ANTILIA |
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REVISTA ESPAÑOLA DE HISTORIA DE LAS CIENCIAS DE LA NATURALEZA Y DE LA TECNOLOGÍA |
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Historia de la Biología. Facultad de Biología. |
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DL: M-34954-1995. |
ISSN: 1136-2049. |
2006. Vol V. Artículo nº 1. Recibido el 10 de enero de 2006. Editado el 15 de febrero de 2006.
*IES
** Departamento de Biología Celular. Facultad de
Biología.UCM. Madrid.
Introducción
Durante la segunda mitad del siglo XIX el estudio de
la distribución geográfica de los seres vivos experimenta un desarrollo
considerable, que se acaba reflejando en el tratamiento que dan al estudio de
la Botánica y la Zoología los libros de texto de Historia Natural.
En la presente
investigación se ha utilizado una metodología consistente en una revisión de
los libros de texto de enseñanza primaria, secundaria y universitaria de
Historia Natural de la segunda mitad del siglo XIX existentes en una serie de
bibliotecas de Madrid, como
La
distribución geográfica de los seres vivos en los libros de texto de Historia
Natural.
El texto más antiguo analizado es el publicado en
1846 por Joaquín Avendaño[1]. Se trataba de un “Manual completo de Instrucción Primaria,
Elemental y Superior para uso de los aspirantes a maestros”, que dedicaba
una parte al estudio de
Al hablar de la influencia de las circunstancias
exteriores sobre la distribución de los animales, tenía en cuenta factores como
la luz, la temperatura, el suelo, la vegetación y el hombre. A propósito de la
influencia de la vegetación, decía que la vida de los animales estaba en cierto
modo ligada al desarrollo de las plantas. Sobre la influencia del hombre,
decía:
“El hombre ha sabido multiplicar las especies útiles y relegar a los
desiertos las fieras y más animales dañinos. Sólo la tradición nos recuerda la
existencia de los leones en Europa, y los lobos, los osos y el jabalí se hacen
cada día más raros. La ballena que habitaba todas nuestras costas oceánicas
apenas halla hoy refugio contra el hombre en las eternas nieves de los polos” [2].
Sobre la distribución
de los vegetales, los factores que influían eran: el medio, la constitución del
suelo, la temperatura y la acción de los vientos. Relacionaba también dicha
distribución con la latitud y la altura sobre el nivel del mar de una zona
dada. Este libro resulta ser bastante completo para su época, ya que abordaba
el estudio de la naturaleza considerándola globalmente.
Manuel María
José de Galdo (1824-1895):
El catedrático de Historia Natural de la Universidad
de Madrid, Manuel María José de Galdo fue
un prolífico autor de libros de texto para la enseñanza secundaria y
universitaria. Entre 1848 y 1888 publicó numerosas ediciones de su libro “Manual de Historia Natural” [3]. En su libro, Galdo
dividía
“La combinación variada de estas circunstancias produce resultados más
o menos sorprendentes, pero todos ellos pruebas inequívocas de la sabiduría del
Supremo Hacedor” [4].
En 1895, la
influencia del libro “Elementos de
Historia Natural” de Bolívar, Calderón y Quiroga, del que se hablará más
adelante, se extendió incluso al conservador Galdo, que cambió el título y el
enfoque de su obra, publicando también unos “Elementos
de Historia Natural” [5], obra dividida en tres
partes, Biología, Botánica y Zoología.
En la parte dedicada a la Biología, dedicaba un
capítulo, de dos páginas tan sólo, a
“La variabilidad de las floras y
faunas, así como los límites del área de dispersión, obedece a diferentes
causas, dependientes en primer lugar del clima y de los accidentes geogénicos,
y en segundo lugar de la facultad de adaptación, de la lucha por la existencia,
de la selección natural y de los obstáculos que se oponen a la dispersión de
las especies, y a los cuales dio Buffon el nombre de barreras naturales”[6].
