La crucificación de El Salvador

Durante muchos años los dictadores instalados y apoyados por nuestro gobierno han llevado a cabo un amplio programa de torturas y asesinatos, algo que no parece interesar demasiado en este país. Ni siquiera se han tomado la molestia de encubrir los hechos. No obstante, a Finales de los setenta, el Gobierno de EEUU se vio implicado en un par de cosas.

Una fue Somoza, el dictador de Nicaragua, que estaba perdiendo el control de la situación. EEUU estaba perdiendo una zona crucial para su control militar de la región. Un segundo peligro era aún más amenazante. En.El Salvador se estaba experimentando un sensible crecimiento de las organizaciones populares, asociaciones de campesinos, cooperativas, sindicatos, grupos de base de la iglesia que se convertían en grupos de ayuda mutua, etc. Una amenaza para la democracia.

En el mes de febrero de 1980 el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, envió una carta al presidente Carter en la que le rogaba no prestar ayuda militar a la junta que gobernaba el país. Argumentaba que la ayuda sería usada «para incrementar la injusticia y la represión hacia las organizaciones populares» que estaban luchando «por el respeto a los más elementales derechos humanos». Malas noticias para Washington, no hace falta decirlo.

Unas semanas más tarde, Monseñor Romero fue asesinado mientras estaba diciendo misa. Entre otras atrocidades, se le atribuye el asesinato al neo-nazi Roberto D'Aubuisson. Éste era el «líder vitalicio» del partido ARENA, que ahora gobierna en El Salvador; miembros de este partido, como el actual presidente Alfredo Cristiani tenían que hacer un juramento de sangre a este personalmente.

Miles de campesinos y de pobres de la ciudad tomaron parte en una misa de homenaje una década más tarde, lunto con obispos extranjeros, pero la ausencia de EEUU fue clamorosa. la iglesia salvadoreña propuso formalmente a Romero para su canonización.

Todo esto sucedió sin apenas una breve mención en el país que había entrenado y apoyado a su asesino. The New York Times «el periódico liberal» no publicó ningún editorial sobre el asesinato, y ninguna noticia o editorial sobre la conmemoración.

El 7 de marzo de 1980, dos semanas antes del asesinato, se había establecido en El Salvador el estado de sitio, y había comenzado la guerra contra su población, con continuo apoyo e implicación de Estados Unidos. El primer gran ataque fue una masacre efectuada en Río Sumpul, una operación coordinada entre los Ejércitos de Honduras y El Salvador en la que al menos 600 personas fueron masacradas. Hubo niños cortados en pedazos a machete, y mujeres torturadas y estranguladas. Trozos de cuerpos se encontraron durante días en el Kio. Había observadores de la iglesia, de manera que las noticias llegaron inmediatamente, pero la mayoría de los medios de comunicación estadounidenses juzgaron que no merecía la pena informar de la noticia.

los campesinos han sido las principales víctimas de esta guerra, así como las organizaciones sindicales los estudiantes, curas, o cualquiera sospechoso de trabajar por los intereses del pueblo. Durante el último año de la administración Carter, 1980, la cuenta de muertos se elevó hasta los 10.000, alcanzando los 13.000 cuando los reaganistas se hicieron cargo de la presidencia.

En octubre de 1980 el nuevo arzobispo condena «la guerra de exterminio y de genocidio contra una población civil indefensa» llevada a cabo por las fuerzas de seguridad. Dos meses después fueron aclamadas por «sus valientes servicios, junto con el pueblo, contra la subversión» por el presidente José NapoIeón Duarte, candidato moderado favorito de EEUU, en el acto de toma de posesión de su cargo como presidente civil de la junta.

El papel del «moderado» Duarte consistió en encubrir con una hoja de parra a los militares y asegurar el flujo de fondos estadounidenses después de que los militares hubieran raptado y violado a cuatro monjas norteamericanas. Esto sí acarreó algunas protestas en EEUU; masacrar salvadoreños es una cosa, pero violar y asesinar monjas americanas es un craso error. Los medios de comunicación diluyeron y tergiversaron la historia, siguiendo las directrices de la administración Carter y su comisión investigadora.

Los reaganistas fueron mucho más lejos, tratando de justificar tamaña atrocidad, especialmente el secretario de Estado Alexander Haig y la embajadora ante Naciones Unidas Jeane Kirkpatrick. De todas maneras se juzgó oportuno llevar a cabo un juicio farsa algunos años más tarde, mientras se exculpaba a la junta asesina y, por supuesto, al pagador.

Los periódicos independientes de El Salvador, que hubieran podido informar sobre estas atrocidades, habían sido destruidos. A pesar de que estaban en la línea general y a favor de las grandes corporaciones económicas, eran demasiado indisciplinados para el gusto de los militares. Los hechos ocurrieron en 1980-81, cuando uno de los editores fue asesinado por las fuerzas de seguridad; los otros se marcharon al exilio. Como de costumbre los sucesos no merecieron más que unas pocas líneas en los periódicos norteamericanos.

En noviembre de 1989, seis jesuitas, su cocinera y su hija, fueron asesinados por los militares. Esa misma semana por lo menos 28 salvadoreños fueron asesinados, entre los que se encontraban un líder sindical, una responsable de una organización de mujeres universitarias, nueve miembros indígenas de una cooperativa agrícola, y diez estudiantes universitarios.

