Mesoamérica: concepto y realidad de un espacio cultural
Rossend
ROVIRA MORGADO
Doctorando
en el Departamento de
Historia
de América II (Antropología de América)
Universidad
Complutense de Madrid.
Miembro del Proyecto de Investigaciones Arqueológicas
La Ventilla 2006-2008 (Teotihuacan)
Como argumentaba ya hace algunos años Claude Lévi-Strauss,
el hombre suele utilizar herramientas conceptuales para comprender y analizar
la realidad tangible que le rodea. De esta manera, la investigación de un mecanismo mental tan primario con el que
aprehender la realidad se convierte en un reto muy importante para el
desarrollo de las ciencias sociales.
Un buen ejemplo para entender la
evolución conceptual en torno a un atractivo espacio cultural lo constituye
Mesoamérica. Muy diversas generaciones de antropólogos, arqueólogos,
etnohistoriadores y sociólogos han utilizado este término para entender la
amplia gama de desarrollos culturales que tuvieron lugar en buena parte de
México y América Central durante la época prehispánica.
En consecuencia, los límites
territoriales y parámetros culturales que definen Mesoamérica han ido
fluctuando a lo largo de los años en función de la evolución acontecida
en su historia conceptual.
La
breve síntesis que presentamos en este artículo pretende proporcionar una
aproximación al mundo de la Mesoamérica prehispánica, focalizando nuestro
interés en diferentes tópicos o categorías de análisis. La conceptualización de
este espacio cultural desde una mirada ajena a la de sus antiguos habitantes,
su sistematización en áreas culturales y periodos cronológicos, así como los
diversos retos y problemáticas que asume su investigación en la actualidad
constituyen los principales núcleos argumentativos de nuestro trabajo.
IDENTIDAD CULTURAL Y TERRITORIO
EN LA MENTALIDAD PREHISPÁNICA
Cuando
los primeros europeos pisaron el suelo de la que en un futuro se convertiría en
la República Mexicana poco sabían del presente y del pasado de las complejas
culturas que allí hallaron a inicios del siglo XVI. Sus ojos toparon con una
realidad asombrosa. Entraron en contacto con sociedades altamente
desarrolladas, donde la intensa vida urbana, el floreciente comercio, las
complejas relaciones que definían las esferas sociales y políticas y el
particular carácter espiritual de sus gentes caracterizaban la cotidianidad de
sus vidas (Smith, Masson 2000). No obstante, ante tal asombro, supieron captar
la singularidad de cada grupo humano que encontraron. Las propias elites
indígenas ayudaron a este hecho, puesto que mostraron un importante interés
(desde el primer momento del Contacto) por transmitir una ideología oficial
forjada en concepciones marcadamente etnocentristas a los recién llegados. De
este modo, en el complejo y traumático escenario que caracterizó el juego de
alianzas y lealtades entre europeos e indígenas en la Conquista, las diversas
filiaciones étnicas y culturales tuvieron un papel preponderante (Hassig 1989,
Gibson 2003: 13-28, 35).
Hacia
1519, un amplio mosaico de grupos culturales ocupaba el espacio que, siglos más
tarde, definiríamos bajo el concepto unitario de Mesoamérica.
En
aquel tiempo, como indudablemente lo fue en la anterior época prehispánica, las personas poseían cierto
conocimiento de las entidades a las que debían respeto y obediencia, así como
adscripción. La familia en la que se había nacido, el grupo social de
parentesco o linaje -del cual se obtenían los principales valores y el acceso a
los bienes materiales- y el señor -con cuya benevolencia, protección y respeto
se podían cultivar las tierras que daban sustento a la comunidad- eran
importantes “personas morales” que articulaban el complejo tejido social en las
culturas prehispánicas (, Ávila 2004: 289-292, Tous, Moragas 2004: 121).
