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Grupo de Investigación Complutense
Historia de Madrid en la edad contemporánea
nº ref.: 941149
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Luis Enrique Otero Carvajal

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Rubén Pallol Trigueros, becario de Investigación de la UCM.

CIUDAD E IDENTIDAD EN EL SIGLO XIX - EL PROCESO DE URBANIZACIÓN COMO PROCESO DE FONDO  EN LA CREACIÓN DE NUEVAS IDENTIDADES: JORNALEROS E INMIGRANTES EN  EL ENSANCHE NORTE DE MADRID

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Publicado en: Actas del VII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea: Memoria e identidades; Santiago de Compostela – Ourense, 21-24 de Septiembre de 2004.

 

Indice

Chamberí: ¿Un distrito jornalero?.

La familia jornalera en Chamberí. Aproximación a la condición de vida jornalera.

Conclusión. Sobre el desarraigo de los jornaleros inmigrantes en la gran ciudad.

Apéndice.

Pirámide de jornaleros según su inserción en el hogar, 1860.

Pirámide de jornaleros según su inserción en el hogar, 1880.

Notas.

Madrid, que en 1850 contaba con 221.707 habitantes, en sólo medio siglo consiguió duplicar con  creces su población, para alcanzar en 1900 las 539.835 personas inscritas en sus registros[1]. Como ya se ha destacado, este crecimiento no supone un fenómeno espectacular en un contexto de urbanización europea mucho más intenso[2], pero si nos da una buena medida de la capacidad de crecimiento urbano de una ciudad que a diferencia de otras aglomeraciones europeas, careció de un verdadero proceso industrializador. Tal carencia puede explicar el carácter atenuado de ese crecimiento, pero no debe conducirnos a caracterizar el periodo como el de la reproducción de las viejas estructuras socioeconómicas preindustriales en una sociedad estancada que se perpetúa a sí misma en el tiempo. Bajo la aparente quietud de un Madrid en que los centros industriales, si existen, son anecdóticos, en que aún predomina el pequeño taller y el mundo de los oficios y en que la clase obrera industrial de tipo manchesteriana brilla por su ausencia, se producen una serie de cambios que en ese medio siglo van a transformar profundamente la ciudad. El más llamativo de estos cambios es la puesta en marcha del Ensanche que, tras el definitivo derribo de la cerca en 1868 tras la que se encastillaba la ciudad desde tiempos de Felipe IV, va a permitir que Madrid se extienda y se reforme de acuerdo con las pautas de segregación socioespacial propias de la urbanización europea del siglo XIX y que rompen profundamente con la ciudad preindustrial en que convivían en amalgama los distintos grupos sociales[3]. En la conquista que hace de su perímetro, vemos surgir en Madrid barrios burgueses como el de Salamanca o el conformado por los lujosos hotelitos que recorren el Paseo de la Castellana y barrios obreros de casas de vecindad como el de Vallehermoso o el de las Peñuelas sin que para ello haya de mediar la aparición de grandes concentraciones fabriles.

Esta paradoja, la de la germinación (con muchas limitaciones) de una ciudad moderna sin mediar industrialización no puede ser comprendida sin referencia a la naturaleza dual[4] de un Madrid en que se yuxtaponen las dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales de, por un lado, su condición de capital de un estado liberal en progresiva construcción y por otro, los caracteres propios de una ciudad preindustrial cuya configuración social sigue profundamente marcada por el mundo de los oficios. Así, resulta que en la ciudad que acogía a las más importantes sociedades financieras del país y en la que confluía una red de transportes y de comunicación modernizada por el ferrocarril o el telégrafo, era el artesano que trabajaba en un pequeño taller en que se mantenía la solidaridad gremial por encima del sentimiento de pertenencia de clase, junto al pequeño tendero o al rentista inmobiliario los que marcaban la impronta de la vida económica. En definitiva, la evolución de Madrid en la edad contemporánea se resuelve en la tensión entre la pulsión modernizadora del Madrid capital del Estado y la quietud e inercia derivadas de la ciudad de los oficios.

En lo que a la evolución de la composición social madrileña se refiere, esta tensión desemboca en una profundización del lento proceso de disolución gremial iniciado en 1836 con la abolición de los gremios y en la adquisición de protagonismo de la figura del jornalero que cuantitativamente y cualitativamente va cobrando importancia entre las clases populares. Basta cualquier contacto, por superficial que sea, con una fuente documental tan fundamental para el conocimiento de la sociedad decimonónica como son los censos y los padrones, para que se haga patente, para el caso madrileño, la progresiva jornalerización de las clases populares: en el censo de 1797 se contabilizaban 6.185, que ascendían a 11.049 para 1848 en los recuentos de Madoz, a unos 20.000 en 1880[5] y a 51.993 en 1898[6]. Este fenómeno puede ser a su vez contextualizado en esa brecha entre quietud y cambio, inercia y transformación a la que hacíamos referencia. El aumento de los jornaleros en Madrid se explica por su particular configuración de mercado de trabajo[7]: estos trabajadores de escasa o nula cualificación, un día empleados en las obras públicas, otro como albañiles, el siguiente como mozo de cuerda y entretanto empujados a la mendicidad o al recurso a la beneficencia, son en general inmigrantes procedentes de medios agrarios que acuden a Madrid en busca de oportunidades de subsistencia y que se encuentran con unas estructuras socioeconómicas en las que el predominio de una producción artesanal, organizada en negocios familiares en las que el parentesco juega un papel vital en la transmisión de saberes profesionales y en la inserción laboral, se muestra incapaz de absorberlos e insertarlos como trabajadores con un oficio estable. Las continuas riadas migratorias hacen crecer la ciudad de Madrid pero esta se muestra incapaz de transformar sus bases económicas para acoger a los recién llegados. De nuevo la paradoja entre quietud económica y pulsión urbanizadora.

El modelo de crecimiento demográfico madrileño en el siglo XIX nos es bien conocido a partir de la obra de Antonio Fernández García[8]: en él la inmigración se convierte en un elemento vital para sostener ese crecimiento, ya que hasta bien entrado el siglo XX, las altas tasas de mortalidad, superiores en casi todo los años del periodo a las de la natalidad, hacen de Madrid una ciudad incapaz de asegurar su propia reproducción demográfica. La capital seguirá siendo en el siglo XIX una devoradora de humanidad que necesita de las intensas corrientes de inmigración para mantenerse y crecer. En este sentido resulta relevante preguntarse por los motivos que pudieron mantener vivas esas corrientes de inmigrantes expulsados del campo que durante todo el siglo XIX acuden a un Madrid que carece de industrias generadoras del empleo para acogerlos; por qué razón insistían aquellos hombres y mujeres en llegar a una ciudad en la que su condición de recién llegados sin oficio estable los hacía candidatos preferentes para ser objeto de la persecución de unas autoridades celosas del mantenimiento del orden frente a mendigos y parados[9], una ciudad en la que las epidemias y crisis de mortalidad y subsistencia encontraba en esta población desposeída su víctima ideal[10]. Cómo entender esta obcecación del inmigrante a Madrid que carece, aparentemente, del más mínimo signo de racionalidad económica en su decisión.

Para entender este fenómeno se hace preciso ponerlo en relación con las formas en que se fueron conformando los mercados laborales en el proceso de implantación del capitalismo y en los de los primeros impulsos de la industrialización. Camps, en su estudio de la formación del mercado laboral industrial en Cataluña ha demostrado cómo la aparición de un proletariado industrial en Cataluña se produjo gracias a la preexistencia de una población manufacturera y de trabajadores cualificados  cuyo crecimiento natural aseguró la mano de obra que el impulso industrializador exigía. Como queda claro en su estudio, el trasvase de población desde medios agrícolas a la fábrica era en el contexto de la primera industrialización un camino más tortuoso de lo que hemos tendido a considerar[11]. Al trabajador expulsado de un campo en que faltan las tierras y el trabajo estable, al llegar a la ciudad no se le abrían las puertas de la fábrica, pues ésta, especialmente en los inicios del proceso industrializador en que aún no existe una mecanización importante que permita el empleo de mano de obra descualificada, en una concentración fabril en que predomina el “motor de sangre” sobre la máquina de vapor, lo que ésta demanda precisamente es una trabajador con ciertos conocimientos y cualificaciones de las que el inmigrante campesino carece. El inmigrante del campo, sin oficio ni más recursos que su propia prole (proletario, pues, en el sentido más clásico de la palabra) ha de dirigirse hacía otras ofertas de trabajo que la ciudad del XIX le ofrece: trabajar hoy como mozo de cuerda y mañana como albañil, su mujer como lavandera, intentar colocar a sus hijos al servicio de algún potentado o con suerte en la modesta tienda de algún familiar afortunado. Existía por tanto, toda una masa de población que al acudir a las ciudades buscaría un empleo como jornalero no fabril y que encontraría en Madrid su perfecto lugar de destino.

Porque Madrid, a pesar de presentar esas estructuras económicas propias del mundo de los oficios, en que quedaban cerradas a los inmigrantes las vías de inserción en un artesanado y un pequeño comercio en que el empleo circulaba a través de las redes de parentesco, no dejaba de ser en la segunda mitad del XIX, una ciudad de las oportunidades para el jornalero. El propio proceso de crecimiento urbano hizo proliferar el empleo en la construcción tanto de inmuebles privados como en obras públicas de infraestructura (como las del abastecimiento de agua del Canal de Isabel II, pero también el despliegue de las nuevas tramas viarias del Ensanche o las obras de remodelación interna del casco antiguo de la ciudad). Además, el carácter de capital administrativa y política de la ciudad hace menudear en ella una serie de empleos al alcance de los más humildes: conserjerías, guardias de seguridad, jardineros o guardas de arbolado... También, al convertirse Madrid en sede de la elite política, social y económica del Estado liberal, florecen muchos otros empleos, especialmente en el servicio doméstico, que podían suponer una aspiración lógica para los inmigrantes. Finalmente, esa misma condición de sede de la elite hace pasar por Madrid a las mayores rentas de España, que si bien no se dirigen hacia la inversión, si contribuyen a crear una red de establecimientos benéficos y asistenciales, e incluso a mantener a una extensa población de mendigos y pobres (como corte de los milagros insistentemente reflejada en la literatura de la época) que vive exclusivamente de la caridad de los grandes señores. Ángel Bahamonde ha identificado incluso un periodo entre 1857 y 1865 en que, gracias a la demanda de empleo generada por la construcción del ferrocarril y las grandes obras iniciadas para ensanchar la capital, se produjo una situación de “pleno empleo” en la que los salarios ascendían e incluso se barajaba la posibilidad de acudir al ejército y a los reclusos penitenciarios para paliar un problema de escasez de brazos[12]. Madrid, en definitiva, ofrecía una estructura de oportunidades al inmigrante sin cualificación que podía hacer de ella un destino, si no idóneo (pues la muerte, la marginación social y la pobreza eran amenazas reales), sí al menos preferible a la permanencia en su lugar de origen o el traslado a otras ciudades.

Con todo esta realidad jornalera que representa una de las configuraciones sociales más significativas del Madrid de la época, nos sigue siendo en gran parte desconocida. Bajo la denominación de “jornalero” se esconde en las estadísticas oficiales y en la literatura de la época un amplio contingente de la población de los estratos populares que no cabría encuadrar entre los miembros de una ciudad preindustrial artesanal en decadencia pero que tampoco representa un signo de la industrialización que sí se daba en otras latitudes pro que era inexistente en Madrid. A falta de obreros e industria, Madrid sí en cambio puede ser considerada una ciudad de jornaleros. De hecho la del jornalero puede representar una figura original y coherente con la particular evolución de la ciudad de Madrid condicionada por su naturaleza dual señalada más arriba. Una figura que se inserta con comodidad junto al artesano, al criado, al pequeño comerciante y al mendigo en el fresco heterogéneo de las clases populares madrileñas, con las que comparte experiencias comunes y una cierta mentalidad y conciencia cohesionada en torno al concepto de “pueblo”[13].

