¿QUÉ PASA CON LA ARQUEOLOGÍA Y LA CONSERVACIÓN DE MATERIAL ARQUEOLÓGICO EN EL NORTE DE MÉXICO?

 

Dr. Nicolás Caretta. CCSyH-UASLP

Renata Schneider. CNCPC-INAH

 

 

La anterior es una de las primeras preguntas que solemos hacernos quiénes de alguna u otra forma trabajamos más allá de las fronteras de eso que conocemos como la Mesoamérica Marginal. Decir a tono de broma que no pasa nada o, en el mejor de los casos, empezar una perorata sobre los problemas que implica trabajar en una región geográfica tan vasta, con culturas tan disímbolas y tan fugaces, con tan pocas estructuras monumentales que no es considerada en los grandes presupuestos, etcétera, no soluciona de ninguna forma el núcleo duro de la pregunta: esto es, cuestionarnos sobre lo que es necesario hacer para qué pase algo.

 

Evidentemente, lo que nos proponemos hacer en este texto preliminar no es ni novedoso ni será abrumadoramente esclarecedor, quizá justo como reflejo de lo que va aconteciendo en el Norte: se discute, se lamenta, se propone y se sigue dependiendo de los juegos de pelota para dignificar una región: pareciera que ni siquiera la paleontología, la arqueología histórica, la etnología o la arqueología industrial han podido darle un lugar a las culturas del Norte. Así, en realidad, lo que queremos hacer aquí no es más que una reflexión que sobrepase las discusiones y la angustia de la sobremesa: una serie de preguntas que, aunque manoseadas, siguen vigentes y que pretenden reconsiderar algunas de las propuestas que han surgido de los pocos trabajos realizados en el Norte de México, propuestas que han sido retomadas una y otra vez sin ser puestas en duda en ningún momento y que paulatinamente van transformándose en dogmas de fe.

 

Ejemplos de esto hay muchos, pero si tuviéramos que señalar algunos nos preguntaríamos: ¿por qué se sigue utilizando tan a la ligera la propuesta del límite de la Mesoamérica Marginal de Kirchhoff?, ¿por qué se afirma y se acepta lo que fue sólo una propuesta de Armillas acerca de la sequedad del Septentrión?, ¿por qué constreñimos dentro de un mismo paquete al Occidente y Norte del país, sin siquiera considerar a San Luís Potosí, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas dentro de “algo”?, ¿por qué, incluso si aceptamos que todo en el Norte es desierto y semidesierto, hay tan pocos textos de conservación que aborden la preservación y la restauración de bienes culturales en climas de este tipo en México, a diferencia de Perú?, ¿por qué se ha aceptado que de Querétaro hacia arriba todo es el Norte (todo es Chichimeca y todo es provincia)?, ¿por qué se ha querido dejar fuera todo lo que esta cruzando el Río Bravo, pero se acepta incluir a Guatemala, Belice y Honduras en Mesoamérica?, ¿por qué se insiste en el Suroeste de los Estados Unidos en hacer arqueología del aislada de todo y de todos?, ¿por qué se asume que en las excavaciones en el Norte no hay ni elementos ni materiales que conservar?

 

Las respuestas a estas y otras preguntas son muchas, muy diversas, y casi todas son complejas; sin embargo, se insiste en la misma práctica: seguimos sin conseguir saber qué es el Norte, ni tampoco como asirlo de la manera más indicada; de hecho, es un asunto que ha estado siempre fuera de nuestras manos: desde la época de la colonia hasta la actualidad. En muchos sentidos más que el Mar Chichimeca este ha sido el Mar de la Incertidumbre.

 

Iniciemos entonces con algunas reflexiones, que aunque tendrán, no podemos salvarnos, un cariz de queja, pretenden ante todo presentar un breve panorama de lo que hasta ahora sí pasa y ha pasado en esta región, para, en función de un dictamen preliminar, intentar rescatar lo que deberíamos pretender epistémica y técnicamente cuando abordamos el tema

 

¿DÓNDE QUEDA EL NORTE DE MÉXICO?

 

Si bien existió en la época prehispánica, al igual que entre grupos indígenas en la actualidad, una concepción de “qué es el Norte” y de dónde se ubicaba, ésta es diferente a la idea que se ha ido generando del término (o del “lugar”) después de muchos cambios históricos. En efecto, la concepción que se tenía entonces del Norte y de las poblaciones humanas que lo habitaban varía, sin duda, de aquellas que se fabricaron después de la Conquista o del México Independiente. Por ejemplo, los historiadores (Cruz: 1998; Roman comunicación personal) apuntan que la creación, al menos, de lo que ahora consideramos como el Norte de los Estados Unidos Mexicanos se da como resultado de la perdida de gran parte de su territorio y establecimiento de la frontera con los Estados Unidos de América. Así, el establecimiento de esta frontera política eventualmente cortó de tajo, a nivel de concepción, cualquier tipo de interacción entre los grupos humanos que se asentaron en esa gran área.