En
consecuencia, el carácter clientelar que definía las relaciones sociales
limitaba cualquier tipo de vinculación entre las personas y las fronteras
político-territoriales (Gillespie 2000: 476, Ouweneel y Hoekstra 2003: 5-9).
Las sociedades mesoamericanas concebían el territorio como un escenario psicológico
y no como un espacio físico. La “casa” (calpulli, en la fuentes nahuas, o
chinamit en las fuentes mayas), el señorío (tlahtocáyotl) y el Estado (huey
tlahtocáyotl), más allá de su simple ubicación geográfica, representaban
categorías mentales muy flexibles. Por lo tanto, la territorialidad era
entendida bajo un punto de vista muy diferente al occidental. Podemos decir
que, bajo estas premisas, se desarrolló la identidad de cada grupo cultural en
el mundo prehispánico.
Estas
características diagnósticas que hemos definido para las relaciones de
identidad en las sociedades asentadas en México y Centroamérica, unidas a los
diferentes movimientos poblacionales que hallamos en su historia y al
establecimiento de unas profundas redes de intercambio a larga distancia desde
muy antiguo, forjaron una serie de rasgos comunes a todas sus culturas. Este
fue el motor por el que, a lo largo de 3.000 años, se desarrolló un territorio cultural en el área geográfica que el pensamiento
occidental definiría como Mesoamérica.
HISTORIOGRAFÍA EN TORNO AL CONCEPTO DE
MESOAMÉRICA
El
antropólogo Paul Kirchhoff (1943 1967) fue el primer investigador que acuñó el
término de Mesoamérica. Bajo esta denominación, reconoció a una extensa área
geográfica limitada al norte por las fronteras naturales de los ríos Pánuco y
Sinaloa en México y al sur por una difusa línea fronteriza entre Guatemala y El
Salvador. Desde el momento en el que se consolida la agricultura como medio de
subsistencia fundamental (2500 aC.) en esta zona hasta la llegada de los
primeros europeos en 1512-1519, las diferentes culturas que se desarrollaron en
Mesoamérica compartieron diversas características comunes. Según P. Kirchhoff,
éstas se pueden sintetizar en: un excelente manejo de los recursos agrícolas
(principalmente, del cultivo del maíz) mediante diversas técnicas intensivas
que posibilitaron la aparición de un excedente productivo, el uso de un
instrumental agrario común, la importancia de las diferentes formas procesadas
de maíz en la dieta prehispánica, vida sedentaria, patrón de asentamiento en vastos centros urbanos, alta
especialización artesanal, importancia del mercado y del comercio local y a
larga distancia, la edificación de grandes complejos rituales en los cuales las
pirámides escalonadas sobresalen, una compleja cosmovisión e ideología
–importancia del sacrificio humano y del llamado juego de pelota- y ciertos
logros intelectuales, de los cuales la escritura, la astronomía y el calendario
son los más importantes.

Figura 1: Mapa de Mesoamérica
(Fuente: Arqueología Mexicana.
Especial 5, 2000: 16).
No
obstante, Kirchhoff tan solo tuvo en consideración en su sistematización del
concepto de Mesoamérica aquellas culturas que las fuentes documentales del
siglo XVI mencionaban para el área nuclear (México y Guatemala) y, de manera
paralela, el uso de un criterio etno-lingüístico. Por otra parte, su visión
materialista de lo que había constituido Mesoamérica fue continuada por varios
autores (Wolf 1967, Palerm 1972). Éstos focalizaron su atención en la
agricultura hidráulica como elemento estructural en la civilización
mesoamericana, a tenor de que en muchas de sus áreas culturales no se
documentaban este tipo de prácticas agrarias intensivas.
Con posterioridad, ciertos
investigadores han primado el carácter singular de cada área cultural
mesoamericana, criticando la validez del término Mesoamérica como una categoría
de análisis global (Coe 1996). No obstante, Robert Carmack (1996), Alfredo
López Austin y Leonardo López Luján (1996) y Christian Duverger (1999) aluden a
la importancia que tuvo la difusión de ciertos aspectos tecnológicos e
ideológicos como ejes de cohesión en las diferentes áreas culturales de
Mesoamérica.
