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Panorámica sobre el arte y el paisaje. El final de la ilusiónF.J.
Costas Goberna (1), R. Fábregas Valcarce (2), J. Guitián Castromil (3), X.
Guitián Rivera (4) y A. de la Peña Santos (5) [1] No tenemos que dar rienda suelta a la especulación ciega (y a menudo
extravagante) que se asocia con frecuencia al estudio del arte rupestre (D.
Lewis-Williams: La mente en la caverna 2005: 138). A
principios de los 90 en el siglo pasado se vivía un cierto estancamiento en
los estudios sobre el arte rupestre al aire libre de Galicia y, posiblemente,
el factor clave que contribuyó a agitar ese panorama fue la vigorosa
introducción de los análisis de tipo espacial que con perspectivas
estructuralistas, funcionalistas o más o menos pragmáticas buscaban integrar
esas manifestaciones artísticas en su medio físico (Peña y Rey 1993; Bradley,
Criado y Fábregas 1994; Concheiro y Gil 1994; Santos 1996; Bradley y Fábregas
1998, entre otros). Es en este contexto en el que se define y adquiere pleno
desarrollo la Arqueología del Paisaje, definida por F. Criado desde una
reflexión sobre la relación entre espacio y cultura, en la que se rechaza la
concepción del primero como algo simplemente empírico y mensurable/explotable
para proponer una interpretación del paisaje como la objetificación de las prácticas
sociales, tanto de carácter material como imaginario (Criado 1993: 10-15).
Este enfoque teórico-metodológico adquiere una gran influencia en la práctica
arqueológica gallega y se refleja no sólo en los trabajos de dicho autor o de
sus colaboradores, sino también en los de otros investigadores no adscritos a
dicha línea. Parte de su éxito se debe, no obstante, a su espléndida
adaptación (en su acepción más darwiniana) a las circunstancias dictadas por
la política arqueológica vigente en Galicia durante los últimos lustros,
caracterizada entre otras cosas por un virtual apagón de las excavaciones
sistemáticas[2]. De
una forma general, creemos que esa escuela está aquejada de dos defectos
fundamentales: por una parte su actualismo (asumiendo un entorno básicamente
estático para los últimos miles de años, lo que no es el caso en muchos
lugares) y por otro su horizontalidad, la tendencia a olvidar, debido a su desdén
por la cronología, que los acontecimientos cuya huella pervive en el registro
espacial son eventos históricos. Con demasiada frecuencia, los trabajos de
esta tendencia siguen un desarrollo muy semejante: una rigurosa definición de
orden teórico-metodológico que, a continuación, llegados al momento del
contraste con la realidad empírica, comienza a difuminarse en aras de una
cierta candidez interpretativa, cuando no se pliega u ordena la evidencia para
que ésta encaje mejor en la hipótesis de trabajo establecida en principio. En
un plano más concreto, varios de los trabajos que comentaremos más adelante
incurren repetidamente en el uso de razonamientos de tipo paralógico, al
pretender establecer relaciones de identidad entre elementos arqueológicos o
ideológicos que, si acaso, sólo tienen muy concretos puntos en común[3],
librándose seguidamente a la construcción de encadenamientos “lógicos”
progresivamente más inverosímiles. Y una última carencia –no por accesoria
menos llamativa- es el “ensimismamiento bibliográfico”, el citar de forma
exageradamente desproporcionada los trabajos emanados del propio grupo de
investigación, soslayando a veces aportaciones externas más relevantes. Con
todo, no es nuestra intención aquí la de criticar la Arqueología de Paisaje
como tal, una aproximación a la Prehistoria en principio útil y tan válida
como otras. Lo que sí queremos es censurar, con argumentos extraídos de
varios trabajos, una ‘maniera’
concreta de aplicar la Arqueología del Paisaje en los estudios sobre
petroglifos galaicos. Paisajes
con petroglifos: la comarca del Barbanza y más allá Iniciaremos
nuestra andadura con un comentario al texto Arte
Rupestre da Barbanza, recientemente publicado por M. Santos en el volumen
“Os Castros do Neixón” (Ayan 2005), ya que en nuestra opinión ejemplifica
a la perfección una forma de entender la divulgación que, por decirlo de algún
modo, no acabamos de compartir. Lejos de nuestra intención quedan el afán
descalificador o la discrepancia gratuita, por lo que pensamos que sólo
mediante la exposición de argumentos podemos ofrecer una perspectiva razonada
sobre nuestra postura crítica. Pocas
zonas de Galicia tienen una tradición en la investigación y publicación de
su patrimonio arqueológico tan rica y antigua como la comarca de O Barbanza.
Respecto al arte rupestre de esta zona geográfica, ya desde los años 20 del
pasado siglo aparecen los primeros trabajos, como los publicados por Bouza Brey
(1927), Bouza y López Cuevillas en la revista Nós (1927) o los recogidos en
el libro “Os Oestrimnios, Os Saefes e a Ofiolatría en Galicia” (Bouza y López
1929), obras clásicas consideradas hitos referenciales en los orígenes de la
moderna investigación arqueológica en Galicia. A partir de esas primeras
publicaciones son varias las investigaciones sobre el arte rupestre gallego que
hacen referencia a ejemplos de esta comarca, publicando nuevas estaciones (Peña
y Vázquez 1979), realizando estudios de conjunto (Agrafoxo 1986) o, en el caso
de publicaciones no especializadas, señalando la existencia de posibles
estaciones con arte rupestre, recogiendo su folclore, etc. Comenzar un trabajo
de síntesis sobre el arte rupestre de O Barbanza sin hacer ni una alusión a
todos estos antecedentes, fundamentales no sólo para entender el desarrollo de
posteriores investigaciones sobre el área, sino para el análisis global del
arte rupestre gallego, supone una tara que marca de un modo decisivo la
aproximación historiográfica que el autor plantea como punto de partida de su
trabajo. Partiendo de esta base no resulta sorprendente que el Dr. Santos
afirme que la comarca posee “cierta
cantidad” de superficies grabadas. Tan ambiguo aserto toma cuerpo en la
actualidad en un número de estaciones rupestres que ronda las 200, aún sin
tener en cuenta datos inéditos. Esta cifra convierte O Barbanza en una de las
comarcas gallegas con una densidad más elevada de conjuntos rupestres y,
dentro de la provincia de A Coruña, en un ejemplo excepcional que obliga a
replantearse muchos de los parámetros relativos a la distribución del arte
rupestre en Galicia. De
igual modo, no resulta extraño que ante un manejo tan sumario de los datos
disponibles el autor cite el “conjunto de Caamaño” como uno de los más importantes de Galicia,
pese a que en la bibliografía existente no aparezca ninguna estación con tal
nombre. Caamaño es una parroquia de la vertiente norte de la Sierra de O
Barbanza (ayuntamiento de Porto do Son) en la que se da una de las mayores
densidades de conjuntos rupestres ya no sólo de la comarca, sino de la Galicia
septentrional. En concreto, han sido publicados hasta la fecha más de 30
estaciones en esta parroquia y tenemos constancia de la existencia de un número
significativo, localizado a partir de las últimas campañas de investigación,
pendiente de ser publicado. Entre ellas existen algunas de especial relevancia,
como las de Beira da Costa I (Mariño 2000: 48-49; Guitián y Guitián 2001:
72-73), el conjunto de Rego de Corzo (Guitián y Guitián 2001: 84-87), Outeiro
de Campelos (Guitián y Guitián 2001: 88-90), Campo Grande (Guitián y Guitián
2001: 90-91) o la extensa estación de Monte dos Feáns I-V (Guitián y Guitián
2001: 92-97). Averiguar a cuál de ellas se refiere el autor se convierte,
pues, en un ejercicio de adivinación para el que no acabamos de vernos
capacitados. A
continuación Santos entra en la tipificación de lo que denomina el Estilo
Atlántico de Arte Rupestre[4], dentro del cual incluye
el de O Barbanza. La primera característica general que propone para estas
insculturas es la siguiente: “se
identifican por presentar grabados en piedra de surcos generalmente muy
erosionados y muchas veces de difícil lectura”. Resulta evidente que ésta
no es una característica exclusiva y definitoria del arte rupestre gallego, ni
del de otras zonas atlánticas. Señalar éste como uno de los rasgos del
estilo que se pretende definir nos parece, en todo caso, tan ingenuo como poco
acertado. En
los siguientes puntos entra en una clasificación tipológica y estilística
que resulta ciertamente confusa y que, en muchos casos, se halla en contradicción
directa con las imágenes, incluso con aquellas seleccionadas para ilustrar el
texto. De este modo, afirmar que “la
figura representada es el espacio contenido entre los surcos y por esta razón
las figuras poseen espacio interno…” supone una serie de
contradicciones y sinsentidos en los que conviene detenerse. En primer lugar,
como cualquier estudiante de Historia del Arte, Bellas Artes o de otras
especialidades afines sabe, una figura no es el espacio contenido entre unos
surcos, sino el conjunto visual formado por estos surcos y el espacio que
acotan. Si el espacio de la figura aparece delimitado por surcos es porque el
autor ha optado deliberadamente por utilizar éstos como recurso expresivo y,
por lo tanto, como parte consustancial de la obra. De este modo tanto los
surcos como el espacio que delimitan son parte de la imagen y la existencia de
uno condiciona la del otro. Por otra parte, esta premisa implica un absurdo en
relación con la segunda parte de la afirmación: si se afirma que la figura
representada ES el espacio contenido
entre los surcos, resulta tautológico exponer a continuación que es esa la
razón que hace que la figura posea espacio interno. Según el razonamiento del
Dr. Santos, la figura es el espacio y por eso mismo posee espacio (¡!).
Insistimos en lo obvio: la figura es el conjunto de las líneas que acotan un
espacio y el espacio encuadrado por éstas. Cualquier otra aclaración al
respecto resulta superflua y nos hace albergar serias dudas sobre la
familiaridad de quien la formula con el lenguaje artístico. Al margen de que
otros investigadores hayan teorizado sobre el límite del espacio interno de
las representaciones, hipótesis a las que con escasa fortuna argumentativa y aún
menos pericia explicativa parece querer adherirse el texto que comentamos en
esta ocasión, entendemos que la premisa, tal como se plantea aquí, es errónea
desde todo punto de vista. Serían precisas ulteriores aclaraciones y, en todo
caso, una claridad conceptual que, a pesar de nuestro exegético esfuerzo,
no conseguimos encontrar. Esta
sorprendente falta de familiaridad con la terminología, en un investigador que
a pesar de no contar con una formación específica relacionada con las artes
plásticas lleva años centrando su trabajo en el análisis del arte rupestre,
sorprende especialmente en un contexto como el gallego, en el que desde
determinados sectores profesionales se viene utilizando el término
“aficionado” de un modo tan despectivo como recurrente en los últimos años.
Pese a todo, y desde la presunción de la capacitación profesional del
firmante de cualquier texto de estas características, esa escasa destreza
vuelve a asomar en las siguientes líneas, en las que se alude a un supuesto
uso de elementos formales “unidimensionales”
para representar componentes secundarios. Debe señalarse, arriesgándonos a
emular a Perogrullo, que tanto los puntos como las líneas, elementos a los que
se refiere esta afirmación, son tan unidimensionales[5]
como cualquier otro de los empleados en la elaboración de las imágenes del
arte rupestre gallego. No tiene ningún sentido establecer una diferenciación
entre líneas y surcos, como parece desprenderse de la lectura de tan confuso párrafo.