Este punto de vista,
incluyendo las ideas darwinistas, no deja de ser sorprendente si lo comparamos
con sus ideas sobre el “Supremo Hacedor” algunos años antes.
El enfoque con el que abordaba el
estudio de la Botánica y la Zoología era muy descriptivo, y no incluía la
Geografía botánica ni la Geografía zoológica. En Zoología, después de pasar
revista a las diferentes clasificaciones de Aristóteles, Linneo, Cuvier,
Pérez-Arcas, y Plateau, utilizaba
Un tratado de
Historia Natural muy original y enciclopédico, titulado “Los tres reinos de
En el capítulo
dedicado a los insectos, relacionaba la época del año en que aparecían con la
vegetación y con el clima:
“En los países fríos y templados empiezan (los insectos) a la vuelta
del calor y de la vegetación, y existe una coincidencia notable entre la
aparición del insecto y la de la planta de que se alimenta./.../ Estas apariciones
coinciden en general con la florescencia de ciertas plantas, de modo que se
puede dividir el año en tres períodos, caracterizados por la aparición
simultánea de tales especies de flores o de insectos: el de la primavera,
comprendido entre la florescencia del Salix caproea y del Oxiacanto; el del
estío, entre la de esta última planta y las Umbelíferas y el del otoño, entre
la florescencia de las Umbelíferas y la de las carduáceas. Durante la primera,
el número de insectos aumenta; llega a un máximo durante la segunda y disminuye
gradualmente en la tercera” [8].
También hablaba de insectos útiles y nocivos
para el hombre, describiendo su vida, su alimentación e incluso las pócimas y
ungüentos que se podían fabricar con ellos para curar dolencias varias.
El octavo tomo estaba
dedicado a la Botánica; fue escrito por Galdo y publicado en 1857. En él se
incluía el estudio de
“Los animales influyen en la
distribución de los vegetales, destruyéndolos en ciertas localidades o
transportando sus semillas, ya en su estómago, ya prendidas en su pelo. El
hombre los transporta... de un extremo a otro del mundo./.../ Puede decirse que
las plantas se hallan en guerra abierta unas con otras, poco más o menos como
los animales. Estos se disputan el alimento o se devoran mutuamente, y las
plantas se disputan sobre todo el sitio y el sol” [9].
Vemos que aparece en este texto la idea de la
competencia entre las especies. También aparecía la idea de cómo la vegetación
al ir colonizando nuevos territorios los iba modificando, y de cómo una vez
colonizado un territorio por plantas bien adaptadas a sus condiciones, era muy
difícil para otras plantas introducirse en él, a menos que se produjese algún
cambio en el mismo:
“Supongamos una colina y un terreno
pantanoso al pie de esta colina, y que nos encontramos en el momento en que las
aguas /.../ se retiraban de la superficie del país y millares de semillas de
especies diferentes han sido arrojadas en aquellos dos terrenos desprovistos de
vegetales. Al cabo de algunos años no quedarán en aquella localidad más
especies que las que hayan podido germinar en ella, desarrollarse, soportar las
alternativas y los extremos de sequedad y humedad, de calor y frío,
multiplicarse, sembrarse con más o menos abundancia y resistir a la usurpación
de otras especies más precoces, más perennes, más invasoras que ellas. Quedarán
especies propias de los pantanos, otras que nacerán en la colina, y otras, en
fin, más vigorosas, comunes a las dos estaciones./.../ Si el viento, los
animales o el hombre llevan semillas a una de las dos estaciones, les será
tanto más difícil establecerse en ella, cuanto más lleno se halle el
puesto, y más completamente se hayan
apoderado de él las especies ya establecidas. Si más adelante la localidad
llega a experimentar algún cambio, /.../
las semillas arrojadas muchos años antes y que no podían germinar en las
circunstancias que existían anteriormente, se desarrollarán y reemplazarán a
algunas de las antiguas especies” [10].
