| ||||||
Madrid, que en 1850 contaba con 221.707 habitantes, en
sólo medio siglo consiguió duplicar con creces
su población, para alcanzar en 1900 las 539.835 personas inscritas en sus registros[1].
Como ya se ha destacado, este crecimiento no supone un fenómeno espectacular en un
contexto de urbanización europea mucho más intenso[2], pero si nos da una buena
medida de la capacidad de crecimiento urbano de una ciudad que a diferencia de otras
aglomeraciones europeas, careció de un verdadero proceso industrializador. Tal carencia
puede explicar el carácter atenuado de ese crecimiento, pero no debe conducirnos a
caracterizar el periodo como el de la reproducción de las viejas estructuras
socioeconómicas preindustriales en una sociedad estancada que se perpetúa a sí misma en
el tiempo. Bajo la aparente quietud de un Madrid en que los centros industriales, si
existen, son anecdóticos, en que aún predomina el pequeño taller y el mundo de los
oficios y en que la clase obrera industrial de tipo manchesteriana brilla por su ausencia,
se producen una serie de cambios que en ese medio siglo van a transformar profundamente la
ciudad. El más llamativo de estos cambios es la puesta en marcha del Ensanche que, tras
el definitivo derribo de la cerca en 1868 tras la que se encastillaba la ciudad desde
tiempos de Felipe IV, va a permitir que Madrid se extienda y se reforme de acuerdo con las
pautas de segregación socioespacial propias de la urbanización europea del siglo XIX y
que rompen profundamente con la ciudad preindustrial en que convivían en amalgama los
distintos grupos sociales[3]. En la conquista que hace de su perímetro, vemos
surgir en Madrid barrios burgueses como el de Salamanca o el conformado por los lujosos
hotelitos que recorren el Paseo de la Castellana y barrios obreros de casas de vecindad
como el de Vallehermoso o el de las Peñuelas sin que para ello haya de mediar la
aparición de grandes concentraciones fabriles. Esta
paradoja, la de la germinación (con muchas limitaciones) de una ciudad moderna sin mediar
industrialización no puede ser comprendida sin referencia a la naturaleza dual[4]
de un Madrid en que se yuxtaponen las dinámicas sociales, económicas, políticas y
culturales de, por un lado, su condición de capital de un estado liberal en progresiva
construcción y por otro, los caracteres propios de una ciudad preindustrial cuya
configuración social sigue profundamente marcada por el mundo de los oficios. Así,
resulta que en la ciudad que acogía a las más importantes sociedades financieras del
país y en la que confluía una red de transportes y de comunicación modernizada por el
ferrocarril o el telégrafo, era el artesano que trabajaba en un pequeño taller en que se
mantenía la solidaridad gremial por encima del sentimiento de pertenencia de clase, junto
al pequeño tendero o al rentista inmobiliario los que marcaban la impronta de la vida
económica. En definitiva, la evolución de Madrid en la edad contemporánea se resuelve
en la tensión entre la pulsión modernizadora del Madrid capital del Estado y la quietud
e inercia derivadas de la ciudad de los oficios. En lo que
a la evolución de la composición social madrileña se refiere, esta tensión desemboca
en una profundización del lento proceso de disolución gremial iniciado en 1836 con la
abolición de los gremios y en la adquisición de protagonismo de la figura del jornalero
que cuantitativamente y cualitativamente va cobrando importancia entre las clases
populares. Basta cualquier contacto, por superficial que sea, con una fuente documental
tan fundamental para el conocimiento de la sociedad decimonónica como son los censos y
los padrones, para que se haga patente, para el caso madrileño, la progresiva
jornalerización de las clases populares: en el censo de 1797 se contabilizaban 6.185, que
ascendían a 11.049 para 1848 en los recuentos de Madoz, a unos 20.000 en 1880[5] y
a 51.993 en 1898[6]. Este fenómeno puede ser a su vez contextualizado en esa
brecha entre quietud y cambio, inercia y transformación a la que hacíamos referencia. El
aumento de los jornaleros en Madrid se explica por su particular configuración de mercado
de trabajo[7]: estos trabajadores de escasa o nula cualificación, un día
empleados en las obras públicas, otro como albañiles, el siguiente como mozo de cuerda y
entretanto empujados a la mendicidad o al recurso a la beneficencia, son en general
inmigrantes procedentes de medios agrarios que acuden a Madrid en busca de oportunidades
de subsistencia y que se encuentran con unas estructuras socioeconómicas en las que el
predominio de una producción artesanal, organizada en negocios familiares en las que el
parentesco juega un papel vital en la transmisión de saberes profesionales y en la
inserción laboral, se muestra incapaz de absorberlos e insertarlos como trabajadores con
un oficio estable. Las continuas riadas migratorias hacen crecer la ciudad de Madrid pero
esta se muestra incapaz de transformar sus bases económicas para acoger a los recién
llegados. De nuevo la paradoja entre quietud económica y pulsión urbanizadora. El modelo
de crecimiento demográfico madrileño en el siglo XIX nos es bien conocido a partir de la
obra de Antonio Fernández García[8]: en él la inmigración se convierte en un
elemento vital para sostener ese crecimiento, ya que hasta bien entrado el siglo XX, las
altas tasas de mortalidad, superiores en casi todo los años del periodo a las de la
natalidad, hacen de Madrid una ciudad incapaz de asegurar su propia reproducción
demográfica. La capital seguirá siendo en el siglo XIX una devoradora de humanidad que
necesita de las intensas corrientes de inmigración para mantenerse y crecer. En este
sentido resulta relevante preguntarse por los motivos que pudieron mantener vivas esas
corrientes de inmigrantes expulsados del campo que durante todo el siglo XIX acuden a un
Madrid que carece de industrias generadoras del empleo para acogerlos; por qué razón
insistían aquellos hombres y mujeres en llegar a una ciudad en la que su condición de
recién llegados sin oficio estable los hacía candidatos preferentes para ser objeto de
la persecución de unas autoridades celosas del mantenimiento del orden frente a mendigos
y parados[9], una ciudad en la que las epidemias y crisis de mortalidad y
subsistencia encontraba en esta población desposeída su víctima ideal[10]. Cómo
entender esta obcecación del inmigrante a Madrid que carece, aparentemente, del más
mínimo signo de racionalidad económica en su decisión. Para
entender este fenómeno se hace preciso ponerlo en relación con las formas en que se
fueron conformando los mercados laborales en el proceso de implantación del capitalismo y
en los de los primeros impulsos de la industrialización. Camps, en su estudio de la
formación del mercado laboral industrial en Cataluña ha demostrado cómo la aparición
de un proletariado industrial en Cataluña se produjo gracias a la preexistencia de una
población manufacturera y de trabajadores cualificados
cuyo crecimiento natural aseguró la mano de obra que el impulso industrializador
exigía. Como queda claro en su estudio, el trasvase de población desde medios agrícolas
a la fábrica era en el contexto de la primera industrialización un camino más tortuoso
de lo que hemos tendido a considerar[11]. Al trabajador expulsado de un campo en
que faltan las tierras y el trabajo estable, al llegar a la ciudad no se le abrían las
puertas de la fábrica, pues ésta, especialmente en los inicios del proceso
industrializador en que aún no existe una mecanización importante que permita el empleo
de mano de obra descualificada, en una concentración fabril en que predomina el
motor de sangre sobre la máquina de vapor, lo que ésta demanda precisamente
es una trabajador con ciertos conocimientos y cualificaciones de las que el inmigrante
campesino carece. El inmigrante del campo, sin oficio ni más recursos que su propia prole
(proletario, pues, en el sentido más clásico de la palabra) ha de dirigirse hacía otras
ofertas de trabajo que la ciudad del XIX le ofrece: trabajar hoy como mozo de cuerda y
mañana como albañil, su mujer como lavandera, intentar colocar a sus hijos al servicio
de algún potentado o con suerte en la modesta tienda de algún familiar afortunado.
