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LA
IDENTIDAD ETNICA EN LOS TERRITORIOS DEL NOROESTE DE CANADÁ: DÈNÈ,
DOGRIB, HARE, MÉTIS E INUIT Carlos
JUNQUERA RUBIO RESUMEN:
Este
ensayo ilustra el proceso de constitución en los Territorios del Noroeste
de Canadá. El autor estudia las relaciones entre el Estado-Nación y
varios grupos étnicos que han debido redefinir su identidad tradicional
ante nuevas situaciones políticas y sociales. Igualmente, se plantean
algunas cuestiones que hoy están en el horizonte de las minorías y lo
que éstas pretenden alcanzar. La Constitución canadiense se ha
modificado con el fin de reconocer los derechos de sus minorías
tradicionales. ABSTRACT:
This
article illustrate the process of constitution building in the Northwest
Territories of Canada. The author sheds light on the relationship between
the Nation-States and the various ethnonational groups composing them. He
offers a promising solution towards conciliating the respective rights of
majorities and minorities to self-determination through the concept of
direct consociation. In the current context of high constitutional
tension, in which Canada finds it-self under pressure to elaborate a
Constitution based on the recognition of the continued existence of
aboriginal political rights, this analysis contributes to a clarification
of the issues at hand and the solutions that can be envisioned.
INTRODUCCIÓN
Las
fuentes escritas referentes a los Territorios del Noroeste del Canadá son
escasas y tardías. La tradición oral suple algunas lagunas ya que las
investigaciones arqueológicas que puedan dar luz son insuficientes y muy
recientes (Gordon, 1996). El paisaje está asentado en un permafrost
continuo por lo que se puede afirmar que de sur a norte nos orientamos
desde la taiga a la tundra. Para lo que afecta a este ensayo vamos a tener
en cuenta ecosistemas como el Lago Mayor de los Esclavos y el río
Mackenzie, aunque ocasionalmente se puedan hacer algunas referencias a
otros sitios.
Los paisajes, por diversos y hostiles que sean, han sido siempre un
lugar de encuentro con los humanos que los ocupan y habitan. La interacción
entre ambos es una constante que está presente en la historia desde hace
milenios; lo que cambia es el modelo político de posesión y el manejo
del medioambiente que vienen señalados por la cultura particular de cada
sociedad, así como por las expectativas que tenga in mente para
uno o varios recursos que se encuentren en ese espacio, y que se requieren
por motivos económicos concretos, los mismos que responden a cada ideología
cultural en particular. El pasado, el presente y el futuro de un
determinado lugar han sufrido, sufren y sufrirán por las diversas
interacciones que acontezcan así como por el volumen de negocio que
aflore en cada momento.
Lo que se entiende hoy por ecología, economía y sociedad es un trípode
antiquísimo que ha servido siempre para lo que cada grupo humano entiende
por lucro para su desarrollo particular, incluso en el caso en que sobre
un mismo ambiente se den interacciones diferentes porque actúen modelos
dispares, como en el caso en que se encontraban todas las de América en
los siglos XV y XVI, cuando los europeos hallaron unas sociedades en
situación de organización política de banda, otras de tribu, algunas de
jefatura y pocas con Estado, unas veces en cercanía geográfica y otras
en lejanía.
En América del Norte, los pueblos indios conectaron con
holandeses, franceses y británicos que acudieron por el volumen de
negocio y riqueza observados y envidiados en España que conseguía los
preciados tesoros en áreas de más al Sur. Los contactos entre los
anglosajones citados y los autóctonos ofrecen muchos aspectos negativos y
escasos positivos en la parte oriental y septentrional de los actuales
Estados Unidos, y en la meridional de Canadá como puede verse en los
aportes de un profesor estadounidense muy dedicado a estos temas (Jacobs,
1973).
En lo que se refiere a la interacción humanos-paisaje hay que
tener en cuenta que las primeras consideraciones a valorar son aquellas
que proceden del uso que se dé a las tierras porque éstas representan el
lugar en que se observan los diferentes impactos y éstos son más o menos
sensibles y frágiles si tenemos en cuenta que los recursos renovables
generan comida y otros productos para las gentes y que el consumo si es
racional ofrece unas características, y si lo es irracional puede llevar
al agotamiento y consiguiente cambio del paisaje. Pretendo
mostrar en este ensayo el camino recorrido por algunas etnias asentadas
desde hace por lo menos unos 5.000 años en el actual territorio de Canadá
hasta llegar al actual presente. Por esta razón se valoran los
ecosistemas compartidos y aquellos otros que estando adyacentes permiten
disfrutar de los recursos que culturalmente se han pensado como ideales
para vivir. 1. LOS
DÈNÈ Los
Dènè se conocen en la literatura como Slavey, razón por la que a ellos
voy a referirme a continuación, siguiendo un poco la cronología de los
acontecimientos, pero no siempre. 1.1.
LA HISTORIA Los
especialistas creen que los predecesores de los Dènè (antes en su casi
totalidad citados en la literatura como Slavey) emigraron hace unos 10.000
años desde el bosque de Siberia usando el puente previo a lo que hoy es
el Estrecho de Bering. Trajeron con ellos una tecnología propia y se
dispersaron a lo largo de la región que hoy viene a coincidir con los
Territorios del Noroeste y estas gentes son los antepasados de los
diversos grupos Atapaskanos. Los estudiosos creen que los Slavey y otras
gentes atapaskanas se establecieron siguiendo patrones culturales que
duraron hasta el contacto con los europeos. Su estilo de vida era una búsqueda
constante de la subsistencia, desde el áspero bosque densamente poblado
hasta el montañoso, que no podría apoyar la agricultura. Se
especializaron en seguir las manadas de alce, caribú y otras piezas, y a
menudo se quedaron también en la cercanía del cauce del Río de
Mackenzie que proporcionó peces abundantes.
Estos datos pueden verse mucho más ampliados en Patrick Moore y
Angela Wheelock (1990), Robin Ridington (1988), Michael Johnson (1992) y
Carl Waldman (1985). Parece
ser que fueron los Cree y los Chipewyan, quienes huyendo de la población
europea en el Este de Canadá, advirtieron a las comunidades Slavey a
mitad del siglo XVIII de la presencia de estos extraños y les avisaron
del comercio peletero (Bompas 1886: 14-16). En 1789, Alexander Mackenzie,
la primera persona blanca en cruzar el noroeste de Canadá, captó una
reunión festiva de los Slavey (Mackenzie 1801: 147). Siete años después,
se estableció Fort Livingston en el Río Mackenzie por parte de la North
West Company, rival en esa época de la Hudson Bay Company. Fort
Livingston fue el primer puesto blanco en territorio Slavey pero pronto
aparecieron otros como Fort Simpson (1804), Fort Liard (1804), Fort Nelson
(1865), Fort Norman (1822), Fort Hay River (1868), Fort Providence (1868)
y Wrigley (1877). Todos, exceptuando Fort Nelson, se localizan en los
Territorios del Noroeste. Los mismos se convirtieron en los asentamientos
permanentes de los Slavey. Una reseña histórica amplia puede verse en
Alden J. Mason (1946). Este
período inicial de contacto estuvo marcado por el conflicto interno entre
los diferentes grupos Slavey, y por pequeños aprietos con los Cree que se
mostraban agresivos. Armados por los europeos y ávidos de afirmar la
dominación en el área, a principios del siglo XIX algunas bandas Cree
echaron a los Slavey fuera de sus tierras, empujándolos al oeste y al
norte. Como resultado, ciertas familias Slavey se realojaron en una región
lejana cerca del Lago Mayor del Oso, una zona que había sido previamente
territorio de los indios Yellowknife. La violencia se desató y un grupo
combinado de Slavey, Dogrib y Hare mataron a casi tres docenas de
Yellowknife lo que puede entenderse como una auténtica matanza si
observamos la pirámide poblacional de la época de cada una de estas
sociedades (Bourget 1938: 68-93). En
el siglo XIX, el contacto dañino entre Slavey y europeos era mínimo. Los
primeros lograron mantener sus modelos de subsistencia inalterados. La razón
hay que buscarla en la crisis que aconteció en los precios de las pieles
que bajaron drásticamente. Las mismas se conseguían a cambio de rifles,
ropa, té y tabaco y “como resultado, la mayoría de los europeos
nunca resultaron indispensables para los Slavey y la caza destinada al
comercio seguía siendo una actividad subsidiaria” (Asch 1981). Un
factor igualmente significante era la dureza del medioambiente. Los
europeos no pudieron hacer grandes cambios de la balanza de los Slavey
porque su supervivencia en el frío, en una región de comida escasa
dependía de la bondad de la tribu. La
Hudson Bay Company seguía siendo la autoridad dominante en esta región
de Canadá desde 1869, pero sólo al principio del siglo XX será cuando
el gobierno de Ottawa empiece a formalizar las relaciones con el noroeste
canadiense. Este detalle se produjo como resultado de un informe
gubernamental de 1891 que recomendó un acuerdo formal que restringía las
demandas nativas al inmenso y rico caudal de minerales en el norte
canadiense. Al mismo tiempo, con el incremento incesante de tramperos
blancos y buscadores de oro que viajan a la zona de los Slavey, las
tensiones aumentaron entre las dos culturas. Los tramperos usaron incluso
veneno para obtener pieles, pero actuando así privaban a los autóctonos
de su sustento; al mismo tiempo, los buscadores de oro encontraron una
buena ganancia en la venta de caballos a los Slavey
(GENAT 1997: 153-157).
El
remedio para ambos lados provino del Tratado No.8, firmado en 1899, y en
el que se traspasaban las tierras Slavey (y las de los Castor, Cree y
Chipewyan) mediante el pago en efectivo de cinco dólares por persona. El
documento permitiría aún a los Slavey y los otros grupos continuar
cazando y pescando como antes, pero el gobierno retuvo el derecho para
usar la tierra como quería. La firma de este acuerdo y poco después del
nº 11 a principios de los 1920 terminaron por hacer desaparecer la
propiedad colectiva de los autóctonos que, desprovistos de un sistema jurídico,
permitieron a las autoridades federales y provincianas aprovecharse de los
recursos mineros de la región. Después
de la Primera Guerra Mundial, aconteció una subida en los precios de las
pieles lo que persuadió a numerosos Slavey a dedicarse a la caza y
considerarla como una fuente de ingresos. El mercado, unas veces a la alta
y otras a la baja, afectó a muchas comunidades autóctonas que
dependieron del comercio peletero para conseguir comida y otros productos.
Numerosos
asentamientos de Slavey en los Territorios del Noroeste permanecieron
aislados hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando las autoridades
canadienses y las de Estados Unidos reconocieron la importancia estratégica
de la región, y empezaron a construir pistas para aviones y
proporcionando aparatos de radio y servicio de teléfono. Se descubrieron
petróleo, depósitos de gas y minerales cerca del asentamiento Slavey de
Fort Simpson a finales de los años 1940, y en la próxima década varias
compañías americanas exportaban ya la producción hacia el sur.
Esta época ha sido bien estudiada por T. Hawkings (1996) que ha
puesto de relieve la importancia estratégica del interior canadiense en
un momento en que la costa del Pacífico norteamericano se vio afectada
por los acontecimientos que siguieron al bombardeo de los japoneses de
Pearl Harbour en Hawai. 1.2.
La RELIGIÓN
Los
Slavey creyeron en varios espíritus a quienes atribuían la posibilidad
de que los transformarían en una forma animal conocida. Se pensaba que
los animales habían caminado y vivido como los humanos, y los Slavey
creyeron que a través de estos lograrían alcanzar su poder. La historia
oral de los Slavey estaba dividida en una serie de cuentos que ofrecen
variantes de cómo convertirse en animales. El Cuervo, el Lobo y el Zorro
forman una buena parte de su sistema tradicional de creencias. Se pensó
que los dos primeros habían ayudado a crear el mundo, por esta razón
también se les atribuye el poder de sanar. Los individuos disponían de
un espíritu animal que era su guardián, que entraba en ellos en sueños
para advertirlos de situaciones arriesgadas y peligrosas. El espíritu
guardián de un hombre se le habría aparecido primero en un sueño cuando
era un muchacho joven. Durante este sueño el espíritu le comunicó una
canción con la que el joven podría convocar los poderes guardianes por
el resto de su vida natural. Si un shaman disfrutara la guía de un tal
espíritu, se abstendría de cazar esta especie particular o comerla. Los
Slavey creyeron también en monstruos que vivían en la desembocadura del
Río Mackenzie, y en otros que cogían a los niños y los comían. Estas
creencias tal vez surgieron para reflejar la relación inestable entre la
tribu y su medioambiente hostil. Se pensaba también que una persona al
borde de la muerte estaba dotada de un fuerte poder puntual. Después del
óbito, los espíritus animales como el de la nutria enviaban a un guía
para llevar a las almas al lugar de residencia definitiva. Los
misioneros católicos y anglicanos llegaron a las tierras de Slavey en
1858 y se esforzaron por convertirlos. Para 1902, todos los grupos Slavey
habían aceptado uno u otro credo. El calendario cristiano cambió algunos
modelos tradicionales, especialmente los que concernían a festividades
como las de Pascua y Navidad. De todas maneras, en estos tiempos de fiesta
las recolecciones tradicionales se reemplazaron para anunciar el deshielo
o el solsticio de invierno. Estos
datos mucho más ampliados y en detalle pueden leerse en DÈNÈ NATION,
1984; GENAT 1997 y especialmente en el legado del misionero francés,
oblato de María Inmaculada, Emile Petitot (1876, 1886, 1891, 1893) que es
el autor más interesante para el último cuarto del siglo XIX. 1.3.
El idioma
En
su idioma, los Slavey se refieren a ellos como Dènè o “las personas
ordinarias”. El idioma de los Slavey pertenece a la rama del
Atapascano-Eyak o norteño y es un dialecto más que se equipara con el
Chipewyan, Liebre, Dogrib y Montañés. En el siglo XX, el inglés se puso
como lengua común, pero el Slavey es clasificado aún por los estudiosos
como un idioma viable, debido al alto número de hablantes autóctonos.
Las sugerencias para 1982 apuntaban que unas 4.000 personas podían
expresarse en este idioma de una población general de 5.000 individuos.
El estudio mostró que unos tres-cuartos de los niños de una comunidad
hablaban sólo en su idioma nativo. La Native Communication Society de los
Territorios del Noroeste transmite televisión, noticias de radio y
programas culturales en el idioma Slavey.
En este aspecto creo que la política canadiense actual es la de
preservar las lenguas autóctonas y de potenciarlas lo más posible,
facilitando una educación bilingüe en todo el norte y para nuestro caso
en los Territorios del Noroeste. Los detalles de cómo están las cosas
pueden verse en dos autores: son Fibbie Tatti y Philip G. Howard (1998). 1.4
LAS CASAS TRADICIONALES
El
hecho de ser una sociedad nómada primero y seminómada después, obligó
a disponer de casas frágiles y temporales. El edificio más tradicional
es el tipi o casa cónica cubierta de piel de alce; a veces se
recurrió a otras pieles. Tres o cuatro palos unidos en la parte superior
permitían a dos familias compartir el fuego. Cuando la vivienda era
abandonada, los palos se dejaban para que sirvieran de uso a otra unidad
de producción y consumo; la piel de alce se llevaba porque eran las
mujeres las que las habían curtido con su boca y ese producto les
pertenecía. Este modelo de residencia se usó más en los meses de verano
y en los campamentos semiestacionales de la misma época, especialmente
los que se ocupaban en las cercanías del Lago Mayor de los Esclavos, lo
que sugiere que se ocupaban los mismos sitios de un año para otro. La
cercanía del agua también era un imperativo a tener en cuenta. Existió
también otra estructura más consistente para refugiarse en los meses de
invierno. Este tipo se levantaba cerca de un lago que pudiera ofrecer
pescado en esa época, largo en meses por otro lado en esta parte del
mundo. Esta casa era una cabaña
alargada, de forma rectangular, de troncos de madera y sus paredes
exteriores se hacían con leños y como argamasa para unirlos se acudía a
los musgos y arcillas que tenían la misión de tapar las grietas y evitar
la entrada de la nieve. Las medidas venían a ser de unos veinte pies de
largo por diez pies de ancho. Un tejado a dos aguas cubierto de ramas
completaba la residencia invernal que contaba también con una chimenea
para el humo del hogar y una puerta. En la actualidad este modelo de
residencia se denomina cabines y se alquilan a los turistas en
tiempos de verano, pero ya muy modificadas respecto a un pasado cercano.
El estudio más interesante que conozco para los detalles urbanísticos es
el de Judy Thompson (1994). 1.5.
La subsistencia Los
diferentes grupos de Slavey permanecían cerca de uno de los numerosos
lagos de la región que proporcionaron (y lo siguen haciendo) un amplio
suministro de peces para la mayoría del año. Las capturas comunes
incluyeron trucha, salmón, carpa y otras especies. El pescado se
combinaba con el producto de la caza, especialmente el alce y el caribú.