Se puede apreciar en estas líneas que Galdo esbozaba
en cierto modo el concepto de sucesión ecológica.
Odón de Buen
y del Cos (1863-1945):
Entre los naturalistas destacados que escribieron
libros de texto de Historia Natural se incluye Odón de Buen, catedrático de
Mineralogía y Botánica de la Universidad de Barcelona.
De Buen era un darwinista convencido y consideraba
que la publicación en 1859 del “Origen de
las especies” de Darwin suponía el comienzo de los tiempos modernos en
Biología, y que el predominio de la escuela transformista evolutiva, fundada en
la unidad del plan biológico, era lo más destacable de la zoología de
En el ámbito pedagógico, De Buen daba gran
importancia al trabajo de campo con sus alumnos, realizando con ellos
excursiones para hacer estudios sobre el terreno.
Una de sus
preocupaciones era la divulgación de
Comenzaba la cartilla
con unas palabras dirigidas a los maestros, diciéndoles que no debían de
ninguna manera enseñar la cartilla de memoria a los niños, sino considerarla
una guía de lo que el niño podía aprender en la escuela y en el campo. Proponía
que los niños observasen la naturaleza, mediante paseos por el campo, ya que ese era el mejor método de estudiar los
seres naturales, sin necesidad de aprender nombres y clasificaciones.
En el capítulo titulado “Armonía entre los seres” daba una auténtica lección de Ecología
para niños:
“Los minerales forman el suelo
en que todos nos apoyamos; los árboles dan sombra bajo la cual viven infinidad
de plantas más delicadas y animales en gran número; proporcionan alimento con
sus hojas y frutos; forman con la caída de las hojas ese manto que
cubre y fertiliza el suelo; dan madera de sus
tallos; sostienen los nidos de las aves, y en sus cortezas cobijan
infinidad de insectos; en invierno abrigan a los seres que bajo ellos se ocultan,
y en verano mitigan los rayos del sol; las hierbas cubren el suelo de verdor e
impiden que el sol lo deseque; dan alimento a multitud de animales, flores que
aromatizan el aire y jugos que los insectos apetecen; los animales por su parte
no son menos agradecidos, y por todos lados los seres se protegen armonizando
su trabajo, sin otra competencia que la
necesaria para vivir los unos de los otros, mitigada por la abundante
reproducción de las víctimas” [12].
El consejo que daba a los niños en la cartilla era
que estudiasen la naturaleza en el campo mejor que en los libros, por muy
buenos que fuesen éstos.
En 1891 de Buen publicó una obra monumental, la “Historia Natural” [13], con la finalidad de
despertar la afición a las Ciencias Naturales en el pueblo español, motivo por
el que hizo una “Edición Popular”, redactada no para los sabios, ni para los
muy instruidos, sino para que todo el mundo pudiera encontrar en ella algo
útil.
La visión integradora de las Ciencias Naturales de
Odón de Buen se ponía de manifiesto en su intento de constituir una sola rama
científica que abarcase
Destacaba también en su obra la claridad expositiva,
lo que la hacía muy didáctica, a diferencia de los manuales de
“Asociándose árboles, arbustos y hierbas, son capaces de evitar la
acción de las aguas torrenciales, de contrarrestar las heladas, de resistir las
sequías, de convertir en templado el medio más crudo. Se asocian los vegetales
hebáceos y con el número resisten la destrucción que operan los animales
herbívoros, y en una palabra, puesto que el concepto es tan claro que nadie ha
de abrigar dudas, la asociación es el mejor medio de resistencia en la lucha
por la vida” [14].
