PRAGMÁTICA Y SINTAXIS
Universidad Autónoma de Madrid
jose portoles en uam es
1. ¿Qué es la
pragmática?[1]
En
la primera mitad del siglo pasado, el semiótico Charles W. Morris (1938)
concibió el estudio de
Esta
primera propuesta de pragmática no tuvo consecuencias inmediatas en el
desarrollo de la lingüística. La necesidad de una disciplina que se ocupara del
uso de la lengua nace de un hecho posterior. En la década de 1960, Charles J.
Fillmore, George Lakoff, James D. McCawley y John Robert Ross, entre otros,
intentaron desarrollar dentro de la nueva gramática generativa una corriente
que se denominó “semántica generativa”. Estos lingüistas pretendieron resolver
como gramaticales problemas de significado que acababan de exponer filósofos
del lenguaje como John Austin, John Searle, Peter F. Strawson o H. Paul Grice.
Después de unos años de desarrollo, el fundador y guía de la escuela generativa
Noam Chomsky atacó con firmeza los fundamentos de la semántica generativa y
mantuvo que muchas de las cuestiones que se intentaban dilucidar quedaban lejos
de las posibilidades de un estudio riguroso del lenguaje como el que él
pretendía, esto es, un estudio fundamentado esencialmente en las propiedades
sintácticas de la gramática. Por este motivo, desterró estos asuntos fuera de
los confines de la gramática, a un terreno que ocupaba aquella disciplina que
había propuesto la semiótica, pero que no se había desarrollado: la pragmática.
A
partir de la década de 1970 los lingüistas que se han ocupado del estudio del
uso de la lengua han procurado delimitar el objeto de la pragmática buscando
unas bases teóricas con las que dar cuenta de los problemas que se les
presentan. En
la actualidad buena parte de esos investigadores considera que la pragmática no
es un componente de la teoría lingüística como puedan ser la fonología, la
morfología, la sintaxis o la semántica, tampoco pertenece a las disciplinas que
relacionan el lenguaje con la realidad extralingüística como la
psicolingüística, la sociolingüística o la neurolingüística. La pragmática, en
su opinión, constituye una perspectiva de estudio que puede ocuparse de
cualquiera de estas disciplinas.
Tomemos,
por ejemplo, un problema en apariencia puramente gramatical. Un hispanohablante
tiene la posibilidad de unir un adjetivo en función de atributo con un sujeto
bien por medio del verbo ser, bien por medio del verbo estar.[3] Así, se puede decir Juan es gordo y Juan
está gordo. Esta elección puede tener restricciones semánticas: un adjetivo
como inteligente se predicará por medio del verbo ser y un
adjetivo como descalzo, por medio del verbo estar. Pues bien,
esta elección puede tener también motivos pragmáticos. Hemos dicho antes que
con un adjetivo como gordo se pueden utilizar los dos verbos, pero
considérense los siguientes ejemplos:
(1) a. Marlon Brando #[4]es/ está gordo.
b.
Helmut Köhl es/ #está gordo.
c.
Juan es/ está gordo.
En estos casos
las circunstancias son distintas, a Marlon Brando lo hemos conocido delgado por
interpretaciones en películas antiguas y preferimos decir que está gordo,
aunque sepamos que nunca va a volver a adelgazar; en cambio, a Köhl sólo lo
conocemos desde su etapa de canciller alemán, cuando ya era una persona gruesa
y decimos de él que es gordo. Por último, Juan, persona a quien no
conocemos, puede ser gordo o estar gordo, precisamente por esta ausencia de
restricción contextual. En definitiva, gramaticalmente gordo es un
adjetivo que admite los dos verbos copulativos, no obstante, este hecho se
puede estudiar desde una perspectiva pragmática y comprobar que existen
limitaciones en el uso real.
2. Comunicación inferencial.
Antes de atender
a otros problemas puramente gramaticales recordemos también que aquello que el
hablante desea comunicar no es sólo lo que se logra de la pura descodificación
de unas palabras, sino de lo descodificado más un enriquecimiento contextual
posterior obtenido por medio de inferencias. Las inferencias son procesos mentales de razonamiento espontáneos,
automáticos e inconscientes que se realizan a partir de la relación de lo dicho
y el contexto. Para comprender en qué consiste la concepción
inferencial de la comunicación, leamos el siguiente ejemplo del Evangelio de
San Lucas:
(2) Jesús, lleno del
Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto,
donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos
días, y al final sintió hambre. Entonces le dijo el diablo:
-
Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.