Sin embargo, durante los meses de verano, cuando la comida era abundante,
varios grupos locales compartían un campamento en las orillas de un lago
o en sitios que se ocupaban en los ríos y vivían juntos durante un
tiempo hasta que los suministros de comida menguaran. En
los años posteriores, en esos en que la presencia blanca era ya una
realidad, estas reuniones fueron reemplazadas acampando cerca de un puesto
comercial. Estos asentamientos evolucionaron en el tiempo hasta llegar a
la actualidad de los asentamientos de Slavey. Esta situación ha
favorecido que se mantengan como grupos
pequeños y autónomos que era un método de supervivencia que
aseguraba comida a todos, pues los alimentos comenzaron a escasear cuando
llegaron los comerciantes de pieles con otros criterios totalmente ajenos
a los del medio, que impulsaron también al cambio forzado de la movilidad
de las personas. Los
peces se capturaban por medio de un cebo denominado babiche que
procedía de los nervios dorsales del caribú; el mismo se introducía en
nasas hechas de fibras vegetales que se recubrían con ramas para dar la
sensación de escondrijo seguro a las posibles presas. Los cazadores
Slavey usaron el arco y la flecha para capturar a las grandes presas como
el alce o el caribú. Los castores eran cogidos por sorpresa y apaleados
hasta morir. Las escasas bayas silvestres eran recolectadas por las
mujeres y los niños en cestos hechos de ramas. Datos más amplios sobre
caza y pesca pueden verse en Ives (1985). En
consonancia con un paisaje hostil y en el que la subsistencia era difícil,
las mujeres también eran responsables de cazar pequeños animales, como
conejos y liebres. Tradicionalmente, los Slavey llevaron también lo que
solemos denominar “a cuestas”; es decir,
que se transportaba cuanto hiciera falta para montar el campamento.
En estas operaciones hasta la mano de obra infantil venía bien porque los
niños ayudaban a montar el trineo, sabían manejar los perros, recoger leña
y encender el fuego durante todos los meses del año, incluso habiendo
nieve espesa. Una vez que un campamento quedaba alistado se volvían a
imponer los criterios de la división sexual del trabajo.
Las mujeres prepararon y cocinaron la comida de una gran variedad
de maneras. Una olla grande llena de agua y encima del fuego servía para
cocer la carne, a la que se añadían piedras calientes para ayudar a
terminar antes. En otra oportunidad se acudía a una especie de planta que
se ponía encima del fuego para cocinar la carne o el pescado que es lo
que ahora diríamos como parrilla y también brochetas. Los peces también
se consumieron después de ponerlos tiempo encima de piedras calientes o
enterrándolos bajo cenizas calientes. La carne también se consumió
seca, ahumada o helada (los Slavey actuales no emplean el vocablo
congelar) para la preservación. Las fresas y las frambuesas recolectadas;
se comieron frescas y en ocasiones se mezclaba su consumo con la carne
seca. El excedente de comida se guardaba a más de 15 pies de altura para
evitar que los visitantes indeseados: los roedores acudirían a consumirla
en los momentos menos oportunos (GENAT 1997: 155-156).
1.6.
VESTIDO y Adorno Los
Slavey de ambos sexos llevaban normalmente ropa procedente de la piel de
alce que se cosía con los nervios del mismo animal; el pelo se quitaba
para conceder un calor más moderado. Hombres y mujeres vestían al estilo
unisex, como diríamos hoy; y el mismo incluía polainas atadas a los
mocasines, una camisa y una capa. Las diferencias se marcaban porque los
hombres llevaban cinturones de piel con adornos y las mujeres, y en
algunos casos los niños, completaban el atuendo con pieles de conejo. En
el tiempo más frío, todos los miembros llevaron mitones atados a un cordón
que esperó el cuello. En el caso de mocasines y sombreros, el pelo de la
piel del alce se quitaba con un rascador curvado. La
ornamentación adicional se logró de las púas del puerco espín y del
pelo de alce. Los hombres se tatuaron con color azul y negro; las líneas
negras en sus caras iban de la nariz a la oreja. También se atravesaron
el tabique nasal para insertar plumas de aves. La joyería incluyó
collares, pulseras y muñequeras hechas de madera o hueso. Las raquetas
eran esenciales para el viaje durante los meses invernales.
Quienes estén interesados en este tipo de estudios, propios hoy más
de museos que de la vida corriente de las personas, pueden documentarse en
July Thompson ya citada en este ensayo. 1.7.
Las Prácticas curativas Los
Slavey creyeron que las enfermedades eran producto de la hechicería. El
tratamiento se hacía acudiendo a ciertas plantas que estaban adornadas de
poderes sobrenaturales que se
aplicaban con una especie de baño al vapor o sauna. A la hora de la
muerte se llevaba a un chamán que acudía hasta el lugar de enterramiento
en donde pediría la ayuda de su espíritu animal para superar al espíritu
dañino que había invadido al paciente y lo había matado. 1.8.
Las costumbres Tradicionalmente,
los Slavey se agruparon en comunidades pequeñas de 10 a 20 miembros.
Estos estaban, en opinión de Asch, "normalmente estructurados
alrededor de un núcleo de parientes paralelos de un solo sexo, aunque un
individuo poderoso e importante podía establecer un grupo sin tener en
cuenta las consideraciones del parentesco” (Asch 1981: 352). Un
muchacho era considerado adulto después de que mataba su primer animal
grande. Como hacían otras tribus del área, una mujer joven se enviaba a
una choza especial para ser educada en lo que debía hacer en el futuro.
Este tiempo no tenía más allá de diez días en el primer caso, pero la
práctica continuaba a lo largo de los años de maternidad. El
parto ocurría fuera del campamento pero la parturienta podía estar en
compañía de otras mujeres. Se pensó que los lamentos de la nueva madre
podrían dañar al bebé durante el parto, razón por la que las otras la
instaban a que se mantuviera callada. El recién nacido se envolvía en
una manta con musgo que se quemaba después junto con la placenta. Sólo
cuando una mujer podía ya valerse por sí misma podía retornar al
campamento, pues se pensaba que volver demasiado pronto ponía a los
varones del grupo en el peligro. Los
niños se amamantaban durante los dos primeros dos años y se llevaron en
la espalda de su madre en una bolsa hecha de piel de alce. Los infantes
usaron también una especie de pañales hechos de la piel de alce o de
animales capturados por su madre. Cuando los padres decidían reconocer a
su hijo se le imponía un nombre que se seleccionaba basándose en los
rasgos de su personalidad. Al
contrario de lo que acontece entre otros grupos del subártico, los Slavey
no abandonaban a sus mayores cuando éstos llegaban a viejos o ya estaban
demasiado débiles. En cuestiones de muerte, el cadáver se enterraba en
la tierra, o se ponía en un andamiaje entre los árboles. Los parientes
podían poner algunas cosas personales junto con el cuerpo, pero
normalmente quemaron todo lo que había pertenecido al difunto. 1.9.
LOS PROBLEMAS TRIBALES ACTUALES La
era moderna da testimonio de un declive en las actividades de subsistencia
tradicionales para los Slavey, especialmente desde que el gobierno
canadiense comenzó a intervenir con un papel creciente en sus vidas a
través del sistema del bienestar, educación y otras interferencias en su
estilo de vida tradicional. La presencia oficial culminó en el tratado
conocido como Peace River firmado en 1968 cuya consecuencia fue la
creación del Williston Lake y el W. A. C. Bennett Dam. El
segundo proporciona energía eléctrica a Vancouver y otras ciudades de la
Columbia Británica. En
1971, una vía férrea llegó desde la Columbia Británica hasta Fort
Nelson. Este detalle permitió sacar la madera de la región para ser
exportada principalmente a los Estados Unidos. A principios de 1970, se
hicieron planes para tender una tubería de gas natural que atravesaría
las tierras de los Slavey directamente a lo largo del Río Mackenzie desde
1972. Las
degradaciones de los territorios ancestrales se hicieron en nombre del
progreso y del consumo, pero sirvieron para que muchos Slavey adquirieran
conciencia política. Ya en los años 1960, algunos empezaron tomando
papeles más activos en la política de su región, mientras expresaban su
disgusto con el estado por las relaciones entre Canadá y sus Primeras
Naciones. Los líderes Slavey empezaron una campaña para la elección a
las oficinas locales y a las organizaciones de los derechos indígenas. En
1977, la unión de las siete tribus y la unión de los Jefes Indios de la
Columbia Británica expresaron ante la Cámara de los Comunes de Ottawa su
alarma ante la explotación de los recursos naturales de la región. La
conciencia política también ha traído una resurrección de muchas
tradiciones culturales. Los Slavey participan, por ejemplo, en las
reuniones culturales en las orillas del Lago mayor de los Esclavos u otros
sitios similares en los que aconteció algo comunal. Una fiesta al
principio de la primavera manifiesta lo dicho en las orillas del Trout
Lake, en ella se reúnen los Slavey del área y prueban los rasgos de las
habilidades tradicionales, como correr con raquetas o cazar alces. Una
buena parte de las acciones políticas emprendidas pueden extraerse de Dènè
Nation (1984). 2.
LOS DOGRIB En
las regiones de los actuales Territorios del Noroeste de Canadá se pueden
detectar diversos asentamientos humanos: Dènè, Dogrib, Hare, Métis e
Inuit. Ha habido y hay presencia de otros grupos que por razones que se
explicarán más adelante han perdido lo que vamos a considerar como
identidad étnica. Los
Dogrib (costado o costilla de perro) pertenecen a un grupo social más
amplio conocido como Nación de los Dènè que incluye hoy a Chipewyan,
Slavey y Gwich'in (Kutchin) y otras sociedades más pequeñas. Parece ser
que ocuparon un territorio bastante amplio dentro de los Territorios del
Noroeste pero hoy el núcleo más importante se encuentra en Fort Rae
donde reside la mayoría de la población que se censa oficialmente en
1,000 individuos. Algunos moran también en Yellowknife, capital de los
Territorios, en Detah y Ndilo, que son barrios étnicos y donde comparten
el paisaje con otras tribus indias, y unos pocos viven en el Lago La
Martre. Se catalogan como atapascanos desde criterios lingüísticos. Los
primeros contactos con los europeos datan de 1760 aunque esto no está
claro, pero no será hasta 1790 cuando realmente se pueda hablar de este
asunto. Creo que merece la pena tener en cuenta algunas fechas, como son:
en 1852 llegan los primeros misioneros católicos; en 1921 los jefes
Dogrib firman el tratado número 11 elaborado y promulgado desde Ottawa;
en 1960 se abren algunas carreteras para facilitar las comunicaciones
terrestres entre las diferentes comunidades cercanas a Yellowknife; en
1990 el asentamiento del Lago La Martre es seleccionado como el más idóneo
para establecer el Instituto Cultural Dènè (Dènè Cultural Institute). La
historia de los Dogrib captada desde la literatura oral enseña que la
tribu ocupó las tierras en los Territorios del Noroeste desde el
principio de los tiempos. El control del mismo era difícil, y a lo largo
de su historia diversas tradiciones indican que hubo guerra territorial
contra varias tribus vecinas. Cuando los comerciantes de pieles europeos
encontraron a los Dogrib en 1790, estos estaban defendiendo su tierra de
los Yellowknife (hoy ya desaparecidos) y de los Cree que son numerosos aún
en todo Norteamérica. Después, durante el boom del comercio peletero en
torno a 1830, se enzarzaron en batallas con los Chipewyan. De
hecho, June Helm y Nancy Oestreich Lurie (1966) revelaron en The Dogrib
Hand Game que las leyendas
estaban llenas de relatos que ponían de manifiesto la perfidia y crueldad
de Akaitcho, el Gran Jefe de los Chipewyan. Los enfrentamientos
intertribales decayeron cuando los europeos empezaron a asentarse en el
territorio y amenazaron a la sociedad nativa tradicional con la introducción
de nueva tecnología, costumbres y enfermedades. La
Compañía de la Bahía del Hudson abrió el primer puesto comercial en el
país de los Dogrib en 1852. Ese mismo año, los misioneros católicos
iniciaron su conversión y la de otras tribus del área; la Real Policía
Montada de Canadá apareció poco después. La sociedad Dogrib inició su
transformación después de que los indios empezaron visitando el centro
aportando pieles a cambio de dinero lo que les concedió un incremento
notable de riqueza personal, iniciándose en el consumo del alcohol, y
adoptando los rituales de la iglesia católica. En
1921, el jefe Monfwi firmó el Tratado nº 11. Entre otras cosas, el
tratado exigía que las tribus debían cambiar el modo de elegir a sus
jefes tribales, quebrando la conducta tradicional e imponiendo otro por
elección popular. El jefe o yabahti era responsable de la conducta
moral de los Dogrib. Firmando el Tratado, el poder del yabahti fue
eclipsado por eso del gobierno; por esta razón, los informadores de Ryan
declararon que “nuestra tierra, nuestra cultura, y nuestro estilo de
vida cambiaron a partir de 1921... Antes, cuando nosotros teníamos líderes
... tenían palabras fuertes y acciones ... hicieron un trabajo
maravilloso para las personas” (Ryan
1995: 56). El Tratado nº 11 permitía al gobierno canadiense sacar a los
niños de sus familias y de sus comunidades y llevarlos durante el curso
escolar a un punto ya elegido previamente. Esta política gubernamental
minó las tradiciones aborígenes y amenazaron su cultura. Los jefes
Dogrib se dieron cuenta de los alcances de la intervención estatal y
procuraron preservar el idioma autóctono, las costumbres tradicionales y
la participación en la investigación antropológica. Las
organizaciones autóctonas forjaron instituciones para conservar la
cultura tradicional de los grupos acogidos al patrocinio de lo que hoy se
considera como Nación Dènè. El más recientemente es el del Lago La
Martre, sitio escogido para documentar los sistemas de justicia
tradicionales. Conocido como Dènè Justice Project, cuya misión
es poner al día los datos de cómo estableció la justicia la sociedad
tradicional de los Dogrib y lo que se puede establecer como programas más
amplios de la comunidad, incluso la alfabetización de los Dogrib, así
como el entrenamiento técnico. Esta institución elaboró un proyecto
cuya finalidad era conocer la situación de los Dogrib desde dentro y como
conjunto dentro de la burocracia federal. 2.1.
LA CULTURA
La
religión tradicional Dogrib está basada en mantener un equilibrio con la
naturaleza, sobre todo con respecto a los animales. Creen que todas las
cosas de la naturaleza tienen una vida que debe respetarse. Según Ryan,
“los rituales apropiados tuvieron que ser realizados antes de que se
permitiera la captura de los animales” (Ryan 1995: 34-35); por
ejemplo, después de que un ciervo es abatido, se deja sólo por un tiempo
para que su espíritu pueda hacer su camino detrás de la manada. Si los
rituales no se cumplen entonces los animales serán escasos. James
Vanstone elaboró un estudio basado en el entendimiento que podría
acontecer entre los humanos y los animales porque los primeros “gestaron
una serie de tabúes para prevenir que el espíritu de los animales se
sintieran ofendidos y para asegurarse así ese abastecimiento tan notable”
(Vanstone 1974: 78). Los
Dogrib creen también que pueden reencarnarse como si fueran animales y
que en esa posibilidad pueden representar los poderes especiales de los
espíritus de estos. Los dueños de éstos reciben el poder divino para
cazar, o sanar a través de los sueños. Los espíritus de la medicina que
dotan a sus dueños del poder de curar las dolencias físicas y mentales
pueden ser poseídos por hombres y mujeres. En los tiempos remotos,
emplearon muchas plantas medicinales, incluso la denominada tamarack
(alerce americano) que no necesitaba ser administrado por un shaman para
curar las enfermedades cotidianas. A cambio de los remedios médicos que
proporcionaba la tierra, los Dogrib dejaban ofrendas de tabaco, fósforos
y semillas para ella (Kurath 1966: 67-74). El
territorio Dogrib proporciona poca comida de procedencia vegetal y la
dieta alimenticia debe ajustarse al pescado y a la carne. El
abastecimiento más notable procede del alce y del caribú. Desde etapas
prehistóricas, tenían que emigrar estacionalmente a sus fuentes de
abastecimiento cárnico o cazaderos tradicionales para lo que usaban
perros y trineos en la ida, ya que el retorno solía hacerse en una canoa
de pieles elaborada al momento para descender por los ríos. Esta tarea se
cumplía en el verano. Hoy emplean las motonieves para el mismo propósito.
Las especies más valoradas han sido el puerco espín, el castor, el ratón
almizclero, el conejo, el visón, el zorro, y el lince que abastecieron de
pieles a la población para el vestido y el calzado y para el comercio en
el siglo XIX con los de la Hudson Bay Company. El pato y el urogallo
complementaron su dieta. En el invierno, los Dogrib emigraron a
campamentos de pesca donde debían romper el hielo para pescar. El consumo
se hacía en fresco y el excedente se secaba. Los perros destinados a la
compañía y al trineo consumían los mismos manjares. En
el pasado, los Dogrib vagaron por su territorio de modo seminómada,
erigiendo campamentos temporales que alojaban de dos a cuatro unidades de
producción y consumo. Después de la llegada de los misioneros en torno a
1850, las familias empezaron a visitar Fort Rae para Pascua y Navidad.