 

De esta forma, ante los ojos de los investigadores de ambos lados del Río Bravo se gestaron explicaciones de tipo aislacionista o difusionista, y en muchos de los casos hasta de tipo embriogénico (Foster y Gorenstein: 2000). Problemas que si observamos aun siguen vigentes entre muchos académicos de diferentes disciplinas.

 

Es, sin embargo, importante, preguntarse por qué se siguen aceptando las fronteras históricas como un parámetro de lo que es el Norte o del Norte, fronteras que buscan subsumir inclusive a la ecología y la geografía, dando lugar a una barrera geopolítica inexistente en el pasado.

 

Extrañamente, aún cuando asumimos que existen diferencias climáticas y ecológicas importantes que separan la parte sur del país de la del Norte, también es cierto que no son únicamente tres los ecosistemas principales del territorio mexicano (selva tropical, bosques de altura y desiertos). Menos cierto es todavía que éstos se condicionen a franjas geográficas definidas: de hecho, existe una variabilidad mucho mayor en esto que llamamos el Norte, que encuentra, inclusive, áreas de desarrollo endémico por su particularidad: de facto, los ecosistemas son tan variados y están tan distribuidos como lo fueron los grupos humanos que en ellos se establecieron o en los que confluyeron buscando áreas de captación, zonas que muchas veces fueron posteriormente re-ocupadas tras las campañas de conquista para el establecimiento de poblaciones novohispanas y/o la reubicación o marginación de poblaciones indígenas. Asimismo, muchas de estas zonas han sido transformadas y otras tantas más han desaparecido irremediablemente como resultado de procesos naturales (como el envejecimiento de lagos y lagunas) y/o antrópicos (como la tala inmoderada, la cacería, la contaminación o el drenado de lagunas y lagos).

 

Ahora, pese a que es cierto que el paisaje más común de la región que nos ocupa es el semi-desértico (el cual igualmente cambia de aspecto tan pronto recibe unas cuantas gotas de agua), esta propia variabilidad en las zonas ecológicas y geográficas fue realmente la única barrera limítrofe para ciertas especies animales o vegetales y/o para culturas humanas definidas, pero difícilmente lo fueron las fronteras geopolíticas establecidas después de la conquista y, menos aun las que posteriormente fueron modificadas en el transcurso de la historia de nuestro país.

 

Entonces, si la geografía y la especificidad climática no son de suyo las razones para demarcar el Norte, ¿cuales otras pueden haber?, busquemos definirlo por otros lados.

 

¿QUIÉNES HABITARON EL NORTE?, ¿QUIÉNES LO HABITAN EN LA ACTUALIDAD?

 

Todos sabemos que, a diferencia de las distintas sociedades asentadas en la llamada Mesoamérica Nuclear, los grupos que habitaban más allá de los territorios controlados por los mexicas fueron considerados en bloque y llamados chichimecas. Aún cuando el mismo Sahagún y otros frailes mencionaron las diferencias existentes entre estos grupos, ellos mismos reconocen que desde siempre fue más fácil usar el término Chichimeca para definir a aquellos “otros” que vivían más arriba del territorio controlado por la Corona Española.

 

Las sociedades que se desarrollaron en esta gran área fueron muy diversas en lenguas y prácticas culturales, aunque algunas ideas y creencias fueron comunes. En efecto, ni todos eran cazadores-recolectores, ni todos eran sedentarios: no se les debe, ni puede, ver como grupos con procesos definidos de tipo evolucionista unilineal sincrónico a los cuales les fue imposible desarrollar algo equiparable a las “altas culturas”. De hecho, ¿por qué tendrían que tener los mismos intereses y requerimientos que los grupos mesoamericanos?, ¿por qué tendrían que fundar sitios reduccionistas necesariamente y no vivir en amplias áreas si querían?

 

A excepción de algunos frailes y misioneros, a muy pocos españoles les interesó saber quiénes eran estos grupos, registrar sus conocimientos, sus relaciones mutuas, su lengua, sus historias sagradas y leyendas, etcétera: después de todo eran los salvajes del territorio de arriba, ese que les costó tanto trabajo a ellos y a los mexicas controlar. Algunos grupos, tales como los Guachichiles o los Caxcanes fueron sin duda mencionados persistentemente en las crónicas del siglo XVI; pero esto se debió, más que otra cosa, a las tremendas batallas que libraron. Empero, casi todos los grupos siguieron siendo denominados como chichimecas aún después del siglo XVI.