Existía por tanto, toda una masa de población que al acudir a las ciudades buscaría un
empleo como jornalero no fabril y que encontraría en Madrid su perfecto lugar de destino. Porque
Madrid, a pesar de presentar esas estructuras económicas propias del mundo de los
oficios, en que quedaban cerradas a los inmigrantes las vías de inserción en un
artesanado y un pequeño comercio en que el empleo circulaba a través de las redes de
parentesco, no dejaba de ser en la segunda mitad del XIX, una ciudad de las oportunidades
para el jornalero. El propio proceso de crecimiento urbano hizo proliferar el empleo en la
construcción tanto de inmuebles privados como en obras públicas de infraestructura (como
las del abastecimiento de agua del Canal de Isabel II, pero también el despliegue de las
nuevas tramas viarias del Ensanche o las obras de remodelación interna del casco antiguo
de la ciudad). Además, el carácter de capital administrativa y política de la ciudad
hace menudear en ella una serie de empleos al alcance de los más humildes: conserjerías,
guardias de seguridad, jardineros o guardas de arbolado... También, al convertirse Madrid
en sede de la elite política, social y económica del Estado liberal, florecen muchos
otros empleos, especialmente en el servicio doméstico, que podían suponer una
aspiración lógica para los inmigrantes. Finalmente, esa misma condición de sede de la
elite hace pasar por Madrid a las mayores rentas de España, que si bien no se dirigen
hacia la inversión, si contribuyen a crear una red de establecimientos benéficos y
asistenciales, e incluso a mantener a una extensa población de mendigos y pobres (como
corte de los milagros insistentemente reflejada en la literatura de la época) que vive
exclusivamente de la caridad de los grandes señores. Ángel Bahamonde ha identificado
incluso un periodo entre 1857 y 1865 en que, gracias a la demanda de empleo generada por
la construcción del ferrocarril y las grandes obras iniciadas para ensanchar la capital,
se produjo una situación de pleno empleo en la que los salarios ascendían e
incluso se barajaba la posibilidad de acudir al ejército y a los reclusos penitenciarios
para paliar un problema de escasez de brazos[12]. Madrid, en definitiva, ofrecía
una estructura de oportunidades al inmigrante sin cualificación que podía hacer de ella
un destino, si no idóneo (pues la muerte, la marginación social y la pobreza eran
amenazas reales), sí al menos preferible a la permanencia en su lugar de origen o el
traslado a otras ciudades. Con todo
esta realidad jornalera que representa una de las configuraciones sociales más
significativas del Madrid de la época, nos sigue siendo en gran parte desconocida. Bajo
la denominación de jornalero se esconde en las estadísticas oficiales y en
la literatura de la época un amplio contingente de la población de los estratos
populares que no cabría encuadrar entre los miembros de una ciudad preindustrial
artesanal en decadencia pero que tampoco representa un signo de la industrialización que
sí se daba en otras latitudes pro que era inexistente en Madrid. A falta de obreros e
industria, Madrid sí en cambio puede ser considerada una ciudad de jornaleros. De hecho
la del jornalero puede representar una figura original y coherente con la particular
evolución de la ciudad de Madrid condicionada por su naturaleza dual señalada más
arriba. Una figura que se inserta con comodidad junto al artesano, al criado, al pequeño
comerciante y al mendigo en el fresco heterogéneo de las clases populares madrileñas,
con las que comparte experiencias comunes y una cierta mentalidad y conciencia cohesionada
en torno al concepto de pueblo[13]. Empero,
sin embargo, bajo la burocrática denominación de jornalero se ocultan en los censos y
padrones decimonónicos una población muy diversa no sólo porque se trataba de
trabajadores que desempeñaban muy variados oficios, sino porque experimentaban muy
distintas condiciones y formas de vida. Diversidad que hasta ahora no ha sido lo
suficientemente retratada en los estudios que sobre el tema se han hecho para Madrid, en
gran medida como consecuencia de los problemas técnicos y metodológicos que plantea el
estudio de una ciudad tan voluminosa. A continuación se pretenderá contribuir a la
matización y enriquecimiento del retrato del jornalero madrileño decimonónico a través
de su estudio limitado a una de las zonas del nuevo Madrid en que se desarrolló esta
realidad social: el Ensanche Norte. Para ello se procederá al análisis de la
información contenida en una fuente que siendo básica para el conocimiento de la
realidad social del XIX, no ha sido aún suficientemente tratada hasta ahora: los padrones
municipales[14]. Chamberí: ¿un
distrito jornalero? [15]
El espacio
urbano que conforma el actual distrito madrileño de Chamberí [16] era en 1850 un
conjunto de tierras que se extendía al norte de la ciudad y que acogía todo aquello que
la capital, empeñada en crecer sin rebasar la vieja cerca del siglo XVII, ya no podía
albergar en su seno: un arrabal de trabajadores que no se podían permitir el pago de un
alquiler en una ciudad superpoblada y con graves problemas de hacinamiento, merenderos y
espacios de ocio de precios populares en los que no se pagaban los impuestos de puertas,
instalaciones de servicios públicos que las más básicas medidas de salubridad habían
llevado a instalar fuera de las ciudades (cuatro cementerios que se extendían al Oeste de
la Carretera Mala de Francia, hoy Bravo Murillo) y nuevas infraestructuras que una ciudad
cada vez más populosa exigía (como los extensos depósitos para el abastecimiento de
agua a la capital que se empezarían a construir en 1851). Junto a ellos, diseminados,
aparecían algunos ejemplos de la débil concentración fabril madrileña a medio camino
entre el taller manufacturero de tipo antiguo (como la Real Fábrica de Tapices) y la
industria ligeramente moderna pero sobre todo modesta (talleres de fundición de Bonaplata
y de Sanford), que lindan con otros centros de producción propios de la ciudad
preindustrial que era Madrid: huertas y tejares dedicados al abastecimiento de materiales
de construcción para la villa. Era sin embargo en esta época Chamberí un núcleo de
población pequeño, en cuyos desolados terrenos apenas habitaban 1500 personas, la mayor
parte de ellos congregados en el arrabal nacido a las puertas de la ciudad, en torno a la
futura plaza de Olavide. A lo largo
de los 50 años siguientes, los terrenos al Norte de Madrid verán los inicios de su
transformación urbana. Con la aprobación del plan de Ensanche de Castro en 1860 y el
derribo de la cerca que separaba el Madrid Antiguo del caserío que se agolpaba a sus
puertas se dará la salida a un crecimiento, fluctuante en sus ritmos sí, pero inexorable
al fin y al cabo, de la edificación en los alrededores de Madrid[17]. Chamberí,
será en el periodo entre 1860 y 1880 uno de los barrios de mayor crecimiento de la
ciudad, pasando de los 5.007 habitantes incluidos en el padrón de 1860 a los 23.695 del
padrón de 1880[18]. Este crecimiento no fue homogéneo en sus formas y sus
contenidos: el Ensanche de la ciudad se presentó como la ocasión perfecta a la emergente
burguesía para modelar la ciudad a su gusto, de acuerdo con los nuevos criterios de
organización social que le eran propios. A pesar de que esta oportunidad de crear una
ciudad nueva y burguesa fuera desaprovechada[19], si es posible rastrear en la
configuración urbana final de los terrenos del Ensanche el deseo de las elites burguesas
de crear espacios residenciales segregados según la pertenencia social. Un ligero vistazo a los alquileres de los distintos barrios
del Ensanche Norte de Madrid nos indica ya en qué medida se produjo un crecimiento diferenciado por zonas.