Aproximadamente, al mismo tiempo, abandonaron el uso tradicional de los tipis
por casas de madera. En la actualidad, las diferentes comunidades
suelen disponer por lo menos de uno para cumplir con los diversos
rituales. La construcción de casas de madera se convirtió en la norma
habitual cuando el gobierno canadiense instó a los Dogrib que se
realojaran permanentemente en uno de los asentamientos ubicados alrededor
de Fort Rae. La
única estructura tradicional que continuaron construyendo era el tipi
grande que proporcionó el aislamiento durante el rito de pubertad de una
muchacha. Este ritual iniciaba el primer período de una muchacha y requería
casi un año de reclusión. Durante este tiempo, tenía que proporcionarse
su propia comida, su ropa y su fuego. Una mujer adulta la visitaba para
enseñarle su conducta ética para cuando saliera de la reclusión. Los
muchachos y muchachas adolescentes se ataban tiras de piel de alce
alrededor de sus tobillos, su cintura, sus muñecas y sus cuellos porque
se pensaba que era el modo ideal de alcanzar la fuerza, el valor y la
sabiduría. Actualmente, los Dogrib mantienen una fiesta anual en la que
practican las costumbres tradicionales, incluso toman té y bailan al son
del tambor. Las
temperaturas invernales en la región de los Dogrib regularmente están
por debajo de los de 50º Fahrenheit, y los vientos son fuertes y se hacen
sentir porque traen más frío. Para protegerse contra los elementos,
elaboraron vestidos y calzados de piel de conejo y de alce. Se usaron las
raquetas para cruzar los pasos nevados. Durante las ceremonias, bromeaban
sobre los caracteres físicos de las presas y solían enmascararse con una
cabeza de caribú. 2.2.LOS
PROBLEMAS TRIBALES ACTUALES El
dialecto Dogrib se cataloga en el conjunto de las lenguas atapascanas. A
partir de 1960 se inició una revitalización de la lengua con apoyo de
programas diseñados para la comunidad y para que ésta pudiera
conservarla. Hay que tener en cuenta que el uso de la lengua no se ha
perdido porque la enseñanza del inglés no se dio hasta los años 1950
porque el Gobierno Federal no estipuló otra cosa en este caso. Como
resultado de esta política, "hoy, casi todos los niños entienden
Dogrib que es la base para poder transmitir muchas de las tradiciones
orales y que continúen vivas en la vida cotidiana" (Ryan
1995: 52). Algunas
palabras en Dogrib incluyen el vocablo in'k'on, para indicar su relación con la medicina, e igualmente el término
k'àowo que podemos traducir por chamán. La alfabetización de los
niños/as Dogrib prevé ahora para los doce grados estipulados por el
Gobierno Federal que dispongan de textos, folletos y orientaciones que
antes no estaban disponibles. Uno los problemas críticos que afectan a la
sociedad Dogrib hoy es el abuso tradicional del alcohol que introdujeron
los agentes de la Hudson Bay Company y que orientó a la vagancia y
dependencia de los occidentales (Andrews, Zoe y Herter 1998: 305-320). Ryan
proporcionó estadísticas que muestran que "cada crimen cometido
por un adulto y algunas peleas de la juventud involucran el abuso del
alcohol“ (Ryan 1995: 89). Esta
realidad negativa ha exigido la elaboración de programas educativos
orientados para erradicar esta costumbre, hasta el punto de que en todo
asentamiento autóctono se ponen letreros para que los turistas y
visitantes no introduzcan alcohol bajo pena de expulsión y ser declarados
personas non gratas. A pesar de esta barrera, los Dogrib están alcanzando
sus metas de autonomía y afirmación intentando salvar sus maneras
tradicionales. 3.
LOS HARE
Los Hare (los Liebres) están constituidos en pequeñas bandas,
semi-aisladas y dispersas desde el Yukón hasta el Lago Mayor del Oso. Se
sabe hoy que en torno al siglo XVIII se encontraban principalmente a lo
largo del río Mackenzie y especialmente en la parte más caudalosa de éste.
El idioma Hare se clasifica también como propio de la familia Atapascana
y muy relacionado con el que hablaban los indios Slavey. Hare (liebre) es
la traducción al inglés del vocablo autóctono Kawchottine;
mientras que en Hare indica la dependencia que tiene este grupo de las
pieles para hacer las raquetas para caminar sobre la nieve, para elaborar
prendas para vestir y comida. Se designan internamente como Ka so gotme
que se puede traducir como las "personas
del gran sauce". Los
Liebres representan ahora mismo una serie de bandas semi-independientes
cuya situación y población están fluctuando constantemente debido a lo
que hoy se entiende por identidad intencional, en lugar de ser un grupo
organizado. Su rasgo distintivo más importante era su confianza en las
raquetas elaboradas de liebres y conejos para la supervivencia,
especialmente en los meses de invierno; pero el idioma, la situación y la
conducta también ayudaron a separarlos de otras tribus. Estas bandas no
tenían una dirección formal, aunque los buenos cazadores y los chamanes
poderosos eran seguidos de buen grado por sus parientes y por otras
gentes. Las bandas se unían de modo informal en una ceremonia destinada a
iniciar la expedición de caza y la de la pesca. Su población se censó
en 1.180 individuos en 1991, pero esta cifra no suele responder a la
realidad como acontece con otras sociedades similares porque esto es el
resultado de matrimonios mixtos e integración de la banda, así como las
diversas separaciones que también acontecen en la historia del grupo. Los
aportes más interesantes para poder ampliar lo dicho pueden encontrarse
en John R. Swanton (1969), GENAT 1997:110-112) y Joel S. Savishinsky
(1994). 3.1.
LA HISTORIA Los
Liebres se vieron influenciados desde un principio por los europeos que se
establecieron en la zona para comercializar las pieles. En un principio
eran intermediarios. Debido a su existencia precaria e incierta, los
Liebres se abrieron mucho al comercio europeo y a su tecnología. El
primer contacto documentado con un no-autóctono se produjo en 1789 cuando
apareció Alexander Mackenzie. Después los exploradores y comerciantes
entraron en el área y el primer puesto comercial ya era fijo en 1804.
Fort Good Hope que se abrió en 1806 en el territorio de los Liebres
permitió a estos involucrarse más en el comercio de pieles. Este punto,
situado en un lugar estratégico del bajo Mackenzie ayudó a consolidar la
identidad étnica y desarrolló la organización social porque aparecieron
unos jefes comerciales que controlaron a las personas alrededor del
asentamiento. En
1859, el padre Grollier llegó a Fort Good Hope como primer misionero católico
perteneciente a los Oblatos de María Inmaculada. La actual iglesia se
construyó en 1866 y muchos Liebres se convirtieron al Catolicismo. Este
templo es hoy uno de los edificios más preciados de todos los Territorios
del Noroeste ya que fue reformado por Emile Petitot quien lo pintó y
decoró con una genialidad única que le permite estar en las guías para
turistas. Hasta
1920, los Liebres soportaron como pudieron el hambre que los diezmaba. Si
añadimos las epidemias introducidas por los anglosajones, resulta
entonces que para esa fecha estaban casi reducidos a la mitad. Es decir,
que en sólo 70 años escasos la pirámide poblacional se vio
tremendamente resentida. A
medida que se incrementaba el comercio de pieles se deterioraba la cultura
nativa, aspecto que ya procedía del siglo XIX y apareció un dato nuevo,
que los no autóctonos comenzaron a casarse con mujeres Liebres lo que
aceleró la quiebra cultural en el área, y el siguiente paso fue la
escolarización de los niños en las escuelas católicas. A raíz de estos
acontecimientos, los cazadores empezaron a ser contratados por los
misioneros. Por los años 1920, estaban divididos en tres grupos: 1) los
denominados Montañeses, 2) los Ribereños (los asentados en el río
Mackenzie) y 3) los de la Casa localizados en Fort Good Hope. En
el año 1921 se firmó el primer tratado entre el gobierno canadiense y
los indios asentados en la región bañada por el Mackenzie. Los Liebres
perdieron sus títulos a las tierras tradicionales pero guardaron el
derecho a utilizar los recursos naturales; igualmente, la administración
estatal hizo pagos de dinero en efectivo y garantizó el acceso a los
servicios médicos y educativos. La caza y el estilo de vida tradicional
habían desaparecido esencialmente para los años 1950, desde que los
Liebres tenían una población concentrada y eran económicamente
autosuficiente. Durante los años 1960, algunos Liebres volvieron a la
caza y decidieron recuperar su estilo de vida propio. Todos estos datos
ofrecidos aquí en resumen pueden ampliarse en diversas publicaciones y
autores: GENAT (1997:
110-112), Morkowit (1995) y R.
Jones (1995). El
folklore de los Liebres disminuyó a medida que la tribu se
occidentalizaba, aunque se conservó gran parte de la lengua. La parte
idiomática, la fonética, el alfabeto y otros datos lograron mantenerse
porque el grupo estaba dispuesto a ello y porque los misioneros se lo
propusieron, destacando en esta tarea Emile Petitot. Cuando se ha
investigado este ingrediente cultural, muy notable generalmente en el
discurso de la identidad étnica, se captaron influencias de procedencia
británica y menos de la francesa. El contacto fue el causante de la
ruptura con el pasado (GENAT 1997: 111; Savishinsky 1994: 158). 3.2.
LA CULTURA Los
Liebre tenían varias creencias y lo que podemos considerar como
supersticiones, aunque no parece que tuvieran un sistema de creencias muy
organizado. Los sueños y las visiones se valoraban mucho como
predicciones del futuro y por lo que guiaron las acciones de los Liebres y
sus decisiones. Creyeron también en la reencarnación, y si una persona
soñaba que se le aparecía un muerto se consideraba que él era el
difunto reencarnado. Sin
embargo se temió a los fantasmas y la consecuencia más inmediata fue que
los transeúntes que pasaban por una tumba hacían una ofrenda tradicional
de comida a las tumbas para aplacar a los muertos. Los Liebres tenían
también tabúes para comer lobos y perros, posiblemente debido a una
leyenda que indicaba que descendían de estas especies de animales. Los chamanes usaron sus sueños y sus visiones para preparar la
relación con los espíritus guardianes que les concedieron el poder. El
chamán curaba cantando y chupando fuera del cuerpo del enfermo las
substancias que se pensaba eran venenosas y causaban la enfermedad.
Quienes eran curanderos se consultaban
a menudo cuando venían malos tiempos. La creencia común era que
cuando cantaban pensaban que invocaban a los espíritus y que actuando así
atraían la caza y ayudaban a alejarse a los enemigos. Los aspectos
religiosos, las tradiciones chamánicas, los cantos espirituales, los
rituales y su desarrollo son algunos de los datos que recogió Emile
Petitot en las obras citadas y otras. Los
Liebre tenían dos tipos básicos de viviendas. Los tipi que podían
cubrirse con musgo o pieles para lograr el aislamiento y los pequeños
refugios que también se usaron de modo estacional y que podían cubrirse
también con pieles y musgo. Como el área de ocupación era considerable,
las moradas eran grandes y disponían de numerosa tipología, la misma
cambió también a raíz de 1806 cuando se acogieron a la protección de
la misión. Una
variedad de circunstancias favoreció que la vida de los Liebre fuera
incierta y precaria. Las personas dependían casi completamente de las
liebres y conejos para la supervivencia. Los
periodos fluctuantes en las manadas de estas especies causaron
hambres que llevaron a la muerte por inanición. Es más, estos animales
eran capturados por otros grupos aunque no los tuvieran como
inmediatamente importantes en la dieta; pasó que el comercio de pieles
incrementó las actividades de caza y el descenso de las presas a nivel
global porque esta tarea influyó también en la repoblación y al no
tener capacidad reproductora en la zona pues la vida se hacía más difícil.
La
disminución de presas obligó a quebrar las normas tradicionales de la
dieta y en cada región comenzaron a aflorar nuevos platos. Los que
ocuparon el sudoeste de su territorio iniciaron una dependencia del alce,
mientras que los grupos del nordeste lo hicieron del caribú. Ambos se
capturaban con flechas y lanzas. Igualmente, hubo necesidad de practicar
la pesca de la trucha y del salmón, actividad en la que empleaban redes,
anzuelos y arpones. Dado
su nombre, no es sorprendente que los Liebres hicieran también su ropa de
las pieles de estas especies. Las mismas se cortaban en espiral. Con las
tiras continuas y largas formaban anoraks, camisas, mantas y mocasines.
Del caribú y del alce cogían pieles para los pantalones, polainas,
capuchas, chaquetas y camisas. Las decoraciones
en la indumentaria se hacían con los pelos de alce y se usaban las
púas de puerco espín para el ajuste de los mismos. También se usó el
tatuaje facial y del cuerpo pintando todo como una decoración que
recordaba el pasado. La
historia particular de cada detalle relacionado con este apartado puede
verse en Judy Thompson que es una buena fuente etnográfica. 3.3.
LA RELIGIÓN TRADICIONAL Los
sueños y las visiones se entendieron siempre como las predicciones del
futuro y caminos seguros para guiar las acciones de los Liebres y tomar
decisiones. La
tradición señala que había pocos rituales para los momentos de
nacimiento y pubertad; mientras que los ritos fúnebres eran abundantes,
así como los que podemos conceptuar hoy de políticos. Una fiesta notable
era la que se celebraba para indicar la primera muerte simbólica de un
muchacho, pero no había ningún ritual para nacimiento masculino o la
llegada a la pubertad. Al iniciarse la menstruación se aislaban a las jóvenes
en un refugio donde cumplían con varios tabúes de comida y aprendían
normas de conducta apropiada. Los
Liebres observaron también varios tabúes para prevenir el hambre, la
enfermedad, la muerte y el mal tiempo. El concepto de compartir fue
especialmente importante: la adopción entre las familias diferentes
permitió a los niños y a los padres ampliar los límites del amor
familiar; es más, toda la comida sobrante se distribuía a los miembros
necesitados de la banda, y no había ninguna propiedad individual o
herencia de la tierra que siempre se ha pensado como comunal o colectiva. Los
jóvenes de ambos sexos se iniciaban en el noviazgo a una edad temprana, a
iniciativa de sus padres. El matrimonio se iniciaba en la juventud y el
divorcio se lograba fácilmente si la pareja daba muestras de
incompatibilidad. No había ninguna ceremonia especial para el matrimonio,
pero se pactaba que el marido realizara una cierta tarea como pago a la
familia de la novia, razón por la que la pareja residía un tiempo con la
familia de la esposa. Las
parejas no permanecían necesariamente con la misma banda; los lazos
familiares entre los diferentes grupos eran flexibles y contaban con un
refrendo social para facilitar la movilidad, especialmente cuando las
familias se enfrentaban con las marchas estacionales, las enfermedades o
la inanición. El sororato y el levirato fueron practicados también
cuando las circunstancias así lo indicaban. Los
Liebres realizaron los entierros en andamios y una señal cercana indicaba
a los transeúntes el lugar de la tumba de una persona. Esta indicación
tenía como motivo impedir al alma muerta frecuentar al vivo. Los
entierros eran dirigidos por un especialista contratado al efecto.
Tradicionalmente, todas las pertenencias del difunto y las de sus
parientes inmediatos eran destruidas y esto se modificó con la
redistribución que afloró como consecuencia del contacto con europeos.
Algunos de los aspectos de la religión tradicional en todos los
Territorios del Noroeste han sido ofrecidos por Joan Halifax (1995) que
basó la síntesis de su estudio en numerosos autores. 3.4.
PROBLEMAS TRIBALES ACTUALES En
la actualidad hay dos núcleos importantes para los Liebres: el
asentamiento de Fort Good Hope y el de Colville Lake. La distancia entre
ambos viene a ser de unas 100 millas. El primero cuenta con una refinería
cercana así como una escuela y un centro de salud; el segundo está mucho
más aislado. El contacto con no-nativos es pequeño aparte de los
turistas ocasionales, misioneros y comerciantes, y ahora cuando se dedican
a cazar lo hacen con los fusiles modernos, aunque ya no se hace con los
criterios de subsistencia como en el pasado. A pesar de la distancia, los
dos centros mantienen una comunicación fluida y se pactan matrimonios
porque entienden que es un modo de ayudar a la identidad étnica. 4.
MÉTIS
O MESTIZOS
Los
Métis o mestizos son un grupo cuyo nombre deriva de una palabra francesa
para señalar a los individuos que son descendientes de mujeres autóctonas
y comerciantes europeos de pieles. La mayoría de esta población que
lleva sangre francesa procedió en origen mayoritariamente de las uniones
entre hombre francés y mujer Cree u Ojibwa; de este modo se diferenciaban
de los Assiniboin que eran lo mismo pero los compañeros procedían de los
colonos ingleses, escoceses, irlandeses o escandinavos llegando en
ocasiones a ser considerados éstos como una tribu india más porque las
mujeres eran sioux, hasta el punto de que aún se les considera como una
sociedad más de esta tribu (Driben 1985: 27-35). Los
Métis aparecieron en la costa del Este desde que se inició el comercio
de pieles, y después surgieron en la región de los Grandes Lagos. Ya en el siglo XIX, se aplica este término a aquellos que
desarrollaron una identidad común en las llanuras de Canadá, así como a
sus descendientes. Con lo poco expuesto hasta el momento, no creo que
extrañe el decir que el linaje mestizo ha causado, y continúa causando,
muchos debates acerca de su definición correcta y de su identificación.
De suyo, cuando Joe Sawchuck comentó en su libro, The Métis of
Manitoba: Reformulation of an Ethnic Identity, “es más fácil definir
lo que no es un signo del Métis que aislar uno que lo sea” (p.
7). Históricamente,
los Métis eran grupos nómadas y autónomos que se adaptaron y realojaron
como exigían las condiciones políticas, ecológicas y sociales. Como
resultado, había numerosos períodos de desplazamiento de la mayoría de
la población que emigraba a Alberta, Saskatchewan y a lo largo de la
frontera con Dakota del Norte en los Estados Unidos. Parece ser que el
primer nombre que recibieron para diferenciarlos de otros grupos sociales
fue el de corre-selvas porque se emplearon en la captura de
animales destinados al comercio peletero como ya hemos puesto de
manifiesto (Junquera y Valladares 2001: 225) Generalmente
hablando, siguiendo la Rebelión del Noroeste de 1885 y la emigración
resultante hacia el oeste, los Métis podían encontrarse desde el Lago
Superior hasta Alberta. Como un testamento a su independencia, han
rechazado el realojo que los hubiera situado en alguna de las reservas
gubernamentales y optaron por formar sus propios asentamientos. Hoy,
organizaciones mestizas como Alberta Federation of Métis Settlements representan,
solicitan y negocian sus intereses ante el gobierno federal. La población
se estimó para mediados del siglo XIX, según Arthur J. Ray, "en
sólo 500 personas en 1821, aumentó a casi 1.300 en 1831 y a 2.600 en
1843. Por 1856 la población había subido a 3.250, mientras que en 1870
excedió los 12.000” (Ray 1974: 26-27). Según los datos del Censo
de 1991, había 135.285 Métis que se identifican como tales
(INAC 1991). 4.1.