Y
Jesús le respondió:
-
Escrito está:
No
sólo de pan vivirá el hombre.
Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los
reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo:
-
Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a
quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo.
Y
Jesús le respondió:
-
Escrito está:
Adorarás
al Señor tu Dios
y
solamente a Él darás culto.
Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y
le dijo:
-
Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está:
Dará
órdenes a sus ángeles sobre ti
para
que te protejan y te lleven en sus manos,
no
sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
Y
Jesús le respondió:
-
Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
Y
terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.
(Lucas, 4, 1-13).
En este texto
comprendemos cada respuesta de Jesús como un rechazo del ofrecimiento del
diablo, pero, si lo analizamos con detenimiento, se puede comprobar que no se
expresa literalmente este rechazo, sólo se infiere. La capacidad espontánea,
automática e inconsciente de nuestra mente para inferir hace que comprendamos las
respuestas de Jesús como una serie de rechazos porque el rechazo es la
interpretación de sus palabras más pertinente en ese contexto. El filósofo del
lenguaje H.P. Grice (1975) denominó estas conclusiones inferidas implicaturas
conversacionales.
Advirtamos
también que en el proceso de la comunicación el hablante no sólo tiene en
cuenta su propio contexto mental, sino también el de su interlocutor; así, por
ejemplo, el narrador un poquillo orate de algunas novelas de Eduardo Mendoza
imagina unos contextos mentales equivocados en sus interlocutores, es decir, en
nosotros los lectores:
(3) [...] condujo a los
tres hombres por un pasillo hasta una habitación en cuyo interior dormía un
inválido en una silla de ruedas. Junto a la silla de ruedas del inválido había
una maleta cerrada que contenía, según dijo la enfermera jefa, la ropa del
inválido y otras pertenencias, también del inválido. El inválido, siempre según
la enfermera jefa, había sido preparado para el viaje, con lo que había dado a
entender, esta vez según Magnolio, que le había sido administrado un específico
para dejarlo grogui. Tras este conciliábulo, habían sacado al inválido y su
equipaje de la residencia y metido en el coche al inválido y en el maletero la
silla de ruedas del inválido y la maleta del inválido y habían partido con el
inválido y la impedimenta del inválido. [E. Mendoza, La aventura del tocador
de señoras, Barcelona, Seix Barral, 2001, pág. 254]
Estos
enunciados no son agramaticales, sino únicamente pragmáticamente extraños. Ello
se debe a que se nos repite información que ya tenemos en nuestro contexto
mental y que, por consiguiente, carece de pertinencia para nosotros. Quien así
habla conoce la gramática del español, pero no usa esta lengua como los
hablantes normales.
3. Orientación argumentativa.
La importancia de la contribución contextual
no anula, con todo, el valor de la forma lingüística elegida. La expresión
lingüística que comunica un acontecimiento no es su representación, pero
permite que a partir de ella el oyente la construya. Un mismo hecho puede ser
contado de distintos modos y, según la formulación escogida, lo recreado por su
interlocutor será también distinto; por ejemplo, una estudiante a la que le
queda por redactar la conclusión de un trabajo puede decir:
(4) a. Todavía no he acabado el trabajo.
b. Ya estoy acabando el trabajo.
La realidad es la misma en los dos
casos -a saber, le falta por redactar la conclusión- pero será diversa la representación
que quien le escucha se haga de esa realidad. Sobre la relación entre la forma
lingüística y la comprensión de un enunciado, son muy interesantes los
conceptos desarrollados por
Supongamos que alguien que pilota un
avión lo estrella contra las Torres Gemelas de Nueva York. Los periodistas que
relatan estos hechos pueden decir que se trata de un secuestrador:
(5) Una pasajera de
uno de los cuatro aviones secuestrados y utilizados para atacar objetivos
estratégicos en Estados Unidos logró contactar a través de un teléfono móvil
con su marido desde el aparato y le relató la situación a bordo: todos los pasajeros,
los miembros del equipaje y los pilotos habían sido obligados a situarse en la
parte trasera del avión y los secuestradores se habían hecho con los
mandos.[en El País Digital, 12-IX-2001]
Los
significado de los palabras condicionan las posibles continuaciones discursivas
que esperamos a partir de ellas y, en nuestra opinión, también las inferencias.
