EL PROCESO
DE URBANIZACIÓN PREHISPÁNICA
EN EL VALLE DE OAXACA
Dr. Ernesto González Licón
División de Posgrado de la
Escuela Nacional de Antropología e Historia.
La región que ocupa actualmente el Estado de Oaxaca
es de gran interés para los científicos sociales, historiadores, etnólogos y
arqueólogos ya que junto con otras regiones de lo que hoy se conoce como
Mesoamérica, se desarrolló la civilización hasta llegar al surgimiento del
Estado como forma de organización social y política (Kirchhoff 1943:101-104). Este hecho
no es algo sencillo o casual pues al revisar la historia mundial, vemos que
solo en cinco regiones del mundo se desarrollaron civilizaciones tan complejas
como para fundar estados y ciudades.
Como es sabido, las otras regiones son Mesopotamia (actualmente Irak),
China, Egipto, La región Andina peruana y Mesoamérica.
En Mesoamerica, pero de manera particular en el
Altiplano Central y los Valles centrales de Oaxaca, se desarrolló la escritura
jeroglífica, el calendario ritual de 260 días llamado Pije por los mixtecos y zapotecos, Tonalpohualli por los mexicas.
El Pije era un calendario
ritual que se conservó hasta la llegada de los españoles, su uso estaba
restringido a los sacerdotes y servía para predecir el futuro y la muerte de
las personas y para llevarles buena fortuna les indicaba que procedimientos
debían seguir. Se componía días
llamados Lagarto, Serpiente, Venado, etc. y trece números. Por ello los nombres de las personas eran una
combinación de ambos como el gran guerrero mixteca “8 Venado” que aparece en el
Códice Nutall. Además contaban con el
calendario civil compuesto de 18 meses de 20 días y 5 días adicionales que
consideraban de mala suerte o nefastos (Alcina 1966, 1972, 1993; Mullen 1975).
La región de Oaxaca es predominantemente montañosa
pero a la vez con gran variedad geográfica, en esta diversidad ecológica
florecieron civilizaciones que alcanzaron un alto grado de desarrollo en su
organización social, económica y religiosa.
El actual estado de Oaxaca ocupa el quinto lugar en extensión
territorial del país con una superficie de casi 100,000 km² (95,364 km²). Cuenta con 509 km de litorales y se ha
dividido en 8 regiones geográfico-económicas.

FIGURA 1: VISTA GENERAL DE MONTE ALBÁN
(todas las fotografías aparecidas en el artículo son del autor).
En cada una de ellas encontramos actualmente y desde
época prehispánica, diferentes grupos étnicos, todos ellos compartiendo un
origen lingüístico común: el Proto-Otomangueano: los cuicatecos, mazatecos y
chinantecos en la región de La Cañada y Papaloapan. Los chatinos en La Costa.
Huaves, zoques, chontales y nahuas en el Istmo. Los mixtecos, triquis, popolocas, chochos y
amuzgos en La Mixteca y La Sierra Sur.
Los mixes en La Sierra Norte y zapotecos en Valles Centrales (González Licón 2003, González Licón, Márquez Morfín
y Matadamas Díaz 1994).
Podríamos decir que casi en ningún otro Estado de la
República Mexicana existió y aún persiste la heterogeneidad cultural, social y
económica que presenta la región oaxaqueña.
Es evidente que la variedad de ecosistemas presentes
en esta región fue uno de los factores que contribuyeron al desarrollo
relativamente independiente de tantas culturas en esta región. Del gran mosaico cultural Oaxaqueño, los
mixtecos y zapotecos, por su extensión y complejidad, han acaparado la mayoría
de las investigaciones en la región.
La secuencia
cronológica en Monte Albán y el Valle de Oaxaca fue inicialmente postulada por
Alfonso Caso y colaboradores en cinco etapas que van de la I a la V y que a su
vez están relacionadas a los tres periodos de desarrollo Mesoamericano:
Formativo, Clásico y Posclásico, con sus fases: Temprano, Medio, Tardío y
Terminal, las cuales son las más pequeñas unidades de tiempo reconocidas por
indicadores arqueológicos. Caso y colaboradores consideraron la fundación de
Monte Albán como el primer asentamiento en el Valle de Oaxaca (Caso
1928, 1965; Caso y Bernal 1952, 1965; Caso, Bernal y Acosta 1967). En este sentido, las etapas I
(500-100 a.C.), y II (100 a.C. - 250 D.C.) corresponden al Formativo Tardío y
Terminal respectivamente. Las etapas
IIIa (250-650 d.C.) y IIIb (650-800 d.C.) corresponden al Clásico Temprano y
Tardío respectivamente. Las etapas IV
(800-1350 d.C.) y V (1350-1521 d.C.) corresponden al Posclásico Temprano y
Tardío respectivamente. Investigaciones
posteriores a Alfonso Caso, revelaron una secuencia ocupacional mucho más
larga, iniciando con los primeros grupos de cazadores-recolectores cuando menos
10,000 años antes del presente (Flannery 1986). Cuatro periodos
fueron añadidos a la secuencia cerámica del Valle de Oaxaca antes de la
fundación de Monte Albán: Tierras Largas (1500-1200 a.C.), San José (1200-800
a.C.), Guadalupe (800-700 a.C.), y Rosario 700-500 a.C.), (Blanton, Feinman, Kowalewski y Nicholas 1999; Flannery 1970, 1976;
Marcus 1998a; Marcus y Flannery 1996; Marcus y Flannery 1994).
Los vestigios más antiguos de ocupación humana en el
Valle de Oaxaca se remontan a unos 8000 años, cuando bandas formadas por unos
cuantas personas cazaban animales salvajes, recogían frutos y cultivaban
algunas plantas como la calabaza y el maíz.
Residían en lugares abiertos, donde construían albergues sencillos de
tipo perecedero con palos, pieles y ramas (Flannery 1986).
Las primeras evidencias de asentamientos permanentes
en el Valle de Oaxaca datan alrededor del año 1400 a.C., cuando fundaron las
primeras aldeas en áreas aledañas a los ríos, por ofrecer mejores condiciones
para el cultivo de algunos granos que ya habían domesticado. La agricultura
trajo consigo un mayor avance tecnológico y productividad, desarrollando
sistemas de riego. Las aldeas de esta época (1300 a 900 a.C.) contaban con ocho
a diez unidades domésticas. Los cálculos demográficos se han efectuado a partir
del tamaño de las viviendas y del total de objetos localizados. Las ceremonias funerarias no eran elaboradas
y lo importante era ser enterrado bajo el piso de su casa o en un sitio cercano
a ella. Esta asociación del sitio
elegido para el entierro y la ubicación de la casa es uno de los rasgos
característicos de los zapotecos.