De esta manera, lo que en la
actualidad entendemos por Mesoamérica es una dilatada área cultural
prehispánica que discurre entre la zona norte-centro de México hasta la costa
del Océano Pacífico en Costa Rica. En un ambiente constituido por una
compleja multiplicidad de culturas regionales, los avances en la
tecnología agrícola y artesanal, así como la expansión de ciertas redes de
ideología y poder político, fueron los motores que, en esencia, caracterizaron
el devenir común de todos sus pueblos.
MESOAMÉRICA: ÁREAS CULTURALES Y PERIODIZACIÓN CRONOLÓGICA
Como hemos argumentado hasta el
momento, Mesoamérica englobó muy diversas culturas que se desarrollaron en
espacios físicos muy distintos, así como en una vasta franja cronológica que
abarcó cerca de 3.000 años de historia.
Tal diversidad se ha sistematizado en función de los criterios del
espacio y la temporalidad.
En consecuencia, podemos dividir
la historia prehispánica de Mesoamérica en seis sub-áreas culturales y en tres
grandes periodos.
Con referencia a las diferentes
áreas culturales, éstas se han venido definiendo en función de las
características geomorfológicas, étnicas y lingüísticas, así como materiales,
que las identificaron en la antigüedad mesoamericana. Estas sub-áreas
culturales son:
Centro de México. Se trata de una extensa región de
altiplano situada a una altura promedio de 2.300 msnm. Se halla integrada por
diferentes valles o mesetas de clima templado, subárido y árido. De entre ellos, el Valle o Cuenca de México, el Valle
de Toluca, el Valle de Tula, el Valle de Morelos y el Valle de Puebla-Tlaxcala
tuvieron los desarrollos socioculturales más importantes. La existencia de
cinco lagos navegables y de una agricultura intensiva asociada a éstos propició
que el Valle de México fuese un área neurálgica en el pasado prehispánico del
México Central. Fue el solar donde se desarrollaron las culturas teotihuacana,
tolteca o mexica-tenochca.
En la actualidad, el Centro de
México se halla ocupado por los modernos estados mexicanos de Distrito Federal,
México, Morelos, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala.
Valles de Oaxaca. Ocupan la región central del moderno
estado mexicano de Oaxaca. Es una extensa área que muestra una gran
variabilidad medioambiental formada por zonas de clima subárido, valles
templados, cuencas subtropicales y una franja costera tropical paralela al
Océano Pacífico. Ante tal diversidad ecológica, el hombre prehispánico se
adaptó de muy diversas formas, creando el gran mosaico de grupos
etnolingüísticos que aún hoy hallamos en esta región de México. Durante la
época prehispánica, las culturas zapoteca y mixteca fueron las más
sobresalientes en Oaxaca.
Costa del Golfo. Región integrada por los actuales estados
mexicanos de Tamaulipas, Veracruz y Tabasco. La cumbre nevada del Pico de
Orizaba y los valles templados y calurosos que fluyen hasta los límites de los
bosques tropicales que circundan las costas del Golfo de México asistieron al
desarrollo de diferentes sociedades durante la época prehispánica. De entre
ellas, las culturas olmeca, de Remojadas, de El Tajín y totonaca fueron las
principales.
Área Maya. Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, así como
los estados mexicanos de Campeche, Yucatán y Quintana Roo asistieron al
florecimiento de una de las culturas más asombrosas y complejas de la América
prehispánica: los mayas. Las antiguas sociedades mayas ocuparon una gran
variedad de espacios físicos. De este modo, vivieron tanto en la calurosa costa
del Océano Pacífico y en los valles templados del altiplano de Guatemala como
en las tierras bajas tropicales del Petén y del río Usumacinta y las áridas
sabanas de la península del Yucatán. Esplendidas ciudades como Tikal, Copán,
Palenque o Chichén Itzá ejemplifican a la perfección el estilo de vida de la
cultura maya prehispánica.
