ARQUEOWEB. REVISTA SOBRE ARQUEOLOGÍA EN INTERNET

11, 2009

 

 

EL FRANQUISMO EN LA ARQUEOLOGÍA:

EL PASADO PREHISTÓRICO Y ANTIGUO PARA LA ESPAÑA

UNA, GRANDE Y LIBRE

 

Juan Francisco M. Corbí[1]

Departamento de Prehistoria y Etnología

Universidad Complutense de Madrid

jfmcorbi@ghis.ucm.es

 

 

 

Resumen: La historiografía nos permite reflexionar sobre el pasado de nuestra disciplina, recuperar y volver a trabajar en profundidad las obras de los arqueólogos que nos han precedido. Uno de los momentos más interesantes es probablemente la Dictadura franquista (1936-1975) y su intento de construir una historia nacional de España ajustada a intereses ideológicos y políticos muy concretos. Esto se puede comprobar en la Prehistoria y la Historia Antigua, especialmente en temas como el origen de los españoles y de la unidad de nuestra patria, el papel ejercido por España en la Historia como mandato universal, la idea de Imperio, etc., que tendrían sus raíces supuestamente en las primeras etapas de nuestra (Pre)historia. En este sentido, el estudio del contenido de ciertas obras de tres de los arqueólogos y hombres de Universidad más relevantes de aquella época, Luís Pericot García (1899-1978), Julio Martínez Santa-Olalla (1905-1972) y Martín Almagro Basch (1911-1984), podría llevarnos a reflexionar sobre la no inocente relación -aunque más o menos discreta o notoria, dependiendo de cada situación- entre ciencia y política y sobre la conducta desarrollada por los investigadores en un contexto difícil como lo es toda dictadura

 

 

Abstract: The historiography allows us to think about the past of our scientific discipline, to recover and study the works written by the preceding archaeologists again. Probably, one of the most interesting moments to this reflection is the Franquist dictatorship (1936-1975) and its attempt to build a Spanish national history in accordance with specific ideological and political interests. We can prove it in Prehistory and Antiquity, specially about problems like the origin of Spanish people and our country’s unity, the role of Spain in the universal history, the imperial idea, etc., subjects that would have their roots in the first phases of our (Pre)history theoretically. In this sense, the analysis of the contents of some works of three of the worthiest archaeologists and professors of the Franco period, Luis Pericot Garcia (1899-1978), Julio Martinez Santa-Olalla (1905-1972) y Martin Almagro Basch (1911-1984), could give food for thought about the no innocent -although more or less discreet or evident, according to the political context of each country- relationship between science and politics and about the researchers’ behaviour in a difficult context like a dictatorship

 

 

1. INTRODUCCIÓN.

 

El trabajo que presentamos plantea una reflexión historiográfica sobre los contenidos de algunas obras de tres de los más relevantes arqueólogos españoles, Catedráticos en diferentes Universidades del país, durante el franquismo. Dichas obras tienen en común tratar sobre un mismo tema, el de los orígenes de España y del pueblo español, tan conflictivo entonces. Lo que pretendemos es prestar atención a sus propuestas, a veces contrapuestas o no exactamente iguales, y a la interesada utilización política que el régimen franquista pudo hacer de las que más le interesaban. Se trataba de un contexto difícil protagonizado por una Dictadura, la del General Franco (1936-1975) que, como tal, se caracterizó por la total ausencia de libertades, entre ellas, las de pensamiento y expresión, fundamentales para el buen y libre desarrollo de la investigación científica; imponiendo, además, “un rígido corsé a la historia, con distorsiones y exageraciones puestas al servicio de la propaganda del nuevo Estado” (Ruiz Zapatero, 2003: 222). Como forma de legitimarse en el poder, el régimen recurrió al falseamiento y a la redacción de una nueva historia en cuyo relato cabían todo tipo de engrandecimientos, exageraciones e imágenes míticas, ajustadas por supuesto a la práctica política del nuevo Estado y a las posturas ideológicas aceptadas dentro de él.

Para que surtiera el efecto deseado, el adoctrinamiento y la movilización en su favor de la población, el régimen echaría mano de la escuela como la caja de resonancia perfecta para la transmisión de la nueva historia nacional (Cámara Villar, 1984; Valls Montés, 1984 y 1986; Martínez-Risco Daviña, 1994; Sopeña Monsalve, 1994; Martínez Tórtola, 1996; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís, 1995: 221-225 y 1997: 275-278; Álvarez-Sanchís y Ruiz Zapatero, 1998; Abós Santabárbara, 2003; Prieto Arciniega, 2003). No parece casual, pues, que en aquel particular contexto, algunos de los más destacados arqueólogos se afanasen en buscar en el pasado prehistórico los orígenes de nuestra unidad política, geográfica y racial, así como de la grandeza de nuestra nación porque, sin duda, debió ser muy difícil obviar aquel estrecho corsé con que el régimen limitaba su actuación como investigadores.

Cada vez parece más claro que la reflexión historiográfica es una forma más de hacer arqueología, no solo el trabajo de campo, ya de por sí irreemplazable para el avance de nuestra disciplina. La historiografía, en efecto, supone hacer una historia de nuestro campo de investigación, de los temas tratados y de sus protagonistas, pensando en torno a cómo y por qué se hicieron y se pensaron las cosas de un modo determinado y cómo se pusieron finalmente por escrito. Para ello resulta necesario tener un amplio conocimiento no solo del contexto científico y/o académico de partida, sino también del concreto marco político, económico o social en que tuvo lugar la labor y la producción de nuestros autores (Olmos, 1997; Ruiz Zapatero, 2002). Además de permitir, lo cual es siempre loable, la recuperación de los trabajos de los autores que tendemos a tachar de clásicos o ya superados (Olmos, 1997: 24), los estudios historiográficos actualizan sus semblanzas personales y académicas y nos hacen tomar conciencia de dónde venimos, quiénes nos han precedido en tal o cual ámbito de la investigación arqueológica, cuáles fueron sus posturas más destacadas, y hacia dónde vamos. En otras palabras, la historiografía nos permite no obviar cuál ha sido el camino seguido por la arqueología y cómo lo hemos ido andando y, también, hacia qué direcciones parece tender en el futuro. Es por ello por lo que G. Ruiz Zapatero reclamó recientemente la importancia de una buena labor historiográfica como “uno de los indicadores de la madurez de una disciplina científica” (2002: 15).

         Teniendo en cuenta, como sugieren M. Díaz-Andreu y G. Mora, que “la ciencia no es algo objetivo y aséptico, ni su práctica inocente” (1997: 9), sería erróneo pensar que nuestra disciplina -o cualquier otra- solo se vinculan con la política o con intereses ideológicos concretos en el marco de regímenes autoritarios como el franquista (Díaz-Andreu, 1993, 1997, 2002a), por mucho que en este tipo de situaciones esa asociación resulte francamente más clara. Igualmente sería un juicio equivocado pensar que la interpretación unitarista, nacionalista y esencialista de nuestro pasado se desarrolló exclusivamente al amparo del Estado franquista. En efecto, podría decirse que ésta venía ya construyéndose desde la Edad Moderna (Wulff Alonso, 2003a) o incluso desde el Medievo (Hillgarth, 1985), alcanzando su más perfecta expresión en el siglo XIX, concretamente en la obra de M. Lafuente (1850-67). En este sentido, el franquismo no inventó nada, sino que adaptó lo anterior a sus necesidades, dando a esta interpretación de la historia y del pueblo español su versión definitiva y culminante (Menéndez Pidal, 1947; Almagro, 1951; Wulff Alonso, 2003b: 225-243 y 2003c). Del mismo modo, el fenómeno nacionalista europeo, de la tendencia que fuere, se ha visto normalmente acompañado de historias nacionales adaptadas a las peculiaridades o pretensiones de cada país o región (Beramendi, Maíz y Núñez, 1994; Kohl y Fawcett, 1995; Díaz-Andreu y Champion, 1996; Graves-Brown, Jones y Gamble, 1996; Díaz-Andreu, 2002b y 2004).

Es verdad que el régimen franquista puso mayor interés en fundamentar su acción política y sus bases ideológicas en el recuerdo de los tiempos de la España católica e imperial de la Edad Moderna y sus manifestaciones públicas implicaban frecuentes referencias al siglo XVI, al Imperio americano o a los reinados de los Reyes Católicos y los llamados “Austrias Mayores”. No obstante, este trabajo nos permitirá observar cómo la Prehistoria y la Arqueología ejercieron también un importante papel como disciplinas que permitían rastrear el origen de los españoles, de su formación étnica o racial presuntamente homogénea y de la antigüedad de su -supuesta- indisoluble unidad como pueblo. Además, muchos de los aspectos que habrían de exaltarse como representativos de la Edad Moderna, surgirían precisamente a caballo entre la Prehistoria y la Edad Antigua como, por ejemplo, la idea de Imperio o el papel universal que España estaba llamada a desempeñar como reserva cultural y religiosa de toda Europa. Dicho de otra manera, las etapas más remotas de nuestro pasado adquirieron para la interpretación franquista de la historia española una importancia que no tenía realmente mucho que envidiar al Imperio de Carlos V o la Contrarreforma.

 

2. LOS INVESTIGADORES Y SUS OBRAS.

 

         Los tres autores que reunimos en este trabajo son los Drs. Luís Pericot García (1899-1978), Julio Martínez Santa-Olalla (1905-1972) y Martín Almagro Basch (1911-1984) [Figura 1]. Sus vidas y trayectorias académicas son suficientemente conocidas, pues contamos con varios títulos que nos sirven para acercarnos a la personalidad  y al papel investigador desarrollado por los que bien podría decirse que fueron tres de los prehistoriadores y profesores universitarios de mayor proyección nacional e internacional a lo largo de las décadas centrales del siglo pasado (VV. AA., 1970; Pericot, 1975; Blanco Freijeiro, 1978; Jordá Cerdá, 1980; Guerra Santos, 1981; Ripoll Perelló, 1979-80 y 1984a y b; Cortadella, 1988; Castelo Ruano et alii, 1995 y 1997; Carrera Hontana y Martín Flores, 1997: 587-591; Cebrià, 1999; Consell de Redacció de Pyrenae, 1999; Díaz-Andreu y Ramírez-Sánchez, 2001: 328-342; Ortega Martínez y Quero Castro, 2002; Pasamar Alzuria y Peiró Martín, 2002: 70-72, 395-396 y 488-490; Mederos Martín, 2003-2004).

         Los hemos seleccionado al tratarse de personalidades con una orientación política concreta en cada caso, lo cual, pensábamos en un principio, podría condicionar en cierto modo las opiniones vertidas en sus obras sobre el tema que nos ocupa. M. Almagro y J. Martínez Santa-Olalla simpatizaban con el nuevo régimen y, de hecho, eran miembros de Falange y participaron activamente, al menos el primero, en el bando Nacional durante la Guerra Civil bien en el frente de lucha, bien en las agencias propagandísticas. J. Martínez Santa-Olalla, por su parte, era hijo de un militar franquista y amigo personal del dictador (Pasamar Alzuria y Peiró Martín, 2002: 71). Perdió a uno de sus hermanos en un pelotón de fusilamiento, a manos de los republicanos, en Torrejón de Ardoz (Madrid) y, después de algunas experiencias de detenciones y campos de concentración, logró pasar a la zona sublevada sin permitírsele su participación en el conflicto (Mederos Martín, 2003-2004: 14, 20). El primero acabó evolucionando a posturas moderadas, menos comprometidas políticamente. Sin embargo, J. Martínez Santa-Olalla se vería defenestrado a partir de los años ‘50 por resultar tanto su significación política -apenas evolucionada desde el fin de la guerra- como sus investigaciones en territorios africanos reclamados por España en la inmediata postguerra, incómodas ya para un régimen entonces interesado en modificar su fachada más fascista y en ser aceptado por la comunidad internacional. Sobre las primeras y exaltadas filiaciones políticas contamos con algunas muestras como, por ejemplo, los editoriales del primer número de la revista Ampurias y del inmediatamente posterior al final de la Guerra Civil de Atlantis, escritos respectivamente por M. Almagro (1939a) y J. Martínez Santa-Olalla (1940), donde el respaldo al régimen victorioso es absoluto [Figura 2].

 

Figura 1. Los autores. Arriba a la izquierda, Martín Almagro Basch. A su lado, Luís Pericot García. Y abajo, sin uniforme falangista, Julio Martínez Santa-Olalla (Imágenes en Guerra Santos, 1981: 15; Ripoll Perelló, 1979-80: 509; Ruiz, Sánchez y Bellón, 2003: 165).

 

 

L. Pericot, discípulo aventajado y uno de los continuadores del legado del ahora condenado a muerte y exiliado P. Bosch Gimpera (Pasamar Alzuria y Peiró Martín, 2002: 140; Gracia Alonso, 2003), era nacionalista catalán pero, no como su maestro, pudo o supo sacrificar dicha postura después de la Guerra Civil para evitarse problemas con el régimen (Pasamar Alzuria y Peiró Martín, 2002: 490). Sea como fuere, la impronta de la formación recibida y de su trabajo en la Universidad de Barcelona, al lado del nacionalista y republicano Bosch Gimpera, puede observarse, creemos, en la diversidad de gentes o ‘raíces’ y en la multiplicidad de características que L. Pericot parece querer reconocer en cada una de las fases de la Prehistoria. Por supuesto, la apreciación de estas diferencias, expresadas de forma más o menos velada o vehemente, será, en efecto, la parte más interesante de este trabajo.

 

Figura 2. Algunas de las manifestaciones a favor del nuevo régimen. La portada de la revista Ampurias (Almagro Basch, 1939a) y la dedicatoria y esquela de Atlantis (Martínez Santa-Olalla, 1940).

 

 

            Las obras que hemos seleccionado nos parecen las más significativas de estos autores en torno al problema de los orígenes de nuestra patria y del pueblo español y, como sugerimos en el párrafo precedente, nos permiten apreciar multitud de matices que nos advierten que, a pesar de la dificultad de todo contexto dictatorial, hubo quienes supieron o intentaron defender posturas diferentes o enfrentadas con las más extendidas y con aquellas de las que el régimen se servía. De L. Pericot hemos escogido un libro general de Prehistoria, titulado La España primitiva, publicado en castellano en 1950 y que viene a completar el breve librito de La Prehistória de la Península Ibèrica que publicó en 1923 en catalán y que, según él mismo, fue “escrito dentro de la pura ortodoxia de la escuela del profesor Bosch Gimpera” (1950: 9). Junto con algún otro trabajo, el contenido de dos discursos resulta fundamental para esta cuestión. El primero de ellos, Las raíces de España, pronunciado en 1952 en la sesión de clausura del XII pleno del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y, el segundo, Reflexiones sobre la Prehistoria Hispánica, con el que ingresaría en la Real Academia de la Historia en diciembre de 1972. De J. Martínez Santa-Olalla estudiamos su conocido Esquema Paletnológico de la Península Hispánica de 1946, publicado ya en su mayor parte en la Corona de Estudios que la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria dedica a sus mártires, obra de homenaje que él mismo editó cinco años antes (1941a). Le sumaríamos una conferencia dada en Berlín en 1940 sobre la indoeuropeización o arización de España, aparecida al cabo de diez años en uno de los dos volúmenes del homenaje al Dr. L. De Hoyos Sáinz (1950). Finalmente, el librito de divulgación Origen y formación del pueblo hispano, de M. Almagro (1958), completa el conjunto de las obras que pretendemos analizar en detalle.

 

Figura 3. Los diferentes períodos de nuestra Prehistoria, según las fechas propuestas por nuestros autores.

 

 

         Sería interesante prestar atención a las intenciones por ellos albergadas con la publicación de algunos trabajos de los arriba citados. Por su parte, L. Pericot, en su discurso ante el resto de miembros de la Real Academia de la Historia, pretendía “situar en la secuencia prehistórica la raíz de lo español” para saber “cuáles son y de dónde proceden los factores decisivos que explican la tendencia y los motivos fundamentales de la historia de nuestra patria”. Por tanto, pretendía “fijar un momento de esa remota evolución cultural y física en que quepa con menor o mayor riesgo suponer el comienzo de la raíz profunda de los españoles” porque, igual “que en la evolución de los seres vivos intentamos señalar el momento en que nos hallamos ya en presencia de un Homo, en cualquier de sus especies […], creemos que ha de existir un momento, en la gestación de las etnias históricas, en que podamos señalar la aparición del Homo hispanicus”. O sea, “el momento en que podamos observar al H. sapiens moviéndose por la Península, con características que le entronquen biológicamente con el español de tiempos históricos y con algún rasgo espiritual en que se observe también una posible convergencia” (1972: 21-22). Veinte años antes, en su discurso en el CSIC, había manifestado que la búsqueda de los orígenes de los pueblos actuales en los del pasado remoto era inevitable “si no queremos limitar la Prehistoria a una elucubración sin objeto” (1952: 8). Al terminar dicho discurso insistía en la cercanía casi familiar o sentimental que podemos sentir para con nuestros antepasados y en la identificación de todos como miembros de una misma comunidad que comparte unas iguales e imperturbables esencias. En efecto,

 

 

“mirando así el remoto pasado, sentimos tan próximos a nosotros a gravetienses como a solutrenses, a magdalenienses como a capsienses, a los pastores pirenaicos como a los agricultores almerienses, a los tartesios taurófilos como a los orfebres atlánticos, a los celtas como a los iberos, y tan españoles a esos viejos abuelos nuestros como a quienes fueron ya cristianos o adquirieron conciencia de que eran españoles.