Cronología del Valle de Oaxaca
*
|
Fecha |
Etapa |
Periodo |
|
1500 |
|
|
|
|
|
Posclásico Tardío |
|
|
|
|
|
|
Monte Albán V |
|
|
1100 |
|
|
|
|
|
Posclásico Temprano |
|
|
Monte Albán IV |
|
|
700 |
|
|
|
|
Monte Albán IIIb |
Clásico Tardío |
|
500 |
|
|
|
|
Monte Albán IIIa |
Clásico Temprano |
|
300 |
|
|
|
|
|
|
|
A.D. |
Monte Albán II |
|
|
B.C |
|
Formativo Tardío |
|
100 |
|
|
|
|
Monte Albán Tardío I |
|
|
300 |
|
|
|
|
Monte Albán Temprano I |
|
|
500 |
|
|
|
|
Rosario |
Formativo Medio |
|
700 |
|
|
|
|
Guadalupe |
|
|
900 |
|
|
|
|
San José |
|
|
1100 |
|
|
|
|
|
Formativo Temprano |
|
1300 |
Tierras Largas |
|
*(Blanton, et al.
1999)
El sitio más grande de la etapa aldeana fue San José
Mogote, en el valle de Etla. Los
vestigios más antiguos de este sitio datan del año 1500 a.C. Para este lapso se distingue ya una
diferenciación social, a partir de la presencia de una serie de artículos
suntuarios (Marcus y Flannery 1996).
En las últimas décadas, mucho se ha escrito acerca de la evolución de las
unidades domésticas y el rol que estas tuvieron en la estructura comunitaria
que antecedió al surgimiento del estado en el Valle de Oaxaca. El periodo Formativo fue de grandes cambios
y crecimiento sociocultural en todo Mesoamérica. El establecimiento de aldeas conformadas por unas cuantas decenas
de familias fue una constante en el Valle de Oaxaca para este periodo, en
particular para el Formativo Temprano (1600-900 a.C.) y el Medio (90-300 a.C.),
sin embargo, por su misma antigüedad, hay pocos casos estudiados (Drennan 1976b, 1983, Flannery
1976, Flannery y Marcus 1983, Whalen
1988). Es por ello que
resulta de interés mencionar de manera particular el caso de dos sitios del
Formativo: San José Mogote y Fábrica San José.
El primero, sin lugar a dudas el más grande e importante del Valle,
mientras que el segundo, dependiente del primero, tuvo un desarrollo más
modesto. La comparación entre ambos,
nos permite ver sus diferencias con respecto al control y manufactura de
ciertos productos, así como al surgimiento de desigualdades sociales al
interior de cada comunidad como entre ellas.
Al parecer, las
primeras huellas de ocupación en San José Mogote se remontan al Formativo
Temprano, un poco antes del 1500 a.C. (Flannery y
Marcus 2005:467). Otros sitios
contemporáneos en el Valle de Etla serían Fábrica San José y Santo Domingo
Tomaltepec. En estos sitios durante las
Fases San José (1150-850 a.C.) y Guadalupe (850-700 a.C.), se han encontrado
algunos elementos indicando que algunas familias se habrían beneficiado con el
control y distribución de productos como la obsidiana y ello sería indicio de
cierta desigualdad social aún desde el Formativo Temprano y Medio (Flannery y Marcus 1983, 2005;
Marcus 1998b; Marcus y Flannery 1996; Marcus y Flannery 1994).
En este sentido, aunque se identificaron ciertos
cambios en la estructura social de esas poblaciones durante la Fase San José,
no se puede hablar de la existencia real de clases sociales sino un
diferenciación más o menos continua desde el que no tenía nada hasta el que
tenía más que todos (Flannery y
Marcus 2005:10).
Para
explicar la manera como estas familias ricas se relacionaban entre sí, se ha
propuesto que había alianzas basadas en el matrimonio de sus descendientes con
tal de afianzarse en el poder. De este
modo, alguna o algunas de las mujeres solteras de la familia dirigente de una
población como pudo ser San José Mogote, se casaban con jóvenes de las familias
dirigentes de otros sitios, lo que se ha llamado hipogamia o intercambio de
novias (Marcus y
Flannery 1996).
Arqueológicamente
se puede observar que en los inicios del Formativo, las casas estaban llenas de
objetos rituales, lo cual sugiere que tanto hombres como mujeres debieron
realizar ordinariamente actividades rituales. Este tipo de prácticas rituales
muestran incluso una dicotomía a lo largo de las líneas femenina y masculina,
observada sobre todo en aquellos rituales que involucran a los antepasados (Marcus
1998b).
En los valles centrales durante el período Formativo
(1450 a.C. a 200 d.C.) vamos a encontrar un patrón de enterramiento que
corresponde a una sociedad no compleja, con fosas excavadas en la roca o tierra
que bien pueden ser de forma rectangular, ovalada o de pozos tipo
"campana". Los entierros se localizan en asociación a las casas, ya
sea en los patios o cerca de ellas, aunque hay excepciones. Algunos entierros
presentan ofrendas que consisten en vasijas miniatura, manos de metate, u otros
artefactos de molienda, pero en general podemos decir que las ofrendas eran
escasas. Sin embargo, se ha encontrado una asociación entre cierto tipo de
ofrenda como son las jarras miniatura, que parecen ser una versión en pequeño
de las vasijas que se utilizaban en las labores domésticas cotidianas, y las
manos de metate, con los entierros femeninos y las vasijas cilíndricas con los
entierros masculinos. Todos los entierros de este periodo eran primarios, es
decir que el esqueleto conservaba una posición anatómica. La posición
predominante era decúbito dorsal extendido, si estaban en tumbas, y alguno en
posición sedente o flexionada, cuando se trataba de pozos, como se encontró en
el sitio de Tierras Largas, uno de los asentamientos más representativos del
periodo Formativo en el Valle de Oaxaca. Estos pozos habían servido en su
origen como sitios de almacenamiento o a veces hornos, y después fueron
utilizados como lugares para enterrar a sus muertos. No hay evidencia de que
los pozos fueran construidos especialmente para enterrar al muerto, por lo
contrario, el hecho de que los esqueletos se encuentren sobre el piso de los
pozos sugiere que la función original no era como contenedores de entierros. La
orientación variaba, muchos de ellos presentaban una orientación este-oeste,
pero también encontramos orientaciones norte-sur. La mayoría de los entierros
explorados en la fase temprana de Formativo eran de mujeres.
No hay evidencia de ceremonias elaboradas en las
tumbas que revelen distinciones sociales en la comunidad. Una idea interesante
es que cuando la cabeza de familia moría, la casa era quemada y abandonada. Lo
más importante no era ser enterrado en un pozo o en una fosa, sino el estar
cerca de la casa o residencia. Ningún
entierro se encontró aislado de lo que se consideró el vecindario. La
asociación de los entierros con las casas continúa a través del periodo
Formativo en el Valle de Oaxaca y está presente en muchas partes de Mesoamérica
durante la época prehispánica.