Occidente de México. El este de la República Mexicana
(Guerrero, Michoacán, Sinaloa, Nayarit) se caracterizó en tiempos prehispánicos
por una amalgama de sociedades que alcanzaron diferentes grados de desarrollo y
que, de manera común, reconocemos con el nombre de culturas del Occidente de
México. Zona rica en metales y ciertas piedras preciosas de tonalidad verde
(serpentina y nefrita), fue altamente codiciada por la mayoría de las
sociedades mesoamericanas. Culturas como la de Mezcala o la tarasca figuran
como las más sobresalientes de las que se desarrollaron en el Occidente de
México.
Baja América Central. La
estrecha banda geográfica que bordea la costa del Pacífico desde El Salvador
hasta el Golfo de Guanacaste en Costa Rica actuó como frontera meridional de la
Mesoamérica prehispánica. Se trató de una zona altamente poblada por sociedades
de diferente signo cultural que recibieron bienes, ideas y personas procedentes
de regiones tan lejanas como el Centro de México. El oro, el algodón, así como
otros tipos de productos tropicales, fueron el principal reclamo de estas
tierras para el mundo mesoamericano.
Por otra parte, las seis
sub-áreas culturales de Mesoamérica contemplaron la sucesión de diferentes
sociedades complejas que se desarrollaron de manera ininterrumpida desde el
1500 aC. hasta el año 1519 dC.
Los diferentes periodos
cronológicos en los que podemos segmentar la historia prehispánica de
Mesoamérica son:
Formativo, u Horizonte Preclásico (1500 aC. – 100 dC.)
El paso de una vida centrada en
la aldea hacia la condensación de la población en centros ceremoniales es el
rasgo diagnóstico que define las sociedades del Formativo en Mesoamérica. Tal
fenómeno se relaciona con ciertos procesos de especialización económica y con
el fortalecimiento de unas elites que cimientan su autoridad y poder en el
control de las relaciones sociales mediante el parentesco, los sistemas de
producción y distribución de bienes y un carisma personal fraguado en la
ideología y la fuerza armada (Piña Chán
1978, Earle 1997). Posiblemente la cultura más representativa del
Horizonte Formativo en Mesoamérica sea la olmeca (1200 - 500 aC.). Localizada
en las selvas tropicales de los actuales estados de Veracruz y Tabasco, la
cultura olmeca excelió en la planificación de centros ceremoniales como San
Lorenzo o La Venta y en la elaboración de una notable escultura de medianas y
grandes dimensiones (Cyphers 1995).
Los olmecas se relacionaron
profusamente con el resto de sociedades mesoamericanas de la época, difundiendo
el característico estilo de sus representaciones artísticas. Su presencia se
dejó notar en las culturas del México Central, Guerrero, Oaxaca o el área maya
(Ochoa 1989: 63). Durante los
siglos previos al inicio de la era cristiana, los olmecas desaparecieron. Su
legado cultural perduró en muchas de las culturas mesoamericanas de finales del
Horizonte Preclásico, tales como Cuicuilco (Valle de México), Monte Albán
(Oaxaca) y El Mirador e Izapa (Guatemala).

Figura 2: Cabeza colosal olmeca de San Lorenzo Tenochtitlan (Veracruz)
Horizonte Clásico (100 d.C – 950 dC.)
