EL EQUILIBRIO ENTRE LO IMPLÍCITO Y LO EXPLÍCITO EN LA BIBLIA
Verónica Vivanco Cervero
Universidad Politécnica de Madrid
mailto:veronicavivancocervero@yahoo.es
Resumen
El objeto de este artículo es mostrar la correlación entre implicaturas y
explicaturas en las parábolas bíblicas. Los dos conceptos lingüísticos
mencionados muestran su equilibrio entre el lenguaje desviado e implícito de
las parábolas y el lenguaje no desviado, que, a modo de máxima, remata cada
parábola resumiéndola y clarificándola. Si bien tanto implicaturas como
explicaturas se situan tradicionalmente dentro de los estudios pragmáticos, la
explicatura parece entroncar más directamente con el nivel semántico por
escapar al lenguaje figurado, por mostrarse atemporal en sus formulaciones y
máximas, y por engarzar los signos con su significado.
1. La semántica como generadora de la pragmática
El introductor del término pragmática
fue Morris, quien introdujo dicho concepto en Foundations of the theory of signs (1938). Sin embargo, la
pragmática no tuvo su despertar hasta la década de los 60, cuando Chomsky se
percató que ciertos problemas lingüísticos descritos por filósofos del lenguaje
difícilmente se podían explicar dentro del ámbito de la gramática, por lo que,
en la siguiente década, se comenzaron a sentar las bases teóricas para la
disciplina conocida como pragmática.
La mencionada ciencia relaciona los signos con sus intérpretes y se
diferencia de la semántica en que ésta última estudia los signos en relación a
los objetos con los que se aplican. Sin embargo, la pragmática se forma a
partir de la semántica y se encuentra condicionada por ésta, como bien
señalaron Ducrot y
Anscombre (1994) cuando desarrollaron el concepto de orientación argumentativa,
concepto que versa sobre la relación entre la forma lingüística y la
comprensión de un enunciado, ya que los significados de las palabras
condicionan las continuaciones discursivas. Por ejemplo, la palabra ladrón se
encuentra aquejada de connotaciones negativas por lo que resultaría extraño
enlazarla con adjetivos relacionados con la bondad, si bien siempre cabe esa
posibilidad. Para Recanati (1993, 248), el establecimiento del sentido de lo
que se dice se basa en las propias intuiciones. Recanati (2003, 1.8), sin
embargo, se decanta por las intuiciones
a las que la lógica parece acompañar, aduciendo que “What is said must be
intuitively accessible to the conversational participants (unless something
goes wrong)”, con lo que se puede enlazar la teoría de Ducrot y Anscombre (1994) con la
de Recanati (1993; 2003).
Es por este motivo que la pragmática surge de los huecos que se le escapan
a la semántica.Ya que la pragmática es la relación entre el hombre y los signos
lingüísticos, su ámbito de actuación se extiende hasta la psicología, la
biología, la sociología y cualquier otra ciencia relacionada con el ser humano.
Los estudios más
relevantes sobre pragmática publicados en español son los de Briz (1998), Calsamiglia Blancafort y Tusón Valls
(1999), Calvo Pérez (1994), Escandell Vidal (1996), Fuentes Rodríguez (2000),
Gutiérrez Ordóñez (1997a, 1997b, 2000a, 2000b), Reyes (1990, 1995), y Reyes,
Baena y Urios (2000). Entre los mencionados estudios destacan los de
Escandell (1993:16), quien entiende por pragmática el estudio de los principios
que regulan el uso del lenguaje en la comunicación:
“La pragmática (...) es una disciplina que toma en
consideración los factores extralingüísticos que determinan el uso del
lenguaje, precisamente todos aquellos factores a los que no puede hacer
referencia un estudio puramente gramatical: nociones como las de emisor,
destinatario, intención comunicativa, contexto verbal, situación o conocimiento
del mundo van a resultar de importancia capital.”
