moderna lingüística de signos es la demostración
de que el lenguaje de signos de los sordomudos es un lenguaje humano entre
otros, como el español, el ruso o el chino. Este propósito sobrepasaba las
ideas que los enciclopedistas y filósofos franceses como Condillac y Diderot
tenían sobre el lenguaje de signos.
Para llevar a
cabo la demostración de que el lenguaje de signos y el lenguaje verbal son
equivalentes, Hervás aprovecha sus enormes conocimientos de las lenguas del
mundo. Hervás empezaba a ser conocido en Europa como el autor de una obra
enciclopédica publicada en Italia llamada Idea dell’ universo, en 21
tomos. Los cinco últimos tomos de esta enciclopedia se ocupan principalmente de
la clasificación de las lenguas del mundo, de su estructura, y de su
diversidad. Las ideas lingüísticas de Hervás influyeron en el alemán Wilhem von
Humboldt, que es considerado como el creador de la lingüística moderna.
Hervás empleó
para la clasificación de las lenguas un criterio comparativo, que fue el
preludio al método comparativo forjado unos años más tárde por los alemanes
Grimm, Bopp y Schleicher, el cual dio origen a la lingüística científica. El
orientalista alemán Max Müller, que enseñó en Oxford, en sus Lectures on the
Science of Language, de 1861, afirmó que Hervás fue el primero en señalar
que la afinidad entre lenguas tiene que ser determinada por la estructura
gramatical y no por el mero parecido entre las palabras-
Cuando hubo
concluido su enciclopedia en 1787, Hervás puso su atención en la educación de
los sordomudos. No cabe duda de que el interés de Hervás en los sordomudos no
era sólo pedagógico, sino también científico. Hervás, que tenía un interés
especial en las lenguas, no podía desinteresarse por una lengua tan
sorprendente como la de los signos manuales. Y aquí es donde el jesuita hace su
aportación más original al afirmar explícitamente que los sordomudos tienen
ideas gramaticales. Entiende Hervás por ideas gramaticales las categorías
gramaticales como nombre y verbo. Estas ideas, afirma Hervás, las tienen los
sordos como representaciones mentales, y ello es lo que constituye la gramática
de los sordomudos. Esta, prosigue Hervás, es totalmente mental, pues los
sordomudos tienen mente como los hablantes. Con esta afirmación, Hervás se
coloca en la avanzadilla del mentalismo lingüístico, que es hoy la actitud
dominante en la lingüística teórica.
Pero lo más
sorprendente es el camino que conduce a Hervás a la afirmación de que el
lenguaje de signos de los sordos (LS) es una forma entre otras del lenguaje
humano. Este camino es el de la comparación transidiomática de las lenguas existentes
con el lenguaje de signos. Esta comparación la lleva a cabo en su libro Escuela
española de sordomudos. En ella Hervás ofrece argumentos empíricos para
demostrar la equivalencia entre un LS y un lenguaje verbal (LV). Es cierto,
dice el jesuita, que los LV como el español y el alemán tienen nombres que
manifiestan el género gramatical (masculino, femenino, neutro) y el caso
(nominativo, acusativo, dativo), mientras que un LS carece de marcas de género
y caso. Esta carencia, arguye, no rebaja a un LS, pues hay LV donde no existe
diferencia de género gramatical, como el inglés. Los casos gramaticales, una
categoría fundamental en los LV, son la expresión de la relación que tiene el
verbo con sus argumentos (el agente y el paciente). En la frase Pedro golpea
a Pablo, el paciente es marcado con la preposición a ; en latín esa
frase adquiere la forma Petrus Paulum percussit, y el agente y el
paciente están marcado para el nominativo (-us) y el acusativo (-m)
respectivamente. En un LS los casos se expresan mediante el orden en que
se producen los signos manuales: primero el agente, después el verbo, y
acontinuación el paciente.
El artículo (el,
la, un, una) es otra categoría que aparece en los LV, en particular en las
lenguas europeas. Hervás observa en Roma un LS que carece de artículo. Esta
carencia, dice, tampoco disminuye al LS. Muchos idiomas carecen de artículo,
como ocurre en la mayor parte de las lenguas americanas, asiáticas y africanas.
El verbo ser, que tiene un papel fundamental en el desarrllo de la
filosofía occidental, está ausente en el LS que observa Hervás. Pero la
naturaleza de los idiomas, afirma el jesuita, tampoco pide algún verbo
sustantivo. Falta este verbo en casi todas las lenguas de la familia americana.
En fin, otras categorías de los LV europeos, apunta Hervás, como la voz pasiva,
faltan en los LS. El estudio transidiomático revela que la voz pasiva falta en
chino y groenlandés.
No se puede
afirmar, concluye Hervás, que un LS sea inferior a un LV. Uno y otro son formas
equivalentes del lenguaje humano. Esta idea es hoy aceptada por lingüistas,
psicólogos y pedagogos, aunque la opinión popular todavía la desconoce. Hervás
llega a esta conclusión por el análisis transidiomático. Hay, además, una causa
de la que procede esa equivalencia de lenguas: tanto el LV como el LS están
presentes en un organismo que posee mente o representaciones mentales que
albergan las ideas gramaticales;esta forma de albergar en la mente ideas
gramaticales constituye ya una saber lingüístico; o expresado en términos de la
lingüística contemporánea, oyentes y sordomudos disponen de una competencia
gramatical. Pues el lenguaje humano, dice Hervás, no se define sólo por estar
constituido por símbolos arbitrarios, sino por ser la declaración exterior de
los actos mentales. Si sólo fuera el carácter simbólico lo que define al
lenguaje humano, los pájaros que cantan podrían tener lenguaje. Si no lo
tienen, afirma el jesuita, es porque los pájaros no tienen mente.
La comparación
transidiomática y la observación del LS llevan a Hervás a la afirmación de que
el lenguaje muestra en su estructura (o su “artificio”) una variedad y
complejidad extraordinarias. Por eso, concluye Hervás, las lenguas no pueden
ser invención humana. El LS es natural al hombre, mientras que el LV no es
resultado de una convención artificial. Por tanto, una y otra forma de lenguaje
le vienen dadas al hombre. Hervás, que vive en una época que desconoce aún a
Darwin, atribuye esta propiedad de la especie humana a la infusión divina. Esta
es la particular manera en que un religioso predarwinista afirma que el
lenguaje es una disposición natural de los humanos.
La suerte que
tuvieron las ideas de Hervás sobre el lenguaje de signos fue adversa. Fueron
olvidadas en España y desconocidas en Europa. Pero hoy debemos reconocer que en
esta obra Hervás se adelantó en casi dos siglos a la moderna lingüística de los
signos manuales, que ha demostrado la equivalencia del lenguaje signado y el
lenguaje verbal de los que oyen. Debemos esperar que en un futuro los idiomas
que en su vocabulario asocian el significado de tonto y sordomudo la eliminen,
porque no se corresponde con la realidad.
© Ángel
Alonso-Cortés. Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 4,
noviembre 2000. ISSN 1576-4737.
http://www.ucm.es/info/circulo/no4/alonsocortes.htm