Y esta ha de ser […] la lección de nuestra ojeada a las raíces de España. Estas han sido muchas y han puesto a contribución razas, pueblos, lenguas y culturas diversas. De ninguna hay que renegar: en cada una de esas raíces es probable tengamos algún descendiente. De un haz de raíces ha salido España y hemos intentado seguir su trenzado desde el Gravetiense, pero nos han faltado datos y luces. La Prehistoria en cien años no ha podido hacer más” (1952: 63).

 

 

Para J. Martínez Santa-Olalla su Esquema venía a ser el “esqueleto de una visión nueva en la historia primitiva hispánica, que debe realizar revoluciones profundas en ciertos problemas y enjuiciar todos en general en nueva forma, auténticamente histórica y no de curioso de las antiguallas que milenarios nos legaron” (1946: 14). Una nueva visión frente a la de Bosch Gimpera, a la que pretendía sustituir por estar sus criterios, a su juicio, “periclitados” (Ibíd.: 20). Quizá esta aseveración fuese un tanto exagerada, máxime si tenemos en cuenta que surgía frente a un modelo notablemente más sólido (Cortadella, 2003), con el que tampoco se diferenciaba tanto en realidad (Ruiz Zapatero, 2003: 226). Una propuesta, la de Bosch, que se vería reflejada en otras obras (1945, 1978 y 1981), alguna de ellas amargamente también vilipendiada por rupturista de la unidad de España por parte de Almagro Basch (1939b, cit. por Gracia Alonso, 2003: 57-58, nota 21). En cualquier caso, su nueva visión debía estar presidida por cuatro principios, a saber: “1.ª Lo insostenible de las viejas cronologías exagerando fechas y posición absoluta de culturas. 2.ª El hundimiento del mito africano que concedía papel creador exagerado y propagador de pueblos y culturas a África. 3.ª El carácter prefigurador de Europa, racial y culturalmente, de la avanzada edad del bronce […] 4.ª La necesidad de una autopsia en la edad del hierro hispánica, con una revalorización de lo céltico, y de lo púnico como mediador helenizante” (1946: 20-21).

Por último y de igual modo, M. Almagro se proponía estudiar “cómo se creó el pueblo que hoy, fundido en alto grado, habita la Península Ibérica” para “calar el genio de la raza”, lo cual venía a ser “el más sugestivo y básico de cuantos problemas pueda plantearse quien aspire a ver en su conjunto nuestra Historia y a interpretar nuestro pasado”. Por otra parte, advertía del uso del calificativo “hispánico” frente a “ibérico” para nombrar la Península porque “casi todos los fenómenos étnicos que en nuestra exposición se tratan han alcanzado a la vez a Portugal y a España” y, además, “es ya verdad histórica evidente que el nombre de hispánico es apelativo común para españoles y portugueses” y que el de ibérico “es históricamente un nombre aplicado con razón a un pueblo y cultura anterromanos que sólo se extendieron por las áreas mediterráneas de la Península”. También hace lo propio con la utilización de la fórmula “pueblo hispano”, “no […] ‘pueblos’ ibéricos, españoles o hispánicos”, pues “la fusión lograda a lo largo de nuestra historia, sobre todo desde el siglo XVI a nuestros días, obliga a ello”, resultándole “antihistórico y falso hablar de pueblos hispánicos o ibéricos dentro de una exposición que desea ser rigurosamente científica como la muestra” (1958: 7-10) (Figura 4). Asumiendo todo lo anterior, podía concluir que en nuestra Península

 

 

“el cruce entre las gentes de las diversas provincias españolas ha ido en aumento y el grado de fusión es tal que hoy ofrece España uno de los complejos raciales más homogéneos y más fundidos de todas las comunidades nacionales del mundo, representando los problemas de las minorías raciales, que tanto preocupan a otros estados, algo que dejó resuelto para nuestro futuro la clarividente política de la Inquisición, que […] aportó la paz y sosiego a nuestra España, con energía, prudencia y generosidad no frecuente en aquellos tiempos y que es la garantía del acierto en todas las soluciones trascendentales humanas” (1958: 164).

 

 

 

Figura 4. La marcha de nuestra patria durante la Prehistoria. La primera imagen, con una raíz única sobre la que se superponen todos los episodios culturales y étnicos acaecidos a partir de los primeros españoles del Paleolítico superior, se correspondería con los textos de M. Almagro y J. Martínez Santa-Olalla. El segundo, caracterizado por una raíz con múltiples apéndices que se suman a lo primigenio, sería el modelo de haz de raíces propuesto por L. Pericot. En ambos casos, el progreso habría de conducir a una España reciamente unida al amparo del Estado del 18 de Julio (falangista extraído de Ruiz Zapatero, 1998: 150).

 

 

Al mismo tiempo, Almagro Basch destacaba el sorprendente hecho de que fuera nuestro país el único que, a pesar de regir un enorme imperio, con diferentes pueblos y razas a lo largo y ancho del mismo, no tolerase intromisiones sobre nuestra homogénea base racial:

 

“Disperso por todo el mundo, el elemento racial hispano se ha cruzado con todos los pueblos de la tierra: negros, indios americanos, malayos y otros grupos asiáticos, pero es preciso resaltar, en contraste con este hecho evidente, cómo el español nunca ha traído a la metrópoli sino muy escasísimos elementos de esos cruces raciales. Ni en los días de nuestro imperio, ni más tarde a través de los nutridos grupos más modernos de “indianos”, […], ha sido frecuente el espectáculo de ver volver a su patria al […] español con hijos de sangre cruzada. Ello va diferenciando la población española de la de otros pueblos vecinos como Portugal, donde el elemento negroide va pesando ya en su etnia, y aun en la misma Francia, donde también norteafricanos y negros van dejando huella frecuente” (1958: 163-164).

 

 

3. EN BUSCA DEL ORIGEN DE ESPAÑA Y DE LOS ESPAÑOLES: EL PALEOLÍTICO.

 

3.1.¿Españoles en el Paleolítico Inferior?

 

La pregunta que encabeza este epígrafe era de muy difícil respuesta en tanto que encontraba algunos obstáculos considerables para su resolución, aunque huelga decir que esta cuestión tan concreta tuvo una resonancia mínima en el marco de la investigación paleolítica peninsular durante el franquismo (Estévez y Vilá, 2006). En cualquier caso, el impedimento principal para encontrar la solución de aquella pregunta era el desconocimiento que se tenía de las gentes que habitaron el suelo peninsular en aquel momento tan antiguo pues, aunque se hubiesen descubierto algunas de sus herramientas, no se conocían sus restos antropológicos ni, por tanto, sus características físicas (Pericot García, 1952: 11 y 1950: 37; Almagro Basch, 1958: 22). Esas herramientas o, mejor dicho, su dispersión que se creía afectando a toda la Península, serviría para hacer hincapié en que este fenómeno étnico y cultural -y todos los que habrían de producirse luego sobre España-, tendrían carácter general, esto es, alcanzarían sucesivamente todos los rincones del espacio peninsular, unificándolos. Hasta el origen de Madrid como capital del Estado podía rastrearse ya en la fase más remota del Paleolítico puesto que, de alguna manera, la existencia de yacimientos en torno a la ribera del Manzanares preconizaba la relevancia que, andando los milenios, alcanzaría aquel enclave geográfico central. Para L. Pericot, de hecho, “el hombre moderno tiene una deuda con este remoto antecesor suyo, que parece previó el destino de este ‘cogollo’ de España, donde la ulterior capital había de asentarse” y que, en definitiva, representaba una “portentosa estación que puede rivalizar con las más potentes de Europa y aun superarlas y que incluso se puede poner al lado de un Olorgesailie o de un Oldoway africanos” (1952: 12 y 13, nota 4). Por su parte, Almagro Basch tampoco escatimaba elogios hacia lo que le parecía “un utópico precedente de Madrid, como ocurre con París y Londres”, reconociendo así “la fuerza estratégica permanente de algunos lugares” (1958: 19-20).

            Nuestros autores les supusieron una vida no precisamente sencilla, sino más bien condicionada por diversas dificultades, adversidades y problemas (Pericot García, 1950: 37-43). La ayuda de Dios, dotándoles de inteligencia, les permitió enfrentarse a ellos y así poder sobrevivir (1952: 14). Nuestro parecido y parentesco racial con ellos, por otro lado, debía ser escaso o directamente nulo debido a “su remota edad y […] la distancia somática que los aleja de nosotros”. Así pues, el desconocimiento de sus rasgos antropológicos y de su papel en la formación de nuestra raza, eran las coartadas perfectas para que nuestros autores decidieran que “no nos interesa abordar las cuestiones antropológicas de aquellos seres” por ser “tan inferiores y lejanos a nosotros” (Almagro Basch, 1958: 20). Al menos, se les atribuían algunas formas de vida, innovaciones materiales o conductas sociales y religiosas, con mayor o menor fundamento en el registro arqueológico, que habrían continuado hasta nosotros, considerando el profesor Pericot que aportaciones como “el fuego, la talla de la piedra y un gran número de conocimientos prácticos […], se hallan en la base de toda la cultura humana posterior”, siendo lo que idearon “el substrato fundamental de la civilización” (1952: 14-15).

         Realmente se aceptaban unos apriorismos de difícil comprobación científica que, sospechosamente, permitían aplicar al pasado los modelos sociales y modos de pensar imperantes en la España del momento, quedando así históricamente justificados. L. Pericot es quien les caracteriza de forma más completa al afirmar que debieron ser gentes con una conciencia religiosa y moral perfectamente definida al estar “dotados de un alma, con problemas psicológicos y sociales […] una inteligencia despierta […] un cierto gusto estético” y al ser “monógamos y monoteístas, […] pacíficos, con sentimiento del pudor y con normas morales elevadas”. Lo creía así porque, en su opinión, la idea “puramente evolucionista que quiere llegar […] a una etapa de vida psíquica primaria, en que ni la Moral ni la Religión estuvieran elaboradas, carece de justificación científica y es sólo una concepción apriorística”. Tendrían igualmente “un genio individual que convertía a algunos de ellos en inventores, sacerdotes o caudillos”; estaban organizados en bandas u hordas patriarcales y con conciencia de “propiedad privada para los objetos personales y familiar o del grupo para determinados elementos de vida, terrenos de caza, etc.” (1950: 41-42). Incluso algunas continuidades con la época actual se aprecian, a su juicio, en que “todavía la insignia de poder que acompaña a corporaciones y autoridades es la maza” que “no es sino la continuadora de la rama de árbol que enarboló el primer hombre al sufrir el primer ataque por parte de una fiera” o en “el mito de los gigantes, que aun acompañan nuestras fiestas populares y son siempre personajes de nuestros cuentos infantiles” (1972: 62).

         De los que sí se habían encontrado restos antropológicos, así como materiales, era de los Neandertales (Pericot García, 1952: 15 y 1972: 61; Almagro Basch, 1958: 22-23), que habrían alcanzado por supuesto “todo el área peninsular” y cuyos hallazgos físicos parecían de “aspecto simiesco” (Almagro Basch, 1958: 23-24) o “más bestial que el de cualquier otra raza posterior” (Pericot García, 1952: 16). No parecían de esta forma menos lejanos a nosotros [Figura 5], haciendo pensar que el testimonio dejado por ellos en la sangre española debía ser prácticamente insignificante. Pericot no podía negar las manifestaciones elevadas y trascendentes de unos seres que, al dar sepultura a sus difuntos, manifestaban su creencia en “una vida de ultratumba, con temor a los muertos” (Ibíd.: 16) o “en el alma que sobrevive a la muerte” (1972: 61) y que rendían culto al oso y al cráneo (1950: 41) [Figura 6].

Figura 5. La imagen de los miembros de las especies remotas, siempre dibujados con rasgos animales y brutales, y la complexión ágil y los rasgos delicados e incluso bellos de los de nuestra especie, hacía que entre ellos pareciese haber insalvables diferencias (imagen a partir de Moure Romanillo, 2004: 104-105).

 

 

Su organización socioeconómica no parecía ser un gran enigma, dado su prácticamente seguro parecido con la de los anteriores ocupantes del territorio. La cuestión realmente acuciante que planteaba esta especie surgía al comprobar que, antes de su extinción, habían convivido y compartido el mismo espacio durante un tiempo con los Homo sapiens posteriores, esto es, nuestros más directos antepasados. ¿Se mezclaron entre sí? Y si lo hicieron, ¿pudo ello tener consecuencias destacables en nuestra base étnica? Para L. Pericot, resultaba evidente que “en algunas zonas de supervivencia de esa raza se produjeron cruzamientos con miembros de la raza de Cromagnon” y alude al caso de los “presapiens, próximos al Neandertal pero menos especializados y con rasgos que los aproximan algo al hombre moderno” (1972: 61). En su opinión, M. Almagro no consideraba que “los cruces con seres tan inferiores fueran frecuentes y, si los hubo, nunca constituirá una prueba […] la existencia de cráneos […] en los cuales encontramos algunos atávicos rasgos óseos” que no “pueden atribuirse a reminiscencias de los antiguos neandertalenses”. Por tanto, habían pasado por nuestra historia “sin dejar elementos que la continuaran” (1958: 24-25), sin merecer el calificativo de españoles, sin que Pericot ubicara en ellos “rasgo alguno que permita rastrear una definida raigambre hispánica” (1972: 60) y habiéndose extinguido “no sabemos cómo”, aunque su industria continuase en la última etapa del Paleolítico (1952: 16-17).

Figura 6. El entierro de sus muertos era uno de los pocos rasgos de conducta que otorgaban a los “simiescos” Neandertales una humanidad y sensibilidad cercanas a la nuestra (representaciones tomadas de Carbonell y Sala, 2000: 222 y 225; Moure Romanillo, 2004: 131).

 

 

            J. Martínez Santa-Olalla, por su parte, se limita a compendiar y resumir las características y la procedencia de los diferentes complejos industriales adscritos entonces al Paleolítico inferior, que él llama “Arqueolítico” (1946: 27), situando nuestro Paleolítico inferior -y el superior- en el centro de una discusión que se repetirá constantemente en estos textos: el carácter africano o europeo de nuestro pasado. Sin mencionar modos de vida o componentes raciales, como los otros autores, estructura dichos complejos tecnológicos como sigue: Isidrense I y Clactoniense I (Arqueolítico antiguo); Isidrense II, Clactoniense superior, Tayaciense I, Isidrense III (Arqueolítico medio); y Levaloisiense pleno, Tayaciense superior, Micoquiense y Matritense I y II (Arqueolítico superior). Explica que “a pesar de la inexistencia hasta la fecha de abeviliense típico en el Norte de África, que está rigurosamente establecido con fases antiguas españolas in situ, cabe admitir todavía un origen […] inmediatamente africano” para él. Por otro lado, “el clactoniense y su industria derivada, el levaloisiense, son norteñas y europeas”, frente al tayaciense que “pudiese ocurrir sea una industria que […] derivada del clactoniense, tenga una mayor antigüedad […] en África, que en Europa occidental”. Sobre el micoquiense confirma que “más que una cultura explicable y atribuible a intercambios o movimientos étnicos, hay que atribuirla al resultado lógico y natural de elementos étnicos y culturales que se funden”. Y, finalmente, “en el mundo musteriforme a que básicamente pertenece el matritense, hay que reconocer una relación clara y evidente con Francia, así como otra de Sur a Norte con África que le da ciertos rasgos extraños” (Ibíd.: 37-38).

De este rastreo de los seres más antiguos, cabría concluir que, aunque sus aportaciones culturales fuesen muy importantes y heredadas por los españoles posteriores, se trataba de “dos raíces […] que […] aparecen en forma harto vaga” (Pericot García, 1952: 17). En conclusión, en aquel primer momento de nuestra historia nacional no podían encontrarse aun los fundamentos de lo que pudiera definirse como propiamente español.

 

 

3.2. Los primeros españoles.

 

         Entonces, ¿había que rastrear en el Paleolítico superior el origen de los primeros españoles? En efecto, al llegar a esta etapa nos situamos ante el momento más importante de nuestra historia patria pues será a partir de ahora -y a lo largo de todo su devenir histórico-, cuando la Península quede racialmente unificada y homogeneizada. Los vestigios culturales y restos óseos se hacían más numerosos (Pericot García, 1950: 84; Almagro Basch, 1958: 27-28) y la españolidad de estas nuevas gentes resultaba incuestionable porque, “además de estar cronológicamente más cercanos a nosotros”, se trata de “la base de nuestra raza actual” (Almagro Basch, 1958: 27-28). Ello resultaba así por “multitud de detalles en la mentalidad y en la cultura material e incluso en el tipo físico”, rasgos que permiten llamarles “españoles” (Pericot García, 1950: 44).