Durante el Horizonte Clásico se
forjó un tipo de sociedad altamente compleja y estratificada cuyo foco de
desarrollo fueron las primeras ciudades de Mesoamérica. Durante el Periodo
Clásico Antiguo (100 – 550 dC.), la cultura de Teotihuacan influyó notablemente muchas regiones mesoamericanas. Esta ciudad
creció estrepitosamente en un valle de la Cuenca de México hasta concentrar
cerca de 150.000 personas (Millon 1981). Sus habitantes se dedicaron a la
producción de una gama muy diversa de artesanías especializadas, donde la
manufactura de la obsidiana fue el ramo más importante (Spence 1981, Hirth
2003). Tal y como L. Manzanilla argumenta (2001: 233), Teotihuacan se convirtió
en un lugar sagrado para los pueblos mesoamericanos del Horizonte Clásico,
fuente de espiritualidad, respeto y prestigio. Muy pocas regiones escaparon de
su atracción. La ciudad zapoteca de Monte Albán y algunas ciudades mayas, como
Tikal o Kaminaljuyú (Guatemala), parecen haber establecido profundas
vinculaciones con las elites de Teotihuacan, facilitando, de esta forma, un
intenso intercambio de productos, de ideas y estéticas y de personas (Braswell
2003).

Tras el colapso de Teotihuacan a
lo largo del siglo VII, se abre un nuevo episodio de reformulación demográfica
y cultural en muchas regiones de Mesoamérica. Los centros epiclásicos de
Xochicalco, Teotenango, Cacaxtla o Cholula prendieron el relevo político de
Teotihuacan en el Centro de México durante trescientos años. Del mismo modo, en la Costa del Golfo, la
ciudad de El Tajín actuó como eje nuclear de la región (Soto 1990, Brüggemann
2001: 25-26).
Entre el 600 y el 950 d.C.
(Horizonte Clásico Tardío) el mundo maya vivió una de las épocas de mayor
esplendor de la Mesoamérica prehispánica. Asombrosas aglomeraciones urbanas
surgidas en medio de la selva tropical formaban una inmensa mancha de población
que cubría buena parte del sureste de México, Guatemala, Belice, Honduras y El
Salvador. Las ciudades de la región guatemalteca de El Petén, tales como Tikal,
Uaxactún, o Naranjo, fueron de las más influyentes. En la cuenca del río
Usumacinta (Guatemala-México), Palenque se convirtió en la ciudad más
importante, así como Copán y Quiriguá lo fueron para el valle hondureño del río
Motagua y Caracol para el centro y sur de Belice (Chase & Chase 1994, Martin & Grube 2002: 5-6, Grube
2001, Demarest 2004). Intrincadas relaciones de lealtad, vasallaje y
confrontación armada caracterizaban el devenir político entre los señores mayas
(o ajaw’ob) en un mundo que se transformaba inevitablemente.
Hacia el 950 d.C. las ciudades
de Monte Albán, El Tajín, Tikal, Palenque y Copán habían perdido la mayoría de
su población y se hallaban en un virtual abandono.
El final del Horizonte Clásico
en Mesoamérica está muy lejos de entenderse a día de hoy. Parece que las
transformaciones que condujeron al surgimiento del mundo postclásico se
cimentaron en diversos factores. De entre ellos, los profundos cambios
climáticos acontecidos en Mesoamérica hacia los siglos VII y VIII, así como los
fuertes trastornos que se detectan en el ámbito demográfico, económico y
sociopolitico son los más probables (Webster & Evans 2001: 150-151).
Intensos movimientos poblacionales provocaron una gran reestructuración del
mapa etnolingüístico de Mesoamérica a finales del primer milenio de la era
cristiana.
Horizonte Postclásico (950 – 1519 dC.)
A lo largo de los últimos seis
siglos de la era prehispánica, los habitantes de Mesoamérica asistieron a una
profunda transformación en su estilo de vida. Una nueva sociedad surgió en
torno a una compleja vida urbana, ahora centrada en un panorama sociopolítico
muy fragmentado. El comercio prendió una asombrosa vitalidad y los mercados
conectaron el intercambio local con los productos procedentes de todas las
regiones de Mesoamérica. Nuevas formas de comunicación gráfica se
desarrollaron, a medida que el sometimiento militar a gran escala procuraba un
tributo necesario para mantener las poderosas elites del Horizonte Postclásico
(Smith & Berdan 2004).