Empero, sin embargo, bajo la burocrática denominación de jornalero se ocultan en los censos y padrones decimonónicos una población muy diversa no sólo porque se trataba de trabajadores que desempeñaban muy variados oficios, sino porque experimentaban muy distintas condiciones y formas de vida. Diversidad que hasta ahora no ha sido lo suficientemente retratada en los estudios que sobre el tema se han hecho para Madrid, en gran medida como consecuencia de los problemas técnicos y metodológicos que plantea el estudio de una ciudad tan voluminosa. A continuación se pretenderá contribuir a la matización y enriquecimiento del retrato del jornalero madrileño decimonónico a través de su estudio limitado a una de las zonas del nuevo Madrid en que se desarrolló esta realidad social: el Ensanche Norte. Para ello se procederá al análisis de la información contenida en una fuente que siendo básica para el conocimiento de la realidad social del XIX, no ha sido aún suficientemente tratada hasta ahora: los padrones municipales[14].

Chamberí: ¿un distrito jornalero? [15]

El espacio urbano que conforma el actual distrito madrileño de Chamberí [16] era en 1850 un conjunto de tierras que se extendía al norte de la ciudad y que acogía todo aquello que la capital, empeñada en crecer sin rebasar la vieja cerca del siglo XVII, ya no podía albergar en su seno: un arrabal de trabajadores que no se podían permitir el pago de un alquiler en una ciudad superpoblada y con graves problemas de hacinamiento, merenderos y espacios de ocio de precios populares en los que no se pagaban los impuestos de puertas, instalaciones de servicios públicos que las más básicas medidas de salubridad habían llevado a instalar fuera de las ciudades (cuatro cementerios que se extendían al Oeste de la Carretera Mala de Francia, hoy Bravo Murillo) y nuevas infraestructuras que una ciudad cada vez más populosa exigía (como los extensos depósitos para el abastecimiento de agua a la capital que se empezarían a construir en 1851). Junto a ellos, diseminados, aparecían algunos ejemplos de la débil concentración fabril madrileña a medio camino entre el taller manufacturero de tipo antiguo (como la Real Fábrica de Tapices) y la industria ligeramente moderna pero sobre todo modesta (talleres de fundición de Bonaplata y de Sanford), que lindan con otros centros de producción propios de la ciudad preindustrial que era Madrid: huertas y tejares dedicados al abastecimiento de materiales de construcción para la villa. Era sin embargo en esta época Chamberí un núcleo de población pequeño, en cuyos desolados terrenos apenas habitaban 1500 personas, la mayor parte de ellos congregados en el arrabal nacido a las puertas de la ciudad, en torno a la futura plaza de Olavide.

A lo largo de los 50 años siguientes, los terrenos al Norte de Madrid verán los inicios de su transformación urbana. Con la aprobación del plan de Ensanche de Castro en 1860 y el derribo de la cerca que separaba el Madrid Antiguo del caserío que se agolpaba a sus puertas se dará la salida a un crecimiento, fluctuante en sus ritmos sí, pero inexorable al fin y al cabo, de la edificación en los alrededores de Madrid[17]. Chamberí, será en el periodo entre 1860 y 1880 uno de los barrios de mayor crecimiento de la ciudad, pasando de los 5.007 habitantes incluidos en el padrón de 1860 a los 23.695 del padrón de 1880[18]. Este crecimiento no fue homogéneo en sus formas y sus contenidos: el Ensanche de la ciudad se presentó como la ocasión perfecta a la emergente burguesía para modelar la ciudad a su gusto, de acuerdo con los nuevos criterios de organización social que le eran propios. A pesar de que esta oportunidad de crear una ciudad nueva y burguesa fuera desaprovechada[19], si es posible rastrear en la configuración urbana final de los terrenos del Ensanche el deseo de las elites burguesas de crear espacios residenciales segregados según la pertenencia social. Un ligero  vistazo a los alquileres de los distintos barrios del Ensanche Norte de Madrid nos indica ya en qué medida se produjo  un crecimiento diferenciado por zonas.

 

indicadores de diferenciación social y  urbanística por barrios 1860 [20]

Barrios

habitantes

nº familias

alquiler medio

Almagro

1178

284

16,5

Arapiles

1211

300

14,09

Gaztambide

408

98

8,45

Trafalgar

2125

500

15,49

Vallehermoso

85

22

9,38

total

5007

1204

14,73

 

 

indicadores de diferenciación social y  urbanística por barrios 1880

barrios

habitantes

Nº familias

alquiler medio

Almagro

4225

939

32,24

Almagro b

1942

362

130,9

Arapiles

4823

1180

20,97

Gaztambide

1465

380

13,64

Ríos Rosas

309

74

16,35

Trafalgar

10630

2439

26,44

Vallehermoso

142

40

13,54

total

23593

5428

30,42

 

Vemos como ya en el momento del inicio legal del Ensanche existían en su zona Norte diferencias acusadas entre barrios según su población y sus alquileres (y por tanto, del tipo de construcción que se asentaban en ellos), diferencias, que a medida que se progrese  en la ocupación de los terrenos del Ensanche, van a agudizarse para acabar conformando tres zonas claramente diferenciadas por su composición social y características urbanísticas.

Una primera, más populosa, nucleada en torno al barrio de Trafalgar, constituido por las antiguas  casas del arrabal de Chamberí y que comprendería también los barrios de Almagro occidental y parte del de Arapiles. Barrio de clases medias, artesanos y jornaleros, aglutina desde antes de 1850 a los habitantes que un Madrid incapaz de asumir su crecimiento, expulsa para avecinarlos junto a los jornaleros y trabajadores inmigrantes recién llegados.

Al Oeste y al Norte (Vallehermoso, Ríos Rosas, Trafalgar) se extienden sectores aún sin urbanizar o que lo han hecho muy precariamente en torno a zonas profundamente degradas por la instalación de cementerios y tejares[21]: unas cuantas casas bajas en muy malas condiciones, refugio de pobres, mendigos y jornaleros pobres.

Al Este de Trafalgar, en la otra punta del distrito, el otro extremo de la escala social: Almagro Oriental, que aún hoy pertenece a Chamberí a regañadientes, mirando más a la Castellana y al Barrio de Salamanca del que es una extensión en su composición social y en sus características urbanísticas. Lujosos hoteles unifamiliares, casas de nueva planta que incorporan todas las innovaciones que la comodidad y el bienestar exigen y que son habitados por abogados, militares, algún comerciante y altos funcionarios.

Atravesar de Oriente a Occidente el  distrito en aquella época era como descender la escala social del Madrid de entonces; ir visitando sus casas permitiría observar con todos sus matices los distintos grupos sociales que alimentaban la ciudad y  los rasgos  que los diferenciaban. Entre el hotel de 385 pesetas de alquiler que ocupaba Segismundo Moret junto a sus 5 hijos y sus 6 criados  en la Calle Fernando el Santo 7, cerca de la Castellana, y las habitaciones para parejas de jornaleros y viudas costureras que se alquilaban a 30 reales mensuales en el barrio de Gaztambide, cerca de Moncloa, se comprendía todo el espectro social de la capital. Una diversidad social del distrito que le convierte en un observatorio privilegiado para estudiar el proceso de urbanización del siglo XIX y sus implicaciones sociales en un espacio, que en virtud de su condición de zona edificada prácticamente ex novo, se manifestaron con especial intensidad.

En la zona del Ensanche Norte se manifiestan, pues los principales rasgos de la ciudad de Madrid en su evolución en la segunda mitad del XIX, y entre ellos, con especial intensidad, aquellos que le son más fundamentales: el constante peso de la inmigración que asegura la reproducción y crecimiento de la población y el progresivo proceso de jornalerización de sus capas populares.

Ya se ha señalado la importancia de la inmigración en un modelo demográfico madrileño del XIX en que no se producen saldos vegetativos positivos constantes hasta los primeros años del siglo XX [22]. Madrid, ciudad sepulturera de inmigrantes, ofrecerá a lo largo de la segunda mitad del XIX una composición de su población intensamente marcada por este fenómeno: así, si en 1851 sólo el 43,31% de los habitantes de la capital habían nacido en Madrid y su provincia[23], en 1898 aunque los madrileños hayan aumentado su peso en el conjunto de la población, tan sólo representan a uno de cada dos habitantes de la ciudad (el 50,17%)[24]. Chamberí y la zona Norte del Ensanche, como espacios urbanos recién creados se convertirán en lugares de especial incidencia de la inmigración: así, en 1860, sólo el 47,86% de sus habitantes procedían de  la provincia de Madrid, tasa que se rebaja al 45,75% en 1880[25]. Datos que resultan más contundentes si tan sólo tenemos en cuenta como madrileños a los nacidos en la capital y consideramos a los procedentes de la provincia tan extraños como a los originarios de Asturias o de Cuenca. De ello resulta, que en realidad, entre los chamberileros de la época, únicamente un poco más  de un tercio procedía de la capital  (el 38,08% en 1860 y el 37,47% en 1880).

Aunque el significado de esta inmigración pueda ser diverso y se combinen distintos afluentes en el torrente (desde el comerciante que acude al centro del poder económico nacional al burgués que aspira hacer carrera de funcionario o político, junto con el simple vagabundo o el remanente de nobles que acuden al calor de la vieja Corte)[26], el grueso del caudal de la inmigración lo constituían los jornaleros, que en su testarudo empeño de afluir a una ciudad incapaz de absorberlos en su mercado de trabajo, acabarán transformando su composición social y a acelerar la descomposición de su  tradicional estructura propia del mundo de los oficios. En el caso de Chamberí, el proceso de jornalerización se hace evidente a partir de los datos de sus padrones: en 1860 el 28,3% de la población del Ensanche Norte vive en hogares cuyo cabeza de familia es un jornalero, porcentaje que 20 años más tarde representa ya el 37,78%. A medida que se vaya poblando el Ensanche Norte, los jornaleros irán adquiriendo una  mayor importancia para convertirse en uno de los grupos sociales fundamentales que articulan su población (véase los gráficos 1 y 2)

¿Era pues el Ensanche Norte en la segunda mitad del siglo XIX una zona urbana jornalera? Carecemos de datos y estadísticas que nos permitan comparar entre Chamberí y otros barrios de la capital, pero si contamos con numerosas descripciones de los contemporáneos de las condiciones de vida en los  distintos barrios de Madrid en las que se rastrea las zonas más degradadas e insalubres de la ciudad [27]. En esta época, Chamberí y el Ensanche Norte no está entre ellos: los edificios más deteriorados, los alquileres más bajos, las casas de vecindad donde se registran los casos más radicales de hacinamiento se encuentran en pleno corazón de la ciudad, en los barrios bajos de Inclusa y Hospital, no en una zona de reciente creación y edificación como Chamberí. De hecho, frente a los potenciales focos de epidemia que podían representar los viejos barrios populares del casco antiguo, Chamberí podía alzarse como una opción residencial aconsejable para los más modestos, tal y como nos lo presenta un higienista de la época:

“No es indiferente tampoco la elección de barriada en una población tan extensa como Madrid y de suelo topográficamente tan desigual, y formado hoy también por grupos de muy diferentes condiciones urbanas. (...) Las [barriadas] del Norte, frías y más batidas de los vientos, reúnen condiciones para dar tonicidad y fuerza al organismo, y una atmósfera más pura y menos miasmática, y conviene para los propensos a tercianas y otras enfermedades intermitentes, como para las personas padecidas por flujos y debilidades, y para los temperamentos linfático y escrufuloso, que se mejoran á veces viviendo en el desparramado caserío de Chamberí. Más afortunadas estas barriadas que las del Sur, ofrecen abundantes y variadas habitaciones para todas las clases sociales, tanto en el interior del antiguo recinto de la villa, como en los barrios extremos de Chamberí, Argüelles y Pozas, este último, económico y ventajoso en su círculo exterior, pero de pésimas condiciones en sus calles interiores; así como el segundo es indudablemente el de más bello, higiénico y acertado sistema de construcción en la corte.” [28]

No obstante, existían dentro de Chamberí profundas diferencias según al barrio que nos refiriéramos; ya se ha observado antes que esto se manifestó en unos ritmos y calidades de edificación distintos. De la misma manera, la implantación de los jornaleros y de las clases más desfavorecidas no se hizo de una manera uniforme, sino que buscaron aquellos lugares que se ajustaran mejor a sus posibilidades. Los jornaleros al instalarse en Chamberí preferían los barrios más baratos y dentro de ellos, se instalaban en las habitaciones cuyo alquiler era más bajo.