El cuerpo era colocado sobre una capa de rocas justo
sobre el piso del pozo. Se ponía una capa de arena y desechos domésticos entre
los huesos y el piso. Si había ofrenda, ésta era colocada cerca del esqueleto,
a los lados o encima de él.
En
contraste, en Fábrica San José, Robert Drennan (1976a), descubre
que los entierros más ricos eran de mujeres procedentes de San José Mogote. En
Fábrica San José, así como en otros sitios como Santo Domingo Tomaltepec (Whalen
1981),
es frecuente encontrar entierros de parejas, asumidas como esposo y esposa, con
un tratamiento similar, variando de la tradición más antigua de enterrar solo a
los hombres asociados a vasijas con diseños de “Tierra” o “Cielo”. Hombres y mujeres eran enterrados con alguna
ofrenda, incluyendo una cuenta de jade en la boca y una o más vasijas de cerámica. Sin embargo las diferencias de prestigio y
riqueza indican un cambio gradual desde los que no tenían nada hasta los que
tenían mucho (Marcus y
Flannery 1996:101-104).
Entre estos
sitios, existieron relaciones de intercambio comercial y de dependencia social
y política, los rituales eran también un aspecto de gran importancia como
elemento cohesivo de la comunidad (Marcus
1998b:1). Como mencionamos anteriormente, San José
Mogote fue el de mayor tamaño y el dominante.
Al interior de cada uno de estos sitios, también se fueron distinguiendo
cada vez más las familias ricas de las pobres.
Entre estas últimas, se generó un interés por separarse del resto de la
población, lo cual fue apoyado por aspectos rituales e ideológicos. En este
sentido, Joyce Marcus propone que
“...uno de los sistemas más frecuentes consistió en crear una ficción
que consideraba que la mayoría de las familias en la comunidad compartían un
antepasado común, aún cuando no fuera así. En tales sistemas, las familias se
relacionaban entre sí (1) por antepasados cercanos, aquellos que murieron
recientemente y que aún eran recordados y (2) por antepasados remotos, quienes eran
considerados como fundadores de los linajes o como héroes semidivinos, algunos
de los cuales pudieran ser ficticios”. “Todas las familias participaban en las
ceremonias rituales de la comunidad, estas prácticas servían para unir a los
hombres de diferentes grupos, a mujeres de diferentes familias y para conectar
a los vivos con los muertos” (1998b:1-5).
Otro aspecto que merece ser resaltado
es que desde periodos igualmente tempranos, en el Valle de Oaxaca existió
especialización artesanal e intercambio comercial. Esto, a diferencia de la idea de que un pueblo se especializaba
exclusivamente en la producción de ciertos productos, implica que hubo
especialistas de medio tiempo en cada aldea, generando una mayor
interdependencia económica entre familias.
Cada pueblo tenía los especialistas que requería y este hecho explicaría
el desarrollo mismo de San José Mogote como centro de primera importancia ya
que se propiciaban asentamientos más nucleados (Drennan
1991:282).
Con la fundación de Monte Albán hacia el año 500 a.C. como la capital
zapoteca, sobre la cima de una montaña a 400 metros sobre el nivel del valle,
se generaron cambios cualitativos en la organización política y niveles de
desigualdad social de la región. Entre
el año 500 a 300 a.C., San José Mogote perdió casi toda su población y un nuevo
nivel de jerarquía de asentamientos fue creado con Monte Albán con más de 155
nuevos asentamientos en su alrededor (Blanton 1978:87-91; Flannery y Marcus 1983).

El crecimiento de Monte Albán fue vertiginoso pues
para la siguiente etapa (MA-II, 100 a.C.-250 d.C.), la ciudad se extendía a 4
km². Con la Gran Plaza como el centro
religioso administrativo del sitio. La
plaza, de forma rectangular, orientada norte-sur está delimitada por basamentos
y en la parte superior de éstos se encontraban los templos y las residencias,
formando un conjunto imponente. Los
templos eran construidos con muros de adobe sobre cimientos de piedra; sus
paredes estaban recubiertas con estuco y pintadas. Sus techos eran planos,
sostenidos por morillos de madera apoyados en los muros. Algunos de los edificios que rodean esta
plaza, presentan tableros y taludes, elementos arquitectónicos decorativos de
influencia teotihuacana. En la esquina
noreste de la plaza, con una orientación norte-sur se localiza el juego de
pelota, que tenían un sentido religioso y ritual. Cercano a la Tumba 105 en la parte noreste del sitio se localiza
otro juego más pequeño (Blanton 1978).
Fuera del conjunto central ubicado en la parte más
alta de la montaña, las construcciones civiles, y las áreas habitacionales se
distribuían en las laderas, a través de terrazas. Las unidades habitacionales además de la casa en sí, comprendían
una pequeña huerta, un pozo de almacenamiento y áreas de trabajo artesanal.
Aunque con múltiples variantes, estas unidades guardaban, en términos generales
un patrón constructivo donde destaca la presencia de un patio central,
alrededor del cual se levantaban los cuartos.
Uno de los elementos que más han llamado la atención
de la cultura zapoteca, es la costumbre de construir tumbas para enterrar a sus
muertos. El número, tipo y forma de éstas es muy amplio. Existen desde las sencillas fosas excavadas
bajo el piso de los cuartos sin ninguna construcción aparente, hasta las
elaboradas tumbas con fachadas complejas, con jambas y dinteles con
bajorrelieves; un vestíbulo y varias cámaras. Algunas tienen las paredes
decoradas con murales policromos, con escenas tanto de la vida cotidiana, como
de ceremonias rituales, como las Tumbas 104 y la 105. Otras, no tan majestuosas como las anteriores, han maravillado al
mundo por su contenido, como fue el caso de la Tumba 7. Se trata de un palacio zapoteco, reutilizado
posteriormente por mixtecos, que deciden depositar a sus ancestros en ese lugar
sagrado. Para ello levantan parte del techo de la tumba, sacan los restos que
se encontraban allí para después colocar sobre el piso, los esqueletos de nueve
individuos acompañados de una gran cantidad de objetos finamente elaborados en
gran variedad de materiales como oro, plata, jade, y turquesa entre otros (González Licón y Márquez 1990).
Las prácticas funerarias forman parte de la vida
cotidiana de los pueblos desde su pasado más remoto. Éstas surgen de acuerdo
con la filosofía de los grupos humanos en cada contexto social particular, así,
varían en concordancia con las distintas culturas, con su organización social y
económica, con el grado de desarrollo tecnológico, con la ideología, con la
complejidad de sus creencias religiosas etcétera. El ser humano siempre ha
manifestado un especial culto por la otra vida y el límite entre ambas, la muerte.
