ARQUEOWEB. REVISTA SOBRE
ARQUEOLOGÍA EN INTERNET
11, 2009
EL FRANQUISMO EN
EL PASADO PREHISTÓRICO Y
ANTIGUO PARA
UNA, GRANDE Y LIBRE
Juan
Francisco M. Corbí[1]
Departamento
de Prehistoria y Etnología
Universidad
Complutense de Madrid
Resumen: La historiografía nos permite
reflexionar sobre el pasado de nuestra disciplina, recuperar y volver a
trabajar en profundidad las obras de los arqueólogos que nos han precedido. Uno
de los momentos más interesantes es probablemente
Abstract: The
historiography allows us to think about the past of our scientific discipline,
to recover and study the works written by the preceding archaeologists again.
Probably, one of the most interesting moments to this reflection is the
Franquist dictatorship (1936-1975) and its attempt to build a Spanish national
history in accordance with specific ideological and political interests. We can
prove it in Prehistory and Antiquity, specially about problems like the origin
of Spanish people and our country’s unity, the role of Spain in the universal
history, the imperial idea, etc., subjects that would have their roots in the
first phases of our (Pre)history theoretically. In this sense, the analysis of
the contents of some works of three of the worthiest archaeologists and
professors of the Franco period, Luis Pericot Garcia (1899-1978), Julio
Martinez Santa-Olalla (1905-1972) y Martin Almagro Basch (1911-1984), could
give food for thought about the no innocent -although more or less discreet or
evident, according to the political context of each country- relationship
between science and politics and about the researchers’ behaviour in a difficult
context like a dictatorship
1. INTRODUCCIÓN.
El trabajo que presentamos plantea una reflexión
historiográfica sobre los contenidos de algunas obras de tres de los más
relevantes arqueólogos españoles, Catedráticos en diferentes Universidades del
país, durante el franquismo. Dichas obras tienen en común tratar sobre un mismo
tema, el de los orígenes de España y del pueblo español, tan conflictivo
entonces. Lo que pretendemos es prestar atención a sus propuestas, a veces
contrapuestas o no exactamente iguales, y a la interesada utilización política
que el régimen franquista pudo hacer de las que más le interesaban. Se trataba
de un contexto difícil protagonizado por una Dictadura, la del General Franco
(1936-1975) que, como tal, se caracterizó por la total ausencia de libertades,
entre ellas, las de pensamiento y expresión, fundamentales para el buen y libre
desarrollo de la investigación científica; imponiendo, además, “un rígido corsé a la historia, con
distorsiones y exageraciones puestas al servicio de la propaganda del nuevo
Estado” (Ruiz Zapatero, 2003: 222). Como forma de legitimarse en el poder, el
régimen recurrió al falseamiento y a la redacción de una nueva historia en cuyo
relato cabían todo tipo de engrandecimientos, exageraciones e imágenes míticas,
ajustadas por supuesto a la práctica política del nuevo Estado y a las posturas
ideológicas aceptadas dentro de él.
Para que surtiera el
efecto deseado, el adoctrinamiento y la movilización en su favor de la
población, el régimen echaría mano de la escuela como la caja de resonancia
perfecta para la transmisión de la nueva historia nacional (Cámara Villar, 1984; Valls Montés, 1984 y 1986;
Martínez-Risco Daviña, 1994; Sopeña Monsalve, 1994; Martínez Tórtola, 1996;
Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís, 1995: 221-225 y 1997: 275-278; Álvarez-Sanchís
y Ruiz Zapatero, 1998; Abós Santabárbara,
2003; Prieto Arciniega, 2003).
No parece casual, pues, que en aquel particular contexto, algunos de los más
destacados arqueólogos se afanasen en buscar en el pasado prehistórico los
orígenes de nuestra unidad política, geográfica y racial, así como de la
grandeza de nuestra nación porque, sin duda, debió ser muy difícil obviar aquel
estrecho corsé con que el régimen limitaba su actuación como investigadores.
Cada vez parece más claro que la reflexión
historiográfica es una forma más de hacer arqueología, no solo el trabajo de
campo, ya de por sí irreemplazable para el avance de nuestra disciplina. La
historiografía, en efecto, supone hacer una historia de nuestro campo de
investigación, de los temas tratados y de sus protagonistas, pensando en torno
a cómo y por qué se hicieron y se pensaron las cosas de un modo determinado y
cómo se pusieron finalmente por escrito. Para ello resulta necesario tener un
amplio conocimiento no solo del contexto científico y/o académico de partida,
sino también del concreto marco político, económico o social en que tuvo lugar
la labor y la producción de nuestros autores (Olmos, 1997; Ruiz Zapatero,
2002). Además de permitir, lo cual es siempre loable, la recuperación de los
trabajos de los autores que tendemos a tachar de clásicos o ya superados
(Olmos, 1997: 24), los estudios historiográficos actualizan sus semblanzas
personales y académicas y nos hacen tomar conciencia de dónde venimos, quiénes
nos han precedido en tal o cual ámbito de la investigación arqueológica, cuáles
fueron sus posturas más destacadas, y hacia dónde vamos. En otras palabras, la
historiografía nos permite no obviar cuál ha sido el camino
seguido por la arqueología y cómo lo hemos ido andando y, también, hacia qué
direcciones parece tender en el futuro. Es por ello por lo que G. Ruiz Zapatero
reclamó recientemente la importancia de una buena labor historiográfica como
“uno de los indicadores de la madurez de una disciplina científica” (2002: 15).
Teniendo en cuenta, como
sugieren M. Díaz-Andreu y G. Mora, que “la ciencia no es algo objetivo y
aséptico, ni su práctica inocente” (1997: 9), sería erróneo pensar que nuestra
disciplina -o cualquier otra- solo se vinculan con la política o con intereses
ideológicos concretos en el marco de regímenes autoritarios como el franquista
(Díaz-Andreu, 1993, 1997, 2002a), por mucho que en este tipo de situaciones esa
asociación resulte francamente más clara. Igualmente sería un juicio equivocado
pensar que la interpretación unitarista, nacionalista y esencialista de nuestro
pasado se desarrolló exclusivamente al amparo del Estado franquista. En efecto,
podría decirse que ésta venía ya construyéndose desde
Es verdad que el régimen franquista puso mayor
interés en fundamentar su acción política y sus bases ideológicas en el
recuerdo de los tiempos de
2. LOS
INVESTIGADORES Y SUS OBRAS.
Los tres autores que
reunimos en este trabajo son los Drs. Luís Pericot García (1899-1978), Julio
Martínez Santa-Olalla (1905-1972) y Martín Almagro Basch (1911-1984) [Figura
1]. Sus vidas y trayectorias académicas son suficientemente conocidas, pues
contamos con varios títulos que nos sirven para acercarnos a la personalidad y al papel investigador desarrollado por los
que bien podría decirse que fueron tres de los prehistoriadores y profesores
universitarios de mayor proyección nacional e internacional a lo largo de las
décadas centrales del siglo pasado (VV. AA., 1970; Pericot, 1975; Blanco
Freijeiro, 1978; Jordá Cerdá, 1980; Guerra Santos, 1981; Ripoll Perelló,
1979-80 y 1984a y b; Cortadella, 1988; Castelo Ruano et alii, 1995 y 1997; Carrera Hontana y Martín Flores, 1997:
587-591; Cebrià, 1999; Consell de Redacció de Pyrenae, 1999; Díaz-Andreu y Ramírez-Sánchez, 2001: 328-342; Ortega
Martínez y Quero Castro, 2002; Pasamar Alzuria y Peiró Martín, 2002: 70-72,
395-396 y 488-490; Mederos Martín, 2003-2004).
Los hemos seleccionado al
tratarse de personalidades con una orientación política concreta en cada caso,
lo cual, pensábamos en un principio, podría condicionar en cierto modo las
opiniones vertidas en sus obras sobre el tema que nos ocupa. M. Almagro y J.
Martínez Santa-Olalla simpatizaban con el nuevo régimen y, de hecho, eran
miembros de Falange y participaron activamente, al menos el primero, en el
bando Nacional durante

Figura
1. Los autores. Arriba a la izquierda, Martín Almagro Basch. A su lado, Luís
Pericot García. Y abajo, sin uniforme falangista, Julio Martínez Santa-Olalla
(Imágenes en Guerra Santos, 1981: 15; Ripoll Perelló, 1979-80: 509; Ruiz,
Sánchez y Bellón, 2003: 165).
L. Pericot, discípulo aventajado y uno de los
continuadores del legado del ahora condenado a muerte y exiliado P. Bosch
Gimpera (Pasamar Alzuria y Peiró Martín, 2002: 140; Gracia Alonso, 2003), era
nacionalista catalán pero, no como su maestro, pudo o supo sacrificar dicha
postura después de

Figura
2. Algunas de las manifestaciones a favor del nuevo régimen. La portada de la
revista Ampurias (Almagro Basch,
1939a) y la dedicatoria y esquela de Atlantis
(Martínez Santa-Olalla, 1940).
Las obras que hemos seleccionado nos parecen las más significativas de
estos autores en torno al problema de los orígenes de nuestra patria y del
pueblo español y, como sugerimos en el párrafo precedente, nos permiten
apreciar multitud de matices que nos advierten que, a pesar de la dificultad de
todo contexto dictatorial, hubo quienes supieron o intentaron defender posturas
diferentes o enfrentadas con las más extendidas y con aquellas de las que el
régimen se servía. De L. Pericot hemos escogido un libro general de
Prehistoria, titulado

Figura
3. Los diferentes períodos de nuestra Prehistoria, según las fechas propuestas
por nuestros autores.
Sería
interesante prestar atención a las intenciones por ellos albergadas con la
publicación de algunos trabajos de los arriba citados. Por su parte, L.
Pericot, en su discurso ante el resto de miembros de
“mirando
así el remoto pasado, sentimos tan próximos a nosotros a gravetienses como a
solutrenses, a magdalenienses como a capsienses, a los pastores pirenaicos como
a los agricultores almerienses, a los tartesios taurófilos como a los orfebres
atlánticos, a los celtas como a los iberos, y tan españoles a esos viejos
abuelos nuestros como a quienes fueron ya cristianos o adquirieron conciencia
de que eran españoles.