LA HISTORIA La
historia de los Métis comenzó con la llegada de los comerciantes de
pieles de nacionalidad francesa que eran aventureros ante todo y conocidos
al principio como voyageurs (viajeros)
y poco después corre-selvas como ya está indicado. Estos
penetraron en los bosques y praderas del Canadá occidental durante
el siglo XVII. Careciendo de la especialización requerida para sobrevivir
en condiciones duras y salvajes del interior, los blancos buscaron
instrucción en la población nativa. Los
indios canadienses occidentales (los Cree y los Ojibwa) y los Assiniboin
acomodaron a los comerciantes de la mejor manera posible y les ofrecieron
servicios; actuaron como sus guías, intérpretes, canoeros, tramperos y
cazadores. Igualmente proporcionaron a los voyageurs el pemmican
(vocablo que significó lengua de búfalo seca en un
principio pero que luego se aplicó a todo tipo de carne seca), ropa y
mujeres. Cuando la moda de pieles representó un boom económico en Europa
a finales del siglo XVII y principios del XVIII, muchos comerciantes
franceses se encontraron lejos de casa y solos. La mayoría estaban
empleados en la Hudson Bay Company, una compañía peletera británica que
inició su expansión hacia el Oeste desde las orillas de la Bahía de
Hudson. A
través de unas uniones casuales en ocasiones y formales en otras, entre
los hombres franceses y las mujeres Nativas, nacieron los Métis. Al
principio, los políticos franceses animaron estas relaciones bi-raciales,
especialmente cuando el ingenio autóctono era necesario para la
supervivencia de la colonia y el comercio de pieles. No olvidemos que
Francia debe retirarse obligatoriamente de Canadá a raíz de la firma del
Tratado de Utrecht, pero mantuvo soldados y funcionarios como unos 70 años
más. La
antropóloga Jennifer D. H. Brown en su libro Native People, Native
Lands, afirma que “alguna descendencia biracial nació de
matrimonios eclesiásticos formales ... los oficiales franceses apoyaron
estas uniones en la esperanza de llevar más allá su política de
afrancesamiento, convirtiendo a los indios y construyendo la población de
Nueva Francia” (Brown 1996:29). No obstante, con el incremento de
colonos blancos en el siglo XVIII surge una actitud de rechazo y exclusión
hacia los Métis. Desde este momento, este grupo social empezó a
establecerse en pequeñas comunidades entre la región de los Grandes
Lagos y el valle del río Rojo, segregándose de los asentamientos
blancos. Sin
tener en cuenta la marginación social, como el comercio de pieles se
incrementó y afloró la dominación de la Hudson Bay Company,
resultó los comerciantes necesitaron de los Métis porque estaban dotados
de especialización peletera y tenían capacidad para buscar comestibles.
El monopolio que gozaba la Hudson Bay Company en el Oeste
canadiense acabó en 1780 con la creación de la North West Company.
La competencia entre ambas sociedades
comerciales obligó a la segunda a establecer un punto fijo de
influencia en el interior y este fue Fort William más arriba del Lago
Superior. Los
comerciantes de la North West Company encontraron en la nueva población
de Métis, convenientemente localizada entre los indios del oeste y sus
competidores al norte, una fuente viable para lograr comida y trabajo. En
palabras de Paul Driben, en su obra We Are Métis, "esto eliminó
la ventaja geográfica de los comerciantes de la Hudson Bay Company que
empezó a sufrir cuantiosas pérdidas financieras y los suministros cada
vez fueron menos" (Driben 1985:17).
En
1811, como un contraataque a la estrategia de la North West Company,
los comerciantes de la Hudson Bay Company establecieron su propio
asentamiento en el interior, en la confluencia de los ríos Rojo y
Assiniboin (cerca de Winnipeg, Manitoba). Este lugar recibió el nombre de
Red River Settlement, y estaba en la ruta comercial preferida de la
sociedad enemiga. Para consolidar
su control en el área, la Hudson Bay Company animó a la población
dispersa de Métis a que emigrara
al lugar. Esto aseguró el acceso exclusivo a la comida y a los servicios
proporcionados por éstos. En
el más puro y típico estilo
colonial, en lugar de confesar las ventajas económicas de tal migración,
los comerciantes se centraron en manifestar su argumento como asunto
desinteresado y con un idioma altruista. Los comerciantes argumentaron,
como cita John E. Foster en Native Peoples: The Canadian Experience,
“es muy peligroso apoyar a una numerosa población de... [Métis]... y
sería impropio e inexplicable el animar a que se junten en las diferentes
partes del país dónde no podrían estar bajo control" (Foster
1995: 31). A raíz de estos acontecimientos, los Métis nómadas empezaron
a formar una comunidad notable en el río Rojo. Al
desligarse de la Hudson Bay Company, la nueva comunidad de Métis
empezaron a negociar los comestibles con las dos compañías. Esta
diligencia era como el anatema que esperaba la citada sociedad peletera
para hacerse con el monopolio perdido, especialmente en lo concerniente a
abastecimiento de la cocina de procedencia mestiza. Para retener los
derechos exclusivos sobre los mismos, y sobre el más importante, el
pemmican que alimentaba a los tramperos a lo largo del año, la Hudson
Bay Company solicitó la promulgación de la Pemmican Proclamation en
1814. Hasta ese momento, la carne de lengua seca (cecina de lengua de búfalo),
se podía vender a cualquiera y
la promulgación de una norma pretendía evitar precisamente eso. Este
era un esfuerzo importante y que a la fecha se puede extraer que esta
compañía contaba con gentes influyentes en Londres. Lo que se pretendía
era claro: estrangular a la competencia cortándole el abastecimiento de
comida por medio de una norma; de este modo, el mercado de pieles terminaría
por ser suyo otra vez, una vez que la competencia careciera de
abastecimiento. Una vez que se logró la vigencia de la ley todos estaban
obligados a cumplirlo incluidos los mestizos. Entretanto,
la North West Company demostraba ser un competidor feroz, pues tomó
una posición muy activa para asegurar su suministro de pemmican. Para
ello, fomentó la idea de una identidad distinta entre los Métis y animó
cualquier toma de posición y decisión contra la Hudson Bay Company y la
legislación que afectaba al Pemmican. Según
Julia D. Harrison en Métis, People Between Two Worlds, “la
compañía les advirtió que la entrada de colonos en el territorio habría
supuesto el fin de su estilo de vida, libertad e individualidad”
(Harrison 1985: 11). La estrategia de la North West Company produjo sus
consecuencias en 1816, cuando un batallón de 70 Métis dirigido por
Cuthbert Grant, atacó la oficina principal de la Hudson Bay Company en el
asentamiento del río Rojo, matando a 21 comerciantes. Entre los muertos
estaba el gestor de la Pemmican Proclamation. Esta
incursión, conocida como la Battle of Seven Oaks (Batalla de los
Siete Robles), originó un modelo de rebelión que duró casi un siglo. En
dos ocasiones del siglo XIX, los Métis se levantaron en armas para
defender su tierra y estilo de vida de los colonos externos; la primera
fue la First Riel Rebellion en 1869 y la segunda fue la Northwest
Rebellion en 1885. Estos acontecimientos muestran ya una evidencia
infatigable de alcanzar la libre autodeterminación de por parte de los Métis. Cuando
la Hudson Bay Company y la North West Company se fusionan en 1821 con el
nombre de la primera, una mayoría de la población de Métis se cambió
de sitio en cuanto los puestos comerciales eran abandonados y se
consolidaron los nuevos modos de funcionar. Mientras que algunos
retuvieron sus terrenos a lo largo del Río Rojo, otros se fueron a las
llanuras como si fueran nómadas que dependían permanentemente de la
caza. La mayoría adoptó un estilo de vida combinado; durante los meses
de invierno se establecían en campamentos temporales. En las llanuras se
lograron asentamientos más permanentes. Los
cambios radicales acontecieron en 1869 cuando las tierras de la Hudson Bay
Company se cedieron al gobierno canadiense recientemente establecido.
Desatendiendo los modelos de asentamiento de los Métis, consistentes en
tiras largas de tierra que estaban fijadas en las riberas, las mismas que
los agrimensores gubernamentales empezaron a vender a los colonos. Este
dato que afectó a las relaciones entre la cultura tradicional y la
burocracia llevó a Louis Riel, hijo de francés y mujer mestiza, a
establecer un gobierno provisional en el asentamiento del río Rojo.
Aunque sólo duró un año, el National Committee of the Métis del Río
Rojo tuvo un éxito temporal: negoció la Manitoba Act de 1870 con el
gobierno canadiense. El documento aseguraba 1.400.000 de acres de tierra a
los descendientes de los Métis. Desgraciadamente, la confusión acerca de
quién era descendiente de Métis y quién no, invalidó la acción. Poco
después, Louis Riel se retiró a Montana y se desterró voluntariamente.
La historia no había atendido el último reclamo de Riel. Después de la
colonización blanca del Valle del Río Rojo, el gobierno canadiense
continuó ignorando a los Métis. El
encogimiento de hombros gubernamental, la celebración de una asamblea
mixta de colonos blancos y mestizos de todos los sitios forzó a Louis
Riel a retornar del destierro en los Estados Unidos y a luchar por la
causa. Después de que Riel regresara a Manitoba, la comisión de los Métis
bajo Gabriel Dumont (que pertenecía al grupo) intentó las negociaciones
con el gobierno. Juntos prepararon un Bill of Rights, que incluía los
Derechos, las peticiones e incluso los repartos de la tierra, recursos
para las escuelas y hospitales, y representación de los Métis en la
legislatura. El
gobierno canadiense todavía era reacio a reconocer las demandas de los
mestizos. Historia se repetía cuando Riel y sus seguidores crearon un
otro gobierno provisional. Ante este acontecimiento, las autoridades
canadienses enviaron un cuerpo de ejército formado por fuerzas compuestas
de la Policía Montada de Canadá y Voluntarios del Príncipe Alberto. Los
de Riel que estaban acampados decidieron luchar cuando advirtieron de que
las autoridades habían rechazado con desprecio unas negociaciones pacíficas. Los
primeros disparos de la rebelión se cruzaron el 26 de marzo de 1885 en
las cercanías de Duck Lake (Lago del Pato). Las fuerzas de los Métis
exigieron una victoria, pero después de unas semanas de resistencia
armada, Riel, Dumont y su ejército de Métis y aliados indios
simpatizantes fueron derrotados en Batoche en el mes de mayo del año
citado. Gabriel Dumont escapó rápidamente a los Estados Unidos y Riel se
rindió a las autoridades el 15 de mayo. Fue juzgado y se le acusó de
alta traición. El Métis más notorio en la historia canadiense fue
ahorcado el 16 de noviembre de 1885 en Regina, Alberta. La
determinación de los Métis para obtener lo que era legítimamente suyo
ofreció la triste noticia de la pérdida de centenares de vidas. Para
evitar otro brote de violencia, el gobierno canadiense decidió escuchar y
atender las peticiones de los Métis. En 1885 el gobierno nombró la
Street Commission para vigilar la distribución de la tierra a los Métis.
Esta acción se intentó hacer a través de un sistema conocido como el
Scrip Program. Un scrip era un certificado gubernamental que le permitía
a los Métis intercambiarlo por dinero o tierra. El primero era
amortizable en efectivo al momento y el de tierra se canjeaba por una
parcela al precio de entonces. Sin
embargo, aunque esto estaba bien intencionado, había problemas socio-económicos
inherentes con la ejecución del programa. Por ejemplo, los especuladores
de terrenos compraron los certificados mestizos y vendieron la tierra con
una ganancia más que prudente cuyo resultado fue el encarecimiento de la
tierra. Por último, el concepto de poseer la tierra era extraño a los Métis
que habían estado viviendo como nómadas en Canadá Occidental durante
siglos. Muchos
Métis aceptaron el dinero y lo emplearon en la subsistencia inmediata.
Otros Métis rechazaron cualquier propuesta porque ofrecía lo contrario
de lo que opinaban al respecto, porque no pudieran encontrar a un
traductor de inglés que los acompañara para ser oídos. El programa
basado en el scrip resultó fatal para la sociedad de los Métis. Los
que habían tomado el dinero se volvieron pobres al momento porque lo
gastaron. Los que optaron por la tierra encontraron que era escasamente
cultivable y los terrenos adjudicados acusaron pronto las enfermedades
naturales y las pestes. Finalmente, el programa sirvió para introducir
una cuña entre los Métis y los otros grupos Nativos de Canadá, aspecto
que sigue vigente de algún modo. Para
escapar de la pobreza y la discriminación, muchos Métis se alistaron en
las fuerzas armadas durante las grandes contiendas: Primera Guerra
Mundial, Segunda Guerra Mundial y Guerra de Corea. No será hasta los años
1970, cuando vuelvan a plantearse y solicitarse las demandas de Louis Riel
de los años 1880. Para volver a encender el orgullo cultural, los Métis
auparon la figura de Riel para convertirla en el símbolo de sus
reivindicaciones. En
Native Roots, Jack Weatherford apunta que Riel simboliza a las
personas independientes del Oeste, para las que solicitaba una nueva nación
para todos los que tuvieran sangre mestiza. Weatherford describe en una
balada reciente como los cantantes preguntan sobre quien es Riel y en la
respuesta dicen: “nosotros somos Louis Riel” (Weatherford 1991:
73). 4.2.
LA CULTURA MESTIZA Este
apartado voy a desarrollarlo siguiendo unos puntos que podemos considerar
en conjunto como los idóneos para traducir la realidad de este grupo. Los
mismos se amplían a continuación y sigo para ello por aportes de
Marcel Giraud (1986) por ser hoy por hoy los más idóneos.
4.3.
La religión MESTIZA Los
primeros misioneros católicos llegaron a las tierras mestizas en 1818 y
poco después llegaron los anglicanos y los presbiterianos. La religión
organizada sirvió como fuente de apoyo y unidad para los Métis y muchos
se convirtieron ante esta posibilidad novedosa. Los misioneros que se
establecieron entre los Métis les ofrecieron también la oportunidad de
obtener una educación formal en las escuelas misionales, lo que permitió
la asimilación de la cultura europea. El sincretismo afloró al momento y
aspectos como la lengua, la religión, el bordado, los adornos, el vestido
y otros muchos detalles fueron adquiridos. 4.4.
El idioma El
idioma ha sido siempre un
factor particularmente decisivo a lo largo de la historia de los Métis.
Algunos son Cree y otros Ojibwa. Los idiomas nativos de estas tribus eran
mixtos con el francés por lo que se crearon nuevos
dialectos que desafían la posibilidad de una clasificación fácil.
El idioma es una combinación de lenguas autóctonas y del patois francés,
con escocés y expresiones del gaélico. De
hecho, la incapacidad para estereotipar a los Métis por el idioma o por
otro detalle cultural llevó a los Cree a crear un nuevo nombre para
ellos. Según Foster, el Cree es el vocablo por el que se identifican
estos con O-tee-paym-soowuk, o “su-propio-jefe”. El estudioso Marcel
Giraud vertió alguna luz en el uso del idioma en 1986 en su trabajo The
Métis in the Canadian West
en el que describió su vida cotidiana: "el idioma ...
alternó entre los dialectos indios usados en las familias y el francés
de Québec. Todos se modificaron por las expresiones de las lenguas
indias... y se modularon por entonaciones del sonsonete que revocaron el
acento de los nativos y permanece hoy como característica” (Giraud
1986: 102). Actualmente, se imparten clases en idioma Métis y se están
publicando vocabularios y diccionarios en los diferentes dialectos. Esto
representa un renacimiento lento de cultura de Métis. 4.5.
LAS VIVIENDAS Los
Métis tendieron a establecer sus hogares en las tiras largas de tierra de
su propiedad, preferentemente cerca de una fuente de agua. La anchura de
su tierra era modelada por la vista, con una tenencia que se "extiende
desde donde uno está hasta donde uno podía distinguir un caballo de un
hombre ... lo que puede considerarse como aproximadamente cuatro millas",
así se expresa Fraser Symington en The Canadian Indians (1969:
14-15).
Sus
casas eran estructuras simples de leño y encima se ponía una piel de búfalo
que se estiraba; este techado ofreció protección de los elementos
mientras permitía entrar la luz del sol. Las descripciones de las casas típicas
ilustran su disposición para lo funcional, con muebles esparcidos que
sirven a menudo para más de un uso. La falta de mobiliario también sirvió
para hacer más fácil el acomodo de las grandes recolecciones. Los
Métis tenían fama de buenos cazadores de búfalo y los campamentos
temporales de invierno eran establecidos para que las familias pudieran
seguir a los animales con más facilidad. Estas personas eran conocidas
como los hiverants y vivían en cabañas de troncos. Todavía,
cuando los colonos empezaron a actuar en las tierras de los Métis en el
siglo XIX, algunos residieron permanentemente en sus cabañas invernales y
las estructuras se volvieron más sofisticadas. Por este tiempo, el
Catolicismo se había arraigado firmemente en la sociedad Métis y una
estructura grande fue erigida para alojar a la iglesia local y al
sacerdote. 4.6.