Vemos como
ya en el momento del inicio legal del Ensanche existían en su zona Norte diferencias
acusadas entre barrios según su población y sus alquileres (y por tanto, del tipo de
construcción que se asentaban en ellos), diferencias, que a medida que se progrese en la ocupación de los terrenos del Ensanche, van
a agudizarse para acabar conformando tres zonas claramente diferenciadas por su
composición social y características urbanísticas. Una
primera, más populosa, nucleada en torno al barrio de Trafalgar, constituido por las
antiguas casas del arrabal de Chamberí y que
comprendería también los barrios de Almagro occidental y parte del de Arapiles. Barrio
de clases medias, artesanos y jornaleros, aglutina desde antes de 1850 a los habitantes
que un Madrid incapaz de asumir su crecimiento, expulsa para avecinarlos junto a los
jornaleros y trabajadores inmigrantes recién llegados. Al Oeste y
al Norte (Vallehermoso, Ríos Rosas, Trafalgar) se extienden sectores aún sin urbanizar o
que lo han hecho muy precariamente en torno a zonas profundamente degradas por la
instalación de cementerios y tejares[21]: unas cuantas casas bajas en muy malas
condiciones, refugio de pobres, mendigos y jornaleros pobres. Al Este de
Trafalgar, en la otra punta del distrito, el otro extremo de la escala social: Almagro
Oriental, que aún hoy pertenece a Chamberí a regañadientes, mirando más a la
Castellana y al Barrio de Salamanca del que es una extensión en su composición social y
en sus características urbanísticas. Lujosos hoteles unifamiliares, casas de nueva
planta que incorporan todas las innovaciones que la comodidad y el bienestar exigen y que
son habitados por abogados, militares, algún comerciante y altos funcionarios. Atravesar
de Oriente a Occidente el distrito en aquella
época era como descender la escala social del Madrid de entonces; ir visitando sus casas
permitiría observar con todos sus matices los distintos grupos sociales que alimentaban
la ciudad y los rasgos que los diferenciaban. Entre el hotel de 385
pesetas de alquiler que ocupaba Segismundo Moret junto a sus 5 hijos y sus 6 criados en la Calle Fernando el Santo 7, cerca de la
Castellana, y las habitaciones para parejas de jornaleros y viudas costureras que se
alquilaban a 30 reales mensuales en el barrio de Gaztambide, cerca de Moncloa, se
comprendía todo el espectro social de la capital. Una diversidad social del distrito que
le convierte en un observatorio privilegiado para estudiar el proceso de urbanización del
siglo XIX y sus implicaciones sociales en un espacio, que en virtud de su condición de
zona edificada prácticamente ex novo, se manifestaron con especial intensidad. En la zona
del Ensanche Norte se manifiestan, pues los principales rasgos de la ciudad de Madrid en
su evolución en la segunda mitad del XIX, y entre ellos, con especial intensidad,
aquellos que le son más fundamentales: el constante peso de la inmigración que asegura
la reproducción y crecimiento de la población y el progresivo proceso de
jornalerización de sus capas populares. Ya se ha
señalado la importancia de la inmigración en un modelo demográfico madrileño del XIX
en que no se producen saldos vegetativos positivos constantes hasta los primeros años del
siglo XX [22]. Madrid, ciudad sepulturera de inmigrantes, ofrecerá a lo largo de
la segunda mitad del XIX una composición de su población intensamente marcada por este
fenómeno: así, si en 1851 sólo el 43,31% de los habitantes de la capital habían nacido
en Madrid y su provincia[23], en 1898 aunque los madrileños hayan aumentado su
peso en el conjunto de la población, tan sólo representan a uno de cada dos habitantes
de la ciudad (el 50,17%)[24]. Chamberí y la zona Norte del Ensanche, como espacios
urbanos recién creados se convertirán en lugares de especial incidencia de la
inmigración: así, en 1860, sólo el 47,86% de sus habitantes procedían de la provincia de Madrid, tasa que se rebaja al
45,75% en 1880[25]. Datos que resultan más contundentes si tan sólo tenemos en
cuenta como madrileños a los nacidos en la capital y consideramos a los procedentes de la
provincia tan extraños como a los originarios de Asturias o de Cuenca. De ello resulta,
que en realidad, entre los chamberileros de la época, únicamente un poco más de un tercio procedía de la capital (el 38,08% en 1860 y el 37,47% en 1880). Aunque el
significado de esta inmigración pueda ser diverso y se combinen distintos afluentes en el
torrente (desde el comerciante que acude al centro del poder económico nacional al
burgués que aspira hacer carrera de funcionario o político, junto con el simple
vagabundo o el remanente de nobles que acuden al calor de la vieja Corte)[26], el
grueso del caudal de la inmigración lo constituían los jornaleros, que en su testarudo
empeño de afluir a una ciudad incapaz de absorberlos en su mercado de trabajo, acabarán
transformando su composición social y a acelerar la descomposición de su tradicional estructura propia del mundo de los
oficios. En el caso de Chamberí, el proceso de jornalerización se hace evidente a partir
de los datos de sus padrones: en 1860 el 28,3% de la población del Ensanche Norte vive en
hogares cuyo cabeza de familia es un jornalero, porcentaje que 20 años más tarde
representa ya el 37,78%. A medida que se vaya poblando el Ensanche Norte, los jornaleros
irán adquiriendo una mayor importancia para
convertirse en uno de los grupos sociales fundamentales que articulan su población
(véase los gráficos 1 y 2) ¿Era pues
el Ensanche Norte en la segunda mitad del siglo XIX una zona urbana jornalera? Carecemos
de datos y estadísticas que nos permitan comparar entre Chamberí y otros barrios de la
capital, pero si contamos con numerosas descripciones de los contemporáneos de las
condiciones de vida en los distintos barrios
de Madrid en las que se rastrea las zonas más degradadas e insalubres de la ciudad [27].
En esta época, Chamberí y el Ensanche Norte no está entre ellos: los edificios más
deteriorados, los alquileres más bajos, las casas de vecindad donde se registran los
casos más radicales de hacinamiento se encuentran en pleno corazón de la ciudad, en los
barrios bajos de Inclusa y Hospital, no en una zona de reciente creación y edificación
como Chamberí. De hecho, frente a los potenciales focos de epidemia que podían
representar los viejos barrios populares del casco antiguo, Chamberí podía alzarse como
una opción residencial aconsejable para los más modestos, tal y como nos lo presenta un
higienista de la época: No es
indiferente tampoco la elección de barriada en una población tan extensa como Madrid y
de suelo topográficamente tan desigual, y formado hoy también por grupos de muy
diferentes condiciones urbanas. (...) Las [barriadas] del
Norte, frías y más batidas de los vientos, reúnen condiciones para dar tonicidad y
fuerza al organismo, y una atmósfera más pura y menos miasmática, y conviene para los
propensos a tercianas y otras enfermedades intermitentes, como para las personas padecidas
por flujos y debilidades, y para los temperamentos linfático y escrufuloso, que se
mejoran á veces viviendo en el desparramado caserío de Chamberí. Más afortunadas estas
barriadas que las del Sur, ofrecen abundantes y variadas habitaciones para todas las
clases sociales, tanto en el interior del antiguo recinto de la villa, como en los barrios
extremos de Chamberí, Argüelles y Pozas, este último, económico y ventajoso en su
círculo exterior, pero de pésimas condiciones en sus calles interiores; así como el
segundo es indudablemente el de más bello, higiénico y acertado sistema de construcción
en la corte. [28] No obstante, existían dentro de
Chamberí profundas diferencias según al barrio que nos refiriéramos; ya se ha observado
antes que esto se manifestó en unos ritmos y calidades de edificación distintos. De la
misma manera, la implantación de los jornaleros y de las clases más desfavorecidas no se
hizo de una manera uniforme, sino que buscaron aquellos lugares que se ajustaran mejor a
sus posibilidades. Los jornaleros al instalarse en Chamberí preferían los barrios más
baratos y dentro de ellos, se instalaban en las habitaciones cuyo alquiler era más bajo.
Los datos que se aportan nos guían por
el plano y nos permiten identificar esos asentamientos jornaleros. En primer lugar cabe
destacar el barrio de Trafalgar, barrio en el que en términos absolutos existen más familias jornaleras a lo largo del periodo: es
lógico, pues se trata del barrio más populoso y edificado, con diferencia, de todo el
Ensanche Norte; sin embargo, en él los jornaleros no alcanzan el peso y la importancia
que adquieren en otros lugares. Trafalgar, el barrio que se asentaba sobre el viejo
arrabal, era lugar de resistencia de empleados, artesanos, pequeños comerciante y clases
medias en general que podían permitirse pagar unos alquileres que, en 1860 rondaban las
15 pesetas y media, y en 1880 las 26 pesetas y media, muy por encima de lo que un
jornalero se podía permitir. Si los jornaleros acuden a sus calles es porque en ellas
existe una oferta de vivienda que les permite vivir junto a otros estratos sociales
superiores: son los bajos de las casas, mal ventilados y húmedos, los sotabancos y
buhardillas desguarnecidos, los cuartos segundos y terceros interiores con vistas a un
patio, que comparten portal y escalera con los principales que ocupan clases medias y
artesanos. En este sentido Trafalgar se muestra como una prolongación del viejo Madrid en
que existe una estratificación social vertical dentro de cada edificio, frente a un nuevo
concepto de ciudad en que las clases sociales tienden a separarse en barrios que se
ajustan a las necesidades de cada una de ellas. Barrios
más acordes con el concepto de segregación socioespacial de la nueva ciudad burguesa son
los de Gaztambide y Arapiles, en el sector Oeste del Ensanche Norte, en los que las
familias jornaleras adquieren un peso mayor en el conjunto de la población y en que los
alquileres medios se ajustan más a las posibilidades de los jornaleros. Arapiles, barrio
que se extiende a lo largo de la carretera mala de Francia (actual calle de Bravo
Murillo), es lugar de establecimiento para todos esos jornaleros ocupados en la
construcción de las obras del depósito del Canal de abastecimiento de agua a Madrid, que
protagonizan buena parte de la oferta de trabajo entre 1851, fecha de inicio del proyecto
y la primera década del siglo XX, en que se terminan definitivamente las obras. Junto a
ellos jornaleros que acuden a trabajar al vecino y popular distrito de Universidad, en el
antiguo casco, pequeños artesanos y empleados de los cementerios que pueblan el barrio.