         Las mediciones craneales tan frecuentes como fruto del interés clasificador racista y antropológico de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX (Broca, 1875; Quatrefages y Hamy, 1882; Ratzel, 1888; Quatrefages, 1889; Bertillon, 1893;  Hoyos Sáinz, 1899 y 1947; Deniker, 1900; Aranzadi Unamuno, 1903; Hoyos Sáinz y Aranzadi Unamuno, 1913; Mendes Correa, 1915, 1919, 1940 y 1943; Wilder, 1920; Bean, 1932), dieron como resultado la advertencia de dos tipos raciales, los dos dolicocéfalos, dentro de la misma especie de Homo sapiens: el de Combe-Capelle y el de Cro-Magnon. Si bien la primera raza se vinculaba con el Perigordiense, una de las primeras fases del Paleolítico superior, y “el origen de la raza dolicocéfala mediterránea”, la de Cro-Magnon lo estaba con el Auriñaciense y era la “raíz de los dolicocéfalos nórdicos europeos”. M. Almagro hacía hincapié en que los miembros del primer grupo racial, los perigordienses, fueron más numerosos pues “parece manifestarse como si toda España apareciese llena, con gran constancia y predominio, de yacimientos de una facies cultural mediterránea, que podemos llamar Perigordiense frente a los auriñacienses típicos” (1958: 28-30). L. Pericot observa la misma dualidad en la primera fase del Paleolítico superior, que denomina Auriñaciense, en cuyo interior distingue el Auriñaciense propiamente dicho “con predominio de la industria del hueso y de determinados tipos de sílex”, y el Perigordiense o Gravetiense “en que el hueso tiene menos importancia y en que las piezas de sílex presentan a veces, o con frecuencia, un curioso retoque, que produce el llamado dorso rebajado”. Está de acuerdo con “un predominio de lo gravetiense”, aunque también alude a que “en la zona cantábrica se da el Auriñaciense […] y aun hoy vemos mayores indicios de que tales auriñacienses pudieran alcanzar en forma más o menos esporádica mucha mayor extensión que la que hace unos años estábamos dispuestos a reconocerles” (1952: 19-20). En tanto que los gravetienses o perigordienses “dominan al principio y al final de la edad, mientras los […] auriñacienses […] dominan en la fase media de aquella” (1950: 45), el autor veía igualmente la raza y “la industria gravetiense o epigravetiense generalizada” en el Paleolítico Superior hispano (1952: 20).

Esa superioridad racial y numérica del elemento perigordiense constituye un razonamiento de vital importancia para ver en ellos a los primeros españoles. A pesar de que entre medias asomarían los solutrenses y magdalenienses, ni los primeros que para el profesor Almagro eran “antropológicamente un elemento más cromañonoide”, ni los segundos que “eran pueblos europeos cromañonoides evolucionados de la raza llamada de Chancelade”, habrían sido los últimos habitantes del Paleolítico superior. Tomando como muestra la estratigrafía en que aparecían los materiales solutrenses en algunas cuevas y el caso concreto de la de El Parpalló para el final de los magdalenienses, afirmaba por un lado que los perigordienses “se nos ofrecen en muchas cuevas, en estratos anteriores y posteriores a la invasión que el solutrense representa”, y por otro que, “tras la retirada de los magdalenienses”, ocupan de nuevo El Parpalló “unos avanzados perigordienses, población continuadora de los que habían habitado ya el lugar […], probándose así la persistencia y el predominio del Perigordiense mediterráneo en el ámbito peninsular” (1958: 30-33). Todo esto lo corroboraría Pericot (1950: 53-54, 56, 63-64). Considerando además que los solutrenses y magdalenienses no supusieron alteración alguna en “la manera de ser ni el aspecto” de los perigordienses, resultaba claro que éstos debían ser los “primeros españoles”, la “masa principal de los españoles actuales”, la “raíz principal de nuestra Patria, de la que descienden por crecimiento natural la mayoría de españoles modernos” o los “españoles autóctonos” (1952: 20-23), en términos del profesor Pericot.

¿Por qué se aplicaban semejantes calificativos a grupos tan alejados de la población de hoy? Porque según el mismo autor “no ha habido desde el Paleolítico Superior una substitución total de pobladores en España”, de forma que los habitantes de nuestro Paleolítico superior “no se diferencian gran cosa del tipo de los mediterráneos que forman la masa principal de los españoles actuales” (1952: 21). En otras palabras, ello venía a significar que “esas gentes no abandonaron nunca del todo el suelo peninsular y al cabo de 400 generaciones vinieron a convertirse, tras los injertos y amalgamas más diversos, en los hispanos actuales”, creyendo que “las aportaciones sucesivas los matizaron”, sin “destruir aquel germen que los últimos hielos cuaternarios habían conservado y permitido fructificar” (1972: 60).

 

Figura 7. Nuestros predecesores paleolíticos serían los inventores o introductores del trabajo de las pieles y del fuego (imágenes en Carbonell y Sala, 2000: 118 y 128), así como de la ejecución de los primeros rituales, del arte, de la caza y de la fabricación de útiles que satisfacían sus necesidades (en Moure Romanillo, 2004: 87, 183, 189 y 282).

 

 

Sus capacidades, formas de vida y organización social y económica serían, en líneas generales, como las de los grupos anteriores ya que “la ocupación y fuente principal de sustento continuaba siendo la caza, acompañada de la recolección de productos naturales y de la pesca” (Pericot García, 1950: 84). Esto se ayudaba de unos útiles definidos como “los primeros artefactos especializados de los que derivan aún los de época moderna” (Pericot García, 1972: 53). Pericot los veía organizados en tribus patriarcales “con sus caudillos, sus consejos de guerreros, sus espíritus protectores, su sacerdote-hechicero”, capaces de articular una expresión lingüística con la que “puede explicarse el salto que la cultura da en esa época” y un arte de “representaciones mágicas […] que […] nos hacen pensar en el totemismo”, en el que “se dan las danzas con máscaras, el culto a los animales, las sociedades secretas, los ritos ocultos realizados por sacerdotes-hechiceros, representaciones de símbolos totémicos y de manos mutiladas, etc.”. Totemismo que, según sugería, sería “una etapa avanzada en la elaboración de un sistema social, con su patriarcado, sus categorías de edad, sus ritos de iniciación, su actividad cazadora, sus divinidades solares y […] otros rasgos propios de aquel tipo de sociedad” (1950: 84-88). E incluso pudo haber prácticas rituales que demostraban que “la magia señorea en sus ceremonias y ritos” (1952: 18). En conclusión y ante este despliegue cultural, se pregunta “¿cómo no vamos a reconocer que, en cuanto nos enfrentamos con un hombre parecido físicamente […], se halla ya rodeado de una serie de notas que nos lo identifican como remoto creador de nuestra raíz civilizadora?” (1972: 60) [Figura 7].

Y, por último, eran habilidosos artistas. Para Pericot, su arte, “el primer acto de verdadera civilización” (1950: 64), presentaba “algunas de las características del arte español de todos los tiempos” ya que “ante él no nos sentimos extraños, pues responde a nuestra sensibilidad, a nuestro realismo estético” (1952: 21). Al hilo de esto, comentaba que

 

 

“el artista paleolítico lo era con valor semejante al que damos al artista moderno: alguien que siente la belleza de las formas reales pero que además es hábil y capaz de realizarlas y copiarlas con diversas técnicas, y que al hacerlo sirve algunos de los fines o los ideales de la sociedad de la que forma parte. […] ocupará un papel destacado en el medio social en que se mueve, […] ha aprendido con maestros y enseña a su vez a sus discípulos y continuadores, y […] su inventiva puede llegar al simbolismo y a la abstracción. […] merece el título de artista con no menor derecho que el escultor griego, el mosaista romano, el decorador de catedrales o el pintor actual de grandes frescos que quiere servir con ellos a una causa popular” (1972: 55).

 

 

            El enfoque que J. Martínez Santa-Olalla imprime al Paleolítico superior, al que denomina simplemente “Paleolítico” (1946: 39), es como el otorgado al Arqueolítico, o sea, esencialmente centrado en lo industrial y en los aportes llegados bien del continente africano, bien del europeo. Una vez que reconoce que “el cuadro culturológico hispano del paleolítico tiene hoy la suficiente claridad […] que cabe afirmar […] para toda la Península una secuencia igual a la que ofrece el Sur y Centro de Francia, o en líneas más generales, el Occidente europeo”, repasa cada complejo industrial. El Auriñaciense es de origen europeo ya que “conviene no olvidar que en el Norte de África no existe auriñaciense, como tampoco solutrense y magdaleniense” que, por tanto, serían de igual procedencia. En concreto, el magdaleniense vendría a ser “culturalmente una reiteración de elementos auriñacienses de raza y cultura” (Ibíd.: 41-44). Es decir, Europa aportó más a España en el Paleolítico superior de lo que lo hizo África, que sería más bien receptora de influencias porque hacia allí “los pueblos cazadores […] que cubren toda la península […] conducen a su vez […] la clásica cultura del paleolítico europeo”, desarrollándose “un estrecho intercambio racial y cultural con África del Norte” (1950: 378).

 

 

4. NADA NUEVO BAJO EL SOL: DESDE EL FINAL DEL PALEOLÍTICO A LA EDAD DEL HIERRO.

 

 

4.1. El Mesolítico o Epipaleolítico. Entre el Mediterráneo, Europa y África.

 

         En las etapas prehistóricas siguientes, incluidas la Edad del Hierro y también la conquista romana, la evolución del pueblo español estará marcada por la llegada de nuevos y sucesivos aportes humanos desde tres focos: el mediterráneo, el europeo y el del norte de África. Cada uno de nuestros autores, según su visión sobre los componentes de la etnia española y atendiendo, sobre todo, a la continuidad estricta de ésta hasta nuestros días, incidirá más en unos u otros aportes. Es curioso que desde ninguna de esas zonas se introdujese cambio alguno en la base racial española, antes bien se trataba de pobladores que no podían hacerlo porque eran gente racialmente parecida, igual o afín a los indígenas hispanos descendientes de aquellos primeros gravetienses. Y en el excepcional caso de que portasen alguna diferencia relevante, serían grupos sin la fuerza y representación suficientes como para evitar ser absorbidos por los españoles antes de dejar rastro en la etnia española. Ahora bien, los diferentes matices en lo que se refiere a la aceptación o negación de las influencias africanas, son los que a partir de ahora nos llaman más la atención, hasta el punto de poderse decir, sin ningún género de dudas, que nuestra evolución desde el Paleolítico hasta el Hierro se convertirá de ahora en adelante en un debate en torno al mayor o menor africanismo o europeísmo de nuestra historia y nuestro tipo racial.

         En el Mesolítico encontramos, según nuestros autores, varios grupos de población repartidos por nuestro territorio. Por un lado, los Azilienses serían “los más directos herederos de los magdalenienses” y habitaban todo el norte peninsular. Frente a ellos, los Asturienses se extendían por una zona más limitada y su raza era “opuesta a la población cromañonoide magdaleniense, derivada del tipo de Chancelade que crea el aziliense” (Almagro Basch, 1958: 35-37). Lo cierto es que, como señala el mismo autor, se planteaban dos grandes problemas interpretativos. Por un lado, la mayor relevancia de la población de base mediterránea y, por otro lado, el cada vez mayor protagonismo del norte de África en el desarrollo de las industrias microlíticas, características de este momento, “que denominaremos con el nombre clásico de industrias capsienses e ibero-mauritánicas”, en la creencia de que el microlitismo procedía del otro lado de Gibraltar. Realmente no se trataba de verdaderos obstáculos a la hora de interpretar adecuada y unitariamente la evolución de la etnia española. Por un lado, esas industrias y las gentes que las portaban, vendrían de Oriente según Almagro Basch, desde donde pasarían primero a Europa y después “saltaron […] al África por los estrechos de Mesina, […] el Canal de Sicilia y […] las zonas del Estrecho de Gibraltar”, añadiendo que “la tendencia a modernizar las industrias de hojas en el Oriente Medio sería un argumento […] a favor del origen hispano-europeo de estas gentes”. Por otro lado, venían a encajar perfectamente dentro de las características que presentaba la raza española al ser “antropológicamente afines […] de la población europea perigordiense de tipo dolicocéfalo mediterranoide”. En conclusión, el mapa étnico de nuestro país en el Mesolítico siguió invariable respecto del Paleolítico superior (Ibíd.: 38-40).

         Sin embargo, en el razonamiento de L. Pericot se percibe el reconocimiento de una mayor diversidad étnica y cultural en este estadio, que él prefiere denominar Epipaleolítico. Por un lado, pensaba que esas industrias microlíticas peninsulares debían haber surgido en primer término en la propia España, no por el influjo africano sino como consecuencia de la evolución de las industrias locales del Paleolítico superior, de forma tal que lo que antes se identificaba como capsiense “se resuelve muchas veces en un Epigravetiense en que abundan los microlitos” (1950: 99). Es algo que J. Martínez Santa-Olalla también percibía al escribir que “España, como todo el Occidente europeo, ve desenvolverse facies culturales de ascendencia magdaleniense, en que […] se marca un proceso degenerativo, pero que […] ofrece una tendencia microlitizante que ya se comenzó a marcar en el puro magdaleniense” (1946: 47). Al tiempo, habría una corriente de industria microlítica que convive con la anterior y que sí viene de África. Se trataría del Capsiense africano propiamente dicho, no obstante “traído por elementos de población que desde el punto de vista antropológico no debían ser muy distintos de los epigravetienses […] mezclándose con los indígenas empobrecidos”, dando lugar así a “la masa que va a recibir la luz del Oriente en forma de civilización neolítica” (Pericot García, 1950: 100). Además, para Pericot este Capsiense arrancaría de “una industria gravetoide que sólo puede haber llegado a sus focos del sur de Túnez por dos caminos: o desde el Asia Occidental a través de Egipto y Libia, lo que es dudoso, o desde España como una rama del Auriñaciense inicial o Gravetiense”. Así, el microlitismo europeo y el africano vendrían a ser “dos grupos étnicos emparentados” aunque “formando ya pueblos con cierta personalidad” (1952: 26-27), por lo que su poder alterador de lo hispano quedaba a todas luces en entredicho.

         De la unión de los indígenas y los recién llegados del continente vecino, surge lo que L. Pericot llama “pueblo graveto-capsiense” y se da comienzo a los influjos norteafricanos en nuestra historia como “otra de las raíces de España” (1952: 25, 27). Ese papel africano se reduciría para Almagro Basch a un erróneo “espejismo” (1958: 42, 48, 49), al contrario que para J. Martínez Santa-Olalla que lo calificaba de “indudable […] tanto en tipos étnicos como industriales” (1946: 47). Tanto es así que habría “una recuperación y fortificación del elemento étnico africano” que nos aportaría “las industrias microlíticas, las hachas pulimentadas, la ganadería y el comienzo de la agricultura” (1950: 379). Así pues, mientras unos veían mayor diversidad en nuestro pasado, aun defendiendo la rotunda homogeneidad y unidad de nuestra esencia racial, M. Almagro se reafirma en un férreo unitarismo, arremete contra África y, de paso, nos anuncia los aspectos que deberán tenerse en cuenta para valorar adecuadamente las novedades que traiga  -o parezca traer- cada etapa de nuestra Prehistoria. Los dos párrafos siguientes son muy ilustrativos de todo lo anterior:

 

 

“no podríamos, pues, hablar ni de un único elemento racial ni de un único pueblo en España al final del gran episodio de los pueblos cazadores del Paleolítico y su secuela el Epipaleolítico. Adivinamos ciertos matices y diferencias, aunque con un elemento dominante, y este […] sigue siendo el formado por los descendientes de lo que llamamos los primeros españoles, `mediterráneos´ en el sentido racial y por tanto sin diferencias apreciables respecto del tipo físico de la mayoría de los españoles históricos” (Pericot García, 1952: 28).

 

“observaremos como se nos ofrecen ya las constantes antropológicas y étnicas con las que hemos de enjuiciar nuestra historia como pueblo. […] 1ª La total persistencia y preponderancia del elemento indígena, formado por los dolicocéfalos mediterráneos que desde esta remota edad se ven poblar la Península. 2ª El espejismo falso de África, que siempre se tiende a supervalorar, al relacionar con España su población y sus fenómenos culturales, creyéndola fuente y origen de nuestra formación. En todo caso hay que pensar en la decisiva penetración del hombre blanco desde Europa y Asia. 3ª La presencia de claros y fuertes fenómenos raciales y culturales de origen europeo, los cuales no matizan igualmente todo el suelo peninsular” (Almagro Basch, 1958: 41-42).

 

 

4.2. El Neolítico, el Eneolítico y la primera Edad del Bronce. El refuerzo del elemento mediterráneo y la larga marcha hacia el Imperio.

                       

         Que el Neolítico y las transformaciones económicas y sociales que supuso,   -nada menos que el “comienzo de la civilización moderna en España”, en palabras de Pericot (1952: 32)-, venían de fuera, concretamente de Oriente Próximo, no constituye ninguna novedad en el marco del difusionismo que caracterizaba a la investigación prehistórica de aquel momento. Almagro Basch continúa negando todo posible origen africano de nuestras culturas prehistóricas y contestaba a quienes consideraban a los colonos neolíticos “africanos del norte, continuación de unas supuestas oleadas de mesolíticos capsienses o ibero-mauritánicos”, que “esta conclusión es hija del falso espejismo africano que ya hizo errar la visión del desarrollo cultural de la Península durante el Paleolítico Superior a nuestros primeros prehistoriadores científicos”. Proponía, sin embargo, su procedencia desde Asia Menor, de donde pasaría a Egipto y, de allí, al Norte de África y a España, sin estar muy claro si había pasado a nuestra Península desde el continente africano o directamente desde Oriente “a través de las riberas mediterráneas”, opción esta última más cómoda para quienes les molestaban los contactos de España con África. De este modo, afirmando que la razón de los parecidos perceptibles entre nuestro neolítico y el africano se correspondían, como mucho, con un mismo origen oriental “y no […] la simple derivación del NO. de África de las gentes y culturas del Neolítico hispano”, volvía a espantar los fantasmas africanistas de nuestro pasado nacional. Ni siquiera la invasión musulmana se habría de enjuiciar “como un factor más de ‘origen africano’” (1958: 48-49).