Y esta
ha de ser […] la lección de nuestra ojeada a las raíces de España. Estas han
sido muchas y han puesto a contribución razas, pueblos, lenguas y culturas
diversas. De ninguna hay que renegar: en cada una de esas raíces es probable
tengamos algún descendiente. De un haz de raíces ha salido España y hemos
intentado seguir su trenzado desde el Gravetiense, pero nos han faltado datos y
luces.
Para J. Martínez
Santa-Olalla su Esquema venía a ser
el “esqueleto de una visión nueva en la historia primitiva hispánica, que debe
realizar revoluciones profundas en ciertos problemas y enjuiciar todos en
general en nueva forma, auténticamente histórica y no de curioso de las
antiguallas que milenarios nos legaron” (1946: 14). Una nueva visión frente a
la de Bosch Gimpera, a la que pretendía sustituir por estar sus criterios, a su
juicio, “periclitados” (Ibíd.: 20).
Quizá esta aseveración fuese un tanto exagerada, máxime si tenemos en cuenta
que surgía frente a un modelo notablemente más sólido (Cortadella, 2003), con
el que tampoco se diferenciaba tanto en realidad (Ruiz Zapatero, 2003: 226).
Una propuesta, la de Bosch, que se vería reflejada en otras obras (1945, 1978 y
1981), alguna de ellas amargamente también vilipendiada por rupturista de la
unidad de España por parte de Almagro Basch (1939b, cit. por Gracia Alonso,
2003: 57-58, nota 21). En cualquier caso, su nueva visión debía estar presidida
por cuatro principios, a saber: “1.ª Lo insostenible de las viejas cronologías
exagerando fechas y posición absoluta de culturas. 2.ª El hundimiento del mito
africano que concedía papel creador exagerado y propagador de pueblos y
culturas a África. 3.ª El carácter prefigurador de Europa, racial y
culturalmente, de la avanzada edad del bronce […] 4.ª La necesidad de una
autopsia en la edad del hierro hispánica, con una revalorización de lo céltico,
y de lo púnico como mediador helenizante” (1946: 20-21).
Por último y de igual modo, M. Almagro se proponía
estudiar “cómo se creó el pueblo que hoy, fundido en alto grado, habita
“el
cruce entre las gentes de las diversas provincias españolas ha ido en aumento y
el grado de fusión es tal que hoy ofrece España uno de los complejos raciales
más homogéneos y más fundidos de todas las comunidades nacionales del mundo,
representando los problemas de las minorías raciales, que tanto preocupan a otros
estados, algo que dejó resuelto para nuestro futuro la clarividente política de

Figura
4. La marcha de nuestra patria durante
Al mismo tiempo, Almagro
Basch destacaba el sorprendente hecho de que fuera nuestro país el único que, a
pesar de regir un enorme imperio, con diferentes pueblos y razas a lo largo y
ancho del mismo, no tolerase intromisiones sobre nuestra homogénea base racial:
“Disperso
por todo el mundo, el elemento racial hispano se ha cruzado con todos los
pueblos de la tierra: negros, indios americanos, malayos y otros grupos
asiáticos, pero es preciso resaltar, en contraste con este hecho evidente, cómo
el español nunca ha traído a la metrópoli sino muy escasísimos elementos de
esos cruces raciales. Ni en los días de nuestro imperio, ni más tarde a través
de los nutridos grupos más modernos de “indianos”, […], ha sido frecuente el
espectáculo de ver volver a su patria al […] español con hijos de sangre
cruzada. Ello va diferenciando la población española de la de otros pueblos
vecinos como Portugal, donde el elemento negroide va pesando ya en su etnia, y
aun en la misma Francia, donde también norteafricanos y negros van dejando
huella frecuente” (1958: 163-164).
3. EN BUSCA DEL ORIGEN DE ESPAÑA Y DE LOS ESPAÑOLES: EL PALEOLÍTICO.
3.1.¿Españoles en el
Paleolítico Inferior?
La pregunta que encabeza
este epígrafe era de muy difícil respuesta en tanto que encontraba algunos
obstáculos considerables para su resolución, aunque huelga decir que esta
cuestión tan concreta tuvo una resonancia mínima en el marco de la
investigación paleolítica peninsular durante el franquismo (Estévez y Vilá,
2006). En cualquier caso, el impedimento principal para encontrar la solución
de aquella pregunta era el desconocimiento que se tenía de las gentes que
habitaron el suelo peninsular en aquel momento tan antiguo pues, aunque se
hubiesen descubierto algunas de sus herramientas, no se conocían sus restos
antropológicos ni, por tanto, sus características físicas (Pericot García,
1952: 11 y 1950: 37;
Almagro Basch, 1958: 22). Esas herramientas o, mejor dicho, su dispersión que
se creía afectando a toda
Nuestros autores les supusieron una vida no
precisamente sencilla, sino más bien condicionada por diversas dificultades,
adversidades y problemas (Pericot García, 1950: 37-43). La ayuda de Dios,
dotándoles de inteligencia, les permitió enfrentarse a ellos y así poder
sobrevivir (1952: 14). Nuestro parecido y parentesco racial con ellos, por otro
lado, debía ser escaso o directamente nulo debido a “su remota edad y […] la
distancia somática que los aleja de nosotros”. Así pues, el desconocimiento de
sus rasgos antropológicos y de su papel en la formación de nuestra raza, eran
las coartadas perfectas para que nuestros autores decidieran que “no nos
interesa abordar las cuestiones antropológicas de aquellos seres” por ser “tan
inferiores y lejanos a nosotros” (Almagro Basch, 1958: 20). Al menos, se les
atribuían algunas formas de vida, innovaciones materiales o conductas sociales
y religiosas, con mayor o menor fundamento en el registro arqueológico, que
habrían continuado hasta nosotros, considerando el profesor Pericot que
aportaciones como “el fuego, la talla de la piedra y un gran número de
conocimientos prácticos […], se hallan en la base de toda la cultura humana posterior”,
siendo lo que idearon “el substrato fundamental de la civilización” (1952:
14-15).
Realmente
se aceptaban unos apriorismos de difícil comprobación científica que,
sospechosamente, permitían aplicar al pasado los modelos sociales y modos de
pensar imperantes en
De
los que sí se habían encontrado restos antropológicos, así como materiales, era
de los Neandertales (Pericot García, 1952: 15 y 1972: 61; Almagro Basch, 1958:
22-23), que habrían alcanzado por supuesto “todo el área peninsular” y cuyos
hallazgos físicos parecían de “aspecto simiesco” (Almagro Basch, 1958: 23-24) o
“más bestial que el de cualquier otra raza posterior” (Pericot García, 1952:
16). No parecían de esta forma menos lejanos a nosotros [Figura 5], haciendo
pensar que el testimonio dejado por ellos en la sangre española debía ser
prácticamente insignificante. Pericot no podía negar las manifestaciones
elevadas y trascendentes de unos seres que, al dar sepultura a sus difuntos,
manifestaban su creencia en “una vida de ultratumba, con temor a los muertos” (Ibíd.: 16) o “en el alma que sobrevive a
la muerte” (1972: 61) y que rendían culto al oso y al cráneo (1950: 41) [Figura
6].

Figura
5. La imagen de los miembros de las especies remotas, siempre dibujados con
rasgos animales y brutales, y la complexión ágil y los rasgos delicados e
incluso bellos de los de nuestra especie, hacía que entre ellos pareciese haber
insalvables diferencias (imagen a partir de Moure Romanillo, 2004: 104-105).
Su organización
socioeconómica no parecía ser un gran enigma, dado su prácticamente seguro
parecido con la de los anteriores ocupantes del territorio. La cuestión
realmente acuciante que planteaba esta especie surgía al comprobar que, antes
de su extinción, habían convivido y compartido el mismo espacio durante un
tiempo con los Homo sapiens posteriores,
esto es, nuestros más directos antepasados. ¿Se mezclaron entre sí? Y si lo
hicieron, ¿pudo ello tener consecuencias destacables en nuestra base étnica?
Para L. Pericot, resultaba evidente que “en algunas zonas de supervivencia de
esa raza se produjeron cruzamientos con miembros de la raza de Cromagnon” y
alude al caso de los “presapiens,
próximos al Neandertal pero menos especializados y con rasgos que los aproximan
algo al hombre moderno” (1972: 61). En su opinión, M. Almagro no consideraba
que “los cruces con seres tan inferiores fueran frecuentes y, si los hubo,
nunca constituirá una prueba […] la existencia de cráneos […] en los cuales
encontramos algunos atávicos rasgos óseos” que no “pueden atribuirse a
reminiscencias de los antiguos neandertalenses”. Por tanto, habían pasado por
nuestra historia “sin dejar elementos que la continuaran” (1958: 24-25), sin
merecer el calificativo de españoles, sin que Pericot ubicara en ellos “rasgo
alguno que permita rastrear una definida raigambre hispánica” (1972: 60) y
habiéndose extinguido “no sabemos cómo”, aunque su industria continuase en la
última etapa del Paleolítico (1952: 16-17).

Figura
6. El entierro de sus muertos era uno de los pocos rasgos de conducta que
otorgaban a los “simiescos” Neandertales una humanidad y sensibilidad cercanas
a la nuestra (representaciones tomadas de Carbonell y Sala, 2000: 222 y 225;
Moure Romanillo, 2004: 131).
J. Martínez Santa-Olalla, por su parte, se limita a compendiar y resumir
las características y la procedencia de los diferentes complejos industriales
adscritos entonces al Paleolítico inferior, que él llama “Arqueolítico” (1946:
27), situando nuestro Paleolítico inferior -y el superior- en el centro de una
discusión que se repetirá constantemente en estos textos: el carácter africano
o europeo de nuestro pasado. Sin mencionar modos de vida o componentes
raciales, como los otros autores, estructura dichos complejos tecnológicos como
sigue: Isidrense I y Clactoniense I (Arqueolítico antiguo); Isidrense II,
Clactoniense superior, Tayaciense I, Isidrense III (Arqueolítico medio); y
Levaloisiense pleno, Tayaciense superior, Micoquiense y Matritense I y II
(Arqueolítico superior). Explica que “a pesar de la inexistencia hasta la fecha
de abeviliense típico en el Norte de África, que está rigurosamente establecido
con fases antiguas españolas in situ,
cabe admitir todavía un origen […] inmediatamente africano” para él. Por otro
lado, “el clactoniense y su industria derivada, el levaloisiense, son norteñas
y europeas”, frente al tayaciense que “pudiese ocurrir sea una industria que […] derivada
del clactoniense, tenga una mayor antigüedad […] en África, que en Europa
occidental”. Sobre el micoquiense confirma que “más que una cultura explicable
y atribuible a intercambios o movimientos étnicos, hay que atribuirla al
resultado lógico y natural de elementos étnicos y culturales que se funden”. Y,
finalmente, “en el mundo musteriforme a que básicamente pertenece el
matritense, hay que reconocer una relación clara y evidente con Francia, así
como otra de Sur a Norte con África que le da ciertos rasgos extraños” (Ibíd.: 37-38).