En otra de sus obras, “Diccionario de Historia Natural” [15], en el “Discurso preliminar”, Odón de Buen expresaba su punto de
vista positivista, considerando que existía una tendencia hacia la unidad y
hacia la síntesis en la Ciencia de la Naturaleza, y que las tendencias del
pasado a constituir ciencias diversas, cada una con su campo de estudio
perfectamente delimitado, habían desaparecido, dejando paso a una ciencia
unitaria, basada en grandes generalizaciones. El tronco común del que derivaban
las diferentes ramas de la ciencia era, según él, la Filosofía de
También mantenía que dentro de las ramas de
Estas ideas son muy interesantes, mostrándonos a un
naturalista proponiendo teorías innovadoras sobre el estudio de las Ciencias
Naturales, que no se consolidarían en el ámbito científico hasta muchos años
más tarde.
Odón de Buen dedicaba
este “Diccionario” a
En su libro, de Buen
dividía
En el capítulo
dedicado a
Al tratar el tema de
En el capítulo
dedicado a la Zoología, se seguía la moderna clasificación de los animales
propuesta por Lamarck, basada en el desarrollo embrionario, es decir, comenzaba
la clasificación por los seres más sencillos y seguía hasta llegar a los más
evolucionados, al contrario de lo que proponía Cuvier.
En años posteriores,
de Buen escribiría libros de Geología, Mineralogía y Botánica, de Botánica General y de Zoología destinados a
los estudiantes universitarios.
Ignacio Bolívar (1850-1944), Salvador Calderón
(1853-1911) y Francisco Quiroga (1853-1894): “Elementos de Historia Natural.
Tres eminentes
naturalistas publicaron en 1890 la obra titulada “Elementos de Historia Natural” [17]: el zoólogo entomólogo
Ignacio Bolívar y el geólogo Salvador Calderón, ambos catedráticos de la
Facultad de Ciencias de
Esta obra fue muy innovadora en su momento, tanto en
los conceptos como en el método de enseñanza que proponía, convirtiéndose luego en un clásico en su
género, que sirvió de modelo y referencia a muchos otros libros de Historia
Natural.
Se trataba de un
libro muy descriptivo, que incluía clasificaciones de minerales, plantas y
animales, como no podía ser menos en aquella época. Criticaba la clasificación
de Cuvier, y dividía los animales en Protozoos, Mesozoos y Metazoos, siguiendo
la sistemática moderna.
Dividía
Al referirse a la distribución geográfica de los
seres vivos, los autores consideraban como causas de la variación de las floras
y faunas: a) el reparto de las especies en períodos geológicos anteriores; b)
las condiciones climatológicas, o sea, la influencia del medio; c) la lucha por
la existencia; d) la selección natural; y f) las barreras naturales. También consideraban la influencia
del clima en los cambios observados en la vegetación y la fauna al ascender una
montaña. Incluían la distribución hipsométrica de la vegetación (según la
altitud) y la distribución batimétrica de los seres marinos (según la
profundidad), para acabar hablando de las regiones geográficas[19].
El mismo
planteamiento general de la obra, prácticamente sin modificaciones, aparecerá
en las ediciones posteriores y servirá de modelo a otros muchos libros de texto
de Historia Natural.
Rafael García
Álvarez (1828-1894):
Un año después de la publicación del libro de
Bolívar, Calderón y Quiroga, el catedrático de Historia Natural del Instituto
de Granada, Rafael García Álvarez, que había provocado una gran polémica en
1872 por su exposición de la teoría darwinista, publicó un libro de “Elementos de Historia Natural” [20], con la intención,
expresada en el prólogo de la obra, de inspirarse en las doctrinas modernas.
Entre los naturalistas españoles, reconocía la influencia de Salvador Calderón,
Ignacio Bolívar y Odón de Buen. Y probablemente era cierto que se había puesto
al día antes de escribir su libro, ya que en él aparecen una serie de
modificaciones destacables respecto a sus obras anteriores.