L. Pericot, por su parte, consideró también la posibilidad de que dichos elementos introductores de la civilización moderna hubiesen llegado desde Oriente por vía marítima o muy especialmente por tierra, atravesando Europa desde el Cáucaso o bien transcurriendo por la costa norteafricana (1950: 122-123, 1952: 30 y 1972: 48). Pero, frente al autor anterior, no podía negar la conexión frecuente de nuestro ámbito con el norteafricano, “no solo por la antigüedad e importancia del Neolítico egipcio sino por el papel que hasta tiempos avanzados pudo representar el Sahara, habitable todavía hasta la última gran oscilación climática”. En este sentido, observaba “entre las culturas predinásticas egipcias y la cultura sudanesa […] y las culturas neolíticas españolas […] tantos puntos de contacto” que le resultaba “un hecho seguro la llegada a España de elementos neolíticos del valle del Nilo en fecha temprana” (1950: 123). Tanto es así que al primer grupo identificado en el Neolítico español, el de la cerámica cardial, lo llamarían “círculo hispano-mauritánico” (Pericot García, 1950: 124) o “cultura hispanomauritana” (Martínez Santa-Olalla, 1946: 54). El profesor catalán resumía el foco africano como el primero que nos enviaba “agricultores y ceramistas que […] eran los mismos que llevaron la agricultura desde las tierras del Nilo al África Menor” (1952: 31). En la misma idea insistía J. Martínez Santa-Olalla al referir que, sobre las comunidades epigravetienses de su “Neolítico Reciente”, se situará “una influencia progresiva del Oriente mediterráneo y de Egipto a través del Norte de África, así como del resto de dicho mar por vía marítima” que hará que la cultura de la cerámica cardial se caracterice por “componentes muy marcados e indiscutiblemente africanos del oraniense o neolítico de tradición capsiense” (1946: 53-54).

Frente a ellos, “Neolítico Hispano I” fue el nombre que M. Almagro escogió para designar a este grupo humano (1958: 54), sin dejar lugar a dudas de que lo que se pretendía era borrar, incluso nominalmente, toda presencia africana. A su juicio, esta cultura podía representar a “los primeros colonos neolíticos llegados desde algún centro nilótico de hacia el Sudán” o bien “de otros centros del Oriente Medio occidental”, dando preferencia por supuesto a éstos últimos. En efecto, si bien en África “los focos de cerámica impresa antes de la cocción […] se sitúan abundantemente a lo largo de la costa mediterránea y es seguro que penetraron luego hacia el interior del Sahara” -se encontraba en Sudán “el foco más rico y abundante ya de hacia el 3.000 a. de J. C.”-, nuestro autor advertía que “más antiguos parecen aún algunos hallazgos que se extienden por centros del Orontes, de Mersin y otros en el Asia Menor, de donde pudo llegar a todo el norte del Mediterráneo occidental” (Ibíd.: 52-53).

En cualquier caso, la llegada de estas gentes no supondría cambios para la población española, dado que estos africanos serían “de etnia mediterránea, que se había ido formando alrededor de nuestro mar partiendo de las poblaciones que aquí se asomaron durante el Paleolítico superior” (Pericot García, 1972: 48) y solo vendrían a “reforzar el substrato capso-gravetiense que […] hemos venido observando” (1952: 31-32). Almagro, por su lado, ofrece argumentos muy similares al afirmar que los colonos neolíticos “eran de raza dolicoide mediterránea” y solo muestran “afinidades raciales” con los indígenas, de forma que “si la consecuencia cultural del Neolítico fue decisiva, la nueva aportación racial recibida y su cuantía son inseguras”. Ello suponía que “la población anterior siguió persistiendo y […] la gran unificación y mediterranización de la Península, realizada durante el Paleolítico Superior y Mesolítico, va a perdurar y a intensificarse” a lo largo de estas fases posteriores (1958: 50-51).

        

La segunda oleada, ya en lo que Pericot incluía dentro del “Eneolítico o primer período de la Edad del Bronce” (1950: 128), estaría representada por la Cultura de Almería, significativamente también llamada “círculo ibero-sahariense” o “cultura iberosahariana” (Ibíd.: 131; Martínez Santa Olalla, 1946: 56). Logró extender su presencia e influencia por buena parte del suelo peninsular (Pericot García, 1950: 140-144), además de significar el comienzo del trabajo de los metales. Éste permitió orientar las bases del futuro Imperio puesto que “parece como si abriera el país a todas las corrientes civilizadoras mediterráneas y en rápido progreso se alcanza una etapa de apogeo cultural que rivaliza con el […] del Paleolítico Superior y coloca a la Península a la cabeza del Occidente europeo” (Ibíd.: 130-131).

J. Martínez Santa-Olalla actualiza, en la segunda parte de su Neolítico Reciente, el africanismo como componente que seguía siendo esencial de nuestro bagaje cultural. Observa que la Cultura de Almería “ofrece en sus elementos materiales indudables paralelos con el neolítico sahariano, consecuencia última del neolítico egipcio, especialmente del grupo badariense y culturas asociables”, siendo “decisiva para la pura y total neolitización de España, pues por influencias e intercambio cultural actúa sobre la hispanomauritana y termina por ir ocupando con bastante celeridad, ya hacia el fin del neolítico reciente, toda la Península” (1946: 55-56). Por tanto, un balance general de esta fase tendría que tener en cuenta, desde su perspectiva, el “fortalecimiento de la relación racial y cultural con África del Norte y en gran escala con el Mediterráneo oriental”, y la introducción de “las culturas propiamente neolíticas, la agricultura y la ganadería” y “hacia fines del neolítico, la minería, el trabajo en los metales y una actividad comercial cada día mayor” (1950: 379). Pericot tampoco discutía los que sentía como obvios vínculos con el otro lado del Estrecho de Gibraltar, recordando algunos ejemplos: “el parecido de la cerámica incisa del África menor y de España”; que “el Neolítico de tradición capsiense del África menor” pareciese “el paralelo, el hermano, del primer Neolítico español”; que esta cultura almeriense fuese “reflejo, en su cerámica, en sus puntas de flecha, en sus tipos de enterramiento, de otro conjunto africano, […] el del mundo sahariano”; y otros aspectos que “hacen pensar en que con el tiempo conoceremos perfectamente el mecanismo de estas relaciones hispano-africanas que constituyen uno de los fenómenos más seguros en nuestra Prehistoria” (1950: 187-189).

         En su línea, Almagro Basch prefería identificar esta cultura como “Neolítico Hispano II” o simplemente Cultura de Almería (1958: 56), sin poder determinar si los nuevos colonos habían seguido la ruta terrestre por la costa norteafricana o bien si habían llegado por vía marítima directa desde Egipto hasta aquí. Desde Egipto porque consideraba que los recién llegados eran “dolicocéfalos mediterráneos venidos casi seguro del delta occidental del Nilo, del grupo Merinde-Fayum, etc.” que, para no variar, “se diferenciaban poca cosa de los cazadores indígenas epiperigordienses que podían quedar en España, con los cuales se mezclan por todas partes” (Ibíd.: 55-56). A la misma idea llegaba Pericot, para quien esta cultura “representa la ocupación de un territorio […] por un pueblo que se superpone a los indígenas”, sin “diferir grandemente” de ellos, “que suponemos descendientes a su vez de poblaciones llegadas del Norte de África” (1950: 143). A pesar de que los hiciese llegados de Egipto, Almagro termina de desautorizar el africanismo en los siguientes términos:

 

“Muchos prehistoriadores han querido traer estos almerienses del Sahara y han considerado que de estos pueblos agrícolas nacerían los iberos históricos. Esta hipótesis no es viable hoy. Entre otras cosas porque el Sahara ha recibido lenta y tardíamente en sus zonas central y occidental el Neolítico, llegado desde el África mediterránea y desde el Nilo. Y nada hay allí que pueda considerarse con fundamento, base firme para traer desde las tierras del sur de Argelia y Marruecos esta cultura nuestra de Almería, tan mediterránea […]

Pocas veces ha habido que recordar con fundamento el África. Ninguno de los fenómenos culturales que hemos señalado en España se ha originado […] en África del Norte occidental. Solo hay que estudiar, en relación con aquel continente, ciertos paralelismos de estos grupos neolíticos almerienses y los de la cerámica ornada cardial, que tal vez pasaron por el África del Norte o quizás alcanzaron desde España aquellas tierras, pero que no debemos considerar […] que se originaron allí. Sobre todo el […] Neolítico Hispano II ofrece paralelos muy estrechos con el mundo protodinástico egipcio” (1958: 57, 59).

 

 

En torno al 2.000 a.C., por dar una cifra redonda y de referencia, y posiblemente surcando las aguas del Mediterráneo (Almagro Basch, 1958: 61), nos llegan otros aportes humanos y culturales orientales, concretamente “pequeños grupos, primeros prospectores, no […] colonizadores todavía” (Pericot García, 1952: 35). A ellos se responsabilizaba del surgimiento y desarrollo del megalitismo y de la expansión de la metalurgia y, en definitiva, de todo lo que a ésta se asocia como, por ejemplo, “la idea del espacio vital y […] el comercio, ayudando así a la evolución social y política que los otros inventos neolíticos habían fomentado y que se resumen en […] urbanismo -ciudad- y estado”, según Pericot (1950: 129).

         L. Pericot y M. Almagro se referirán al megalitismo no tanto como cultura o agrupación de gentes que se extienden por doquier, sino como una idea, mentalidad o fenómeno religioso asimilado por los pobladores peninsulares, pues afectó a muchos ámbitos y grupos de población siendo complicado suponer “una invasión étnica tan general por tantas y tan diversas regiones europeas”. De tal modo, vendría a ser “una religión que se extendió en los albores de la edad de los metales” a partir de “esos primeros grupos de mineros extendidos por Occidente desde nuestro SE”, naciendo “hacia el interior otros núcleos megalíticos caracterizados por las sepulturas dolménicas de estructuras varias, pero casi siempre […] megalíticas” (Almagro Basch, 1958: 64-65). Pericot, efectivamente, también entiende que su amplia presencia por buena parte de España, “indica a las claras que este tipo de enterramiento, que responde a una nueva mentalidad religiosa, se adoptó por gentes cuya vida tenía poco de común”, consistiendo en “un fenómeno […] que […] sirvió de lazo de unión entre comarcas muy diversas” (1950: 144).

A ojos de Martínez Santa-Olalla, que encuadra el hecho megalítico a partir de su llegada de Oriente, arraigo en el SE. español y “amplia difusión por el Occidente europeo” en el por él denominado “Bronce Mediterráneo I” (1946: 59-60, 57), África no había perdido su fuerza irradiante de cultura. Esta estaba representada en “importaciones egipcias de alabardas y puñales y puntas de flecha de base cóncava de origen inmediato badariense” (1941b: 104; cit. por Mederos Martín, 2003-2004: 40), el “sepulcro de cúpula y galería abierta” (Martínez Santa-Olalla, 1946: 60), “o los vasos o copas campaniformes con referentes en el Creciente Fértil y en gran foco del valle del Nilo” (Mederos Martín, 2003-2004: 40). De hecho, iba a ser en el Bronce Mediterráneo cuando llegaran los últimos impulsos norteafricanos, antes de que España virase a Europa ante la llegada de los indoeuropeos. Nuestro autor comenta que “en España […] se salva cuanto del África blanca, entonces ya muriente, podía darse y de hecho se había dado ya”. Es más, sería un momento de crisis a pesar de que nuestros “elementos culturales se elevan a la mayor altura posible” y del desarrollo de “la arquitectura megalítica” porque, según su parecer, “esta emigración española por Europa fue una especie de gran fuego de artificio, con el que un pueblo, una raza, una cultura celebraban su propia muerte” (1950: 379).

Se tenían datos suficientes como para afirmar que los individuos que dieron a conocer los megalitos a los peninsulares, no eran más que “una continuación de los dos fenómenos étnicos culturales anteriores”. Si bien la cultura de la cerámica cardial “matizó el África del Norte y hasta pudo llegar por aquel camino igual que el Neolítico de Almería”, aquellos prospectores megalíticos “han llegado […] por mar”, sin tener ninguna vinculación con un África que no ofrece “nada megalítico, semejante y cronológicamente relacionable con nuestra cultura megalítica”. Es decir, fueron exclusivamente “un sumando más de gentes mediterráneas”, dada “la constante presencia y preponderancia de los tipos dolicocéfalos […], no lejanos tipológicamente de aquel primer homo (sic) sapiens perigordiense que trajo el Paleolítico Superior”, tal y como se deducía del estudio de los restos del cementerio de Los Millares (Almagro Basch, 1958: 66-67).

La alusión al Imperio que hacemos en el título de este epígrafe se debe a que será ahora, de la mano del megalitismo, la metalurgia y el vaso campaniforme, cuando España, en opinión del profesor Almagro, comience a determinar la evolución histórica de otros lugares allende los mares, poniendo así las bases de la supremacía que, de este modo, por derecho propio y legitimidad (pre)histórica ejercería en los tiempos modernos. Señala la presencia de individuos o manifestaciones culturales peninsulares en las Islas Británicas o en Bretaña, “siendo el elemento ibérico una de las más acusadas bases étnicas de la población de aquellas islas que con estos emigrantes recibieron desde España la primera metalurgia”. En Dinamarca y Alemania “floreció una cultura megalítica que racialmente representa allí el comienzo del mundo proto-germánico, en cuya constitución entraron diversas aportaciones culturales hispanas”; un mundo del que, después de unos cuantos siglos, llegaría a España la invasión o invasiones célticas y con el que ya ahora se establecen relaciones tan intensas. Igual ocurrió en Francia donde algunas regiones sureñas recibieron tal cantidad de influencias “que permiten considerarlas como zonas iberizadas”, lo cual “hará que todo el sur de Francia sea una verdadera Galia Ibérica al entrar en la historia con los griegos y romanos y mantenga esa personalidad a lo largo de la Edad Media, y aún hoy mismo” (1958: 67-68).

 

El fenómeno que permitiría establecer el más claro precedente del Imperio de los siglos XVI y XVII, fue el del vaso campaniforme. Para nuestros autores, esta forma cerámica destacará en torno al 1.800 a.C. como creación propiamente española que se extiende por toda Europa (Pericot García, 1950: 177-179). De tal forma, la comparación entre los dos momentos históricos no se hizo esperar y fue Pericot quien pensó, al intentar explicar dicha diáspora, en “una expansión, no sabemos si cultural, mercantil o política (militar) que parece prefigurar como un primer Imperio hispano, con una anticipación de 3.500 años, el Imperio de Carlos V” (1952: 34) [Figura 8]. Propuso de paso una nueva ordenación de las fases en que tradicionalmente organizamos el tiempo histórico, reclamando el comienzo de la Edad Moderna en este preciso momento, “quedando para la Antigüedad todo el larguísimo trecho anterior” (1972: 40). Para él, la referencia a África volvía a ser obligada a la hora de explicar el origen y los precedentes de esta forma cerámica pues, si bien éstos “se hallan en vasos del Tasiense egipcio, acaso anteriores al año 4.000 a. C”, lo tocante a “la decoración, el puntillado y su aplicación a zonas” se refleja “en la cerámica cardial, en la neolítica final de Andalucía y en sus semejantes del Norte de África hasta el Sudán”. Finalmente, indicaría que, como “producto de la fusión de las culturas hispano-mauritánica y almeriense”, debió tener su cuna “en la zona de confluencia de ambas, en la Andalucía oriental” (1950: 175-177). Veinte años después, el mismo autor dejaría entrever más y mejor el carácter propiamente español de esta forma cerámica, descartando sin embargo el camino africano, ya que, en su renovada opinión, “se dan en España todos los elementos constitutivos de su forma y su decoración” y, además, “la contemplación […] de la rica y barroca ornamentación de la cerámica cardial valenciana me ha llevado a la convicción de que en ella encontramos el modelo de las bandas rayadas, con inclinación alterna”. Ahora el Tasiense y otros paralelos africanos parecían “un camino demasiado largo” (1972: 43-44). Sin embargo, a Almagro le parecía indudablemente un fenómeno cultural español de “fundidores ambulantes”, “formado en tierras del Sur y Levante sobre elementos neolíticos con cerámica decorada de tipo cardial” y “conocedor de la metalurgia” (1958: 69-70).