En el México antiguo las costumbres funerarias
estaban ligadas al complejo mundo mágico-religioso de los pueblos
prehispánicos, que a su vez tuvieron su base en la ideología dominante de cada
sociedad. La preocupación constante del
hombre por la vida futura después de la muerte y su inquietud por lo
sobrenatural y lo desconocido nos es revelado a través del estudio de las
costumbres funerarias, las cuales constituyen uno de los elementos que más
datos aportan para el conocimiento integral de una sociedad a causa de los
múltiples vestigios que se encuentran sobre ellas durante los procesos de las
exploraciones arqueológicas.
Las investigaciones acerca de este tema permiten
entender diversos aspectos evolutivos no sólo acerca del desarrollo tecnológico
de los grupos, sino en particular de cuestiones ideológicas, de creencias, de
hábitos y costumbres en relación a la muerte y a la manera en que los grupos
prehispánicos la encaraban. Las prácticas funerarias nos ayudan a inferir datos
sobre la organización social y económica. El tipo, tamaño, características y
clase de ofrendas asociadas a los esqueletos permiten reconstruir los niveles
de desarrollo social, ideológico y técnico.
Las exploraciones arqueológicas han permitido
conocer la evolución de los sistemas de enterramiento. Al principio se trataba
de entierros sencillos utilizando cuevas, abrigos rocosos, cuando estos
existían, o bien haciendo simplemente un hoyo en el piso. Sin embargo, desde
ese momento había una intención por el cuidado del cadáver. De acuerdo con la complejidad social, el
tipo de entierro fue variando, desde el más sencillo utilizando una fosa de
tierra, hasta elaboradas tumbas. Igualmente la riqueza y clase de la ofrenda
permiten identificar el rango social del sujeto y de la sociedad misma.
En las culturas mesoamericanas en general, una parte
importante de las construcciones monumentales se asociaba con frecuencia al
entierro de personajes relevantes, La muerte de un gobernante era un
acontecimiento público y su comunidad participaba ofreciéndole una ceremonia
fúnebre elaborada y costosa que podía además prolongarse por varias
semanas. En general vamos a encontrar
gran variedad en la realización del ritual mortuorio, lo que indica una relación
directa entre la complejidad estructural del mismo y la base económica de
dichas manifestaciones socioculturales.
En las sociedades con mínima complejidad cultural,
las diferencias se dan en base al sexo, a la edad o a ciertas actividades
laborales. En las sociedades donde existen clases, linajes u organizaciones más
complejas, la ubicación del entierro con respecto al centro
político-administrativo del asentamiento, la forma y orientación de la tumba,
así como la ofrenda que lo acompaña y la forma como se dispone del cuerpo en el
interior de la cámara funeraria van a representar igualmente una condición
religiosa y social.
El culto a los antepasados es parte de los sistemas
mágico-religiosos y su estudio como ya indicamos puede conducirnos a
identificar las manifestaciones materiales de un pensamiento religioso,
directamente relacionado con las condiciones económicas y sociales de sus
deudos. Lo primero, y acaso lo más
significativo es la creencia de que la muerte no es sino un momento de transición.
La vida y la muerte, la muerte y la vida, son en realidad dos aspectos de lo
mismo.
LAS
PRÁCTICAS FUNERARIAS EN MONTE ALBÁN.
Partiendo del período Monte Albán I, las tumbas
cambiaron desde una sencilla cista de piedras alineadas y talladas, a las
estructuras con decoraciones elaboradas. Primero tumbas de tipo rectangular y
luego construcciones más complejas con planta cruciforme y antecámara, con
nichos y fachadas esculpidas para el periodo Monte Albán V. La mayor parte de
las tumbas contenían ofrendas que iban de simples a muy ricas. Objetos de
cerámica, piedra, concha, hueso, coral, obsidiana y jade, eran los más comunes,
sin embargo a partir de Monte Albán V, con el conocimiento del beneficio de los
metales blandos, se elaboraban y depositaban objetos de oro, plata y cobre, así
como de otros materiales más escasos como el azabache, cristal de roca, perlas
de río y de mar, turquesa, ámbar, y tecalli como en el caso de la tumba 7 de
Monte Albán.
Las tumbas zapotecas estuvieron incorporadas a la
arquitectura doméstica, usualmente localizadas debajo del piso de los cuartos
más importantes, orientadas al patio central.
La tumba constituía un recinto que su dueño ocuparía después de muerto,
entre los zapotecos, las tumbas son construcciones que asemejan la estructura
de las habitaciones que se ocupaban en vida.
Ejemplo de lo anterior lo tenemos en la tumba 5 de Suchiquiltongo, donde
se reproduce al interior de la misma, en la antecámara, el estilo
característico constructivo de la etapa IIIB-IV (650-800 d.C.), construyendo
réplicas de los frentes de cuatro casas dispuestas alrededor de un patio
central. Esta tumba destaca indudablemente por el gran significado que tienen
las manifestaciones iconográfica de sus mascarones decorando la fachada
interior y exterior, los bajorrelieves de personajes de alto rango que aparecen
en todas sus jambas, la pintura mural existente, y la lápida genealógica al
interior de la cámara principal, aspectos que se tratan en otros capítulos de
este libro.
El proyecto
arquitectónico de la tumba, representa por sí mismo un aspecto también
importante. La fachada exterior
contiene jambas decoradas y un tablero donde destaca una enorme cabeza de
jaguar con las fauces abiertas y lengua bífida, de la que asoma un ave con el
pico semiabierto. Un pequeño vestíbulo separa el exterior de la antecámara, que
es como decíamos líneas arriba, la concepción de "la última morada"
reproduciendo exactamente una residencia de los vivos. El acceso es por el lado sur, las
"casas" oriente y poniente forman grandes nichos con sus paredes
decoradas con pintura mural, todas las jambas presentan bajorrelieves, los
dinteles son lisos con una mancha de pintura roja al centro. El lado norte es el acceso a la cámara
principal, jerarquizado por tres escalones flanqueados por sendos tableros remetidos
con talud. La fachada de la cámara principal presenta el arranque de las jambas
sobre otro tablero remetido con talud, sobre los que se colocaron jambas dobles a cada lado decoradas con
personajes femenino y masculino respectivamente, en los cuatro casos, las
figuras están de perfil viendo hacia el centro o acceso, la mujer va detrás del
hombre. Sobre las jambas el dintel liso soporta un tablero remetido con un
mascaron al centro. Al interior de la
cámara principal se colocó al fondo, una lápida con bajorrelieves del tipo
genealógico. Tanto la antecámara como
la cámara principal presentan una techumbre a base de enormes lajas de piedra
formando bóvedas angulares. Por la
profundidad a la que se encuentra con relación al nivel exterior del patio, uno
supone que esta tumba fue construida aún antes del templo que se encuentra
sobre ella, ya que de otra manera sería casi imposible llevar acabo una obra de
tal magnitud. Asombra el espacio
interior logrado por los constructores de esta tumba, la simétrica disposición
de los "cuartos", la imponente fachada de la cámara principal,
solucionando con las mismas lajas de la bóveda el problema de la doble altura,
simplemente sobreponiéndolas. Como se verá más adelante, la aplicación en esta
tumba, de los sistemas constructivos y elementos arquitectónicos usados en los
edificios del "mundo real" produjo un efecto hasta ahora solo
presente en Suchiquiltongo. Uno podría
pensar que en Monte Albán debieron construirse tumbas como la aquí descrita y
que tal vez no han sido descubiertas, sin embargo también podría ser que sitios
como Suchiquiltongo hacia el final del periodo Clásico empezaban a aumentar su
poder e importancia, convirtiéndose cada vez más en ciudades independientes del
poder central que debió ejercer Monte Albán anteriormente. Esto pudiera ser un
reflejo de ese momento de descomposición del poder centralista de la capital
zapoteca, que cada vez más favorecía el surgimiento de ciudades medianas, con
una elite dirigente propia y que a la postre desembocó en el abandono de Monte
Albán.