García Álvarez había publicado en 1859 unas “Nociones de Historia Natural” [21], en las que seguía la
tradicional división de la materia en Mineralogía, Botánica y Zoología,
añadiendo Geología. Seguía el sistema de clasificación zoológico propuesto por
Cuvier; también destinaba una página del libro
En 1867 publicó otro libro también titulado “Nociones de Historia Natural” en el
que, como dato curioso, aparecía en la segunda página una nota con
Censura:
Visto y examinado el libro titulado Nociones de Historia Natural,
compuesto por el Doctor Don Rafael García Álvarez, no he hallado en él cosa
contraria a los dogmas, moral y disciplina de Nuestra Santa Religión Católica,
por lo cual juzgo que puede ser útil para la enseñanza y ser admitida dicha
obra por V.E.I. para el estudio de semejante asignatura en los Seminarios
eclesiásticos de esta Diócesis.
Aprobación: 31 enero 1868.
En vista a la anterior censura, concedemos nuestra licencia para que
pueda circular y servir de texto en nuestros seminarios de San Cecilio y
Sacromonte para el estudio de
Firmado: El Arzobispo. Manuel Guardia, Srio. [22]
En una nueva edición del mismo texto, en 1868,
García Álvarez mantenía el planteamiento de la edición anterior, y continuaba
proponiendo la clasificación de Cuvier. Ampliaba los estudios biogeográficos,
dedicando tres páginas a
Entre las causas que influían en la distribución de
los vegetales, citaba el calor, la luz, el agua, la atmósfera, el suelo, las
estaciones y los seres orgánicos. Sobre la influencia de estos últimos, decía:
“ ...influyen sensiblemente en la distribución de los vegetales, bien
destruyéndolos en unos puntos, bien transportándolos a otros; siendo el hombre, ya voluntaria ya involuntariamente
uno de los que ejercen esta acción en mayor escala. Las plantas mismas están
unas respecto a otras en continua lucha..., ya por la sombra que proyectan, por
la extensión considerable de sus raíces, perjudicando las plantas vigorosas a
las débiles, las parásitas a aquéllas sobre las que viven,...” [23].
El autor tenía en cuenta las relaciones entre los
animales y vegetales, incluyendo al ser humano, lo cual no era todavía
demasiado frecuente en los libros de la época.
Cuando en 1891 García Álvarez publicó “Elementos de Historia Natural”, dividió
la materia tratada en: Mineralogía, Botánica, Principios de Biología, Zoología
y Geología. Esta distribución no era tan moderna como él pretendía, ya que
seguía considerando la Mineralogía como una parte de
La parte dedicada a
Otros libros
de texto de Historia Natural de finales del siglo XIX:
Las tendencias renovadoras sólo influían en algunos
profesores. Otros seguían publicando libros tradicionales y anticuados. Así en
el “Programa sumario de elementos de
Historia Natural” publicado en 1899 por Manuel Mir y Navarro[25], catedrático por
oposición de dicha asignatura, para servir de texto en Institutos, se podían
leer frases como esta:
“La naturaleza es el maravilloso, y por tanto admirable conjunto
emanado de la voluntad de Dios, sometido a Él por fuerzas activas y coordinadas
con tal precisión y sabiduría que la alteración de las mismas produciría el
desequilibrio del mundo” [26].
El mismo autor, en una obra publicada tres años
antes, “Elementos de Historia Natural”[27], mostraba una visión
antropocéntrica de la naturaleza, ya que al describir la vida y costumbres de
los animales más representativos, destacaba lo que consideraba beneficioso o
perjudicial para el ser humano. Por ejemplo, sobre el águila real decía que era
muy perjudicial y que merecía la activa persecución de que era objeto por parte
del hombre. En cambio, el cuclillo común le parecía muy útil por la inmensa
cantidad de insectos, sobre todo orugas vellosas, que destruía, por lo que
proponía que fuese protegido e incluso introducido en los bosques, ya que
contribuía a proteger el arbolado. Otras aves a las que proponía que se
protegiese eran las golondrinas, que merecían protección como todo animal insectívoro,
sin olvidar los gorriones, que eran necesarios para conservar el arbolado por
la cantidad de orugas que consumían. También consideraba útiles al topo y al
erizo común, por alimentarse de insectos[28].