 

Figura 8. Tanto la expansión del fenómeno megalítico como del vaso campaniforme, protagonizada por prospectores y comerciantes, dibujaban un mapa europeo que podía asemejarse al que Carlos V conseguiría a través de las herencias familiares y sus tropas (imágenes extraídas de Almagro Basch, 1958; Contreras y López de Ayala, 1968a: 364 y b: 405; Martínez Ruiz, Gutiérrez Castillo y Díaz Lobón, 1988: 40; Moure Romanillo, 2004: 243, 247 y 249; Santos Yanguas, 2004: 285).

 

 

L. Pericot los caracteriza como mercaderes armados o pequeños grupos de metalúrgicos que, en bandas nómadas, se dedicaban “al comercio del cobre, ámbar, calaíta y otras materias raras”. Su nomadismo venía sugerido por el hecho de que “apenas encontramos en Alemania poblados de esta época con vaso campaniforme” y de que “sus tumbas, individuales, no forman vastas necrópolis” (1950: 180). En relación con ello, que M. Almagro advirtiese que “no creemos […] que en los vasos campaniformes, […], se deba ver un único pueblo”, ni “la simple dispersión de un fenómeno racial de gentes de origen hispano” (1958: 70), no era una cuestión baladí. En efecto, el problema residía en que los restos centroeuropeos evidenciaban un tipo de gentes, en principio, diferentes racialmente a los españoles, braquicéfalos en concreto (Pericot García, 1950: 180; Almagro Basch, 1958: 70-71), lo cual hacía imposible asumir que el vaso fuese de origen hispano o, en todo caso, que su difusión la hubiese protagonizado el pueblo mayoritariamente dolicocéfalo que residía en nuestra Península. Ante tal evidencia, Pericot plantea sus dudas al respecto “de que pueda tratarse de un fenómeno de difusión comercial” y plantea más bien “la expansión de un pueblo conquistador” que, desde luego, “no sería un pueblo hispano, pues los rasgos de la raza dinárico-armenoide se dan en la Península en forma esporádica” (1972: 44).

         En conclusión, se trataba de la arribada de una gente completamente nueva “de tipo braquicéfalo armenoide o dinárico-armenoide”, “llegada a España siguiendo a los colonizadores megalíticos”, muy diferentes a los indígenas hispanos y “oriundos de tierras del Asia Menor”. A pesar de ello, solo se limitarían a matizar, no alterando en ningún caso, “la población dolicocéfala muy predominante” en nuestro suelo (1958: 71). La conclusión no podía ser otra más que la que demostrase que la población de esta etapa, “no difiere fundamentalmente de la población hispana de siglos anteriores ni de la posterior hasta la época actual” y que, aun con ciertos elementos extraños, éstos no son lo bastante fuertes como “para producir y mantener un cambio que tenga alguna espectacularidad o trascendencia(Pericot García, 1972: 39).

 

4.3. El Bronce Pleno. Tiempo de expansión, crisis e innovación.

 

         El Bronce Pleno -segunda fase del Bronce o “Bronce II” en palabras de Almagro Basch (1958: 83) o “Bronce Mediterráneo II” según J. Martínez Santa-Olalla (1946: 61)-, está protagonizado por el último episodio peninsular étnica y culturalmente relevante antes de los movimientos celtas, esto es, la Cultura de El Argar. Estuvo radicada muy sensiblemente en el SE., ejerciendo una gran influencia y manteniendo contactos con buena parte del país y del resto del continente y la cuenca mediterránea (Pericot García, 1950: 205-207, 231-235). Ello sirvió para revitalizar “las rutas de expansión llevadas a cabo anteriormente por los pueblos almerienses y megalíticos”, pasando “a todas las áreas culturales no sólo de España, sino de todo el Occidente de Europa, sus productos cerámicos y sus tipos de armas” (Almagro Basch, 1958: 84). Eran muchas zonas, menos la africana que, “con su tendencia conservadora, se queda en una etapa neolítica mientras Europa progresa rápidamente con la metalurgia”, según Pericot. Es decir, “España mira hacia Europa de ahora en adelante” (1950: 231), hecho que se verá continuado y reforzado en el primer milenio a. C.

Todo ello implicaría, otra vez, la llegada y dominación de un nuevo grupo humano comerciante, de “mineros, activos fundidores, además de colonos agrícolas”, en este caso procedentes de Anatolia, según Almagro Basch, y representantes de “una raza vital y fuerte con acusado carácter dolicocéfalo y mesocéfalo” y “con grandes afinidades a ciertos grupos raciales que se ven en la Edad del Bronce en Fenicia” y Anatolia (1958: 83). L. Pericot, aparte de dicha procedencia anatólica, visible en “tipos de enterramiento en urnas que se repiten en el […] yacimiento almeriense”, sugiere la posibilidad de poner en relación nuestra cultura de El Argar con la europea de Unetice, “cuyas cerámicas muestran similitud con las argáricas, aparte otros paralelos” (1972: 37). Incluso relaciona esos “elementos asiáticos” con “el fermento” de Tartessos o de los íberos del I milenio a. C. (1952: 39).

Para J. Martínez Santa-Olalla este momento sería de crisis y decadencia en tanto que se caracterizaba “por la desaparición de toda una serie de rasgos aportados por la vieja cultura hispanomauritana, un declinar rápido de lo megalítico y la aparición de un conservatismo arcaizante en todos sus elementos materiales”. Así pues, en El Argar “han desaparecido todos los elementos de cultura no iberosaharianos, los megalitos quedan reducidos a cistas y abundan los objetos metálicos” caracterizados por “lo arcaico de sus tipos metalúrgicos, que no hace más que repetir los que en gran parte teníamos al finalizar el neolítico reciente y comenzar el bronce mediterráneo I” (1946: 61-62). En resumidas cuentas, se trataría a sus ojos de “una cultura desgastada, envejecida, que no es ya más que una tradición, […], una cultura anticuada, retrasada, cuyo brío debe a la nueva aparición mediterránea y neolítica”, de tal forma que ahora “España se ha cerrado fuertemente sobre sí misma, y esta situación lleva, tanto desde el punto de vista racial como cultural, a una unificación más o menos uniforme del país” (1950: 379-380).

El análisis de los cráneos vuelve a tenerse en cuenta para comprobar que, aunque con algunos caracteres que les podrían diferenciar de nuestro tipo racial, siguen siendo mayoritarias las coincidencias que aseguran, por tanto, la continuidad étnica también en el Bronce pleno. En efecto, Almagro observa “tipos dólico-mediterráneos gráciles, mezclados con dolicocéfalos mediterráneos de tipo euroafricano o con descendientes del antiguo tronco típico nórdico europoide de Cro-Magnon”, creyendo que el hecho de “que se presenten en la región de Almería individuos de tan diversos tipos raciales, ya en la Edad del Bronce” advierte sobre “cómo todos los elementos étnicos que poblaban España se entrecruzan desde los más lejanos tiempos prehistóricos” (1958: 87). Pericot, por su parte, demuestra que “dominan los dolicocéfalos o subdolicocéfalos, dándose un solo caso de cráneo braquicéfalo y siete de subbraquicefalia” en el cementerio argárico, pareciéndole que “se trataba de dos razas distintas en presencia y no de una sola raza con matices variados, siendo, claro está, menos numerosa la raza braquicéfala”. Por tanto, “eran descendientes de la raza Cromagnon […] con un grupo emparentado con los braquicéfalos de Grenelle”, aunque no conlleve ello “un verdadero cambio de población o de raza” (1950: 237-238). Entre otras cosas porque “hay que pensar en que la población era ya demasiado densa para que la aportación de pequeños grupos étnicos extraños pudiera mantener sus rasgos al fundirse con los indígenas” (1972: 38).

 

En esto estábamos cuando recibimos, al final del Bronce, desde el Mediterráneo oriental y desde Europa respectivamente, los trascendentales influjos de los fenicios y de los protoceltas o protoindoeuropeos (1950: 213-218 y 1972: 39), en lo que L. Pericot y J. Martínez Santa-Olalla entienden por “tercera Edad del Bronce” (1950: 213; 1950: 380). Como hicimos notar al tratar la etapa precedente, en su opinión “el pueblo estaba agotado, como igualmente agotada estaba su capacidad de invención” y fue entonces cuando apareció el nuevo y primero de los elementos indoeuropeos que habrían de llegar en la Edad del Hierro. Esto es, arribó a nuestro suelo “algo nuevo, algo inesperado, y la industria del bronce, envejecida y agotada, encontró nuevos modelos y tipos, para los cuales no existía ninguna forma ni etapa previa”. Se trataba de “una nueva cultura, que no puede explicarse más que por invasión de un pueblo extranjero” porque “el comercio y las relaciones culturales sólo podían transmitir elementos aislados, pero cuando literalmente se trata de nuevas culturas que emigran, y tal es el caso en España, es que emigran también los pueblos portadores de esas culturas” (1950: 380). Y también es “un cambio radical de […] mercados y […] de raza”, con el que “el mundo pujante del bronce germánico comienza a desplazar […] el centro de gravedad de España hacia su órbita […], entrando de manera decisiva en el mundo atlántico” o europeo, haciendo al Mediterráneo perder el papel central que venía desarrollando (1946: 62). Sea como fuere, como indicase Pericot, aunque fenicios e indoeuropeos “preludian cambios importantes, […] no interrumpen el progreso, el crecimiento demográfico”, ni la “formación de lo hispano en ese crisol que era la Península” (1972: 39).

         De esta forma, el profesor Almagro concluye con dos largos párrafos en los que parece confundirse la propia lectura científica del problema con la interpretación política a la que, teniendo en cuenta el contexto del momento, servirá de fundamento. Viene a concluir que,

 

“por el año 1.000 antes de J. C., una tendencia a ver la unidad y la fusión de los pueblos hispanos es más científica y queda más patente ante los hallazgos que poseemos, que las hipótesis que intentan forzar las diferencias al estudiar la etnia prehistórica de la Península. Hubo ciertamente grupos con cierta personalidad, pero ésta no debe explicarse como radicales diferencias entre las poblaciones indígenas hispánicas, que no las hubo, ni tampoco por la diversa raza de las inmigraciones reseñadas. Tales diversidades, cuando se aprecian, son sólo de orden cultural y no siempre se pueden limitar y aislar totalmente, y son más bien consecuencia de variaciones geográficas, o del influjo realizado en el desarrollo económico y social por la mayor o menor aportación cultural y económica llegada con los inmigrantes colonizadores del Neolítico y de la Edad del Bronce.

Estudiando imparcialmente los restos antropológicos y aun los culturales, es preciso rechazar las forzadas hipótesis a las cuales se han inclinado muchos […], al establecer sobre bases poco precisas una diversidad cultural en la Península demasiado radical y con tendencia a ver evolucionar tales culturas demasiado aisladas e independientes. Ciertamente que podemos establecer peculiaridades, pero no debemos preferir el valor del detalle a la básica unidad que el panorama étnico-cultural de la Península nos ofrece en su dinámica historia a lo largo de todas estas esenciales, básicas y largas etapas de la formación del pueblo español” (1958: 88-89).

 

 

4.4. Las últimas colonizaciones.

 

         Todavía tenían que llegar las últimas gentes a la Península Ibérica. Iba a ser, fundamentalmente a lo largo del I milenio a. C., el turno de los últimos colonizadores y destacados comerciantes en general, que vendrían a ser los tartesios -para M. Almagro-, los fenicios, los cartagineses y los griegos y romanos. Su influencia habría de tener consecuencias notables para el futuro inmediato de la población española, pero solo en el ámbito de lo cultural (Almagro Basch, 1958: 105) ya que, al tratarse de “un número escaso de inmigrados que se fundía en […] la población preexistente” siendo “físicamente parecidos” a los hispanos, tampoco se tradujeron “en una modificación de la etnia indígena” (1972: 37).

Es fácil reconocer que Tartessos y su supuesto imperio fueron uno de los temas, si cabe, más controvertidos, donde se daba cita el imaginario y la verborrea nacionalista e imperialista del franquismo (Álvarez Martí-Aguilar, 2003). A ello habría que sumar la pobreza entonces del registro arqueológico, lo cual llevaba a Pericot a afirmar que “no existe una cultura tartesia que haya aparecido en los niveles de excavaciones arqueológicas” (1950: 250-251). Al otro lado se situaba el uso y abuso que se hacía de unas fuentes escritas que, si por algo se caracterizaban, era por su falta de concreción o ambigüedad (Wagner, 1986), dos factores que ayudaban a acrecentar la bruma y la ensoñación de grandezas imperiales. Según Pericot, Tartessos fue el reino “que se mantuvo frente a la oleada céltica” entonces reducido a “un mito”, advirtiendo que “no estaría bien que cuando tratamos de desechar mitos en la Historia de España y tratamos […] de aislar sus raíces lejanas, cayéramos en otro mito, por simpático que sea” (1952: 52). Independientemente de ello, Tartessos era para el maestro catalán un reino andaluz surgido en la propia Península, no impuesto desde fuera por estos o aquellos otros colonos, sino “con una base étnica indígena y antigua en la que habían fructificado las influencias mediterráneas y norteafricanas” (Ibíd.: 52). Es decir, “un estado con raíz en el Eneolítico y abierto al Mediterráneo y al Atlántico” (1972: 36), con su centro político en una capital aun desconocida, activo en las redes comerciales de los dos mares a los que tiene salida nuestro país, rico en metales y con una elevada cultura. Por su parte, Almagro Basch era contrario al origen de Tartessos a partir del desarrollo autóctono de la población del Sur peninsular y se muestra de acuerdo con la opinión de A. Schulten (1945) al poner el acento en una colonia de tirsenos. Éstos serían “gentes mediterráneas del Asia Menor, más o menos mezcladas”, semejantes pues a las españolas y que estarían en la base de un reino “que no creemos pueda identificarse […] con la cultura argárica” o cualquier otro estadio cultural hispano-andaluz. A pesar de ello, por la confusión que rodeaba a la cuestión tartésica, concluía opinando que “el nombre de Tartessos no es una realidad que podamos fijar hoy ni étnica ni culturalmente en la Península” (1958: 106).

En fin, Tartessos le parecía al profesor Pericot origen también de los actuales andaluces “no ya en su tipo físico que debe ser casi el mismo, sino incluso en temperamento” ya que “basta pensar en que el genio alegre, la habilidad danzarina y la taurofilia eran ya cualidades que les adornaban en la Antigüedad”. Y aunque no se sabía lo que querían decir los textos tartésicos, pues su escritura no estaba aun descifrada, Pericot aseguraba que ofrecerían “un cuadro de una sociedad perfectamente española” (1952: 52-53) como se suponía era la del reino tartésico.

 

Sobre los fenicios y los cartagineses se intentaría, sobre todo, eliminar el obstáculo que suponía su formación racial semita, en lo que constituye una nueva muestra de la preocupación por asegurar la pureza racial española. Los fenicios, en este sentido, procedentes de la costa levantina mediterránea, vendrían a ser “otro grupo de mediterráneos orientales con no mucho de semitas y con un acusado mestizaje con braquicéfalos asiánicos o armenoides”, esto es, “un pueblo como el que nos presentan los restos antropológicos argáricos”, cuya capacidad de alteración a su vez de la raza española ya vimos que fue nula. La idea de que “sabemos que hacia finales del primer milenio antes de J. C., época de la expansión fenicia hacia Occidente, el elemento semita no había realizado la transformación que luego logra imponer en toda la zona de Palestina-Siria”, terminaba por conjurar para M. Almagro toda posible mancha que hubiesen podido dejarnos los fenicios en nuestra sangre. De los cartagineses no podía decirse algo muy diferente, como elemento “no exactamente fenicio y por lo tanto aun menos semítico” y que dominó una parte de la Península en un espacio de tiempo apenas significativo (Almagro Basch, 1958: 106-108).

 

Por último, el protagonismo que pudieron tener los griegos de Focea, últimos en llegar antes que los romanos, sobre nuestra base étnica se resume, por parte de M. Almagro, en que “sus cráneos son claramente dólico-mediterráneos”, dejándonos “sangre del mismo tronco originario de gentes dolicomediterráneas”. De tal modo que, insistiendo en la idea que se venía repitiendo hasta la saciedad, estas últimas colonizaciones no serían más que “sumandos mediterráneos orientales” sobre “aquella lejana base de la etnia hispana también racialmente protomediterránea de origen perigordiense” (1958: 111).

 

Penetrando ya en el ámbito de la Antigüedad, nuestros autores valorarán igualmente las aportaciones realizadas por los romanos, que llegaron en gran número y que si por algo destacaron fue, otra vez, por “sus afinidades con nuestras gentes” (Almagro Basch, 1958: 113), al basarse en “elementos raciales no muy distintos en origen y carácter a los que poblaban la Península” (Pericot García, 1972: 28). Esto contrastaba con la huella étnica que sí habían logrado dejar “la invasión céltica o las colonias neolíticas y del Bronce I y II”, aunque ninguno de dichos episodios tuvieron las consecuencia que sí “representó la obra de la Urbs”, o sea, de Roma como civilizadora en España (Almagro Basch, 1958: 125). Una inmensa y poliédrica preponderancia cultural que se manifestaría, según M. Almagro y L. Pericot, en

 

“el idioma e incluso la primera idea de España como unidad aunadora de todas las antiguas diferencias étnicas peninsulares. […]

Este sentimiento de unidad étnica, ganado durante la romanización, no se romperá ya a pesar de las invasiones germánicas y árabes y pasará vivo a lo largo de la Edad Media a los pensadores más preclaros en lo político y espiritual. La idea de una Hispania concebida como unidad geográfica, cultural y política, se verá siempre a partir del dominio de Roma formando parte del patrimonio espiritual de todas las gentes peninsulares, como el más noble ideal de convivencia humana entre todas ellas, ideal mucho más fuerte que la tendencia disgregadora que siempre, a lo largo de nuestra historia, veremos aparecer sin imponerse jamás a aquella ambición que nunca desaparecerá. Es ésta una verdad que podemos sostener históricamente frente a todo cuanto se haya querido decir en sentido contrario. Conforme es evidente que todo noble ideal humano busca la unión y el contacto entre los pueblos, limando las aristas diferenciadoras, mientras el espíritu de clan y de tribu que aparece cultivado y ensalzado con frecuencia en algunos historiadores es un atavismo malsano y primitivo” (1958: 125-126).