 

¿Quiénes son los chichimecas?, ¿ellos definen lo que es el Norte y sus fronteras? Esta ha sido una pregunta a la cual le han dedicado varios estudios, congresos y publicaciones muchos notables investigadores sin llegar nunca una conclusión clara y definitiva. De hecho, a muy pocos de los grupos originarios de la actualidad se les ha podido relacionar certeramente con asentamientos arqueológicos. Así las cosas, nos seguimos moviendo a ciegas y lejos de conseguir entender quiénes eran o qué regiones habitaron, se insiste en hacer arqueología de un pozo y hacer de éste el tema de discusiones embriogénicas, quizá imitando las propias historias sagradas de creación de los grupos, inaugurando “geopiedades” (Tuan 1974, 1977, Weigand: 2002).

 

Resolver el problema de lo “chichimeca” es tarea de sabios, pero si se quiere entender quienes fueron, cómo se distingue su cultura material, cuál es su relación interétnica, qué los unía y qué los separaba, cómo debemos entender su distribución espacial y temporal, debemos ahondar con precisión en el tema y dejar de navegar en el Mar de la Incertidumbre uniéndonos etnólogos, etnohistoriadores, antropólogos físicos, historiadores, arqueólogos, restauradores y arqueobotánicos, por citar sólo unos cuantos de los profesionistas que hacen falta para hacer las cosas más adecuadamente.

 

Aquí quisiéramos, para ejemplificar la obligatoriedad de lo anterior, hacer un seguimiento bastante elemental de algunos de los grupos originarios de la zona que nos ocupa. Una forma de rastrearlos es buscando las rebeliones indígenas del área en el S. XVII, periodo fundamental de la evangelización y de la expansión de la frontera Norte del Virreinato, misma que, de facto, pudo concretarse en la mayor parte de los casos hasta bien entrado el S.XVIII. Así, podemos ver que en el Noroeste, por ejemplo, los Tepehuanes y los Rarámuris se resistieron a la corona en cinco ocasiones entre 1606 y 1689. Los Conchos, los Tobosos, los Sumas, los Sobaipuris, los Sobas, los Pimas y los Tubutamas  lo hicieron entre 1690 y 1696 y, por su parte, los Jumanos se rebelaron varias veces entre 1680-1694. Los Zuaques y los Nebomes se levantaron en 1629. Apaches, Janos y Jácomes invadieron y pelearon en el Norte entre 1694 y 1698. Asimismo, la rebelión de los Pueblo fue increíblemente sangrienta y en otras regiones como las de los Caxcanes, los Zacatecos y los Tecuexes de Zacatecas y en la de los Tepeques de Jalisco, los indígenas se opusieron fuertemente a las autoridades españolas. En la región de Nayarit y la baja Sinaloa los Tehuecos se rebelaron en 1597 y los Acaxees y los Nayaritas en 1604. En la zona de San Luis Potosí los Guachichiles dieron fuerte pelea, lo mismo que los Guamares de Guanajuato y los grupos Otopames de los actuales estados de Querétaro, Hidalgo y Guanajuato. De hecho, por ejemplo, en el caso de los Coras y los Huicholes la resistencia fue tal que por un tiempo frailes y soldados los dejaron en paz a la espera de nuevas oportunidades. No debe extrañarnos, por tanto, que éstos últimos grupos sean los menos ortodoxos de los católicos indígenas de nuestro país.

 

Ahora bien, de estos grupos que mencionamos, ¿cuáles siguen teniendo un papel dentro de las estadísticas nacionales o incluso, siendo más duros, no acabaron por desaparecer?: ¿alguien se acuerda de los Tubutamas?, ¿Qué podremos saber de los Tobosos y los Conchos sino es investigando arqueológicamente el norte de Durango y el sur de Chihuahua?, ¿Sin estudios de campo adecuados cómo podremos diferenciar a los Sobaipuris y a los Sumas de los Pimas actuales si en las crónicas los españoles los llamaban Pimas a todos por igual?, ¿Con una división tan radical en los estudios entre México y Arizona cómo podremos claramente delimitar si existieron rutas de comercio e interacción entre los Keres de Nuevo México y los Seris de Sonora?