De este rastreo de los
seres más antiguos, cabría concluir que, aunque sus aportaciones culturales
fuesen muy importantes y heredadas por los españoles posteriores, se trataba de
“dos raíces […] que […] aparecen en forma harto vaga” (Pericot García, 1952:
17). En conclusión, en aquel primer momento de nuestra historia nacional no
podían encontrarse aun los fundamentos de lo que pudiera definirse como
propiamente español.
3.2. Los primeros
españoles.
Entonces,
¿había que rastrear en el Paleolítico superior el origen de los primeros españoles? En efecto, al llegar
a esta etapa nos situamos ante el momento más importante de nuestra historia
patria pues será a partir de ahora -y a lo largo de todo su devenir histórico-,
cuando
Las
mediciones craneales tan frecuentes como fruto del interés clasificador racista
y antropológico de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX (Broca,
1875; Quatrefages y Hamy, 1882; Ratzel, 1888; Quatrefages, 1889; Bertillon,
1893; Hoyos Sáinz, 1899 y 1947;
Deniker, 1900; Aranzadi Unamuno, 1903; Hoyos Sáinz y Aranzadi Unamuno, 1913;
Mendes Correa, 1915, 1919, 1940 y 1943; Wilder, 1920; Bean, 1932), dieron como
resultado la advertencia de dos tipos raciales, los dos dolicocéfalos, dentro
de la misma especie de Homo sapiens:
el de Combe-Capelle y el de Cro-Magnon. Si bien la primera raza se vinculaba
con el Perigordiense, una de las primeras fases del Paleolítico superior, y “el
origen de la raza dolicocéfala mediterránea”, la de Cro-Magnon lo estaba con el
Auriñaciense y era la “raíz de los dolicocéfalos nórdicos europeos”. M. Almagro
hacía hincapié en que los miembros del primer grupo racial, los perigordienses,
fueron más numerosos pues “parece manifestarse como si toda España apareciese
llena, con gran constancia y predominio, de yacimientos de una facies cultural
mediterránea, que podemos llamar Perigordiense frente a los auriñacienses
típicos” (1958: 28-30). L. Pericot observa la misma dualidad en la primera fase
del Paleolítico superior, que denomina Auriñaciense, en cuyo interior distingue
el Auriñaciense propiamente dicho “con predominio de la industria del hueso y
de determinados tipos de sílex”, y el Perigordiense o Gravetiense “en que el
hueso tiene menos importancia y en que las piezas de sílex presentan a veces, o
con frecuencia, un curioso retoque, que produce el llamado dorso rebajado”.
Está de acuerdo con “un predominio de lo gravetiense”, aunque también alude a
que “en la zona cantábrica se da el Auriñaciense […] y aun hoy vemos mayores
indicios de que tales auriñacienses pudieran alcanzar en forma más o menos
esporádica mucha mayor extensión que la que hace unos años estábamos dispuestos
a reconocerles” (1952: 19-20). En tanto que los gravetienses o perigordienses
“dominan al principio y al final de la edad, mientras los […] auriñacienses […]
dominan en la fase media de aquella” (1950: 45), el autor veía igualmente la
raza y “la industria gravetiense o epigravetiense generalizada” en el
Paleolítico Superior hispano (1952: 20).
Esa superioridad racial y
numérica del elemento perigordiense constituye un razonamiento de vital
importancia para ver en ellos a los primeros
españoles. A pesar de que entre medias asomarían los solutrenses y
magdalenienses, ni los primeros que para el profesor Almagro eran
“antropológicamente un elemento más cromañonoide”, ni los segundos que “eran
pueblos europeos cromañonoides evolucionados de la raza llamada de Chancelade”,
habrían sido los últimos habitantes del Paleolítico superior. Tomando como
muestra la estratigrafía en que aparecían los materiales solutrenses en algunas
cuevas y el caso concreto de la de El Parpalló para el final de los
magdalenienses, afirmaba por un lado que los perigordienses “se nos ofrecen en
muchas cuevas, en estratos anteriores y posteriores a la invasión que el
solutrense representa”, y por otro que, “tras la retirada de los
magdalenienses”, ocupan de nuevo El Parpalló “unos avanzados perigordienses,
población continuadora de los que habían habitado ya el lugar […], probándose
así la persistencia y el predominio del Perigordiense mediterráneo en el ámbito
peninsular” (1958: 30-33). Todo esto lo corroboraría Pericot (1950: 53-54, 56,
63-64). Considerando además que los solutrenses y magdalenienses no supusieron
alteración alguna en “la manera de ser ni el
aspecto” de los perigordienses, resultaba claro que éstos debían ser los
“primeros españoles”, la “masa principal de los españoles actuales”, la “raíz
principal de nuestra Patria, de la que descienden por crecimiento natural la
mayoría de españoles modernos” o los “españoles autóctonos” (1952: 20-23), en
términos del profesor Pericot.
¿Por qué se aplicaban
semejantes calificativos a grupos tan alejados de la población de hoy? Porque
según el mismo autor “no ha habido desde el Paleolítico Superior una
substitución total de pobladores en España”, de forma que los habitantes de
nuestro Paleolítico superior “no se diferencian gran cosa del tipo de los
mediterráneos que forman la masa principal de los españoles actuales” (1952:
21). En otras palabras, ello venía a significar que “esas gentes no abandonaron
nunca del todo el suelo peninsular y al cabo de 400 generaciones vinieron a
convertirse, tras los injertos y amalgamas más diversos, en los hispanos
actuales”, creyendo que “las aportaciones sucesivas los matizaron”, sin
“destruir aquel germen que los últimos hielos cuaternarios habían conservado y permitido
fructificar” (1972: 60).


Figura
7. Nuestros predecesores paleolíticos serían los inventores o introductores del
trabajo de las pieles y del fuego (imágenes en Carbonell y Sala, 2000: 118 y
128), así como de la ejecución de los primeros rituales, del arte, de la caza y
de la fabricación de útiles que satisfacían sus necesidades (en Moure
Romanillo, 2004: 87, 183, 189 y 282).
Sus capacidades, formas de
vida y organización social y económica serían, en líneas generales, como las de
los grupos anteriores ya que “la ocupación y fuente principal de sustento
continuaba siendo la caza, acompañada de la recolección de productos naturales
y de la pesca” (Pericot García, 1950: 84). Esto se ayudaba de unos útiles
definidos como “los primeros artefactos especializados de los que derivan aún
los de época moderna” (Pericot García, 1972: 53). Pericot los veía organizados
en tribus patriarcales “con sus caudillos, sus consejos de guerreros, sus
espíritus protectores, su sacerdote-hechicero”, capaces de articular una
expresión lingüística con la que “puede explicarse el salto que la cultura da
en esa época” y un arte de “representaciones mágicas […] que […] nos hacen
pensar en el totemismo”, en el que “se dan las danzas con máscaras, el culto a
los animales, las sociedades secretas, los ritos ocultos realizados por
sacerdotes-hechiceros, representaciones de símbolos totémicos y de manos
mutiladas, etc.”. Totemismo que, según sugería, sería “una etapa avanzada en la
elaboración de un sistema social, con su patriarcado, sus categorías de edad,
sus ritos de iniciación, su actividad cazadora, sus divinidades solares y […]
otros rasgos propios de aquel tipo de sociedad” (1950: 84-88). E incluso pudo
haber prácticas rituales que demostraban que “la magia señorea en sus ceremonias
y ritos” (1952: 18). En conclusión y ante este despliegue cultural, se pregunta
“¿cómo no vamos a reconocer que, en cuanto nos enfrentamos con un hombre
parecido físicamente […], se halla ya rodeado de una serie de notas que nos lo
identifican como remoto creador de nuestra raíz civilizadora?” (1972: 60)
[Figura 7].
Y, por último, eran
habilidosos artistas. Para Pericot, su arte, “el primer acto de verdadera
civilización” (1950: 64), presentaba “algunas de las características del arte
español de todos los tiempos” ya que “ante él no nos sentimos extraños, pues
responde a nuestra sensibilidad, a nuestro realismo estético” (1952: 21). Al
hilo de esto, comentaba que
“el
artista paleolítico lo era con valor semejante al que damos al artista moderno:
alguien que siente la belleza de las formas reales pero que además es hábil y
capaz de realizarlas y copiarlas con diversas técnicas, y que al hacerlo sirve
algunos de los fines o los ideales de la sociedad de la que forma parte. […]
ocupará un papel destacado en el medio social en que se mueve, […] ha aprendido
con maestros y enseña a su vez a sus discípulos y continuadores, y […] su
inventiva puede llegar al simbolismo y a la abstracción. […] merece el título
de artista con no menor derecho que el escultor griego, el mosaista romano, el
decorador de catedrales o el pintor actual de grandes frescos que quiere servir
con ellos a una causa popular” (1972: 55).
El enfoque que J. Martínez Santa-Olalla imprime al Paleolítico superior,
al que denomina simplemente “Paleolítico” (1946: 39), es como el otorgado al
Arqueolítico, o sea, esencialmente centrado en lo industrial y en los aportes
llegados bien del continente africano, bien del europeo. Una vez que reconoce
que “el cuadro culturológico hispano del paleolítico tiene hoy la suficiente
claridad […] que cabe afirmar […] para toda
4. NADA
NUEVO BAJO EL SOL: DESDE EL FINAL DEL PALEOLÍTICO A
4.1. El Mesolítico o Epipaleolítico. Entre el
Mediterráneo, Europa y África.