 

distribución de los jornaleros habitantes en Chamberí en 1860

barrios

Habitantes en

familias jornaleras

nº familias

proporción respecto

del total de familias

alquiler medio

Almagro

377

85

29,93%

9,71

Arapiles

371

91

30,33%

8,08

Gaztambide

179

45

45,92%

6,93

Trafalgar

479

109

21,80%

9,11

Vallehermoso

11

2

9,09%

5

total

1417

333

27,66%

8,66

 

distribución de los jornaleros habitantes en Chamberí en 1880

barrios

Habitantes en

familias jornaleras

nº familias

proporción respecto

del total de familias

alquiler medio

Almagro

1872

417

44,41%

12,92

Almagro b

195

45

12,43%

22,5

Arapiles

2171

542

45,93%

12,47

Gaztambide

874

220

57,89%

11,3

Ríos Rosas

128

29

39,19%

10,9

Trafalgar

3552

819

33,58%

14,63

Vallehermoso

89

23

57,50%

11,59

total

8914

2106

38,80%

13,34

 

Los datos que se aportan nos guían por el plano y nos permiten identificar esos asentamientos jornaleros. En primer lugar cabe destacar el barrio de Trafalgar, barrio en el que en términos absolutos existen más  familias jornaleras a lo largo del periodo: es lógico, pues se trata del barrio más populoso y edificado, con diferencia, de todo el Ensanche Norte; sin embargo, en él los jornaleros no alcanzan el peso y la importancia que adquieren en otros lugares. Trafalgar, el barrio que se asentaba sobre el viejo arrabal, era lugar de resistencia de empleados, artesanos, pequeños comerciante y clases medias en general que podían permitirse pagar unos alquileres que, en 1860 rondaban las 15 pesetas y media, y en 1880 las 26 pesetas y media, muy por encima de lo que un jornalero se podía permitir. Si los jornaleros acuden a sus calles es porque en ellas existe una oferta de vivienda que les permite vivir junto a otros estratos sociales superiores: son los bajos de las casas, mal ventilados y húmedos, los sotabancos y buhardillas desguarnecidos, los cuartos segundos y terceros interiores con vistas a un patio, que comparten portal y escalera con los principales que ocupan clases medias y artesanos. En este sentido Trafalgar se muestra como una prolongación del viejo Madrid en que existe una estratificación social vertical dentro de cada edificio, frente a un nuevo concepto de ciudad en que las clases sociales tienden a separarse en barrios que se ajustan a las necesidades de cada una de ellas.

Barrios más acordes con el concepto de segregación socioespacial de la nueva ciudad burguesa son los de Gaztambide y Arapiles, en el sector Oeste del Ensanche Norte, en los que las familias jornaleras adquieren un peso mayor en el conjunto de la población y en que los alquileres medios se ajustan más a las posibilidades de los jornaleros. Arapiles, barrio que se extiende a lo largo de la carretera mala de Francia (actual calle de Bravo Murillo), es lugar de establecimiento para todos esos jornaleros ocupados en la construcción de las obras del depósito del Canal de abastecimiento de agua a Madrid, que protagonizan buena parte de la oferta de trabajo entre 1851, fecha de inicio del proyecto y la primera década del siglo XX, en que se terminan definitivamente las obras. Junto a ellos jornaleros que acuden a trabajar al vecino y popular distrito de Universidad, en el antiguo casco, pequeños artesanos y empleados de los cementerios que pueblan el barrio. Más al Oeste y aún más pauperizado, el naciente barrio de Gaztambide, que resalta como el espacio más claramente jornalerizado de Chamberí, por el peso que las familias jornaleras representan en su población y por la práctica concordancia entre la oferta media de alquileres y los alquileres que estos jornaleros pagan. En general, se trata de jornaleros ocupados en los distintos tejares que se extienden en los alrededores y que habitan habitaciones de bajo precio y pésimas condiciones de habitabilidad que muchos años más tarde seguirían siendo objeto de denuncia. Así, César Chicote, director jefe del laboratorio municipal, en su estudio sobre la vivienda insalubre en Madrid publicado en 1914, las recoge como muestra de la vivienda de “algunas pretensiones, no sólo por tener dos o más pisos, sino por haber presidido en su construcción algún plan, aunque en no pocas ocasiones bien equivocado”  las “agrupaciones próximas de calles y casas de triste recordación en diversas epidemias,” entre las que figuran las viviendas de la calle Fernández de  los Ríos o la plaza de Blasco de Garay, ambas en este barrio de Gaztambide.[29]

Finalmente nos queda abordar el barrio de Almagro. En su sector oriental, espacio residencial de las clases altas, es donde los jornaleros se hacen más raros: tan sólo 45 familias jornaleras empadronadas que en su mayoría trabajan al servicio de los nobles y altos funcionarios que allí residen o en una gran huerta que subsiste entre los hoteles que han ido surgiendo en las proximidades del señorial paseo de la Castellana. No es así en la parte occidental del barrio de Almagro, que a pesar de sus altos alquileres y de albergar edificaciones de nueva planta pensadas para la burguesía y clases medias, arroja unas tasas de presencia de familias jornaleras altas tanto en 1860 como 1880. Las razones, sobre las que habrá que profundizar más adelante, pueden ser esbozadas aquí: podría explicarse por la existencia de jardines y de ciertos establecimientos industriales que atraerían a los jornaleros que trabajaban en ellos; es el caso de la Fábrica de Papel Pintado que se encontraba en la calle Virtudes, alrededor de la cual encontramos a varios de sus empleados; o los jardines del Paseo del Cisne, en los que habitaban algunos de sus empleados; asimismo en este barrio se encontraban centros industriales de alguna importancia como las Fundiciones Bonaplata, que aunque modesta era excepcional ejemplo de concentración fabril en el desierto industrial madrileño, o la fábrica de bebidas la Deliciosa, en Santa Engracia 17. En realidad los trabajadores de estos centros, como los de la Real Fábrica de Tapices, que también estaba establecida  en las proximidades, difícilmente podían ser identificados como jornaleros (aunque ellos al rellenar el padrón, lo hacían), pues sus sueldos eran más altos y sus condiciones de vida diferentes: menos marcadas por la búsqueda casi diaria de un jornal ni por la ausencia de un oficio o de una cualificación profesional que les otorgara una identidad. Esta relativa aristocracia del trabajo, si los comparamos con los más desfavorecidos de sus semejantes, es muestra de una diversidad que habrá de tenerse en cuenta.

En conclusión, la zona Norte del Ensanche en sus primeros años de desarrollo no llegó a consolidarse como un espacio urbano jornalero, aunque si se resintió del proceso de jornalerización que afectaba a la sociedad y al mundo del trabajo madrileños, produciendo un aumento de su presencia en todos sus barrios, independientemente de las características urbanísticas y de los alquileres de cada uno de ellos. En ello influyó en parte las características de una urbanización que fue incapaz de (o reacia a)  la aparición de casas obreras y de alquiler barato; los jornaleros y las clases más desfavorecidas, carecieron de un espacio propio que se ajustara a sus necesidades y a sus posibilidades, obligándoles a buscar vivienda en las habitaciones más baratas por ser peores de los edificios existentes (los bajos, las buhardillas), o si no en aquellas que por su deterioro o malas condiciones de edificación no quisieran ser ocupadas por otros estratos sociales. En este sentido es destacable la identificación en el Ensanche Norte de algunas bolsas de pobreza, como es el barrio de Gaztambide en que el fenómeno del jornalerismo y sus implicaciones residenciales se manifiesta en toda pureza y crudeza.

La familia jornalera en Chamberí; aproximación a la condición de vida jornalera

Si el alquiler puede ayudarnos a acercarnos a la realidad de los jornaleros del Madrid del XIX, para un conocimiento más profundo hemos de acudir al estudio de sus familias. Como ya señalara Reher hace tiempo, el funcionamiento y las características de la  familia en una sociedad dada, ofrece un campo de estudio  fértil para el conocimiento esa sociedad.[30] Pues el estudio de la familia, como institución primera de socialización del individuo, permite comprender la forma en que una sociedad se reproduce a sí misma, al tiempo que, en una perspectiva que combine estructuras socioeconómicas y estrategias económicas familiares, se presenta como una sensible caja de resonancia de las distintas condiciones de vida de los individuos según su pertenencia social[31].

El primer dato significativo sobre la familia que resalta al acercarnos a la realidad jornalera del Madrid de final de siglo es el alto grado de integración familiar de los jornaleros. Si observamos los gráficos 1 y 2 del apéndice, en el que se representan las pirámides por edades desglosadas según la forma de inserción en el hogar en que residen, se observa claramente que la mayor parte de la población jornalera estaba constituida por hombres casados, seguidos a bastante distancia por aquellos que habitaban como realquilados en alguna casa. Quizás pese demasiado en nosotros la imagen estereotipada del jornalero que expulsado de su comunidad acude a la gran ciudad, en la que se debe enfrentar solo a un ambiente hostil en la lucha por la vida[32]. Pero si nos acercamos a los datos que nos ofrece el padrón vemos como entre los jornaleros recién llegados a la ciudad había más que venían  en busca de trabajo  en compañía de sus familias que aquellos que lo hacían individualmente[33].

Unos y otros, jornaleros que vienen solos y residen en casa de extraños a cambio de una participación en el alquiler y familias enteras que acuden ya en bloque o por oleadas, responden a las diferentes vertientes que alimentaban la inmigración a Madrid. Como señala Julián Toro Mérida, dentro del fenómeno general de la inmigración a Madrid cabe destacar dos fenómenos bien diferentes[34]. Por un lado una inmigración coyuntural, producida por crisis agrarias puntuales o por el carácter estacional del ciclo de trabajo agrario, que sólo ofrece empleo a los jornaleros en determinadas épocas (la siega, la recolección) y que arroja a una proporción de la población del campo a la ciudad por temporadas, en busca de un trabajo que el campo temporalmente les niega, pero que por lo general, son individuos que pasados los tiempos de vacas flacas vuelven a sus hogares: se trata en el fondo de un fenómeno que nos es bien conocido tras los diversos estudios de estrategias económicas familiares, que han descrito como la emigración temporal de los hijos mayores era un recurso habitual  para aliviar las estrechas economías familiares cuando se acumulaban demasiadas bocas que alimentar en un hogar campesino de escasa o nula propiedad agraria, o una práctica habitual para las hijas a para las que el servicio doméstico en la ciudad era el periodo de acumulación del pecunio necesario que les permitiera acceder al matrimonio. Inmigrantes temporales, estos jornaleros (pero también asistentas o sirvientas) buscarían el cobijo en casa de algún familiar (por ejemplo el tío) que estuviera instalado en la ciudad para, apelando a la solidaridad familiar, establecerse durante su estancia; en caso de que carecieran de una red familiar en que apoyarse, buscarían alguna habitación en el hogar de una familia incapaz de afrontar por sí sola el pago del alquiler.