Los teletipos llevaron una historia recogida por el corresponsal de la Associated Press, Douglas Grant Mine, en la que se contaba cómo los soldados habían entrado en un barrio obrero de la capital, habían capturado seis hombres, añadiendo un chico de catorce años para redondear la cifra, los habían alineado contra un muro y los habían fusilado. «No eran curas o militantes de los derechos humanos» escribió Mine, «de manera que la noticia pasará inadvertida». De la misma manera que sucedió con el reportaje de este periodista.

los jesuitas fueron asesinados por miembros del Batailón Atiacati, una unidad de élite, creada entrenada y equipada por Estados Unidos. Fue formada en marzo de 1981, cuando 15 especialistas en contrainsurgencia fueron enviados a El Salvador, procedentes de la Escuela Militar de Fuerzas Especiales de Estados Unidos. Desde el principio el Batallón estuvo implicado en matanzas masivas. Un instructor norteamericano describía a sus miembros como «particularmente feroces... Nos falta tiempo para conseguir que hagan prisioneros, en lugar de coleccionar orejas».

En diciembre de 1981, el Batallón tomó parte en una operación en la que más de un millar de civiles fueron asesinados en una orgía de muerte, violación y cremaciones. Más tarde se vio envuelto en los bombardeos de aldeas y en el asesinato de cientos de civiles por disparos, estrangulamientos y otros métodos. la gran mayoría de las víctimas eran mujeres, niños y ancianos.

El Batallón Atiacati había sido entrenado durante un corto período de tiempo por fuerzas especiales norteamericanas, justo antes de cometer la matanza de los jesuitas. Esto ha sido una constante durante toda la existencia del Batallón; algunas de sus peores matanzas han ocurrido cuando todavía estaba fresco el entrenamiento recibido de sus instructores norteamericanos.

En la «joven democracia» que era El Salvador, adolescentes de trece años eran reclutados en los barrios de chabolas y en los campamentos de refugiados y forzados a ser soldados. Eran adoctrinados con rituales copiados de los nazis, que incluían brutalización y violación, con el fin de prepararlos para los asesinatos, violaciones y ritos de carácter satánico que a veces se representaban.

La naturaleza del Ejército salvadoreño fue descrita por un desertor que recibió asilo político en Texas en 1990, a pesar de la reclamación efectuada por el Departamento de Estado para que fuera extraditado a El Salvador. (Su nombre fue ocultado por la corte a fin de protegerlo de los escuadrones de la muerte).

Según este desertor a los reclutas se les obligaba a matar perros y buitres mordiéndoles en la yugular y arrancándoles la cabeza, y tenían que mirar cómo otros soldados asesinaban y torturaban a sospechosos de disidencia, arrancándoles las uñas, cortándoles la cabeza y descuartizando los cuerpos para jugar con sus miembros.

En otro caso, un autoinculpado miembro de los escuadrones de la muerte salvadoreños, asociados con el Batallón Atiacati, César Vielman Joya Martinez, detaIló la participación de los consejeros norteamericanos y del Gobierno salvadoreño en las actividades de los escuadrones de la muerte. La administración Bush hizo todo tipo de esfuerzos para silenciarle y le embarcó de vuelta a una probable muerte en El Salvador, a pesar de los ruegos de las organizaciones de derechos humanos y llamamientos del Congreso para que fuese oído su testimonio. (El tratamiento que se dio al principal testigo en el caso del asesinato de los jesuitas fue similar).

Los resultados del entrenamiento militar del Ejército salvadoreño fueron gráficamente descritos en el periódico jesuita América por Daniel Santiago, un cura católico que trabajaba en El Salvador. Hablaba de una campesina que volvía a casa un día y encontró a sus tres hijos, su madre y su hermana sentados alrededor de la mesa, con su cabeza decapitada cuidadosamente colocada en frente de ellos, sobre la mesa, con las manos encima, «como si los cuerpos estuvieran acariciando su cabeza».

Los asesinos, de la Guardia Nacional Salvadoreña, encontraron cierta dificultad en colocar debidamente la cabeza de un niño de dieciocho meses, de forma que tuvieron que atar sus manos en torno a ésta. Un gran cacharro de plástico lleno de sangre estaba artísticamente colocado en el centro de la mesa.

De acuerdo con el reverendo Santiago, tales macabras escenas no son inusuales.

«La gente no es simplemente asesinada por los escuadrones de la muerte en El Salvador,- se les decapita y sus cabezas son colocadas sobre picos que salpican el paisaíe. Los hombres no son solamente destripados por la Policía de Hacienda, se les cortan los genitales y se les meten en la boca. Las mujeres no son solamente violadas por la Guardia Nacional; sus matrices son extirpados y colocadas sobre la cara a modo de sudario. No solamente se mata a los niños; son arrastrados sobre alambres afilados hasta que la carne se separa de los huesos, mientras sus padres son obligados a contemplar el suplicio».

El reverendo Santiago señala que este tipo de violencia se acrecentó cuando la Iglesia comenzó a formar asociaciones de campesinos y grupos de ayuda mutua en un intento de organizar a los pobres.

Nuestro apoyo a El Salvador ha constituido un verdadero éxito. las organizaciones populares han sido diezmadas, tal y como predijo Monseñor Romero. Decenas de miles de personas han sido Tasacradas y más de 100.000 se han convertido en refugiados. Este es uno de los episodios más sórdidos de la historia de los Estados Unidos, y eso que tenía una dura competencia.