Así, como es bien sabido, de la infinita variedad de grupos originarios de la región la mayor parte ha desaparecido producto de las mezclas, el exterminio o las hambrunas, dando lugar a regiones constituidas básicamente por poblaciones mestizas y blancas. Sin embargo, la región sigue siendo una zona de grandes confluencias culturales, por ejemplo, con la llegada de grupos como los Kikapus  desde Estados Unidos en el S. XIX, o de los grupos mixtecos del sur de México, establecidos desde 1970 en Baja California. Otro problema de la región y que obedece a la división geopolítica de la que se habló líneas más arriba, es la ya reconocida lucha de los O´odham, que viven divididos entre las fronteras de Arizona y Sonora y quiénes hoy reclaman sus territorios y sus centros ceremoniales, independientemente de divisiones políticas o de decretos de reservas naturales.

 

Por ello, además del estudio etnográfico concreto que pueda realizarse para fortalecer y dignificar las sociedades Seris, Guarijías, Pames, Coras, Yaquis, Huicholas, Huastecas, Purépechas, Mazahuas, Otomiés, Rarámuris, Tepehuanas, Pimas u otras, es preciso establecer científicamente qué fue su pasado y cómo se fue modificando dentro de una serie de fronteras que hoy sí se llaman el Norte y en las cuales los fueron replegando en asentamientos definidos que los aislaron y marginaron y que aún así contienen restos materiales de su pasado reciente que es preciso preservar también.

 

¿QUÉ RESTOS MATERIALES HAY EN EL NORTE Y QUÉ SE HA HECHO ARQUEOLÓGICAMENTE HABLANDO?

 

Aquí valdría la pena retomar el término de “Buffer Zone”: haciendo notar que la supuesta ausencia de asentamientos, estructuras y materiales no se debe a su no existencia, sino quizá a la falta de interés y de trabajo en estas grandes extensiones territoriales, lo cual nos lleva inevitablemente a preferir el término de Terra Ignota.

 

Es claro, o al menos debería serlo, que las dimensiones de las construcciones de esta región no son del mismo tipo que las de la Mesoamérica Marginal, que la técnica constructiva puede variar por las condiciones que presenta la geografía en cada área y por la disponibilidad de las materias primas pero, esto no debería ser razón para restarle importancia a nivel cultural, arqueológico o de conservación a la región.

 

Remitámonos a los datos: si hacemos un balance aproximado de las condiciones generales que se dan durante el trabajo arqueológico generado en esta área del país veremos lo desolador que ha sido, y es, el panorama; aun considerando las condiciones económicas del país ahora y a través de los años. Cierto es que han existido sus honrosas excepciones, pero son muchas menos que en la región centro-sur de México.

 

Consideremos, digamos, que a nivel territorial la mayoría de los estados llamados norteños (incluyendo Occidente) son los más grandes del país: si lo contrastamos con la cantidad de investigadores adscritos a esos centros de trabajo podremos entender algunas cosas: Aguascalientes 1, Baja California 2; Baja California Sur 2, Chihuahua 5, Coahuila 3, Colima 4, Durango 1, Guanajuato 6, Hidalgo 3, Jalisco 4, Michoacán 5, Nayarit 2, Nuevo León 3, Querétaro 6, San Luis Potosí 2, Sinaloa 2, Sonora 3, Tamaulipas 1 y Zacatecas 2.

 

De estos investigadores, algunos pocos han logrado dar continuidad a sus proyectos y sus resultados presentan propuestas a nivel regional y son interinstitucionales y multidisciplinarios  (pocas veces interdisciplinarios) e. Algunos otros se encuentran trabajando en sitios muy específicos con una visión que nosotros llamamos la arqueología del llanero solitario -regularmente a nivel de sitio y pocas veces de tipo regional. En el mejor de los casos su producción se limita a informes, sea esto por falta de recursos o de interés (o ambos), tampoco se ha buscado crear escuela y sólo hasta fechas recientes los estudiantes de la ENAH o de las universidades estatales donde hay licenciatura en arqueología, han puesto sus ojos en el Norte o, al menos lo hacen para tesis de licenciatura y proyectos por contrato. Esto, aún cuando en el último año se hayan abierto cuatro plazas, de las cuales, vale la pena decirlo, sólo se habilitaron dos.[1]

 

Tal vez el proyecto del INAH más grande a nivel de sitio que se ha realizado en el Norte de México en los últimos años haya sido la creación del museo de sitio de las Culturas del Norte en Casas Grandes, Chihuahua, ya que inclusive el Museo de sitio de La Quemada fue sufragado por el gobierno del estado de Zacatecas (lo mismo hace ahora el Gobierno de Guanajuato). Por otro lado, las gestiones para la compra de predios en diferentes estados se mueven lentamente debido a presupuestos limitados, donde con frecuencia los proyectos parece que luchan más por sobrevivir que por alcanzar todas las metas académicas que se establecieron en un principio.