En
las etapas prehistóricas siguientes, incluidas
En el
Mesolítico encontramos, según nuestros autores, varios grupos de población
repartidos por nuestro territorio. Por un lado, los Azilienses serían “los más
directos herederos de los magdalenienses” y habitaban todo el norte peninsular.
Frente a ellos, los Asturienses se extendían por una zona más limitada y su
raza era “opuesta a la población cromañonoide magdaleniense, derivada del tipo
de Chancelade que crea el aziliense” (Almagro Basch, 1958: 35-37). Lo cierto es
que, como señala el mismo autor, se planteaban dos grandes problemas interpretativos.
Por un lado, la mayor relevancia de la población de base mediterránea y, por
otro lado, el cada vez mayor protagonismo del norte de África en el desarrollo
de las industrias microlíticas, características de este momento, “que
denominaremos con el nombre clásico de industrias capsienses e
ibero-mauritánicas”, en la creencia de que el microlitismo procedía del otro
lado de Gibraltar. Realmente no se trataba de verdaderos obstáculos a la hora
de interpretar adecuada y unitariamente la evolución de la etnia española. Por
un lado, esas industrias y las gentes que las portaban, vendrían de Oriente
según Almagro Basch, desde donde pasarían primero a Europa y después “saltaron
[…] al África por los estrechos de Mesina, […] el Canal de Sicilia y […] las
zonas del Estrecho de Gibraltar”, añadiendo que “la tendencia a modernizar las
industrias de hojas en el Oriente Medio sería un argumento […] a favor del
origen hispano-europeo de estas gentes”. Por otro lado, venían a encajar
perfectamente dentro de las características que presentaba la raza española al
ser “antropológicamente afines […] de la población europea perigordiense de
tipo dolicocéfalo mediterranoide”. En conclusión, el mapa étnico de nuestro
país en el Mesolítico siguió invariable respecto del Paleolítico superior (Ibíd.: 38-40).
Sin
embargo, en el razonamiento de L. Pericot se percibe el reconocimiento de una
mayor diversidad étnica y cultural en este estadio, que él prefiere denominar
Epipaleolítico. Por un lado, pensaba que esas industrias microlíticas
peninsulares debían haber surgido en primer término en la propia España, no por
el influjo africano sino como consecuencia de la evolución de las industrias
locales del Paleolítico superior, de forma tal que lo que antes se identificaba
como capsiense “se resuelve muchas veces en un Epigravetiense en que abundan
los microlitos” (1950: 99). Es algo que J. Martínez Santa-Olalla también
percibía al escribir que “España, como todo el Occidente europeo, ve
desenvolverse facies culturales de ascendencia magdaleniense, en que […] se
marca un proceso degenerativo, pero que […] ofrece una tendencia microlitizante
que ya se comenzó a marcar en el puro magdaleniense” (1946: 47). Al tiempo,
habría una corriente de industria microlítica que convive con la anterior y que
sí viene de África. Se trataría del Capsiense africano propiamente dicho, no
obstante “traído por elementos de población que desde el punto de vista
antropológico no debían ser muy distintos de los epigravetienses […]
mezclándose con los indígenas empobrecidos”, dando lugar así a “la masa que va
a recibir la luz del Oriente en forma de civilización neolítica” (Pericot
García, 1950: 100). Además, para Pericot este Capsiense arrancaría de “una
industria gravetoide que sólo puede haber llegado a sus focos del sur de Túnez
por dos caminos: o desde el Asia Occidental a través de Egipto y Libia, lo que
es dudoso, o desde España como una rama del Auriñaciense inicial o
Gravetiense”. Así, el microlitismo europeo y el africano vendrían a ser “dos
grupos étnicos emparentados” aunque “formando ya pueblos con cierta
personalidad” (1952: 26-27), por lo que su poder alterador de lo hispano
quedaba a todas luces en entredicho.
De la
unión de los indígenas y los recién llegados del continente vecino, surge lo
que L. Pericot llama “pueblo graveto-capsiense” y se da comienzo a los influjos
norteafricanos en nuestra historia como “otra de las raíces de España” (1952:
25, 27). Ese papel africano se reduciría para Almagro Basch a un erróneo
“espejismo” (1958: 42, 48, 49), al contrario que para J. Martínez Santa-Olalla
que lo calificaba de “indudable […] tanto en tipos étnicos como industriales”
(1946: 47). Tanto es así que habría “una recuperación y fortificación del
elemento étnico africano” que nos aportaría “las industrias microlíticas, las
hachas pulimentadas, la ganadería y el comienzo de la agricultura” (1950: 379).
Así pues, mientras unos veían mayor diversidad en nuestro pasado, aun
defendiendo la rotunda homogeneidad y unidad de nuestra esencia racial, M. Almagro
se reafirma en un férreo unitarismo, arremete contra África y, de paso, nos
anuncia los aspectos que deberán tenerse en cuenta para valorar adecuadamente
las novedades que traiga -o parezca
traer- cada etapa de nuestra Prehistoria. Los dos párrafos siguientes son muy
ilustrativos de todo lo anterior:
“no
podríamos, pues, hablar ni de un único elemento racial ni de un único pueblo en
España al final del gran episodio de los pueblos cazadores del Paleolítico y su
secuela el Epipaleolítico. Adivinamos ciertos matices y diferencias, aunque con
un elemento dominante, y este […] sigue siendo el formado por los descendientes
de lo que llamamos los primeros españoles, `mediterráneos´ en el sentido racial
y por tanto sin diferencias apreciables respecto del tipo físico de la mayoría
de los españoles históricos” (Pericot García, 1952: 28).
“observaremos
como se nos ofrecen ya las constantes antropológicas y étnicas con las que
hemos de enjuiciar nuestra historia como pueblo. […] 1ª La total persistencia y
preponderancia del elemento indígena, formado por los dolicocéfalos
mediterráneos que desde esta remota edad se ven poblar
4.2. El Neolítico, el Eneolítico y la primera Edad
del Bronce. El refuerzo del elemento mediterráneo y la larga marcha hacia el
Imperio.
Que
el Neolítico y las transformaciones económicas y sociales que supuso, -nada menos que el “comienzo de la
civilización moderna en España”, en palabras de Pericot (1952: 32)-, venían de
fuera, concretamente de Oriente Próximo, no constituye ninguna novedad en el
marco del difusionismo que caracterizaba a la investigación prehistórica de
aquel momento. Almagro Basch continúa negando todo posible origen africano de
nuestras culturas prehistóricas y contestaba a quienes consideraban a los
colonos neolíticos “africanos del norte, continuación de unas supuestas oleadas
de mesolíticos capsienses o ibero-mauritánicos”, que “esta conclusión es hija
del falso espejismo africano que ya hizo errar la visión del desarrollo
cultural de
L. Pericot, por su parte,
consideró también la posibilidad de que dichos elementos introductores de la
civilización moderna hubiesen llegado desde Oriente por vía marítima o muy
especialmente por tierra, atravesando Europa desde el Cáucaso o bien
transcurriendo por la costa norteafricana (1950: 122-123, 1952: 30 y 1972: 48).
Pero, frente al autor anterior, no podía negar la conexión frecuente de nuestro
ámbito con el norteafricano, “no solo por la antigüedad e importancia del
Neolítico egipcio sino por el papel que hasta tiempos avanzados pudo
representar el Sahara, habitable todavía hasta la última gran oscilación
climática”. En este sentido, observaba “entre las culturas predinásticas
egipcias y la cultura sudanesa […] y las culturas neolíticas españolas […]
tantos puntos de contacto” que le resultaba “un hecho seguro la llegada a
España de elementos neolíticos del valle del Nilo en fecha temprana” (1950:
123). Tanto es así que al primer grupo identificado en el Neolítico español, el
de la cerámica cardial, lo llamarían “círculo hispano-mauritánico” (Pericot
García, 1950: 124) o “cultura hispanomauritana” (Martínez Santa-Olalla, 1946:
54). El profesor catalán resumía el foco africano como el primero que nos
enviaba “agricultores y ceramistas que […] eran los mismos que llevaron la
agricultura desde las tierras del Nilo al África Menor” (1952: 31). En la misma
idea insistía J. Martínez Santa-Olalla al referir que, sobre las comunidades
epigravetienses de su “Neolítico Reciente”, se situará “una influencia
progresiva del Oriente mediterráneo y de Egipto a través del Norte de África,
así como del resto de dicho mar por vía marítima” que hará que la cultura de la
cerámica cardial se caracterice por “componentes muy marcados e
indiscutiblemente africanos del oraniense o neolítico de tradición capsiense”
(1946: 53-54).