La subsistencia Dos
veces por año, una por la primavera y otra por el invierno, las
comunidades marchaban fuera a la caza del búfalo. La Great Buffalo
Hunt era la piedra angular para los Métis y los colonos. Los
comestibles proporcionados por la caza fueron lo suficientemente
importantes como para llevar a Symington a comentar que "los Métis
engañan a los cazadores de pieles porque se han dado cuenta que ellos
pueden ocupar una posición de bisagra entre los centros de abastecimiento
y los grandes comercios” (Symington 1969: 141). Cuando
la carne capturada por los hombres era más que notable, las mujeres se
dedicaban a preparar pemmican. Este proceso consistía en desollar al
animal y cortar la carne en tiras delgadas que se colgaban para secar. Una
vez que se completaba esta fase, las mujeres pulverizaban la carne seca,
la mezclaban con frutos secos y lo almacenaban en sacos de piel de búfalo.
De esta manera el Métis produjo una comida muy nutritiva, no perecedera
que era comestible durante años. Se usaban todas las partes del búfalo,
unas para comida, otras para vestido y pieles para los comerciantes. En
1980, cuando Canadá debatió su Constitución, el Native Council of Canadá
incluyó el reconocimiento de las lenguas autóctonas que específicamente
se reconocían como canadienses e indígenas, como las habladas por los
indios, los Inuits y los Métis. El suministro y demanda de pemmican en el
comercio de pieles en el Canadá Occidental eran tan cruciales en
ocasiones que llevó a los Métis a concebir una innovación tecnológica
para transportar las cantidades grandes con más facilidad. Las Red
River Carts (carretas de tiro por acémilas en tierra y barcas en el río)
permitieron a los Métis viajar a miles de millas de distancia y sortear
los pantanos. Lo
más importante con este medio de transporte es que pudieron llevar
toneladas de pemmican a los puestos comerciales. El orgullo familiar afloró
en el equipamiento de la carreta, y se decoraron con mimo y atención.
Aunque los europeos intentaron convertir a los Métis en agricultores,
todos los esfuerzos resultaron fallidos porque les gustaba más la vida nómada
y porque la tierra concedía menos ingresos que la caza del Búfalo. 4.7.
Vestido y Adorno Los
Métis son hábiles para hacer bordados y adornos para decorar sus casas,
elaborar mocasines y polainas. Estas habilidades se manifiestan también
en los calificativos que otros grupos hacen de ellos pues los Cree y los
Sioux los denominan “personas de las flores” por la combinación que
hacen con todos los colores (MacEwan 1981: 42). Las jóvenes captaron los
estilos decorativos europeos en las escuelas misionales. Las fotografías
históricas existentes de las mujeres Métis ilustran la incorporación de
la cultura blanca en sus vestidos. Esta mezcla se manifestó en modas que
combinaron la europea con la nativa. Los
Métis adoptaron una propensión europea por llevar sombreros. Harrison
describió este fenómeno como un gran acontecimiento social, hasta el
punto de que “los sombreros de moda se engalanaron con cintas”
(Harrison ). El distintivo más
típico que se viste como accesorio es una faja llamada Assomption que
se cogió prestada de los voyageurs franceses del siglo XVI. Incluso hoy,
algunos Métis se ponen esta faja para identificarse como grupo. 4.8.
Las Prácticas curativas Considerado
el modelo de asimilación ejercido entre los Métis y su adaptabilidad a
las maneras europeas de sus raíces paternas, no es sorprendente que en
sus prácticas de curación utilizaran elementos de ambas tradiciones.
Esto constituyó el surgimiento y presencia de una naturaleza humana más
saludable que las gentes propiamente nativas o europeas en el Canadá
Occidental en el momento histórico concreto. Aún así y todo, el azote
de la enfermedad afectó a los Métis junto con el resto de la población,
a pesar de los esfuerzos de vacunación por parte de la Hudson Bay
Company, la tuberculosis, el sarampión y la viruela, tuvieron un efecto
devastador entre los Métis en el siglo XIX. 4.9.
Las costumbres La
mayoría de las costumbres de los mestizos están relacionadas con la caza
del búfalo. En lo oportuno de una tribu nómada, las recolecciones
sociales tendieron a ser casuales y espontáneas en lugar de ser
formalmente simbólicas o conmemorativas. Los Métis eran (y lo siguen
siendo) unos juerguistas notorios y al volver de la caza de primavera
organizaban una gala de regreso al hogar consistiendo en una fiesta y
bailando; la novedad es que bailaban al son del violín que era de
procedencia europea. Junto
con el comer y el bailar, los Métis disfrutaron del tabaco. De hecho, tan
importante era el tabaco que cuando recorrían distancias largas medían
el tiempo de la jornada por el número de cigarros consumidos. Julia D.
Harrison explicó que “hoy los descendientes de los tramperos en las
regiones norteñas de Canadá, miden sus desplazamientos por el número de
pipas fumadas” (Harrison 1985: 36). Reflejando
la influencia de la iglesia en la sociedad mestiza, resulta que los Métis
son observadores estrictos del Sabát. Mientras acontecía el culto
religioso, la mayoría de los domingos estaban socializados y se los
pasaban jugando y bailando. También guardaron las fiestas religiosas
francesas, como la de San Juan Bautista, el 24 de junio. Esta observancia
exigió eventos deportivos organizados y una fiesta importante. Este
festejo se celebra aún aunque el motivo ha cambiado pues ahora está
dedicada a celebrar el orgullo franco-canadiense. 4.10.
LOS PROBLEMAS TRIBALES
ACTUALES Los
Métis continúan estando afectados por los problemas de identidad racial.
En los años sesenta, se organizaron al amparo de grupos como la Manitoba
Métis Federation, la Métis Asociación de Saskatchewan y la Canadian Métis
Society. Sin embargo, cuando el gobierno no reconoció a los Métis como
una tribu indígena distinta en ese momento, resultó difícil que fueran
escuchados. Como
consecuencia, muchas organizaciones de Métis se aliaron con otra más
amplia conocida como Native Council. En 1980, cuando Canadá debatió su
Constitución, el Native Council tenía presente entre sus objetivos el
reconocimiento de las lenguas autóctonas y que luego reconoció específicamente
las de los indios, Inuits y Métis. En esta época, los Métis no eran indígenas,
pues estaban fuera de este calificativo y se situaban entre los indios y
la sociedad blanca. Esta
distinción importante estaba perdida en el Native Council y en el
gobierno. Como consecuencia, los Métis decidieron formar una organización
que dirigiría sus demandas en sus condiciones. En 1983, el Métis
National Council fue fundado para solicitar al gobierno las demandas de
las tierras adjudicadas en la Manitoba Act de 1870, así como la inclusión
de textos Métis y cursos en las escuelas canadienses, y para alcanzar la
autonomía. En 1985, el gobierno federal plantea una discusión sobre las
exigencias mestizas, mientras se decide una definición de lo que es un Métis.
¿Quién es un Métis?. Después de cuatro siglos la pregunta todavía es
discutible y desgraciadamente impide su unificación. 5.
los
inuit Durante
muchos siglos, los extraños se han referido a los Inuit denominándolos
"Eskimales". Este término es inaceptable para los Inuit porque
en la lengua Cree significa “gentes que comen la carne cruda” y con énfasis
de desprecio. Prefieren el nombre que siempre han conocido y por el que se
refieren a sí mismos: Inuit, que quiere decir "la gente" en su
propio idioma, el Inuktitut. Los
Inuit ocupan extensas áreas de los Territorios del Yukón, Territorios
del Noroeste y Nunavut que es la nueva autonomía alcanzada el 1 de abril
de 1999. Tradicionalmente, los Inuit han vivido en el norte y
predominantemente en la tundra, aunque en ocasiones han tenido
asentamientos en la costa meridional de la Bahía del Hudson. Las Islas Árticas
más septentrionales han sido su hábitat más normal. No voy a extenderme
en este apartado porque está siendo de tratamiento aparte en lo que es
exclusivo de los Territorios del Noroeste. En
el Norte Canadiense viven aproximadamente 55,700 Inuit en 53 comunidades
habiendo crecido rápidamente la población Inuit en las últimas décadas.
Si las previsiones de vida se cumplen como sugiere la Statistics Canada
habrá 84.600 Inuit en el Norte para el año 2016. La
presencia de los Inuit en Canadá se fechan por lo menos desde hace 4.000
años. Su cultura está profundamente arraigada en la tierra en la que
habitan. Durante miles de años, han observado detenidamente el clima, los
paisajes, los océanos y los sistemas ecológicos de su entorno. Con este
íntimo conocimiento de la tierra y sus habitantes (flora y fauna), han
desarrollado tecnología y habilidades singularmente adaptadas a uno de
los entornos más duros y hostiles del planeta.
Hoy día los Inuit cuentan con acceso a tecnología punta, como es
Internet y telecomunicaciones. En el primero tienen portales para
manifestar su cultura tradicional ya que muchos de sus ingredientes se han
empleado para compararlos con datos arqueológicos del mismo Canadá y de
otras regiones del mundo más alejadas. Cuentan con cadenas propias de
radio y televisión para manifestar más de cerca quiénes son, que han
sido y qué desean ser en el actual marco político de Canadá. Son
muchos los que aún conservan sus tradiciones de caza, pesca y folklore
como acontece con el canto y el baile Inuit, y especialmente los aspectos
que incluyen la danza del tambor y el canto gutural, que juntos
representan una experiencia hipnótica. Igualmente, la escultura Inuit es
muy apreciada por museos y coleccionistas en Canadá, Europa y otras
partes del mundo.
6.
DEL PASADO A LA MODERNIDAD: LA TRANSICIÓN
A partir de este momento y hasta concluir este ensayo, cuando
aparezca el vocablo Dènè hay que entenderlo como referente a Slavey,
Hare, Dogrib y otros grupos sociales que han encontrado en esta realidad
la razón de hacer frente al futuro. Igualmente, casi la totalidad de
estos datos han sido ofrecidos en un ensayo anterior (Junquera-Valladares
2001: 223-260). No se puede entender la vida social actual de los Dènè,
Inuit, Métis y de otras etnias sin valorar el cambio profundo y rápido
que ha acontecido en Canadá por parte de todos: francófonos, anglófonos
y totalidad de las diferentes sociedades autóctonas. Esto se debe a un
cambio de mentalidad entre los que gobernaron siempre y los gobernados que
se sintieron algo en los últimos tiempos. La
opinión pública canadiense comenzó a cambiar respecto de los autóctonos
asentados en el territorio nacional. Esto comenzó a suceder a partir de
1960; igualmente se modificaron las razones que aduciría cada una de las
partes para decidir su propio futuro. No se consideran en este estudio los
acontecimientos ocurridos a partir de 1867 cuando se promulga el Acta Británica
Norteamericana, ni los de 1876 en que se aprueba la primera Acta Indígena
ni tantos otros documentos que afectan a las sociedades nativas. La
legislación anterior a 1960 es interesante para el conocimiento histórico,
pero su magnitud excede con mucho las posibilidades de este ensayo.
Desde hace 30 años, los indígenas de Canadá se han visto
involucrados en sucesos novedosos: 1º) los líderes educados en centros
estatales comenzaron a organizarse y a rechazar el paternalismo
gubernamental; 2º) la mayoría blanca cambió de actitud y adquirió
conciencia de que había estado oprimiendo a las minorías durante siglos;
3º) la sociedad canadiense buscó formas para eliminar la pobreza y
desigualdad en que se encontraban los nativos porque era una incongruencia
que tal asunto ocurriera en uno de los países más desarrollados y ricos
de la tierra que en estos momentos, según el PNUD, ocupa el primer puesto
en el ranking mundial (PNUD 1999). Se puede sugerir que en los últimos
años indígenas con status, indígenas sin status, dènè,
inuit y métis han logrado mejoras sustanciales en la
calidad de vida aunque aún no estén al mismo nivel que los descendientes
de anglosajones y franceses.
Hay datos que permiten avalar este bienestar. En 1945 los nativos
eran pocos ya que apenas llegaban a 120.000 individuos, mientras que para
1980 eran más de 300.000 (INAC 1995: 13). Si nos fijamos en datos
educativos para el mismo periodo, vemos que de unos 17.000 alumnos de
primaria se pasa a 80.000 y se consiguen cerca de 3.000 universitarios que
representan una cifra más que notable en esos años. Igualmente, en ese
tiempo, el gasto pasó de 7 a 850 millones de dólares canadienses
(Henderson 1981: 27-31).
Interesa resaltar que la década de los 60 es clave porque en estos
años se quiebra la Administración indígena y los canadienses reaccionan
ante la magnitud del problema que representa la población autóctona.
La burocracia gubernamental involucrada en el Gobierno de Asuntos Indígenas
y el Acta Indígena fueron criticados por ser considerados vergonzosos y
discriminatorios.
El cambio de la opinión pública significó una revisión crítica
de la historia y a favor de las perspectivas de los indígenas. Una
investigación titulada Survey of the Contemporary Indians of Canada,
más conocida como Hawthorn Report, apareció en 1966 y en
ella se condena la actitud paternalista de la Administración Federal y la
mucha pobreza de que "siempre habían gozado los indígenas"
(INAC 1995: 113). El informe sugería que debía acontecer un cambio
radical, pues el indio ya no debía "nacer, vivir y morir en
una reserva". Este criterio representaba una crítica que cuestionaba
la exclusión histórica de los autóctonos de la economía canadiense,
pues se había preferido introducirlos en un trabajo asalariado durante
muchos años en lugar de desarrollarlos. La consecuencia inmediata del Hawthorn
Report fue cuestionar el Acta Indígena y cuanto había
significado. Adelantamos que los críticas presentadas en su día por fray
Bartolomé de las Casas contra los agentes destacados en la América
colonizada por España han sido un referente a tener en cuenta, y que se
sigue teniendo ahora mismo, para replantear las acciones a favor de los
naturales del Canadá. Igualmente, en la documentación oficial y oficiosa
que se maneja en todo tipo de negociación entre el Estado Federal
canadiense y las diferentes comunidades autóctonas, se nota que el espíritu
de las leyes surgidas de las discusiones habidas en Valladolid en torno al
año 1550 tienen una incidencia más que notable (Turner 1998: 53-68).
6.1. DETALLES POSITIVOS Y NEGATIVOS QUE DEBEN TENERSE EN CUENTA
En Canadá se asegura que el territorio nacional se adquirió por
descubrimiento y colonización. En esta línea, los posibles derechos
aducidos por los autóctonos carecen de fundamento legal (Bartlett 1984)
porque los terrenos no estaban ocupados (Lester 1981); no obstante, el aboriginal
title está presente en las secciones 25, 35 y 37 de la Constitución
Canadiense y se reconoce por el Gobierno Federal y por las diversas
agrupaciones nativas.
El gobierno canadiense inició cambios en la década de los 60,
pero sin tener las ideas claras respecto a lo que debía hacerse. El Hawthorn
Report afirmaba que elevar el nivel de vida de los indígenas
significaba gastar cientos de millones de dólares y que no satisfaría
todas las peticiones de los afectados. Para eliminar el paternalismo
tradicional se impuso preguntar a los indígenas qué debía hacerse y qué
esperaban de la Administración.
En la primavera de 1968, fue elegido Pierre E. Trudeau como Primer
Ministro que impulsó la modernización mediante una "democracia
participante". Nombró a Robert Andras como Ministro Especial para
que junto con Jean Chrétien (Ministro de Asuntos Indígenas) delinease
"la política indígena" en consenso con los nativos. Entre
julio de 1968 y abril de 1969, la actividad fue intensa pues se elaboró y
envió a todos los hogares un cuestionario titulado Choosing a Path en
el que se incluían preguntas sobre el Acta Indígena y otras que
facilitarían el cambio en un futuro inmediato.
Aunque los indígenas no expusieron con claridad sus demandas, los
funcionarios gubernamentales tenían claro en aquellos momentos que debían
encontrar un método de acción para apoyar la integración indígena en
la sociedad canadiense. Las intenciones fueron buenas pero muchas
solicitudes quedaron también en el olvido; no obstante, se logró
redactar el White Paper que apareció en junio de 1969 y en
el que se solicitaba lo siguiente: 1º) un cambio en las relaciones indígenas/gobierno
rechazando las que se habían dado desde que Canadá era Estado; 2º)
revocación del Acta Indígena y 3º) traspaso del control territorial de
las reservas a las comunidades nativas que lo solicitaran. Se cumplió
poco porque el gobierno canadiense pensó que estaba actuando con mucha
ingenuidad y los indígenas creyeron que los políticos les ofrecían lo
que nunca habían solicitado. El fallo estuvo en obviar algo que sugería
el Hawthorn Report: la concesión a los indígenas de unos derechos
especiales de ciudadanía que se conocerían con el calificativo de citizen
plus. La consecuencia fue que el contenido del White Paper no
se impuso a los indígenas pero se publicó y este detalle permitió
su lectura, difusión y llegar a ser motivo de discusión en los foros
involucrados a favor o en contra.
Admitida la equivocación se impuso la rectificación. La sociedad
canadiense tenía claro que deseaba hacer algo en favor de sus
nativos. A raíz de 1970, se busca un modelo que sea capaz de erradicar
los infortunios que habían padecido durante siglos. Los agentes indígenas,
representantes del control paternalista, fueron retirados de las reservas
indígenas y el Gobierno fomentó la creación de organizaciones políticas
nativas que aún siguen en vigor a pesar de que sus líderes son críticos
radicales con quien sufraga sus gastos.
El White Paper incrementó la actividad política y diversas
opciones de autonomía, que no nacionalismos radicales. Lo que en 1927 fue
sólo el reclamo de una minoría en la Columbia Británica, se
convirtió para 1970 en la postura de casi todos los indígenas
canadienses, cuyo objetivo era alcanzar la ciudadanía de pleno derecho.
