¿Por qué entonces, tanta resistencia en este país para publicar las obras de Bookchin? No lo sabemos a ciencia cierta.
Pero, desde luego Bookchin molesta.
Molesta tanto a los libertarlos como a los ecologistas y a los marxistas.
«Una de las debilidades humanas, la más tenaz es la tentación, por parte de los individuos o grupos, cada vez que la realidad se pone dif-lcfl e incoherente, a recaer en las ideologías superadas, veánse arcáicas, para quedarse con un sentimiento de continuidad y seguridad...» «...
Por desgracia, las tendencias paseistas ya no son tampoco una excepción para muchos llamados anarquistas (o libertarios, n.d.I.r.), algunos de los cuales han adoptado ideas místicas, a menudo abiertamente primitivistas, combinadas con toda clase de ecoteologías" e ideologías del culto de la dehesa...
Otros también, se han dado la vuelta, sin ningún espíritu crítico, hacia las verdades eternas del anarco-sindicalismo, aunque éstas hayan desaparecido desde la Guerra Civil española de 1936-1939.
[4]
Cuando sabemos el peso de la nostalgia debido a la gesta revolucionaria del anarco-sindicalismo en este país, entendemos mejor esta desconfianza hacia cualquier intento de renovación o actualización del pensamiento anarquista.
Sirva este libro para abrir paso a uno de los pensadores más lúcidos de nuestra época y a su obra de una gran claridad analítica y, a la vez, de una rara coherencia constructiva, casi podríamos decir, existencial.
Y no se trata de poner a nadie por las nubes, sobre todo en nuestros medios, sino de comprender que, por su propia historia, Bookchin es un nexo de unión entre dos épocas, dos situaciones sociales, políticas y económicas muy distintas: la de los años treinta e incluso antes, con sus agudizadas luchas sociales y sus islotes «precapitalistas» altamente comunicativos y esperanzados y nuestra época que todos conocemos.
Además no basta la teoría para comprender a un autor, ésta se nos revela como demasiado estrecha si no lo situamos dentro de la complejidad de sus emociones, relaciones y su evolución, o sea, de la corriente de la vida.
Bookchin nace en 1921, en una especie de vivero revolucionario.
Crece en un barrio de Nueva York, el Bronx, donde se habían refugiado más de un millón de exiliados, sobre todo judíos rusos de tendencias revolucionarias muy diversas pero, eso sí, muy respetuosas unas de otras, por lo menos en un primer tiempo.
Esta especie de pueblo dentro de la ciudad no tenía una estructura social adaptada al mercado capitalista y el valor principal no era el dinero.
Se habían traído de sus pueblos de origen otros valores como la liberación, las luchas, las esperanzas que desarrollaban en tertulias y animados debates por la noche, después del trabajo.
Para los judíos la salvación no estaba en la fe, como para los cristianos, sino en el saber.
De ese valor se impregnó el niño Murray como también heredó esa capacidad de discutir las diferencias con tolerancia pero, eso sí, hasta donde fuera necesario y con gran talento de orador convincente.
«...
Mis padres, ellos tenían fe en la Revolución rusa, no porque fueran marxistas, pero los Bolcheviques eran, a pesar de todo, lo mejor después de los tsares.
Era una especie de nacionalismo ruso ...
».
[5] A los nueve años entra en el movimiento comunista y empieza a devorar la literatura marxista con lo cual adquiere conocimiento de esta hasta sus más pequeños recónditos.
Pero no sólo con teorías y conocimientos se construye un hombre:
«...
La casa estaba llena de rusos.
Se quedaban ahí hablando en ruso y, en esa época comprendía casi todo lo que se decía.
Empezaban por hacer música, esa música rusa tan irresistible, Senka Razibe, ese Robin Hood ruso, y todo eso.
Y también esa canción rusa que canté el otro día de la cual la CNT hizo A las barricadas, pero los rusos le ponían más sentimiento.
A las barricadas suena como una marcha militar pero se la pueda cantar diferentemente, de forma más estimulante.