Este hecho lo denominan Ducrot y Anscombre orientación argumentativa. A
partir del sustantivo secuestrador no nos asombrarían las siguientes
continuaciones:
(6)
a. Es un secuestrador. Puede cometer
una maldad.
b. Es un secuestrador. No se puede
confiar en él.
Y,
en cambio, nos extrañarían:
(7)
a. #Es un secuestrador. Es una buena
persona.
b. #Es un secuestrador. Se puede
confiar en él.
Secuestrador
orienta argumentativamente hacia “cometer una maldad” y constituye un argumento
antiorientado con “ser una buena persona”.
Ahora bien, el problema que se
encuentra el redactor de la noticia es que estas personas no eran simples
secuestradores, también pilotaban los aviones y la orientación argumentativa
del sustantivo piloto es distinta a la de secuestrador; compárese
(6) con (8):
(8) a. #Es un piloto. Puede cometer una
maldad.
b. #Es un piloto. No se puede
confiar en él.
¿Cómo
resolver este problema? La sintaxis le da una solución: modificar el sustantivo
con un adjetivo calificativo pospuesto. Con este recurso sintáctico se puede
aumentar la fuerza como argumento de un sustantivo, pero también se puede
invertir esta fuerza, es decir, cambiar su orientación (Ducrot 1998). En el
caso de aumentar la fuerza, hablaremos de un adjetivo realizante, si la
disminuye o la invierte, desrealizante. Una prueba para distinguir uno u
otro tipo de adjetivos la encontramos en el uso de y, además, o de pero.
Así, tenemos, por ejemplo:
(9) a. Es una amiga y, además, (#pero)
íntima.
b. Tiene un coche y, además, (#pero)
es grande.
c. Es escritor y, además, (#pero)
bueno.
“Una
amiga íntima” tiene más fuerza argumentativa que “una amiga”, lo mismo sucede
con “un coche grande” frente a “coche”, y un “escritor bueno” y “un escritor”. Íntima,
grande y bueno son adjetivos realizantes en relación con los
nombres a los que modifican. Con los siguientes adjetivos sucedería lo
contrario:
(10) a. Es una amiga (#y, además), pero
reciente.
b. Tiene un coche (#y, además), pero
pequeño.
c. Es escritor (#y, además), pero
malo.
Reciente, pequeño
o malo son adjetivos desrealizantes con respecto al nombre al que
modifican. Esto quiere decir que si a una amiga le puedo pedir un favor:
(11) a. Es una amiga. Me hará el favor.
Con una amiga reciente no nos
extrañaría escuchar:
b. Es una amiga reciente. Puede que
no me haga el favor.
Volvamos a piloto. La
orientación argumentativa de piloto es contraria a la deseada, por lo
que se utiliza un modificador desrealizante para invertirla. Este modificador
es, en la mayoría de las ocasiones, el adjetivo suicida.
(12) a. La única forma eficaz, según los
expertos, de evitar atentados como los cometidos el martes en Estados Unidos es
que los terroristas no suban al avión. Una vez que un piloto suicida ha
tomado los mandos, sólo queda una manera de impedir que alcance su objetivo:
derribarlo. [en El País Digital, 12-IX-2001]
b.
El teléfono de su domicilio en Madrid figuraba en la agenda encontrada en un
piso de Hamburgo (Alemania) a un compañero de Mohamed Atta, piloto suicida
que estrelló el avión contra la primera de las Torres Gemelas. [en El
Periódico de Catalunya, 20-XI-2001]
c.
Los pilotos suicidas fueron entrenados en EEUU. [en El Mundo,
13-IX-2001]
Es
fácil comprobar en las noticias de los atentados del 11 de septiembre de 2001
que el sustantivo piloto, referido a los secuestradores, rara vez se
utiliza sin el adjetivo suicida. Las inferencias que ocasiona este
sustantivo son contrarias a las deseadas y se precisa un modificador que las
invierta, este es el cometido de dicho adjetivo.
4. Agentes.
Como
todos sabemos, los atentados de septiembre han influido en la economía mundial.