Para Escandell (1993: 17), el análisis pragmático se divide en dos tipos de
componentes: los materiales (emisor, destinatario, enunciado y entorno) y los
relacionales (información, intención y distancia social). Entre los factores
que constituyen el entorno destacan: el contexto físico, el contexto empírico
(aquello que saben o conocen los interlocutores), el contexto natural (o suma
de contextos empíricos); el contexto práctico u ocasional (la coyuntura en la
que transcurre el acto de comunicación); el contexto histórico y el contexto
cultural. Sin embargo, los componentes materiales y relacionales interaccionan
entre sí dando lugar a un entramado complejo que se escapa de los límites
asépticos de la semántica. Ésta resulta insuficiente para comprender el modo en
que circula la información entre los hablantes, por lo que el objeto de este
artículo es dilucidar el equilibrio entre el componente semántico y el
pragmático desde la perspectiva de lo que se dice y lo que se infiere en la
Biblia.
Hemos elegido este texto religioso por su gran relevancia e interés y por
ser una fuente inagotable de metáforas y parábolas. Grice (1975) fue el
introductor del concepto de implicatura, que equivale al “significado añadido”
presente en los enunciados de la lengua natural, y que deriva de factores de
tipo conversacional basados en la distinción fundamental entre lo que se dice y
lo que se comunica. Lo que se dice equivale al contenido proposicional del
enunciado desde el punto de vista lógico, mientras que lo que se comunica es
toda la información que se transmite en el enunciado, pero que es diferente en
cuanto al contenido proposicional. Como, en consecuencia, resulta en un
contenido implícito recibe el nombre de implicatura y equivale a la distancia
intermedia entra la intención del emisor y el significado de cada expresión.
La implicatura se estudia tradicionalmente en relación con normas, como son
las categorías de cantidad, cualidad, relación y modalidad. La cantidad se
relaciona, como su nombre indica, con la cantidad de información que debe
ofrecerse y comprende la necesidad de
que su contribución sea todo lo informativa como necesite el propósito del
diálogo sin que su contribución sea más informativa de lo necesario. La
cualidad presupone que la contribución sea verdadera y demostrable. La relación
implica decir cosas relevantes, que
sigan el hilo de la conversación. La modalidad demanda claridad, brevedad y un
orden secuencial, así como la huida de la oscuridad y la ambigüedad.
La relación entre las anteriores máximas y el principio de cooperación, que
requiere la interacción mutua entre los participantes en la comunicación, con
las implicaturas puede comprobarse caracterizando los diferentes tipos de
incumplimiento de las máximas por parte del interlocutor de una conversación
bajo cualquiera de las siguientes vías de actuación:
1. La violación de una máxima puede desembocar en que la conversación
pierda el hilo conductor.
2. La supresión de las máximas y del principio de cooperación de modo que
el diálogo se cierre por abandono de uno de los interlocutores.
3. El conflicto por el cumplimiento simultáneo de dos máximas diferentes
4. El desprecio hacia una de las máximas manteniéndose dentro del principio
de cooperación puede ocasionar
implicaturas conversacionales.
Grice (1975) intenta caracterizar las implicaturas conversacionales
mediante ciertos rasgos específicos, como son la cancelabilidad, la no separabilidad,
la no convencionalidad, la no deducibilidad lógica y la indeterminación. De la
propuesta sobre máximas conversacionales hecha por Grice (1975) surge la
pragmática inferencialista. La aplicación de las máximas de cantidad, cualidad,
relación y manera como reguladores de la extensión, la veracidad, la
pertinencia y la organización de los enunciados y generadores de significado
implicado es una corriente todavía activa. Sin embargo, la teoría de la
relevancia de Sperber y Wilson (1986a) supone un intento cognitivo de abordar
la pragmática, desde el punto de vista de las inferencias, sin empleo de
máximas, ya que ciertas máximas del principio de cooperación y de cantidad,
como apunta Mey (1993: 277), escapan a la universalidad lingüística, por no darse
en todas las culturas.
Las implicaciones se formulan de acuerdo a un principio cooperativo, que,
no obstante, no se sigue al pie de la
letra y que propicia la falta de correlación total y completa entre lo dicho y
lo que se hubiese esperado que se hubiera dicho. Por este motivo, lo implicado
se relaciona con el contexto del habla y de los interlocutores. De esto se
deduce que la distinción entre lo dicho y lo implicado guarda relación con la
distinción entre la semántica y la pragmática del proceso comunicativo, terreno
este último al que pertenece la implicatura.