Más al Oeste y aún más pauperizado, el naciente barrio de Gaztambide, que resalta como
el espacio más claramente jornalerizado de Chamberí, por el peso que las familias
jornaleras representan en su población y por la práctica concordancia entre la oferta
media de alquileres y los alquileres que estos jornaleros pagan. En general, se trata de
jornaleros ocupados en los distintos tejares que se extienden en los alrededores y que
habitan habitaciones de bajo precio y pésimas condiciones de habitabilidad que muchos
años más tarde seguirían siendo objeto de denuncia. Así, César Chicote, director jefe
del laboratorio municipal, en su estudio sobre la vivienda insalubre en Madrid publicado
en 1914, las recoge como muestra de la vivienda de algunas pretensiones, no sólo
por tener dos o más pisos, sino por haber presidido en su construcción algún plan,
aunque en no pocas ocasiones bien equivocado las
agrupaciones próximas de calles y casas de triste recordación en diversas
epidemias, entre las que figuran las viviendas de la calle Fernández de los Ríos o la plaza de Blasco de Garay, ambas en
este barrio de Gaztambide.[29] Finalmente
nos queda abordar el barrio de Almagro. En su sector oriental, espacio residencial de las
clases altas, es donde los jornaleros se hacen más raros: tan sólo 45 familias
jornaleras empadronadas que en su mayoría trabajan al servicio de los nobles y altos
funcionarios que allí residen o en una gran huerta que subsiste entre los hoteles que han
ido surgiendo en las proximidades del señorial paseo de la Castellana. No es así en la
parte occidental del barrio de Almagro, que a pesar de sus altos alquileres y de albergar
edificaciones de nueva planta pensadas para la burguesía y clases medias, arroja unas
tasas de presencia de familias jornaleras altas tanto en 1860 como 1880. Las razones,
sobre las que habrá que profundizar más adelante, pueden ser esbozadas aquí: podría
explicarse por la existencia de jardines y de ciertos establecimientos industriales que
atraerían a los jornaleros que trabajaban en ellos; es el caso de la Fábrica de Papel
Pintado que se encontraba en la calle Virtudes, alrededor de la cual encontramos a varios
de sus empleados; o los jardines del Paseo del Cisne, en los que habitaban algunos de sus
empleados; asimismo en este barrio se encontraban centros industriales de alguna
importancia como las Fundiciones Bonaplata, que aunque modesta era excepcional ejemplo de
concentración fabril en el desierto industrial madrileño, o la fábrica de bebidas la
Deliciosa, en Santa Engracia 17. En realidad los trabajadores de estos centros, como los
de la Real Fábrica de Tapices, que también estaba establecida en las proximidades, difícilmente podían ser
identificados como jornaleros (aunque ellos al rellenar el padrón, lo hacían), pues sus
sueldos eran más altos y sus condiciones de vida diferentes: menos marcadas por la
búsqueda casi diaria de un jornal ni por la ausencia de un oficio o de una cualificación
profesional que les otorgara una identidad. Esta relativa aristocracia del trabajo, si los
comparamos con los más desfavorecidos de sus semejantes, es muestra de una diversidad que
habrá de tenerse en cuenta. En
conclusión, la zona Norte del Ensanche en sus primeros años de desarrollo no llegó a
consolidarse como un espacio urbano jornalero, aunque si se resintió del proceso de
jornalerización que afectaba a la sociedad y al mundo del trabajo madrileños,
produciendo un aumento de su presencia en todos sus barrios, independientemente de las
características urbanísticas y de los alquileres de cada uno de ellos. En ello influyó
en parte las características de una urbanización que fue incapaz de (o reacia a) la aparición de casas obreras y de alquiler
barato; los jornaleros y las clases más desfavorecidas, carecieron de un espacio propio
que se ajustara a sus necesidades y a sus posibilidades, obligándoles a buscar vivienda
en las habitaciones más baratas por ser peores de los edificios existentes (los bajos,
las buhardillas), o si no en aquellas que por su deterioro o malas condiciones de
edificación no quisieran ser ocupadas por otros estratos sociales. En este sentido es
destacable la identificación en el Ensanche Norte de algunas bolsas de pobreza, como es
el barrio de Gaztambide en que el fenómeno del jornalerismo y sus implicaciones
residenciales se manifiesta en toda pureza y crudeza. La familia jornalera en Chamberí;
aproximación a la condición de vida jornalera
Si el
alquiler puede ayudarnos a acercarnos a la realidad de los jornaleros del Madrid del XIX,
para un conocimiento más profundo hemos de acudir al estudio de sus familias. Como ya
señalara Reher hace tiempo, el funcionamiento y las características de la familia en una sociedad dada, ofrece un campo de
estudio fértil para el conocimiento esa
sociedad.[30] Pues el estudio de la familia, como institución primera de
socialización del individuo, permite comprender la forma en que una sociedad se reproduce
a sí misma, al tiempo que, en una perspectiva que combine estructuras socioeconómicas y
estrategias económicas familiares, se presenta como una sensible caja de resonancia de
las distintas condiciones de vida de los individuos según su pertenencia social[31]. El primer
dato significativo sobre la familia que resalta al acercarnos a la realidad jornalera del
Madrid de final de siglo es el alto grado de integración familiar de los jornaleros. Si
observamos los gráficos 1 y 2 del apéndice, en el que se representan las pirámides por
edades desglosadas según la forma de inserción en el hogar en que residen, se observa
claramente que la mayor parte de la población jornalera estaba constituida por hombres
casados, seguidos a bastante distancia por aquellos que habitaban como realquilados en
alguna casa. Quizás pese demasiado en nosotros la imagen estereotipada del jornalero que
expulsado de su comunidad acude a la gran ciudad, en la que se debe enfrentar solo a un
ambiente hostil en la lucha por la vida[32]. Pero si nos acercamos a
los datos que nos ofrece el padrón vemos como entre los jornaleros recién llegados a la
ciudad había más que venían en busca de
trabajo en compañía de sus familias que
aquellos que lo hacían individualmente[33]. Unos y
otros, jornaleros que vienen solos y residen en casa de extraños a cambio de una
participación en el alquiler y familias enteras que acuden ya en bloque o por oleadas,
responden a las diferentes vertientes que alimentaban la inmigración a Madrid. Como
señala Julián Toro Mérida, dentro del fenómeno general de la inmigración a Madrid
cabe destacar dos fenómenos bien diferentes[34]. Por un lado una inmigración
coyuntural, producida por crisis agrarias puntuales o por el carácter estacional del
ciclo de trabajo agrario, que sólo ofrece empleo a los jornaleros en determinadas épocas
(la siega, la recolección) y que arroja a una proporción de la población del campo a la
ciudad por temporadas, en busca de un trabajo que el campo temporalmente les niega, pero
que por lo general, son individuos que pasados los tiempos de vacas flacas vuelven a sus
hogares: se trata en el fondo de un fenómeno que nos es bien conocido tras los diversos
estudios de estrategias económicas familiares, que han descrito como la emigración
temporal de los hijos mayores era un recurso habitual
para aliviar las estrechas economías familiares cuando se acumulaban demasiadas
bocas que alimentar en un hogar campesino de escasa o nula propiedad agraria, o una
práctica habitual para las hijas a para las que el servicio doméstico en la ciudad era
el periodo de acumulación del pecunio necesario que les permitiera acceder al matrimonio.