 

“La conquista romana acabó de dar conciencia definitiva a los habitantes de la Península de que eran hispanos, y la conciencia de la vieja unidad no se perdió nunca. El nombre mismo de Hispania, con su antigüedad de tres mil años y que se aplicó, por tanto, a gentes que se hallaban en plena Prehistoria, lo que no suele ocurrir, pues por lo general los actuales países llevan nombres de origen mucho más moderno, constituye por sí solo una vieja raíz” (1972: 28).

 

 

            L. Pericot prestará atención además a la reacción de los pueblos indígenas frente a los romanos y explicará por qué estos se acabaron sometiendo al dominio extranjero, satisfaciendo de paso el gusto del régimen franquista por ponderar la interpretación heroica e indomable de nuestro pasado. Confirmó, por ejemplo, que aunque aquellos hispanos perdieron la libertad, ello no se acompañó de un marasmo cultural o artístico, pues “tienen esplendorosas manifestaciones contemporáneas de la lucha por la independencia y que siguen en las comarcas ya sometidas al yugo romano, perdurando en momentos en que la lengua nativa se iba perdiendo” (1952: 60). Alabó la actitud, el espíritu libertario y el carácter guerrero de los españoles frente a los romanos, puesto que, en su opinión, “lo interesante es la reacción indígena ante las nuevas culturas que se le ofrecían o se le imponían” y la postura que nosotros, los españoles actuales, debemos adoptar al sabernos “hijos […] del pueblo vencido, que cedió su tradición, e hijos espirituales del pueblo vencedor, que impuso su cultura” (1952: 60, 62). Lo planteaba en los siguientes términos:

 

“Viriato simboliza al guerrillero español de todos los tiempos. Su perspicacia estratégica, sus movimientos envolventes, sus retiradas fingidas basadas en una gran movilidad y en el conocimiento del terreno, en su sobriedad y resistencia, su misma autoridad personal y la fidelidad de sus soldados, concuerdan con la manera de actuar de otros caudillos españoles hasta los tiempos más modernos. […]

Numancia luchó sola. […] ¿Qué habría pasado si las tribus hispánicas hubieran actuado juntas y cada ciudad se hubiera convertido en otra Numancia? Roma, ocupada en otros graves problemas y dificultades en todos los frentes de su actuación, no habría podido dominar a España. […]

Los textos romanos nos enseñan las características espirituales de los pueblos hispánicos. Sus cualidades y defectos son los del pueblo español de todos los tiempos. […] Vivos, valerosos, capaces de los mayores esfuerzos, hospitalarios, leales hasta la muerte, heroicos, llegando al salvajismo en su heroísmo […], excelentes soldados […], pero al mismo tiempo perezosos, inconstantes, cansándose de las empresas, aficionados a vivir de la depredación, orgullosos […]

Reconociendo todo lo que debemos a Roma, no estaría bien renegar de nuestros antepasados indígenas, como un nuevo rico podría hacer con sus padres pobres. En el fondo del alma hispana es imposible que las raíces milenarias […] no hayan dejado un sedimento más poderoso que todas las aportaciones de los últimos dos mil años. Somos un producto del natural crecimiento de las pequeñas bandas del Paleolítico superior, con el sello que el medio geográfico le impuso y con el matiz que les dieron un par de nuevas inyecciones de sangre africana y el baño de indoeuropeísmo de los celtas, ya muy mezclados por su parte, cuando llegaron aquí” (1950: 345-348).

 

 

Siguiendo la misma idea de la última cita de las arriba indicadas, quiso hacer ver Pericot que “a pesar de lo grandioso de la escenificación romana, […] el pueblo hispano cambió de envoltura pero guardó incólumes actitudes mentales, rasgos temperamentales, fonética y tantas cosas que constituyen la verdadera personalidad indígena” (1972: 28). Y no pudiendo negar la imposición de las nuevas expresiones culturales, explica cómo “lo tradicional se irá dejando rápidamente, se irá envolviendo en brumas que ocultarán el pasado a las generaciones futuras”. Así, pasado el tiempo, éstas “no reconocerán siquiera ni comprenderán los vestigios fósiles que de aquel pasado les quedaran, y será preciso que la ciencia prehistórica […] rasgue aquel espeso velo y haga aparecer ante los ojos atónitos de los contemporáneos ese maravilloso y largísimo pasado, esas raíces con las que ni pensadores ni historiadores habían contado” (1952: 60-61).

El Imperio romano, a pesar de someter a nuestro pueblo y hacernos perder nuestro bagaje cultural indígena a favor de un cultura extraña e impuesta, tuvo ciertamente una buena consideración por parte del régimen franquista, como quedó demostrado en los actos oficiales celebrados en Tarragona en 1939 y Zaragoza en 1940 a cuenta del regalo de dos estatuas de Augusto por parte de la Italia mussoliniana (Duplá, 1997). El régimen italiano y el propio dictador hacían del Imperio la fuente de su inspiración política, utilizando la arqueología clásica para legitimar su ideología, el nuevo diseño político o su expansionismo exterior (Cagnetta, 1976 y 1979; Kostof, 1978; Canfora, 1976, 1991a y b; Petriciolli, 1990; Torelli, 1991; Bandelli, 1991; Visser, 1992; Altekamp, 1995 y 2004; Mazza, 1994; Scriba, 1996; Stone, 1999; Sluga, 1999; Wyke, 1999; Gilkes y Miraj, 2000). El imperio o la idea del mismo, la constitución de España como baluarte de la esencia cultural -grecorromana- y espiritual -cristiana- de la civilización europea, la toma de conciencia de nuestra misión universal, la destacada aportación española al Imperio romano con emperadores o preclaros personajes de la cultura y la política nacidos en suelo ibérico y emigrados a la capital del Tíber, o incluso la equiparación del propio Franco -“Imperator, príncipe y padre de la Patria” (Duplá, 2002: 529)- con Augusto, serían los iconos más habituales del capítulo romano en nuestro país, como ha apuntado A. Duplá (1992, 1999, 2001, 2003). Desde antiguo, por tanto, se fundamentaba la hermandad cultural y racial italo-española y, por su parte, la amistad de ambos regímenes dictatoriales encontraba una justificación histórica que parecía incontestable.

 

5. IBEROS Y CELTAS.

 

         En torno a estos dos pueblos se darán cita las discusiones más apasionantes y apasionadas entre los investigadores del franquismo (Ruiz, Sánchez y Bellón, 2002 y 2003; Ruiz Zapatero, 2003), de ahí que las hayamos dejado conscientemente para el final. Ello ocurría en un marco político muy concreto, donde al régimen franquista le interesa promocionar la celtización de la Península, menoscabando todo lo que tuviese que ver con la cultura ibérica. Nuestros autores, becados y ampliados sus estudios en Alemania (Díaz-Andreu, 1995: 79), estaban al tanto de la investigación realizada en el país germano y participaban, especialmente J. Martínez Santa-Olalla (1950), del uso indiscriminado, intercambiable y aleatorio de expresiones como “indoeuropeización”, “celtización” o “arización”, para referirse a un mismo fenómeno. Si a todo esto le sumamos la procedencia centroeuropea de los celtas, tan obsesionados como estaban algunos por descartar la presencia africana y las corrupciones raciales en nuestra etnia, el establecimiento de vínculos entre España y Alemania desde el final de la Prehistoria era una consecuencia esperable. El país alemán estaba ahora en manos de los nazis, aliados de Franco, quienes también fueron capaces de diseñar un pasado arqueológico adaptado a sus intereses (Losemann, 1977; Schnapp, 1980; Stahlman, 1988; McCann, 1990; Arnold, 1990 y 2006; Canfora, 1991c; Deman, 1992; Arnold y Haβmann, 1995; Marchand, 1996; Junker, 1998; Haβmann, 2002; Härke, 2002). De tal modo, las alianzas entre Franco y Hitler, entre el pueblo español y el ario, quedaban refrendadas, como en el caso italiano, por los caprichos de la (pre)historia. En consecuencia, en España se dio una “fiebre panceltista”, que aquejó con diversa gravedad a nuestros investigadores, especialmente a los más identificados con el régimen, y que se tradujo en evidentes distorsiones sobre nuestros celtas e íberos (Ruiz Zapatero, 1996 y 1998).

 

Almagro Basch dedicó solo las cuatro últimas páginas del décimo capítulo de su librito, donde trata los efectos de la invasión céltica o de la “corriente étnica europeizante” (1958: 91-103), a la cuestión de los iberos, evidenciando el poco interés que le merecían frente a los pueblos bárbaros, los musulmanes, los judíos o los gitanos (Ibíd.: 127-134; 135-154; 155-160; 161-162), a los que sí reservó capítulos independientes. No obstante, dentro del panceltismo, podemos apreciar dos tendencias: una “radical”, sostenida por J. Martínez Santa-Olalla, que solo veía celtas por toda la Península; y la “moderada” de M. Almagro quien, aun reconociendo la preeminencia racial y cultural de aquellos, es capaz de distinguir que la negación de la existencia y la cultura de los iberos no era una postura del todo correcta, al menos, a partir de un determinado momento -siglo IV-. En su opinión, el pueblo ibérico existía aun dando por seguro “que todos los grupos ibéricos fueron celtizados, lo cual no quiere decir que racialmente los iberos propiamente dichos lo estuvieran tanto como culturalmente, e incluso es seguro que en algunas áreas geográficas no abandonaran su antigua lengua, asegurándonos su independencia de los invasores”. De acuerdo con lo anterior y, aunque solo fuese a partir de la recepción de los influjos mediterráneos orientales, especialmente griegos, que la terminarían de apuntalar, Almagro al menos reconocía la existencia de la cultura ibérica desde el siglo IV a. C. en el Levante y Sur peninsular. Los íberos fueron una raza débil, sin fuerza ante las injerencias externas y las alianzas con aquellos que arribaban a nuestras costas, cuyos “elementos culturales históricos […] acabaron formando la interesante cultura ibérica”. Por un lado, ello propició que los íberos aparecieran como la plataforma donde “se apoyan los colonizadores griegos, púnicos y luego romanos frente a los pueblos más célticos del interior” y, sobre todo, que el avance romano extendiera lo ibérico hacia esos lugares. Y, por otro lado, ello motivó que los nuevos colonizadores dejaran un testimonio escrito más destacado de sus aliados los íberos que de los celtas, cuestión que ha resultado en “una falsa impresión de una España céltica y de una España ibérica”. La imagen de las dos Españas es ciertamente falsa para Almagro Basch, pues “los hallazgos arqueológicos y restos filológicos no siempre nos aclaran esta división si están concordes con las denominaciones étnicas de los pueblos peninsulares tal y como los definen los textos clásicos” y, en todo caso, “sus diferencias con el interior se acusan sólo por la mayor riqueza y el mayor contacto con los pueblos colonizadores” (1958: 100-102).

Sin embargo, los celtas constituían una de sus grandes especialidades, lo que le permitió, por ejemplo, encargarse de la redacción del epígrafe dedicado al tema en la monumental Historia de España de Menéndez Pidal (1952). En su obra encontramos un claro predominio del componente céltico en nuestro I milenio a. C. pues, como él mismo escribe, “nos hemos inclinado a dar a la invasión céltica, desde hace algunos años, mucho más valor en el orden racial y cultural de lo que se había supuesto en la época anterior a nuestras investigaciones” (1958: 100). Nos sitúa ante un panorama de crisis donde “la influencia mediterránea en la etnia peninsular se venía debilitando desde la mitad del II milenio a. de J. C.”, a lo que se suma un cambio climático en torno al tránsito hacia el nuevo milenio que se traduce, entre el 800-600 a. C., en “una […] invasión de gentes europeas que conocemos con el nombre de invasión céltica” (Ibíd.: 91) y que califica de “importante, muy compleja y bastante duradera, pero única y no diversa” (Ibíd.: 98). Por su costumbre funeraria, solo podía conocerse la apariencia que debieron tener a través del estudio de “la resultante que nos ofrece la etnia hispana, como producto surgido tras la invasión céltica, comparándola con la población anterior […] del Bronce”. Aun proponiendo la llegada de varios grupos de “germanos, que eran dólico-rubios-nórdicos; celtas, también dolicocéfalos nórdicos, pero con mezcla de braquicéfalos alpinos; también […] ambro-ilirio-ligures, mezcla de braquicéfalos alpinos y dolicocéfalos mediterráneos”, advierte que todo se limitó a “una nueva aportación de una masa de dolicocéfalos nórdicos semejantes y continuadores de los cromagnones que ya habían habitado la Península en el Paleolítico Superior” (Ibíd.: 91-94). Si recordamos que ya en el Bronce se habían establecido relaciones con el mundo protogermánico y que, por otro lado, “los celtas y los grupos afines eran […] el resultado de una fusión de gentes de raza nórdica con habitantes ‘neolíticos’ de la Europa occidental, alpinos o parientes de los neolíticos españoles”, es perfectamente comprensible que lo único ocurrido fuese definido como “un cambio étnico pero no una substitución” de población (Pericot García, 1952: 51).

Matizando la total celtización o arización que Martínez Santa-Olalla veía para el territorio español, anulando como hemos visto la cultura y el pueblo ibéricos, el profesor Almagro comprueba que la presencia de los celtas no fue igual en todos los rincones de la Península, ya que “sólo la media España norte pasa a ser profundamente influida por los invasores, mientras la otra mitad meridional sólo es matizada”, en líneas generales. Esto es, una zona “levantino-meridional, permeable a influencias étnicas y culturales, blanda y menos consistente, agraria y urbana”, y otra “norte-occidental, más ruda, violenta y activa, de economía más pecuaria y de vida casi rural, sobre todo hacia el Occidente”. Por supuesto que esta dualidad no debía entenderse como una suerte de dos áreas cultural y racialmente separadas, ni era bueno “exagerar excesivamente las diferencias y menos admitir aislacionismos que no existieron”. En este sentido, además de reclamar la más rotunda unidad en “el carácter general de los fenómenos étnicos peninsulares” y en que “las casas, las armas y muchos otros elementos culturales […] se extienden por toda España”, así como “topónimos y manifestaciones culturales diversas de origen céltico” (1958: 95-98), demuestra que celtas e iberos son lo mismo. En efecto, si por un lado estos indoeuropeos eran de la misma raza que aquellas gentes que, desde el Paleolítico superior, llevaban asentadas en nuestro suelo, los iberos fueron “los elementos que perduran de la vieja etnia fundida de los mediterranoides llegados durante el Neolítico y la Edad del Bronce con los pueblos cazadores de los períodos paleolítico y neolítico”. De ahí que señalase que “las diferencias étnicas entre celtas e iberos eran más culturales que raciales; más hijas del medio ambiente y económicas que antropológicas” (Ibíd.: 100-103) [Figura 9].

 

Figura 9. Los celtas y los iberos según Almagro Basch. Con un mayor tamaño del celta, hemos querido sugerir la preponderancia que da al elemento indoeuropeo. Las flechas azules indican la expansión de éstos por todas partes y las rojas sus infiltraciones (celtización) en territorio ibérico. La “frontera” sería permeable. Los escasos y diminutos iberos dibujados, frente a la profusión de celtas, reflejan la poca relevancia que el autor concedía a la cultura ibérica (los dibujos de celtas e iberos han sido extraídos de Álvarez Pérez, 1960: 329).

 

 

J. Martínez Santa-Olalla estructuraba la Edad del Hierro en dos fases -Hierro I y II- que “a su vez […] podrían considerarse divididas en dos ramas, que se van diferenciando a lo largo del hierro I, para llegar con el II a adquirir un carácter absolutamente distinto”, y que “llamaríamos céltica e ibérica” (1946: 77). Ello venía a significar la existencia de un Hierro Céltico I y II y un Hierro Ibérico I y II   -“o más exactamente, iberizante” (Ibíd.: 79)-, ya que, como veremos, este autor iba a cuestionar la existencia de lo ibérico. Esa dualidad entre Hierro Céltico e Ibérico, al comienzo de la fase, iba a ser escasamente perceptible porque en el Ibérico I (500-350 a. C.), a pesar de su nombre, no iba a haber más que “un ambiente fundamentalmente céltico y en nada básico distinto del hierro I céltico del resto del país” en las áreas levantina y Sur peninsulares. Si por algo se usaba el calificativo de ibérico era porque entonces comienzan a llegar “en forma cada vez más intensa elementos mediterráneos, orientales unos, que aportaron fenicios (aquí exceptúese el foco narbonense-marsellés) y púnicos de la primer hora, clásicos otros y con ellos también orientalizantes, traídos por colonos griegos y sobre todo en gran cantidad por los púnicos”, que se hacen especialmente visibles a partir de mediados del siglo IV a. C. Exclusivamente se trataba de tales influjos culturales -no de los iberos como una etnia o grupo de etnias-, representantes de “una tendencia iberizante, entendiendo por tal aquella que responde al proceso clasicizador del hierro céltico, que desde las costas asciende al centro y corazón de España” (Ibíd.: 87-89).