 

En otro orden de ideas, diríamos que proyectos como PROCEDE lograron ayudar medianamente en el registro de sitios en algunos estados del Norte, pero en otros el resultado no fue ni con mucho lo esperado, la manera en que dio inicio este programa federal con la inserción tardía del INAH fue uno de los principales problemas, su mala planeación afecto mucho también (aunque se diga que es mejor que nada). Efectivamente, de nada ha servido saber, por ejemplo, que en Zacatecas existen unos 250 sitios (de diferentes rangos) cuando sólo se protegen, trabajan y conservan dos de ellos.

 

Irónicamente, por otro lado, de los 19 estados considerados por nosotros como “norteños” hay 34 zonas arqueológicas abiertas al público mientras que tan sólo entre Campeche y Yucatán se suman 33, lo cual nos muestra la diferencia en los intereses creados para diferentes zonas del país donde al parecer ante la ausencia de pirámides, playas o selvas no vale la pena proteger, invertir, investigar, conservar.

 

Sigamos con el dictamen: por cada seis tesis sobre el tema hechas por estudiantes de universidades estadounidense hay una de estudiantes mexicanos y en el mercado hay en promedio tres libros publicados en los Estados Unidos por cada libro publicado en México. El caso más clarificador en cuanto a difusión se refiere nos lo da revista Arqueología Mexicana, que de 60 números sólo ha publicado cinco títulos dedicados a sitios o áreas pertenecientes a los estados que nosotros clasificamos como del Norte (Paquimé, Occidente, el Norte de México, Baja California y Tarascos), y ya mejor ni hablemos de la revista de American Antiquity

 

En lo que refiere a instituciones y dependencias estatales algunas de ellas buscan ciertamente dar respuesta a partes de este problema: la ENAH-Chihuahua, la Universidad Autónoma de Zacatecas y/o los institutos de cultura de algunos gobiernos de estado; sin embargo, infelizmente no bastan sus buenas intenciones para que pase algo en el Norte, porque sin el apoyo y los mecanismos legales para atender los problemas que derivan del estudio de la región en cuestión, muchos verán sus proyectos frustrados o destinados al fracaso.

 

Para finalizar este apartado cabría decir que, en términos generales parece claro cuáles son los problemas de fondo que remarcan el abandono de la arqueología en y del Norte, pero, entonces, ¿por se trata todo el tema con indiferencia?: obviamente, no pretendemos aquí hacer de éste un problema simplista, cuando se trata de uno tan complejo y tan arraigado, pero si consideramos que para que algo funcione, al menos hay que tomar acciones encaminadas a resolver la problemática de fondo, tanto discutiendo sobre todos los ejemplos que hemos dado arriba como definiendo cuáles serían las formas de solventarlos más adecuadas y reales y cuanto se requeriría de voluntad institucional, política y académica a mediano y largo plazo.

 

¿QUÉ SE HA HECHO EN TÉRMINOS DE CONSERVACIÓN Y RESTAURACIÓN EN EL NORTE?

Desde hace dos décadas o más, México ha fungido como uno de los países precursores de la conservación arqueológica y, junto con varios otros países (Inglaterra, España, Canadá, Egipto, Italia, Israel), sus especialistas han podido tomar un camino independiente al de la arqueología misma, mediante líneas de investigación y metodologías propias, y gracias a un discurso que busca delimitar los horizontes de esta nueva disciplina, rebasando el papel de una mera técnica auxiliar. Paradójicamente, o no tanto, en lo que arbitrariamente se denomina La Gran Chichimeca o el Mar Chichimeca, podríamos decir llanamente que la conservación arqueológica no existe.

 

Para empezar hay qué ver cuantos restauradores de base hay en los diecinueve estados que nosotros consideramos como del Norte y en qué estados. La cifra es mortal: un restaurador en Aguascalientes, otro en Michoacán, dos en Zacatecas, tres en Querétaro, tres más en Guanajuato, cuatro en Hidalgo y cinco en Jalisco. Tan-tan: veintiún restauradores. Aún si las cosas cambian para el 2004, como está previsto, las cosas siguen siendo absurdas: Michoacán y Aguascalientes ganan un restaurador, los otros estados quedan igual y estados tan grandes como las dos Californias, Nayarit, Durango, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila obtienen sólo uno. A su vez, Chihuahua, Sinaloa y San Luis Potosí ganan dos. Eso es todo, que es mucho, pero eso es todo…

 

Otra forma de ver las cosas: centralistamente, desde la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC): en una breve búsqueda bibliográfica en la biblioteca Paul Coremans encontramos 37 títulos relacionados con el estado de Chihuahua: 4 guías oficiales de Cuarenta Casas y 19 títulos que tratan sobre Casas Grandes, pero siendo sólo uno, una tesis, el que aborda el problema de conservación del sitio. Los restantes 14 libros o folletos son monografías del estado y biografías de próceres. Intentamos también recabar información sobre conservación en contextos desérticos y no encontramos un solo título al respecto, sólo un pequeño apartado de dos hojas en el libro de Cronyn (Cronyn: 1990), que es extranjero.