No obstante, la economía es un objeto que, desde el punto de vista lingüístico,
en muchas ocasiones sufre procesos sin que quede claro el agente que los
efectúa. En este cometido son imprescindibles los verbos pronominales con
interpretación media. El uso de estos verbos lo aprendemos en nuestra más
tierna infancia. El niño ha roto el jarrón tiene una interpretación
activa, el sujeto ha efectuado la acción; El jarrón ha sido roto por el niño
tiene una interpretación pasiva, existe lo que la gramática tradicional
denominaba un sujeto paciente El jarrón y un sujeto agente por el
niño. Lo que aprendemos pronto es a decir El jarrón se ha roto donde
el jarrón resulta roto, pero no se especifica quién lo ha roto; se trata del
uso de un verbo pronominal con interpretación media.
En los comentarios de economía el
uso de estos verbos es frecuente. Veamos un ejemplo:
(13) “Una vez se disipe la distorsión por el
clima, en los próximos dos meses, creo que el cuadro reflejará que la economía se
frena y el mercado de trabajo se contrae paralelamente”, opinó
Robert Brusca, economista jefe de Ecobest Consulting. Un elemento que indica
que el mercado laboral se enfría es el salarial: los sueldos se
mantuvieron como en diciembre, en una media de 14,02 dólares por hora, pese
a que todas las estimaciones preveían un alza del 0,3%. [en El País Digital,
3-II-2001]
De
este modo, la política económica del gobierno de turno crea empleo y riqueza,
pero, si esto no sucede, nadie tiene la culpa y la economía se convierte en
sujeto de un verbo pronominal. Más ejemplos:
(14) a. La reducción de los tipos de interés en
medio punto por parte de
b. La economía se
desacelera, toca fondo y mantiene la desaceleración durante varios
trimestres consecutivos antes de iniciar la recuperación. [en Expansión
Directo, marzo de 2001]
5. Presuposiciones.
Continuemos con una serie de verbos que
también utilizan habitualmente aquellos que hablan de materias económicas. Los gobernantes, sobre todo si
llevan tiempo en el poder, deben mostrar, por una parte, que actúan frente a
los problemas, pero, por otra, han de indicar que la situación en sí misma ya
era buena y que sólo se puede aumentar esta bondad. En este cometido, son
útiles una serie verbos y sustantivos deverbales con los que se presupone una
existencia anterior. Veamos los siguientes textos:
(15) a. El presidente del Gobierno, José María
Aznar, propuso este fin de semana “intensificar la actuación de los
órganos de control y supervisión” y “reforzar los controles propios del
Estado de Derecho” con el objeto de impedir “enriquecimientos conseguidos
mediante el engaño”, en alusión al caso Gescartera. [en Expansión Directo,
27-VIII-2001]
b. El ministro de Hacienda, por
otra parte, señaló su deseo de fortalecer la capacidad “consultiva y
decisoria” del Consejo de Política Fiscal y Financiera, de forma que tengan un papel
más relevante las autonomías en el seguimiento del nuevo modelo. [en Expansión
Directo, 11-XI-2001]
Los verbos intensificar,
reforzar o fortalecer presuponen la existencia de su objeto
directo con anterioridad al momento de los hechos del relato. Véase el
contraste entre:
(16) a. El
gobierno obliga/ fuerza la actuación de los órganos de control, porque
no existía antes.
y
b. #El gobierno intensifica/ refuerza/ fortalece la
actuación de los órganos de control, porque no existía antes.
Tanto con intensificar
como con reforzar o fortalecer existía ya una actuación en un
sentido determinado que sólo se debe aumentar en intensidad.
Un caso
cercano es la sustitución del verbo mejorar por optimizar. Aquí
los dos verbos presuponen una existencia anterior del objeto directo, así:
(17) a. Se deben mejorar/ optimizar
los controles de las operaciones bancarias.
b. #Se deben mejorar/ optimizar
los controles de las operaciones bancarias, porque no existían.
Se presupone en (17a) y en (17b) que ya había algún tipo de
control. La diferencia se encuentra en la calificación de estos controles.
Veamos un ejemplo:
(18) El Servicio de Defensa de
Si sustituimos optimizar por mejorar podemos
pensar en un enunciado:
(19) a. Hay que mejorar el control de
estas operaciones, porque no es bueno.
Pero nos extrañaría:
b. #Hay que optimizar el
control de estas operaciones, porque no es bueno.
Con optimizar el control no sólo ya existía, sino que
era bueno; únicamente hay que conseguir que sea óptimo. Como se ve, una
presuposición muy útil para quien gobierna.