Figura 3: Pirámide del Sol, Teotihuacan (foto del
autor).
El surgimiento y auge del
Imperio Tolteca del Centro del México, así como el protagonismo asumido por las
principales ciudades del norte de Yucatán (Uxmal, Mayapán y Chichén Itzá),
marcan la pauta cultural de Mesoamérica durante el Postclásico Temprano (950 –
1250 dC.). Los vínculos entre el altiplano central mexicano y el área maya se
afianzan gracias a la expansión del culto a Quetzalcóatl (López Austin, López
Luján 1998), del estilo artístico Mixteca-Puebla (Smith , Heath-Smith 1980) y
del comercio de la obsidiana del Valle de México. Después de la
desestabilización del sistema tolteca a finales del siglo XII, las sociedades
mesoamericanas se balcanizaron en las pequeñas unidades político-territoriales
que las fuentes en lengua náhuatl del siglo XVI reconocen con el nombre de
altépetl (Hodge , Smith 1994, Lockhart 1999), abriendo, así, las puertas al
Postclásico Tardío (1250 – 1519 dC.). Ciertos Estados consiguieron
nuclearizar a una escala mayor algunas
regiones de Mesoamérica, tales como el Reino Tarasco o Purépecha de Michoacán
(Pollard 1993) o los Quiché en las tierras altas de Guatemala (Carmack 1981).
|
PERIODO CRONOLÓGICO |
CULTURAS
MESOAMERICANAS MÁS IMPORTANTES |
CARACTERÍSTICAS
SOCIOCULTURALES |
|
HORIZONTE
PRECLÁSICO (1500
a.C. - 100 d.C.) |
Cultura
Olmeca (Costa del Golfo, 1200 - 500 a.C.)
Cultura de San José Mogote (Oaxaca, 800-500 a.C.) Cultura de Izapa (Guatemala, 300 - 100
a.C.) Cultura de El Mirador
(Guatemala, c. 400 a.C.) |
Concentración
de la población en centros ceremoniales. Aceleración de los procesos de
complejidad ocupacional y sociopolítica. Inicio de rutas de intercambio a
larga distancia. Influencia de la cultura olmeca. Proceso de urbanización
incipiente |
|
HORIZONTE
CLÁSICO (100 d.C. - 950 d.C.) |
Cultura
de Teotihuacan (Valle de México, 100 - 650 d.C.). Cultura de Monte Albán (10
d.C 0 - 950 d.C.). Tikal - Copán -Palenque (Área Maya, 200 - 900 d.C.).
Cholula -Cacaxtla -Teotenango - Cantona (Centro de México, 650 d.C - 950
d.C.). El Tajín (Costa del Golfo, 650 d.C.-950 d.C.) |
Vida
urbana temprana. Estratificación social en función del oficio u la ocupación.
Profunda relación entre las elites mesoamericanas. Influencia de la cultura
teotihuacana. Auge de la cultura maya. Inicio de un proceso de militarización
en la esfera sociopolítica. |
|
HORIZONTE
POSTCLÁSICO (950
d.C. - 1519 d.C.) |
Cultura
Tolteca (Centro de México, 950 d.C. -
1250 d.C. ). Señoríos Mixtecas
(Oaxaca, 1250 d.C. - 1519 d.C.).
Chichén Itzá - Mayapán - Uxmal (Área Maya, 950 - 1450). Reino Tarasco
(Occidente de México, 1300 d.C. -
1519 d.C.). Imperio Mexica-Tenochca (1325 d.C. -1519 d.C.). |
Vida
urbana compleja. Intensa actividad comercial. Fragmentación sociopolítica.
Expansión de redes de influencia intelectual e ideológica en Mesoamérica.