Desde 1973, se puede asegurar que se ha incrementado el cambio histórico
de la opinión pública y se ha fomentado una nueva conciencia política
de los aborígenes. El gobierno canadiense creó una Oficina de
Peticiones Autóctonas en 1974 dentro del Departamento de Asuntos Indígenas
cuyo cometido era recibir y negociar cuantas solicitudes se presentaran.
En la década de los 70, se proporciona dinero a varias organizaciones
nativas y para la primavera de 1983 se habían otorgado subvenciones a más
de 50 sociedades con la finalidad de que tuvieran medios para examinarse y
presentar después la correspondiente petición.
Cuando se presenta una demanda, se analiza para determinar los
acontecimientos históricos, geográficos y el grado de responsabilidad
federal; en algunas ocasiones se han tenido en cuenta criterios acuñados
en la antropología cultural. Igualmente, ciertos grupos han hecho
peticiones globales como medio de alcanzar un cierto poder político.
6. 2. DEMANDAS Y MODO DE TRAMITARLAS
Con anterioridad a la creación del Indian Claims Commissioner (1969)
y de la Office of Native Claims (1974), las peticiones de los indígenas
eran tramitadas en su casi totalidad por el Department of Indian
Affairs and Northern Development (DIAND) y por el Department of
Justice (DJ). Entre 1940 y 1960, los nativos sintieron desconfianza de
los funcionarios porque no se tramitaban los documentos como deseaban para
lograr sus objetivos; por esta causa, una de las recomendaciones del White
Paper era que debía nombrarse un Comisionado para atender todo tipo
de reclamación. Lloyd Barber se convirtió en el primer y único
Comisionado y ocupó el cargo entre 1969 y 1977, año en que la oficina
fue cerrada. El fracaso de este cargo estuvo asegurado desde un principio,
pues su misión era recibir y estudiar las peticiones, pero carecía de
autoridad para decidir judicialmente y desde su posición lo único que
podía hacer era aconsejar. En
1974, el Gobierno Federal creó la Office of Native Claims dentro
del Department of Indian Affairs and Northern Development.
Las
reclamaciones que presentan los nativos canadienses suelen ser de dos
tipos: 1º) en la parte norte se desea un reconocimiento legal y formal de
los títulos sobre tierras y cuanto de esto se deriva; 2) en la parte el
sur se buscan más derechos específicos: caza y pesca. Quede claro que
casi el 40% del territorio nacional es reivindicado por los nativos en la
parte septentrional.
El Gobierno canadiense ha establecido diversas políticas para
atender cualquiera de los dos tipos de solicitudes. La orientada a
peticiones específicas se planteó por primera vez en 1981 cuando la
Administración afirmó que estaba dispuesta a "negociar derechos
originales por derechos concretos y beneficios" (DIAND 1981: 19).
Algunos estaban vinculados con la tierra, la flora y la fauna.
Después de presentar una demanda, la Office of Native Claims estudia
el caso. La aceptación o el rechazo se puede plantear así: 1) negociar
un acuerdo con los demandantes, 2) rechazar la petición, 3) devolver la
documentación por incompleta y solicitar otra complementaria. En los
casos en que se llega a un acuerdo, se exige una declaración formal del
demandante para impedir que el caso pueda reabrirse en el futuro. De suyo
esta postura estaba en la línea de que los beneficios de la negociación
debía "permitir que los indígenas vivan como desean"
(DIAND 1981: 7).
Existe un momento en que se acepta la validez de una petición. El
Gobierno Federal es quien determina si una reclamación es buena en cuanto
la admite a consideración y esto puede implicar incluso un coste económico.
El hecho de que muchas veces se camine con lentitud está determinado por
los problemas o soluciones que se establezcan entre los siguientes puntos:
1) concesiones de tierra a los indígenas; 2) pago financiero por la
concesión; 3) creación de estructuras corporativas para negociar cuanto
tenga relación con la tierra, el dinero y el medio ambiente y 4) abolición
de derechos originales de los nativos. Hay que tener presente que en todo
acuerdo no siempre se puede obviar la confrontación; es más, diría que
es permanente entre gobierno y aborígenes.
6. 3. LA SITUACION EN LOS TERRITORIOS DEL NOROESTE
Una sociedad que constituye una minoría no puede plantear
solicitudes que excedan cierto grado en su ascenso para lograr control
sobre una extensa área territorial. Los nativos del río Mackenzie
desearon una representatividad política en cuanto vieron que la ocasión
era propicia, pero los grupos humanos eran muy pequeños y acordaron que
aliándose podrían ser más numerosos que los blancos. En este valle, Dènè,
Inuit, y Métis superan demográficamente a la población blanca pero sin
alcanzar las cotas del Ártico Oriental donde el 80% son Inuit (INAC 1995:
13-17). En el Mackenzie se plantearon las peticiones radicales a partir de
la promulgación del White Paper.
Los acontecimientos históricos y sociales requieren estudio para
ofrecer una explicación adecuada. La primera visita de Carlos Junquera al
río Mackenzie aconteció en la primavera de 1978 (Junquera 1992: 35-38).
El objetivo era observar en directo la vida cotidiana de los habitantes de
dos núcleos pequeños pero los más importantes en muchos kilómetros
cuadrados: Fort Norman (Tulit'a) y Fort Flanklin (Deline).
Las cosas han cambiado bastante desde entonces.
Acogiéndose a la nueva política emanada del White Paper,
hay que reconocer que las peticiones indígenas no han sido un problema
con solución fácil. Las negociaciones entre la Administración
canadiense y los nativos comenzaron en firme hacia 1973 en el Yukón y en
1978 se firmó un acuerdo con el Comité para Títulos de los Pueblos Indígenas
que representaba a más de 2.000 Inuit del Ártico occidental, zona
vinculada a la demarcación de los Territorios del Noroeste. Dos años más
tarde (1980), las dificultades estuvieron a la vista.
En el valle del Mackenzie, cinco tribus que globalizaban unos 8.000
individuos se comprometieron a adoptar el título genérico de Nación
Dènè y junto con unos 5.500 Métis promulgaron la Declaración Dènè
en la que se solicitaba un gobierno autónomo con plenos poderes sobre
quienes estaban acogidos a la nueva realidad. Este documento se convirtió
en el punto de referencia y al que se acudía constantemente para
canalizar todo tipo de solicitudes. El Gobierno Federal rechazó las
propuestas Dènè pero más tarde se iniciaron negociaciones.
Indudablemente, llegar a 1983 es reconocer las incidencias de una
larga historia. El hecho de que para estas fechas estuvieran agrupados
cerca de 14.000 individuos de muy diversa procedencia no representaba
ninguna novedad. Algunos de ellos eran descendientes de minorías que habían
firmado acuerdos con el Gobierno Federal en 1899 y 1921 traspasando los
derechos que tenían sobre sus tierras. Este fracaso se ha convertido en
una de las reclamaciones de los autóctonos de 1980 alegando que sus
antepasados firmaron algo que nunca habían entendido bien aunque les
afectaba negativamente porque se les "expoliaba legalmente de lo que
les pertenecía".
En torno a 1980, los Dènè diseñaron sus solicitudes vinculando
la tierra con la autodeterminación total. El gobierno canadiense rechazó
la idea de estructuras políticas fundamentadas en la raza pero no ignoró
la necesidad de fortalecer la autonomía indígena; lo que se hizo fue
separar las reivindicaciones sobre las tierras de las reivindicaciones políticas.
Los líderes Dènè rechazaron en principio las propuestas gubernamentales
pero terminaron por admitir la discusión de sus dos pretensiones por
separado. Quede claro que cedieron porque contaban con asesoramiento
blanco y porque el consejo resultó muy rentable como se indicará más
adelante.
Los Dènè comenzaron a presentar denuncias a partir de 1970 cuando
manifestaron su disconformidad con la construcción de un oleoducto que
debía atravesar el valle del Mackenzie para abastecer los mercados del
sur (Edmonton, Calgary y otros). El proyecto hidroeléctrico de James Bay
que ya había generado muchos problemas impulsó al gobierno canadiense a
ejecutar una investigación respecto del impacto medioambiental, social y
económico que tendría sobre los habitantes el citado proyecto. Con el
fin de prevenir males, la Administración solicitó los servicios de un
experto en asuntos indígenas, el juez Berger, de la Corte Suprema de la
Columbia Británica y que ya había representado a los Nishga en sus
peticiones sobre tierras. Las consultas que promovió en primavera y
verano principalmente sirvieron para que los Dènè le expusieran durante
más de dos años sus necesidades aireadas por los medios de comunicación
social con el fin de que la opinión pública canadiense tomara
posiciones.
El juez Berger efectuó sus investigaciones en 35 asentamientos de
la Nación Dènè y 987 autóctonos le expresaron su parecer. Entre otras
cosas, las audiencias del juez Berger se convirtieron en tomas de posición
política. La actuación de este asesor y jurista merece el reconocimiento
público y no cabe duda que su nombre se pronuncia con agrado y respeto en
todo el Mackenzie. Para solucionar la problemática del oleoducto, propuso
la participación de los Dènè en términos de igualdad frente a las
compañías involucradas en el trazado. Berger recomendó al Gobierno
canadiense que financiara a organizaciones nativas, grupos de ecologistas
y municipios con el fin de que se comprometieran a buscar juntos una
solución. El resultado fue que la Nación Dènè contrató abogados y
científicos para que efectuaran unos trabajos para los que ellos se sentían
incapacitados.
El informe del juez Berger aclara que el impacto del desarrollo
socio-económico en el Mackenzie siguiendo patrones meridionales no debía
desvincularse del tema sobre las demandas referentes a la tierra pues
"quieren vivir en sus tierras, gobernarse en ellas y decidir el
uso que debe hacerse. Nos piden que solucionemos sus peticiones de modo
diferente a como se hizo en el pasado" (Berger 1977: 17).
La solicitud de los Dènè de ser tratados como "nación"
no logró aceptación. La petición de autonomía de unos pocos miles de
personas entre las que abundan las de dudosa procedencia étnica, en un
territorio inmenso pero rico en minerales, se consideró en principio como
exagerada y fuera de los marcos legales de la Constitución canadiense. No
obstante, Berger mantuvo que no existía ningún obstáculo constitucional
para otorgar la propiedad de la tierra a los indígenas ni de conceder un
cierto autogobierno a los Territorios del Noroeste. Es más, según este
juez, éste sería el momento de poner en práctica las promesas del
pasado. Los problemas del oleoducto se complicaron de tal modo que Berger
aconsejó una moratoria de 10 años para su construcción, tiempo
requerido para una evaluación adecuada de los intereses indígenas. En
1983 se firmó un acuerdo entre el Gobierno canadiense y la Nación Dènè
y el primero anunció oficiosamente en Norman Wells, uno de los centros más
afectados, que retrasaría dos años el inicio de los trabajos. Las
negociaciones han seguido en muchos frentes y en la actualidad se vuelve a
hablar con insistencia de una autonomía, similar a la lograda por
Nunavut.
En este panorama es como debe evaluarse el surgimiento y existencia
de Sahtu, que es una
extensión considerable de terreno que pertenece aún a lo que se conoce
tradicionalmente como Territorios del Noroeste de Canadá en el mapa político
de este Estado. El río Mackenzie es la gran arteria fluvial que atraviesa
esta zona de Sur a Norte; de Este a Oeste abarca desde el lago Mayor del
Oso hasta los límites con el Yukón. Los autóctonos aquí considerados
desean una autonomía similar a la para ellos vecina Nunavut de reciente
creación.
Sahtu es el vocablo que dieron antiguamente los Dènè al lago
Mayor del Oso y este pueblo es el que ha habitado en esta región desde
hace siglos, cazando en sus bosques y pescando en el lago, en las
quebradas y especialmente en el río Mackenzie que ellos han conocido como
Dehcho, vocablo que en lenguaje Slavey puede traducirse por río grande.
Desde el punto de vista político, Sahtu no es aún un área continua sino
que hoy por hoy cuenta con zonas que están en proceso de disponer de un
cierto reconocimiento de gobierno autóctono dentro del conjunto de los
Territorios del Noroeste que ya cuentan desde hace años con una Asamblea
Legislativa en la capital Yellowknife y en la que las diferentes etnias
cuentan con representación. La situación actual (julio-agosto de 1999)
se muestra en el mapa adjunto.
El país de Sahtu, incluido en los Territorios del Noroeste, surgió
como consecuencia de las reclamaciones presentadas por los autóctonos (Dènè
principalmente pero Inuit y Métis también) ante el Gobierno Federal de
Ottawa el 8 de septiembre de 1993 logrando un cierto reconocimiento (Royal
Assent) el 23 de junio de 1994. Esto fue posible porque las sociedades
autóctonas cuentan con reconocimiento y confirmación en la actual
legislación canadiense que basa sus determinaciones, para estos casos, en
la sección 35 de la actual Constitución del Canadá. Algunos juristas
canadienses optaron por la causa autóctona, como ya hemos indicado, y han
luchado para que la sociedad dominante reconozca a las sociedades aborígenes
todos los derechos de una sociedad democrática. Ciertas reflexiones sobre
estos procesos ya fueron ofrecidas tiempo atrás (Junquera 1992: 35-38;
1994: 231-251; 1995: 135-151).
La población de Sahtu es de diversa procedencia étnica. En primer
lugar están los Dènè; luego aparecen los Inuit (los esquimales
tradicionales), los Métis y los no-aborígenes que son los ciudadanos
canadienses de origen anglosajón o latinos (franceses principalmente),
unos por nacimiento y otros por nacionalización después de haber
emigrado y quedarse definitivamente, logrando en algunos casos el ascenso
social como sucede con Frank Pope, un escocés afincado y casado en Norman
Wells de donde es alcalde y en donde regenta una tienda de artículos de
pesca. En ocasiones es guía turístico por el río Mackenzie porque
dispone de una lancha con motor fuera borda. Este
ejemplo no es exclusivo ya que los Territorios del Noroeste del Canadá y
del Yukón conocen una emigración notable desde 1940 como consecuencia de
que se convirtieron en lugares privilegiados para desarrollar en ellos
proyectos propios de una economía de guerra, siendo el Canon Trail el más
conocido por ser diseñado en aquellos años por el gobierno de los
Estados Unidos. El desarrollo del Canon Trail, ya citado anteriormente,
pretendía trazar y asentar un oleoducto que permitiera disponer de
recursos energéticos para hacer frente a Japón, el enemigo de entonces,
que había tenido el atrevimiento de bombardear la base de Pearl Harbour
en Hawai, demostrando con ello que era una potencia militar que podía
llegar a las costas de California. El trazado por el interior de Canadá
tenía como motivo el evitar el litoral porque al interior se pensaba que
no llegarían los japoneses con facilidad. El Canon Trail fue costoso en
dinero, vidas humanas y sacrificio del medio ambiente, pero en aquellos
momentos se vio todo como necesario por cuestiones de guerra (Hawkings
1996).
Los núcleos citados son importantes desde el punto de vista de la
demografía de los Territorios del Noroeste e insignificantes si los datos
se comparan con la parte meridional de Canadá. Fort Good Hope cuenta con
616 habitantes; de ellos, 189 niños están escolarizados (30,6%). Se
localiza en la banda Este del río Mackenzie como a unos 145 km. más al
norte de Norman Wells. Es un enclave con mayoría Dènè tanto en
las cohortes infantiles como en las juveniles y adultas. También existen
mestizos y no-aborígenes. La población Inuit desapareció tiempo atrás
y no quedan representantes salvo en el cementerio situado en los
alrededores de la Iglesia-misión fundada por el Padre Grollier, misionero
Oblato de María Inmaculada de origen francés, en 1859 y que está
enterrado allí. El templo de madera es especialmente hermoso y es una de
las joyas que se muestra como obra excelente que conserva todas las
pinturas ejecutadas por el Padre Emile Petitot en 1860, uno de los grandes
misioneros en esta parte del mundo. Los pasajes representan escenas
de narraciones bíblicas combinadas con motivos locales, destacando
las estaciones del Calvario.
En julio de 1999, tuvimos ocasión de filmar el rezo del Rosario
tal como lo enseñaron los Misioneros Oblatos. La enseñanza religiosa
debió calar profundamente entre los Dènè de Fort Good Hope ya que hace
muchos años que no existen evangelizadores y, sin embargo, todas las
tardes, a las 18 horas, suena la campana convocando a los fieles al rezo
del Rosario que reúne a viejos, jóvenes y niños. Concluida la plegaria
todos se dedican a visitar las tumbas de los familiares dando lugar a
escenas conmovedoras. 7.
LA ACTUALIDAD: AUTÓCTONOS EN LA SOCIEDAD POSTMODERNA Las
ciencias sociales consideran que una sociedad es moderna cuando ha
superado ya la etapa de la industrialización y entra en otra de
terciarización en que el sector servicios y el saber tecnológico se
convierten en los motores de su desarrollo. Estos componentes
postindustriales no se pueden concebir sin un sistema educativo y un
bienestar y calidad de vida. Aplicarles a los Dènè, Inuit y Métis me
parecería exagerado en principio, porque en algunos apartados no han
tenido una incidencia directa; es más, creo que aún no la tienen porque
es muy posible que en el fondo no se desea como habrá ocasión de
explicar. Es el conjunto de circunstancias que envuelven a estas etnias lo
que permite sugerir que todas ellas se encuentran en una etapa de
postmodernidad.
Los autóctonos canadienses tienen muy claro ahora mismo que desean
recuperar su identidad, la misma que perdieron ante tramperos, colonos,
políticos y demás vaivenes de la historia local e internacional. Creo no
equivocarme si afirmo que una sociedad cazadora en situación cultural de
nomadismo o seminomadismo, está ligada a la caza y ésta a un territorio
más o menos extenso en el que acontecen numerosas vivencias de todo tipo
y especialmente la supervivencia. Este espacio geográfico, en dependencia
con los recursos cinegéticos, está afectado por criterios políticos.