La construcción de las tumbas adquirió formas
determinadas de acuerdo a su evolución en los distintos periodos. Los estudios
relativos a la arquitectura de las tumbas muestran la variación de formas que
tenían con respecto a la bóveda, la planta, los nichos, las fachadas, los
umbrales. Como se ve, había techos
planos, techos angulares, arcos hechos en la roca y otras variantes.
Las plantas presentan tres tipos fundamentales: las
de fosa o cajón, la tumba sin antecámara y la tumba con antecámara. De estas
dos últimas hay varios subtipos: planta rectangular sencilla con puerta, planta
rectangular con jambas, sencilla con nichos; planta cruciforme, sencilla
rectangular con antecámara, etcétera.
Los nichos variaban en número, podían ser uno
solamente, o varios. De la fachada encontramos siete tipos fundamentales:
Fachada sencilla con muro de paramento vertical; cornisa sencilla volando sobre
el dintel y rematando la fachada; cornisa doble escalonada volando sobre el
dintel y rematando la fachada; tipo tablero, etcétera. El umbral podía ser de bajada, u horizontal.
Hecho de roca, de tierra, de grava, de barro, empedrado, enlajado o de
estuco. Cada uno de estos tipos de
tumbas tuvo un apogeo en cada una de las épocas de ocupación del sitio.
En la época I todas las tumbas presentan un techo
plano, no tienen puertas, nichos, fachadas y se reducen a una fosa o cajón. Las
tumbas están orientadas con direcciones Norte-Sur, y Este-Oeste. Este tipo de tumba no es privativa de la
época I y se sigue usando hasta la época de Monte Albán IIIB. La única
diferencia aparente es en cuanto al tipo de ofrenda, pues los elementos
arquitectónicos son los mismos.
En la época II se nota un cambio notable respecto a
la arquitectura funeraria, así como a otras de las expresiones culturales.
Aparece la bóveda angular. En algunas tumbas se encuentra la combinación de dos
estilos, el de techo plano y la bóveda angular. También aparecen varios casos
de tumbas con puertas y nichos.
Las plantas sugieren que tal vez hubo una influencia
extranjera, o simplemente el estilo evolucionó, pues cambia. Siguen apareciendo
tumbas de cajón con puerta, techo plano, sin nichos, estilo que perdura en las
siguientes épocas y lo único que cambia es la fachada según el periodo. Este
fue el tipo de tumba más usado en la época II. Se presentan por primera vez las
tumbas con antecámara, con un porcentaje elevado (40%) y aumentan en periodos
posteriores hasta llegar a un 70% en Monte Alban IIIA.
Característica de este periodo es la tumba con
nichos y sin jambas. Estas tumbas son inconfundibles pues no hay división entre
la antecámara y la tumba misma, dando la impresión de una sola unidad. Las fachadas de esta época son de paramento
vertical, en todos los casos, mostrando esta característica como estable. Los
pisos son de tierra en primer lugar y de estuco en segundo. Aparecen los
umbrales, generalmente asociados a las tumbas con antecámara. Predominan las
tumbas con tres nichos.
En la etapa IIIA algunas de las tumbas de Monte Albán,
tales como las tumbas 72, 103, 104, 105 y 112 contienen elaboradas pinturas
murales, aunque la tumba 72 es probablemente de una etapa anterior. Un aspecto interesante acerca de las
pinturas de las tumbas es el proceso de repintado del que fueron objeto en
tiempos prehispánicos. Al principio se creyó que tan solo algunas de las tumbas
habían sido repintadas, como era el caso de la 105, sin embargo, al parecer era
muy frecuente que esto sucediera.
El patrón funerario típico de Monte Albán consistió
en la reutilización de las tumbas, el ejemplo más claro lo encontramos en la
tumba 7, donde se localizó la ofrenda más rica del sitio. Lo interesante de
este caso es que siendo una tumba zapoteca de la época IIIB, fue reutilizada
posteriormente en la época V por mixtecos. Para ello retiraron una de las lajas
de la techumbre y penetrando por ahí, sacaron todo el material zapoteco, para
después rellenando un poco el nivel del piso con tierra, colocar o más bien
esparcir por toda la tumba, los restos de nueve personajes acompañados de su
ofrenda.
No todas las tumbas fueron reutilizadas, por ejemplo
la tumba 104 fue localizada con el esqueleto en posición anatómica, las
ofrendas y la pintura intacta, aunque esta última parece haber sido acabada con
prisas, ya que se aprecian "chorreaduras" de pintura en algunos
trazos.
Los temas que aparecen en los murales parecen ser
simbólicos, con complejas representaciones de deidades o sacerdotes con glifos
asociados. El mural más antiguo que se conoce, asociado a la arquitectura
funeraria, es el de la tumba 72 de Monte Albán, donde se representan varios
glifos en color rojo. Otras veces aparecen procesiones de hombres o mujeres
cantando en alguna ceremonia religiosa. Los murales presentan gran colorido,
predominan los tonos rojos, blanco, amarillos ocres, verde, turquesa, azul,
negro.
Las pinturas de las tumbas de Monte Albán IIIA
muestran cierta semejanza con los frescos de Teotihuacan, aunque en un estilo
claramente zapoteco. Las de la etapa IIIB tienen menos similitud con Teotihuacan
y son más pequeñas y menos finas. En general las tumbas de Monte Albán así como
otras del valle de Oaxaca, como la tumba 5 de Suchiquiltongo, son de las más
importantes y elaboradas de Mesoamérica.
En la época de Monte Albán IIIB, las bóvedas se
diversifican, encontrándose varios tipos: el mixto, el de techo plano en planta
rectangular con puerta. Aparece el tipo de bóveda angular sencilla, que
consiste en la colocación de dos lajas encontradas, formando un ángulo. Aparece
un nuevo tipo, el angular con frente y fondo piramidal, característico de la
época. Las bóvedas en la etapa IIIB evolucionaron de la siguiente manera: 1)
tumbas de cajón; 2) tumbas con techo plano, en plantas rectangulares con
puerta; 3) tipo de bóveda mixta; 4) Techos angulares sencillos; 5) techo
angular con fondo piramidal; 6) techo angular con frente y fondo piramidal.