Este proceso está llamado a continuar en la siguiente fase, el Ibérico II (350 a. C.-0), “bajo el creciente influjo cartaginés que […] llega a casi todos los ámbitos peninsulares”, “el aumento […] de los mercenarios hispanos en las filas cartaginesas” y el comienzo de la conquista romana que conduce al “apogeo de la llamada cultura ibérica” (1946: 93-94). Así, “en nuestra segunda edad del hierro del 300 a. J. C. hasta la época de Cristo […], se desarrolla la más hermosa cultura popular de España occidental, la […] ibérica, cuyos componentes son, sobre todo, celtas, contra lo que hasta ahora se creía” (1950: 387). La expansión romana llevaría aparejada la de la cultura ibérica por el interior del país aunque sorprendentemente “el hecho de terminar la conquista de toda la Península hispánica”, no supondría “la total iberización (=clasicización) de ella” porque “son muchas y extensas las zonas reciamente célticas que se resisten […], y dan formas mixtas, celtibéricas, o no son iberizadas hasta muy entrado el Imperio e incluso sólo fragmentariamente”. Por todo ello no sorprende que su conclusión sea que los iberos “no existen como raza, ni como cultura” y que “el hierro ibérico todo, tanto el I iberizante como el II plenamente ibérico, no tienen una base racial diferenciada” (1946: 96-97). De nuevo, la imagen de las dos Españas, formadas desde la Protohistoria, resultaba errónea y, de hecho, solo podía observarse una estricta unidad

 

 

puesto que se trata de la misma etnia hispánica en que todo lo más habrá que reconocer una mayor proporción de elementos prearios, con las débiles aportaciones mediterráneas lógicas, sobre la cual operan todos los elementos étnicos y culturales que son común denominador peninsular hasta la segunda edad del hierro […]. Por otro lado hay que tener en cuenta que la única posible reconstrucción de la paletnología peninsular y europea en general, dada su secuencia clara y sin huecos, no permite la inserción de un pueblo ibero que, conforme a la tesis clásica, habría pasado de África, cosa imposible, puesto que África, en lo que es nuestro bronce y hierro, está muerta, alargando un misérrimo neolítico que arrastra hasta el Imperio púnico y romano e incluso hasta la actualidad para zonas no costeras o en las grandes rutas de caravanas. Culturalmente no existe en sus comienzos una cultura ibérica y sí sólo la tendencia iberizante que opera sobre una base céltica principalmente, en que, gracias al influjo de que son mediadores los púnicos, se crea la cultura que completan los romanos con su conquista y dominación y que llamamos ibérica. La cultura ibérica no es otra cosa que la reacción del genio español personalísimo bajo el influjo clásico, la reelaboración del clasicismo que naturalmente incluye, arcaizándole, los elementos orientales inseparables de nuestro ser racial y anímico, en equivalencia rigurosa con el mismo fenómeno que se realiza en el mundo puramente céltico y que conocemos por cultura de La Tène” (1946: 97-98).

 

 

            Dentro de las invasiones celtas sobre la Península, distinguía dos fases iniciales, el Bronce III o Atlántico I (1.200-900 a. C.) y IV o Atlántico II (900-650 a. C.), en las que alcanzan nuestro suelo los elementos indoeuropeos de primera hora. El Bronce III significaría “una primera oleada del impulso de los protoilirios contra los pueblos occidentales, después del arranque de los pueblos de campos de urnas desde el Rin” (1950: 382), trayendo “grupos étnicos muy mezclados […], que en parte se mezclan con etnias occidentales, que aparte de otros elementos, tiene los básicamente preceltas (de ningún modo celtas en sentido estricto)”, e iniciando “un total cambio de cultura, de ritos sepulcrales y de raza” (1946: 66-67). En dicho sentido, la transformación puede observarse en determinados materiales que la evidencian como las “hachas de talón […] con uno o dos anillos […], algunos puñales y espadas cortas […], también navajas de afeitar, hoces y agujas”, que llevan a nuestro autor a pensar en una alteración profunda “en el curso de nuestra historia y mucho más en cuanto logra una expansión general por toda la Península” (1950: 382).

         En la fase siguiente, el Bronce IV, percibe dos situaciones. En la primera, “llega la oleada máxima indoeuropea con la edad del bronce de los túmulos, mezclada ya con algunos elementos de las urnas” que “alcanzan el Mediterráneo por Alicante, el Atlántico por Sevilla, el Tajo y Duero, así como el Cantábrico, constituyendo grupos fuertes en Castilla-Aragón”. Los califica todavía de “preceltas”, pero ello no significa que no sean “los que tienen, por su general difusión, mayor importancia”. Después, “se ven reforzados por nuevas oleadas en que a los componentes étnicos preceltas, ilirios y otros menos importantes hay que añadir seguramente algunos grupos ligures”, correspondiendo entonces esta nueva oleada a los campos de urnas (1946: 67-68). En su opinión, estos “ilirios de los campos de urnas” son “el primer pueblo indoeuropeo que llegó a España” y, además, “una capa aria más o menos ligera que introdujo nuevas costumbres, nuevas industrias, un nuevo modo de ser y una nueva forma lingüística” (1950: 385-386).

         Ya en el Hierro, concretamente el Céltico I (650-350 a. C.), aparecen en escena “una serie de elementos culturales nuevos, a cuya cabeza van los puñales de antenas” y los celtas goidélicos (1946: 78). A éstos los caracteriza como “pueblos arios, de un carácter indoeuropeo más puro” que los anteriores, “portadores de la cultura de Hallstatt”, iniciadores de “una nueva época en nuestra historia”, afianzando “sobre España el carácter indoeuropeo” y recubriendo “racialmente toda la Península”, a la que “aportan una extraordinaria vitalidad” (1950: 386). Una vitalidad visible en que “este hierro céltico I se propaga desde las mesetas, derramándose hacia el Sur y litoral mediterráneo (e incluso tiene algún influjo sobre Baleares), llevando a todos los ámbitos de España ese celtismo hispano que al acabar la edad está precisamente en su apogeo” (1946: 83), es decir, unificando todo el territorio bajo el signo céltico. Desde ahora, dice, se puede llamar “Céltica” a una España que “vive otra época de esplendor” y que “recupera sus antiguas relaciones atlánticas, casi perdidas” permitiéndonos “entender los rasgos que aparecen en la cultura inglesa de esta época […] y que, incluso para Irlanda, pueden explicarse por su invasión de celtas goidélicos”. De este modo, “en el curso de tres siglos tiene lugar la completa arización de España por los celtas” (1950: 386-387).

Figura 10. Una España sin iberos, unificada por los celtas/arios, era el modelo de Martínez Santa-Olalla. Por eso en este mapa no se ve otra cosa más que celtas tanto en la parte propiamente céltica como en la ibérica, extendidos profusamente a ambos lados de la “frontera”, hasta en las Baleares. Hace partícipes a los colonizadores del primer milenio a. C., especialmente griegos, cartagineses y romanos, del desarrollo y expansión de la cultura ibérica (dibujos de celtas e iberos en Álvarez Pérez, 1960: 329).

 

 

         Para terminar, concreta que el Hierro Céltico II (350 a. C.-0) “es la resultante de un proceso que se realiza in situ a base de la suma de elementos étnicos y culturales, estos últimos […] de la cultura de Hallstatt retardada, más los nuevos elementos ultrapirenaicos”. Esos nuevos elementos serán los celtas britones “quienes poseen una cultura típica de la segunda edad del hierro, que es precisamente La Tène B”, lo cual “produce en la España céltica continental y atlántica un florecimiento, variamente matizado, susceptible de dividirse en subgrupos culturales y épocas, que rivaliza en esplendor con el hierro ibérico, aun a falta de los elementos antropomórficos de su cultura clasicizante” (1946: 101-103) [Figura 10].

En las enormes dimensiones de este proceso, según nuestro autor, “se encuentra el grueso cambio que va a condicionar la vida y el movimiento de nuestra cultura en los dos milenarios siguientes”, en tanto que “cuanto nuestro mundo ha creado en los dos mil años últimos se edifica sobre los cimientos de aquella arización, que durante los mil años anteriores se ha realizado, ya rápida, ya lentamente, pero siempre con seguridad” (1950: 381). Sería algo así como un continuo “renacer del mundo céltico” a lo largo de nuestra historia [Figura 11], en tanto que

 

“hay una vibración de los entones célticos del país siempre perceptible […], que se acusa fuertemente en la edad media y vuelve a tener una serie de reflejos en épocas ulteriores, sin perder nunca esa matización extraordinariamente varia que es la característica española, ya que nada de lo que racialmente formó nuestra estirpe y culturalmente nuestra civilización se pierde totalmente, antes al contrario se mezcla y con espíritu hondamente conservador y tradicional lo revive periódicamente en las más contradictorias formas” (1946: 110).

 

 

Figura 11. Una primera vibración, la más importante, fue la que se manifestó al mezclarse celtas e íberos, dando lugar a los celtíberos, que vendrían a ser la auténtica raza española sobre cuya autenticidad se fundamentaría el nuevo régimen franquista como muestran estas elocuentes imágenes (en Álvarez-Sanchís y Ruiz Zapatero, 1998: 48).

 

 

Ante este panorama, Pericot observa, a principios de los años ’50, que se había llegado a un punto en que “no sabemos hoy quiénes eran [los íberos] ni siquiera si existieron con personalidad independiente”, cerciorándose de que ese problema escondía “la vieja discusión sobre el mayor europeísmo o africanismo de nuestra historia”. Lo idóneo sería no “eliminar a uno de ellos y considerar todopoderoso al otro”, sino “aceptar, en la formación de España, el fuerte peso de las comarcas celtizadas, sin que para ello sea preciso empequeñecer o desconocer el papel de la raíz ibérica” (1952: 54-55). Para el maestro catalán, los íberos existieron con una mayor antigüedad de lo que se pensaba y como etnia distinta ante los celtas, portando además sangre africana. Se trataría, en efecto, de gentes formadas en la propia Península desde los tiempos neolíticos de la Cultura de Almería, no tanto venidos de fuera o deudores de los colonizadores, por mucho que algunos de éstos -los griegos- hubieran tenido un papel destacado en su configuración definitiva. En efecto, nuestro autor comenta que surgieron a partir de “la antigua población del Paleolítico superior y Epipaleolítico […], matizada en el Neolítico por los elementos africanos que pueden llegarle con las culturas hispanomauritánica y de Almería”, por lo que “continuaba siendo una población étnicamente mediterránea”. Pasados los siglos y después de la llegada y asentamiento de las gentes celtas, “el Levante y el Sur emergen de la prueba, libres y dispuestos a recibir una más honda influencia helénica, de manera directa o indirectamente, por medio de los viajes de los mercenarios a la Magna Grecia e incluso a través de la influencia púnica” (1950: 287-288). Es decir, la concede una antigüedad superior en un siglo o incluso dos a la propuesta de Almagro Basch -se remonta al siglo VI (Ibíd.: 287)-. De acuerdo con lo anterior, la cultura ibérica sería “el apogeo de lo indígena y nos enseña de qué eran capaces aquellos pueblos en régimen de independencia política, beneficiando de las aportaciones que el trato mercantil suponía” (1972: 29). Por lo demás, su “minoría intelectual […], tendría perfecta conciencia de la unidad que la Península constituía frente a otras tierras europeas”, es decir, “se daban cuenta de Hispania, su extensión y su forma aproximada. De ahí saldría la ‘piel de toro’” (Ibíd.: 33).

         Como puede suponerse, L. Pericot formó parte del grupo de autores que, a caballo entre las décadas de 1940 y 1950, comenzaron a responder al antiiberismo que había llegado a asfixiar la atmósfera investigadora española (García y Bellido, 1947: 301 y 1952: 304; Fletcher, 1949; Maluquer de Motes, 1949: 202 y 1954: 305; Pericot, 1949: 65-66 y 1950: 286-288). En concreto, Pericot trasmite un iberismo un tanto exaltado, pero siempre consciente de que algunas de sus ideas podían resultar tan exageradas como las de aquellos que “tal vez […] sin querer han sido víctimas de un espejismo celtista” (1952: 55). En este sentido, huyendo de “los prejuicios que una formación iberófila haya podido poner en nosotros, incluso […] del pequeño ‘patriotismo’ […] de sentirnos o creernos descendientes directos de gentes ibéricas” (Ibíd.: 55); y aceptando “lo ibérico como si fuera la raíz más firme de lo hispánico, acaso por ser su cultura y sus restos, […], más brillantes que los de sus copeninsulares, los celtas” (1972: 29), no es difícil comprender que para el profesor catalán los íberos fueran el “pueblo antiguo más importante de España” (1950: 286).

 

“Lo decimos así aun conscientes del gran papel que los celtas y […] las aportaciones indoeuropeas han tenido en nuestra patria. Hablamos una lengua indoeuropea y nuestra historia es el resultado de una afortunada mezcla de razas y de gentes diversas y en esa mezcla los celtas sin duda han de haber influido mucho y no sería difícil sacar consecuencias de tipo político-histórico al hecho de su mayor predominio en regiones diversas. […] Objetivamente el solo hecho de que el término de ibérico se haya aplicado a la Península, a la raza, a tantas cosas de nuestra manera de ser, como preferencia incluso al de hispánico, ya indica la amplitud y el valor que a dicho vocablo se ha asignado, que responde a una idea popular y generalizada, y no por ello forzosamente errónea, de que los iberos son nuestros antepasados más directos e inmediatos” (1950: 286).

           

 

 

Sin duda, donde mejor dejó traslucir su fuerte defensa del elemento ibérico, fue ante los miembros de la Real Academia de la Historia en 1972, en su discurso de recepción, al tratar los vínculos que, a su juicio, seguían existiendo hoy entre nuestro mundo artístico, urbanístico, cultural y tecnológico y el ibérico. De esa forma, podía afirmar que una masía levantina moderna contiene “repetida su imagen en un poblado ibérico” como Mogente ya que, “aquí y allí se encontrarán en una gran habitación rectangular de entrada a la casa, con los restos del telar cerca de los restos del molino de mano, del tipo rotatorio, y el hogar lateral”, e “incluso podría ocurrir […] que bajo el molino una nota manuscrita sobre plomo nos hiciera pensar en una cuenta del molinero” (1972: 32).

         También observaba “la casi total identidad” de las herramientas utilizadas en el mundo rural por los iberos y las de los campesinos de las etapas posteriores, y “la continuidad de la agricultura ibérica […] en las especies cultivadas del viejo fondo mediterráneo”. Algunos puntos de encuentro entre el pasado y la actualidad tendrán lugar a través de los motivos presentes en la cerámica, que son “un verdadero álbum de la vida de los iberos” donde “aparecen elementos que prueban la persistencia de las formas de vida ibéricas hasta tiempos modernos. Escenas domésticas, de guerra o de torneo, de caza, de danza, de sacrificio, de recolección, acaso incluso de toreo, nos dejan admirados”. Destaca “la escena de danza de hombres y mujeres dándose las manos en serie jerárquica, al son de las flautas tocadas por un hombre y una mujer” como “claro antecedente de una de esas danzas mediterráneas en rueda que Estrabón cita para la Bastetania y que encuentran su paralelo desde Cerdeña a Creta”, poniéndola en relación con “el prototipo del famoso contrapás ampurdanés que la intuición genial de Pep Ventura transformó en la sardana actual” (1972: 32).

         Curiosa también le parece la importancia de la mujer en las representaciones artísticas ibéricas, con el porte y la clase de las mujeres actuales, “haciendo gala de sus barrocas joyas, sentadas sobre sillas, con un espejo en la mano, a caballo, danzando, tocando flautas, no podemos dejar de ver en ellas las imágenes de nuestras damas en los últimos siglos”. Entre todo eso, “lo más característico […] es la mantilla, que en algunos casos es tan extremada como la más caprichosa dama española de los tiempos modernos hubiera podido desear”. Finalmente, los dos ejemplos más sorprendentes que nos ofrece se refieren a las fiestas y tradiciones levantinas. Según él, “un pequeño fragmento cerámico de Liria muestra un rostro caricaturizado con un pañuelo atado en la cabeza, y nadie que conozca las populares fiestas valencianas dejará de calificar de ninot de falla aquella realista figura”. Por otro lado, “no menos sugestiva es en este aspecto la figura de un jinete con una flor en la mano, ilustración […] de una escena que fue corriente hasta hace poco en la huerta valenciana, la correguda de toies, en que el jinete vencedor en la carrera ofrecía una flor a su amada” (1972: 33).