Inmigrantes temporales, estos jornaleros (pero también asistentas o sirvientas)
buscarían el cobijo en casa de algún familiar (por ejemplo el tío) que estuviera
instalado en la ciudad para, apelando a la solidaridad familiar, establecerse durante su
estancia; en caso de que carecieran de una red familiar en que apoyarse, buscarían alguna
habitación en el hogar de una familia incapaz de afrontar por sí sola el pago del
alquiler. El otro
tipo de inmigración sería aquella de carácter estructural, producida por los cambios en
las estructuras de la producción agraria abiertos por el liberalismo y que habrían
empujado, en ritmos fluctuantes, a sectores cada vez más amplios de la población
campesina hacia las ciudades. En general eran familias de recién creación (parejas, o
familias nucleares con uno o dos hijos aún pequeños), que veían frustradas sus
expectativas de establecimiento en sus lugares de origen y decidían inmigrar cuando las
dificultades para la supervivencia en su entorno se volvían insuperables[35]. Dos
fenómenos inmigratorios diferentes pero complementarios: tanto las familias jornaleras
instaladas en la ciudad necesitaban de familiares o realquilados que estaban de paso para
afrontar los pagos del alquiler, como esos mismos transeúntes se veían obligados a pedir
ayuda a un familiar para que les acogiera una temporada o compartir con desconocidos una
habitación en una vivienda. En ambos fenómenos además se destacaba la importancia de
las redes familiares en el proceso de inmigración, que estaba lejos de alimentarse
fundamentalmente de solteros, desarraigados que acudían sin más garantías que sus
brazos a la gran ciudad. A poco que nos asomemos a la información del padrón nos
toparemos con los diversos casos en que operaban las redes familiares como garantía en la
inmigración. Un ejemplo
ilustrativo nos lo proporciona la familia de Gregorio López Infante, un jornalero que
había llegado a Madrid desde Santa Cruz de la Zarza, pueblo de Toledo, en 1857, a sus 42
años junto a su mujer de 37 y a sus hijos Eustaquia de 7 años y Francisco de 2 años. En
1860 lo encontramos habitando en una habitación de la calle Santa Engracia nº 8, por la
que paga 10 pesetas junto a un paisano suyo, Lorenzo Belinchón; era este también un
jornalero de Santa Cruz de la Zarza, llegado a Madrid un año más tarde, en 1858, junto a
su hijo Juan, también jornalero, y a la más joven Paz, que en aquella época alcanzaba
los 7 años. Pero las relaciones de paisanaje y familia no se terminaban en la puerta de
la habitación. Puerta con puerta, en el mismo pasillo, habitaba una habitación más
pequeña (de 6 pesetas y media) Manuel Raboso, jornalero que había llegado como Gregorio
López Infante a Madrid desde Santa Cruz de la Zarza en 1857, y que como él había venido
acompañado de su esposa y tres hijos, todos nacidos en el mismo pueblo. Además acogían
a un familiar del mismo pueblo que había venido con ellos (un tal Tomás Valencia, peón
de albañil) y en el hueco que quedaba un joven zapatero madrileño de 26 años en calidad
de realquilado. En definitiva, en el espacio reducido de un pasillo 13 inmigrantes del
mismo pueblo toledano llegados a Madrid en el periodo de dos años. Lo que
puede parecer un caso excepcional sin embargo nos puede sin embargo ilustrar acerca de la
importancia que podía tener la familia a la hora de emigrar; máxime si tenemos en cuenta
que en este caso se produce el hecho poco habitual de que aparezcan los hijos
desempeñando una profesión: entre los hijos de Manuel Raboso en 1860 encontramos un
aprendiz de carpintero de 17 años, y dos sirvientas de 10 y 5 años (aparte de su mujer,
lavandera); Gregorio López tiene una hija de 10, también sirvienta; el hijo de Lorenzo
Belinchón, era a sus 17 años jornalero, como su padre. Una familia jornalera pues,
necesitaba para su subsistencia una activa participación de sus miembros en el mercado
laboral; pero es que además la disposición de una red familiar o de parentesco más o
menos extenso en la ciudad podía ayudar a la inserción en un mercado laboral en que la
contratación y las ofertas de trabajo corría por redes informales. Un instrumento del
que sin duda dispusieron estos paisanos de Santa Cruz de la Zarza de los que, en una
población de 5007 habitantes, había en aquel momento 55 representantes: un 1,1% de la
población de Chamberí provenía del mismo pequeño pueblo toledano. Todo lleva
a considerar a la familia como un factor importante en la supervivencia de la población
jornalera, afirmación que se refuerza si nos fijamos en las estructuras familiares de
este grupo de población[36]. La práctica ausencia de hogares solitarios de
jornaleros, o en los que no mediara ningún tipo de relación de parentesco, y el
predominio, en cambio, de familias organizadas en torno a un núcleo familiar lo subrayan.
A primera
vista podría parecer, pues, que el proceso de urbanización en Madrid y de
jornalerización de sus clases populares que lo acompañó, no repercutiera en un
fenómeno de disolución de la familia que agudizara la sensación de desarraigo que
debían crear la inmigración y el abandono de la comunidad de origen junto a la condena a
un trabajo descualificado e inestable. Sin embargo no es tanto la bondad del proceso de
transformación social que se analiza, que habría respetado la institución familiar,
como que las relaciones familiares y de parentesco se convirtieron en un instrumento
fundamental para la supervivencia, sin cuyo recurso la subsistencia no estaba asegurada
para las clases sociales más desfavorecidas. Existían pocas probabilidades de que un
jornalero se instalara para vivir sólo dependiendo de su sueldo, como se puede intuir de
los escasos hogares solitarios o encabezados por viudos; el ideal liberal del hombre
autónomo, que con su trabajo fuera capaz de mantener un hogar en el que quedara la
esposa, ángel del hogar, como organizadora de las labores domésticas y garante de la
educación de los hijos, estaba lejos de cumplirse para las clases populares; primero
porque no hubiera niños que cuidar si estos debían trabajar como y con el padre, segundo
porque la esposa a su vez debía de buscarse un trabajo con el que contribuir a un salario
familiar. La insuficiencia del salario de los obreros y jornaleros para afrontar el
presupuesto familiar a finales del siglo XIX
ha sido insistentemente afirmada; así baste aquí retornar a una de las fuentes clásicas
para retratar los niveles de vida de la población obrera, como es la información
recogida por la Comisión de Reformas Sociales y cruzarla con la información de salarios
que nos aportan los padrones.
Aunque se
pudieran haber producido fluctuaciones en los precios entre 1880 y 1885 [38], los
datos resultan bastante elocuentes: el salario más extendido entre los jornaleros
residentes en Chamberí era de 2 pesetas diarias (260 jornaleros de los 401 que indican su
salario diario), lo que resulta claramente insuficiente para afrontar el presupuesto
familiar. Tan sólo encontramos cinco jornaleros que reciban un sueldo superior a este
presupuesto, cuyos hogares parecen concordar con las características de este modelo ideal
del presupuesto de la Comisión de Reformas Sociales. -
Domingo Fernández, de 50 años, que habita en la
calle Vargas nº 6 en un bajo interior por el que paga 10 pesetas mensuales, junto a su
mujer y a su hijo, con los que vino de Oviedo hacía dos años. No tiene un lugar de
trabajo fijo, pues se declara jornalero ambulante. -
Pedro Maestro Revilla, de 50 años. Habita en el
principal de la calle Trafalgar nº 23, por el que paga 30 pesetas de alquiler mensuales.
Habita con su mujer y su hijo Julián de 20 años, que también trabaja como jornalero
percibiendo un salario diario de 2 pesetas. -
José García, de 38 años, que habita en la calle
Santa Engracia nº 27, en el piso tercero, pagando un alquiler de 7,50 pesetas al mes.
Casado, su mujer no aparece en el padrón, pero sí un hijo de 14 años que habita con
él. -
Eusebio Rodríguez Cantarino, de 47 años,
residente en la calle Bravo Murillo nº 9, en un bajo por el que paga 15 pesetas al mes.