Las zonas de cacería de los Dènè e Inuit, mucho más que los de los Métis,
por razones históricas, se consideran como contornos nacionales con todo
lo que esto implica. Las culturas cazadoras estructuran el paisaje como
dimensión social que, a su vez, está ocupada por organizaciones de
cooperación, participación y de corresidencia de todos los individuos
integrados en una determinada etnia. Un
procedimiento ligado a los juicios de identidad que se encuentra, por otro
lado, conectado a la territorialidad ha llegado a plasmar efectos
trascendentales en el Canadá actual en lo que se refiere a la antropología
y la etnografía de cada una de las etnias dispersas por la actual geografía
nacional. El principio de territorialidad, una de las maldiciones
contemporáneas, ha llegado a engendrar demostraciones de violencia
(activa o pasiva, según los casos) a nivel interno y externo, y ha
obligado a numerosos replanteamientos para poder plasmar nuevas
homogeneidades que permitan hacer frente al exterior y ofrecer un camino
nuevo para quienes se sienten miembros de esta o aquella etnia. Esto se ve
y capta a la perfección en la literatura que van ofreciendo algunos
estudiosos autóctonos sobre su propia realidad, cómo fue y a qué se
debe aspirar. Blondin (1990) se centra en el universo Dènè; Briggs
(1985) analiza detalles culturales Inuit y Harrison (1985) se fija en los
Métis. El hecho de que enemigos tradicionales hayan tenido que llegar a
pactar normas de convivencia y de alianza, para poder hacer frente al
adversario común, es algo que hoy aflora de continuo, como ya se ha
puesto de manifiesto en lo que se refiere a ciertas tomas de posición
sobre demarcaciones territoriales (Junquera 1995: 135-151). Y en este
camino es por donde debe caminarse para evaluar los esclarecimientos
acontecidos en los últimos años.
Desde el punto de vista económico, el paisaje del bosque boreal es
pobre; y esto podría llevarnos a pensar que los autóctonos, que entraron
en contacto con los europeos mucho más tarde que los residentes al Sur
del Río Grande, se mantuvieron como intocados por esta causa y
culturalmente más puros. Pensar así sería un error de cálculo que nos
llevaría a desaciertos de interpretación. Igualmente, cuando se está
ejecutando una investigación de campo entre quienes se consideran
cazadores-recolectores, resulta que el observador no los evalúa así
porque en su tarea emplean ya armas de fuego, motodeslizadores, todo
terrenos y otros elementos de tecnología sofisticada. Y sin embargo, los
individuos involucrados testifican que siguen ejecutando la faena como sus
antepasados. Y tienen razón porque lo que se ha modificado son los útiles
a emplear pero no los fines. No obstante, los autóctonos canadienses y
las minorías étnicas de casi todos los Estados-nación que cuentan con
estos grupo sociales como súbditos resulta que se encuentran en crisis de
identidad. Y esto es algo que merece la pena que se reflexione sobre ello
porque es raro el que no se queja de que quienes dominan han
destruido con violencia la cultura autóctona y primigenia.
Se entiende por desequilibrio cultural y aniquilamiento de una
cultura la pérdida de unos referentes concretos con los que unos
individuos establecen una relación en un espacio que es a la vez geográfico
y social, y que es manejado acorde con unos patrones culturales que en
nada se parecen a los que luego brotan como propios de los invasores y
nuevos ocupantes, los cuales pueden imponer sus propios criterios por ser
más fuertes y estar mejor equipados tecnológicamente. El aniquilamiento
de la cultura de los autóctonos requiere de una destrucción continua de
la identidad de éstos y se pretende imponerles la foránea al mismo
ritmo.
Suele acontecer, igualmente, que cuando la cultura primigenia es
eliminada surge el pensamiento milenarista y el mesianismo como productos
de apariciones apocalípticas. El objetivo es que los individuos que están
aferrados a una cultura no se desenganchen de ella a pesar de todas las
calamidades que puedan acontecer. El caso de los israelitas es patente
porque han sufrido numerosas persecuciones, desplazamientos, intentos de
destrucción y siempre se han mantenido unidos y a la espera de que llegue
el Mesías. En América del Norte ha habido también pronunciamientos de
este estilo entre las diferentes tribus indias; así la Bear Dance (Baile
del Oso), la Sun Dance (Baile del Sol) y otros. Este tipo de
actividad cultural pretende integrar a sus individuos en la desgracia
ofreciéndoles confianza en un conjunto de nuevos referentes que pretenden
manifestarse como los ancestrales. En este sentido, los Dènè, Inuit, Métis,
Dogrib, Hare y los restos de otras etnias canadienses están ahora
sondeando y evaluando los conocimientos no corrompidos por el
acercamiento al mundo moderno e industrial con el fin de construir un
universo nuevo. Blondin es posiblemente el líder Dènè más valorado por
estar en esta línea de argumentación y sus escritos se difunden más
cada día. Los
extraños que desean visitar alguna de las comunidades autóctonas, deben
cumplir con ciertas normas de etiqueta si desean ser admitidos sin ningún
problema. Así, los letreros con mensajes prohibiendo la introducción y
el consumo de alcohol aparecen en sitios bien visibles. Las minorías
llevan ya tiempo valorando el hecho de que la violencia no es sólo un síndrome
propio de una segregación que puede manifestarse como social por un lado
y patológica por otro; es más, es también un método que incrementa el
ritmo de explotación suprimiendo los postreros vestigios de la cultura
ancestral. Actuando así, se ofrece el acoplamiento y adecuación de
modelos impuros de identidad pública basados en el incremento y en la
celebración de ciertas señales nacionales que son claves para alcanzar
la tan deseada homogeneidad cultural. Los cambios exigen cumplir con el
ritual pertinente aunque el conflicto esté también presente como opina
Geertz (1957: 50). Es más, son muchas las minorías étnicas a las que se
podría aplicar este modo de actuar. Cuando
se aniquila algo, lo que sea, resulta ya imposible el dar marcha atrás
porque nunca podrá recuperarse. Cuando Bartolomé de las Casas criticaba
a los encomenderos y a la complicidad de la Corona española en los
ataques a los indios americanos, sabía también que ya no se podía
reconstruir ninguna identidad étnica por más esfuerzos que se hicieran a
favor de la misma (Junquera 1988: 191-205). La razón era precisamente ésta,
que ya se contaba con una cultura heterogénea en la que primaban los
valores impuestos por los conquistadores, colonos y misioneros, por no
poner otros ejemplos. En general, se puede decir que en Canadá ha
acontecido algo similar
Las ciencias sociales tienen todo el derecho del mundo a emitir
opinión, otra cosa es que ésta pueda ser cierta o que llegue a tener
visos de convertirse en una tesis. Se dan explicaciones sobre la mecánica
que se ejercita para evaluar los cambios culturales y lo que puede
acontecer. La antropología social, la etnología y la etnografía tienen
la tentación de caer muchas veces en su propia trampa. En lo que se
refiere a los Territorios del Noroeste de Canadá, a Nunavut y al Yukón,
por ejemplo, que son terrenos que deben considerarse desde posiciones del
bosque boreal, taiga y Subártico, se apuntó hace algunos años que el
patrimonio lingüístico heredado tenía un valor cultural secundario
porque resultaba que la lengua hablada por las etnias como propia no era más
que un dialecto de otra lengua matriz (Helm 1981: 1). Los criterios ecológicos
y materialistas estaban en esa época aceptados de modo mayoritario y
cualquier evolución y adelanto tenía que pasar por la adaptación,
y ésta se interpretaba como asunto del determinismo material y
tecnoambiental del que Marvin Harris puede ser considerado como el mayor
abanderado o al menos el más mentado (Harris 1968, 1971).
Establecer el medio geográfico como una variable independiente
arrastra a muchos expertos a interpretar la cultura como una adaptación
medioambiental funcional, especialmente en los casos en que centran sus
pesquisas en etnias como los Dènè, Inuit y Métis, por acudir a los
ejemplos del ensayo, cuyas representaciones culturales no tienen nada que
ver con las instituciones propias de toda sociedad estatal. Tres décadas
atrás, más o menos, la visión ecológica afloró en el pensamiento
antropológico, prehistórico y etnográfico gracias a una publicación
colectiva coordinada por R.B. Lee e I. Devore (1968). Fueron numerosos los
especialistas que echaron mano de las posiciones expresadas en este libro
para llegar a concluir que en función de las condiciones materiales en
que viven ciertas sociedades se podía llegar a una cultura mental. Acto
seguido se decía que los cambios económicos debían provocar
transformaciones fundamentales en las concepciones que los pueblos tienen
de sí mismos y de sus universos respectivos. El caso de Harris ya citado
puede indicar hasta dónde llegaron las cosas y cómo se encuentran,
porque este es uno de esos pensamientos monolíticos que parecen estar
mejor asentados en las mentes.
Son muchas las minorías étnicas que han logrado conservar muchas
de sus tradiciones culturales incluso en el caso de admitir es su universo
cultural conocimientos que tienen origen en la cultura dominante que se
les ha impuesto, la de los anglosajones para el caso que estamos tratando
en este ensayo. Conviene entonces tener en cuenta qué estrategias se han
elaborado para hacer frente a la invasión cultural y mantener vivos los
conocimientos tradicionales, y cómo se transmiten de generación en
generación teniendo la precaución de que quienes gobiernan y les
controlan como súbditos no lleguen a captar el intríngulis que se traen
entre manos. Estos detalles no son nuevos porque se han ejercido muchas
veces en la Historia y se practican aún.
Los autóctonos canadienses, sean de la etnia que sean, e incluso
los Métis, están hoy muy centrados en la política o lo que entienden
los politólogos por tal asuntos. El dato está muy en consonancia con el
Derecho ya que sin el apoyo de los juristas las cosas no estarían como
están. Y esto aconteció a partir de 1960 como creo haber indicado ya.
Hay acontecimientos anteriores que también influyeron porque como decía
Franz Boas, a quien he seguido en este detalle muchas veces, "no
interesa saber cómo son las cosas sino como han llegado a ser lo que son"
(Boas 1920: 311-322); es decir, lo que interesa saber es el largo trayecto
que han tenido que recorrer unos y otros para encontrarse donde se
encuentran.
Los aspectos públicos, generales
y estatales comenzaron a cobrar importancia en los Territorios del
Noroeste con el comercio de pieles. En principio, autóctonos y foráneos
cazaban en los mismos territorios e idénticos animales pero los medios,
los métodos y los fines eran muy diferentes. El contacto cultural,
negativo en las más de las ocasiones para los Dènè e Inuit, no así
para los Métis, trajo una serie de consecuencias que aún hoy resulta
complicado analizar y aclarar. El examen e investigación de la cultura
mental de los aborígenes de esta parte de Canadá tenía puesta la
mirada, a principios de los años 70, cómo las dos etnias aborígenes
tratadas en este ensayo concebían y evaluaban las posibilidades que tenían
para ser parte de la sociedad canadiense actual. Se pensaba entonces en el
camino que se debía recorrer desde el momento en que una cultura extraña
se presenta ante un individuo (o una colectividad) y qué estrategias
elabora(n) para aceptarla o
rechazarla en este o aquel ingrediente No cabe duda que había aún una
tendencia bastante notable a contrastar la relación animal-persona del
trampero que cazaba para comercializar con la del aborigen que efectuaba
un dialogo mental con el animal como intermediario de otro universo sólo
captado por la sabiduría nativa.
El resultado de encontrar formas desconocidas puede llevar a la
sensación de que las culturas del Noroeste de Canadá han logrado
sobrevivir aisladas e inmunes a pesar de la presión ejercida por la
presencia de colonos, funcionarios, mineros, profesionales, etc. de
cultura occidental. No creemos que eso sea así porque las culturas Dènè,
Inuit y Métis son culturas permeables al cambio y al conflicto como
cualquier otra; pueden modificarse detalles concretos, pero nada más.
Desde hace unos 60 años más o menos, el Gobierno Federal canadiense ha
incrementado la intervención sobre las etnias autóctonas y esta acción
ha generado conflictos de diferente índole. La escuela, la minería, el
paisaje y muchas otras cosas son ejemplos de las modificaciones inducidas
por la acción del gobierno. Los
aborígenes de los Territorios del Noroeste fueron nómadas y seminómadas
hasta un pasado reciente y resulta que estas manifestaciones de la vida
social han pasado ahora a mejor vida. Al preguntarnos por las razones
concretas, hemos llegado a la conclusión de que son numerosas las
variables institucionales que han incidido en el cambio, algunas de las
cuales se reseñan a continuación: 1.
1.
Las
riquezas minerales del subsuelo, que son muchas y valiosas para los
mercados internacionales, orientaron a los políticos de Ottawa en un
primer momento a primar los intereses mercantiles del Estado en detrimento
de las formas sociales de los aborígenes. 2.
2.
Las
formas de vida tradicional fueron forzadas a cambiar violentamente pasando
a la sedentarización en los nuevos núcleos urbanos surgidos a la sombra
de la minería, y así es como hay que entender la aparición de
Yellowknife, por ejemplo. 3.
3.
La
concesión de una pensión aparentemente sustancial a las personas que hoy
consideramos de la tercera edad y que no hace mucho eran viejos a secas,
requería el estar censado por la administración estatal. 4.
4.
Como
consecuencia de lo anterior, se burocratizó la vida de los
cazadores-recolectores en cuanto que los niños fueron obligados a
escolarizarse de acuerdo al modelo canadiense, y sin tener en cuenta que
el patrón educativo no se ajustaba en nada al tradicional. Al
tiempo que se ponían en marcha estas medidas se ofrecía a los autóctonos
la posibilidad de encontrar un trabajo remunerado. Este detalle, simple a
primera vista, se convirtió pronto en un arma de doble filo porque
quienes optaban por un empleo se convertían en asalariados pero perdían
al mismo tiempo el control que habían tenido durante siglos de la economía
local y del acontecer en el bosque boreal. Estas acciones, culturalmente
dirigidas, sirvieron para desfigurar la vida tradicional, incluso la
imagen que tenían de sí mismos, ya que la adquisición de lo negativo de
la cultura occidental se alcanza antes que lo positivo. Así, el
alcoholismo entró de lleno en la vida social, aunque ya se había
iniciado antes con los cazadores de pieles. Igualmente, vino el olvido
paulatino de las tradiciones familiares; y estos detalles, entre otros,
llevaron a los autóctonos a sentir en carne propia lo que suele
denominarse como sentimiento de impotencia generalizado.
Se ha indicado antes que los Dènè e Inuit han contado y cuentan
con individuos que han conservado íntegras sus tradiciones culturales, en
la medida relativa en que puede afirmarse esto, y que han incorporado a su
modo de vida algunos elementos que proceden de la sociedad canadiense, más
de los anglosajones que de los francófonos a pesar de que sus aliados Métis
procedan en origen de éstos. Se puede hacer esta confirmación porque
debe tenerse en cuenta que la supervivencia de cualquier cultura está
ligada a su capacidad para recolectar conocimientos que proceden del
exterior, de vecinos o invasores lejanos, y que esta redefinición
constante es lo que impulsa a una permeabilidad de los límites internos.
Una apertura a lo desconocido puede tener como resultado una pérdida
de control incluso de principios clave, los considerados como más
ancestrales y peculiares. Este cambio acontece cuando una potencia estatal
establece con éxito una colonia entre sociedades pre-estatales. El
colonialismo suele enviar primero a los misioneros para que ofrezcan el
paradigma de una nueva religión que será la auténtica y verdadera; más
tarde aconseja a los comerciantes que vayan iniciando a los nativos en el
mercado capitalista porque ya los anteriores han domesticado las
conciencias autóctonas y los recibirán con los brazos abiertos; y,
cuando estas dos cosas están logradas, aparecen ya los funcionarios
coloniales que rematarán cuanto quede suelto o no totalmente ajustado a
las pretensiones. Luego sucede que no todo se realiza con tanta perfección
porque hasta los más previsores se equivocan. Lo que está claro es que
el contacto va estableciendo unos parámetros ante los que no resulta fácil
hacer frente y la identidad tradicional tiene que inventar nuevos
elementos culturales que serán eficaces si logran neutralizar en todo o
en parte el resultado de los rompecabezas impensados y para los que no
existe ningún antídoto que se conozca en la magia ancestral.
Todo parece indicar que la respuesta política de los Dènè, Inuit
y Métis de los Territorios del Noroeste ante el deseo canadiense de
cambiar e impulsar el Norte ha tenido criterios autóctonos más
que foráneos, primando siempre el deseo de ser nativos; esto no excluye
la aceptación de la sofisticada tecnología occidental, lo que ésta
implica, así como otros muchos cambios venidos del exterior. Lo que ha
hecho posible la oposición autóctona a la modernización, al menos en el
plano teórico, es la intransigencia impuesta por los canadienses
anglosajones, orientada a la descomposición de los indígenas y resentida
por éstos de forma intensa. Estos detalles tan simples permiten poner en
duda las teorías de la modificación y del cambio social que, como muchas
otras acciones del colonialismo, también muestran fisuras y son así
menos triunfalistas de lo que quisieran.