Predominan los pisos de tierra y entre las fachadas
aparece por primera vez la compuesta, caracterizada por el tipo
"Tablero". El número de nichos es muy variable y sólo en este periodo
encontramos tumbas con cinco nichos.
Las tumbas de esta época presentan una orientación
Este-Oeste, y muy pocas están orientadas en la dirección Norte-Sur, pero la
mayor parte tienen puerta al Sur.
En el siguiente periodo, la característica relevante
es el regreso al techo plano que predominara en la época V, aunque el más alto
porcentaje sea el de techo angular. En las plantas desaparece el tipo de cajón.
Los umbrales son horizontales, ya que en su mayoría se trata de tumbas sin
antecámara. El piso es muchas veces de estuco pero no en tan alto porcentaje
como en la etapa II. Las fachadas siguen siendo compuestas, en particular del
tipo tablero. La orientación dominante es la dirección Este-Oeste, con las
puertas al Oeste.
Algunas tumbas están decoradas con pinturas murales
y muchas estaban acompañadas por la típica urna funeraria zapoteca del periodo
clásico. Tanto urnas como murales han sido asumidos como representaciones de
dioses. En la actualidad algunos especialistas piensan que algunos de los
murales de las tumbas representan a miembros de la nobleza y sacerdotes. De
igual manera, al parecer también las urnas pueden estar asociadas a personajes
que tienen incluso nombres calendáricos. La mayoría sin embargo, usan máscaras
que se relacionan con alguna de las deidades principales como Cocijo "dios
de la lluvia", pitao cozobi "dios del maíz", o alguna otra
fuerza sobrenatural, no obstante bajo la máscara, la representación es
distintivamente humana. Quizá se trate de ancestros de los difuntos, los cuales
podían servir como intermediarios entre ellos y los dioses. El mismo respeto y
valor que tenía la vejez, estaba influido no sólo por el cúmulo de
conocimientos y experiencia que poseían los ancianos, sino también porque estaban
muy próximos a llegar con los dioses.
Los edificios sobre muchas de las tumbas tienen ofrendas, y entierros
asociados a ellas, los cuales sugieren rituales relacionados con los espíritus
de los señores, que se continúan muchos años después de su entierro.

FIGURA
3: TUMBA 10.

FIGURA
4: TUMBA 11.

Al parecer algunos de los más importantes señores
zapotecos fueron enterrados en lugares especiales, posteriormente sacados y
llevados a tumbas previamente preparadas sobre las cuales se erigieron
construcciones conmemorativas. Estas construcciones conmemorativas tienen el
plan de palacios menores o quehui,
con tumbas grandes bajo el piso de un cuarto, al que se llega usualmente por
una escalera desde el patio. Muchas de estas tumbas son cruciformes y todas
parecen haber sido construidas, o algunas veces excavadas al interior de una
cama de piedra, antes de construir la casa o templo superior. Tal vez la
entrada a través del patio fue dejada accesible para que se pudiera pasar después,
dentro de la práctica ya descrita de reutilización de las tumbas.
Las tumbas cruciformes se caracterizaron por la gran
cantidad de esqueletos encontrados en ellas, por lo que se piensa que eran
verdaderos osarios.
Alrededor del año 800 d.C., Monte Albán dejó de
crecer, cesaron las nuevas construcciones y el mantenimiento de los grandes
edificios, por lo que fue eclipsándose paulatinamente, aunque esto no quiere
decir que hubiera sido abandonado violentamente. Las últimas excavaciones arqueológicas realizadas en el sitio,
indican que un buen número de casas siguieron habitadas al menos hasta la etapa
V (1300-1521 d.C.).
La caída de Monte Albán permitió que otras ciudades
que ya existían, se fortalecieran, así como el surgimiento de nuevas. Las ciudades
de las etapas IV y V, no mantuvieron un control total de los Valles. Conservaban cierta autonomía y creaban
alianzas por medio del matrimonio y el comercio cuando era conveniente. Se
trató de un periodo de gran inestabilidad social y política. Los sitios más importantes en esta etapa son
Mitla, Suchiquiltongo, Lambityeco y Zaachila (Blanton y Kowalewski 1981).
En la etapa V se expande el militarismo en el Valle
de Oaxaca, de la misma forma que estaba sucediendo en otros lugares de
Mesoamérica. Llegan al Valle los mexicas, que incursionaron de manera
permanente en la zona y finalmente conquistaron las ciudades más importantes
como Zaachila, Cuilapan y Mitla. Sin embargo se trató de un dominio temporal.
Poco antes, habían arribado grupos procedentes de la Mixteca, enfrascándose en
continuas luchas por el dominio de las tierras de cultivo y el control de los
tributos. Los mixtecos lograron dominar en cierto momento y crearon un centro
político en Cuilapan (Marcus y Flannery 1996).
Es en esta etapa cuando Mitla se consolidó como el
centro religioso rector del Valle.
Mitla fue una de las ciudades más importantes del Valle de Tlacolula,
sobresaliente entre otros aspectos, por la construcción de residencias de elite
decoradas con mosaicos de piedra formando diseños de gran belleza y
armonía. Se trató de un asentamiento
disperso con construcciones que aprovecharon las pequeñas elevaciones del
terreno, con basamentos bajos. Predominan dentro del sitio los conjuntos
habitacionales tipo palacio, con patios centrales y cuartos a los lados, bajo
los cuales de construyeron tumbas de arquitectura elaborada, con varios
recintos y decoradas también con tableros y grecas en las paredes (Blanton, et
al. 1999).
Otra de las subregiones que permitió el desarrollo
de numerosos centros de población fue la mixteca. Los mixtecos se asentaron al poniente de la región oaxaqueña,
contemporáneamente a los zapotecos. A
diferencia de lo que sucedió en los valles centrales de Oaxaca con Monte Albán
como centro rector, en la Mixteca no hubo el predominio de una ciudad por
largos periodos, ni se alcanzó el tamaño y densidad de población de ésta. Las comunidades mixtecas mantenían una
competencia constante, sus nexos y alianzas eran temporales e inestables, con
conflictos por el poder y el prestigio. En contraste con la región del Valle de
Oaxaca, los primeros centros urbanos mixtecos eran pequeños, manteniendo una
población de entre 500 a 3000 habitantes.
Por las investigaciones arqueológicas, sabemos que
Yucuita fue uno de los asentamientos importantes de este periodo, quizá
subordinado a Yucuñudahui a 5 km de él. Yucuita se localiza en el Valle de
Nochixtlán sobre una loma plana y alargada, alcanzó un tamaño de población de
varios miles de habitantes para el año 200 a.C.
Para este periodo existía contacto con otros grupos
a través del intercambio de productos.