 

En cuanto a la Subdirección de Conservación Arqueológica y Acabados Arquitectónicos de la misma dependencia se refiere, podemos decir que en ella trabajan diez restauradores, de los cuales, sólo tres atienden regularmente problemas relacionados con el Norte y eso, más que otra cosa, en función del área de especialización que manejan (abrigos rocosos y pintura rupestre, contextos espeleológicos y arquitectura de tierra). Por otro lado, en los últimos cinco años, la Subdirección ha generado los siguientes (poquísimos) trabajos relacionados con el tema: cinco dictámenes y proyectos sobre abrigos rupestres y/o petrograbados (Aguascalientes, Baja California Sur, Durango, Nayarit y Zacatecas), un proyecto de intervención efectiva en la cadena de abrigos de la Cueva del Ratón (Baja California Sur), cuatro extracciones y dos intervenciones de conservación en restos paleontológicos (Baja California Norte, Chihuahua, Nayarit, Sonora), tres intervenciones directas sobre acabados arquitectónicos y arquitectura de tierra (Cuarenta Casas en Chihuahua, Cañada de La Virgen en Guanajuato y Cocóspera en Sonora), un dictamen técnico (Tamuín, San Luis Potosí), dos planes de manejo para sitios (para Casas Grandes, Chihuahua y para el Cordón de Misiones de Baja California Norte), tres proyectos de intervención a largo plazo (Cuarenta Casas, Chihuahua; Cocóspera, Sonora y Las Ventanas, Zacatecas) y un apoyo técnico directo en excavaciones (La Playa, en Sonora).

 

Además de lo anterior, existen unos cuantos casos aislados de restauradores contratados por proyectos arqueológicos: en Tamtok (San Luis Potosí), Plazuelas (Guanajuato) y Guachimontones (Jalisco), y las presentaciones regulares de restauradores del Instituto en el SICRAT y el TICRAT.

Finalmente, está la intervención directa en los talleres de la CNCPC de piezas arqueológicas provenientes del Norte. Ejemplos importantes de esto son los materiales de la Cueva de La Candelaria en Coahuila y la intervención de varias piezas aisladas de la colección Di Peso de Casas Grandes, Chihuahua.

 

Este desalentador panorama obedece a muchas razones. Por ejemplo, una de las principales razones de que se proyecten y realicen más intervenciones sobre acabados arquitectónicos que directamente en excavaciones, responde no sólo al turismo y su asistencia a las zonas abiertas al público, sino también a que tanto las autoridades del Instituto como los arqueólogos creen que no salen materiales “dignos de intervención” en el Norte y que la cerámica y los restos óseos, que es lo “que más sale”, los pueden trabajar ellos o, sin más, que los puede trabajar descontextualizadamente un restaurador en el taller; esto a su vez, tiene sus por qués: seguimos en la tónica de rescatar objetos y no matrices o contextos y seguimos a pies juntillas la difundida creencia de que en climas áridos los materiales se preservan increíblemente bien y que a falta de contextos ácidos y de agua corriente todos los constituyentes primarios de cualquier cosa se mantienen eternamente: habría que ver todo lo que se ha perdido…

 

En otro orden de ideas, existe un problema que no podemos superar, mientras la arqueología en el Norte no se establezca realmente, la conservación arqueológica en esta área no podrá desarrollarse puesto que depende primariamente de ella para poderse realizar, sobretodo en lo referente al trabajo directo en excavaciones. A ello deben sumársele dos verdades: una, que los restauradores de los Centros INAH no tienen ni tiempo ni forma de especializarse en nada y necesitan atender todo contexto, material, edificio y comunidad y, dos, que pese a que existe un directorio del INAH, es muy poco probable que un arqueólogo del interior sepa que puede recurrir a la CNCPC, o inclusive a la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) y a la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ECRO), para realizar su trabajo en campo de una forma tal que la conservación de cualquier dato quede debidamente garantizada por la presencia de un restaurador.