Algo
semejante tendremos con los verbos agilizar o dinamizar, con
ellos se muestra que ya se avanza y que sólo es necesario acelerar el paso:
(20) a. Economía quiere llevar en breve al
Consejo de Ministros dos nuevos anteproyectos con el objetivo de optimizar
y agilizar las actuaciones de control de competencia. [en Expansión
Directo, 25-V-2001]
b. Las diferencias estructurales entre
ambas regiones económicas son más que evidentes, lo que debe llevar a España a
seguir avanzando en las reformas necesarias para dinamizar su economía.
[en Expansión Directo, 3-IX-2001]
c.
6. Hipérbole y metáfora.
Entre
nuestras ideas preconcebidas sobre el lenguaje y su uso se encuentra la
supuesta literalidad de nuestros mensajes, literalidad que únicamente se vería
rota en los mensajes figurados propios de la poesía. Sin embargo, al hablar no
pensamos en reproducir literalmente una realidad, sino en conseguir que nuestro
interlocutor llegue al enriquecimiento pragmático oportuno. La literalidad es
un caso extremo y extraordinario de parecido en una representación. Los hablantes
no esperamos que lo que se nos dice sea literal -en otras palabras, exactamente
verdadero- sino que se pueda obtener de ello el mayor número de inferencias
pertinentes con el menor esfuerzo.
Este
punto de partida nos da cuenta de un modo distinto al habitual de diferentes
figuras retóricas. Así, Helena Beristáin (1985, s.v.) define la hipérbole como
“exageración o audacia retórica que consiste en subrayar lo que se dice al
ponderarlo con la clara intención de trascender lo verosímil [...]”. En realidad,
el habla de todos los días está llena de hipérboles:
(21) a. Lleva toda la vida esperando una
solución.
b.
No puedo aguantar más a Antonio.
c.
En el metro no cabía un alfiler.
g.
En Madrid no se puede respirar de tanta contaminación.
h. Con estos precios
nadie puede comprarse un piso.
Todos sabemos
que nadie lleva toda la vida esperando una solución, que siempre se puede
aguantar un poco más a una persona, que
cabía un alfiler en el metro, que los madrileños no nos morimos de asfixia cada
invierno y, por último, que, aunque empeñados hasta la jubilación, al final
conseguimos comprarnos un pisito. No obstante, el oyente no percibe estas
hipérboles como exageraciones falsas, pues no utiliza un criterio de verdad
para juzgarlas, sino que busca en ellas inferencias pertinentes.
También
la metáfora recibe otra explicación dentro de la pragmática. Sería un caso
extremo de uso aproximado, es decir, no literal. Con ella el hablante pretende
que el oyente obtenga unas implicaturas que serían inalcanzables con un uso
literal del lenguaje. Quien declara Hacienda es una máquina permite que
el interlocutor obtenga una serie de implicaturas: Hacienda trabaja sin
descanso, no tiene sentimientos o no se detiene ante nada; implicaturas que
difícilmente se podrían comunicar de otro modo.
De
nuevo, la metáfora no será un mecanismo extraordinario, sino un fenómeno
perfectamente explicable por el mismo principio que rige el común de la
comunicación humana: se busca la pertinencia para obtener las implicaturas oportunas.
La diferencia principal entre las metáforas más usuales del habla diaria y las
más creativas propias de la literatura está en ser estas últimas menos
predecibles.
Las
metáforas más usuales se basan en nuestra experiencia primera con la realidad material
(Lakoff y Johnson 1980). Entre estas experiencias tenemos nuestros propios
movimientos o la manipulación de objetos. Vamos a detenernos en metáforas de
este tipo. Es frecuente, por ejemplo, la metáfora de comprender a los
trabajadores como un objeto. Para conseguirlo el primer paso es deshumanizarlos
por medio del sintagma mercado de trabajo o mercado laboral.
(22) El outlook de
Una vez que los trabajadores y sus derechos y deberes se
convierten en un objeto (mercado laboral) se le otorgan propiedades físicas.
Por lo general, este objeto se presenta como rígido.
(23) El reto
consiste en obtener que la moneda única -el euro- opere como una fuerza que
remueva los obstáculos que aún limitan la competitividad en la región: la rigidez
del mercado laboral, el peso excesivo y la escasa eficiencia del Estado Social,
la elevada carga impositiva, el exceso de regulación en los servicios públicos
y la reducida capacidad de producir innovaciones en comparación con las otras
grandes áreas económicas del mundo. [en El Mundo, 8-I-1999]
El adjetivo rígido y el sustantivo rigidez
están peyorativamente marcados en español. Esto se puede probar gracias a la
locución preposicional en aras de. El término de esta locución se
comprende como axiológicamente positivo, así se explica el contraste entre:
(24) a. Tomó esta decisión en aras del bien de la sociedad.
b. #Tomó
esta decisión en aras del mal de la sociedad.