Frente a ellos, “Neolítico
Hispano I” fue el nombre que M. Almagro escogió para designar a este grupo
humano (1958: 54), sin dejar lugar a dudas de que lo que se pretendía era
borrar, incluso nominalmente, toda presencia africana. A su juicio, esta
cultura podía representar a “los primeros colonos neolíticos llegados desde
algún centro nilótico de hacia el Sudán” o bien “de otros centros del Oriente
Medio occidental”, dando preferencia por supuesto a éstos últimos. En efecto,
si bien en África “los focos de cerámica impresa antes de la cocción […] se
sitúan abundantemente a lo largo de la costa mediterránea y es seguro que
penetraron luego hacia el interior del Sahara” -se encontraba en Sudán “el foco
más rico y abundante ya de hacia el
En cualquier caso, la
llegada de estas gentes no supondría cambios para la población española, dado
que estos africanos serían “de etnia mediterránea, que se había ido formando
alrededor de nuestro mar partiendo de las poblaciones que aquí se asomaron
durante el Paleolítico superior” (Pericot García, 1972: 48) y solo vendrían a
“reforzar el substrato capso-gravetiense que […] hemos venido observando”
(1952: 31-32). Almagro, por su lado, ofrece argumentos muy similares al afirmar
que los colonos neolíticos “eran de raza dolicoide mediterránea” y solo
muestran “afinidades raciales” con los indígenas, de forma que “si la
consecuencia cultural del Neolítico fue decisiva, la nueva aportación racial
recibida y su cuantía son inseguras”. Ello suponía que “la población anterior
siguió persistiendo y […] la gran unificación y mediterranización de
La segunda oleada, ya en
lo que Pericot incluía dentro del “Eneolítico o primer período de
J. Martínez Santa-Olalla
actualiza, en la segunda parte de su Neolítico Reciente, el africanismo como
componente que seguía siendo esencial de nuestro bagaje cultural. Observa que
En su
línea, Almagro Basch prefería identificar esta cultura como “Neolítico Hispano
II” o simplemente Cultura de Almería (1958: 56), sin poder determinar si los
nuevos colonos habían seguido la ruta terrestre por la costa norteafricana o
bien si habían llegado por vía marítima directa desde Egipto hasta aquí. Desde
Egipto porque consideraba que los recién llegados eran “dolicocéfalos
mediterráneos venidos casi seguro del delta occidental del Nilo, del grupo
Merinde-Fayum, etc.” que, para no variar, “se diferenciaban poca cosa de los
cazadores indígenas epiperigordienses que podían quedar en España, con los
cuales se mezclan por todas partes” (Ibíd.:
55-56). A la misma idea llegaba Pericot, para quien esta cultura “representa la
ocupación de un territorio […] por un pueblo que se superpone a los indígenas”,
sin “diferir grandemente” de ellos, “que suponemos descendientes a su vez de
poblaciones llegadas del Norte de África” (1950: 143). A pesar de que los
hiciese llegados de Egipto, Almagro termina de desautorizar el africanismo en
los siguientes términos:
“Muchos
prehistoriadores han querido traer estos almerienses del Sahara y han
considerado que de estos pueblos agrícolas nacerían los iberos históricos. Esta
hipótesis no es viable hoy. Entre otras cosas porque el Sahara ha recibido
lenta y tardíamente en sus zonas central y occidental el Neolítico, llegado
desde el África mediterránea y desde el Nilo. Y nada hay allí que pueda
considerarse con fundamento, base firme para traer desde las tierras del sur de
Argelia y Marruecos esta cultura nuestra de Almería, tan mediterránea […]
Pocas
veces ha habido que recordar con fundamento el África. Ninguno de los fenómenos
culturales que hemos señalado en España se ha originado […] en África del Norte
occidental. Solo hay que estudiar, en relación con aquel continente, ciertos
paralelismos de estos grupos neolíticos almerienses y los de la cerámica ornada
cardial, que tal vez pasaron por el África del Norte o quizás alcanzaron desde
España aquellas tierras, pero que no debemos considerar […] que se originaron
allí. Sobre todo el […] Neolítico Hispano II ofrece paralelos muy estrechos con
el mundo protodinástico egipcio” (1958: 57, 59).
En torno al
L. Pericot y M. Almagro se referirán al megalitismo
no tanto como cultura o agrupación de gentes que se extienden por doquier, sino
como una idea, mentalidad o fenómeno religioso asimilado por los pobladores
peninsulares, pues afectó a muchos ámbitos y grupos de población siendo
complicado suponer “una invasión étnica tan general por tantas y tan diversas
regiones europeas”. De tal modo, vendría a ser “una religión que se extendió en
los albores de la edad de los metales” a partir de “esos primeros grupos de
mineros extendidos por Occidente desde nuestro SE”, naciendo “hacia el interior
otros núcleos megalíticos caracterizados por las sepulturas dolménicas de
estructuras varias, pero casi siempre […] megalíticas” (Almagro Basch, 1958: 64-65).
Pericot, efectivamente, también entiende que su amplia presencia por buena
parte de España, “indica a las claras que este tipo de enterramiento, que
responde a una nueva mentalidad religiosa, se adoptó por gentes cuya vida tenía
poco de común”, consistiendo en “un fenómeno […] que […] sirvió de lazo de
unión entre comarcas muy diversas” (1950: 144).
A ojos de Martínez
Santa-Olalla, que encuadra el hecho megalítico a partir de su llegada de
Oriente, arraigo en el SE. español y “amplia difusión por el Occidente europeo”
en el por él denominado “Bronce Mediterráneo I” (1946: 59-60, 57), África no
había perdido su fuerza irradiante de cultura. Esta estaba representada en
“importaciones egipcias de alabardas y puñales y puntas de flecha de base
cóncava de origen inmediato badariense” (1941b: 104; cit. por Mederos Martín,
2003-2004: 40), el “sepulcro de cúpula y galería abierta” (Martínez
Santa-Olalla, 1946: 60), “o los vasos o copas campaniformes con referentes en
el Creciente Fértil y en gran foco del valle del Nilo” (Mederos Martín,
2003-2004: 40). De hecho, iba a ser en el Bronce Mediterráneo cuando llegaran
los últimos impulsos norteafricanos, antes de que España virase a Europa ante
la llegada de los indoeuropeos. Nuestro autor comenta que “en España […] se
salva cuanto del África blanca, entonces ya muriente, podía darse y de hecho se
había dado ya”. Es más, sería un momento de crisis a pesar de que nuestros
“elementos culturales se elevan a la mayor altura posible” y del desarrollo de
“la arquitectura megalítica” porque, según su parecer, “esta emigración
española por Europa fue una especie de gran fuego de artificio, con el que un
pueblo, una raza, una cultura celebraban su propia muerte” (1950: 379).
Se tenían datos
suficientes como para afirmar que los individuos que dieron a conocer los
megalitos a los peninsulares, no eran más que “una continuación de los dos
fenómenos étnicos culturales anteriores”. Si bien la cultura de la cerámica
cardial “matizó el África del Norte y hasta pudo llegar por aquel camino igual
que el Neolítico de Almería”, aquellos prospectores megalíticos “han llegado
[…] por mar”, sin tener ninguna vinculación con un África que no ofrece “nada
megalítico, semejante y cronológicamente relacionable con nuestra cultura
megalítica”. Es decir, fueron exclusivamente “un sumando más de gentes
mediterráneas”, dada “la constante presencia y preponderancia de los tipos
dolicocéfalos […], no lejanos tipológicamente de aquel primer homo (sic) sapiens perigordiense que trajo el Paleolítico Superior”, tal y
como se deducía del estudio de los restos del cementerio de Los Millares
(Almagro Basch, 1958: 66-67).
La alusión al Imperio que hacemos en el título de
este epígrafe se debe a que será ahora, de la mano del megalitismo, la
metalurgia y el vaso campaniforme, cuando España, en opinión del profesor
Almagro, comience a determinar la evolución histórica de otros lugares allende
los mares, poniendo así las bases de la supremacía que, de este modo, por
derecho propio y legitimidad (pre)histórica ejercería en los tiempos modernos.
Señala la presencia de individuos o manifestaciones culturales peninsulares en
las Islas Británicas o en Bretaña, “siendo el elemento ibérico una de las más
acusadas bases étnicas de la población de aquellas islas que con estos
emigrantes recibieron desde España la primera metalurgia”. En Dinamarca y
Alemania “floreció una cultura megalítica que racialmente representa allí el
comienzo del mundo proto-germánico, en cuya constitución entraron diversas
aportaciones culturales hispanas”; un mundo del que, después de unos cuantos
siglos, llegaría a España la invasión o invasiones célticas y con el que ya
ahora se establecen relaciones tan intensas. Igual ocurrió en Francia donde
algunas regiones sureñas recibieron tal cantidad de influencias “que permiten
considerarlas como zonas iberizadas”, lo cual “hará que todo el sur de Francia
sea una verdadera Galia Ibérica al entrar en la historia con los griegos y
romanos y mantenga esa personalidad a lo largo de
El fenómeno que permitiría
establecer el más claro precedente del Imperio de los siglos XVI y XVII, fue el
del vaso campaniforme. Para nuestros autores, esta forma cerámica destacará en
torno al

Figura
8. Tanto la expansión del fenómeno megalítico como del vaso campaniforme,
protagonizada por prospectores y comerciantes, dibujaban un mapa europeo que
podía asemejarse al que Carlos V conseguiría a través de las herencias
familiares y sus tropas (imágenes extraídas de Almagro Basch, 1958; Contreras y
López de Ayala, 1968a: 364 y b: 405; Martínez Ruiz, Gutiérrez Castillo y Díaz
Lobón, 1988: 40; Moure Romanillo, 2004: 243, 247 y 249; Santos Yanguas, 2004:
285).
L. Pericot los caracteriza
como mercaderes armados o pequeños grupos de metalúrgicos que, en bandas
nómadas, se dedicaban “al comercio del cobre, ámbar, calaíta y otras materias
raras”. Su nomadismo venía sugerido por el hecho de que “apenas encontramos en
Alemania poblados de esta época con vaso campaniforme” y de que “sus tumbas,
individuales, no forman vastas necrópolis” (1950: 180). En relación con ello,
que M. Almagro advirtiese que “no creemos […] que en los vasos campaniformes,
[…], se deba ver un único pueblo”, ni “la simple dispersión de un fenómeno
racial de gentes de origen hispano” (1958: 70), no era una cuestión baladí. En
efecto, el problema residía en que los restos centroeuropeos evidenciaban un
tipo de gentes, en principio, diferentes racialmente a los españoles,
braquicéfalos en concreto (Pericot García, 1950: 180; Almagro Basch, 1958:
70-71), lo cual hacía imposible asumir que el vaso fuese de origen hispano o,
en todo caso, que su difusión la hubiese protagonizado el pueblo
mayoritariamente dolicocéfalo que residía en nuestra Península. Ante tal
evidencia, Pericot plantea sus dudas al respecto “de que pueda tratarse de un
fenómeno de difusión comercial” y plantea más bien “la expansión de un pueblo
conquistador” que, desde luego, “no sería un pueblo hispano, pues los rasgos de
la raza dinárico-armenoide se dan en
En
conclusión, se trataba de la arribada de una gente completamente nueva “de tipo
braquicéfalo armenoide o dinárico-armenoide”, “llegada a España siguiendo a los
colonizadores megalíticos”, muy diferentes a los indígenas hispanos y “oriundos
de tierras del Asia Menor”. A pesar de ello, solo se limitarían a matizar, no
alterando en ningún caso, “la población dolicocéfala muy predominante” en
nuestro suelo (1958: 71). La conclusión no podía ser otra más que la que
demostrase que la población de esta etapa, “no difiere fundamentalmente de la
población hispana de siglos anteriores ni de la posterior hasta la época
actual” y que, aun con ciertos elementos extraños, éstos no son lo bastante
fuertes como “para producir y mantener un cambio que tenga alguna
espectacularidad o trascendencia” (Pericot García, 1972: 39).
4.3. El Bronce Pleno. Tiempo de expansión, crisis e
innovación.