En realidad podría tratarse de un obrero cualificado, ya que está empleado en la
Fundición Sanford, uno de los pocos y modestos ejemplos de industria madrileña de la
época. Viudo, convive con una hija 16 años que trabaja como costurera, un hijo de 6
años y una mujer viuda, de 33 años, que probablemente sea su pareja. -
Luis Puertas Serrano, de 28 años; habita en el
tejar de Marconel, una extensa posesión de la familia Marconel en el barrio de
Gaztambide; trabaja en un café y ocupa un principal interior por el que paga 15 pesetas
mensuales junto a su mujer de 30 años y una hija de 4 [39].
La
estadística de la Comisión de Reformas Sociales parece encarnarse en estos casos
particulares: tanto las estructuras familiares, en torno a los tres individuos, como el
precio del alquiler, cercano a las 15 pesetas (es decir, 0,50 al día), concuerdan. De
todas maneras, el presupuesto de la Comisión parece más bien un deseo, un ideal, que una
realidad y estas cinco familias jornaleras descritas, más que los más puros
representantes de la situación jornalera, parecen unos afortunados, quizá
beneficiados por poseer un trabajo fijo y cualificado, lo que era la excepción y no la
norma. Si descendemos un escalón en los salarios jornaleros, y nos fijamos en los que
percibían un sueldo diario de más de 2 pesetas y menos de 4, comprobamos que se trata
también de empleados en fábricas y centros de trabajo que requerían una cierta
cualificación profesional, lo que les permitía unas condiciones de vida por encima de la
media de los jornaleros, tal y como se expresa en unos alquileres altos más frecuentes. Sin
embargo, como ya hemos dicho los que podían cumplir (o acercarse a) el modelo ideal de
presupuesto familiar de la Comisión de Reformas Sociales, eran más la excepción que la
norma: primero, porque los salarios superiores a dos pesetas diarias eran raros entre los
jornaleros, y después, porque aunque lo alcanzaran excepcionalmente algunas de las
familias, el tamaño de las familias jornaleras nunca se restringía a tres miembros.
Incluso entre los obreros mejor renumerados se debía dar situaciones de escasez cuando en
la familia había tres o cuatro hijos de corta edad. En definitiva, el salario del
jornalero, incluso el de aquel mejor pagado, era insuficiente para el mantenimiento de su
familia, y si hubiera dependido únicamente de él, la familia jornalera habría estado
condenada a desaparecer; consecuentemente se hacía necesario que más miembros de la
familia participaran activamente en el mercado laboral para que contribuyeran con sus
salarios a cubrir las exigencias mínimas del presupuesto familiar. Las familias pues, a
medida que aumentaban las bocas que alimentar debían preocuparse de incorporar miembros
al mercado laboral, so pena de entrar en situaciones de pobreza. Para ello disponían de
varias opciones, desde el trabajo de las esposas hasta el trabajo de los jóvenes, desde
la incorporación de algún familiar en edad de trabajar al seno del hogar para que
ayudara con los gastos o las tareas de la
casa a la residencia en hogares múltiples con otras familias, parientes o no; en fin,
hasta las soluciones más dramáticas, como eran la expulsión de miembros
fuera del hogar de una manera más o menos traumática: hijas que se internaban como
sirvientas en casas ajenas, envío de recién nacidos a la Inclusa, abandono de padres en
asilos. En definitiva, la familia jornalera, a pesar de su tendencia claramente nuclear,
tanto en sus estrategias de supervivencia como en las estructuras que adoptaba, demostraba
una gran flexibilidad que le permitía adaptarse a las distintas fases por las que podía
atravesar. Veámoslo más de cerca. El recurso
al trabajo de la esposa debía de ser una solución natural entre una población
inmigrante rural acostumbrada a compartir el trabajo en las tareas agrícolas; sin
embargo, como ya sabemos, el trabajo femenino en general y urbano en particular, aparece
subregistrado en las estadísticas oficiales [40]. Un trabajo femenino asalariado
que, cuando se daba, suponía una ampliación de la actividad laboral de la mujer
realizada en el propio domicilio [41] y que de igual manera que la del varón era
fundamental para la supervivencia del grupo familiar: el cuidado de los hijos y del resto
de los miembros de la familia, así como la administración del gasto y el consumo del
hogar. Las actividades, irrenunciables, que la mujer debía realizar como madre, limitaban
drásticamente su capacidad de participar en un mercado de trabajo formalizado a ciertas
actividades que pudieran ser compatibles: trabajo a destajo en el hogar, que muchas veces
por su carácter doméstico, ha pasado sin dejar rastro en las estadísticas oficiales [42].
No obstante la invisibilidad y el subregistro del trabajo femenino, el examen de los
padrones nos permite acercarnos a los trabajos renumerados que realizaban las esposas de
los jornaleros.
La primera
categoría laboral en importancia entre las mujeres jornaleras era la etiqueta indefina de
sus labores, muchas veces sustituida por fórmulas similares como tareas
propias de su sexo o su casa. La sigue el grupo de las esposas que, al
igual que sus maridos se reconocen como jornaleras y que implica la misma falta de
precisión que las dedicadas a las tareas domésticas: ninguna de ellas especifica el
lugar de trabajo, el sueldo ni aporta ningún dato que nos pueda ayudar en que consistía
ese trabajo como jornaleras. Sin embargo, teniendo en cuenta que pocas eran las mujeres
que como jornaleras encabezaban un hogar,
podemos sospechar que las que como tales trabajaban no gozaban ni de la consideración
social, ni de los mismos salarios que los varones [43]. También podría ser que se
tratara de mujeres dedicadas a ese abanico de trabajos socialmente considerados como
femeninos (lavanderas, costureras, planchadoras), que generalmente no implicaban una gran
cualificación y que permitían el desempeño de uno u otro según las ofertas de trabajo
disponibles; en definitiva, una situación muy parecida a la del jornalero un día
empleado en el tajo y otra descargando trenes. Pero en el caso femenino eran todos ellos
trabajos que podían ser compatibilizados con la presencia en el hogar y el cuidado de los
hijos menores, que en su mayoría pagados a destajo, se acercaban a las formas de
organización del putting-out system. Un ejemplo clásico nos lo ofrece el sector
textil, que si bien no conocía un desarrollo industrial en Madrid, sí empleaba a
contingentes importantes de población femenina en la ciudad, quizá asociadas a talleres
de carácter preindustrial, para los que trabajan a domicilio, seguramente a ritmos
inconstantes y por un salario mísero, pero que ayudaba a completar el sueldo insuficiente
del marido. Todavía a principios del siglo XX, Blasco Ibáñez nos describe el trabajo de
estas esposas costureras madrileñas: [[A Feli] le era
imposible volver á la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la admitirían
después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios menudos é
insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas pobres y las ayudan a
engañar el hambre. Haría flores para los corsés, se dedicaría a
emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de un taller, por haber trabajado
para él cuando escaseaba la faena en la fábrica de gorras. (...) Se entregó al
trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de que sólo son capaces los
seres nerviosos. Maltrana [su marido], al
despertar, veía á Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el
rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus ojos profundos y
melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta en ella. Isidro, al volver á