Ambos, en el contexto del arte rupestre gallego, aparecen a nuestro entender
como equivalentes. Todas las líneas que podemos identificar en estas imágenes,
ya sean acotadoras de espacios, secundarias, anecdóticas o como queramos
llamarlas, son en realidad trazos grabados en la roca, es decir: surcos. Ni más
ni menos. En ese sentido son, además, elementos tridimensionales de la imagen.
Si por algo se diferencia el grabado de otras técnicas plásticas, es por la
realización de surcos, es decir, de incisiones en una superficie. Estos
surcos, tridimensionales ya que cuentan con una dimensión de profundidad que
los define como tales, son los utilizados para marcar los contornos de las
figuras, trazar sus elementos secundarios, etc. No debemos olvidar, además,
que si aún hoy en día, y a pesar del importante grado de erosión y de la pátina
de los grabados, esta dimensión de profundidad de los surcos funciona como un
elemento plástico más en la conformación de las imágenes, en origen, cuando
aquellos aparecían mejor definidos, esta característica debía mostrarse con
más nitidez. Otro tanto se podría decir de los mencionados “puntos”,
en realidad concavidades que en muchos casos juegan con esa dimensión de
profundidad de un modo decisivo para dotar de mayor expresividad a los motivos
y a los que, en cualquier caso, nunca nos atreveríamos a definir como “adimensionales”
(Santos 2004: 73). Por
último, calificar de secundarios a elementos como la cola en las
representaciones zoomorfas del arte rupestre gallego no deja de resultar
llamativo, especialmente cuando unos párrafos más abajo se afirma que “la
diferencia entre las especies de cuadrúpedos se establece por la agregación
de detalles puntuales como la longitud de
la cola…”. Obviamente, elementos plásticos supuestamente capaces
de definir el tipo de animal representado no
pueden ser calificados en ningún caso de secundarios. Y esto al margen de que
desconocemos cualquier intento de clasificación de los zoomorfos del arte
rupestre gallego válido con carácter general, y mucho menos basado en la
longitud de la cola, ese elemento aparentemente secundario, de las figuras
representadas. No podemos olvidar que el arte rupestre gallego es esencialmente
lineal, un arte que encuentra en la línea, en contraposición a los elementos
más puramente plásticos, su forma de expresión esencial. Esta caracterización
se asocia a complejas implicaciones expresivas que tienen en la simplicidad del
trazo y en la esquematización de la imagen su vehículo. Pasar sobre la cuestión
del uso de la línea de un modo tan sumario y tan confuso no deja de parecernos
un error que, lejos de facilitarla, entorpece la comprensión del fenómeno que
se intenta explicar. En
el punto 2 de esta clasificación se señala que “se
evitan los espacios vacíos demasiado amplios dentro de las figuras”.
Quien esto afirma o no ha sabido explicarse o
desconoce un porcentaje muy elevado de los conjuntos rupestres gallegos y, más
en concreto, de la comarca de O Barbanza. Limitándonos a los zoomorfos, en O
Barbanza nos encontramos con ejemplos de gran tamaño con una superficie
interior anormalmente extensa, que supone un porcentaje muy significativo del
total de la representación, completamente vacía. De hecho, ésta es la tónica
general para la inmensa mayoría de los casos conocidos de representaciones
zoomorfas en Galicia. Porcentualmente son muy escasos los ejemplos de figuras
zoomorfas que incluyen otras representaciones en el interior de la superficie
delimitada por sus surcos Si
hablamos de otro tipo de representaciones, como las combinaciones circulares,
existe multitud de ejemplos en los que no se encuentran cazoletas u otras
representaciones en su interior, al margen de que el hecho de que una combinación
circular (es decir, la combinación de varios círculos, como su nombre indica
de forma inequívoca) presente círculos concéntricos en su interior no supone
nada extraño; nada, al menos, que deba llamarnos la atención sobre una
ocupación anómala de los espacios vacíos. De hecho, lo extraño en nuestra
opinión sería encontrar una combinación circular que no estuviese
constituida por al menos dos círculos. Revisando otras publicaciones del mismo
autor entendemos que esta apreciación es fruto de una simplificación de
algunas de las afirmaciones que ha realizado con anterioridad, de las que
disentimos en muchos casos pero que, al menos, aparecen explicadas con un grado
de detalle que lamentamos no encontrar en el presente texto. En
cuanto a la alusión a la estrechez de los cuerpos (profundidad del pecho, en
zoometría), habría que señalar que ésta no es una constante y que en este
sentido las representaciones varían enormemente según las zonas o incluso
entre estaciones próximas. Basándonos en los datos recogidos por Costas
Goberna y Novoa Santos (1993: 77-80) hemos constatado que la altura total de
los zoomorfos representados puede suponer desde menos de dos veces y media el
ancho del tronco del animal (2,46 para la estación de Meadelos, en Vilagarcía),
hasta casi siete veces esta medida
en Laxe da Rotea de Mendo (Campo Lameiro), con un valor medio para las
estaciones recogidas en la tabla mencionada de 4,5 aproximadamente. Esta amplísima
variación del rango convierte en inservible cualquier norma general que se
intente establecer al respecto, salvo aquella que señale la diversidad de
modelos. Cuestión aparte es la referida a la supuesta homogeneización del
ancho del tronco con el del pescuezo y las patas del animal representado. Si en
el caso de la equiparación pescuezo-tronco podemos percibir a simple vista que
hay casi tantos modelos como ejemplos grabados y que mientras en algunos la
anchura de ambas zonas anatómicas es efectivamente similar, en otros la
diferencia es notable, en el caso de las extremidades, muchas veces
representadas por un único trazo, la equiparación es, sencillamente,
inviable. Remitiéndonos
a la tabla elaborada por Guitián y Guitián (2001: 173, Fig.12), veremos cómo
este tipo de comparación sólo sería aplicable de forma más o menos
convincente al tipo I de cérvidos de O Barbanza, mientras que para los tipos
II y III podríamos entrar en una polémica estéril de muy difícil solución.
El tipo V, dado su carácter mixto, se resiste a cualquier clasificación
cerrada. En los tipos II y III de zoomorfos cabría poner en duda si se está
representando un único miembro, plasmado por lo tanto según el sistema
moderno convencional y desde una perspectiva lateral, o si, por el contrario,
se pueden estar representando las dos patas traseras y las dos delanteras del
animal, según perspectiva en paralelo que no sería ajena al arte rupestre
gallego, en cuyo caso, no habría tampoco lugar para la comparación. Aún en
el caso de los zoomorfos que recurren a tres trazos para las patas traseras y
otros tres para las delanteras, nos encontraríamos ante un complejo sistema de
representación que habría que manejar con cautela y sobre el que nos vemos
forzados a trabajar desde el terreno de las hipótesis. En anteriores
publicaciones hemos tratado el tema de este tipo “anómalo” de representación
zoomórfica, que puede aparecer con un total de cuatro o de seis trazos
indicando las patas del zoomorfo, ampliando su área de extensión con la
existencia de un nuevo conjunto, Monte dos Feáns II, y entrando en el análisis
de algunas de sus características formales (Guitián y Guitián 2001: 93-94 y
175-176). El hecho de que el Dr. Santos parezca desconocer esta estación,
publicada hace ya cinco años, así como sus implicaciones en cuanto a
distribución territorial, no puede más que achacarse, desde la buena fe, a un
conocimiento incompleto de la bibliografía existente[6],
o bien a una selección, para la que no alcanzamos a encontrar justificación
objetiva, de los ejemplos en función de parámetros que desconocemos, lo que
nos obligaría a cuestionar no sólo los resultados sino incluso el rigor de la
metodología empleada. Como
tercera característica del Estilo Atlántico se señala que “los
cuadrúpedos son figurativos y excepcionalmente esquemáticos”. De nuevo
el Dr. Santos demuestra su escaso dominio del lenguaje artístico y de los
conceptos más adecuados para apoyar su hipótesis explicativa que, por otra
parte, presenta importantes incoherencias. Es evidente que en el arte rupestre
gallego los zoomorfos aparecen representados de un modo notablemente
esquematizado. Hasta aquí no encontraríamos ninguna pega si no fuese porque
hace apenas un año el mismo autor afirmaba, refiriéndose a los cuadrúpedos,
que “se trata siempre de representaciones estilizadas, nunca esquemáticas” (negritas nuestras) (Santos 2004: 76).
Pero aún dejando a un lado que la misma representación se defina como esquemática
y no esquemática en publicaciones sucesivas, ¡Lo que nos resulta complicado
de imaginar es la representación no figurativa de un cuadrúpedo[7]
que pudiésemos identificar como tal!. Si nos ceñimos a la contraposición comúnmente
aceptada entre arte abstracto y arte figurativo, tenemos que entender que al
aclararnos que los cuadrúpedos de este estilo son figurativos se acepta, implícitamente,
que algunos otros no lo son. Lamentablemente, no alcanzamos a adivinar cuáles
serían las representaciones abstractas[8]
de cuadrúpedos que el autor conoce y que lo fuerzan a esa puntualización. Decir,
en este contexto, que nos encontramos ante la representación de cérvidos
figurativos es, en nuestra opinión, una redundancia pura y dura. Esto al
margen de que en otros trabajos del autor, como apuntábamos más arriba,
este mismo tipo de representaciones se clasifiquen como
“estilizadas” en contraposición a las “representaciones esquemáticas”,
lo que nos llevaría a tener que discutir, incluso, elementos que en el párrafo
anterior dábamos por buenos. Sin entrar en lo acertado o no de esa división
estilizado/esquemático, que terminológicamente no compartimos,
entendemos que un tipo de representación clasificado dentro de una
categoría (estilizado) no puede haberse pasado en pocos meses al extremo
contrario (esquemático) o, al menos, no sin una explicación razonada que no
encontramos en esta ocasión. Que inmediatamente se afirme que “las
únicas representaciones no naturalistas son las de armas” no hace más
que ahondar en nuestra confusión y, nos tememos, en la de cualquier lector. Si
aceptásemos que las representaciones de armas son las únicas no naturalistas
del repertorio del arte rupestre gallego, esto implicaría necesariamente
que: 1-
Todas las demás representaciones del repertorio iconográfico son
naturalistas, incluidas cazoletas, reticulados, combinaciones circulares,
espirales, cruces inscritas, etc. 2-
Las representaciones de cérvidos son, a pesar del grado de esquematización y
de la deformación consciente de sus proporciones señalada anteriormente,
representaciones naturalistas. Resulta complejo entender cómo una representación
deformada de modo consciente por su autor y, al mismo tiempo, ultraesquemática,
pueda ser clasificada como naturalista por alguien consciente del valor de las
denominaciones que emplea. Por
algún motivo que se nos escapa, el Dr. Santos establece una diferenciación,
además, entre éstas
representaciones zoomorfas y las de
armas, trazadas con el mismo grado de esquematismo, de escala y de deformación
consciente. Dónde reside exactamente la diferencia que hace que estos dos
tipos de imágenes sean catalogados en categorías opuestas es algo que no
logramos adivinar. Por otro lado, el hecho de que una parte significativa de
las representaciones de armas se haya podido identificar con modelos materiales
concretos, lo que ha dado lugar a una adscripción cronológica comúnmente
aceptada, entre otros por el
propio Dr. Santos (página 44 del trabajo que aquí se comenta)[9],
nos hace dudar seriamente de la coherencia de esta afirmación y de la aptitud
del autor en el manejo del lenguaje artístico. Todo ello al margen de que el término
naturalista con la acepción que se
le atribuye en este caso no aparezca reconocido por la Real Academia por lo
que, a pesar de ser de uso relativamente extendido, no pensamos que sea la
denominación más clarificadora. Continuando
con el análisis de las características propuestas para esta clasificación,
creemos que la supuesta “presencia en los paneles complejos de una figura principal, generalmente
de mayor tamaño y mayor complejidad alrededor de la cual se organiza el
conjunto del panel” no puede demostrarse con carácter general y, desde
luego, no en el caso de O Barbanza. Pensamos que esta afirmación puede tener
validez parcial si nos ceñimos a los conjuntos con representaciones
figurativas o, en todo caso, para algunos paneles con combinaciones circulares,
pero no para el conjunto del arte rupestre gallego. Entendemos, además, que
aceptar esta premisa, aún para todos los casos en los que parece cumplirse,
nos obliga a admitir que todos esos paneles complejos fueron grabados como
escenas unitarias y acabadas en un mismo momento, manteniendo su unidad formal
y de significado a lo largo del tiempo y obligándonos a desechar cualquier
tipo de diacronía o de adición posterior. Es cierto que en algunos casos
parece existir una representación principal que rige la composición, hecho de
complejas connotaciones simbólicas que escapan a los objetivos de estas notas,
pero no es menos cierto que en muchos de esos casos la figura no aparece en una
posición central ni preeminente y que, en otros, buena parte de los motivos
que completan la composición son adiciones posteriores, lo que nos impide leer
el panel como una imagen unitaria. Ante
las dudas que puedan suscitarse al respecto pensamos que lo mejor es recurrir a
los ejemplos: Limitándonos
a los paneles más complejos de la comarca de O Barbanza, vemos que esta
premisa no se cumple prácticamente en ningún caso: El conjunto de Monte
Ferreiro (Boiro) aparece tan deteriorado y parcialmente cubierto por la
vegetación que, a pesar de su evidente complejidad, resulta imposible extraer
conclusiones válidas. En Pozos da Garda, también conocido como Braña das
Pozas (Porto do Son), la figura que podemos entender como principal, el cérvido
macho, no destaca en tamaño y,
desde luego, no ocupa una posición central. En Beira da Costa I resulta
complejo identificar algún tipo de orden, al margen de las posibles adiciones
al panel principal; en Rego de Corzo I las combinaciones circulares de mayor
tamaño y complejidad no aparecen en una posición central; en Foxa Vella (Rianxo)
no alcanzamos a identificar una representación que rija el conjunto de un modo
claro, y desde luego no desde una zona central; otro tanto ocurre en Laxe da
Sartaña (Porto do Son), donde la única figura que podríamos identificar como
principal, la escena de monta, aparece en el extremo superior de uno de los
varios grupos de representaciones que presenta el panel, entre dos
combinaciones circulares y en una superficie suficientemente deteriorada por el
paso del tiempo como para hacernos guardar las debidas precauciones. A la vista
de estos ejemplos nos resulta tremendamente difícil entender cómo se podría
defender esta premisa con validez general, y mucho menos para la zona objeto de
estudio, en la cual sólo se cumple de un modo parcial en un porcentaje mínimo
de los casos. En
cuanto a las normas perspectivas generales aducidas por el Dr. Santos, es
preciso hacer una serie de aclaraciones. Según se desprende del texto, “la
perspectiva se construye por la yuxtaposición vertical de las figuras” y
“esta forma de simular la profundidad se ve apoyada por la colocación en
diagonal de los motivos y por el uso de superficies inclinadas”. En
primer lugar habría que señalar la dificultad, evidente para cualquiera que
haya realizado trabajo de campo en Galicia, de encontrar superficies
susceptibles de ser grabadas que no presenten cierto grado de inclinación.