En definitiva, en este texto, al igual que ocurría en
otros muchos de la misma época, se seguía considerando al ser humano como el
rey de la creación que podía usar la naturaleza en función de sus propios
intereses. Estas ideas, propiciadas por la religión católica, fueron pasando a
lo largo de los siglos al subconsciente colectivo, apareciendo posteriormente
reflejadas en los libros educativos, como podemos observar en este y en otros
muchos ejemplos.
Otro autor que todavía en 1897 seguía utilizando la
clasificación zoológica de Cuvier, por considerarla la base y fundamento de
todas las posteriores era Luis Pérez Mínguez, en su “Programa de Historia Natural con principios de Fisiología e Higiene”[29].
En su obra, el autor incluía una lección sobre
generalidades de Geografía Zoológica, pero no citaba
En una obra anterior, “Nociones de Historia Natural e ideas generales de Geología” [30], sí se refería a
“La elevación sobre el nivel del mar produce efectos análogos a los de
la temperatura./.../ En España tenemos precisamente a Sierra Nevada, que en un
pequeño espacio presenta un buen ejemplo de este principio. En su base se
desarrollan vigorosas plantas de la zona tórrida y en su vértice se encuentran
las producciones raquíticas de las regiones polares. En cualquier montaña se
pueden encontrar análogas diferencias, tanto más notables cuanto mayor sea su
altura” [31].
El catedrático del Instituto de Salamanca, José
Gogorza, publicó en 1897 “Elementos de
Historia Natural” [32], dividiendo la obra en
dos partes, Geología y Biología. La Biología comprendía: Biología General,
Botánica y Zoología.
Dentro de
A propósito del origen de las especies, se refería a
cómo Linneo, partidario de las teorías bíblicas, comprendiendo las dificultades
que la distribución geográfica de los animales oponía a estas teorías, intentó
compaginarlas diciendo que el monte Ararat, donde según la tradición paró el
arca de Noé después del diluvio, es un monte de gran elevación y que por tanto
presentaba desde la cima a la base zonas con todas las condiciones climatológicas,
donde pudieron desarrollarse los distintos seres vivos del arca.
Gogorza continuaba diciendo que la idea de Linneo de
que todos los individuos de una misma especie procedían de un solo par creado
en los primeros tiempos era insostenible, porque los animales de presa, a pesar
de ser poco numerosos, hubiesen destruido a los herbívoros, y éstos a su vez
hubiesen acabado con las plantas[34].
Más adelante, Gogorza citaba las teorías de Lamarck
y la teoría de la evolución de Darwin, que
defendía sin reservas.
Otro
interesante libro, que seguía el modelo propuesto por Bolívar, Calderón y
Quiroga, era el “Compendio de Historia
Natural” escrito por los profesores Manuel Cazurro (1865-1935), catedrático
del Instituto General Técnico de Barcelona, que redactó los capítulos de
Zoología, Antonio Martínez, catedrático del Instituto San Isidro de Madrid, que
se ocupó de la Botánica, y Eduardo Hernández-Pacheco (1872-1965), catedrático
de Geología de
El prólogo de la
primera edición del libro estaba escrito por Ignacio Bolívar, que hacía
referencia a los antiguos textos de Historia Natural en los que él realizó sus
estudios, formados por cuadros sinópticos que exponían las características
diferenciales entre los seres, para resaltar el cambio que se había producido
en los mismos, gracias sobre todo a la iniciativa de Calderón y de Quiroga con
sus Elementos de Historia Natural, en
la que él mismo había tomado parte. En la parte referente a la Zoología
destacaba la descripción de las costumbres de los animales, que hacía el libro
ameno e interesante. No se puede decir que tuviese enfoque ecológico.