El
Bronce Pleno -segunda fase del Bronce o “Bronce II” en palabras de Almagro
Basch (1958: 83) o “Bronce Mediterráneo II” según J. Martínez Santa-Olalla
(1946: 61)-, está protagonizado por el último
episodio peninsular étnica y culturalmente relevante antes de los movimientos
celtas, esto es,
Todo ello implicaría, otra
vez, la llegada y dominación de un nuevo grupo humano comerciante, de “mineros,
activos fundidores, además de colonos agrícolas”, en este caso procedentes de
Anatolia, según Almagro Basch, y representantes de “una raza vital y fuerte con
acusado carácter dolicocéfalo y mesocéfalo” y “con grandes afinidades a ciertos
grupos raciales que se ven en
Para J. Martínez
Santa-Olalla este momento sería de crisis y decadencia en tanto que se
caracterizaba “por la desaparición de toda una serie de rasgos aportados por la
vieja cultura hispanomauritana, un declinar rápido de lo megalítico y la
aparición de un conservatismo arcaizante en todos sus elementos materiales”.
Así pues, en El Argar “han desaparecido todos los elementos de cultura no
iberosaharianos, los megalitos quedan reducidos a cistas y abundan los objetos
metálicos” caracterizados por “lo arcaico de sus tipos metalúrgicos, que no
hace más que repetir los que en gran parte teníamos al finalizar el neolítico
reciente y comenzar el bronce mediterráneo I” (1946: 61-62). En resumidas
cuentas, se trataría a sus ojos de “una cultura desgastada, envejecida, que no
es ya más que una tradición, […], una cultura anticuada, retrasada, cuyo brío
debe a la nueva aparición mediterránea y neolítica”, de tal forma que ahora
“España se ha cerrado fuertemente sobre sí misma, y esta situación lleva, tanto
desde el punto de vista racial como cultural, a una unificación más o menos
uniforme del país” (1950: 379-380).
El análisis de los cráneos
vuelve a tenerse en cuenta para comprobar que, aunque con algunos caracteres
que les podrían diferenciar de nuestro tipo racial, siguen siendo mayoritarias
las coincidencias que aseguran, por tanto, la continuidad étnica también en el
Bronce pleno. En efecto, Almagro observa “tipos dólico-mediterráneos gráciles,
mezclados con dolicocéfalos mediterráneos de tipo euroafricano o con
descendientes del antiguo tronco típico nórdico europoide de Cro-Magnon”,
creyendo que el hecho de “que se presenten en la región de Almería individuos
de tan diversos tipos raciales, ya en
En esto estábamos cuando recibimos, al final del
Bronce, desde el Mediterráneo oriental y desde Europa respectivamente, los
trascendentales influjos de los fenicios y de los protoceltas o
protoindoeuropeos (1950: 213-218 y 1972: 39), en lo que L. Pericot y J.
Martínez Santa-Olalla entienden por “tercera Edad del Bronce” (1950: 213; 1950:
380). Como hicimos notar al tratar la etapa precedente, en su opinión “el
pueblo estaba agotado, como igualmente agotada estaba su capacidad de
invención” y fue entonces cuando apareció el nuevo y primero de los elementos
indoeuropeos que habrían de llegar en
De
esta forma, el profesor Almagro concluye con dos largos párrafos en los que
parece confundirse la propia lectura científica del problema con la
interpretación política a la que, teniendo en cuenta el contexto del momento,
servirá de fundamento. Viene a concluir que,
“por el
año 1.000 antes de J. C., una tendencia a ver la unidad y la fusión de los
pueblos hispanos es más científica y queda más patente ante los hallazgos que
poseemos, que las hipótesis que intentan forzar las diferencias al estudiar la
etnia prehistórica de
Estudiando
imparcialmente los restos antropológicos y aun los culturales, es preciso
rechazar las forzadas hipótesis a las cuales se han inclinado muchos […], al
establecer sobre bases poco precisas una diversidad cultural en
4.4. Las últimas colonizaciones.
Todavía
tenían que llegar las últimas gentes a
Es fácil reconocer que
Tartessos y su supuesto imperio fueron uno de los temas, si cabe, más
controvertidos, donde se daba cita el imaginario y la verborrea nacionalista e
imperialista del franquismo (Álvarez Martí-Aguilar, 2003). A ello habría que
sumar la pobreza entonces del registro arqueológico, lo cual llevaba a Pericot
a afirmar que “no existe una cultura tartesia que haya aparecido en los niveles
de excavaciones arqueológicas” (1950: 250-251). Al otro lado se situaba el uso
y abuso que se hacía de unas fuentes escritas que, si por algo se
caracterizaban, era por su falta de concreción o ambigüedad (Wagner, 1986), dos
factores que ayudaban a acrecentar la bruma y la ensoñación de grandezas
imperiales. Según Pericot, Tartessos fue el reino “que se mantuvo frente a la
oleada céltica” entonces reducido a “un mito”, advirtiendo que “no estaría bien
que cuando tratamos de desechar mitos en
En fin, Tartessos le
parecía al profesor Pericot origen también de los actuales andaluces “no ya en
su tipo físico que debe ser casi el mismo, sino incluso en temperamento” ya que
“basta pensar en que el genio alegre, la habilidad danzarina y la taurofilia
eran ya cualidades que les adornaban en
Sobre los fenicios y los
cartagineses se intentaría, sobre todo, eliminar el obstáculo que suponía su
formación racial semita, en lo que constituye una nueva muestra de la
preocupación por asegurar la pureza racial española. Los fenicios, en este
sentido, procedentes de la costa levantina mediterránea, vendrían a ser “otro
grupo de mediterráneos orientales con no mucho de semitas y con un acusado
mestizaje con braquicéfalos asiánicos o armenoides”, esto es, “un pueblo como
el que nos presentan los restos antropológicos argáricos”, cuya capacidad de
alteración a su vez de la raza española ya vimos que fue nula. La idea de que
“sabemos que hacia finales del primer milenio antes de J. C., época de la
expansión fenicia hacia Occidente, el elemento semita no había realizado la
transformación que luego logra imponer en toda la zona de Palestina-Siria”,
terminaba por conjurar para M. Almagro toda posible mancha que hubiesen podido
dejarnos los fenicios en nuestra sangre. De los cartagineses no podía decirse
algo muy diferente, como elemento “no exactamente fenicio y por lo tanto aun
menos semítico” y que dominó una parte de
Por último, el
protagonismo que pudieron tener los griegos de Focea, últimos en llegar antes
que los romanos, sobre nuestra base étnica se resume, por parte de M. Almagro,
en que “sus cráneos son claramente dólico-mediterráneos”, dejándonos “sangre
del mismo tronco originario de gentes dolicomediterráneas”. De tal modo que,
insistiendo en la idea que se venía repitiendo hasta la saciedad, estas últimas
colonizaciones no serían más que “sumandos mediterráneos orientales” sobre
“aquella lejana base de la etnia hispana también racialmente protomediterránea
de origen perigordiense” (1958: 111).
Penetrando ya en el ámbito
de
“el
idioma e incluso la primera idea de España como unidad aunadora de todas las
antiguas diferencias étnicas peninsulares. […]
Este
sentimiento de unidad étnica, ganado durante la romanización, no se romperá ya
a pesar de las invasiones germánicas y árabes y pasará vivo a lo largo de
“La
conquista romana acabó de dar conciencia definitiva a los habitantes de
L. Pericot prestará atención además a la reacción de los pueblos
indígenas frente a los romanos y explicará por qué estos se acabaron sometiendo
al dominio extranjero, satisfaciendo de paso el gusto del régimen franquista
por ponderar la interpretación heroica e indomable de nuestro pasado. Confirmó,
por ejemplo, que aunque aquellos hispanos perdieron la libertad, ello no se
acompañó de un marasmo cultural o artístico, pues “tienen esplendorosas
manifestaciones contemporáneas de la lucha por la independencia y que siguen en
las comarcas ya sometidas al yugo romano, perdurando en momentos en que la
lengua nativa se iba perdiendo” (1952: 60). Alabó la actitud, el espíritu
libertario y el carácter guerrero de los españoles frente a los romanos, puesto
que, en su opinión, “lo interesante es la reacción indígena ante las nuevas
culturas que se le ofrecían o se le imponían” y la postura que nosotros, los
españoles actuales, debemos adoptar al sabernos “hijos […] del pueblo vencido,
que cedió su tradición, e hijos espirituales del pueblo vencedor, que impuso su
cultura” (1952: 60, 62). Lo planteaba en los siguientes términos:
“Viriato
simboliza al guerrillero español de todos los tiempos. Su perspicacia
estratégica, sus movimientos envolventes, sus retiradas fingidas basadas en una
gran movilidad y en el conocimiento del terreno, en su sobriedad y resistencia,
su misma autoridad personal y la fidelidad de sus soldados, concuerdan con la
manera de actuar de otros caudillos españoles hasta los tiempos más modernos.
[…]
Numancia
luchó sola. […] ¿Qué habría pasado si las tribus hispánicas hubieran actuado
juntas y cada ciudad se hubiera convertido en otra Numancia? Roma, ocupada en
otros graves problemas y dificultades en todos los frentes de su actuación, no
habría podido dominar a España. […]
Los
textos romanos nos enseñan las características espirituales de los pueblos
hispánicos. Sus cualidades y defectos son los del pueblo español de todos los
tiempos. […] Vivos, valerosos, capaces de los mayores esfuerzos, hospitalarios,
leales hasta la muerte, heroicos, llegando al salvajismo en su heroísmo […],
excelentes soldados […], pero al mismo tiempo perezosos, inconstantes,
cansándose de las empresas, aficionados a vivir de la depredación, orgullosos
[…]
Reconociendo
todo lo que debemos a Roma, no estaría bien renegar de nuestros antepasados
indígenas, como un nuevo rico podría hacer con sus padres pobres. En el fondo
del alma hispana es imposible que las raíces milenarias […] no hayan dejado un
sedimento más poderoso que todas las aportaciones de los últimos dos mil años.
Somos un producto del natural crecimiento de las pequeñas bandas del
Paleolítico superior, con el sello que el medio geográfico le impuso y con el
matiz que les dieron un par de nuevas inyecciones de sangre africana y el baño
de indoeuropeísmo de los celtas, ya muy mezclados por su parte, cuando llegaron
aquí” (1950: 345-348).