Dentro de este parámetro general, nos encontramos con superficies grabadas que
presentan pendientes de apenas un 5-10 %, mientras que en otros casos los
paneles insculturados tienden de forma notable a la verticalidad. Entendemos
que, dado este condicionante, los autores de los grabados no buscarían las
rocas inclinadas por su valor como recurso perspectivo, sino que, en la inmensa
mayoría de los casos, no tendrían más remedio que utilizarlas. Como ejemplos
extremos podríamos citar, en la comarca del Barbanza, alguna de las
superficies del conjunto de Rego de Corzo I, prácticamente horizontal,
mientras que en una práctica verticalidad se encontrarían paneles como el de
la Pedra das Cabras de Figueirido (Ribeira), A Pedra Bicuda o Pozos da Garda
(ambos en Porto do Son). La variación en el grado de inclinación de los
soportes nos impide extraer conclusiones en relación con su uso consciente
como recurso perspectivo. Por otra parte, entendemos que aceptando esta
premisa, tendríamos que admitir que aquellos conjuntos grabados en superficies
horizontales se ven excluidos de estas normas perspectivas y, por lo tanto, nos
veríamos obligados a postular que se están utilizando sistemas perspectivos
diferentes para distintos tipos de grabados, lo que nos parece, en todo caso,
un tanto arriesgado. Como
es bien sabido, el actual sistema perspectivo utilizado en el mundo occidental,
basado en el empleo de diagonales, es un recurso que surge a finales de la Edad
Media y que es perfeccionado, ya en el tardogótico y en el primer Quattrocento,
por los artistas italianos. Anteriormente habían sido empleados otros sistemas
de representación en profundidad, mediante superposición, perspectiva en
vertical, etc. Precisamente estos últimos son los recursos que hasta el
momento y de forma general se han identificado en la composición de las
escenas de arte rupestre gallego. El uso de un sistema perspectivo basado en
diagonales no ha sido identificado en los grabados hasta el momento y, en
nuestra opinión, no existen datos suficientes para pensar que fuese utilizado.
Por otra parte, entendemos que resulta tan anómalo como técnicamente complejo
el uso combinado de una perspectiva basada en la yuxtaposición vertical de
figuras y de otra basada en las líneas de fuga en la misma imagen. Algo así
como si combinásemos los célebres relieves del claustro de Silos con la
Lamentación ante el Cristo Muerto de Mantegna. En nuestra opinión, este hipotético
sistema mixto de representación resultaría excepcional no sólo en el
contexto del arte rupestre, sino en el desarrollo de las convenciones
perspectivas tal como las conocemos hoy en día. Todo ello al margen de que en
una parte muy significativa de las escenas complejas no es posible identificar
ningún tipo de sistema perspectivo ordenado, lo que viene a complicar más la
ya de por sí intrincada propuesta del autor, en la que se combinan diversas
convenciones, se utilizan distintos sistemas en función de la inclinación de
la roca, etc. En
cuanto a los parámetros rectores del emplazamiento de las estaciones,
discrepamos abiertamente de que “éstas se concentran, en su gran mayoría, en la comarca conocida como Rías
Baixas y las tierras inmediatas como Terra de Montes y Baixo Miño.
Excepcionalmente encontramos grabados más al interior, pero en este caso
siempre próximos a los cursos de los ríos de mayor caudal y por lo tanto
susceptibles de ser navegados con embarcaciones ligeras”. Obviando el
detalle de que no exista una comarca de
las Rías Baixas[10], esa idea general que
se ha tenido tradicionalmente sobre la distribución del arte rupestre gallego
hasta que comenzó a revisarse hace ya más de una década (Concheiro y Gil
1994) requerirá cierta matización, a tenor de los importantes hallazgos
realizados en distintas zonas durante los últimos años. Ya desde mediados de
los años 80 (Eiroa y Rey 1984) se conocía la existencia de un importantísimo
núcleo de arte rupestre en el límite septentrional de la Ría de Muros y Noia
(A Coruña) que, posteriormente, se ha visto incrementado y ampliado en dirección
norte con hallazgos de cierta relevancia. La localización de nuevas estaciones
en Carnota, Dumbría y Vimianzo, ya en la Costa da Morte, vino a ampliar esta
nueva zona y a poner de manifiesto la necesidad de un trabajo de campo sistemático,
aún por desarrollar, en la misma. Recientes publicaciones, algunas de ellas
del propio Dr. Santos, han dado a conocer nuevas áreas en esta mitad
septentrional de Galicia, por lo que nos resulta especialmente sorprendente que
este autor se aferre a una concepción un tanto anticuada sin ofrecer mayores
explicaciones. Pero
nuestra sorpresa en este sentido es mucho mayor si tenemos en cuenta la
publicación por parte de Santos de importantes conjuntos en Amoeiro y Punxín
(Ourense), algunos de ellos comentados en otros apartados del presente texto,
que unidos a los publicados en los últimos años en las comarcas de Santiago
de Compostela (Fabregas, Guitián, Guitián y Peña 2004), As Mariñas y
Ferrolterra (Carneiro y Fábregas 2003, Grupo de Arqueoloxía Terra de
Trasancos 1998, 1999, 2003), Antas
de Ulla (Albo, Costas y Novoa 1993-1994) o a los aún inéditos recogidos en
los catálogos municipales[11],
hacen que la tesis que propone el Dr. Santos sólo pueda ser defendida por
quien desconoce o se resiste por algún motivo que se nos escapa a tener en
cuenta las aportaciones de la última década. No albergamos ninguna duda, a la
vista de las últimas publicaciones y del ritmo con que se suceden los
hallazgos, de que en los próximos años surgirán nuevas estaciones y áreas
con arte rupestre que harán que tengamos que replantearnos definitivamente una
concepción que empieza a aparecer superada. Por otra parte, creemos que
vincular las áreas interiores con arte rupestre a una hipotética navegación
fluvial, de la que no tenemos suficientes indicios, exige un notable esfuerzo
imaginativo. Es cierto que todas las áreas mencionadas, o buena parte de
ellas, se encuentran en zonas próximas a cuencas fluviales de relativa
entidad, pero creemos que lo realmente difícil en Galicia, “o
país dos dez mil ríos“ de Álvaro Cunqueiro, que cuenta con una extensa
y complejísima red fluvial, sería encontrar un punto en el paisaje que no
pudiese relacionarse, de modo más o menos directo, con el cauce de algún río
caudaloso. Dada esta característica del paisaje gallego y la falta de datos
sobre una hipotética navegación fluvial, no podemos entender la propuesta de
Santos más que como un modelo interpretativo sin demasiada base. Nuestra
postura se refuerza si tenemos en cuenta que el cauce de muchos de los ríos próximos
a las áreas que mencionamos más arriba nos parece difícilmente navegable, o
que algunas de las zonas propuestas no cuentan con cauces de importancia en su
entorno más inmediato. Pensamos, por ejemplo, en las zonas montañosas del
interior de la provincia de Pontevedra o del occidente lucense como casos
extremos, aunque se podría aducir la dudosa navegabilidad de los cursos medio
y alto de ríos como el Lérez, el Verdugo, el Umia, el Sar, etc. Tampoco
podemos compartir su punto de vista respecto a la ubicación de las estaciones
más complejas y con motivos más excepcionales alrededor de cubetas. Si bien
es cierto que algunas estaciones barbanzanas parecen cumplir grosso
modo esta afirmación (casos de A Gurita, Campo Grande, As Cunchas o Rego
de Corzo, por ejemplo), otros casos como el de Chan de Reis-Petóns do Castro,
que consideramos paradigmático en este sentido, parecen incumplir todas las
normas propuestas por Santos: ni presenta estaciones complejas, ni motivos
excepcionales ni, por otra parte, cumple ninguno de los otros caracteres
propuestos por este autor para estaciones situadas alrededor de cubetas.