Lo que se dice no supone un sinónimo de lo que se implica: lo primero goza
de una presunta neutralidad que no tiene lo segundo. Decir es contar, narrar,
informar…, mientras que implicar consiste en una especie de insinuación no
formulada de modo abierto. Por ejemplo, si cuando se está a la mesa el marido
le dice a su mujer: “observo que carezco de pan”, evidentemente le está
pidiendo, sin decirlo con sus propias palabras, que le traiga pan, por lo que
la mencionada formulación se puede considerar un tipo de implicatura
desiderativa. Así, lo implicado se construye sobre lo dicho.
3. Implicaturas, inferencias y léxico
Las implicaturas conversacionales, como
indica Portolés (2003), se conocen también como conclusiones inferidas que surgen de la contextualización Sin embargo,
entendemos que existe una diferencia entre la implicatura y la conclusión
inferida: la primera pertenece al emisor y la segunda implica la interacción
entre el hablante y el receptor, por lo que la descodificación del mensaje
supone su comprensión y la del contexto en el que éste se asienta.
Siguiendo el rastro lingüístico de cualquier mensaje podemos llegar a desvelar
realidades que no están escritas ni dichas, pero que se infieren, a través de
la pragmática, del contenido morfosemántico. Acudiremos en este caso a un
pasaje religioso cuyo sentido total parece haberse querido ocultar de la
tradición cristiana y que suele pasar desapercibido a muchos lectores. Si
acudimos al Génesis (2, 23) leemos ésta sí que es hueso de mis huesos y carne
de mi carne; ésta será llamada mujer porque ha sido tomada del hombre.
Siempre nos extrañó la expresión ésta sí, porque parecía apuntar a la
existencia de otra mujer. Una, sí apunta
hacia otra anterior, no: ahí radica un dilema para el que la Biblia
no ofrece ninguna otra pista hasta que llegamos a Isaías 34, 14, y cuya
solución se encuentra en la literatura rabínica en la que se habla de otra
mujer anterior a Eva, llamada Lilit. Ésta parece haber sido el arquetipo de
mujer rebelde, celosa y orgullosa cuya falta de sumisión se ha querido eliminar
de la versión cristiana de la Biblia. En el Corán (azora 6:10 y 17:63) parece
ser el demonio Iblis que continuamente ronda a Adán y Eva. Si bien, no podemos
confirmar esta suposición existen pistas que avalan la unidad de figuras puesto
que la frase de Adán anteriormente mencionada (Génesis 2,23) apunta a que hubo
otra anterior que no era carne de su
carne, y es que, según relata el Corán, Iblis nació de la luz con un rango
muy superior al del terrestre Adán. Esto unido a que Isaías dice que Lilit
parió demonimos nos hace unirla con Iblis en una misma realidad. Si acudimos a
la mitología clásica, el equivalente parece ser Leto quien, por su orgullo
causó la perdición de sus hijos.
Asimismo, continuando en el marco de la Biblia, encontramos en el Génesis
la siguiente expresión en relación con la creación de Eva: puesto que ha sido sacada del hombre se llamará mujer, derivación léxica que no se refleja en el acervo
español y que hace perder la relación causa-consecuencia y el hilo lógico de la
narración, a no ser que recurramos a la antigua variante hombre-hembra que pasó a hombre-mujer
y macho-hembra. Actualmente la
derivación lingüística se aprecia mejor en inglés, en el que la palabra woman deriva de man. En realidad la forma hombre
(y hembra) procede de humus (tierra), ya que de ella fue
creado Adán, y es el auténtico nombre que Dios le impuso, como indica el
Génesis (5,2): “le puso el nombre de hombre el día de su creación”. Es decir, hombre es el nombre impuesto por Dios,
que se cambió, tras la expulsión del paraíso, por el de Adán ( que significa tierra
arable) para expresar en la deonomástica el castigo del trabajo. De la
misma manera, Adán cambió el nombre hembra
(mujer) por el de Eva (Génesis
3,20): “El hombre llamó Eva a su mujer, porque ella fue la madre de todos los
vivientes”.
De los ejemplos anteriormente expuestos se percibe que las implicaturas y
las inferencias, a parte de poder quedar ocultas por la diacronía y la
historia, no son términos sinónimos sino que suponen dos fases del proceso del
modo de hablar indirecto, ya que el significado auténtico de los anteriores
textos religiosos suele pasar desapercibido para los lectores. Dicha modalidad
es una implicatura en su fase de producción y una inferencia en la etapa de
recepción y descodificación pragmática y, en caso de no darse la interacción
entre emisor y recepctor la inferencia no tiene lugar, no pudiendo, por lo
tanto, considerarse un sinónimo de implicatura.