El mal está, evidentemente, marcado como peyorativo en
nuestra cultura y, en consecuencia, nos extraña que sea término de esta
locución prepositiva. Veamos lo que sucede con rigidez. Nos extrañaría:
(25) a. #Tomó esta decisión en aras de la rigidez
de los mercados laborales.
Porque el sustantivo rigidez orienta hacia
conclusiones axiológicamente peyorativas. Lo deseable es la flexibilidad.
No nos extrañaría, pues:
b. Tomó esta decisión en aras de la flexibilidad
de los mercados laborales.
Por otra parte, la flexibilidad de un objeto no lo cambia,
continúa siendo el mismo. El mercado laboral que se flexibiliza adelgaza por un
sitio para crecer por otro y, en consecuencia, no nos sentimos amenazados, de
ahí también la ventaja de denominar la disminución de los derechos de los
trabajadores como flexibilidad del mercado laboral.
(26) a. Para el jefe del Ejecutivo, estos
problemas se resolverían a través de una mayor flexibilidad salarial y
del mercado laboral [...]. [en Expansión Directo, 10-IX-2001]
b. Nuestro objetivo [de Aznar] es la
profundización del mercado interior en sectores como la energía; la superación
de la fragmentación física de los mercados mediante el desarrollo de las
necesarias infraestructuras; un reforzamiento de la competencia de
7. El territorio.
El
sociólogo canadiense Erving Goffman (1971) defendió el concepto de territorio
para explicar algunos de los comportamientos de los seres humanos. Nuestro territorio comprende el
cuerpo y sus diversas prolongaciones, tales como nuestros objetos o, incluso,
nuestras conversaciones. Este fragmento de un Episodio Nacional de Galdós
refleja cómo Narváez defendía su territorio corporal:
(27) Una mañana estuvo aquí
un diputado andaluz, que es hombre graciosísimo. Fue en las Corte pasadas. De
su nombre no me acuerdo, de su cara sí: alto, moreno, con patillas de boca
de jacha, dientes muy blancos, y un decir ameno, con chiste en cada frase,
y los ademanes tan sueltos y desahogados que ellos bastaran para hacer reír.
Narváez se divirtió oyéndole contar cosas de la tierra: aquel día ceceaba como
en su mocedad. El pobre granadino, viendo a su paisano tan gozoso y bromista,
se fue del seguro y cometió la pifia de ponerle la mano en el hombro. Sentir la
mano del andaluz en su hombro fue para don Ramón como sentir la picadura de una
víbora. Volvióse, cogió con violencia la insolente mano, y echando lumbre por
los ojos, le dio un fuerte estirón hacia abajo, diciendo: “Esa
mano en los calzones!” Quedóse el otro de una pieza. No volvió a soltar
chistes, ni don Ramón se los hubiera reído aunque a chorros los echara. [B.
Pérez Galdós (1902): Narváez, Madrid, Historia 16, 1995, 111]
Como acabamos
de decir, el territorio de nuestra persona no se limita al cuerpo. Se incluye
también un espacio a nuestro alrededor. Cuando, por ejemplo, entramos en un
vagón de metro que está ocupado sólo por otra persona, evitamos sentarnos a su
lado; buscamos un asiento alejado, un lugar que nos permita que no choquen
nuestros dos territorios.
Pese
a ello, los enfrentamientos territoriales son frecuentes. Amenazan nuestro
territorio el espectador con quien compartimos el brazo de una butaca en el
cine, los libros y apuntes de alguien que se sienta a nuestro lado en una
biblioteca o las toallas de otra familia en la playa. En pocas palabras, es
normal que sintamos que, si otro amplía su territorio, se ataca el nuestro.
Por otra parte, y simultáneamente,
admitimos que, si alguien ya ha ocupado un territorio, tiene unos derechos
adquiridos sobre él. Pensemos en el maletero de un vagón de tren. Una vez que
alguien coloca sus bultos es difícil movérselos. Igualmente, si un estudiante
extiende sus apuntes en la mesa de una biblioteca, nos costará que los recoja
para dejar un hueco a los nuestros o, si en la playa consentimos que nos pongan
cerca otra toalla, una vez extendida poco podremos hacer. Dos comportamientos, pues,
se cruzan: defendemos nuestro territorio, pero respetamos el territorio de los
demás una vez que lo han adquirido.