Igualmente significativos a este respecto nos parecen algunos otros ejemplos,
como los grabados de Outeiro de Campelos o los de Pozos da Garda, que a pesar
de su evidente carácter excepcional se alejan del modelo de inserción en el
paisaje propuesto. Nuestra conclusión al respecto es que, si bien hay algunos
casos en los que se cumplen los parámetros propuestos, hay suficientes
ejemplos que los incumplen como para mantener la cautela y, desde luego,
impedirnos establecer normas de carácter general. En cualquier caso, queremos
concluir nuestra aproximación a este punto concreto mostrando nuestra sorpresa
ante la constatación de que, a pesar de lo expuesto por Santos, ninguna de las
representaciones con escenas de caza que conocemos en O Barbanza se sitúa en
las inmediaciones de una cubeta[12]. No podemos dejar de
preguntarnos en qué ejemplos de la zona se basa el autor para llegar a esta
conclusión. Entendemos que el caso propuesto, Laxe da Sartaña, no puede
adscribirse a esta categoría ya que, efectivamente, presenta una escena de
caza, pero no se encuentra en una cubeta sino en la parte baja de una ladera,
junto a las tierras de cultivo, en una zona en la que no se acumulan ni parecen
haberse acumulado nunca aguas, aparte de ser un área completamente abierta. Si
seguimos la dirección del movimiento de la escena, un tanto desordenada, por
otra parte, más que ascender por la ladera en dirección a “una ruta marcada por petroglifos hasta llegar al Outeiro de Campelos”
nos dirigiremos hacia la zona de Pedra Furada, situada también en una cota
baja. Pero aún aceptando que la dirección de los cérvidos de Laxe da Sartaña
nos llevase ladera arriba, acabaríamos llegando a la estación de Espiñaredo,
donde nos encontraríamos, al menos, ante serios problemas para seguir las
indicaciones de Santos. Dados
los notables interrogantes que nos suscitaba el trazado de este itinerario
decidimos realizar una visita a la zona con el objeto de verificar la
viabilidad de esta ruta, que ya sobre el mapa se nos antojaba complicada. La
observación sobre el terreno nos hizo constatar que aún suponiendo que
finalmente diésemos con la clave que nos permitiese continuar nuestra “ruta
marcada por petroglifos” en la dirección deseada, nos encontraríamos de
frente, como de hecho nos encontramos, con la realidad topográfica de la zona.
No observamos ni vías de paso naturales ni tan siquiera zonas por las que se
pudiera transitar con cierta comodidad siguiendo la dirección propuesta. El
paso desde la zona de Pedrafurada hasta Légoa Seca parece, en nuestra opinión,
contravenir todas las convenciones lógicas de lo que podríamos denominar vías
de paso naturales o zonas de tránsito de ganado: esforzándonos por seguir la
citada “ruta marcada por petroglifos” al pie de la letra nos veríamos
obligados a abandonar otra vez las zonas de tránsito naturales para cambiar de
dirección y dirigirnos a Rego de Corzo, con el objeto de acabar llegando a la
estación que el Dr. Santos nos marca como final de trayecto. Una vez en el
valle del pequeño Rego de Corzo nos encontramos con serias dificultades para
orientarnos dentro de esta ruta, pero aún así, continuando nuestro camino,
acabamos por llegar al conjunto de Outeiro de Campelos. A pesar de que Santos
afirma que aquí “un conjunto de
grandes cérvidos nos indica la dirección a seguir”, tendremos que
decidir si los cérvidos que tan amablemente nos orientan son aquellos del
panel vertical, los únicos, por otro lado, que vería quien sólo conozca el
conjunto por las fotografías que ofrecen una perspectiva general, o si la
indicación correcta la facilitan los cérvidos de menor tamaño, dispuestos en
un ángulo cercano a los 90º respecto a los anteriores. Es decir, ¡mientras
unos miran aproximadamente hacia el sudeste, ladera abajo, los otros se
orientan aproximadamente hacia el nordeste en dirección claramente ascendente!
Asumiendo
que de alguna manera intuyésemos el camino correcto, acabaríamos llegando a
Campo Grande, el último hito en el recorrido del Dr. Santos que sirve, además,
como colofón a esta suerte de ruta iniciática que parece conducirnos a un
lugar cargado de simbolismo, “perfectamente cerrado por elevaciones, definiendo de esta manera un
recinto donde, muy posiblemente se llevaron a cabo actividades venatorias”[13].
Sin duda se trata del punto final ideal para el recorrido propuesto y un
ejemplo magnífico de lo expuesto por el autor en los párrafos anteriores. Una
visita atenta al lugar nos permitiría ver, sin embargo, que el lugar no se
encuentra tan perfectamente delimitado como podría entenderse a partir de la
lectura de las líneas anteriores, y que mientras al norte y al sur aparece
bien acotado por moles rocosas, hacia el oeste está perfectamente abierto y
hacia el este, donde la pendiente se hace más acusada, aparece cerrado en la
actualidad por un muro de división de fincas sin el cual es cierto que habría
algunas rocas, pero no lo que podríamos denominar un cierre natural en el
sentido estricto. Lamentamos de nuevo tener que aludir a conjuntos aún inéditos,
pero a escasos metros de Campo Grande, justo detrás del muro aludido y
siguiendo, esta vez sí, la dirección sugerida por la posición de los cérvidos,
nos encontramos con una nueva estación, que podemos denominar provisionalmente
Campo Grande II, en la cual se encuentran más de 11 representaciones de cérvidos,
orientados en diferentes direcciones, además de cazoletas y combinaciones
circulares. Si nos empeñamos, desde este conjunto podríamos continuar nuestro
recorrido, probablemente siguiendo la dirección indicada por alguno de los
zoomorfos, hacia Monte Espiñeiro, donde nos encontraríamos cérvidos
orientados hacia el norte, hacia el sur-suroeste e incluso casi en dirección
oeste. Desde aquí podríamos continuar hacia Casa de Franco y acabar en la
estación de Rego do Curral de Baixo desde donde, incluso, alguno de los cérvidos
podría indicarnos la dirección hacia la estación de Beira da Costa y otros
grabados próximos por los que continuar tan estimulante “ruta
marcada por petroglifos”. A
la vista de los datos expuestos, mencionados en la bibliografía y comprobados
recientemente sobre el terreno, el itinerario propuesto por Santos no puede
entenderse más que como un imaginativo ejercicio que puede adaptarse a su hipótesis
a la perfección, pero que en ningún caso parece ajustarse a la realidad de la
zona. Tanto es así, que podríamos iniciar este mismo recorrido en el cérvido
de Pedra Furada (Guitián y Guitián 2001: 75-76) y rematarlo en el mismo lugar
basándonos para ello en datos tan fiables como los expuestos más arriba. Dada
la densidad de conjuntos en esta zona de la comarca, sería bien fácil
articular itinerarios acordes con nuestros deseos o con nuestros modelos
explicativos sin tener que hacerlo de un modo más forzado que en el caso que
aquí se comenta. De hecho, tanto en la bibliografía como en las actividades
culturales de verano que organiza cada año el ayuntamiento de Porto do Son se
proponen rutas por los grabados de la zona que transcurren, en nuestra opinión,
por zonas de paso bastante más lógicas. Claro que, al menos en el último
ejemplo que mencionamos, las rutas son diseñadas y dirigidas por buenos
conocedores del terreno. La
visita a los conjuntos mencionados por el Dr.Santos nos reafirma en nuestra
convicción de que los puntos inicial y final del itinerario son elegidos
arbitrariamente, y de los situados en el trayecto se
han seleccionado aquellos más convenientes, obviando la presencia de otros y
prescindiendo, en todo caso, de un trabajo de campo que hubiese aportado nuevos
datos[14].
Pero nuestra sorpresa se ve, en cualquier caso, atenuada al advertir que ya en
anteriores ocasiones ha llevado a cabo prácticas similares. Especialmente
ilustrativo resulta el plano de los petroglifos de Fentáns-Caneda (Santos
1998, fig. 7), el cual parece, una vez más, adecuarse a la perfección a los
postulados teóricos propuestos hasta que una observación detallada nos revela
que en el mapa mencionado faltan varios conjuntos de grabados con zoomorfos ya
conocidos en la zona, casualmente aquellos que rompen con los parámetros que
se explican en el texto[15]. En
cuanto a la interpretación y el significado del arte rupestre, son muchas las
objeciones que se le pueden hacer a lo expuesto por el Dr. Santos, aún limitándonos
a un análisis detallado de su argumentación y sin entrar en la proposición
de nuevas hipótesis. No creemos que, como se apunta en el texto, “la
temática más representada es la relacionada con la caza y con la guerra”.
Muy al contrario, pensamos que tal afirmación no puede desprenderse de la
observación objetiva de las estaciones conocidas. Limitándonos al área de O
Barbanza, sólo conocemos un conjunto, Laxe da Sartaña, que parezca estar
representando de modo indudable una escena de caza. Es cierto que en algunas
otras figuras de cérvidos parece poder identificarse la representación de una
lanza clavada en su lomo, pero éstos no dejan de ser casos excepcionales en la
zona, en los cuales, además, carecemos de estudios en detalle que nos permitan
defender esa hipótesis con un mínimo de certeza. Creemos que el carácter
sumario de la inmensa mayoría de las representaciones nos impide clasificarlas
como escenas de caza. Y esto dejando al margen que todos aquellos paneles con
motivos abstractos, que suponen un porcentaje muy significativo del total, no
pueden adscribirse a esta categoría desde ningún punto de vista lógico. En
todo caso, de lo que sí podríamos estar hablando en algunos casos es de la
representación de escenas de comportamiento animal (berreo, aproximación del
macho a un grupo de hembras, etc.). Creemos que clasificarlas de un modo
tajante como escenas de caza es actuar de un modo simplista o necesariamente
interesado. Sólo el afán por apoyar una hipótesis establecida previamente
podría explicar una reducción temática tan drástica. Otro
tanto ocurre con las figuras de armas, excepcionales en esta comarca y en las
que comparecen diferentes modelos, ya sea aislados (Espiñaredo I) como en
aparente desorden sobre la superficie grabada (Foxa Vella). Distintos
investigadores han intentado diversos análisis respecto a la innegable carga
simbólica de este tipo de representaciones, pero, en nuestra opinión, ninguna
de las hipótesis publicadas hasta la fecha nos permitiría clasificarlas
dentro de la “temática de guerra”.
Creemos que la presencia de modelos concretos de armas metálicas, no
necesariamente aquellas que más se han documentado en el registro arqueológico,
puede, efectivamente, ponerse en relación con la probable existencia de una
elite social y con el carácter simbólico del arma representada, pero no sólo
por el estatus de guerreros de sus
poseedores, sino por la excepcionalidad de su posesión y el rango social que
ésta denota. En cualquier caso, creemos que es un tema aún abierto y lo
suficientemente complejo como para cerrarlo de un modo tajante en unas pocas líneas.
Pensamos que sería preciso un análisis demorado que excede las intenciones
del presente trabajo. Por todo ello, afirmar sin más que con la plasmación de
determinado tipo de armamento “se exalta el combate heroico a través de la representación de un tipo
de armamento que implica la lucha cuerpo a cuerpo” no deja de ser una
opinión personal del autor sin más base que cualquier otra que quisiésemos
presentar. Igualmente, decir que mediante este tipo de imágenes se está
representando “a
ciertos individuos como héroes y protagonistas de hazañas épicas” no
puede dejar de parecernos aventurado y exige, en todo caso, un importante
esfuerzo de imaginación. Capítulo
aparte merece el tema de la monta. Calificar la representación existente en
Laxe da Sartaña, como “monta acrobática”, dado el grado de esquematización y de erosión
de la imagen, no acaba de parecernos razonable. Es cierto que no contamos con
datos ni con una imagen suficientemente clara que nos permita afirmar que lo
aquí representado no es una escena de monta acrobática, pero pensamos que hipótesis
excepcionales, como la del Dr. Santos, precisan de
argumentos excepcionales que las apoyen y, a la vista de la imagen
comentada y de los argumentos expuestos, éste no parece ser el caso.