Tributo y sometimiento militar. |

No obstante, a lo largo del
siglo XV, la ciudad de
México-Tenochtitlan -en alianza con los reinos de Texcoco y Tlacopan- se
lanzará a una conquista sin parangón desde el Valle de México al resto de Mesoamérica
(Berdan, Blanton, Boone, Hodge, Umberger
& Smith 1996, Carrasco 1996, Smith 2005). Mediante la fuerza de las
armas y la astucia de sus pochtecah (o mercaderes especializados en el comercio
a larga distancia), los mexicah-tenochcah urdirán un complejo dominio político
y económico con el que sujetar a sus vecinos.
A la llegada de
los españoles a las costas del Golfo de México en 1519, Motecuzohma II
Xocoyotzin, señor o tlahtoani de
México-Tenochtitlan, controlaba una red de clientelas señoriales y áreas de
influencia que le posicionaba en la cumbre del poder del mundo mesoamericano
del momento. Con la conquista del Imperio Mexica-Tenochca, la época
prehispánica llegaba a su fin.
INSTITUCIONES Y PATRIMONIO MESOAMERICANO: LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN Y RETOS
FUTUROS
En términos generales, podemos
decir que la investigación arqueológica en torno a las antiguas culturas de
Mesoamérica ha avanzado considerablemente durante los últimos cincuenta años.
Instituciones de diversa índole han robustecido enormemente nuestro
conocimiento a cerca de las sociedades prehispánicas que se asentaron en esta
área cultural de México y América Central. En este sentido, organismos académicos como la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad Veracruzana (UV), la
Universidad de las Américas en Puebla (UDLA) o la Universidad del Valle de
Guatemala (UVG) fungen como activas entidades investigadoras que cooperan con
instituciones universitarias internacionales y organismos públicos como el
INAH, para el caso de México.
Esta última década ha asistido
al desarrollo de una atractiva arqueología regional. Gracias a las intervenciones de salvamento que se han visto
complementadas por el auge de proyectos de investigación que han focalizado su
atención en las áreas próximas a los grandes centros urbanos prehispánicos
-como Teotihuacan o Tikal- , se nos abre un nuevo panorama difícil de
interpretar con las seriaciones cronoculturales vigentes.
En este aspecto, sería
interesante mencionar ciertos ejemplos. Para el caso específico del Valle de
México, durante el Horizonte Clásico el proceso de desarrollo sociocultural se
halla capitalizado por Teotihuacan, cuyo centro urbano muestra una ocupación
interrumpida desde el 100 al 650 dC. No obstante, las intervenciones de salvamento
del INAH en ciertos sitios teotihuacanos de la Cuenca de México evidenciaron un
rápido abandono de éstos hacia el 500-550 dC, adelantándose cien años al
colapso de esta ciudad (Moragas 2003, García 2005, Gamboa y Vélez 2005).
Situaciones similares del desajuste existente entre las cronologías presentes
en centros hegemónicos y centros regionales se vienen detectando desde hace dos
décadas en el ámbito de la arqueología maya. Mientras grandes
ciudades como Tikal o Calakmul
languidecen a la largo del siglo X en el centro de las tierras bajas del área
maya (Sharer 1998, Demarest 2004), otros centros como Lamanai en Belice
(Pendergast 1986, 1990) o Cobá y Uxmal en la península de Yucatán (Marcus 2001:
333-334, 338) viven un momento de auge y esplendor sin precedentes.
Estas evidencias nos muestran
que, si bien es cierto que la investigación de las grandes centros urbanos que
abanderaron el protagonismo cultural en la Mesoamérica prehispánica es
necesaria, los datos que nos proporcionan éstos tan solo son el reflejo de una
realidad parcial que debe de contrastarse con los estudios regionales.