El otro tipo de inmigración sería aquella de carácter estructural, producida por los cambios en las estructuras de la producción agraria abiertos por el liberalismo y que habrían empujado, en ritmos fluctuantes, a sectores cada vez más amplios de la población campesina hacia las ciudades. En general eran familias de recién creación (parejas, o familias nucleares con uno o dos hijos aún pequeños), que veían frustradas sus expectativas de establecimiento en sus lugares de origen y decidían inmigrar cuando las dificultades para la supervivencia en su entorno se volvían insuperables[35].

Dos fenómenos inmigratorios diferentes pero complementarios: tanto las familias jornaleras instaladas en la ciudad necesitaban de familiares o realquilados que estaban de paso para afrontar los pagos del alquiler, como esos mismos transeúntes se veían obligados a pedir ayuda a un familiar para que les acogiera una temporada o compartir con desconocidos una habitación en una vivienda. En ambos fenómenos además se destacaba la importancia de las redes familiares en el proceso de inmigración, que estaba lejos de alimentarse fundamentalmente de solteros, desarraigados que acudían sin más garantías que sus brazos a la gran ciudad. A poco que nos asomemos a la información del padrón nos toparemos con los diversos casos en que operaban las redes familiares como garantía en la inmigración.

Un ejemplo ilustrativo nos lo proporciona la familia de Gregorio López Infante, un jornalero que había llegado a Madrid desde Santa Cruz de la Zarza, pueblo de Toledo, en 1857, a sus 42 años junto a su mujer de 37 y a sus hijos Eustaquia de 7 años y Francisco de 2 años. En 1860 lo encontramos habitando en una habitación de la calle Santa Engracia nº 8, por la que paga 10 pesetas junto a un paisano suyo, Lorenzo Belinchón; era este también un jornalero de Santa Cruz de la Zarza, llegado a Madrid un año más tarde, en 1858, junto a su hijo Juan, también jornalero, y a la más joven Paz, que en aquella época alcanzaba los 7 años. Pero las relaciones de paisanaje y familia no se terminaban en la puerta de la habitación. Puerta con puerta, en el mismo pasillo, habitaba una habitación más pequeña (de 6 pesetas y media) Manuel Raboso, jornalero que había llegado como Gregorio López Infante a Madrid desde Santa Cruz de la Zarza en 1857, y que como él había venido acompañado de su esposa y tres hijos, todos nacidos en el mismo pueblo. Además acogían a un familiar del mismo pueblo que había venido con ellos (un tal Tomás Valencia, peón de albañil) y en el hueco que quedaba un joven zapatero madrileño de 26 años en calidad de realquilado. En definitiva, en el espacio reducido de un pasillo 13 inmigrantes del mismo pueblo toledano llegados a Madrid en el periodo de dos años.

Lo que puede parecer un caso excepcional sin embargo nos puede sin embargo ilustrar acerca de la importancia que podía tener la familia a la hora de emigrar; máxime si tenemos en cuenta que en este caso se produce el hecho poco habitual de que aparezcan los hijos desempeñando una profesión: entre los hijos de Manuel Raboso en 1860 encontramos un aprendiz de carpintero de 17 años, y dos sirvientas de 10 y 5 años (aparte de su mujer, lavandera); Gregorio López tiene una hija de 10, también sirvienta; el hijo de Lorenzo Belinchón, era a sus 17 años jornalero, como su padre. Una familia jornalera pues, necesitaba para su subsistencia una activa participación de sus miembros en el mercado laboral; pero es que además la disposición de una red familiar o de parentesco más o menos extenso en la ciudad podía ayudar a la inserción en un mercado laboral en que la contratación y las ofertas de trabajo corría por redes informales. Un instrumento del que sin duda dispusieron estos paisanos de Santa Cruz de la Zarza de los que, en una población de 5007 habitantes, había en aquel momento 55 representantes: un 1,1% de la población de Chamberí provenía del mismo pequeño pueblo toledano.

Todo lleva a considerar a la familia como un factor importante en la supervivencia de la población jornalera, afirmación que se refuerza si nos fijamos en las estructuras familiares de este grupo de población[36]. La práctica ausencia de hogares solitarios de jornaleros, o en los que no mediara ningún tipo de relación de parentesco, y el predominio, en cambio, de familias organizadas en torno a un núcleo familiar lo subrayan.

 

Cuadro 1: estructuras familiares jornaleras

estructuras familiares jornaleras 1860

Estructuras familiares jornaleras 1880

tipo de familia

numero de familias

% del total

numero de familias

% del total

solitario

6

1,89

34

1,61

familiares sin núcleo

5

1,58

11

0,52

pareja

56

17,67

392

18,61

viudo hijos

6

1,89

28

1,33

viuda hijos

5

1,58

6

0,28

nucleares

141

44,48

864

41,03

total nucleares

208

65,62

1290

61,25

extensas

27

8,52

276

13,11

pseudo extensas

39

12,3

143

6,79

mult. colateral

3

0,95

35

1,66

mult. Troncal

8

2,52

43

2,04

total mult.

11

3,47

78

3,70

total complejas

77

24,29

497

23,60

mult. Realquilados

12

3,79

209

9,92

realquilados sin núcleos

9

2,84

39

1,85

dudosos

 

 

26

1,23

 

tamaño de la muestra 317

tamaño de la muestra 2106

 

 

A primera vista podría parecer, pues, que el proceso de urbanización en Madrid y de jornalerización de sus clases populares que lo acompañó, no repercutiera en un fenómeno de disolución de la familia que agudizara la sensación de desarraigo que debían crear la inmigración y el abandono de la comunidad de origen junto a la condena a un trabajo descualificado e inestable. Sin embargo no es tanto la bondad del proceso de transformación social que se analiza, que habría respetado la institución familiar, como que las relaciones familiares y de parentesco se convirtieron en un instrumento fundamental para la supervivencia, sin cuyo recurso la subsistencia no estaba asegurada para las clases sociales más desfavorecidas. Existían pocas probabilidades de que un jornalero se instalara para vivir sólo dependiendo de su sueldo, como se puede intuir de los escasos hogares solitarios o encabezados por viudos; el ideal liberal del hombre autónomo, que con su trabajo fuera capaz de mantener un hogar en el que quedara la esposa, ángel del hogar, como organizadora de las labores domésticas y garante de la educación de los hijos, estaba lejos de cumplirse para las clases populares; primero porque no hubiera niños que cuidar si estos debían trabajar como y con el padre, segundo porque la esposa a su vez debía de buscarse un trabajo con el que contribuir a un salario familiar. La insuficiencia del salario de los obreros y jornaleros para afrontar el presupuesto familiar  a finales del siglo XIX ha sido insistentemente afirmada; así baste aquí retornar a una de las fuentes clásicas para retratar los niveles de vida de la población obrera, como es la información recogida por la Comisión de Reformas Sociales y cruzarla con la información de salarios que nos aportan los padrones.

 

 

presupuesto diario  de una familia obrera de tres personas en 1885

 

 

Pesetas

Casa

 

0,50

pan, dos Kg. a 36 céntimos

0,72

carbón, un Kg.

0,23

desayuno (café y leche)

0,36

comida del mediodía

garbanzos, 125 gr.

0,12

carne, 250 gr.

0,50

tocino, 72 gr.

 

0,15

Verdura, medio Kg.

0,08

Cena

 

 

carne, 250 gr.

0,50

patatas, 750 gr.

0,12

aceite, 125 gr.

0,24

luz, aceite mineral

0,10

jabón y varios

0,25

Tabaco

 

0,10

TOTAL DIARIO

        3,97 [37]

 

Aunque se pudieran haber producido fluctuaciones en los precios entre 1880 y 1885 [38], los datos resultan bastante elocuentes: el salario más extendido entre los jornaleros residentes en Chamberí era de 2 pesetas diarias (260 jornaleros de los 401 que indican su salario diario), lo que resulta claramente insuficiente para afrontar el presupuesto familiar. Tan sólo encontramos cinco jornaleros que reciban un sueldo superior a este presupuesto, cuyos hogares parecen concordar con las características de este modelo ideal del presupuesto de la Comisión de Reformas Sociales.

-         Domingo Fernández, de 50 años, que habita en la calle Vargas nº 6 en un bajo interior por el que paga 10 pesetas mensuales, junto a su mujer y a su hijo, con los que vino de Oviedo hacía dos años. No tiene un lugar de trabajo fijo, pues se declara jornalero ambulante.

-         Pedro Maestro Revilla, de 50 años. Habita en el principal de la calle Trafalgar nº 23, por el que paga 30 pesetas de alquiler mensuales. Habita con su mujer y su hijo Julián de 20 años, que también trabaja como jornalero percibiendo un salario diario de 2 pesetas.

-         José García, de 38 años, que habita en la calle Santa Engracia nº 27, en el piso tercero, pagando un alquiler de 7,50 pesetas al mes. Casado, su mujer no aparece en el padrón, pero sí un hijo de 14 años que habita con él.

-         Eusebio Rodríguez Cantarino, de 47 años, residente en la calle Bravo Murillo nº 9, en un bajo por el que paga 15 pesetas al mes. En realidad podría tratarse de un obrero cualificado, ya que está empleado en la Fundición Sanford, uno de los pocos y modestos ejemplos de industria madrileña de la época. Viudo, convive con una hija 16 años que trabaja como costurera, un hijo de 6 años y una mujer viuda, de 33 años, que probablemente sea su pareja.

-         Luis Puertas Serrano, de 28 años; habita en el tejar de Marconel, una extensa posesión de la familia Marconel en el barrio de Gaztambide; trabaja en un café y ocupa un principal interior por el que paga 15 pesetas mensuales junto a su mujer de 30 años y una hija de 4 [39].

 

Jornaleros que cobran más de 2 pesetas y menos de 4 diarias de jornal en 1880

Alquiler vivienda pesetas

Lugar de trabajo

Salario diario

Alquiler vivienda pesetas

Lugar de trabajo

Salario diario

12,50

Tranvía del Norte

3,50

15,00

Plaza del 2 de Mayo

2,50

0,00

Fábrica de Metal Líquido

3,00

12,50

taller

2,50

15,00

Monteral

3,00

20,00

no indica

2,50

22,50

Casa Moneda

3,00

10,00

Casa de la Moneda

2,50

0,00

litografía - Santa Engracia nº12

3,00

0,00

fábrica de harinas

2,50

15,00

Calle Alfonso X

3,00

0,00

fontanería

2,50

10,00

La Deliciosa

3,00

20,00

Iberia

2,50

25,00

fábrica del sello

3,00

10,00

no indica 

2,50

15,00

no indica

3,00

19,00

Cerrajería

2,50

37,00

Platería Meneses

3,00

10,50

no indica

2,50

12,50

Areneros, 8

3,00

15,00

no indica 

2,50

25,00

Fábrica del Sello

3,00

0,00

no indica 

2,50

15,00

Paseo de los Olmos

3,00

37,00

Peñarolla

2,50

12,50

Bravo Murillo 59

3,00

11,75

Villa

2,50

12,50

Areneros 8

3,00

22,50

su casa

2,50

35,00

no indica 

3,00

17,50

Tranvía del Norte

2,50

18,75

Casa Moneda

2,75

0,00

Leoncillo

2,50

11,50

San Hermenegildo 10

2,75

16,00

donde sale

2,50

15,00

en la Villa

2,50

7,50

no indica 

2,25

12,50

Patriarcal (Cementerio)

2,50

12,50

no indica 

2,25

30,00

Palacio Murga

2,50

10,00

donde sale

2,25

12,50

no indica 

2,50

8,75

no indica 

2,25

15,00

Casa de la Moneda

2,50

12,50

no indica 

2,25

30,00

no indica 

2,50

7,50

Fábrica de Alfombras

2,25

35,00

no indica

2,50

25,00

Ayuntamiento

2,25

0,00

Gas

2,50

6,50

no indica

2,25

12,00

Fundición

2,50

 

 

 

 

La estadística de la Comisión de Reformas Sociales parece encarnarse en estos casos particulares: tanto las estructuras familiares, en torno a los tres individuos, como el precio del alquiler, cercano a las 15 pesetas (es decir, 0,50 al día), concuerdan. De todas maneras, el presupuesto de la Comisión parece más bien un deseo, un ideal, que una realidad y estas cinco familias jornaleras descritas, más que los más puros representantes de la situación jornalera, parecen unos “afortunados”, quizá beneficiados por poseer un trabajo fijo y cualificado, lo que era la excepción y no la norma. Si descendemos un escalón en los salarios jornaleros, y nos fijamos en los que percibían un sueldo diario de más de 2 pesetas y menos de 4, comprobamos que se trata también de empleados en fábricas y centros de trabajo que requerían una cierta cualificación profesional, lo que les permitía unas condiciones de vida por encima de la media de los jornaleros, tal y como se expresa en unos alquileres altos más frecuentes.