Sin duda la presencia de una escena de monta acrobática en Laxe da Sartaña
resultaría idónea para reforzar la teoría de la “élite
de héroes y protagonistas de hazañas épicas” a la que se aludía más
arriba y permitiría, incluso, tratar de establecer relaciones con grabados de
otras zonas, ya no sólo de Galicia (estación de A Pedreira -Redondela), sino
incluso, como hace el autor en otros trabajos, con áreas tan alejadas como el
Kazajstán, en donde encuentra una representación de équido, la de Pazyryk
(Santos 2004: 108-109) que le permite teorizar sobre un posible sustrato
indoeuropeo común para estas representaciones “heroicas”: “la
similitud entre la decoración del caballo kazajstano y gallego es demasiado
estrecha como para considerarla un hecho puramente casual […]
quizás la clave haya que buscarla en la posible existencia de un substrato
cultural común (¿indoeuropeo?) para las comunidades que habitaron el noroeste
ibérico en la Edad del Bronce y para la cultura Escita”…
Lamentablemente, el estado actual de nuestros conocimientos sobre el arte
rupestre gallego no nos permite asumir dichas comparaciones sin llevar a cabo
un acto de fe que, dado nuestro agnosticismo metódico, no podemos efectuar. Conviene
no olvidar, en cualquier caso, los peligros de la interpretación iconológica
cerrada, por muy bien que parezca amoldarse a una teoría explicativa concreta,
[16] máxime
cuando todo con lo que contamos es con algunos elementos aislados y, eso si,
una buena cantidad de teorias preestablecidas en busca de elementos reales que
las sustenten. A
la vista de todo ello, y aún sin considerar, ni mucho menos, agotada esta
revisión, no podemos más que manifestar nuestra sorpresa por lo expuesto en
esta breve introducción al arte rupestre de O Barbanza. Creemos que son más
bien escasas las afirmaciones del Dr. Santos que superan un análisis basado en
los datos publicados y que, mientras en unos pocos casos podemos convalidar sus
proposiciones, entendemos que, en general, el análisis
realizado por el autor carece de fundamento en la mayor parte de sus
argumentaciones y que, en otros casos, contradice de forma abierta las
evidencias conocidas. Consideramos que ni la brevedad ni el carácter
divulgativo del texto son excusas para imprecisiones del calibre de las que
hemos enumerado en los párrafos precedentes, al margen de que, en el estado
actual de nuestros conocimientos sobre el tema, muchas de las hipótesis
explicativas presentadas se nos antojen aventuradas y carentes de base sólida.
Así las cosas, no nos queda más que dejar constancia de nuestro asombro por
la petulancia con la que a menudo este autor viene desechando modelos
interpretativos o incluso terminología propuesta por otros investigadores, lo
cual nos hacía creer, antes de una lectura detallada, en el extremo rigor
científico y metodológico de quien tan abierta y habitualmente propone teorías
novedosas y certifica la defunción de las anteriores. Queda a juicio del
lector cuál debe ser nuestro posicionamiento tras este somero análisis. En
otra serie de trabajos (en particular Parcero, Criado y Santos 1998a y b) los
autores analizan las características de la ocupación en ciertas zonas de
Galicia a lo largo del tiempo, observando variaciones en determinados periodos
que inducen a pensar en la posibilidad de que nos hallemos ante espacios
sagrados, cuya vigencia puede mantenerse en un amplio arco temporal. Es ésta
una aproximación original y que abre grandes posibilidades al combinar un análisis
espacial de detalle con una perspectiva de longue
durée en áreas como A Ferradura (Ourense), a la que aludimos en otro
lugar y Fentáns (Pontevedra). Precisamente en esta última queremos comentar
algunos problemas en el tratamiento de la evidencia arqueológica, pues uno de
los argumentos principales para proponer su carácter de espacio ritual es la
simultánea concentración de petroglifos y la ausencia de asentamientos
contemporáneos con éstos. Consideramos temeraria la proposición de dicha
dicotomía, pues si algo caracteriza al espacio doméstico durante los milenios
III/IIº ane en Galicia es la dificultad de su localización de no mediar
movimientos de tierras. En este sentido es muy significativa (1998a: fig. 9) la
alineación N-S de las dispersiones de materiales del Bronce, siguiendo el
trazado del oleoducto Coruña-Vigo. Que la ausencia de
evidencia≠evidencia de ausencia se demuestra palmariamente no lejos de
Fentáns, por el reciente descubrimiento de restos de ocupación de la
Prehistoria reciente cuando se procedía a las labores de cimentación del
futuro Centro de Interpretación en el Parque Rupestre de Campo Lameiro[17].
¡Esto en un área prospectada intensiva y, nos atreveríamos a decir, “enérgicamente”[18]
a lo largo de los últimos años!. Según
nuestros autores, el carácter especial del área de Fentáns se mantendría en
la Edad del Hierro y a fin de sustentar dicha tesis se trae a colación la
concentración allí existente de círculos con una cruz inscrita, que se
asignan (aventuradamente, en nuestra opinión) a este período a partir de su
“semejanza” con motivos hallados en Castro Mendes (distintos formal, técnica
y métricamente) y en estelas funerarias galaico-romanas (ver más abajo), a lo
que añaden razones técnicas (elaboración con útil metálico). Ninguno de
estos “argumentos” es mínimamente firme ni señala el carácter castrexo
de estos grabados, si acaso bajoimperial, admitiendo (con mucho “optimismo”
comparativo) su relación formal con las estelas mencionadas. En esta última
tesis incidiría su proximidad a sendas inscripciones, que clasifican en unos
sitios como “de aparente orígen indígeno-romano” (1998a: 166; 1998b: 508),
mientras en otros suprimen ya el cauteloso calificativo (1998a: 169; 1998b:
509), vacilación que sin duda tiene que ver con que ni su lectura ni su
adscripción romana son precisamente claras (1998a: 165 y 169). En
resumidas cuentas, nuestra revisión de las evidencias correspondientes a las
Edades del Bronce y Hierro, respectivamente, introduce serias dudas en la
interpretación de Parcero et alii y
obliga a poner en cuarentena la propuesta de que en el primero de los periodos,
Fentáns pasó a ser un espacio sagrado y que este carácter se mantuvo en la
fase siguiente, pues ni siquiera nos han demostrado fehacientemente que haya
ningún resto perteneciente a la Cultura Castrexa en dicho lugar. Por ello,
contradiciendo su comentario final[19],
creemos que los autores no deberían haber interrumpido su “búsqueda del sentido” y que la espiral hermenéutica ha de ser
exprimida más aún. Alternativamente, podríamos rogar encarecidamente a los
gestores correspondientes que aborden la realización de obras públicas de
trazado lineal en el área de Fentáns y así, mediante el control y
seguimiento de las correspondientes zanjas, poder comprobar o corregir el
modelo de ocupación propuesto por Parcero et
alii. Por
su parte, un trabajo bastante reciente de García y Santos (2004) incide de
nuevo en un área que ya fue objeto de atención por parte de los mismos
autores (García y Santos 2000) y una vez más nos hallamos ante un ambicioso
ejercicio interpretativo en la estela del precedente. Uno de los argumentos
principales estriba en una alineación arqueoastronómica entre el sol poniente
del solsticio invernal, un abrigo (O Raposo) con un peculiar motivo grabado y
sendos castros. Al no estar este alineamiento marcado de forma artificial, los
autores consideran (p. 58) -con buen criterio- que no está clara la relevancia
de esta observación para las gentes contemporáneas del petroglifo que, por
otra parte, no es completamente seguro que pertenezca a la Edad del Hierro.
Resulta, por tanto, muy llamativo que dos párrafos más adelante se afirme que
dicha inscultura fue realizada en la Edad del Hierro y “en
un ambiente cultural céltico o emparentado con dicha
cultura” (p. 59, negritas nuestras). Tan sorprendente vuelco
interpretativo se efectúa tras comentar la existencia en el norte de Italia de
un petroglifo supuestamente del Hierro (Mapa
de Bedolina), en nada semejante al que nos ocupa, excepto por la característica
de ser ambos hipotéticas representaciones topográficas del entorno[20].
En el caso de O Raposo los autores subrayan la “evidente similitud” entre
las líneas del petroglifo y las que definen un sector concreto del paisaje que
se contempla desde la roca y, al tratarse de una representación espacial, ello
les sirve (p. 59) para evocar en este lugar la existencia de “una relación de homología entre el macrocosmos […]
y el microcosmos”, nada menos… Reforzados
tras semejante pirueta lógica, García
y Santos abordan de nuevo la cuestión de la cronología, tal vez (se nos
antoja) porque pese a ser ésta “casi
evidente” estaría “a expensas de
nuevos argumentos e hipótesis que nos obliguen a revisar nuestra posición”
(p. 60). Ante esta leve incertidumbre proceden a dar un cúmulo de “argumentos”
(pp. 60-61) que, por no cansar a nuestros lectores, oscilan entre la vaguedad y
la simpleza, pasando por lo aventurado o directamente incontrastable, todo ello
con la finalidad de demostrar que nos hallamos ante una estación de la Segunda
Edad del Hierro. A partir de ahí toma cuerpo una labor comparativa para
entroncar la evidencia arqueológica así obtenida con el universo ideológico
de raíces celtas[21]. El
tema de la cronología o el mito del eterno retorno Desde
que los grabados rupestres galaicos se convirtieron en objeto sistemático de
estudio, ha sido una preocupación invariable de los investigadores tratar de
averiguar la cronología y secuencia interna de un conglomerado gráfico que se
caracteriza por una cierta versatilidad icónica, en especial si lo comparamos
con manifestaciones similares en otras regiones del SO europeo. Desde Obermaier
a comienzos del siglo XX hasta nosotros mismos, pasando por Sobrino Buhigas,
Sobrino Lorenzo-Ruza, Mac White, Anati, García Martínez, Borgna o Vázquez
Varela, la preocupación por ubicar en el tiempo el fenómeno rupestre galaico
ha sido una constante (Peña 2003:351-390). No
resulta, por lo tanto, en absoluto sorprendente que alguien como M. Santos Estévez,
que en los últimos años ha dedicado su esfuerzo investigador al arte rupestre
gallego, se haya propuesto abordar la cuestión cronológica. En principio,
considerando que todas las investigaciones del Dr.Santos se inscriben en
proyectos avalados por dos instituciones señeras en el campo de la investigación
en Galicia y en el resto del Estado -la Universidad Compostelana y/o el CSIC
respectivamente-, por un elemental sentido de la lógica y de la prudencia
deberíamos acoger las propuestas del autor con la más alta consideración.
Sin embargo, por muy sorprendente que resulte, ya tras un primer y superficial
análisis la ligereza con que el Dr.Santos parece acometer este difícil
problema hace que sus proposiciones cronológicas nos resulten de todo punto
inaceptables. Porque
es precisamente ahora, cuando se había logrado delimitar y caracterizar los
diferentes fenómenos rupestres conocidos en Galicia, definiendo con un grado
razonable de seguridad lo que sería el arte rupestre galaico propiamente
dicho, y se había alcanzado una especie de consenso entre los investigadores
en cuanto a vincularlo a la Edad del Bronce -todos-
llegando incluso a ligarlo más en concreto a los inicios de la misma
-la mayoría-; cuando esta precisión cronológica permitía por vez primera
contextualizar el fenómeno y conectarlo con una realidad social y económica,
incluso política, precisa, que permitía buscar unas claves interpretativas
razonablemente sustentadas (una visión actualizada en Peña y Rey 2001), es
ahora cuando irrumpe el Dr.Santos y nos retrotrae en el tiempo ochenta años
resucitando poco más o menos -y superando- aquellos ältere
und jüngere Gruppen propuestos por Obermaier durante los felices años
veinte y ampliados por Anati a mediados de los sesenta. Y
es que da la impresión de que el Dr.Santos estuviese en posesión de claves
que a los demás mortales nos son negadas y que le permiten aislar el arte
rupestre correspondiente al Neolítico, a la Edad del Bronce, a la Edad del
Hierro… incluso a “épocas posteriores” (García y Santos 2000: 6). Lo
cual, en principio, debería llenarnos de alborozo y sana envidia. Debería.