Dicho esto, podemos explicarnos
muchos de los usos del verbo profundizar con un complemento argumental
de lugar “en donde”. Como hemos visto, los seres humanos sentimos como una
amenaza la ampliación del territorio de los demás pero respetamos el terreno ya
adquirido. En consecuencia, una forma de ampliar un espacio sin que nuestros
congéneres se sientan amenazados es ir hacia abajo en nuestro propio
territorio. Si un vecino cava en su campo no nos sentiremos amenazados, si
corre los muros, sí. El verbo profundizar presenta una acción que en la
realidad invade un territorio ajeno como una acción que no supera los límites
establecidos. Volvamos al mercado laboral para comprenderlo mejor. Las
reformas que disminuyen los derechos de los trabajadores se sienten como
amenazadoras. Para evitarlo, una primera solución es referirse a una reforma
del mercado laboral como algo que ya se ha comenzado a efectuar, esto es, un
territorio ya ocupado y después presentar con un uso metafórico del verbo profundizar
que este territorio no se amplía, que sólo se desciende en él sin variar los
límites.
(28) a. El jefe del Ejecutivo cree que es necesario
“profundizar en la reforma laboral” para alcanzar el objetivo del pleno empleo
en esta década, tal y como prometió durante la pasada campaña electoral. [en El
Mundo, 7-III-2001]
Otro ejemplo. Una
ampliación del Concierto Económico del País Vasco se puede comprender por los
ciudadanos españoles que no son vascos como un ataque a sus intereses, su
pensamiento es que aquello que no paguen los ciudadanos vascos lo pagará el
resto. Por ello, no extraña que
b. Zenarruzabeitia destacó que
también había transmitido a Montoro su aspiración de “mantener, consolidar y profundizar”
en el Concierto Económico, al tratarse de uno de los pilares básicos de nuestro
autogobierno fiscal. [en Expansión Directo, 18-II-2001]
8. Conclusión
La concepción de
la pragmática como perspectiva tiene como piedra angular la idea de elección.
Desde este punto de partida la gramática no es sólo la estructura que permite
levantar el edificio de una lengua, es también uno de los ámbitos de una lengua
en los que el hablante puede elegir entre distintas opciones para comunicar lo
que desea de una manera determinada. La elección de una forma lingüística u
otra puede presentar unos mismos hechos como muy distintos a los ojos de
nuestro interlocutor. En estas páginas nos hemos limitado a ver unos pocos
ejemplos de un inmenso campo de estudio, tan amplio como la misma gramática.
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Stephen C. Levinson (1983) Pragmática, Barcelona, Teide, 1989.
Jacques Moeschler y Anne
Reboul (1994) Diccionario
enciclopédico de pragmática, Madrid, Arrecife, 1999.
Charles W. Morris (1938) Foundations
of the Theory of Signs, en Writings on the General Theory of Signs,
Graciela Reyes (1990) La pragmática lingüística, Barcelona,
Montesinos.
Graciela Reyes (1995) El abecé de la pragmática, Madrid,
Arco.
Graciela Reyes, Elisa Baena
y Eduardo Urios (2000) Ejercicios
de pragmática I y II, Madrid, Arco/Libros.
© José Portolés. Círculo de Lingüística Aplicada a
http://www.ucm.es/info/circulo/no16/portoles.htm
[1] Esta investigación ha sido financiada por el proyecto BFF 2000-1438 de
[2] Libros sobre pragmática en español o traducidos a esta lengua son:
Briz (1998), Calsamiglia Blancafort y Tusón Valls (1999),
Calvo Pérez (1994), Escandell Vidal (1996),
Fuentes Rodríguez (2000), Gutiérrez Ordóñez (1997a, 1997b, 2000a, 2000b), Levinson (1983), Moeschler y Reboul (1994), Reyes (1990, 1995),
y Reyes, Baena y Urios (2000).
[3] Permítaseme olvidar el verbo parecer y los otros verbos con usos copulativos.
[4] Este signo, que se denomina “sostenido”, no indica que un enunciado sea agramatical, sino que es pragmáticamente extraño, es decir, que es costoso encontrar un contexto en el que se pueda comprender.