Sin embargo, como ya hemos dicho los que podían cumplir (o acercarse a) el modelo ideal de presupuesto familiar de la Comisión de Reformas Sociales, eran más la excepción que la norma: primero, porque los salarios superiores a dos pesetas diarias eran raros entre los jornaleros, y después, porque aunque lo alcanzaran excepcionalmente algunas de las familias, el tamaño de las familias jornaleras nunca se restringía a tres miembros. Incluso entre los obreros mejor renumerados se debía dar situaciones de escasez cuando en la familia había tres o cuatro hijos de corta edad. En definitiva, el salario del jornalero, incluso el de aquel mejor pagado, era insuficiente para el mantenimiento de su familia, y si hubiera dependido únicamente de él, la familia jornalera habría estado condenada a desaparecer; consecuentemente se hacía necesario que más miembros de la familia participaran activamente en el mercado laboral para que contribuyeran con sus salarios a cubrir las exigencias mínimas del presupuesto familiar. Las familias pues, a medida que aumentaban las bocas que alimentar debían preocuparse de incorporar miembros al mercado laboral, so pena de entrar en situaciones de pobreza. Para ello disponían de varias opciones, desde el trabajo de las esposas hasta el trabajo de los jóvenes, desde la incorporación de algún familiar en edad de trabajar al seno del hogar para que ayudara con los gastos o  las tareas de la casa a la residencia en hogares múltiples con otras familias, parientes o no; en fin, hasta las soluciones más dramáticas, como eran la “expulsión” de miembros fuera del hogar de una manera más o menos traumática: hijas que se internaban como sirvientas en casas ajenas, envío de recién nacidos a la Inclusa, abandono de padres en asilos. En definitiva, la familia jornalera, a pesar de su tendencia claramente nuclear, tanto en sus estrategias de supervivencia como en las estructuras que adoptaba, demostraba una gran flexibilidad que le permitía adaptarse a las distintas fases por las que podía atravesar. Veámoslo más de cerca.

El recurso al trabajo de la esposa debía de ser una solución natural entre una población inmigrante rural acostumbrada a compartir el trabajo en las tareas agrícolas; sin embargo, como ya sabemos, el trabajo femenino en general y urbano en particular, aparece subregistrado en las estadísticas oficiales [40]. Un trabajo femenino asalariado que, cuando se daba, suponía una ampliación de la actividad laboral de la mujer realizada en el propio domicilio [41] y que de igual manera que la del varón era fundamental para la supervivencia del grupo familiar: el cuidado de los hijos y del resto de los miembros de la familia, así como la administración del gasto y el consumo del hogar. Las actividades, irrenunciables, que la mujer debía realizar como madre, limitaban drásticamente su capacidad de participar en un mercado de trabajo formalizado a ciertas actividades que pudieran ser compatibles: trabajo a destajo en el hogar, que muchas veces por su carácter doméstico, ha pasado sin dejar rastro en las estadísticas oficiales [42]. No obstante la invisibilidad y el subregistro del trabajo femenino, el examen de los padrones nos permite acercarnos a los trabajos renumerados que realizaban las esposas de los jornaleros.

           

profesiones esposas de      jornaleros 1860

profesiones esposas de jornaleros 1880

zapatillera

1

vendedora

1

vendedoras

5

sus labores

833

trapera

1

sirvientas

5

tapicera

1

sastra

1

sus labores

57

porteras

2

sirvientas

2

planchadoras

2

sastra

1

ninguna

36

quincallera

1

modista

1

nada

6

lavandera

9

modista

1

jornaleras

108

lavandera

15

fregona

1

jornalera

16

asistentas y domésticas

5

costurera

9

costureras

6

cocinera

1

carnicera

1

cicillera

1

aguadora

1

asistenta

1

 

 

ama de gobierno

1

 

 

aguadora

1

 

 

 

La primera categoría laboral en importancia entre las mujeres jornaleras era la etiqueta indefina de “sus labores”, muchas veces sustituida por fórmulas similares como “tareas propias de su sexo” o “su casa”. La sigue el grupo de las esposas que, al igual que sus maridos se reconocen como jornaleras y que implica la misma falta de precisión que las dedicadas a las tareas domésticas: ninguna de ellas especifica el lugar de trabajo, el sueldo ni aporta ningún dato que nos pueda ayudar en que consistía ese trabajo como jornaleras. Sin embargo, teniendo en cuenta que pocas eran las mujeres que  como jornaleras encabezaban un hogar, podemos sospechar que las que como tales trabajaban no gozaban ni de la consideración social, ni de los mismos salarios que los varones [43]. También podría ser que se tratara de mujeres dedicadas a ese abanico de trabajos socialmente considerados como femeninos (lavanderas, costureras, planchadoras), que generalmente no implicaban una gran cualificación y que permitían el desempeño de uno u otro según las ofertas de trabajo disponibles; en definitiva, una situación muy parecida a la del jornalero un día empleado en el tajo y otra descargando trenes. Pero en el caso femenino eran todos ellos trabajos que podían ser compatibilizados con la presencia en el hogar y el cuidado de los hijos menores, que en su mayoría pagados a destajo, se acercaban a las formas de organización del putting-out system. Un ejemplo clásico nos lo ofrece el sector textil, que si bien no conocía un desarrollo industrial en Madrid, sí empleaba a contingentes importantes de población femenina en la ciudad, quizá asociadas a talleres de carácter preindustrial, para los que trabajan a domicilio, seguramente a ritmos inconstantes y por un salario mísero, pero que ayudaba a completar el sueldo insuficiente del marido. Todavía a principios del siglo XX, Blasco Ibáñez nos describe el trabajo de estas esposas costureras madrileñas:

“[[A Feli] le era imposible volver á la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios menudos é insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría “flores” para los corsés, se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la fábrica de gorras. (...)

Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana [su marido], al despertar, veía á Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta en ella. Isidro, al volver á su casa á altas horas de la noche, tenía que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.

- Déjame acabar esa docena – decía sin levantar la cabeza, tenaz en el trabajo, deseosa de no perder un segundo. (...)

Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos paquetes, por cuyo trabajo daban á Feli unos cuantos reales. (...) Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades. Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas si trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas.” [44]

Otra de las maneras en las que podía contribuir la esposa con trabajo renumerado era en el servicio doméstico, como criada externa a la casa, una figura que si bien escasea en el XIX, irá aumentando a medida que las clases altas vayan encontrando más costoso el mantenimiento del servicio en las casas. Pero quizá dentro del servicio, la forma de trabajo más interesante para analizar sea la de portera, en la que encontraba especial acomodo la combinación de las labores del hogar propio y el ejercicio de un trabajo renumerado. De las 182 habitaciones calificadas como porterías en Chamberí, 92, la mitad, son hogares encabezados por jornaleros. Es fácil sospechar que en estos casos era la mujer la que se quedaba al frente de la portería mientras el marido buscaba emplearse en una obra o en un tejar de las cercanías. El trabajo, si bien podía no implicar la entrada de más dinero en casa, si estaba renumerado en especie, en la práctica totalidad de los casos por la exención del pago de alquiler, lo que suponía un colchón de seguridad en una vida, la de la familia jornalera, normalmente marcada por la inseguridad: asegurada la casa y sin tener que preocuparse por el pago del alquiler, las fluctuaciones de la oferta de trabajo en la construcción debían de parecer menos amenazantes.

Menos problemas de compatibilidad que la esposa, debían plantearse en la participación laboral de los hijos: sólo la corta edad y el interés por que fueran a la escuela habían de ser límites a su entrada en el mercado laboral. Sin embargo estos eran obviados en el momento en que era necesario la entrada de un nuevo salario en casa y los siete años podían ser un buen momento para buscar trabajo como nos cuenta Largo Caballero en sus memorias:

“Nací el 15 de octubre de 1869 en Madrid, en la Plaza Vieja de Chamberí, en cuyo terreno posteriormente se edificó la casa que en la actualidad ocupa la Tenencia de Alcaldía del distrito. (...)

Mi madre trabajaba de sirvienta. Yo vivía con un hermano suyo llamado Antonio, de oficio zapatero; era casado y tenía tres hijos, domiciliados en la Plaza de Chamberí en la casa medianera a la que yo nací. Mis primos, mayores que yo, me trataban como a un intruso que les comía su pan. (...)

Para ganar el pan que comía y cuando tenía siete años de edad, mi madre y mis tíos decidieron ponerme a trabajar. Después no he vuelto a pisar una escuela para recibir instrucción” [45]

En este momento comienza la vida laboral de Largo Caballero que sufrirá en sus primeros pasos todas las penurias que implicaba la vida del jornalero, agravadas por su condición de aprendiz; primero fue en la “fábrica de cajas de cartón” (que en realidad debía de ser un minúsculo establecimiento) de la que era vecino; en ella:

“Mi obligación consistía en dar engrudo al papel para forrar las cajas, y llevarlas a los comercios de Madrid, esto es, a los clientes. Este trabajo no era muy agradable porque se me cubrían las manos de sabañones ulcerados. Servir las cajas a la clientela me resultaba penoso, pues tenía que hacerlo lloviese o nevase, con frío o con calor, calzando alpargatas, casi siempre rotas aunque mi tío era zapatero.” [46]

El bajo salario (tan sólo un real) y las pocas expectativas de progreso hacen abandonar a Largo Caballero su primer empleo y buscarse un nuevo que mejor renumerado le sirviera también para aprender un oficio:

“Ser encuadernador me parecía algo extraordinario. ¡Manejar libros de ciencia! ¡Yo, que no había tenido en mis manos otros que la Cartilla, el Catón y el Fleury! Ésta era la ilusión, pero la realidad era otra. No hacía más que plegar papel, calentar los hierros para grabar las letras en las tapas de los libros y acompañar a la hija del maestro al mercado. Por esta labor recibía un jornal de dos reales (cincuenta céntimos) a la semana y todavía tenía que estar agradecido, pues en aquellos tiempos se consideraba como un favor que le enseñaran  a uno el oficio. ¡Residuos de la época gremial” [47]

El convencimiento de que bajo su contrato de aprendizaje se escondía una forma de explotación que poco tenía que ver con la formación profesional y la indignación que le produjo el ser pagado con moneda falseada, lleva al joven Largo Caballero a cambiar de nuevo de trabajo. Finalmente, tras un breve paso por un taller de fabricar cuerdas en que lo inolvidable era “el trato bestial y grosero que recibía, al igual que otros aprendices”, el niño acabará a los nueve años ingresando en una cuadrilla de estuquistas en la que aprenderá un oficio de alta cualificación en el que progresará pronto, pues a los diecisiete años ya era oficial y tenía dos ayudantes a su cargo. No obstante, bajo lo que podía parecer un oficio seguro y alejado de la pobreza y riesgos que implicaba la condición de jornalero, un oficio cualificado como el estuquista podía esconder situaciones de precariedad. Así Largo Caballero participará de los problemas que una economía madrileña, demasiado dependiente en su oferta de trabajo de las fluctuaciones de la construcción, planteaba a las clases populares, y como los simples peones de albañiles y los jornaleros que buscaban un jornal en los tajos y en las obras, deberá simultanear distintos tipos de trabajo.