 

Finalmente, nos parece, debemos reflexionar sobre el por qué deben los restauradores luchar constantemente para que su trabajo sea obligatorio y reglamentado en cualquier proyecto arqueológico. Y de ahí, obviamente, resbalamos a un punto medular: ¿por qué no es posible efectuar trabajos realmente interdisciplinarios en un campo que está acotado legalmente por el INAH, como es el de la arqueología?, y más aún, ¿por qué no se puede hacer esto dentro de un Instituto que de suyo cuenta con todas las diversas y necesarias especialidades para cumplir sus objetivos a buen término?

 

¿QUÉ HEMOS APRENDIDO DE LA HISTORIA DE ESTA REGIÓN?

 

Hace años ya que se conoce la existencia de sitios como Paquimé y La Quemada, de hecho algunos próceres de la arqueología mexicana han trabajado en ellos, no obstante la lejanía de la capital del país y de los ya mencionados intereses creados que han mantenido aislada esta área. Asimismo, aún cuando las poblaciones que viven cerca de estos sitios en su gran mayoría ya no están relacionadas con aquellas en las que originalmente se establecieron, tampoco se identifican del todo con los iconos nacionales con los que se les ha intentado cohesionar y cohersionar: difícilmente un Mayo, un Rarámuri o un Huichol se indentifican con la pirámide de Chichén-Itzá pese a que quizá le confieran cierto grado de sacralidad.

 

Como país, como individuos y como investigadores muchos continúan recreando en el Norte la “otredad” desde el más puro punto de vista romano: lo que nos soy, lo salvaje (en este caso lo chichimeca, lo Pancho Villa y lo narcotraficante), lo lejano a Roma (en este caso el D.F.). Al parecer, por lo que hemos visto a través de los datos presentados, se sigue cayendo reiteradamente en las mismas prácticas; a decir verdad, se siguen circunscribiendo sociedades a fronteras geopolíticas establecidas en el siglo XIX, se continúan presentando modelos aislacionistas, difusionistas o embriogénicos, se insiste en centrar todo, se busca el preclásico de los cazadores recolectores, se miente al decir que no hay nada más que huesos, cerámica y adobes que conservar y se insiste en que de agua no hay una gota en los bosques de coníferas de climas áridos. Tal vez, después de todo no se ha aprendido nada de la historia.

 

¿A QUIÉN LE IMPORTA AHORA EL NORTE?

 

Mucho de poco avance que han tenido las investigaciones arqueológicas y de conservación en el Norte del país ha sido resultado principalmente de esfuerzos individuales o de instituciones de investigación nacionales e internacionales ajenas al INAH.

 

Cuando hacemos un pequeño recuento de cuales han sido los trabajos realizados en arqueología que han dado resultados al menos a nivel de protección y difusión, notaremos que casi todos los esfuerzos provienen de instituciones académicas como la UNAM o de algunas Universidades de los Estados Unidos asociadas o con convenio legal con el INAH. Ejemplos de este tipo fueron trabajos como el que realizó Charles Di Peso en Casas Grandes o el Proyecto de la Frontera Noroccidental de Mesoamérica de Kelley, Armillas y Taylor.

 

No queremos decir con ello que todo lo que se ha podido ejecutar se deba a estos investigadores ni tampoco evaluar su trabajo, diciendo que  es bueno o malo, ya que para empezar estas instituciones no realizan labores de conservación y, por cuestiones legales, no pueden actuar mucho en procesos de adquisición de terrenos: lo más que hacen es registrar, investigar y proporcionar medios para la protección de los sitios o áreas que investigan. Sin embargo, como hemos señalado, siguen siendo ellos los que marcan la pauta, principalmente en publicaciones, tesis y en la formación de estudiantes.

 

No podemos olvidar a los arqueólogos aficionados que han dedicado tiempo y esfuerzos económicos para coleccionar, e incluso, crear museos, como el de Durango, por ejemplo. No se diga tampoco que ninguneamos la gran cantidad de museos comunitarios que se han instrumentado con apoyo de los municipios locales (de hecho, la idea del museo comunitario más que una respuesta de las autoridades federales ha surgido tanto como mecanismo de defensa de lo que las localidades consideran su pasado como por la búsqueda de recursos vía el turismo).

 

Por su parte, en conservación, si no fuera por la ayuda del National Park Service y/o el Instituto Getty de Conservación de los Estados Unidos y de los recientes apoyos del WMF no se habría podido hacer nada en los abrigos rupestres de Baja California, en las misiones de la Pimería Alta o en las Cuarenta Casas.