En relación con los celtas insiste en que a partir de la ya referida Tercera Edad del Bronce, España “va a mirar a Europa casi exclusivamente, con preferencia a África” (1952: 45-46). Sería ese un momento de transición donde comenzarían a registrarse algunos datos “que acaso señalen la entrada de unos protoceltas, ligures o como quiera llamárseles” (Pericot García, 1950: 213-214). Fue el comienzo de “grandes aportaciones culturales y étnicas” (1950: 259), especialmente a partir del siglo IX a. C., en lo que entenderá como el “cambio más trascendental de nuestra historia étnica” (1952: 46). En efecto, las invasiones celtas “en tres o cuatro siglos […], inundaron la mayor parte de la Península y el cuadro étnico de España se vio modificado” (Ibíd.: 47), hasta el punto de que “nuevas técnicas, nuevas modas, han penetrado hasta las zonas extremas del país y […] por todas partes la huella céltica es apreciable” (Ibíd.: 48). Siguiendo a su maestro Bosch Gimpera, proponía como éste una llegada en cuatro oleadas ya que “a inclinarnos, sin ninguna seguridad, por una explicación compleja nos induce el pensar en la complejidad de movimientos de los pueblos bárbaros al final de la Edad antigua”. De esta forma, “hacia el 900 entrarían los campos de urnas con elementos de los túmulos por el Pirineo oriental […]. La segunda, en el siglo VII, trae la cerámica excisa, con los berones y pelendones […] y luego los cempsos del Occidente, con cimbrios, eburones (germanos) y germanos de Sierra Morena”. Por otro lado, sobre el 600 llegarían “sefes, lugones, nemetates, turones, lemavi, con grupos germanos también, y los elementos celtas de los vettones”. Y, finalmente, antes de mediados del siglo VI vendrían los belgas entre quienes se encontraban “los suessiones, belovacos, nervios, veliocasses, autrigones, origeviones, caristios, vacceos, arevacos, belos y titos” (1950: 266-268).

Aunque para Pericot las invasiones célticas fueran un “momento crucial para la formación del pueblo español” (1952: 42), seguiría defendiendo la supremacía de los que ocupaban el territorio peninsular desde antaño. Y es que advertía que “los indígenas son aun la mayoría y si cambian sus armas, la forma de sus vasijas, la manera de disponer de sus muertos, la variedad de trigo cultivada y la especie porcina o vacuna criada, si se encariñan con el hierro o con el caballo […], incluso si […] olvidan su lengua para tomar la de los recién llegados, sus características raciales se mantienen y acabarán por fundir a los invasores, con matices que, naturalmente, revelan la inmigración” (Ibíd.: 51) [Figura 12].

Figura 12. Pericot veía una España dividida en dos partes, la ibérica y la céltica, como si los dos pueblos estuviesen separados por un muro. Parece querer dar una mayor importancia a la primera, de ahí que hayamos dibujado un ibero a mayor tamaño que el resto de los celtas (dibujos en Álvarez Pérez, 1960: 329).

 

 

6. CONCLUSIONES.

 

         Resulta evidente que algunas de estas interpretaciones sobre los diferentes períodos de la Prehistoria peninsular pudieron convertirse en una herramienta de gran utilidad en la lectura interesada que el franquismo hacía de nuestro pasado y que, de este modo, parecía quedar respaldada de forma pretendidamente científica. Se observa la defensa de la existencia de los españoles y de nuestra raza desde el Paleolítico Superior; raza mantenida sin cambios hasta hoy, a pesar de todas las vicisitudes por las que España ha tenido que pasar a lo largo de su historia. Con mayor o menor insistencia también se comprueba que, para nuestros autores, todos los episodios étnicos o culturales por los que pasó España, lo haría afectando -y homogeneizando- a todo el territorio peninsular, sin poderse así encontrar espacios para las diferencias regionales o locales y reforzando la unidad racial, geográfica, cultural y política que vendría caracterizando a España desde sus orígenes.

         Tampoco es difícil concluir que buena parte de las discusiones mantenidas por estos autores se centraban, como ya hemos dicho, en torno al mayor o menor reflejo de África y/o de Europa en nuestra formación racial y cultural. Ello estaba relacionado, por supuesto, con la defensa de la pureza racial hispánica -caso de la negación de los aportes africanos y sobrevaloración de los celtas/arios- o bien con el intento de mostrar antiguos vínculos culturales y humanos con el territorio norteafricano que durante el primer franquismo fue reclamado en una vana pretensión imperialista. Por supuesto, los intereses diplomáticos y las alianzas internacionales establecidas por Franco, primero buscando la amistad de nazis germanos y fascistas italianos y después interesado en ser aceptado en el concierto internacional, pueden verse reflejadas en las interpretaciones ofrecidas por nuestros autores. No creemos que sea fruto de la casualidad el que, al socaire de la interesada apertura que experimentó el régimen, se desarrollaran preferentemente posturas moderadas, algunos autores viesen retirado su apoyo oficial -caso de Martínez Santa-Olalla-, o incluso, que aparecieran poco a poco opiniones contrarias a las dominantes y “oficiales”.

         Si recordamos la figura 4 (vid. supra), comprobaremos que han sido dos las posturas adoptadas por nuestros autores en el estudio de los orígenes y la evolución de lo español. La primera, que podríamos llamar ‘unitarista’, sostenida por M. Almagro y J. Martínez Santa-Olalla, reconoce una sola raíz y un primer momento -el Paleolítico Superior- de los que derivaría todo el desarrollo posterior de España. Todo lo habido entre el Paleolítico superior y el momento actual vendría a ser una simple adición de elementos exactamente iguales a los que arraigaron en nuestra Península con la llegada de las gentes del Paleolítico superior, los primeros españoles. España, por tanto, estaba configurada por una sola y gran raíz, dando lugar en la actualidad a una innegable unidad en todos los sentidos. Por su parte, L. Pericot, en una lectura más ‘diversa’, hacía arrancar igualmente del Paleolítico superior la etnia española pero, lejos de la postura anterior, comprendió que, en cada fase, aquella esencia primigenia sería matizada por los pueblos de diferentes procedencias geográficas que hicieron acto de presencia en nuestra Península. En cualquier caso, para Pericot no habría ninguna razón para dudar de la total unidad que la Península significaba en los órdenes cultural, étnico o geográfico.

Por otro lado, la necesidad de articular una historia nacional adaptada a muy concretos principios ideológicos y políticos y su intento de imponerla en todas las esferas de la vida española, incluida la investigadora, nos lleva a pensar directamente en los arqueólogos que vivieron aquel momento, posiblemente con cierta angustia y, sin duda, con una falta evidente de libertad. En este caso, hay que tener especial consideración hacia el intelectualmente asfixiante contexto franquista en que trabajaron y escribieron; un panorama que les haría dividirse entre su propio trabajo científico que pretendía seguir aportando conocimiento para el avance de la sociedad a la que servían y, por otro lado, las presiones de un estado desesperado por encontrar una base histórica adecuada y bien fundamentada que le permitiese legitimarse y perpetuar el poder del dictador. Una conducta en la que, como sugiere Härke (2002: 23-24), también podría aparecer la preocupación por conseguir -y después conservar- sus puestos académicos y alcanzar un prestigio que les dispensara en cierto modo del control de las autoridades censoras. Unido al desasosiego que en ellos provocaría la represión, las depuraciones y el exilio, les resultaría lo más cómodo adoptar una postura de conformidad con el poder impuesto.

 

Figura 13. Algunos de los aspectos que deben tenerse en cuenta para comprender el contenido de las obras analizadas y el complicado contexto en que trabajaron nuestros autores.

 

 

Que nuestros autores sintiesen la necesidad de escribir sobre este tema, demuestra ya de por sí hasta qué punto nuestro trabajo y producción científica puede estar influida por el contexto político y/o las exigencias del momento y nos debería llevar a reflexionar sobre la normalmente perversa o no inocente relación entre ciencia y política [Figura 13]. No obstante, sería un error simplificar en exceso nuestras conclusiones sobre la interpretación franquista de nuestro pasado prehistórico. Tendiendo en cuenta las opiniones discordantes que hemos ido señalando entre nuestros autores, podríamos admitir que, a pesar de tratarse de un sistema carente de libertades durante toda su existencia, algunos supieron defenderlas, buscando las más correctas maneras de expresarlas, especialmente conforme la persecución ideológica fue relajándose y la diplomacia exigiendo leves cambios de fachada. En cualquier caso, se trata de situaciones difíciles propias de contextos dictatoriales que H. Härke para el caso alemán (2002); G. Pasamar Alzuria (1991a y b; 2001), M. Díaz-Andreu (2003) y J. Gracia y M. A. Carnicer (2000) para el franquista o M. L. Galaty y C. Watkinson (2004) en general, nos ayudan a comprender mejor en toda su crudeza.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

 

ABÓS SANTABÁRBARA, Á. L. (2003): La Historia que nos enseñaron, 1937-1975, Foca, Madrid.

 

ALMAGRO BASCH, M. (1939a): “Editorial”, Ampurias, 1: 1-4.

 

_ (1939b): “Responsabilidad intelectual”, Solidaridad Nacional, 60 (21-04-1939).

 

_ (1952): “I, La invasión céltica en España”, en MENÉNDEZ PIDAL, R. (dir.): Historia de España. España protohistórica, Tomo I, Vol. II, pp. 1-278, Espasa-Calpe, Madrid.

 

_ (1958): Origen y formación del Pueblo Hispano, Ediciones Vergara, Barcelona.

 

ALMAGRO, A. (1951): Constantes históricas del pueblo español. Ensayo y guiones para una enseñanza popular, Madrid.

 

ALTEKAMP, S. (1995): “L´azione archeologica fra indirizzo scientifico e intervento politico: il caso dell´archeologia libica, 1911-1943”, Quaderni di Storia, 41: 101-113.

 

_ (2004): “Italian colonial archaeology in Lybia, 1912-1942”, en GALATY, M. L. y WATKINSON, C. (eds.): Archaeology under dictatorship, pp. 55-71, Kluwer Academic/Plenum Publishers, New York.

 

ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, M. (2003): “Tartessos: precedentes, auge y pervivencias de un paradigma autoctonista”, en WULFF ALONSO, F. y ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, M. (eds.): Antigüedad y franquismo (1936-1975), pp. 189-215, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, Málaga.

 

ÁLVAREZ PEREZ, A. (1960): Enciclopedia intuitiva, sintética y práctica. Segundo grado, Miñón, Valladolid.

 

ÁLVAREZ-SANCHÍS, J. R. y RUIZ ZAPATERO, G. (1998): “España y los españoles según el bachillerato franquista (período 1936-1953)”, Iberia, 1: 37-52.

 

ARANZADI UNAMUNO, T. de (1903): Antropometría, Sucesores de Manuel Soler, Barcelona.

 

ARNOLD, B. (1990): “The past as propaganda: totalitarian archaeology in Nazi Germany”, Antiquity, 64(244): 464-478.

 

_ (2006): “Arierdämmerung: race and archaeology in Nazi Germany”. World Archaeology 38(1): 8-31.

 

ARNOLD, B. y HAβMANN, H. (1995): “Archaeology in Nazi Germany: the legacy of the Faustian bargain”, en KOHL, P. L. y FAWCETT, C. (eds.): Nationalism, politics and the practice of archaeology, pp. 70-81, Cambridge University Press, Cambridge.

 

BANDELLI, G. (1991): “Per una storia del mito di Roma al confine orientale: Archaeologia e urbanistica nella Trieste del Ventennio”, en VERZAR-BASS, M. (ed.): Il Teatro Romano di Trieste. Monumento, storia, funzione: contributi per lo studio del teatro, Instituto Svizzero di Roma, Roma.

 

BEAN, R. B. (1932): The races of man: differentiation and dispersal of man, The University Society, New York.

 

BERAMENDI, J. G.; MAÍZ, R. y NÚÑEZ, X. M. (1994): Nationalism in Europe, past and present. Actas do Congreso Internacional os nacionalismos en Europa pasado e presente, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela.

 

BERTILLON, A. (1893): Identification anthropométrique: instructions signalétiques, 2 vols., Imprimerie Administrative, Melun.

 

BLANCO FREIJEIRO, A. (1978): “Excmo. Sr. D. Luís Pericot García (1899-1978)”, Boletín de la Real Academia de la Historia, 175: 405-411.

 

BOSCH GIMPERA, P. (1932): Etnología de la Península Ibérica, Alpha, Barcelona.

 

_ (1945): El poblamiento antiguo y la formación de los pueblos de España, 2ª ed., Imprenta Universitaria, México.

_ (1978): Espanya, Edicions 62, Barcelona.

 

_ (1981): El problema de las Españas, Universidad Nacional Autónoma, México.

 

BROCA, P. (1875): Instructions craniologiques et craniométriques de la Société d´Anthropologie de Paris, Librairie Georges Masson, París.

 

CAGNETTA, M. (1976): “Il mito di Augusto e la ‘rivoluzione fascista’”, Quaderni di Storia, 2(3): 139-181.

 

_ (1979): Antichisti e impero fascista, Dédalo Libri, Bari.

 

CÁMARA VILLAR, G. (1984): Nacionalcatolicismo y escuela. Socialización política del franquismo, 1936-1951, Hesperia, Jaén.

 

CANFORA, L. (1976): “Classicismo e fascismo”, Quaderni di Storia, 2(3): 15-48.

 

_ (1991a): “Cultura clásica y fascismo en Italia”, en CANFORA, L.: Ideologías de los estudios clásicos, pp. 71-93, Akal, Madrid.

 

_ (1991b): “Orientaciones de la investigación”, en CANFORA, L.: Ideologías de los estudios clásicos, pp. 95-118, Akal, Madrid.

 

_ (1991c): “Cultura clásica y nazismo”, en CANFORA, L.: Ideologías de los estudios clásicos, pp. 119-140, Akal, Madrid.

 

CARBONELL, E. y SALA, R. (2000): Planeta humano, Ediciones Península, Barcelona.

 

CARRERA HONTANA, E. de y MARTÍN FLORES, A. (1997): “Las instituciones arqueológicas del Ayuntamiento de Madrid (1924-1972)”, en MORA, G. y DÍAZ-ANDREU, M. (eds.): La cristalización del pasado: génesis y desarrollo del marco institucional de la Arqueología en España, pp. 581-592, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, Málaga.

 

CASTELO RUANO, R.; CARDITO ROLLÁN, L.; PANIZO ARIAS, I. y RODRÍGUEZ CASANOVA, I. (1995): Julio Martínez Santa-Olalla: crónicas de la cultura arqueológica española, Stock Cero, Madrid.

_ (1997): “Julio Martínez Santa-Olalla. Vinculación y contribución a los organismos e instituciones arqueológicas españolas de postguerra”, en MORA, G. y DÍAZ-ANDREU, M. (eds.): La cristalización del pasado: génesis y desarrollo del marco institucional de la Arqueología en España, pp. 573-580, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, Málaga.

 

CEBRIÀ, A. (1999): “Lluís Pericot i García (1899-1978): eclecticismo, sociabilitat i bomhomia. Valoració, des del present, d´una figura clau de l´arqueologia i de la prehistòria de la meitat del segle XX”, Pyrenae, 30: 9-14.

 

CONSELL DE REDACCIÓ DE PYRENAE (1999): “Lluís Pericot i García (1899-1978)”, Pyrenae, 30: 7-8.

 

CONTRERAS Y LÓPEZ DE AYALA, J. de, Marqués de Lozoya (1968a): “La idea imperial de Carlos V y sus contradictores”, en CONTRERAS Y LÓPEZ DE AYALA, J. Marqués de Lozoya: Historia de España, pp. 355-398, Tomo 3, Salvat Editores, Barcelona.

 

_ (1968b): “El César contra la Fortuna. El Imperio hispánico en 1566”, en CONTRERAS Y LÓPEZ DE AYALA, J. Marqués de Lozoya: Historia de España, pp. 399-438, Tomo 3, Salvat Editores, Barcelona.

 

CORTADELLA, J. (1988): “Martín Almagro Basch y la idea de la unidad de España”, Studia Historica. Historia Antigua, 6: 17-25.

 

_ (2003): “Historia de un libro que se sostenía por sí mismo: la Etnología de la Península Ibérica de Pere Bosch Gimpera”, en BOSCH GIMPERA, P.: Etnología de la Península Ibèrica (edición de J. Cortadella), pp. VII-CCXLIV, Urgoiti Editores, Pamplona.

 

DEMAN, A. (1992): “Rome et la Germanie dans la pensee politique d´Adolf Hitler”, Cahiers de Clio, 111-2: 113-129.

 

DENIKER, J. (1900): Las races et les peuples de la Terre: éléments d´anthropologie et d´etnographie, Schleicher fréres, París.

 

DÍAZ-ANDREU, M. (1993): “Theory and ideology in archaeology: Spanish archaeology under the Franco regime”, Antiquity, 67(254): 74-82.

_ (1995): “Arqueólogos españoles en Alemania en el primer tercio del siglo XX. Los becarios de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas”, Madrider Mitteilungen, 37: 205-224.

 

_ (1997): “Prehistoria y franquismo”, en MORA, G. y DÍAZ-ANDREU, M. (eds.): La cristalización del pasado: génesis y desarrollo del marco institucional de la Arqueología en España, pp. 547-552, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, Málaga.

 

_ (2002a): “Teoría e ideología en arqueología: la Arqueología española bajo el régimen franquista”, en DÍAZ-ANDREU, M.: Historia de