“El oficio de estuquista, de tantos atractivos para mí, tenía sus quiebras. Era oficio de temporada; se trabajaba en primavera y el verano y el invierno se pasaba en paro forzoso. Para suplir, en parte, esa falta de salario, tenía que buscar otras ocupaciones suplementarias. Mi madre había dejado ya el oficio de sirvienta y se dedicaba a vender cosas que no exigían la inversión inmediata de mucho dinero  que eran de fácil colocación. Durante el invierno, la ayudaba en este comercio y no era raro encontrarme en algún mercado como el de San Ildefonso, ofreciendo tímidamente a las criadas de servir, pimientos, tomates y cosas semejantes. También iba por los campos recogiendo cardillos para venderlos al día siguiente.

Pero el recurso al cual acudía con preferencia, era trabajar en la “Villa”, esto es, al servicio del Ayuntamiento de Madrid o al de la Diputación Provincial. Muchas cunetas de las carreteras de la provincia y muchos de los hoyos para plantar pinos en la Dehesa de la Villa, los he regado con mi sudor. El municipio daba un jornal de una peseta y cincuenta céntimos por día, y la Diputación veinticinco céntimos más” [48]

La combinación de diversas ocupaciones y la colaboración entre los distintos miembros familiares, incluidos la esposa y los niños y jóvenes presentes en el hogar, eran parte cotidiana de las estrategias económicas que las familias jornaleras debían poner en juego para asegurar su supervivencia y afrontar el pago del alquiler de su vivienda.

Largo Caballero niño, su madre y su tío Antonio Caballero han desaparecido del padrón  de 1880, sin embargo sí encontramos a sus primos en la casa de la vieja plaza de Chamberí, en el bajo del nº 9. Quizá la muerte del tío de Largo Caballero precipitara la salida del joven sobrino (que por entonces tendría 11 años). Al frente de la casa estaba la tía del joven estuquista, mujer que con 44 años debe encarar los rigores de la viudedad. Siguen residiendo allí los tres primos de Largo Caballero: Antonio, Juan y Rafael Caballero, que por aquel entonces contaban con 17, 16 y 11 años respectivamente. Ellos eran, ante la muerte de padre, los que aportaban (al menos cara a la estadística oficial) el salario a la casa, trabajando los tres como jornaleros, mientras la madre se ocupaba de sus labores. Sin embargo estos tres sueldos no habían de ser suficientes para mantenerse y al tiempo pagar un alquiler excesivamente alto, de 25 pesetas; por ello convivían con ellos otra familia de cinco miembros, encabezada por un jornalero viudo de 75 años y completada por dos hijos varones de 32 y 25, la hija casada de 30 y el yerno de la misma edad. Con ello la familia Caballero había introducido en su casa cuatro varones más que trabajaban como jornaleros.

El ejemplo de la familia Caballero nos sirve para introducirnos en otro de los recursos a disposición de las familias cuando, aun introducidos en el mercado laboral el cabeza de familia, la esposa y los hijos, los salarios que obtenían no bastaban para hacer frente a los gastos cotidianos. En el cuadro que se presentaba anteriormente relativo a las estructuras familiares jornaleras se puede comprobar que junto a un predominio claro de la familia jornalera, existía una amplia gama de variedades en las formas de corresidencia que aparecían en un tercio de los hogares jornaleros: desde la familia troncal a la vivienda en que vivían varias familias jornaleras no emparentadas, desde la familia nuclear que acogía a un sobrino recién llegado hasta l que alquilaba una habitación a un inmigrante de paso. No son este tercio de familias extensas y múltiples un producto de la convivencia de diversos sistemas familiares entre la población jornalera de Chamberí, sino en realidad la manifestación de las distintas formas que coyunturalmente podía adoptar una familia nuclear ante distintas situaciones económicas [49]. Si cuando la miseria acechaba el trabajo familiar y el recorte de gastos en el consumo no bastaban para superar la crisis, siempre quedaba una salida: renunciar a un cuarto, a un rincón o una parte de la ya de por sí reducida vivienda para, alquilándola, obtener una fuente de ingreso más (realmente, para reducir el presupuesto familiar en una de sus variables, la de la vivienda).

La presencia de realquilados”, “huéspedes” y gentes que viven “en compañía” era una realidad muy extendida entre los jornaleros que habitaban en Chamberí. En 1860 los encontramos en 69 de los 331 hogares encabezados por jornaleros, y en 1880 en 456 de los 2105 hogares jornaleros. Sin embargo el recurso al hospedaje era más intenso y propio de ciertas fases del ciclo vital; lo era especialmente en los primeros años de la familia, en que se producía las fases más críticas de su ciclo vital, cuando se conjuraba el aumento del presupuesto familiar por el nacimiento de los hijos con la imposibilidad de la mujer de conseguir un trabajo renumerado, cuando las familias entraban en fases de pobreza que caben ser consideradas de tipo estructural. Entonces, toda reducción en el alquiler de la vivienda podía ser un gran alivio. Luego, cuando los hijos mayores trabajaran y contribuyeran a restablecer un cierto equilibrio presupuestario, se podría prescindir del recurso a los realquilados: la conversión de todas esas bocas que alimentar en brazos para trabajar podía proporcionar al padre jornalero una fase de desahogo cuando alcanzaba la cuarentena de años.

No obstante, la pobreza que empujaba a los jornaleros a subdividir casas no era un riesgo circunscrito a la juventud y a los primeros pasos de vida en familia, sino que reaparecía tras el periodo de cierta seguridad que podía proporcionar la acumulación de hijos trabajadores en casa, a medida que éstos abandonaban el hogar. Los matrimonios jornaleros de edad avanzada cuyos hijos se hubiesen emancipado eran también candidatos a recibir huéspedes, que les ayudaran a superar los problemas económicos. Además, cabía la posibilidad que la muerte se presentara de improvisto y que hiciera enviudar a uno de los cónyuges demasiado temprano, con hijos aún excesivamente jóvenes: en ese caso también el hospedaje podía ser una solución aceptable.

En consecuencia, el hogar de un jornalero podía ver pasar a muchos miembros diferentes a lo largo de su existencia, y aunque su tamaño rondara las tres o cuatro personas, en realidad solía alimentarse de muchas más que por un corto espacio de tiempo pasaban por él. Esta flexibilidad del hogar jornalero, que necesitaba crecer o disminuir según las circunstancias, nos lo puede ilustrar perfectamente el caso de Cirilo García Olivares, un jornalero que entre 1860 y 1880 residió en la calle Sagunto, 3 (barrio de Trafalgar) y cuya historia puede ser seguida a través de los padrones [50]:

En 1860 Cirilo García encabezaba una familia que ya podía ser considerada como madura: él tenía 40 años y su mujer, que se llamaba Antonia González, ya había cumplido los 44 con lo que se podía considerar que ya no llegarían más hijos al hogar. Era una familia  reducida para la que se podía esperar entre los jornaleros; tan sólo vivían con ellos dos hijos, varones, León y Manuel, de 11 y 5 años respectivamente. Era pues una familia nuclear que parecía poder mantenerse sin problemas con el trabajo como jornalero y jardinero (dos ocupaciones que simultanea Cirilo García en los distintos padrones) a pesar de pagar un alquiler relativamente alto de 11,25 pesetas (recordemos que el alquiler medio pagado por los jornaleros en 1860 era de 8,66 pesetas). El alquiler no será sin embargo un factor que influya en la evolución de la composición de la familia, pues se mantendrá en un precio relativamente estable rondando entre los 40 y 50 reales en este periodo de veinte años: los cambios en el núcleo familiar de Cirilo García y sus integrantes deben relacionarse con la puesta en marcha de distintas estrategias económicas familiares en las que influyen fuertemente la necesidad económica, la solidaridad sentida hacia la parentela más o menos extensa y puntualmente, el inapelable azar demográfico que en la sociedad preindustrial decide sobre el momento en que nacen y mueren las familias.

Como muestra de solidaridad intrafamiliar debemos considerar la acogida que en 1863 se provee a María Olivares, madre viuda de Cirilo García, que a sus 73 años, seguramente incapaz de mantenerse por sus propios medios, viene a instalarse en el hogar. Solidaridad porque el hogar de Cirilo debía pasar ya por un periodo de cierta estrechez económica, si no vino a provocarlo la llegada de la abuela viuda: la casa no sólo aumenta su tamaño hasta las 6 personas, con la incorporación además de un jornalero realquilado (Antonio Carrera, de 23 años) sino que también amplía el número de sus componentes que participan activamente en el mercado laboral formal: el cabeza, el nuevo realquilado que viene a reducir costes a expensas del disfrute íntegro de la vivienda por los García y el joven León, hijo mayor, que a sus 14 años desempeña ya el que será su oficio en lo sucesivo, la carpintería. Pero en estos años, la evolución de los García no es sólo producto de sus decisiones estratégicas, sino que debe mucho a la macabra lotería demográfica. En 1866, cuando Cirilo tiene 46 años y su hijo mayor León 17, se presenta reiteradamente la desgracia: tanto la mujer, Antonia, como el hijo menor de apenas 11 años, mueren. Al año siguiente, es la abuela la que los deja solos a padre e hijo en compañía de un realquilado Antonio Carrera que debía de ser ya como alguien más de la familia. Sin embargo la vida sigue y apenas un año después de caer en la viudedad, cuando Cirilo cuenta con 47 años, acepta en su hogar a Antera García, una asistenta viuda de 42 años que, si al principio podría parecer un nuevo huésped que venía a aportar un salario más con que afrontar el alquiler, se va a confirmar como un claro caso de mancebía hasta que ambos viudos decidan regularizar su situación y contraer matrimonio en segundas nupcias en la Iglesia de Chamberí en 1870. Entretanto, Antonio Carrera, aquel joven realquilado que ya era un miembro habitual de la familia, abandona el hogar tras cinco años de convivencia (en 1868) para comenzar una nueva vida, ya en una casa propia, ya con otra familia. El hueco que dejaba al marcharse hubo de notarse (al menos en lo económico) pues en los sucesivos años vamos a ver cómo junto a la nueva pareja van a convivir más realquilados, especialmente cuando León García, el hijo del primer matrimonio de Cirilo, se casó a los 24 años. Si conocemos el matrimonio de León con Teresa Yagüe, de apenas 20 años, es porque la joven pareja, en una práctica habitual entre las familias nucleares [50] para afrontar los duros comienzos de la vida en común, reside temporalmente en casa de Cirilo. Una estrategia troncal temporal que seguramente no sólo reportaba beneficios a la pareja recién casada, sino también a sus ascendientes, que durante los dos años (entre 1871 y 1873) en que convivieron, se vieron exentos de hacer recurso a un hospedaje que les era habitual: la gran parte del tiempo en que no estuvo presente la mujer de su hijo durante la década de los años 70, su plaza la ocupó una pareja de realquilados; en 1870 es una pareja encabezada por un tornero de 30 años, en 1874 un jornalero de 60 años y su mujer, en 1876 por otro jornalero de 66 años y su mujer de 59.