su casa á altas horas de la noche, tenía que hacer grandes esfuerzos para que se
acostase. - Déjame acabar
esa docena decía sin levantar la cabeza, tenaz en el trabajo, deseosa de no perder
un segundo. (...) Salían cada dos
días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos paquetes, por cuyo trabajo daban
á Feli unos cuantos reales. (...) Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el
empleo del dinero que acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias
necesidades. Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas si
trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. [44] Otra de
las maneras en las que podía contribuir la esposa con trabajo renumerado era en el
servicio doméstico, como criada externa a la casa, una figura que si bien escasea en el
XIX, irá aumentando a medida que las clases altas vayan encontrando más costoso el
mantenimiento del servicio en las casas. Pero quizá dentro del servicio, la forma de
trabajo más interesante para analizar sea la de portera, en la que encontraba especial
acomodo la combinación de las labores del hogar propio y el ejercicio de un trabajo
renumerado. De las 182 habitaciones calificadas como porterías en Chamberí, 92, la
mitad, son hogares encabezados por jornaleros. Es fácil sospechar que en estos casos era
la mujer la que se quedaba al frente de la portería mientras el marido buscaba emplearse
en una obra o en un tejar de las cercanías. El trabajo, si bien podía no implicar la
entrada de más dinero en casa, si estaba renumerado en especie, en la práctica totalidad
de los casos por la exención del pago de alquiler, lo que suponía un colchón de
seguridad en una vida, la de la familia jornalera, normalmente marcada por la inseguridad:
asegurada la casa y sin tener que preocuparse por el pago del alquiler, las fluctuaciones
de la oferta de trabajo en la construcción debían de parecer menos amenazantes. Menos
problemas de compatibilidad que la esposa, debían plantearse en la participación laboral
de los hijos: sólo la corta edad y el interés por que fueran a la escuela habían de ser
límites a su entrada en el mercado laboral. Sin embargo estos eran obviados en el momento
en que era necesario la entrada de un nuevo salario en casa y los siete años podían ser
un buen momento para buscar trabajo como nos cuenta Largo Caballero en sus memorias: Nací
el 15 de octubre de 1869 en Madrid, en la Plaza Vieja de Chamberí, en cuyo terreno
posteriormente se edificó la casa que en la actualidad ocupa la Tenencia de Alcaldía del
distrito. (...) Mi madre trabajaba
de sirvienta. Yo vivía con un hermano suyo llamado Antonio, de oficio zapatero; era
casado y tenía tres hijos, domiciliados en la Plaza de Chamberí en la casa medianera a
la que yo nací. Mis primos, mayores que yo, me trataban como a un intruso que les comía
su pan. (...) Para ganar el pan
que comía y cuando tenía siete años de edad, mi madre y mis tíos decidieron ponerme a
trabajar. Después no he vuelto a pisar una escuela para recibir instrucción [45] En este
momento comienza la vida laboral de Largo Caballero que sufrirá en sus primeros pasos
todas las penurias que implicaba la vida del jornalero, agravadas por su condición de
aprendiz; primero fue en la fábrica de cajas de cartón (que en realidad
debía de ser un minúsculo establecimiento) de la que era vecino; en ella: Mi
obligación consistía en dar engrudo al papel para forrar las cajas, y llevarlas a los
comercios de Madrid, esto es, a los clientes. Este trabajo no era muy agradable porque se
me cubrían las manos de sabañones ulcerados. Servir las cajas a la clientela me
resultaba penoso, pues tenía que hacerlo lloviese o nevase, con frío o con calor,
calzando alpargatas, casi siempre rotas aunque mi tío era zapatero. [46] El bajo
salario (tan sólo un real) y las pocas expectativas de progreso hacen abandonar a Largo
Caballero su primer empleo y buscarse un nuevo que mejor renumerado le sirviera también
para aprender un oficio: Ser
encuadernador me parecía algo extraordinario. ¡Manejar libros de ciencia! ¡Yo, que no
había tenido en mis manos otros que la Cartilla, el Catón y el Fleury! Ésta era la
ilusión, pero la realidad era otra. No hacía más que plegar papel, calentar los hierros
para grabar las letras en las tapas de los libros y acompañar a la hija del maestro al
mercado. Por esta labor recibía un jornal de dos reales
(cincuenta céntimos) a la semana y todavía tenía que estar agradecido, pues en
aquellos tiempos se consideraba como un favor que le enseñaran a uno el oficio. ¡Residuos de la época
gremial [47] El
convencimiento de que bajo su contrato de aprendizaje se escondía una forma de
explotación que poco tenía que ver con la formación profesional y la indignación que
le produjo el ser pagado con moneda falseada, lleva al joven Largo Caballero a cambiar de
nuevo de trabajo. Finalmente, tras un breve paso por un taller de fabricar cuerdas en que
lo inolvidable era el trato bestial y grosero que recibía, al igual que otros
aprendices, el niño acabará a los nueve años ingresando en una cuadrilla de
estuquistas en la que aprenderá un oficio de alta cualificación en el que progresará
pronto, pues a los diecisiete años ya era oficial y tenía dos ayudantes a su cargo. No
obstante, bajo lo que podía parecer un oficio seguro y alejado de la pobreza y riesgos
que implicaba la condición de jornalero, un oficio cualificado como el estuquista podía
esconder situaciones de precariedad. Así Largo Caballero participará de los problemas
que una economía madrileña, demasiado dependiente en su oferta de trabajo de las
fluctuaciones de la construcción, planteaba a las clases populares, y como los simples
peones de albañiles y los jornaleros que buscaban un jornal en los tajos y en las obras,
deberá simultanear distintos tipos de trabajo. El oficio de
estuquista, de tantos atractivos para mí, tenía sus quiebras. Era oficio de temporada;
se trabajaba en primavera y el verano y el invierno se pasaba en paro forzoso. Para
suplir, en parte, esa falta de salario, tenía que buscar otras ocupaciones
suplementarias. Mi madre había dejado ya el oficio de sirvienta y se dedicaba a vender
cosas que no exigían la inversión inmediata de mucho dinero que eran de fácil colocación. Durante el
invierno, la ayudaba en este comercio y no era raro encontrarme en algún mercado como el
de San Ildefonso, ofreciendo tímidamente a las criadas de servir, pimientos, tomates y
cosas semejantes. También iba por los campos recogiendo cardillos para venderlos al día
siguiente. Pero el recurso al
cual acudía con preferencia, era trabajar en la Villa, esto es, al servicio
del Ayuntamiento de Madrid o al de la Diputación Provincial. Muchas cunetas de las
carreteras de la provincia y muchos de los hoyos para plantar pinos en la Dehesa de la
Villa, los he regado con mi sudor. El municipio daba un jornal de una peseta y cincuenta
céntimos por día, y la Diputación veinticinco céntimos más [48] La combinación de diversas ocupaciones
y la colaboración entre los distintos miembros familiares, incluidos la esposa y los
niños y jóvenes presentes en el hogar, eran parte cotidiana de las estrategias
económicas que las familias jornaleras debían poner en juego para asegurar su
supervivencia y afrontar el pago del alquiler de su vivienda. Largo Caballero niño, su madre y su
tío Antonio Caballero han desaparecido del padrón de
1880, sin embargo sí encontramos a sus primos en la casa de la vieja plaza de Chamberí,
en el bajo del nº 9. Quizá la muerte del tío de Largo Caballero precipitara la salida
del joven sobrino (que por entonces tendría 11 años). Al frente de la casa estaba la
tía del joven estuquista, mujer que con 44 años debe encarar los rigores de la viudedad.