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4. La explicatura como remate de la implicatura
Barreda (2000) dice así sobre la relación entre implicatura y explicatura:
“El modelo de la relevancia se comprende plenamente
cuando el destinatario construye la explicatura en base a lo expresado
convencionalmente y los procesos de desambiguación, enriquecimiento y
asignación de referencia, es decir “lo dicho”, y posteriormente recupera los
significados implícito a través de la implicatura que es el contenido que se deduce
basándose en supuestos anteriores.”
La implicatura contrasta con la explicatura, procedimiento por el que el
contenido se comunica por medio del enunciado. En contraste, la implicatura
(Sperber y Wilson, 1986) coincide con el contenido que se deduce y que se
construye en supuestos anteriores. Las explicaturas se determinan mediante
tareas inferenciales como la desambiguación (resolución de ambigüedades
semánticas utilizando la situación y el entorno en el que se produce el
enunciado), la asignación de referentes y el enriquecimiento o especificación
de referencia de las expresiones vagas. Las implicaturas son actos de habla
indirectos que se obtienen por medio de la recuperación de los eslabones que
faltan en el razonamiento que desemboca en las premisas explicitadas. Las
implicaturas conducen a una comunicación rica, pero también más complicada
desde el plano cognitivo y presuponen la interacción de los interlocutores
desde una misma base de conocimiento.
Notamos la gran abundancia de implicaturas que aparecen en la Biblia en
correlación con explicaturas que ayudan a aclarar lo formulado anteriormente.
Aunque la introducción de parábolas parece redundar a favor de la claridad
oracional, su elevado nivel metafórico, si bien aporta belleza, vela de algún modo
el significado real del mensaje, cuya inferencia, por otro lado, tampoco
entraña demasiada complejidad.
La literalidad es un modo de hablar
totalmente neutral y que refleja la realidad a modo de una fotografía. Sin
embargo, en ocasiones es complicado explicarse dentro de los límites del
lenguaje no desviado, motivo por el que recurrimos al símil o a la metáfora. No
obstante, el oyente no percibe las metáforas como falsedades, pues no utiliza
un criterio de verdad para juzgarlas, sino que busca en ellas inferencias
pertinentes y aproximaciones a la verdad. Por medio de las metáforas el
hablante pretende que el oyente extraiga inferencias a las que no se llegaría
con el uso literal del lenguaje.
La metáfora es una figura que viola las normas lingüísticas convencionales. La escuela de Grice sostiene que la metáfora trasgrede una de las máximas de cualidad, ya que lo que se piensa que es verdad se formula por medio de una mentira, y de la máxima de relación, porque hay que indagar en la relación entre el enunciado extraño y el contexto. Searle (1982) propone otro enfoque sobre la metáfora basado en la diferencia entre el significado que el hablante quiere trasmitir y el significado semántico de la formulación en sí. Según esta interpretación, cuando el hablante emplea una metáfora dice "S es P" pero el significado que se asocia es el de "S es R". Sperber y Wilson (1986b) sostienen en Teoría de la Relevancia que el lenguaje figurado supone un uso libre del lenguaje por medio del que el hablante emite una proposición diferente de la expresada más alguna implicación.
Desde la perspectiva semántica, la metáfora se considera una violación de
la norma por la que el emisor trasvasa ciertas zonas de significado del
vehículo al tenor. Este hecho aboca al pensamiento de que la metáfora supone
una operación mental especial basada en
algún principio no semántico. Las obras de Lakoff y Johnson (1980), Lakoff y
Turner (1989) y Lakoff (1987, 1993) dieron lugar al estudio de la metáfora
desde la perspectiva de la lingüística cognitiva, por lo que se la enfoca como
una proyección convencionalizada e idealizada entre dos dominios conceptuales.
Por medio de la metáfora entendemos el segundo dominio a partir del primero. La
metáfora, a través de la Teoría de la Relevancia, también puede considerarse
como una derivación de implicaturas no convencionalizadas.