Porque la decepción que nos causa constatar la -a nuestro parecer y siendo muy
benévolos- fragilidad argumentativa que exhibe el autor a lo largo de su obra
es enorme. Pero vayamos por partes. ¿Petroglifos
durante el Neolítico? Para
el Dr.Santos, el arte rupestre aparece en este período tanto dentro como fuera
de las cámaras megalíticas. Para la primera parte de esta afirmación, nada
que objetar; no en vano, es esta una zona fecunda en arte parietal megalítico
(Carrera Ramírez 2005). Lo que ya no vemos tan claro es la existencia de
manifestaciones al aire libre. En
otros lugares hemos descrito algunas de las pistas que en nuestra opinión
parecen apuntar a que ciertos grabados atribuidos a la Edad del Bronce, de
manera especial temas iconográficos muy concretos, pudieran ser una derivación
directa del arte parietal megalítico; y que tal vez se hubiese producido un
solapamiento entre el arte de las cámaras y las primeras manifestaciones al
aire libre (Peña y Rey 1997: 829-838; 1997a: 301-331). La relación espacial
que se documenta entre determinadas agrupaciones de cazoletas y ciertas necrópolis
tumulares así parecería indicarlo. Es decir: a nuestro entender, indicios los
hay; seguridad absoluta, no. Pero
el Dr.Santos va mucho más allá de considerar a algunos conjuntos de cazoletas
como “complemento de las necrópolis” megalíticas, cosa que acepta y
que eleva a la categoría de incuestionable: incluye ahora en el lote “figuras
similares a la letra griega phi y reticulados” (Santos Estévez 2000:
51). Como no aporta argumento alguno, deducimos que se trata de una cuestión
de fe: o te lo crees, o no. Y
nosotros, por el momento y en tanto no se aporten pruebas sólidas, no nos lo
podemos creer. Porque los reticulados que conocemos -y les juramos que son unos
cuantos…- siempre se asocian a los temas que se vienen considerando propios
de la Edad del Bronce, y no somos capaces de encontrar nada que nos haga
sospechar su mayor antigüedad, ni en cuestiones espaciales, ni técnicas, ni
del grado de erosión… a no ser, claro está, que entremos en el campo de los
tableros de juego. Pero los tableros de juego están perfectamente
sistematizados (Costas y Fernández 1986: 127-144), no se parecen en nada a los
que hemos definido como reticulados, y desde luego están dibujados con cincel
de hierro y apenas erosionados, por lo que su condición histórica es
palmaria. Y
en el caso de las figuras en phi…,
decimos lo mismo. No sabemos de ninguna que no haya sido dibujada con cincel de
hierro. Cuando comparten panel con diseños supuestamente prehistóricos, el
contraste del grado de desgaste de sus surcos es notorio. Como ocurre con los
tableros, su dispersión geográfica es muchísimo más amplia que la de los
grabados prehistóricos -de hecho, sobrepasan el ámbito gallego…-. Y cuando
fueron grabados con un cierto detalle, resulta que los tales supuestos
antropomorfos se convierten en ballestas con gatillo y todo. ¿Ballestas en el
Neolítico?. Difícil. Claro que siempre podremos mantener la condición
antropomorfa de estas figuras y pensar que lo que nosotros llamamos gatillo en
realidad es… Pero dejémonos de picardías. Así
que, sintiéndolo por el Dr.Santos, o nos obsequia con razonamientos
contrastados y pruebas materiales, o no nos podemos creer nada de lo que afirma
en este sentido. Es posible que algún día podamos hablar con naturalidad de
arte rupestre neolítico al aire libre más allá de determinados grupos de
cazoletas. De momento, no deja de ser una intuición y, desde luego, nada que
ver con lo que nos propone el autor. Petroglifos
de la Edad del Bronce… o no. Para
empezar, el Dr.Santos, y por extensión buena parte de los miembros del LAr/LPPP,
parece que nunca se han planteado cualquier tipo de matización en el empleo
del término Edad del Bronce. Así, dicha etapa se concibe como algo inmutable,
uniforme, lineal: extendiéndose desde un momento impreciso del Neolítico
final (el Calcolítico ni mencionarlo) a la etapa de transición al Hierro.
Nada habría cambiado, ni siquiera en el plano social. Tal concepción ya sería
motivo para recibir con cierta prevención cualquier propuesta derivada de la
misma; pero es que hay más. Como
algunos llevamos manteniendo al menos desde 1992 (Peña Santos 2003: 495-540;
Peña Santos y Rey García 2001: 220-222) que la desaparición del núcleo duro
del arte rupestre galaico se habría ido produciendo en coincidencia con la
entrada en una fase de posible crisis socioeconómica o período oscuro que se
abriría a mediados de la Edad del Bronce y de la que hay pruebas arqueológicas
razonables, el Dr.Santos no parece encontrar mejor argumento para rechazar esa
nuestra idea que despacharla con un displicente recurso a la falta de
argumentos sólidos por parte de los autores que la proponemos y aduciendo como
argumento de peso que se conocen asentamientos pertenecientes a esa fase crítica
(Santos, 2005a), como si un cambio cualitativo en el orden sociopolítico o en
la explotación del medio no fuese posible sin una catástrofe demográfica
asociada. Para el Dr.Santos, la Alta Edad Media no habría surgido de una
crisis social porque hay yacimientos de la época de las invasiones germánicas.
Pues vale… Todo,
para sostener la pervivencia del arte rupestre galaico -o Atlántico, como
gusta de llamar al autor- más allá de la Edad del Bronce. Y si para eso hay
que restar valor al elemento de datación más precioso de los que podemos
emplear -las figuras de armas-, pues se hace, sin complejos: “Pero
quizás estos motivos [las armas] no
sean los más adecuados a la hora de recopilar información cronológica del
Estilo Atlántico” (Santos 2005a). Y nosotros, los muy ignorantes,
creyendo que eran precisamente las armas el testimonio cronológico más
fiable, posiblemente, el único… Y por si quedaran contumaces perseverando en
tan inmenso error, el Dr.Santos no duda en rejuvenecer la mayor parte de las
armas de los petroglifos, recurriendo incluso a la presencia de clavos de
enmangue, un sistema que, a juicio de nuestro autor “no
se desarrolla hasta un momento avanzado del Bronce Medio” (Ibid). Las
alabardas, los modelos armoricanos o de Wessex, los argáricos…, todos ellos
bien provistos de clavos de enmangue, para el Dr.Santos serían del Bronce
Medio avanzado. Y nosotros -y otros muchos (Castro et alii 1993-1994; Schuhmacher 2002, por citar algunos)- sin
enterarnos. Pero
sin duda la contribución más espectacular del Dr.Santos a la cronología de
los petroglifos galaicos es su descubrimiento de un arte rupestre de la Edad
del Hierro con pervivencias poco menos que hasta hoy. De hecho, en su aportación
más reciente al tema, la práctica totalidad de la iconografía adscrita
tradicionalmente a la Edad del Bronce -salvo las escasas armas que él admite
datar en el “Bronce Inicial” y algunas combinaciones circulares metidas a
regañadientes- queda integrada en la Edad del Hierro castrexo. Por lo menos.
Todos, absolutamente todos, vivos y difuntos, hemos permanecido hasta hoy
sumidos en las tinieblas de la ignorancia. Hasta que un tojo que ardía sin
consumirse reveló la Verdad al Dr.Santos. Es una lástima que nuestra torpeza
y escepticismo sean tan grandes que los argumentos que esgrime para sacarnos
del secular error no nos convenzan. Nada. ¿Arte
rupestre de la Edad del Hierro? (O el petroglifo del Sr.Alcalde) El
denodado interés que pone el autor en no dejar un resquicio de Antigüedad
galaica sin su correspondiente trocito de arte rupestre -¿para cuándo el arte
del paleolítico o, con perdón, del mesolítico?- no es en absoluto inocente y
responde a una corriente teórica que parece aglutinar a componentes del
Laboratorio. Se trataría de una herramienta poco menos que imprescindible para
dotar de argumentos la propuesta de un modelo social indígena
“panceltista” de tipo heroico, que se habría ido gestando a partir del
Neolítico, que florecería en la Edad del Hierro y que habría perdurado tal
vez incluso hasta los tiempos medievales… o más. Una sociedad de campesinos
“sobre cuyo trabajo expropiado se
establece el guerrero” (Santos y Criado 1998: 593). Para
ello se acude a diversos recursos. Así, aunque no se conocen escenas de guerra
explícita en los petroglifos, convertimos en guerreros a los seres humanos que
exhiben armas y afirmamos que la selección del armamento representado en los
paneles así lo indica (Santos 2005: 47). O convertimos el espacio inmediato de
determinados petroglifos en lugar destinado a rituales de agregación de los
guerreros (Santos 1998: 87). En cualquier caso, nada que no pueda ser admitido
como un planteamiento teórico de partida. El
problema es cuando se retuercen los argumentos para “meter” algunos
petroglifos -en realidad, la mayor parte de ellos- en la Edad del Hierro.