Este periodo de tiempo de convivencia con realquilados se cerrará con un retorno de los hijos al hogar; pero no de León, el hijo carpintero de Cirilo que se había casado, sino con el de los descendientes del anterior matrimonio de su segunda esposa, Antera García, con los que el jornalero de Sagunto 3 había adquirido seguramente un compromiso de solidaridad al formar una nueva familia. Así, en 1879, vemos aparecer en el hogar de esta pareja ya anciana de jornaleros (Cirilo tenía 69 años, lo que era sin duda una edad avanzada para un trabajador sin cualificación ni trabajo estable) a Encarnación Alcober García, hija de Antera. Era Encarnación una costurera de 36 años cuyo marido, tal y como nos informan ellos mismos en la hoja del padrón, había desaparecido hacía 17 años, dejándola al cargo de un hijo (al menos) que por aquel entonces tenía tan sólo un año. El muchacho, de nombre Eugenio, había cumplido pues los 18 años y era ebanista, y junto a su madre había venido a residir con su nuevo abuelo. Y así permanecían en 1880, viviendo bajo una forma peculiar de familia en que la argamasa no era tanto los lazos sanguíneos como la solidaridad surgida de la necesidad y penuria que imponía la vejez de los abuelos, el desamparo de la esposa joven abandonada y la juventud del nieto, ninguno de los cuales habría tenido demasiadas posibilidades de sacar su vida adelante por separado.

Conclusión: Sobre el desarraigo de los jornaleros inmigrantes en la gran ciudad.

La evolución de la familia de Cirilo García no es una historia mínima, anecdótica e insignificante; nos revela de forma excepcional una de las cualidades de la familia jornalera madrileña del siglo XIX y en consecuencia una de las características de este tipo de población: la maleabilidad y capacidad de adaptación de sus hogares como uno de los recursos para hacer frente a un ambiente que les era hostil, en un contexto de escasez de trabajo, de bajos salarios, de ínfima calidad de vida (marcada aún por las crisis de mortalidad epidémica y por la falta de una oferta de vivienda adecuada a sus necesidades y pobreza). En los 20 años en que hemos rastreado la vida de Cirilo, este jornalero procedente del pueblo madrileño de Colmenar de Oreja, residió siempre en la misma casa del viejo arrabal de Chamberí, en grupos familiares que oscilaron entre las dos y los seis miembros, pero que al cabo del tiempo habían obligado a nuestro protagonista a convivir con un total de 15 personas con las que debió establecer relaciones de más o menos duración e intensidad y sin las que difícilmente él y sus compañeros de viaje habrían corrido la misma suerte: a los 60 años, en el horizonte de un jornalero viudo estaba demasiado presente el asilo benéfico y la muerte, pero mucho más para una viuda como su segunda esposa; para una joven abandonada por su marido que aspiraba a sobrevivir de unas labores de costura que, como se vio, unían largas horas de trabajo a un salario ridículo, Madrid le ofrecía una expectativa no más agradable: la prostitución [51]. Sin duda ese fue el destino de otros muchos jornaleros inmigrantes que pasaron por el Chamberí del siglo XIX y que no dispusieron de una familia que les acogiese a su llegada o que no supieron establecer relaciones nuevas con una masa de población que estaba en una situación semejante a la suya; historias más dramáticas que habrán de encontrar ocasión para ser reflejadas. Sobre este abanico de trayectorias vitales desiguales, la del jornalero inmigrante que se establece a duras penas en la ciudad, la del que no lo consigue y es expulsado por la escasez del trabajo, o la del que cae en la mendicidad que acorta su vida y acelera su muerte en un asilo, se produce el crecimiento notable de un Madrid que dobla su población entre 1850 y 1900, que alrededor de su centenaria cerca despliega lujosas calles y modernos edificios junto a viviendas obreras pobretonas y carentes de toda infraestructura urbana a su alrededor, sin que para ello se haga necesario la aparición de signos de una modernidad industrializadora. Los que eran imprescindibles en cambio, eran estos inmigrantes jornaleros.

 Apéndice.

 Gráfico 1.- Pirámide de jornaleros según su inserción en el hogar 1860


Gráfico 2.- Pirámide de jornaleros según su inserción en el hogar 1880

 

  

Notas

[1] Datos en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: “La sociedad madrileña en el siglo XIX” en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio (dir.): Historia de Madrid, Editorial Complutense, Madrid, 1993, pág. 481.

[2] Íbid., 479

[3] Un rico estudio sobre las características urbanísticas del ensanche en Díez de Baldeón, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX. Madrid, Siglo XXI, 1986. y en Brandis, Dolores: El paisaje residencial en Madrid. Madrid, MOPU, 1983.

[4] BAHAMONDE, Ángel y OTERO, Luis Enrique: “Madrid, de territorio fronterizo a región metropolitana”, en FUSI, J.P.: España. Autonomías Madrid, Espasa, 1989, pp.517-613, especialmente pp. 555-556 y BAHAMONDE, Ángel y OTERO, Luis Enrique: “Quietud y Cambio en el Madrid de la Restauración” en Bahamonde Magro y Otero CARVAJAL (eds.): La sociedad madrileña durante la Restauración 1876-1931. 2 Vols. Madrid, Comunidad de Madrid – Alfoz, 1986, pp. 24-26, vol.1

[5] FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: op. Cit. 503.

[6] DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pág. 107.

[7] BAHAMONDE, Ángel: “El mercado de mano de obra madrileño (1850-1874)” en Estudios de Historia Social, 15, 1980, pp. 143-146

[8] FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: op. Cit., pp.479-487; FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: “La población madrileña entre 1876 y 1931.El cambio de modelo demográfico” en BAHAMONDE MAGRO, A. Y OTERO CARVAJAL, L.E.: La sociedad madrileña durante la Restauración, 1876-1931.” Comunidad de Madrid, 1989. Vol. I, pp.29-76. Toro Mérida, Julián: “El modelo demográfico madrileño”, Historia 16, 59, marzo de 1981, pp.44-51.

[9] A propósito, cfr., por ejemplo, Bahamonde, Ángel, y Toro, Julián: “Mendicidad y paro en el Madrid de la Restauración”, Estudios de Historia Social, 7, pp. 353-384.

[10] Fernández, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Barcelona, Vicens Vives, 1985, en la que se dan numerosos ejemplos de la distinta incidencia de las crisis de mortalidad epidémicas según la pertenencia social.

[11] CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995. Me refiero especialmente a las conclusiones del Capítulo III: “Flujos migratorios y destinos de los emigrantes”, pp. 88-91, y del Capítulo 4: “Actividad económica y movilidad ocupacional”, pp. 119-132.

[12] BAHAMONDE, Ángel: “El mercado de mano de obra madrileño (1850-1874)” en Estudios de Historia Social, 15, 1980, pp. 156-163.

[13] Aunque referidos a la evolución social general de España, son especialmente esclarecedores los apartados “El pueblo: mentalidad y conciencia” y “[trabajadores y grupos sociales urbanos] del texto (por otro lado muy apoyado en la realidad social madrileña) de FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y RUEDA LAFFOND, José Carlos: “La Sociedad: los grupos sociales” en Los fundamentos de la España Liberal (1834-1900): La sociedad, la Economía y las formas de vida. Tomo XXXIII dirigido por Antonio Fernández García de la Historia de España fundada por Ramón Menéndez Pidal, Espasa, Madrid, 1997. pp 167-175.

[14] Sobre el valor de la información contenida en los padrones y las posibilidades que ofrece para la Historia Social, ya me referí en PALLOL TRIGUEROS, Rubén: “El distrito de Chamberí: estudio microhistórico de un espacio urbano en transformación” (comunicación presentada al IV Congreso de Historia Local de Aragón, Julio de 2003, Actas en prensa). Un planteamiento metodológico parecido es el de González Gómez, Santiago y Redero San Román, Manuel: “Análisis metodológico de dos fuentes de Historia Social: los padrones municipales y las matrículas industriales” en Santiago Castillo (coord..) La Historia Social en España. Actualidad y perspectivas. Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 1991. pp. 507-520. Un excelente ejemplo de la explotación de esta fuente para un estudio de historia urbana en Otero Carvajal, Luis Enrique Carmona Pascual, Pablo y Gómez Bravo, Gutmaro: La ciudad oculta. Alcalá de Henares 1753-1868.  El nacimiento de la ciudad burguesa. Fundación Colegio del Rey, Alcalá de Henares, 2003.

[15] La bibliografía existente sobre la evolución de Chamberí es de muy desigual calidad, y en ningún caso alcanza a ofrecernos un retrato general del distrito, al menos en los términos que aquí se han planteado. Sí encontramos trabajos con un estudio documental importante en lo relativo a su evolución como zona del Ensanche madrileño en el libro conjunto de E. CANOSA ZAMORA, J. OLLERO CARRASCO, J. PENEDO COBO, I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: Historia de Chamberí. Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1988. Sin embargo, para la elaboración del esbozo histórico que se presenta a continuación se ha debido recurrir a otras obras de carácter general, cuyo centro de interés es la ciudad de Madrid pero que contenían valiosas informaciones acerca del distrito. De especial interés resultan para el estudio de Chamberí en su evolución estrictamente arquitectónica los apartados que le dedican Brandis, Dolores: El paisaje residencial en Madrid. Madrid, MOPU, 1983 y Díez de Baldeón, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX. Madrid, Siglo XXI, 1986. Una esclarecedora exposición sobre los condicionantes para el desarrollo del Ensanche en esta zona en I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: “Un desarrollo tardío del Ensanche Norte: el sector occidental del distrito de Chamberí” en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, Madrid, CSIC, tomo XXIV, 1987, pp. 499-513. M. E. Ruiz Palomeque: “Desarrollo urbano de la zona Argüelles Chamberí” en VV.AA.: Establecimientos tradicionales madrileños. 5. El Ensanche: Argüelles y Chamberí. Madrid, Cámara de Comercio e Industria, 1985. pp. 29-52. y E. CANOSA ZAMORA: “La periferia Norte de Madrid en el siglo XIX: cementerios y barriadas obreras” en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, CSIC, Tomo XXIV, 1987, pp. 515-533.

[16] Los límites de Chamberí, lo que primero fue un arrabal, después un barrio, finalmente un distrito cuyas fronteras han sufrido múltiples modificaciones, fluctúan a lo largo de su historia. Por eso, para asegurar la  coherencia del presente  estudio se ha optado por adoptar los límites actuales del distrito. Una clara visión de la evolución de la división administrativa de Madrid en GILI RUIZ, Rafael y VELASCO MEDINA, Fernando: “Ayuntamiento y administración municipal” en Madrid. Atlas histórico de la ciudad. 1850-1939. Centro de documentación y estudios para la historia de Madrid, Madrid, 2001; pp. 300-307.

[17] El proyecto de Ensanche para la ciudad de Madrid en Bonet Correa, Antonio (ed.): Plan Castro, COAM, Madrid, 1978.

[18] Estas cifras, así como el resto de la información relativa a Chamberí, son el resultado de un tratamiento sistemático realizado por el autor  de la información contenida en los padrones de dichos años conservados en el Archivo de la Villa de Madrid, sección Estadística.

[19] Acerca del fracaso del Ensanche burgués y las razones socioculturales que lo produjeron, entre las que destaca la poca implicación de una burguesía rentista y poco emprendedora: Bahamonde, A.,: El horizonte económico de la burguesía isabelina. Madrid 1856-1866. Madrid, UCM; Mas, Rafael: El barrio de Salamanca. Madrid, Instituto de estudios de Administración local, 1982. Un resumen en JULIÁ, Santos: “Un Ensanche para Madrid” en JULIÁ, Santos; RINGROSE, David; SEGURA, Cristina: Madrid. Historia de una capital. Alianza Editorial, Fundación Caja de Madrid, Madrid, 1994, pp. 299-313.