Maravillas, canciones como ésta que hablan de persecusiones y de esperanza.
Y luego se metían a llorar ...
» «...
Lloraban, y yo estaba emocionado por la música, eso basta.
Un niño escucha la discusión, pero no comprende gran cosa, pero la música sí que la comprende.» « ...
Mis nanas han sido esas canciones, los cantos de la revolución, se ha formado en mí enorme reserva de sentimientos y también entendía relatos del viejo país, de la represión bajo la cual se había sufrido tanto...
es así como uno se construye...» [6]
El joven Murray, de padres obreros y muy pobres, se incorpora a trabajar muy joven, vendiendo periódicos y luego en una fundición donde se interesa por el sindicalismo, hasta llegar a ser delegado de la sección y, más tarde, secretario de la unión sindical, pero no «liberado».
En el Partido: «...
Ante las órdenes, los decretos, los dogmas, tenía siempre un movimiento de rechazo...» «...
Me llamaban entonces anarquista y me reprochaban una actitud individualista, pequeño-burgués ...
» [7] Había perdido la fe en la Revolución rusa y vivió los acontecimientos de la Revolución española con especial fervor.
Fue expulsado del Partido y se hizo trotskista en 1939.
Y, poco a poco derivó hacia el anarquismo.
Pero antes de declararse como tal vivió un acontecimiento que lo marcaría profundamente.
«...
En 1948, perdí la esperanza en este movimiento (obrero), cuando hemos vuelto al trabajo después de la gran huelga de los trabajadores del automóvil.
Era una huelga totalmente libertaria y sin embargo, volvimos a un sindicato fuertemente centralizado, hemos accedido a todas las dulzuras, ventajas sociales, seguridad de empleo, exactamente como en Suecia, y los obreros han perdido totalmente su conciencia de clase ...
» [8]
Por otra parte, se da cuenta de que el problema ambiental es tan acuciante que pone en peligro la propia integridad de la humanidad, además de las otras formas de vida.
Para Murray Bookchin esa gran amenaza constituye la más patente contradicción del capitalismo, y a partir de los años cincuenta, se vuelca totalmente en las luchas ecologistas, antes que se generalizara la palabra «ecología» y elabora, paso a paso, la teoría y la filosofía de la Ecología Social.
En 1974, junto con Dan Chordokoff, crea el «Instituto de Ecología Social» en Vermont, al norte de New York, todo y siguiendo debatiendo y escribiendo para ampliar su pensamiento del que este panfleto forma solamente un pequeño, aunque importante, aspecto.
Porque cuando, en el movimiento alternativo pero sobre todo libertario, el desconcierto generalizado y la regresión nihi-
lista, se traducen por el «no somos nada, no queremos nada», es que ha calado bien hondo el pensamiento de los supuestos «relativistas», y es cuando la voz de Murray Bookchin adquiere todavía más importancia.
[1] Ver Por una sociedad ecológica, Gustavo Gili, 1978; Ecología Libertaria, ediciones Madre Tierra, 1991; un texto en El anarquismo y los problemas contemporaneos, ediciones Madre Tierra y algún otro más en la prensa libertaría.
También traducciones y artículos sobre munícipalismo libertario en Libre Pensamiento y en Polémica, nº 61, primavera de 1996.
[2] Green Perspectives.
A.
Social Ecology Publication.
P.O.
Box 111 Burlington, Vermont 05402, Estados Unidos.
[3] Ver nota nº 1
[4] Escrito en 1992, sacado y traducido de un libro polémico editado en Francia por A.C.L.
donde participaron, además de Bookchln, Daniel Colson, Marianne Enckell y Jacques Toublet: Anarcho-Syndicalisme et anarchisme, en 1994.
Véase también «Self management and Tecnology», de Bookchin, en Interrogations sur l'autogestion, A.C.L., 1979.
[5] Bookchin.
Entrevista de Peter Einarsson publicada en April nº 1, 1985, Estokolmo y publicada en francés por la revista suíza MA.
[6] Ibidem.
[7] Ibidem.
[8] Ibidem.