La parábola, según indica el DRAE, es la “narración de un suceso fingido,
del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una
enseñanza moral”. De ello se deduce que la parábola es un modo de hablar basado
en la similitud, con lo que se enlaza con la metáfora. Sin embargo, pensamos
que la diferencia entre ambas radica en el nivel en que se mueven. La metáfora
pertenece al plano léxico, mientras que la parábola gira en torno al plano
sintáctico. La metáfora tan sólo queda en un intento de aproximación a la
realidad por medio de la fraseología,
motivo por el que necesita la explicitación o desvelación total de ésta para que los receptores, los discípulos
en el caso que nos ocupa, logren la comprensión total del mensaje.
En Mateo (5, 38-42), se opone la ley del talión a la doctrina del amor al prójimo, del perdón, la entrega
y la generosidad total. Las pautas de actuación predicadas por Jesucristo se presenta
mediante bellos ejemplos cuyo significado se infiere sin problemas, desde
nuestro punto de vista actual, aunque el último versículo actúa como elemento
resumidor y explicitador de lo expuesto anteriormente. De este modo encontramos
una simetría perfecta en el desarrollo del párrafo que oscila desde una
introducción que a un desarrollo cuajado de ejemplos que se sintetizan en el
último versículo, a modo de elemento sintético, resumidor y clarificador:
“Oísteis que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Más yo os digo: no resistáis al
mal; y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y
al que quisiere pleitear contigo y quitarte la túnica, déjale también el manto;
y a quien te forzare servirle por espacio de una milla, anda con él dos. A
quien te pidiere, dale, y a quien quiera de ti tomar prestado, no le despidas.”
Ojo por ojo y diente por
diente es un simbolismo lingüístico que aboga la devolución de las ofensas
ajenas como comportamiento opuesto al que defiende la Biblia, que va más allá
del propuesto por la ley del talión: en este caso se extrema la devolución en
sentido inverso puesto que aquel a quien se pide, debe dar dos veces aquello
que se le demanda. Finalmente, se resume el contenido del mensaje de un modo clarificador
que escapa de la metáfora y de la parábola: A quien te pidiere, dale, y a
quien quiera de ti tomar prestado, no le despidas, si bien la
conclusión final, que escapa al lenguaje figurado, no incide en la duplicidad (mejilla
derecha / la otra; túnica / manto; una milla /dos), sino en la generosidad
sin incidir en los límites.
Asimismo, en Mateo 6 (19-24) las riquezas materiales
parecen ser el tema en torno al que gira el presente párrafo:
“No amontonéis riquezas en la tierra, donde la
polilla y herrumbre las destruyen y donde los ladrones las desentierran y
roban; sino atesorad para vosotros tesoros en el cielo, donde ni la polilla y
la herrumbre los destruyen, ni los ladrones las desentierran y roban; porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si, pues, tu ojo estuviere sano, todo tu
cuerpo estará alumbrado; mas si tu ojo estuviese enfermo, todo tu cuerpo estará
tenebroso. Si, pues, la luz que en ti hay son tinieblas, ¡ cuán grandes serán
las tinieblas!.
Nadie puede servir a dos señores: porque al uno
odiará y al otro amará, o al uno atenderá y al otro despreciará; no podéis
servir a Dios y a las riquezas.”
Las riquezas como bien perecedero que pueden ser atacadas por múltiples
factores (polilla, herrumbre, ladrones) que no las convierten en una
pertenencia duradera (un tesoro del corazón al que nada puede atacar ) se
oponen a los bienes imperecederos.
Finalmente, el contraste explícito, escapando al lenguaje figurado y
parabólico, se muestra en el último versículo: la dependencia de los bienes
materiales y perecederos se opone al servicio a Dios, como riqueza del corazón.
Asimismo, en Lucas ( 4:1-12), volvemos a observar estilos de habla
indirectos que se rematan, finalmente, en una explicatura que cierra el
episodio en cuestión:
“Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del
Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días
y fue tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días, y al final de
ellos tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta
piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió: Escrito está: No sólo de
pan vive el hombre.
Después le llevó a una altura y desde allí le
mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: Te daré el poder y
la gloria de todos ellos, porque a mí se me ha entregado, y se la doy a quien
quiero, si, pues, te postras delante de mí todo será tuyo. Jesús respondió y le
dijo: Escrito está: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás.
Luego le condujo a Jerusalén, lo puso sobre el
pináculo del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo,
porque escrito está: A sus ángeles mandará que te guarden, y te tomarán en
las manos para que tu pie no tropiece en una piedra.
Jesús respondió: Dicho está: No tentarás al
Señor, tu Dios.”