La modernización de los Dènè, Inuit, Métis y otras etnias
canadienses es una realidad que no puede negarse. Ahora bien, se trata de
observar y valorar la estrategia y las diligencias que se han planteado y
cómo se han hecho. Hay que tener en cuenta que los acontecimientos
sociales pueden llevar al mismo fin, aunque pero los medios desarrollados
para ello pueden no parecerse. En todo proceso de cambio dirigido hay
crisis, momentos amargos y vivencias que suelen tentar a los actores a
"tirarlo todo por la borda". Esta experiencia precipita
en las culturas la gestación de nuevos ingredientes necesarios para
sobrevivir. No hay que olvidar que los mitos nunca mueren porque perviven
en los rituales que se van modificando según las exigencias del momento.
Las tribulaciones sociales estimulan muchos ensayos y proyectos de
ritualización y reconceptualización con el fin de obtener lo que se
requiere en un momento determinado. Inversamente a lo que se defiende
desde el funcionalismo, que propone que este proceso no sería más que
una legitimación de los valores colectivos, creemos que cuando la
violencia está canalizada y hacia enunciados socialmente razonables,
puede aflorar una transformación que se convierte en ritual, lo que hace
que algunas representaciones de la vida colectiva sean desnaturalizadas y
encauzadas a la formación y desarrollo de redes más complejas. Así es
como los símbolos destruidos por la sociedad dominante son concebidos de
forma extraordinaria y fuera de lo común, y pueden llegar así a
presentar novedades y significados que poco dicen respecto de la tradición.
Un ritual puesto en marcha en estas condiciones puede ser una reafirmación
constante del pasado, que siempre suele ser maravilloso, pero es también
un modo de ponerse al día y de afrontar el futuro. Muchos
milenarismos emplean este esquema y, de este modo, la violencia puede
llegar a convertirse en una maquinaria orientada a pensar y repensar la
historia étnica en nuestro caso, de
los Dènè, Inuit y Métis. Así se expresaba en Norman Wells, en
julio de 1999, Margaret MacDonals, abanderada del mundo Dènè, aunque sus
enemigos políticos no la consideran ni Métis, cuando planteaba en una
conversación los medios que se estaban practicando para alcanzar al fin
el nacimiento de Sahtu como nueva jurisdicción autonómica canadiense y
segregarse así de los Territorios del Noroeste. Margaret MacDonals es
coordinadora de los reclamaciones territoriales planteados por los autóctonos
y funcionaria del Gobierno Regional en el área de Recursos, Fauna y
Desarrollo Económico. Con estos criterios sólo se pretende decir que
el conflicto y la tirantez encauzadas hacia ciertas formas sociales y políticas
son dispositivos que exigen también el concurso y presencia de los
valores encadenados a la vida colectiva, de tal forma que un aumento de la
conexión interna de los significantes encuentra el camino abonado para
conseguir el fin apetecido. Igualmente, y con la misma intensidad, se
favorece por la misma causa el establecimiento de los nuevos antivalores
que se manifiestan en cuanto una tribulación avisa simplemente de su
presencia. Lo
que pudiera aparecer como una transposición no es más que un proyecto
para decantar los talantes habituales de la vida, y no para exaltar lo anómalo
e inverosímil. De este modo, la inversión de valores no es más que un
mecanismo similar al que emplea Claude Levi-Strauss para explicar qué es
el bricolage. El vuelco cultural otorga a los elementos sociales separarse
del contexto tradicional en que han sido gestados. Logrado este objetivo,
se pueden mezclar y entonces se consigue entenderlo de otro modo, a la vez
que brindan la probabilidad de remediar problemas vistos hasta ese momento
como insolubles. En el supuesto de que las manifestaciones violentas, que
se dan en todo contacto, no hayan conseguido generar consecuencias
provechosas ante la crisis de identidad estimulada por la intervención
estatal ¿no podrían aprovecharse pautas pacifistas para ensayar el
desarrollo de una nueva estructura cultural?. Esta
hipótesis postula que cuando las nativos pretenden superar los problemas
del pasado, es en los vínculos de intimidad familiar en los que aflora
una virulencia fuera de lo común y con una frecuencia corta. Algo así
como si se institucionalizara la violencia o hubiera necesidad cultural de
hacerlo, lo que no deja de ser una paradoja. La lógica más inmediata y
prudente aconseja que hay que esperar a que afloren las inversiones de
la conducta como una consecuencia cultural, porque en este vaivén se va a
reflejar la profundidad de las conexiones sociales entre personas
involucradas. Las mortales se han enfrentado y peleado por numerosas
razones, pero la pelea nunca surge por azar, y menos si la mayoría de los
actos violentos ocurren en el círculo familiar, o con parientes próximos.
En este contexto, entre gentes de la misma etnia pero de diferente clan, o
entre mujer y marido por no citar otros casos.
Todo el mundo afirma que la violencia deshumaniza. En consecuencia,
lo que puede resultar interesante es conocer el camino que sigue para
lograr este fin. De hecho, la intensidad del arrebato libera a los
individuos que la practican de un enmarque cultural y pone en tela de
juicio el nexo entre significante y significado obligando a los individuos
a buscar nuevas soluciones en una estructura dada y suministrando a la vez
los recursos necesarios para desencadenar una exploración de esa misma
intensidad violenta.
Da la impresión que los Dènè, Inuit y Métis de los Territorios
del Noroeste presentan ahora mismo un sistema de valores que ha ido
cayendo en picado al mismo ritmo que se intensificaba la presencia de los
canadienses anglosajones. A esto debe añadirse que la violencia genera
igualmente evocaciones de alienación y fracaso que, en muchos casos,
alejan a los individuos de sus referentes culturales obligándoles a
generar nuevas significaciones que recompongan el cuadro general de la
vieja cosmovisión. Significaciones que pueden orientar a las sociedades a
que pertenecen a implicarse en la búsqueda de nuevos entendimientos para
su vida tanto colectiva como personal. Es más, como veremos, el caso de
los autóctonos tratados aquí sugiere que un tipo particular de violencia
entre hombres que llevan patronímicos diferentes (los Dènè son
atapascanos y se expresan en North Slavey, su lengua ancestral; los Inuit
se comunican en su idioma y los Métis que no son ni lo uno ni lo otro,
pero los tres grupos sociales se comunican y entienden en inglés y es en
este idioma en el que pactan cualquier acuerdo) puede englobar señales de
conducta implícitas con capacidad para la expresión de nuevas ideologías
que, en consonancia con lo ya expresado, pueden muy bien no parecerse en
nada a los movimientos del pasado.
Los cazadores y traficantes de pieles introdujeron hace más de un
siglo el consumo de alcohol y este dato, negativo para la vida social de
los autóctonos, trajo muchos males, tensiones, enfrentamientos de todo
tipo, muertes, etc. tanto a nivel interno como externo. No cabe duda que
algo serio ha tenido que pasar para que etnias de muy diferente índole
cultural, enemistadas durante muchos años, lleguen a sentarse en una mesa
de negociaciones y elaboren planes de conjunto frente a los
anglocanadienses (Junquera 1995: 135-151). Los nativos declaran que todo
mal está ligado directamente con la pérdida de las tierras ancestrales;
por esta razón, las negociaciones entre el Gobierno Federal canadiense y
cualquiera de las sociedades aborígenes reconocidas ha implicado la
discusión, reclamación y reconocimiento de tierras por medio del
pertinente título de propiedad. La quiebra de los patrones culturales
tradicionales y la presencia de extraños implicaron un descenso de la pirámide
poblacional más que notable. Esta tendencia se invirtió a partir de 1930
hasta el momento presente en que sigue en auge aunque no con la intensidad
de la década de los años 60 (INAC 1995).
¿Qué implicaciones tiene para una etnia la pérdida de individuos
adscritos a su cultura?. La respuesta debe valorarse teniendo en cuenta el
quehacer tradicional de una sociedad cazadora-recolectora en un bosque
boreal. La primera incidencia negativa es que el número de cazadores
disminuye porque el líder que organice una expedición debe contar con
ayudantes y éstos se reclutan entre sus hermanos, cuñados, primos y
otros parientes; luego con amigos pero nunca con desconocidos. En
consecuencia, si a la hora de emprender una acción cinegética no se
puede contar más que con escasas personas, entonces hay que pensar que el
aprovisionamiento de proteínas será mucho menor del que se aspiraba a
lograr; en estas circunstancias, el aprovisionamiento de pieles también
será inferior, y en este sentido hay que valorar el resto de las actividades. Pero las cosas no se quedan en esto,
culturalmente hablando. Se pensó siempre que entre aquellos que
participaban en las tareas de cacería podían surgir los futuros
parientes, porque las hermanas del dirigente de turno podían casarse con
los solteros que hubieran demostrado habilidades y pericias; de este modo,
las redes sociales podían quedar ya elaboradas desde que los niños nacían.
Ahora
bien, sucede que parece no tener relación ninguna el establecimiento de
lazos familiares con una violencia que está ahí y que no es fácil de
suprimir. Entra aquí en juego una ideología que ha contado con muchos
adeptos y que está lo suficientemente arraigada en las personas y en las
sociedades (Blondin 1990). Los nativos de América, o lo que queda de
ellos, están buscando también su sitio y su espacio para manifestarse
como ellos creen que fue su pasado; un pasado que se podrá recuperar a
pesar de lo utópico que parezca, si logran establecer su propia filosofía
de acción. La novedad se conoce como pan-indianismo, una propuesta de un
futuro utópico en cuanto que propugna la unidad de todos los pueblos
colonizados y oprimidos de América. Puede considerarse como un movimiento
imaginado, ficticio, con pocas probabilidades de triunfo, pero de lo que
no puede dudarse es que es un pensamiento político con su correspondiente
filosofía. En esta situación, se busca la coincidencia de todas las
etnias americanas y se aboga por acciones concretas para llegar a alcanzar
una armonía futura en gran parte sustentada en la eliminación de los
europeos blancos y en alcanzar otra vez el universo ancestral perdido por
la aparición de éstos.
Con estas apetencias como telón de fondo, no cabe duda que la
retribalización exige el aplicar a la tribu los mejores adjetivos que
puedan ayudar a su exaltación. Los Dènè y los Inuit consideran negativo
todo rasgo de presencia europea en América. Hay en esto algunas
discrepancias con los Métis pero no muchas. Las referencias a las
relaciones sociales entre etnias vecinas como maravillosas en el pasado y
a la labor desvertebradora de los colonizadores es la táctica del
discurso. Sabemos de sobra que los conflictos interétnicos son con mucho
anteriores a la llegada de británicos o franceses. Lo más idílico es la
relación con la naturaleza porque parece que tanto los Dènè como los
Inuit ni pisaban el bosque boreal no fuera a lastimarse, cuando se conoce
con certeza el sometimiento del mismo a las tareas extractivas de la caza,
madera, remedios medicinales y otros muchos.
El sentimentalismo pan-indio es vivido por los jóvenes con mayor
intensidad, porque esta generación es la que ha sufrido en carne propia
los efectos de la desestabilización sufrida por sus padres como
consecuencia de haber entrado en el mercado laboral del que desconocían
todo. La filosofía que se patrocina no es más que una retórica que
pretende poner de manifiesto la recuperación de unos referentes
culturales concretos con los que poder hacer frente a un futuro incierto.
Aunque la marcha atrás es inviable, todos los planteamientos teóricos
van en esa dirección, que marca la utopía del discurso; los prácticos
van por otro camino paralelo y más rentable, aunque digan tener presente
que lo que se quiere es retornar al Paraíso Terrenal de los
antepasados.
El paso de cazador-recolector a miembro de una sociedad postmoderna
asentado en un entorno urbano, es ya una realidad que engloba a la mayoría
de los residentes en la Región de Sahtu. El salto en la historia,
violento si se quiere, tiene diversas causas para hacerse realidad. Quede
claro que los autóctonos canadienses cuentan ahora mismo con una calidad
de vida que envidiamos muchos; y, si la han alcanzado, se debe a que
los enemigos tradicionales, los blancos como ellos dicen, cambiaron
de actitud y de criterio como ya se ha manifestado. El hecho de contar con
una base jurídica favorable, que les ha permitido alcanzar el
reconocimiento del uso de los recursos del bosque boreal (el suelo)
en una primera etapa, como consecuencia de hacerse efectivos las
reclamaciones de tierras; y de contar después con posibilidades de
explotar también el subsuelo (petróleo, diamantes, uranio y otros
minerales), son dos detalles que catapultaron hacia arriba a los aborígenes
en el conjunto del Estado canadiense.
Los recursos económicos están asegurados y su canalización, en
todo o en parte, hacia los bolsillos de los nativos es ya una realidad. Es
verdad que hay en todo esto una complacencia por parte del gobierno de
Ottawa después de múltiples negociaciones. Mucho del turismo que llega a
los Territorios del Noroeste está controlado por las organizaciones autóctonas,
y el alquiler de un alojamiento por persona y día no es precisamente
barato. En opinión de las gentes, éste es uno de los modos en que los
blancos deben contribuir a subsanar la deuda histórica que
contrajeron con el expolio y una forma de devolver a sus dueños el
patrimonio aborigen. Parejo con lo dicho está la artesanía, que más o
menos tiene la misma finalidad. Una de las peticiones que expone la
propaganda para foráneos es que se visite esta o aquella comunidad, para
ver en directo el folklore genuino, el significado de la fiesta y cosas
por el estilo representadas al estilo del pasado, lo que no deja de ser
poco creíble ahora mismo. Incluso la propaganda en torno a la Drum
Dance, que aparece tanto en lugares Dènè como Inuit, muestra la unión
que va habiendo por parte de los aborígenes aunque sean de diferente
componente étnico.
Pero la cantidad mayor de dinero que llega a manos autóctonas
procede del petróleo y de los diamantes. Ya está indicado que los
diferentes tratados firmados en el pasado entre el Gobierno Federal y las
diferentes comunidades tenía mucho de paternalismo y sólo permitía
acceder a los recursos del suelo. Con el tiempo, las cosas se perfeccionan
permitiendo que los recursos del subsuelo también puedan ser explotados,
al menos en parte, por los autóctonos. La consecuencia ha sido que una
enorme cantidad de dólares se ha canalizado hacia las etnias con
reconocimiento oficial; así, en el verano de 1999, los Dènè han firmado
un acuerdo por medio del jefe indio Raymond Taniton, de la Deline Dènè
Band y experto en finanzas, con el Banco de Montreal para que este último
se encargue de manejar el 40% de las ganancias que llegaran a manos
nativas procedentes de la industria del petróleo ubicada en la Región de
Sahtu y, más en concreto, en las cercanías de Norman Wells donde se
encuentra la refinería.
Este detalle permite a los aborígenes disponer de remanente
monetario más que suficiente para hacer frente a cualquier eventualidad.
Igualmente, el dinero les ha permitido acceder a los mismos bienes que
tienen los blancos, lo que también permite una cierta igualdad. En los
meses de verano conducen todo terrenos por las calles de los
pueblos así como por las singulares carreteras de invierno cuando
llega la nieve y todo está helado. Este es el momento en que los moto
deslizadores (snowmobile), aparcados durante el breve estío, se
adueñan de las pistas imprimiendo al paisaje su nota singular. A esto hay
que añadir que las TV por satélite o por cable, teléfonos, ordenadores,
asistencia médica, etcétera, están presentes dondequiera. Puede que lo
más notable sea que las casas van dejando de ser pequeñas y cuentan ya
con dimensiones más que notables, con muebles modernos, calefacción,
agua corriente y cuantas comodidades sean propias de lo que aquí se
denomina culture of confort,.
Muchas de ellas, las más actualizadas, carecen ya de porche, y hay que
tener presente que este espacio ha tenido dos funciones muy tradicionales:
la primera, servir de lugar de conversación e incluso de ocio familiar;
la segunda, cobijar a los perros que debían tirar del trineo o ser
porteadores según el momento. Estos detalles permiten observar que se ha
dado un cambio más que notable.
A las ganancias del petróleo se pueden añadir las que proceden de
la minería, especialmente en las zonas en que se extraen diamantes. En
los Territorios del Noroeste opera la Diamonds BHP que tiene firmados
tratados de cooperación y de participación en beneficios con los Dènè,
Inuit y Métis, especialmente con los últimos que lograron entrar en
todas las negociaciones en virtud de que el Gobierno Federal y la Asamblea
Legislativa de los Territorios del Noroeste llegaron a un acuerdo en que
se les reconocían sus reivindicaciones territoriales (INAC 1998).
Posiblemente, la innovación más notable es la educativa. Los autóctonos
canadienses fueron escolarizados parcialmente en las escuelas misionales
que en aquel entonces operaban al margen de la supervisión del Estado.
Esto aconteció más o menos hasta finales de los años 50. Cuatro décadas
más tardes, el cambio está ahí. Evidentemente, se debe también tener
en cuenta que si ha habido modificaciones en la educación se debe ante
todo a los criterios jurídicos ya apuntados. Disponiendo de una Oficina
Regional de Educación, cosa impensada unos años atrás, disponiendo de
suficientes fondos económicos, los autóctonos estudian primaria,
secundaria y acuden a cualquiera de universidades de la zona meridional o
a alguna de los Estados Unidos. La calidad de vida se refleja también en
la sanidad, en la indumentaria y en la dieta alimenticia. Nada de esto
pudo ser pensado por la generación precedente. Por eso, la generación
actual de adultos siente un legítimo orgullo cuando ven a sus hijos
graduarse en universidades prestigiosas o conseguir puestos de trabajo en
igualdad de condiciones con los miembros de la sociedad dominante. Notas (1)
Este ensayo forma
parte de un proyecto de investigación mucho más amplio titulado Culture
and Social Change among Dènè, Inuit and Mètis of Northwest Territories
(Canada). La financiación del mismo corre a cargo del Ministerio
de Asuntos Exteriores de Canadá. Expediente Nº. D-515-I-1999. El
investigador principal es el autor de este ensayo. BIBLIOGRAFIA
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