Siguiendo la misma idea de
la última cita de las arriba indicadas, quiso hacer ver Pericot que “a pesar de
lo grandioso de la escenificación romana, […] el pueblo hispano cambió de
envoltura pero guardó incólumes actitudes mentales, rasgos temperamentales,
fonética y tantas cosas que constituyen la verdadera personalidad indígena”
(1972: 28). Y no pudiendo negar la imposición de las nuevas expresiones
culturales, explica cómo “lo tradicional se irá dejando rápidamente, se irá
envolviendo en brumas que ocultarán el pasado a las generaciones futuras”. Así,
pasado el tiempo, éstas “no reconocerán siquiera ni comprenderán los vestigios
fósiles que de aquel pasado les quedaran, y será preciso que la ciencia
prehistórica […] rasgue aquel espeso velo y haga aparecer ante los ojos
atónitos de los contemporáneos ese maravilloso y largísimo pasado, esas raíces
con las que ni pensadores ni historiadores habían contado” (1952: 60-61).
El Imperio romano, a pesar
de someter a nuestro pueblo y hacernos perder nuestro bagaje cultural indígena
a favor de un cultura extraña e impuesta, tuvo ciertamente una buena
consideración por parte del régimen franquista, como quedó demostrado en los
actos oficiales celebrados en Tarragona en 1939 y Zaragoza en
5. IBEROS
Y CELTAS.
En
torno a estos dos pueblos se darán cita las discusiones más apasionantes y
apasionadas entre los investigadores del franquismo (Ruiz, Sánchez y Bellón,
2002 y 2003; Ruiz Zapatero, 2003), de ahí que las hayamos dejado
conscientemente para el final. Ello ocurría en un marco político muy concreto,
donde al régimen franquista le interesa promocionar la celtización de
Almagro Basch dedicó solo
las cuatro últimas páginas del décimo capítulo de su librito, donde trata los
efectos de la invasión céltica o de la “corriente étnica europeizante” (1958:
91-103), a la cuestión de los iberos, evidenciando el poco interés que le
merecían frente a los pueblos bárbaros, los musulmanes, los judíos o los
gitanos (Ibíd.: 127-134; 135-154;
155-160; 161-162), a los que sí reservó capítulos independientes. No obstante,
dentro del panceltismo, podemos apreciar dos tendencias: una “radical”,
sostenida por J. Martínez Santa-Olalla, que solo veía celtas por toda
Sin embargo, los celtas
constituían una de sus grandes especialidades, lo que le permitió, por ejemplo,
encargarse de la redacción del epígrafe dedicado al tema en la monumental
Historia de España de Menéndez Pidal (1952). En su obra encontramos un claro
predominio del componente céltico en nuestro I milenio a. C. pues, como él
mismo escribe, “nos hemos inclinado a dar a la invasión céltica, desde hace
algunos años, mucho más valor en el orden racial y cultural de lo que se había
supuesto en la época anterior a nuestras investigaciones” (1958: 100). Nos sitúa
ante un panorama de crisis donde “la influencia mediterránea en la etnia
peninsular se venía debilitando desde la mitad del II milenio a. de J. C.”, a
lo que se suma un cambio climático en torno al tránsito hacia el nuevo milenio
que se traduce, entre el 800-
Matizando la total
celtización o arización que Martínez Santa-Olalla veía para el territorio
español, anulando como hemos visto la cultura y el pueblo ibéricos, el profesor
Almagro comprueba que la presencia de los celtas no fue igual en todos los
rincones de

Figura
9. Los celtas y los iberos según Almagro Basch. Con un mayor tamaño del celta,
hemos querido sugerir la preponderancia que da al elemento indoeuropeo. Las
flechas azules indican la expansión de éstos por todas partes y las rojas sus
infiltraciones (celtización) en territorio ibérico. La “frontera” sería
permeable. Los escasos y diminutos iberos dibujados, frente a la profusión de
celtas, reflejan la poca relevancia que el autor concedía a la cultura ibérica
(los dibujos de celtas e iberos han sido extraídos de Álvarez Pérez, 1960:
329).
J. Martínez Santa-Olalla
estructuraba
Este proceso está llamado
a continuar en la siguiente fase, el Ibérico II (
“puesto
que se trata de la misma etnia hispánica en que todo lo más habrá que reconocer
una mayor proporción de elementos prearios, con las débiles aportaciones
mediterráneas lógicas, sobre la cual operan todos los elementos étnicos y
culturales que son común denominador peninsular hasta la segunda edad del
hierro […]. Por otro lado hay que tener en cuenta que la única posible
reconstrucción de la paletnología peninsular y europea en general, dada su
secuencia clara y sin huecos, no permite la inserción de un pueblo ibero que,
conforme a la tesis clásica, habría pasado de África, cosa imposible, puesto
que África, en lo que es nuestro bronce y hierro, está muerta, alargando un
misérrimo neolítico que arrastra hasta el Imperio púnico y romano e incluso
hasta la actualidad para zonas no costeras o en las grandes rutas de caravanas.
Culturalmente no existe en sus comienzos una cultura ibérica y sí sólo
la tendencia iberizante que opera sobre una base céltica principalmente, en
que, gracias al influjo de que son mediadores los púnicos, se crea la cultura
que completan los romanos con su conquista y dominación y que llamamos ibérica.
La cultura ibérica no es otra cosa que la reacción del genio español
personalísimo bajo el influjo clásico, la reelaboración del clasicismo que
naturalmente incluye, arcaizándole, los elementos orientales inseparables de
nuestro ser racial y anímico, en equivalencia rigurosa con el mismo fenómeno
que se realiza en el mundo puramente céltico y que conocemos por cultura de
Dentro de las invasiones celtas sobre
En la fase siguiente, el
Bronce IV, percibe dos situaciones. En la primera, “llega la oleada máxima
indoeuropea con la edad del bronce de los túmulos, mezclada ya con algunos
elementos de las urnas” que “alcanzan el Mediterráneo por Alicante, el
Atlántico por Sevilla, el Tajo y Duero, así como el Cantábrico, constituyendo
grupos fuertes en Castilla-Aragón”. Los califica todavía de “preceltas”, pero
ello no significa que no sean “los que tienen, por su general difusión, mayor
importancia”. Después, “se ven reforzados por nuevas oleadas en que a los
componentes étnicos preceltas, ilirios y otros menos importantes hay que añadir
seguramente algunos grupos ligures”, correspondiendo entonces esta nueva oleada
a los campos de urnas (1946: 67-68). En su opinión, estos “ilirios de los
campos de urnas” son “el primer pueblo indoeuropeo que llegó a España” y,
además, “una capa aria más o menos ligera que introdujo nuevas costumbres,
nuevas industrias, un nuevo modo de ser y una nueva forma lingüística” (1950:
385-386).
Ya en el Hierro,
concretamente el Céltico I (650-

Figura
10. Una España sin iberos, unificada por los celtas/arios, era el modelo de
Martínez Santa-Olalla. Por eso en este mapa no se ve otra cosa más que celtas
tanto en la parte propiamente céltica como en la ibérica, extendidos profusamente
a ambos lados de la “frontera”, hasta en las Baleares. Hace partícipes a los
colonizadores del primer milenio a. C., especialmente griegos, cartagineses y
romanos, del desarrollo y expansión de la cultura ibérica (dibujos de celtas e
iberos en Álvarez Pérez, 1960: 329).
Para terminar, concreta
que el Hierro Céltico II (
En las enormes dimensiones
de este proceso, según nuestro autor, “se encuentra el grueso cambio que va a
condicionar la vida y el movimiento de nuestra cultura en los dos milenarios
siguientes”, en tanto que “cuanto nuestro mundo ha creado en los dos mil años
últimos se edifica sobre los cimientos de aquella arización, que durante los
mil años anteriores se ha realizado, ya rápida, ya lentamente, pero siempre con
seguridad” (1950: 381). Sería algo así como un continuo “renacer del mundo
céltico” a lo largo de nuestra historia [Figura 11], en tanto que
“hay una
vibración de los entones célticos del país siempre perceptible […], que se
acusa fuertemente en la edad media y vuelve a tener una serie de reflejos en
épocas ulteriores, sin perder nunca esa matización extraordinariamente varia
que es la característica española, ya que nada de lo que racialmente formó
nuestra estirpe y culturalmente nuestra civilización se pierde totalmente,
antes al contrario se mezcla y con espíritu hondamente conservador y
tradicional lo revive periódicamente en las más contradictorias formas” (1946:
110).

Figura
11. Una primera vibración, la más importante, fue la que se manifestó al
mezclarse celtas e íberos, dando lugar a los celtíberos, que vendrían a ser la
auténtica raza española sobre cuya autenticidad se fundamentaría el nuevo
régimen franquista como muestran estas elocuentes imágenes (en Álvarez-Sanchís
y Ruiz Zapatero, 1998: 48).
Ante este panorama,
Pericot observa, a principios de los años ’50, que se había llegado a un punto
en que “no sabemos hoy quiénes eran [los íberos] ni siquiera si existieron con
personalidad independiente”, cerciorándose de que ese problema escondía “la
vieja discusión sobre el mayor europeísmo o africanismo de nuestra historia”.
Lo idóneo sería no “eliminar a uno de ellos y considerar todopoderoso al otro”,
sino “aceptar, en la formación de España, el fuerte peso de las comarcas
celtizadas, sin que para ello sea preciso empequeñecer o desconocer el papel de
la raíz ibérica” (1952: 54-55). Para el maestro catalán, los íberos existieron
con una mayor antigüedad de lo que se pensaba y como etnia distinta ante los
celtas, portando además sangre africana. Se trataría, en efecto, de gentes
formadas en la propia Península desde los tiempos neolíticos de
Como puede suponerse, L.