El capítulo dedicado
a la distribución geográfica de los seres vivos tenía una extensión reducida,
de tres páginas, donde los autores se limitaban a definir los conceptos básicos
de dicha distribución.
Conclusión:
La mayor parte de los libros de
texto de Historia Natural analizados, correspondientes a la segunda mitad del
siglo XIX, presentan un enfoque sistemático y descriptivo del estudio de los
seres vivos, con escasas o nulas referencias a sus formas de vida o a su relación
con el ambiente a la hora de estudiar la distribución geográfica de vegetales y
animales.
Sin embargo, hay notables
excepciones: algunos destacados científicos, como Augusto Gonzáles de Linares y
Odón de Buen, ya mostraban a finales del siglo XIX una visión integradora de
las Ciencias Naturales, relacionándolas con otras ciencias. Otros, como Ignacio
Bolívar y Salvador Calderón proponían una enseñanza moderna de
En
definitiva, podemos concluir que en los libros de texto de determinados
naturalistas de finales del siglo XIX ya aparecían algunas referencias a las
relaciones entre los seres vivos y su ambiente, aunque no se trataba de una
tendencia generalizada sino más bien de casos aislados.
NOTAS
[1]
AVENDAÑO, J. (1846): Manual completo de
Instrucción Primaria, Elemental y Superior para uso de los aspirantes a
maestros. T.III (1ª parte: Historia Natural). Madrid.
[2] Cfr: AVENDAÑO, J. (1846): o.c. p.171.
[3] GALDO, M.M.J. de. (1848): Manual de Historia Natural. Madrid. Imp. Higinio Remeses.
GALDO, M.M.J. de. (1849): Manual de Historia Natural. Madrid. Imp. D.B.González.
GALDO, M.M.J. de. (1853): Manual de Historia Natural. 2ª ed.
GALDO, M.M.J. de. (1860): Manual de Historia Natural. 6ª ed. Madrid. Imp. Santiago Aguado.
GALDO, M.M.J. de. (1888): Manual de Historia Natural. Nueva Edición. Madrid. Lib. Vda. Hernando.
[4] GALDO, M.M.J. de. (1848): o.c. p. 488.
[5] GALDO, M.M.J. de. (1895): Elementos de Historia Natural. Novísima edición. Madrid. Librería Vda. Hernando.
[6] GALDO, M.M.J. de. (1895): o.c. p. 25.
[7] CHAO,
E. y GALDO, M.M.J. de (1852-58): Los tres
reinos de
[8] Cfr: CHAO, E. y GALDO, M.M.J. de. (1852-58): o.c. T. VI. p. 606 y 608.
[9] Cfr: CHAO, E, y GALDO, M.M.J. de. (1852-58): o.c. T. VIII. p. 471.
[10] Cfr: CHAO, E. y GALDO, M.M.J. de. (1852-58): o.c. T. VIII. p. 474.
[11] BUEN y del COS, O. de (1888): Cartilla de Historia Natural. Madrid. José Materredona.
[12] Cfr: BUEN y del COS, O. de (1888): o.c. p. 28.
[13] BUEN y del COS, O. de (1891): Historia Natural. Barcelona. Manuel Soler.
[14] Cfr: BUEN y del COS, O. de (1891): o.c. p. 738.
[15] Véase: BUEN y del COS, O. de (1891): Diccionario de Historia Natural. Barcelona. Salvador Manero Bayarri Editor. Discurso preliminar. pp. XIX y XXIII.
[16] Véase: BUEN y del COS, O. de (1891): o.c. p. LXXX.
[17] BOLÍVAR, I., CALDERÓN, S. y QUIROGA, F. (1890): Elementos de Historia Natural. Madrid. Fortanet.
[18] BOLÍVAR, I. y CALDERÓN, S. (1900): Nuevos elementos de Historia Natural. Madrid. Est. Tip. Fortanet. 2ª Edición. (1909).
[19] Véase: BOLÍVAR, I., CALDERÓN, S. y QUIROGA, F. (1890): o.c. p. 219-220.