Porque relacionar una datación absoluta, obtenida junto al gran petroglifo de Os
Carballos en Campo Lameiro, con la confección del mismo aduciendo que el
nivel de donde se obtuvo la muestra, si se prolonga sobre la roca, coincide con
la base de las patas del gran ciervo, no nos parece algo metodológicamente
aceptable. Sobre todo a la vista de las conclusiones que de tal supuesto se
hacen derivar. Máxime cuando se desprecian otras dataciones que encajarían
mejor con la cronología tradicional (Santos 2005a). Y ello sin entrar a
considerar ahora el cúmulo de irregularidades que encontramos en este artículo
concreto -como no valorar las alteraciones topográficas provocadas por los
seculares trabajos de cantería, o sacar conclusiones de aspectos no
acreditados como esa supuesta acumulación de figuras sobre la roca o la
existencia de superposiciones, o el extraño énfasis que se pone en solemnizar
cosas tan obvias como que los depósitos naturales se acumulan en consonancia
con las leyes de la gravedad, etc., etc.- y de las que ya hemos dado referencia
en otro lugar (Costas et alii 2006). Porque
alegar que en el arte rupestre de Europa no se encuentran escenas de caza de
ciervos anteriores a la I Edad del Hierro, amén de ser una afirmación
claramente errónea, no nos parece un argumento válido para la deducción que
se propone (Santos 2005: 44). Porque
decir que las escenas de equitación de los petroglifos galaicos no pueden ser
anteriores al 800 aC ya que no se conocen hallazgos de elementos de arreo en el
registro arqueológico anteriores a esa fecha, es algo tan falaz como poco
significativo. No vamos a cansar al lector enumerando las sociedades con
jinetes y con arreos de materiales perecederos -o sin arreos propiamente
dichos- a lo largo de la historia de la Humanidad. Y todo ello sin olvidar que
está documentado el uso del caballo en la Europa Occidental al menos desde el
Calcolítico. Porque
negar la antigüedad de las figuras laberínticas de nuestros petroglifos
aduciendo una supuesta carencia de paralelos en Europa -ojo: en Europa- antes
del 750 aC vuelve a ser falso e inconsistente como argumento. Nótese que, al
igual que en los casos anteriores, de seguir los razonamientos del Dr.Santos al
pie de la letra, poco quedaría de arte rupestre galaico anterior al siglo IX
aC, justo la fecha en la que él sitúa la realización del gran petroglifo de
Os Carballos… Ni casual ni inocente, claro, porque de ahí su propuesta de un
arte rupestre de la Edad del Hierro en el que se integraría la práctica
totalidad de los petroglifos conocidos hasta la fecha (Santos y García 2002:
85; Santos 2005a). La
misma impresión obtenemos tras observar sus disquisiciones sobre la cronología
de las escasas “paletas” y las más escasas todavía “esvásticas” y
“trisqueles” de nuestros grabados rupestres. En este último caso, por
ejemplo, para convertir la esvástica y el trisquel del gran petroglifo de As
Sombriñas en añadidos de la Edad del Hierro a una espiral de la Edad del
Bronce, no se duda en aducir supuestas “diferencias
técnicas de ejecución” que nosotros, que conocemos ampliamente el
petroglifo en cuestión, no somos capaces de distinguir (Santos y García 2002:
87). El
autor va introduciendo, en su grupo de arte rupestre de la Edad del Hierro,
buena parte del repertorio que hasta ahora se relacionaba con la Edad del
Bronce. Y nueva temática: podomorfos, piletas hemicilíndricas (?),
serpentiformes, herraduras, cruces inscritas…incluso improntas de cuadrúpedos
(García y Santos 2000:7 y 10). Como le parece poca cosa, en otra parte añade
más temas: cuadrados, esvásticas, “pequeños
pozos excavados en la roca y piletas con canal de desagüe” (Santos 2000:
55). Por fin, concluye, por el momento, tal que así: “En
definitiva, los diseños posiblemente adscribibles a la Edad del Hierro pueden
ser divididos en dos grupos, Grupo Abstracto o sin referente conocido:
cazoletas semicirculares, cazoletas hemicilíndricas, herraduras, círculos
simples con y sin cazoleta central, círculos concéntricos, círculos con
radios, esvásticas, trisqueles, piletas; y Grupo Figurativo con
referente conocido: podomorfos, paletas y serpentiformes”
(Santos y García 2002: 85). Por economía de espacio y no aburrir al
lector con constantes reiteraciones, comentaremos algo tan sólo acerca de los
dos temas a los que nuestro autor presta más atención: las cruces inscritas
en círculo y las huellas de pies humanos. Veamos. El
argumento básico que emplea una y otra vez para situar estos nuevos motivos -y
por extensión todos los demás- en plena Edad del Hierro castrexa es tan simpático
como pintoresco: la proximidad y/o relación visual del grabado con algún
castro del entorno. De llevar este razonamiento a sus límites más absurdos,
cualquier cosa podría ser datada en Galicia en la Edad del Hierro, pues es
harto improbable lograr situarse en un punto desde el que no se divise, por lo
menos, un castro. Hacer
recaer la carga de la prueba sobre la proximidad y/o visualización nos parece
algo tan inconsistente que no nos explicamos la impunidad con que el Dr.Santos
puede hacer uso y abuso del mismo. Porque, para más INRI,
lo más habitual es que el autor haya ido preparando al lector deslizando,
venga o no a cuento, en cada descripción una sibilina referencia a algún
castro de las proximidades. Un trabajo relativamente sencillo, insistimos, ya
que lo verdaderamente prodigioso sería lo contrario: no encontrar un castro más
o menos próximo del que echar mano. Y
a menudo se incurre en contradicciones de bulto. Así sucede (García y Santos
2000: 15) cuando se afirma que “Con
respecto a la orientación de los motivos tenemos datos significativos”,
pero cuando terminamos de leer ese párrafo, la conclusión más cabal es que
los podomorfos a que hacen referencia carecen de una orientación sistemática.
Pocas líneas más adelante, coronan su planteamiento general sobre esta clase
de petroglifos con una confusa, por no decir tautológica, afirmación: “En
ocasiones, los podomorfos parecen estar orientados hacia puntos determinados,
hacia los cuatro puntos cardinales o hacia castros cercanos”. ¿Es que
queda alguna otra opción?. Del
caso concreto de las cruces inscritas en círculos ya hemos avanzado algo más
arriba. Para datarlas en la Edad del Hierro, el autor maneja detalles técnicos
en cuanto a su grabado con cincel de este metal. Nada que objetar al respecto.
Salvo que el Dr.Santos no hace distinciones y olvida los muchos círculos con
cruz inscrita que en ocasiones comparten panel y cronología con los diseños
prehistóricos, como ponen de manifiesto tanto su identidad técnica como el
grado de erosión, amén de la lógica teniendo presente la sencillez de un
diseño que le hace trascender espacio y tiempo. ¿Cómo se despacha tan
engorroso inconveniente?. Pues, una vez más, tirando por el camino del medio:
son intrusiones de la Edad del Hierro en conjuntos de la Edad del Bronce.
Porque en este caso, como nos interesa, “el
hecho de que la pátina sea idéntica en ambos tipos de diseños no significa
necesariamente que ambos posean la misma cronología” (Santos y García
2002: 77). En
resumen: que el Dr.Santos no cree que figuras de este tipo puedan ser
integradas en el corpus de grabados de la Edad del Bronce, afirmación que
ratifica aduciendo un par de “razones” más que, en nuestra opinión, no
resisten el menor análisis. Una: que sólo en raras ocasiones comparten panel
con los motivos de la Edad del Bronce (Santos 1998: 82) -claro que, tras haber
despojado previamente a la Edad del Bronce de casi todo el arte rupestre que
desde siempre creímos que la caracterizaba, la cosa no nos extraña- ; y dos:
la presencia de círculos con cruz inscrita en la epigrafía “indígeno-romana”.
Permítannos que hagamos una pequeña pausa en este caso. El
argumento de peso es, ni más ni menos, la existencia de cruces en círculo en
epígrafes “indígeno-romanos” (Santos y García 2002: 119). Bueno: son dos
estelas del siglo III AD halladas en Vigo (Baños 1994: 121 y 141), tan “indígenas”,
que los antropónimos que figuran en ellas son Severa y Rufina, un detalle que
a nuestros autores no parece preocupar demasiado. Es decir, que el paralelo
alegado para relacionar el tema de la cruz en círculo con la Edad del Hierro
castrexa son dos inscripciones romanas del siglo III, cuando la cultura
castrexa como tal hacía más de un siglo que había desaparecido… Claro
que si nuestros autores recurren a tan anémico argumento es porque no les
queda otro remedio, porque saben de la clamorosa ausencia del tema en cuestión
en la plástica castrexa más allá de las casualidades derivadas de su
simplicidad. La cruz inscrita en círculo no forma parte de la iconografía
tradicional castrexa. Lo cual no es óbice para que nuestros autores la
conviertan en referente de su arte rupestre de la Edad del Hierro. Lástima que
en esta ocasión no se muestren tan severos y quisquillosos como cuando niegan
la antigüedad de laberintos, esvásticas, paletas, jinetes, cacerías… por
no encontrar ejemplos exactos en el registro arqueológico. Y
el caso de las huellas de pies humanos es ya el compendio de un modo de hacer
que no podemos compartir. Sobre todo por las conjeturas ideológicas que tanto
nuestro autor como su colega García Quintela hacen derivar de una ecuación
huella-castro que en absoluto son capaces de demostrar. Porque tras comenzar,
como era de temer, tratando de desacreditar a los autores que con antelación
habían tocado el tema y que una vez más no habían sido capaces de argumentar
por qué para ellos las figuras de huellas son recientes, no dudan en señalar
que, ellos sí, “contamos con argumentos para encuadrarlos, con cierta prudencia, entre
los inicios del II milenio y el fin de la Edad del Hierro, siendo muy posibles
pervivencias en épocas posteriores” (García y Santos 2000: 6). Pues
menos mal. Con semejante finezza
cronológica, lo realmente difícil sería no acertar. Por supuesto, de esos
argumentos que exhiben orgullosos, y más en concreto de los que emplean para
relacionarlos con los castros de la Edad del Hierro, es de lo que vamos a
hablar con brevedad a continuación. Naturalmente,
como era de esperar, el “argumento” definitivo es, ni más ni menos, la
existencia de castros en las proximidades del petroglifo. Y si las huellas
humanas apuntan en dirección a alguno de ellos, pues miel sobre hojuelas. Pero
poco importa si tal cosa no sucediera: habida cuenta de que siempre se orientarán
hacia algún punto del horizonte, ese detalle nos servirá para ir tirando.
Porque algo se nos ocurrirá… Por imaginación, que no quede. La
estación de A Ferradura es el paradigma. Su vinculación con los castros del
entorno es, para nuestros autores (García y Santos 2000: 5-26; 2004: 45-50),
algo obvio; tanto, que no dudan en afirmar que “La roca con los podomorfos era el lugar de investidura de un jefe local
que tendría su residencia en el gran castro de San Cibrán” (Santos y
García 2002: 108). Claro que, por si acaso, en última instancia “la cronología tampoco es tan fundamental como pudiera parecer”
(García y Santos 2000: 7) porque aunque las huellas fuesen más antiguas, el
petroglifo siempre habría podido “ser
usado en la Edad del Hierro o más tarde” (Ibid.: 8). Afirmación que
hacen, querido lector, dos reputados investigadores del CSIC y de la
Universidad Compostelana. Conviene recordarlo de vez en cuando. Los mismos que,
tras proceder a una selección entre podomorfos y no-podomorfos que no
acertamos a comprender [22], nos informan que los
podomorfos de esta roca “sólo aparecen
en uno de los márgenes del panel, precisamente en aquellos sectores más
horizontales” (Santos y García 2002: 45). Invitamos al lector curioso a
examinar las fotografías de este petroglifo (por ejemplo Barandela y Lorenzo
2004: fig. 28) y extraer sus propias deducciones al respecto. Bien.
Poco importa que ambos autores definan los podomorfos de la Edad del Bronce
como “los que comparten panel con motivos pertenecientes a dicha época, como
son las combinaciones circulares” (García y Santos 2000: 7), y que una
hermosa combinación de círculos concéntricos campe en lugar preferente de la
roca de A Ferradura en medio de los podomorfos, y que los restos de otra más
sean bien visibles en lugar marginal. Aunque, curiosamente, la combinación
circular más clara no haya sido incluida en el calco que se publica de los
grabados, sí puede verse en la galería fotográfica de la página web del LAr.
Claro que ya se encargan de recordarnos en el pie de foto que su grado de
desgaste acaso la haga más antigua que los podomorfos que la rodean. Es igual:
desde la piedra se ven castros, ergo… Y
ya que los podomorfos pertenecen a la Edad del Hierro sin lugar a dudas, demos
un paso más e integremos la roca en un espacio simbólico; más en concreto,
en un lugar “de investidura de jefes castreños partícipes de la cultura celta” (García y Santos 2004: 53. Negrita nuestra);
donde tendría lugar el desarrollo de una ceremonia que “tenía por finalidad garantizar la fecundidad mágica de su territorio.
La renovación del rito en cada nueva investidura promueve la renovación de la
prosperidad. Ahora bien, en la religión céltica la realeza está en el ámbito
de Lug” (Santos y García, 2002:108). Vaya por Dios. Ya está: ¡con Lug
hemos dado!, que diría el hidalgo manchego. Lo mismo que en el curioso
petroglifo del abrigo de O Petón da
Campaíña en Corme, ese en cuyo interior “hay
una especie de asiento. Cuando una persona lo ocupa, las manos quedan en una
posición en donde las líneas grabadas sobre la roca prolongan la longitud de
los dedos, bien conocido atributo de Lug” (Santos y García 2002: 107).