Por otra parte, estas
problemáticas generan diversos tipos de debates académicos. Unos de los más
recurrentes es establecer los caracteres que definieron las relaciones
existentes entre los diferentes núcleos culturales de la Mesoamérica
prehispánica y cuáles son los indicadores arqueológicos que nos hablan de
ellos. Una buena prueba material de la existencia de redes de intercambio y
esferas de interacción cultural y sociopolítica es la cerámica. Utilizando las
modernas técnicas de la petrografía y la arqueotermometría podemos establecer
si ciertas vasijas de Teotihuacan halladas en Guatemala contienen las mismas
arcillas, desgrasantes o patrones de cocción que las que se elaboraron en los
talleres de esta ciudad prehispánica del Valle de México o, si de lo contrario,
se tratan de copias o imitaciones (Moragas 2006, comunicación personal).
Además, sabemos que muchas de las ciudades de Mesoamérica estaban habitadas por
poblaciones multiétnicas procedentes de regiones muy distantes.
Indudablemente, esta pauta nos remite
el carácter de constante tráfico poblacional que definió la historia
prehispánica de las sociedades mesoamericanas. Los análisis paleo-osteológicos
de isótopos de estroncio y vario pueden aportar valiosos datos con los que
establecer el origen y procedencia de diferentes grupos étnicos que compartían
actividades ocupacionales y relaciones personales en un mismo lugar. No hemos
de olvidar que las implicaciones que conlleva la existencia de complejas redes
de contacto e interacción entre las sociedades de la Mesoamérica prehispánica
inevitablemente se desprenden al nivel del marco intelectual. Ciertos
paradigmas teóricos de tradicional preponderancia en Mesoamérica –como el
materialismo histórico (Soustelle 1980, Davies 1988), el evolucionismo cultural
(S 1984) o la ecología cultural (Sanders, Parsons y Santley 1979)- se están
viendo enriquecidos con las contribuciones de las escuelas estructuralista y postprocesual,
así como sistémica (Blanton & Feinman 1984, Berdan y Smith 2004). Al mismo
tiempo, los investigadores están reclamando una mayor dependencia hacia los
aspectos emic de Mesoamérica, auxiliándose en la etnohistoria y la moderna
etnografía cultural.
CONCLUSIONES FINALES
Mesoamérica constituyó uno de
los núcleos independientes de surgimiento de la agricultura y del desarrollo de
focos de alta complejidad sociocultural en el mundo de la Antigüedad. Sus
habitantes supieron adaptarse a diferentes ambientes y ecosistemas a tenor de
ciertas restricciones tecnológicas, como la ausencia de animales de carga y de
la rueda. En consecuencia, un constante movimiento de productos y bienes, así
como de personas que, junto a ellas, transportaban sus experiencias y
mentalidades, compensó claramente este tipo de factores estructurales. Este
hecho llevó a modelar un tipo de área cultural donde las señas de identidad
individual y colectiva quedaron vinculadas a elementos tales como el
parentesco, las actividades ocupacionales o el ritual. En ese sentido, los
límites y fronteras de Mesoamérica no
fueron de carácter geopolítico, sino que la vinculación con el territorio fue
de tipo psicológico.
En las diferentes sub-áreas
culturales que hallamos en México y Centroamérica en la época prehispánica
nacieron diversas sociedades que se sucedieron por unos 3.000 años. La vida
urbana fue madurando a largo de este periodo.
La especialización en la esfera económica y ocupacional fue creciendo,
las redes de intercambio se ensancharon y los procesos de interacción entre
diversas regiones derivaron en relaciones amistosas y conflictos armados. De
este modo, se fue entretejiendo una compleja trama de relaciones locales,
regionales y a larga distancia que se ha llegado a convertir en un fructífero
espacio para la investigación académica.
Sin lugar a dudas, el avance en
el conocimiento de las antiguas culturas mesoamericanas requiere de esfuerzos
intelectuales aliados con el apoyo brindado por instituciones propias al ámbito
latinoamericano y de alcance internacional.
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