 

En otro orden de ideas, cabe destacar, sin embargo, el gran papel que etnólogos y biólogos, adscritos tanto a proyectos institucionales como a ONG´s, han realizado en la región y ya entrados en el tema es interesante preguntarnos asimismo ¿cómo, en menos de diez años, se ha logrado volver ecologistas a los maestros de las escuelas primarias y a los medios de difusión y, en cambio, los encargados de investigar y difundir el patrimonio cultural no hemos podido hacer las mismas campañas con nuestra herencia histórica?, tal vez valdría la pena seguir su camino.

 

Y así, inevitablemente, después de lo anterior, la pregunta que surge es ¿y qué se esta haciendo a nivel personal e institucional-gubernamental en el Norte en este sentido? Y, con ella, desgraciadamente, volvemos a casi todos los puntos referidos en los apartados anteriores, como en una especie de “loop” interminable y agotador. Tratemos de acotar las cosas:

 

UNAS BREVES REFLEXIONES FINALES.

 

En este texto no buscábamos redefinir el Norte y mucho menos reinventarlo, nuestro interés aquí era señalar ciertas prácticas equivocas que se han repetido a través de los años sin mayor análisis. Evidentemente, no podemos cambiar las cosas de la noche a la mañana, particularmente por tratarse de prácticas tan arraigadas; sin embargo, sí creemos que es responsabilidad de quiénes trabajamos en el Norte proponer algún tipo de salidas a mediano plazo.

 

Así las cosas y siguiendo con el orden que seguimos al cerrar cada apartado proponemos que algunas vías de solución que son, sucintamente, las siguientes:

 

1.       Trabajar el problema de aquello que es chichimeca de forma conjunta e integral; esto es mediante redes de discusión que analicen el problema desde diversas especialidades.

2.       Dejar de minimizar aquellos grupos que sin ser sociedades estatales, también formaron parte del mosaico cultural que fue y que es México.

3.       No establecer fronteras naturales o políticas donde no las existieron.

4.       Re evaluar la información que llega a nosotros sin aceptar las cosas como dogmas de fe y recordar que uno de los métodos básicos de la investigación en las Ciencias Sociales es la triangulación de los datos.

5.       Incrementar el número de plazas para especialistas en esta zona del país.

6.       Propugnar porque se creen mecanismos que permitan e inciten el desarrollo de las investigaciones en el Norte de nuestro país.

7.       Promover el crecimiento de las publicaciones que se hacen de esta gran región.

8.       Establecer políticas institucionales y académicas que obliguen a los proyectos de investigación a trabajar como grupos interdisciplinarios, promoviendo que éstos se ejecuten a nivel regional, macroregional y federal; aprovechando que pese a todo, en el Norte, los grupos de especialistas suelen ser más entusiastas y generosos con los resultados de su trabajo que en áreas más copadas y estudiadas de México.

9.       Apoyar los proyectos locales que buscan la revalorización y protección de los restos arqueológicos o materiales que se encuentran dentro de sus comunidades y municipios.

10.   Apoyar a las poblaciones con programas educativos, museos comunitarios y programas de sustentabilidad para el manejo de turismo, de los sitios y de los museos locales.

11.   Orientar a los especialistas en el cómo y hasta donde gestionar recursos para proyectos, tareas específicas o recursos complementarios a nivel federal, estatal y municipal y con la iniciativa privada y las ONG’s; sin olvidar que es tarea del Estado preservar, investigar, difundir y conservar los vestigios materiales e intangibles del pasado prehispánico, protohistórico y colonial.

 

De esta manera, pues, no nos queda más que invitar a quiénes hoy nos oyen a dar el primer paso y, dentro de las posibilidades de sus actividades, cargos e intereses busquen nuevas respuestas y actitudes para enfrentar eso que es y nunca ha sido el Norte. Muchas gracias.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bowen, Thomas (1976)  Seri prehistory. The archaeology of the central coast of Sonora.

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Braniff, Beatriz (1992)   La frontera protohistórica pima-ópata en Sonora, México. Proposiciones arqueológicas preliminares.

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Crown, Patricia James Judge (1991.) Chaco and Hohokam.

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Cronyn, J.M.(1990) The elements of archaeology conservation.

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(2003    Archivos de la Comisión Nacional Mixta de AR-INAH. Legajos de evaluación y admisión.

 

(2003)            http://www.inah.gob.mx y páginas subsumidas.

 

(2003)            http://www.arqueomex.com y páginas subsumidas.

 

 

 

 

 

 



[1] Para finales del 2003 en el 2004 y 2005 el INAH abrió convocatoria para varias de plazas para arqueología y restauración en todo el país; no obstante, el número sigue siendo por mucho insuficiente.