También hubo un intenso intercambio tecnológico y artístico, a través de
estilos y formas que se comparten con las culturas desarrolladas en lugares
alejados como la Cuenca de México y en la zona de Puebla y con el Valle de
Oaxaca.
Las aldeas mixtecas también tenían un patrón de
asentamiento basado en unidades habitacionales que congregan a varias familias
nucleares, cuya economía estaba basada en la agricultura. El desarrollo de
técnicas para el almacenaje de alimentos propició el incremento de clases y
tipos de objetos de cerámica, así como de construcciones en pozos subterráneos.
Los centros urbanos también servían para congregar a
la población en los días de mercado y como centro de reunión con otros grupos
externos. En estos sitios predominan
las grandes plataformas y los juegos de pelota. Para este periodo existe ya una presencia clara de escritura por
medio de glifos y representaciones en piedra y en cerámica, tanto de figuras y
lugares específicos, como de fechas calendáricas. En cuanto a la organización social se nota una diferenciación en
estatus sociales, de acuerdo a los distintos tipos de viviendas, a los objetos
encontrados en ellas, así como en las tumbas y en sus ofrendas, que variaban de
acuerdo al rango social del individuo (Dahlgren 1954; González Licón 2003; González Licón
y Márquez 1995).
Durante el periodo Clásico se consolidan en esta
región sociedades que pasan de cacicazgos complejos a estados, los que se
registran no sólo en la Mixteca sino en varias partes de la región
oaxaqueña. La sociedad se encuentra
estratificada en varios grupos fundamentales: la clase gobernante y una elite
frecuentemente emparentada entre sí; una clase intermedia formada por
militares, comerciantes, artesanos y especialistas destacados que lograban
acumular riqueza; y por último los trabajadores tanto en centros urbanos como
rurales que podemos dividir entre aquellos que poseían alguna tierra para su
subsistencia y otros que no tenían nada y debían emplear su fuerza de trabajo
para mantenerse a ellos y sus familias.
En la última posición estarían los esclavos, algunos convertidos por
deudas o faltas graves al orden social y otros por ser capturados durante
alguna guerra.
En la Mixteca Alta el sitio más importante para el
periodo Postclásico (750 a 1521 dC) fue
Tilantongo, al que se denominaba como Nuu Tnoo Huahui Andehui, Templo del
Cielo, reino del famoso dirigente
"Ocho Venado Garra de Tigre". Otros señoríos importantes fueron
Yanhuitlán y Apoala. Una de los rasgos sobresalientes de esta etapa es el alto grado
de desarrollo artístico y tecnológico alcanzado por los mixtecos; bellos
objetos de cerámica policroma, figuras y herramientas de obsidiana
confeccionadas con gran arte, grabados hechos en huesos de animales, con
representaciones tipo códice, ornamentos de oro, plata, turquesa, jade, concha
y algo que destaca de manera significativa como son los manuscritos
pictográficos o códices, de gran valor estético, pero sobre todo por el
contenido histórico y religioso plasmado en ellos.
Este periodo fue de gran movilización demográfica, debido a varios
factores entre los que merece una mención especial la llegada de los aztecas
hacia el año 1250 d.C. y posteriormente las incursiones e invasiones mexicas
dos siglos después. Algunos
señores mixtecos, mediante alianzas matrimoniales con mujeres zapotecas, consiguen
autorización para llevar a sus pueblos al Valle de Oaxaca, asentándose
definitivamente. De este modo tomaron
control de Zaachila y Xoxocotlán y logran establecen un señorío en Cuilapan. Las investigaciones han revelado que los
mixtecos de Cuilapan habían expulsado de Zaachila al señor zapoteco, quien se
refugió en Tehuantepec, región que él mismo había dominado antes. De tal manera que la expansión mixteca en el
valle fue a través del desplazamiento del gobernante zapoteco para apoderarse
de la autoridad política. Posteriormente convivieron mixtecos y zapotecos,
residiendo en los distintos barrios, aunque continuamente estaban en
pugna. De acuerdo con Burgoa, el señor
de Zaachila mantuvo una alianza con los mixtecos con el fin de conquistar a los
mixes y a los Huaves del Istmo de Tehuantepec, pero hubo problemas en cuanto a
la repartición del botín, en este caso del territorio conquistado. Los mixtecos
manifestaron su descontento y declararon la guerra a los de Zaachila, a quien
derrotaron e hicieron huir (Spores 1984).
Mientras tanto la Mixteca se encontraba dividida en
una red de señoríos constituidos por cada uno de los pueblos y sus comarcas
aledañas. Algunos estaban agrupados en una serie de provincias, mientras otros
permanecían independientes. Entre los
señoríos más grandes se puede citar a Coixtlahuaca, Tilantongo, Tlaxiaco y
Tututepec. Estos señoríos se les denominaban incluso como reinos, que tenían
sus sedes en las ciudades más importantes de ese momento (Spores 1967, 1976, 1984).
La
realización de rituales en el la región de Oaxaca y particularmente en el
Valle, fue un aspecto importante para el mantenimiento de la ideología y la
cohesión de grupo. Evidencia de
ceremoniales y rituales han sido registrados en todos los periodos de ocupación
y en la mayoría de los centros urbanos estudiados. En el caso particular de Monte Albán, aunque se han detectado
cambios en estos rituales, queda claro que el control ideológico era un aspecto importante no solo para la elite
gobernante sino también para la gente común que participaba en ellos. El sector medio de la población estaba
participando en ceremonias y rituales públicos, pero también se llevaban a cabo
otro tipo de ceremonias al interior del grupo familiar. Para la elite gobernante, el desarrollo del
mundo simbólico e ideológico era una forma de incrementar su poder y control
sobre sus gobernados. Como una sociedad
corporativa, se enfocaban más en la producción interna. La cohesión necesaria para alcanzar esta
riqueza interna, se lograba mediante el manejo de la ideología adecuada,
materializada en rituales y ceremonias.
BIBLIOGRAFÍA
Alcina, Franch José (1966) “Calendarios zapotecos prehispánicos según
documentos de los siglos XVI y XVII”. Estudios
de Cultura Nahuatl VI: 119-133.
Alcina, Franch José (1972) “Los dioses del panteón zapoteco”. Anales de Antropología IX:9-43.
Alcina, Franch José (1993) Calendario
y religión entre los zapotecos. UNAM,, México.
Blanton,
Richard E. (1978) Monte Albán: Settlement
Patterns at the Ancient Zapotec Capital. Academic Press, New York.
Blanton,
Richard E., Feinman, Gary M. Kowalewski, Stephen A. Nicholas Linda M. (1999) Ancient
Oaxaca. The Monte Albán State. Cambridge University Press, Cambridge.
Blanton,
Richard E. Kowalewski Stephen A. (1981) “Monte Alban and After in the Valley of
Oaxaca”. I
Sabloff,
Jeremy A. (ed.), Supplement to the
Handbook of Middle American Indians vol. 1.: 94-116. University of Texas
Press, Austin.