[20] Elaboración propia a partir de  los padrones de 1860 y 1880.

[21] Un buen retrato del paisaje urbanístico de esta zona en RODRÍGUEZ CHUMILLAS, Isabel: “Un desarrollo tardío del Ensanche Norte: el sector occidental del distrito de Chamberí”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, T.XXIV, 1987, pp. 499-513.

[22] El texto fundamental al respecto es el de FERNÁNDEZ, Antonio: La población madrileña entre 1876 y 1931. El cambio de modelo demográfico” en BAHAMONDE MAGRO, A. Y OTERO CARVAJAL, L.E.: La sociedad madrileña durante la Restauración, 1876-1931.” Comunidad de Madrid, 1989. Vol. I, pp.29-76. Referencias también en DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 53-58. Ambos estudios, en gran medida son deudores de los datos aportados por el importante trabajo de un contemporáneo: REVENGA, Ricardo: La muerte en Madrid. Madrid, 1901

[23] Toro Mérida, Julián: “El modelo demográfico madrileño”, Historia 16, 59, marzo de 1981, pp.44-51.

[24] Bahamonde Magro, Ángel, y Toro, Julián: Burguesía, especulación y cuestión social en el Madrid en el siglo XIX, 1978; pp. 259-260.

[25] Datos de la elaboración propia a partir de los padrones de 1860  y  1880.

[26] Toro Mérida, Julián: Op. Cit, pág.

[27] Para una descripción de las diferencias sociales ante la muerte es fundamental Fernández, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Barcelona, Vicens Vives, 1985, en que la epidemia se alza en eficaz “fiscal de las fallas urbanísticas”; los barrios bajos fueron estudiados por DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 85-116, en el que se aporta una valiosa bibliografía.

[28] PARADA, Diego Ignacio: Higiene del habitante de Madrid ó advertencias reglas y preceptos para la conservación de la salud, preservación de las enfermedades y prolongación de la vida en esta córte. Madrid, Imprenta de M. Minuesa, 1876. pp.23-24.

[29] CHICOTE, César: La vivienda insalubre en Madrid. memoria al alcalde vizconde de Eza. Madrid, Impr. Municipal, 1914.pp. 48. Es interesante la consulta de esta obra porque aparte de un estudio en que se identifican los puntos de la ciudad en que se daba la mayor mortalidad por enfermedades infecciosas, los ilustra con un amplio repertorio de fotografías en los que se hacen evidentes las causas de las epidemias: un tipo de vivienda incompatible con cualquier rasgo de higiene.  También Antonio Fernández destacaba para una época anterior las manzanas de las calles de Meléndez Valdés y Fernández de los Ríos a las que nos referimos como uno de los focos de extensión del cólera que asedió a Madrid en 1885. Fernández, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Barcelona, Vicens Vives, 1985; pág. 179.

[30] Acerca del valor de la historia de la familia como análisis multidisciplinar que abarca múltiples campos temáticos, véase REHER, David-Sven: Familia, población y sociedad en la provincia de Cuenca, 1700-1970, Siglo XXI – CIS, Madrid, 1988, especialmente la “Introducción”; la justificación metodológica de los distintos enfoques aquí adoptados, que no podría encontrar espacio en una reducida comunicación, se encuentra en su mayor parte en REHER, David Sven: La familia en España. Pasado y presente. Alianza Editorial, Madrid, 1996.

[31] Al respecto, véase el estudio de MENDIOLA GONZALO, Fernando: Inmigración, Familia y Empleo. Estrategias familiares en los inicios de la industrialización, Pamplona (1840-1930). Bilbao, Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 2002, muchos de cuyos planteamientos han sido tomados prestados para el presente apartado.

[32] Y sin embargo, en una descripción como la que hace Baroja de un joven inmigrante que llega a Madrid en el cambio de siglo, como es el Manuel de La Lucha por la vida  (vid. BAROJA, Pío: La Busca, Caro Raggio Editor, Madrid, 1972), la familia está muy presente al menos en su llegada; recordemos tan sólo que el protagonista se instala primero en la casa que sirve su madre, para luego habitar con un tío suyo zapatero. Acerca de la base de realidad sobre la que se asientan las creaciones de ficción de Baroja y especialmente sobre el asunto de la inmigración a Madrid, DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 53-58.

[33] Así, en 1860, de los 74 jornaleros recién llegados a Chamberí (es decir, aquellos que tienen menos de dos años de residencia, 27 eran cabezas de familia, 19 residían en casa de algún familiar (ya su hermano, ya su padre) y 28 lo eran realquilados. En 1880, de los 540 jornaleros recién llegados a Chamberí, 219 son cabezas de familia, 219 eran cabezas de familia, 162 residen en casa de algún familiar y 156 lo hacían como realquilados. (Elaboración propia a partir de los datos del padrón de Chamberí en 1860 y 1880).

[34] Toro Mérida, Julián: Op. Cit.

[35] Enriqueta Camps, en su estudio de la formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo XIX, certifica como son estas familias que se encuentran en “fase crítica” en que es más difícil afrontar el presupuesto familiar (muchas bocas que alimentar y pocos brazos que trabajen), las que constituían el grueso de la población inmigrante a Sabadell. CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995; pp. 98-103.

[36] Para la clasificación de estructuras familiares en buena medida se ha seguido el modelo que en su día propusiera Laslett y que ha sido ampliamente utilizado por los historiadores de la familia a partir de entonces; en el caso de España en buena medida siguiendo la estela de los trabajos de David Sven Reher. Sin embargo se ha creído conveniente introducir determinadas modificaciones ya que el modelo clásico, generalmente aplicado a poblaciones pequeñas, muchas veces de carácter netamente rural o agrario, se muestra incapaz de reflejar un fenómeno de naturaleza urbana: la presencia de realquilados, la convivencia de las familias en la ciudad junto a extraños al ámbito familiar con los que se decide compartir el alquiler. Para solucionarlo, junto a la tipología clásica de estructuras familiares, se han introducido tres nuevas clasificaciones: realquilados sin núcleo familiar, que reúne a aquellos que comparten hogar sin que medie relación familiar de por medio; familias pseudoextensas, en las que se recoge aquellas familias nucleares que se ven obligadas a extender el tamaño de su hogar como miembros con los que no mantiene vinculo familiar alguno; múltiples realquilados, en la que se consignan aquellos hogares con varios núcleos familiares sin parentesco entre ellos (a diferencia de las múltiples troncales y las múltiples colaterales).

[37] Comisión de reformas Sociales, tomo I: "Información oral practicada en virtud de la Real Orden de 5 de diciembre de 1883" Madrid, 1889, pág. 224, citado en DEL MORAL RUIZ, Carmen: Op. Cit. 81

[38] Y sin embargo, los datos ofrecidos a la comisión de reformas sociales parecen bastante verosímiles; obsérvese por ejemplo, el precio del alquiler, de 0,50 pesetas al día, que son 15 pesetas al mes. Anteriormente, cuando hemos ofrecido los alquileres medios que pagaban los jornaleros en Chamberí, hemos visto que su precio era de 13,34 pesetas.

[39] Todas las descripciones elaboradas a partir del padrón de 1880.

[40] Un texto que demuestra este subregistro del trabajo femenino, aunque sea para otro tiempo y otro contexto económico y laboral diferente al del Madrid de fines del XIX, es el de CAMPS CURÁ, Enriqueta: “De ocupación sus labores. El trabajo de la mujer en los albores del siglo XX (Sabadell, 1919-1920) en GONZÁLEZ PORTILLA, Manuel y ZÁRRAGA SANGRONIZ, Karmele (eds.): IV Congreso de la Asociación de demografía histórica – Historia de la población, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1999; pp. 549-562. En él la autora comprueba como muchas de las mujeres que figuran en el padrón industrial de la ciudad, entre las que había obreras de alta cualificación y de carreras profesionales largas, se inscribían en el padrón del Ayuntamiento como mujeres dedicadas a sus labores.

[41] No es esta ocasión de insistir en la obsolencia del binomio trabajo asalariado masculino y productivo frente a trabajo femenino doméstico complementario y reproductivo; un buen enfoque del papel que juega la mujer en la economía  a partir de fuentes muy similares a las aquí utilizadas en Otero Carvajal, Luis Enrique Carmona Pascual, Pablo y Gómez Bravo, Gutmaro: La ciudad oculta. Alcalá de Henares 1753-1868.  El nacimiento de la ciudad burguesa. Fundación Colegio del Rey, Alcalá de Henares, 2003; p. 197-220.

[42] Otero Carvajal, Luis Enrique Carmona Pascual, Pablo y Gómez Bravo:  Op. cit  pág. 199.

[43] En 1860, de los 331 hogares encabezados por jornaleros en Chamberí, en sólo 11 se encontraba una mujer al frente; en 1880 eran únicamente 33 de los 2106 hogares jornaleros.

[44] BLASCO IBÁÑEZ, Vicente: La Horda. Prometeo, Valencia, 1919. pp. 255-260. La primera edición de la obra es de 1905.

[45] LARGO CABALLERO, Francisco: Mis recuerdos. Cartas a un amigo Ediciones Unidas, S.A., México D.F., 1976; pp. 24-25.

[46]  Íbid. Pág. 25

[47] Íbid. Pág. 25

[48] Íbid. Pág. 28-29.

[49] Aquí se sigue a Reher en su consideración de que la solidaridad entre miembros de un parentesco más o menos extenso para la elaboración de estrategias de supervivencia coyunturales era una de las características inherentes al funcionamiento de la familia nuclear, frente a una familia troncal, vinculada a un sistema hereditario rígido en que se aseguraba el mantenimiento de la unidad familiar y de patrimonio con los miembros que permanecían en el hogar, ya por pertenecer a generaciones pasadas, ya por quedar condenados al celibato en beneficio de la herencia única del primogénito. Obviamente, para una población jornalera, carente de toda propiedad, ni tan siquiera la constituida por el conjunto de saberes y herramientas que implica el desempeño de un oficio cualificado como el de los artesanos, la existencia de pautas de actuación familiares troncales, puede ser descartada. REHER, David S.: La familia en España. Pasado y presente. Alianza Editorial, Madrid, 1996, pág. 69 y ss.

[50] La historia de la familia de Cirilo García ha sido reconstruida a partir de los datos contenidos en los padrones madrileños de los años 1860, 1861, 1863, 1865, 1866, 1867, 1868, 1869, 1871, 1873, 1874, 1876, censo de 1877, padrón de 1879 y de 1880. Archivo de Villa de Madrid, sección de Estadística.

[51] REHER: Op. Cit. Pág. 115 y ss.

[51] Para el estudio de la prostitución en Madrid nos remitimos de nuevo al estudio de DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 141-160 y al artículo de CUEVAS DE LA CRUZ, Matilde y OTERO CARVAJAL, Luis Enrique: “Prostitución y legislación en el siglo XIX. Aproximación a la consideración de la prostituta madrileña” en GARCÍA NIETO, María del Carmen (ed.): Ordenamiento jurídico y realidad social de las mujeres. UAM, Madrid, 1986, pp. 247-255. Más recientemente, GUEREÑA, Jean-Louis: La prostitución en la España Contemporánea. Marcial Pons, Madrid, 2003. Es también fundamental la consulta de obras de la época entre las que destaco: ESLAVA, R.: La prostitución en Madrid. Apuntes para un estudio sociológico. Madrid, 1900 y BERNALDO DE QUIRÓS Y LLANAS AGUINALEDO, José María: La mala vida en Madrid .Estudio psicosociológico con dibujos y fotografías del natural, Madrid, Rodríguez Serra, 1901 (reeditado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en 1998).

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