[20] GARCÍA ÁLVAREZ, R. (1891): Elementos de Historia Natural. Granada. Imprenta Indalecio Ventura.
[21] GARCÍA ÁLVAREZ, R. (1859): Nociones de Historia Natural. Granada. Imprenta Francisco V. Sabatel.
[22] GARCÍA ÁLVAREZ, R. (1867): Nociones de Historia Natural. Imp. Francisco Ventura y Sabatel. Granada.
[23] Cfr: GARCÍA ÁLVAREZ, R. (1868): Nociones de Historia Natural. Nueva edición. Granada. p. 157.
[24] Cfr: GARCÍA ÁLVAREZ, R. (1891): o.c. p. 216.
[25] MIR y NAVARRO, M. (1899): Programa sumario de elementos de Historia Natural. Barcelona. Imp. Subirana Hermanos.
[26] Cfr: MIR y NAVARRO, M. (1899): o.c. p. 7.
[27] MIR y NAVARRO, M. (1896): Elementos de Historia Natural. Imp. Barcelona. Subirana Hermanos.
[28] Véase: MIR y NAVARRO, M. (1896): o. c. pp. 204, 209, 222.
[29] PÉREZ MÍNGUEZ, L. (1897): Programa de Historia Natural con principios de Fisiología e Higiene. Valladolid. Imp. Jorge Montero.
[30] PÉREZ MÍNGUEZ, L. (1872): Nociones de Historia Natural e ideas generales de Geología. 5ª ed. Valladolid. Imp. y Lib. Nacional y Extranjera Hijos de Rodríguez.
[31] Cfr: PÉREZ MÍNGUEZ, L. (1872): o.c. p. 250.
[32] GOGORZA GONZÁLEZ, J. (1897): Elementos de Historia Natural. Salamanca. Est. Tip. F. Nuñez Izquierdo.
[33] Cfr: GOGORZA GONZÁLEZ, J. (1897): o.c. p. 219.
[34] Véase: GOGORZA GONZÁLEZ, J. (1897): o.c. p. 215.
[35] CAZURRO, M., MARTÍNEZ, A. y HERNÁNDEZ-PACHECO, E. (1919): Compendio de Historia Natural. 2ª Ed. Madrid. Imp. A. Marzo. 3ª Ed. Guadalajara. (1922).
BIBLIOGRAFÍA:
AVENDAÑO, J. (1846): Manual completo de Instrucción Primaria,
Elemental y Superior para uso de los aspirantes a maestros. T.III (1ª
parte: Historia Natural). Madrid.
BENITO y LÓPEZ ESCRIBANO, G. de
(1889): Tratado elemental de Agricultura.
3ª ed. Valladolid. Imp. L. Gaviria.
BOLÍVAR, I., CALDERÓN, S. y
QUIROGA, F. (1890): Elementos de Historia
Natural. Madrid. Fortanet.
BOLÍVAR, I. y CALDERÓN, S.
(1900): Nuevos elementos de Historia
Natural. Madrid. Est. Tip. Fortanet. 2ª Edición. (1909).
BOUCHARDAT, A. (1847): Tratado completo de Historia Natural.
(Traducción L. Sánchez Toca). Madrid. Imp. Hilario Martínez.
BUEN y del COS, O. de (1888): Cartilla de Historia Natural. Madrid.
José Materredona.
BUEN y del COS, O. de (1891): Historia Natural. Barcelona. Manuel
Soler.
BUEN y del COS, O. de (1891): Diccionario de Historia Natural.
Barcelona. Salvador Manero Bayarri Editor. Discurso preliminar. pp. XIX y
XXIII.
CAZURRO, M., MARTÍNEZ, A. y
HERNÁNDEZ-PACHECO, E. (1919): Compendio
de Historia Natural. 2ª Ed. Madrid. Imp. A. Marzo. 3ª Ed. Guadalajara.
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