Caso, Alfonso (1928) Las estelas zapotecas.
Monografías del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía.
Secretaría de Educación Pública. Talleres gráficos de la Nación, México.
Caso, Alfonso
(1965) Zapotec Writing and Calendar
Wauchope,
Robert y Willey, Gordon R (eds) Handbook of Middle American Indians vol.
3: 931-947. University of Texas Press, Austin.
Caso, Alfonso, Bernal Ignacio (1952) Urnas de Oaxaca.
Memorias del INAH 2. INAH, México.
Caso, Alfonso y Bernal Ignacio (1965) “Ceramics
of Oaxaca”.
Wauchope,
Robert y Willey, Gordon R (eds) Handbook
of Middle American Indians, : 871-895.
Caso, Alfonso, Bernal Ignacio, Acosta Jorge R. (1967) La Cerámica de
Monte Albán. Memorias del Instituto Nacional de Antropología e Historia 13.
Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.
Dahlgren, Barbro (1954) La Mixteca: su cultura e historia
prehispánicas. Colección Cultura Mexicana 11. Imprenta Universitaria,
México.
Drennan,
Robert D. (1976a) Fábrica San José and Middle Formative
Society in the Valley of Oaxaca.
Memoirs of the Museum of Anthropology 8. University of Michigan, Ann Arbor.
Drennan,
Robert D.(1976b) Religion and
Social Evolution in Formative Mesoamerica. In The Early Mesoamerican Village,
edited by Kent V. Flannery, pp. 345-363. Academic Press, New York.
Drennan,
Robert D. (1983) “The Growth of Site Hierarchies in the Valley of Oaxaca, Part
II “.
Flannery Kent
V. Marcus,Joyce (eds) The Cloud People:
Divergent Evolution of the Zapotec and Mixtec Civilizations: 65-71.
Academic Press, New York.
Drennan,
Robert D (1991) “Pre-Hispanic
Chiefdom Trajectories”
Mesoamerica,
Central America, and Northern South America.
Earle,
Timothy (ed.) Chiefdoms: Power, Economy, and
Ideology : 263-287. Cambridge
University Press, Cambridge.
Flannery, Kent
V (1970) Preliminary Archaeological Investigations in the Valley of Oaxaca,
México, 1966 through 1969.
Report to the
INAH and the National Science Foundation,.
Flannery, Kent
V (1976) The Early Mesoamerican Village.
Academic
Press, New York.
K. V. Flannery (1986) Guila
Naquitz. Archaic foraging and early agriculture in Oaxaca, México. New
York, Academic Press
Flannery, Kent
V y Joyce Marcus (1983) The
Growth of Site Hierarchies in the Valley of Oaxaca, Part I.
Flannery. Kent V, Marcus, Joyce (ed.) The Cloud People: Divergent Evolution of the
Zapotec and Mixtec Civilizations,: 53-65. Academic Press, New York.
Flannery, Kent
V y Joyce Marcus (2005) Excavations at San José Mogote 1. The
Household Archaeology. 1ra ed. Prehistory and Human Ecology of the Valley
of Oaxaca 40. Museum of Anthropology, university of Michigan, Ann Arbor.
Gendrop, Paul (1976) Arte prehispánico en Mesoamérica.
Editorial Trillas, México.
González Licón, Ernesto (1990) Zapotecas y Mixtecas. Tres mil años de
civilización precolombina..
Corpus Precolombino, Sección: Las civilizaciones mesoamericanas.
Editorial Jaca Book y Conaculta, México.
González
Licón, Ernesto (2003) Social Inequality at Monte Albán Oaxaca: Household Analysis from
Terminal Formative to Early Classic.
Ph.D., University of Pittsburgh.
González Licón, Ernesto y Márquez Morfín Lourdes (1990) “Costumbres
funerarias en Monte Albán”.
Monte Albán: 53-138. Citibank, México, D.F.
González Licón, Ernesto y Lourdes Márquez (1995) “La zona oaxaqueña en
el Postclásico”. Manzanilla, Linda,
López Luján, Leonardo Historia Antigua de
México: 55-86. vol. III. IV vols. CONACULTA, INAH, UNAM, PORRUA, México.
González Licón, Ernesto, Márquez Morfín, Lourdes y Matadamas Díaz Raúl
(1994) “Exploraciones
arqueológicas en Monte Albán, Oaxaca, durante la temporada 1990-1991”.
Boletín del Consejo de
Arqueología: 118-123. vol. 1991.
INAH, México, D.F.
Kirchhoff,
Paul (1943) “Mesoamerica.”
Acta Americana 1:92-107.
Marcus, Joyce
(1998a) “The Peaks and Valleys of Ancient
States: An Extension of the Dynamic Model”.
Feinman, Gary M.
Marcus, Joyce (eds) Archaic States.:
59-94. School of American Research, Santa Fe, New Mexico.
Marcus, Joyce
(1998b) Women’s Ritual in Formative Oaxaca. Figurine-making, Divinations, Death
and the Ancestors.
Memoirs of the
Museum of Anthropology 33. University of Michigan, Ann Arbor.
Marcus, Joyce
y Kent V. Flannery (1996) Zapotec Civilization: How Urban Society
Evolved in Mexico's Oaxaca Valley.
Thames and
Hudson, England.
Marcus, Joyce
y Flannery, Kent V. (1994) Ancient Zapotec Ritual and Religion: An
Application on the Direct Historical Approach.
Renfrew Colin,
Zubrow Ezra B.W (eds),The Ancient Mind:
Elements of Cognitive Archaeology : 55-74. Cambridge University Press,
Cambridge.
Mullen, Robert
J. (1975) Dominican Architecture in
Sixteenth-Century Oaxaca.
Center for
Latin American Studies, Arizona State University and Friends of Mexican Art,
Phoenix, Arizona.
Spores, Ronald
(1967) The Mixtec Kings and Their People.
University Of Oklahoma Press, Norman.
Spores, Ronald (1976) La
estratificación social en la antigua sociedad mixteca.
Carrasco,Pedro y Broda Johanna Estratificación
social en la Mesoamérica prehispánica :207-220. Centro de Investigaciones
Superiores del INAH, México.
Spores, Ronald
(1984) The Mixtecs in Ancient and
Colonial Times.
University Of
Oklahoma Press, Norman.
Whalen,
Michael E. (1981) Excavations at Santo
Domingo Tomaltepec: Evolution of a Formative Community in the Valley of Oaxaca,
Mexico.
Memoirs of the
Museum of Anthropology 12. University of Michigan, Ann Arbor.
Whalen,
Michael E. (1988) House and Household in Formative Oaxaca,.
Wilk Richard R
Ashmore, Wendy (eds. )Household and
Community in the Mesoamerican Past:249-272. University of New Mexico Press,
Albuquerque.