Para qué seguir… Pero
volvamos al caso de A Ferradura: un espacio centrado por la roca en cuestión y
rodeado por otros afloramientos en los que se ha contabilizado una treintena de
conjuntos de grabados, de los que “algo
más del 80 % […] tienen como
motivo único las cazoletas” (Santos 1998: 82). Pero vamos a ver: ¿no
habíamos quedado en que las agrupaciones aisladas de cazoletas se relacionaban
con los espacios de los monumentos tumulares neolíticos? (Santos 2000: 51). Y
más con semejante disposición sobre el terreno. Pero no, claro que no: eso sólo
sucede cuando sirve para justificar una teoría. Como la pátina. Como la técnica…
De cualquier forma, como la cronología “tampoco
es tan fundamental…”. Y
así, hasta el infinito. Huelga decir que todo lo que sigue en cuanto a las “investiduras reales célticas” sobre los petroglifos con huellas
humanas parte de un hecho no demostrado. Al menos, para nosotros. Como hablar
de “cultura celta”.
Independientemente de la consideración que nos pueda merecer la metodología
empleada para la interpretación de las huellas, plagada de analogías ajenas a
cualquier unidad espacio-temporal y a cualquier posibilidad de discusión: o
tienes buenas tragaderas y te las crees en un acto de fe ciega, o no. Y,
sentimos tener que decirlo, la contemplación de esta manera de abordar el
estudio de nuestro pasado nos trae a la cabeza, por más que queramos rechazar
tal idea, el mundo de lo esotérico y de las pseudociencias. Francamente, lo único
que parece separar el discurso de nuestros autores de los que se pueden
encontrar hojeando cualquier revista dedicada a lo paranormal es la envoltura
“culta” -¿o deberíamos decir “culterana”?- con que suelen adornarse.
En el fondo, el resultado viene a ser el mismo: intentar colar como realidad lo
que no pasa de ser una ocurrencia disfrazada de teoría o de modelo. Porque,
vamos a ver. Por si todo lo anterior no fuese suficiente y por poner un único
ejemplo de entre muchos: que una leyenda concretísima y sin otros referentes
conocidos en Galicia -la de la Pedra da
Elección de Cabana, de la que se afirma que en ella se elegían
antiguamente los alcaldes- sea recibida con tal regocijo por nuestros autores y
añadida a las analogías que aducen para mantener la relación entre los
podomorfos y las “investiduras reales célticas” -la única que encuentran en
Galicia, por cierto-, indica por dónde van los tiros en cuanto al rigor
metodológico (García y Santos 2000: 22-23). Porque si a un unicum
le concedemos tal categoría, ¿qué no deberíamos hacer con los cientos de
leyendas que en Galicia refieren, una y otra vez, la existencia de mouros,
mouras, tesoros…?. En fin: alcaldes mezclados con Lug “el
de los largos dedos”. No nos digan que la asociación no es sugerente. Coda
En
fin, nos gustaría que la revisión de una serie de trabajos acerca del arte
rupestre, contemplado desde la Arqueología del Paisaje, comportase algo más
que el acíbar inevitable en estos casos y muy especialmente en nuestro país,
donde la palabra crítica está automáticamente connotada de negatividad. Tal
vez pueda servir para llamar la atención sobre algunas grandes cuestiones
pendientes respecto de la cronología o la secuencia interna del arte rupestre
galaico, en particular aquellos elementos que puedan derivar de una tradición
neolítica, aquellos que conforman el más característico núcleo Calcolítico/Bronce
inicial de esta provincia artística y ¿por qué no?, perfilar mejor aquellas
pervivencias o incluso creaciones ex novo
que puedan darse en periodos posteriores, incluso históricos (algo que han
comenzado a hacer, por ejemplo, Costas y Pereira 1998). Para ello es
imprescindible diseñar proyectos de investigación sistemática y no el “aquí
te pillo, aquí te mato” preponderante en los últimos 15 años de arqueología
gallega[23].
Porque afirmaciones extraordinarias demandan pruebas extraordinarias, y la
intuición, la creatividad o las analogías (muy) débiles no pueden sustituir
al trabajo de documentación riguroso y al contraste de hipótesis, sea en el
estudio del arte rupestre o en tantos otros campos de la capitidisminuída
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[1] Instituto de Estudios Vigueses (1); Universidade de Santiago (2,4); Consello da Cultura Galega (3) y Museo de Pontevedra (5) [2] En un contexto distinto (o no tanto…) véase la aguda recensión de A. González (2000), en la que, de pasada, establece una relación entre el cese de las excavaciones sistemáticas en Galicia y el auge del método filológico para aproximarse a las sociedades prerromanas del Noroeste. Es lástima que los autores de algunos trabajos que comentaremos aquí no hayan tomado nota de sus atinadas advertencias sobre el panceltismo exacerbado (sic). [3] Y aún esos nexos son a menudo más conjeturales que factuales. Sobre las falacias inherentes al uso indebido de la analogía ver Bermejo 2005 (especialmente 90-92). [4]
En esta ocasión, ya que en otras
recientes ha optado por dividirlo en Estilo
de Arte Rupestre Galaico de la Edad del Bronce (EGEB) y Estilo
de Arte Rupestre de la Edad del
Hierro, en contraposición manifiesta con el término Grupo Galaico de
Arte Rupestre (Santos 2004: 71 y 235).
[5]
Bidimensionales, para ser exactos, ya que salvo error u omisión
circunscribimos el concepto de unidimensionalidad al terreno de la abstracción
matemática teórica. O, más bien, tridimensionales, ya que
entendemos que la dimensión de profundidad es inherente a este tipo de
manifestación plástica. [6]
Incluso de la biliografía citada. [7]
Especialmente si tenemos en cuenta
que las representaciones figurativas son, por definición, aquellas que
muestran cosas reales, en contraposición a las abstractas. [8]
Es decir, según el diccionario de
la RAE, que no pretenden representar seres o cosas concretas y atienden sólo
a elementos de forma, color, estructura, proporción, etc. [9]
Al menos aquí porque, si queremos
ceñirnos a la realidad de los datos publicados, en otros lugares defiende
hipótesis sustancialmente distintas, como se analiza más adelante. [10]
Como tampoco existe, por ejemplo,
una Ría de Vilagarcía (Santos 2004: 83). [11]
Suponemos que también en los de la
Xunta de Galicia. [12]
Ciñéndonos a la definición de la
RAE, según la cual una cubeta es una
depresión del terreno ocupada por aguas permanentes o temporales y que
constituye una cuenca cerrada. [13]
Muy posiblemente, aunque carezcamos
de indicio alguno que apoye esta teoría, nos atreveríamos a puntualizar. [14]
Del mismo modo que se han
localizado varias estaciones en las inmediaciones del conjunto de Campo
Grande que rompen el esquema propuesto por el Dr. Santos, la existencia de
un panel con varias representaciones zoomorfas situado en las inmediaciones,
aunque a cota más baja, de Laxe da Sartaña no hacen más que poner de
manifiesto la arbitrariedad de este trazado teórico que no sólo obvia la
realidad morfológica del terreno sino que, incluso, parece omitir aquellos
conjuntos de grabados que no se acomodan a su conveniencia. [15]
Como mínimo, echamos en falta en la ilustración los símbolos
correspondientes a los siguientes petroglifos con representaciones de cérvidos:
2 en la estación de Salgueiriño, 1 en la de Pantrigo, 2 en la de O
Ramallal, 4 en la de Matabois y 4 en la de Pena Furada. Ninguno de ellos se
ubica en las proximidades de brañas (Álvarez Núñez 1982). [16]
Aquí nos hacemos eco de las sabias palabras de S. Moralejo: “A la
prudencia del iconógrafo ha de quedar encomendada la determinación de los
límites oportunos del necesario integralismo. No obsesionarse con la
espectacular expectativa del resultado redondo, no pretender ser siempre uno
quien cierre el juego con la última ficha (…) y admitir humildemente que
nuestra mentalidad actual no se halla en posesión de una supuesta clave
universal del orden del pensamiento” (2004: 65). [17]
Información del responsable de la intervención, A. Bonilla Rodríguez (PyA
Arqueólogos SL). [18]
Los trabajos de prospección previa habían incluido la apertura de varias
zanjas por medios mecánicos. [19] “But now we must draw to a close: we must stop making sense. The hermeneutic circle (which is really a spiral), could continue for as long as we wanted.” (Parcero et alii 1998a: 175). [20]
El lector interesado puede comparar la fig. 3 en García y Santos 2004 con
el calco de la conocida estación de Bedolina (Valcamonica) en http://www.rupestre.net/tracce/TURCONI.html
y también en Anati (1965: 106-107). Este último, por cierto, comenta que
esa superficie no pertenece exclusivamente a la Edad del Hierro, sino que
una buena parte de los grabados se remontaría al Calcolítico/Edad del
Bronce (1960: 242), algo que nuestros distraídos comparatistas parecen
ignorar. [21]
En lo que atañe al inmoderado uso de la comparación tanto aquí como,
especialmente, en García y Santos 2000, nos remitimos a las recientes
palabras de alguien más autorizado que nosotros en el campo de la
epistemología: “… the comparatist
[…] must not jump capriciously
from a cultural field to another or skip suddenly three or four thousand
years in time. This is not only
anachronistic in respect of the rigid time coordinates, but because the myth
has no sense out of his context or snatched from the Lebenswelt.”
(Bermejo 2005: 102-103). [22] Compárense los criterios discriminantes (García y Santos 2000: 7) con el calco de la figura 8 en ese mismo trabajo. [23]
Ver a este respecto la denuncia de Carrera et
alii 2000 y 2002, entre otras muchas referencias, criticando los “años
de plomo” (no como metáfora de balas sino de balasto…),
correspondientes a los 90 e inicios del presente siglo.
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Fig. 1: Gran ciervo de Campo Grande (Caamaño, Porto do Son).
Fig.
2: Calco de los paneles principales de Outeiro de Campelos (Caamaño, Porto do
Son). Nótese la disposición divergente de las representaciones de zoomorfos. |
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Fig.
3: Mapa de Espiñaredo-Monte do Curro-Légoa Seca (Queiruga-Caamaño, Porto do
Son). En azul se indica el trazado aproximado de la ruta propuesta por M.
Santos. Obsérvese como este itinerario se inicia en un petroglifo elegido
aleatoriamente, más por su contenido iconográfico que por su ubicación
(marcamos en rojo los conjuntos grabados de la zona) y como, seleccionando unos
conjuntos y obviando otros, asciende hasta el pequeño altiplano de Monte do
Curro (delimitado por la figura poligonal roja), desde el cual no existe una
via de paso natural hacia el interior de la sierra. Nótese como el acceso (en
amarillo) desde las tierras bajas
hacia las zonas altas de la comarca se realiza por una via no necesariamente
vinculada a la presencia de grabados pero cómodamente transitable y aún hoy,
esta vez sí, utilizada por el ganado en libertad (al menos en lugares alejados
de los actuales núcleos de población). |
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Fig.
4: Dos ejemplos correspondientes a la decena larga de rocas con zoomorfos no
identificadas específicamente en Santos 1998, fig. 7. |
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Fig.
5: Detalle de un petroglifo histórico en Gargamala (Mondariz) en el que las
cruces y otros diseños conviven con figuras en phi
que resultan ser ballestas con gatillo explícito. |
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Fig.
6: Detalle de la gran espiral del grupo de As Sombriñas (Tourón,
Pontecaldelas). No se aprecian con facilidad detalles técnicos que permitan
afirmar que la esvástica y el trisquel pudieran ser añadidos de la Edad del
Hierro a una figura en espiral de la Edad del Bronce. |
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