Pericot formó parte del grupo de autores que, a caballo entre las décadas de
1940 y 1950, comenzaron a responder al antiiberismo que había llegado a
asfixiar la atmósfera investigadora española (García y Bellido, 1947: 301 y
1952: 304; Fletcher, 1949; Maluquer de Motes, 1949: 202 y 1954: 305; Pericot,
1949: 65-66 y 1950: 286-288). En concreto, Pericot trasmite un iberismo un
tanto exaltado, pero siempre consciente de que algunas de sus ideas podían
resultar tan exageradas como las de aquellos que “tal vez […] sin querer han
sido víctimas de un espejismo celtista” (1952: 55). En este sentido, huyendo de
“los prejuicios que una formación iberófila haya podido poner en nosotros,
incluso […] del pequeño ‘patriotismo’ […] de sentirnos o creernos descendientes
directos de gentes ibéricas” (Ibíd.:
55); y aceptando “lo ibérico como si fuera la raíz más firme de lo hispánico,
acaso por ser su cultura y sus restos, […], más brillantes que los de sus
copeninsulares, los celtas” (1972: 29), no es difícil comprender que para el
profesor catalán los íberos fueran el “pueblo antiguo más importante de España”
(1950: 286).
“Lo
decimos así aun conscientes del gran papel que los celtas y […] las
aportaciones indoeuropeas han tenido en nuestra patria. Hablamos una lengua
indoeuropea y nuestra historia es el resultado de una afortunada mezcla de
razas y de gentes diversas y en esa mezcla los celtas sin duda han de haber
influido mucho y no sería difícil sacar consecuencias de tipo
político-histórico al hecho de su mayor predominio en regiones diversas. […]
Objetivamente el solo hecho de que el término de ibérico se haya aplicado a
Sin duda, donde mejor dejó
traslucir su fuerte defensa del elemento ibérico, fue ante los miembros de
También
observaba “la casi total identidad” de las herramientas utilizadas en el mundo
rural por los iberos y las de los campesinos de las etapas posteriores, y “la
continuidad de la agricultura ibérica […] en las especies cultivadas del viejo
fondo mediterráneo”. Algunos puntos de encuentro entre el pasado y la
actualidad tendrán lugar a través de los motivos presentes en la cerámica, que
son “un verdadero álbum de la vida de los iberos” donde “aparecen elementos que
prueban la persistencia de las formas de vida ibéricas hasta tiempos modernos.
Escenas domésticas, de guerra o de torneo, de caza, de danza, de sacrificio, de
recolección, acaso incluso de toreo, nos dejan admirados”. Destaca “la escena
de danza de hombres y mujeres dándose las manos en serie jerárquica, al son de
las flautas tocadas por un hombre y una mujer” como “claro antecedente de una
de esas danzas mediterráneas en rueda que Estrabón cita para
Curiosa
también le parece la importancia de la mujer en las representaciones artísticas
ibéricas, con el porte y la clase de las mujeres actuales, “haciendo gala de
sus barrocas joyas, sentadas sobre sillas, con un espejo en la mano, a caballo,
danzando, tocando flautas, no podemos dejar de ver en ellas las imágenes de
nuestras damas en los últimos siglos”. Entre todo eso, “lo más característico
[…] es la mantilla, que en algunos casos es tan extremada como la más
caprichosa dama española de los tiempos modernos hubiera podido desear”.
Finalmente, los dos ejemplos más sorprendentes que nos ofrece se refieren a las
fiestas y tradiciones levantinas. Según él, “un pequeño fragmento cerámico de
Liria muestra un rostro caricaturizado con un pañuelo atado en la cabeza, y
nadie que conozca las populares fiestas valencianas dejará de calificar de ninot de falla aquella realista figura”.
Por otro lado, “no menos sugestiva es en este aspecto la figura de un jinete
con una flor en la mano, ilustración […] de una escena que fue corriente hasta
hace poco en la huerta valenciana, la correguda
de toies, en que el jinete vencedor en la carrera ofrecía una flor a su
amada” (1972: 33).
En relación con los celtas
insiste en que a partir de la ya referida Tercera Edad del Bronce, España “va a
mirar a Europa casi exclusivamente, con preferencia a África” (1952: 45-46).
Sería ese un momento de transición donde comenzarían a registrarse algunos
datos “que acaso señalen la entrada de unos protoceltas, ligures o como quiera
llamárseles” (Pericot García, 1950: 213-214). Fue el comienzo de “grandes
aportaciones culturales y étnicas” (1950: 259), especialmente a partir del
siglo IX a. C., en lo que entenderá como el “cambio más trascendental de
nuestra historia étnica” (1952: 46). En efecto, las invasiones celtas “en tres
o cuatro siglos […], inundaron la mayor parte de
Aunque para Pericot las
invasiones célticas fueran un “momento crucial para la formación del pueblo
español” (1952: 42), seguiría defendiendo la supremacía de los que ocupaban el
territorio peninsular desde antaño. Y es que advertía que “los indígenas son
aun la mayoría y si cambian sus armas, la forma de sus vasijas, la manera de
disponer de sus muertos, la variedad de trigo cultivada y la especie porcina o
vacuna criada, si se encariñan con el hierro o con el caballo […], incluso si
[…] olvidan su lengua para tomar la de los recién llegados, sus características
raciales se mantienen y acabarán por fundir a los invasores, con matices que,
naturalmente, revelan la inmigración” (Ibíd.:
51) [Figura 12].

Figura
12. Pericot veía una España dividida en dos partes, la ibérica y la céltica,
como si los dos pueblos estuviesen separados por un muro. Parece querer dar una
mayor importancia a la primera, de ahí que hayamos dibujado un ibero a mayor
tamaño que el resto de los celtas (dibujos en Álvarez Pérez, 1960: 329).
6. CONCLUSIONES.
Resulta evidente que
algunas de estas interpretaciones sobre los diferentes períodos de
Tampoco es difícil
concluir que buena parte de las discusiones mantenidas por estos autores se
centraban, como ya hemos dicho, en torno al mayor o menor reflejo de África y/o
de Europa en nuestra formación racial y cultural. Ello estaba relacionado, por
supuesto, con la defensa de la pureza racial hispánica -caso de la negación de
los aportes africanos y sobrevaloración de los celtas/arios- o bien con el
intento de mostrar antiguos vínculos culturales y humanos con el territorio
norteafricano que durante el primer franquismo fue reclamado en una vana
pretensión imperialista. Por supuesto, los intereses diplomáticos y las
alianzas internacionales establecidas por Franco, primero buscando la amistad de
nazis germanos y fascistas italianos y después interesado en ser aceptado en el
concierto internacional, pueden verse reflejadas en las interpretaciones
ofrecidas por nuestros autores. No creemos que sea fruto de la casualidad el
que, al socaire de la interesada apertura que experimentó el régimen, se
desarrollaran preferentemente posturas moderadas, algunos autores viesen
retirado su apoyo oficial -caso de Martínez Santa-Olalla-, o incluso, que
aparecieran poco a poco opiniones contrarias a las dominantes y “oficiales”.
Si recordamos la figura 4
(vid. supra), comprobaremos que han
sido dos las posturas adoptadas por nuestros autores en el estudio de los
orígenes y la evolución de lo español. La primera, que podríamos llamar
‘unitarista’, sostenida por M. Almagro y J. Martínez Santa-Olalla, reconoce una
sola raíz y un primer momento -el Paleolítico Superior- de los que derivaría
todo el desarrollo posterior de España. Todo lo habido entre el Paleolítico
superior y el momento actual vendría a ser una simple adición de elementos
exactamente iguales a los que arraigaron en nuestra Península con la llegada de
las gentes del Paleolítico superior, los
primeros españoles. España, por tanto, estaba configurada por una sola y
gran raíz, dando lugar en la actualidad a una innegable unidad en todos los
sentidos. Por su parte, L. Pericot, en una lectura más ‘diversa’, hacía
arrancar igualmente del Paleolítico superior la etnia española pero, lejos de
la postura anterior, comprendió que, en cada fase, aquella esencia primigenia
sería matizada por los pueblos de diferentes procedencias geográficas que
hicieron acto de presencia en nuestra Península. En cualquier caso, para
Pericot no habría ninguna razón para dudar de la total unidad que
Por otro lado, la necesidad de articular una
historia nacional adaptada a muy concretos principios ideológicos y políticos y
su intento de imponerla en todas las esferas de la vida española, incluida la
investigadora, nos lleva a pensar directamente en los arqueólogos que vivieron
aquel momento, posiblemente con cierta angustia y, sin duda, con una falta
evidente de libertad. En este caso, hay que tener especial consideración hacia
el intelectualmente asfixiante contexto franquista en que trabajaron y
escribieron; un panorama que les haría dividirse entre su propio trabajo
científico que pretendía seguir aportando conocimiento para el avance de la
sociedad a la que servían y, por otro lado, las presiones de un estado desesperado
por encontrar una base histórica adecuada y bien fundamentada que le permitiese
legitimarse y perpetuar el poder del dictador. Una conducta en la que, como
sugiere Härke (2002: 23-24), también podría aparecer la preocupación por conseguir
-y después conservar- sus puestos académicos y alcanzar un prestigio que les
dispensara en cierto modo del control de las autoridades censoras. Unido al desasosiego
que en ellos provocaría la represión, las depuraciones y el exilio, les
resultaría lo más cómodo adoptar una postura de conformidad con el poder
impuesto.

Figura
13. Algunos de los aspectos que deben tenerse en cuenta para comprender el
contenido de las obras analizadas y el complicado contexto en que trabajaron
nuestros autores.
Que nuestros autores sintiesen la necesidad de escribir sobre este tema,
demuestra ya de por sí hasta qué punto nuestro trabajo y producción científica
puede estar influida por el contexto político y/o las exigencias del momento y
nos debería llevar a reflexionar sobre la normalmente perversa o no inocente
relación entre ciencia y política [Figura 13]. No obstante, sería un error
simplificar en exceso nuestras conclusiones sobre la interpretación franquista
de nuestro pasado prehistórico. Tendiendo en cuenta las opiniones discordantes
que hemos ido señalando entre nuestros autores, podríamos admitir que, a pesar
de tratarse de un sistema carente de libertades durante toda su existencia,
algunos supieron defenderlas, buscando las más correctas maneras de
expresarlas, especialmente conforme la persecución ideológica fue relajándose y
la diplomacia exigiendo leves cambios de fachada. En cualquier caso, se trata
de situaciones difíciles propias de contextos dictatoriales que H. Härke para
el caso alemán (2002); G. Pasamar Alzuria (1991a y b; 2001), M. Díaz-Andreu
(2003) y J. Gracia y M. A. Carnicer (2000) para el franquista o M. L. Galaty y
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crudeza.
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