Con respecto al episodio del ayuno y las tentaciones, Jesús responde las
dos primeras veces por medio de implicaturas: No sólo de pan vive el hombre,
en respuesta a la necesidad de alimento y Adorarás al Señor, tu
Dios, y a Él sólo servirás, como modo indirecto de rechazar la tentación de
poder y gloria. Finalmente, No tentarás al Señor, tu Dios, sintetiza
de modo abierto la negación a las peticiones anteriores y a cualquier tipo de
futura tentación.
Mateo 13 (24-30) nos propone otra reflexión encabezada por implicaturas,
por modos de hablar indirectos y altamente metafóricos, que, finalmente, y,
tras el salto de 6 versículos bíblicos, se convierten en explícitos, debido a
la petición de los apóstoles:
“Les propuso otra parábola: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buen semilla en su campo. Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña sobre el trigo y se fue. Mas cuando creció la hierba, y granó el fruto, entonces apareció también la cizaña. Llegándose los criados del dueño, le dijeron: Señor, ¿ no sembraste buena semilla en tu campo? ¿ De dónde, pues, tiene cizaña?. Él les contestó: Un hombre enemigo lo hizo. Dijéronle los criados: ¿Quieres que vayamos y la recojamos?. Y les dijo: No, no sea que al recoger la cizaña, saquéis de raíz juntamente con ella el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: ” Recoged primero la cizaña y atadla en haces para quemarla, y el trigo juntadlo en mi granero.”
Enlace con Mateo 13: 36-43:
“Entonces, luego que despidió Jesús a las
muchedumbres, se fue a casa, y se le acercaron sus discípulos diciéndole:
Decláranos la parábola de la cizaña del campo: Respondió: El que siembra la
buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo; la buena semilla,
los hijos del reino; la cizaña, los hijos del maligno; el enemigo que siembra
es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles. Como
se recoge la cizaña y se la quema al fuego, así será el fin del mundo. Enviará
el Hijo del hombre a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los
escandalosos y a todos los que cometen la iniquidad, y los arrojarán en el
horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los
justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Quien tenga oídos, que
oiga.”
La parábola del trigo y la cizaña se trata de una implicatura cuyo
significado no queda claro a los apóstoles, por no haberse sintetizado escapando
al lenguaje desviado, mediante una explicatura. En este caso los discípulos
reclaman una explicación a la máxima que no les ha quedado clara. En esta
parábola encontramos diversos partícipes en la acción: semilla (de trigo)
sembrada por un trabajador, el campo ( que se personifica más adelante ), la
cizaña plantada por el enemigo. En la segunda parte, los actores de la acción,
algunos de los cuales eran seres inanimados en la primera parte, se transforman
en seres animados, quedando explícitos los diversos papeles desempeñados: el
Hijo del hombre (sembrador de semilla), los hijos de Dios (semilla), el mundo
(campo), los hijos del diablo (la cizaña), el diablo (enemigo), el fin del
mundo (la siega) y los segadores (los ángeles). Finalmente, tras la explicatura
a las diversas implicaturas, el párrafo finaliza con la frase Quien tenga
oídos, que oiga, un desvío del lenguaje, reiterado profusamente a lo
largo de la Biblia, en el sentido de Quien quiera entender, que entienda.
5. Conclusiones
Lo
implicado se relaciona con el contexto del habla y del emisor, mientras que lo
inferido pertenece al nivel cognitivo del receptor de la comunicación, por lo
que implicatura e inferencia no pueden considerarse sinónimos. Un concepto
aparte es el de explicatura, que actúa como correlato lingüístico de
implicatura y también se estudia dentro del ámbito de la pragmática.
Asimismo, observamos cómo estos dos conceptos que se estudian en relación,
aparecen en la Biblia manteniendo un equilibrio perfecto entre el lenguaje
desviado, lo implícito de las parábolas, y el lenguaje no desviado, lo
explícito que invariablemente actua como elemento resumidor y clarificador de
cada parábola. No obstante, nuestra reflexión final es que si bien ambos
conceptos se estudian dentro de la pragmática, la explicatura parece
desvincularse de esta ciencia y engarzar directamente con el nivel semántico
por carecer, en el caso que nos ocupa, de desvíos del lenguaje y por mostrarse
atemporal en sus formulaciones y máximas.
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