Siguen residiendo allí los tres primos de Largo Caballero: Antonio, Juan y Rafael
Caballero, que por aquel entonces contaban con 17, 16 y 11 años respectivamente. Ellos
eran, ante la muerte de padre, los que aportaban (al menos cara a la estadística oficial)
el salario a la casa, trabajando los tres como jornaleros, mientras la madre se ocupaba de
sus labores. Sin embargo estos tres sueldos no habían de ser suficientes para mantenerse
y al tiempo pagar un alquiler excesivamente alto, de 25 pesetas; por ello convivían con
ellos otra familia de cinco miembros, encabezada por un jornalero viudo de 75 años y
completada por dos hijos varones de 32 y 25, la hija casada de 30 y el yerno de la misma
edad. Con ello la familia Caballero había introducido en su casa cuatro varones más que
trabajaban como jornaleros. El ejemplo de la familia Caballero nos
sirve para introducirnos en otro de los recursos a disposición de las familias cuando,
aun introducidos en el mercado laboral el cabeza de familia, la esposa y los hijos, los
salarios que obtenían no bastaban para hacer frente a los gastos cotidianos. En el cuadro
que se presentaba anteriormente relativo a las estructuras familiares jornaleras se puede
comprobar que junto a un predominio claro de la familia jornalera, existía una amplia
gama de variedades en las formas de corresidencia que aparecían en un tercio de los
hogares jornaleros: desde la familia troncal a la vivienda en que vivían varias familias
jornaleras no emparentadas, desde la familia nuclear que acogía a un sobrino recién
llegado hasta l que alquilaba una habitación a un inmigrante de paso. No son este tercio
de familias extensas y múltiples un producto de la convivencia de diversos sistemas
familiares entre la población jornalera de Chamberí, sino en realidad la manifestación
de las distintas formas que coyunturalmente podía adoptar una familia nuclear ante
distintas situaciones económicas [49]. Si cuando la miseria acechaba el trabajo
familiar y el recorte de gastos en el consumo no bastaban para superar la crisis, siempre
quedaba una salida: renunciar a un cuarto, a un rincón o una parte de la ya de por sí
reducida vivienda para, alquilándola, obtener una fuente de ingreso más (realmente, para
reducir el presupuesto familiar en una de sus variables, la de la vivienda). La presencia de realquilados,
huéspedes y gentes que viven en compañía era una realidad muy
extendida entre los jornaleros que habitaban en Chamberí. En 1860 los encontramos en 69
de los 331 hogares encabezados por jornaleros, y en 1880 en 456 de los 2105 hogares
jornaleros. Sin embargo el recurso al hospedaje era más intenso y propio de ciertas fases
del ciclo vital; lo era especialmente en los primeros años de la familia, en que se
producía las fases más críticas de su ciclo vital, cuando se conjuraba el aumento del
presupuesto familiar por el nacimiento de los hijos con la imposibilidad de la mujer de
conseguir un trabajo renumerado, cuando las familias entraban en fases de pobreza que
caben ser consideradas de tipo estructural. Entonces, toda reducción en el alquiler de la
vivienda podía ser un gran alivio. Luego, cuando los hijos mayores trabajaran y
contribuyeran a restablecer un cierto equilibrio presupuestario, se podría prescindir del
recurso a los realquilados: la conversión de todas esas bocas que alimentar en brazos
para trabajar podía proporcionar al padre jornalero una fase de desahogo cuando alcanzaba
la cuarentena de años. No obstante, la pobreza que empujaba a
los jornaleros a subdividir casas no era un riesgo circunscrito a la juventud y a los
primeros pasos de vida en familia, sino que reaparecía tras el periodo de cierta
seguridad que podía proporcionar la acumulación de hijos trabajadores en casa, a medida
que éstos abandonaban el hogar. Los matrimonios jornaleros de edad avanzada cuyos hijos
se hubiesen emancipado eran también candidatos a recibir huéspedes, que les ayudaran a
superar los problemas económicos. Además, cabía la posibilidad que la muerte se
presentara de improvisto y que hiciera enviudar a uno de los cónyuges demasiado temprano,
con hijos aún excesivamente jóvenes: en ese caso también el hospedaje podía ser una
solución aceptable. En consecuencia, el hogar de un
jornalero podía ver pasar a muchos miembros diferentes a lo largo de su existencia, y
aunque su tamaño rondara las tres o cuatro personas, en realidad solía alimentarse de
muchas más que por un corto espacio de tiempo pasaban por él. Esta flexibilidad del
hogar jornalero, que necesitaba crecer o disminuir según las circunstancias, nos lo puede
ilustrar perfectamente el caso de Cirilo García Olivares, un jornalero que entre 1860 y
1880 residió en la calle Sagunto, 3 (barrio de Trafalgar) y cuya historia puede ser
seguida a través de los padrones [50]: En 1860 Cirilo García encabezaba una
familia que ya podía ser considerada como madura: él tenía 40 años y su mujer, que se
llamaba Antonia González, ya había cumplido los 44 con lo que se podía considerar que
ya no llegarían más hijos al hogar. Era una familia
reducida para la que se podía esperar entre los jornaleros; tan sólo vivían con
ellos dos hijos, varones, León y Manuel, de 11 y 5 años respectivamente. Era pues una
familia nuclear que parecía poder mantenerse sin problemas con el trabajo como jornalero
y jardinero (dos ocupaciones que simultanea Cirilo García en los distintos padrones) a
pesar de pagar un alquiler relativamente alto de 11,25 pesetas (recordemos que el alquiler
medio pagado por los jornaleros en 1860 era de 8,66 pesetas). El alquiler no será sin
embargo un factor que influya en la evolución de la composición de la familia, pues se
mantendrá en un precio relativamente estable rondando entre los 40 y 50 reales en este
periodo de veinte años: los cambios en el núcleo familiar de Cirilo García y sus
integrantes deben relacionarse con la puesta en marcha de distintas estrategias
económicas familiares en las que influyen fuertemente la necesidad económica, la
solidaridad sentida hacia la parentela más o menos extensa y puntualmente, el inapelable
azar demográfico que en la sociedad preindustrial decide sobre el momento en que nacen y
mueren las familias. Como muestra de solidaridad
intrafamiliar debemos considerar la acogida que en 1863 se provee a María Olivares, madre
viuda de Cirilo García, que a sus 73 años, seguramente incapaz de mantenerse por sus
propios medios, viene a instalarse en el hogar. Solidaridad porque el hogar de Cirilo
debía pasar ya por un periodo de cierta estrechez económica, si no vino a provocarlo la
llegada de la abuela viuda: la casa no sólo aumenta su tamaño hasta las 6 personas, con
la incorporación además de un jornalero realquilado (Antonio Carrera, de 23 años) sino
que también amplía el número de sus componentes que participan activamente en el
mercado laboral formal: el cabeza, el nuevo realquilado que viene a reducir costes a
expensas del disfrute íntegro de la vivienda por los García y el joven León, hijo
mayor, que a sus 14 años desempeña ya el que será su oficio en lo sucesivo, la
carpintería. Pero en estos años, la evolución de los García no es sólo producto de
sus decisiones estratégicas, sino que debe mucho a la macabra lotería demográfica. En
1866, cuando Cirilo tiene 46 años y su hijo mayor León 17, se presenta reiteradamente la
desgracia: tanto la mujer, Antonia, como el hijo menor de apenas 11 años, mueren. Al año
siguiente, es la abuela la que los deja solos a padre e hijo en compañía de un
realquilado Antonio Carrera que debía de ser ya como alguien más de la familia. Sin
embargo la vida sigue y apenas un año después de caer en la viudedad, cuando Cirilo
cuenta con 47 años, acepta en su hogar a Antera García, una asistenta viuda de 42 años
que, si al principio podría parecer un nuevo huésped que venía a aportar un salario
más con que afrontar el alquiler, se va a confirmar como un claro caso de mancebía hasta
que ambos viudos decidan regularizar su situación y contraer matrimonio en segundas
nupcias en la Iglesia de Chamberí en 1870. Entretanto, Antonio Carrera, aquel joven
realquilado que ya era un miembro habitual de la familia, abandona el hogar tras cinco
años de convivencia (en 1868) para comenzar una nueva vida, ya en una casa propia, ya con
otra familia. El hueco que dejaba al marcharse hubo de notarse (al menos en lo económico)
pues en los sucesivos años vamos a ver cómo junto a la nueva pareja van a convivir más
realquilados, especialmente cuando León García, el hijo del primer matrimonio de Cirilo,
se casó a los 24 años. Si conocemos el matrimonio de León con Teresa Yagüe, de apenas
20 años, es porque la joven pareja, en una práctica habitual entre las familias
nucleares [50] para afrontar los duros comienzos de la vida en común, reside
temporalmente en casa de Cirilo. Una estrategia troncal temporal que seguramente no sólo
reportaba beneficios a la pareja recién casada, sino también a sus ascendientes, que
durante los dos años (entre 1871 y 1873) en que convivieron, se vieron exentos de hacer
recurso a un hospedaje que les era habitual: la gran parte del tiempo en que no estuvo
presente la mujer de su hijo durante la década de los años 70, su plaza la ocupó una
pareja de realquilados; en 1870 es una pareja encabezada por un tornero de 30 años, en
1874 un jornalero de 60 años y su mujer, en 1876 por otro jornalero de 66 años y su
mujer de 59. Este periodo de tiempo de convivencia
con realquilados se cerrará con un retorno de los hijos al hogar; pero no de León, el
hijo carpintero de Cirilo que se había casado, sino con el de los descendientes del
anterior matrimonio de su segunda esposa, Antera García, con los que el jornalero de
Sagunto 3 había adquirido seguramente un compromiso de solidaridad al formar una nueva
familia. Así, en 1879, vemos aparecer en el hogar de esta pareja ya anciana de jornaleros
(Cirilo tenía 69 años, lo que era sin duda una edad avanzada para un trabajador sin
cualificación ni trabajo estable) a Encarnación Alcober García, hija de Antera. Era
Encarnación una costurera de 36 años cuyo marido, tal y como nos informan ellos mismos
en la hoja del padrón, había desaparecido hacía 17 años, dejándola al cargo de un
hijo (al menos) que por aquel entonces tenía tan sólo un año. El muchacho, de nombre
Eugenio, había cumplido pues los 18 años y era ebanista, y junto a su madre había
venido a residir con su nuevo abuelo. Y así permanecían en 1880, viviendo bajo una forma
peculiar de familia en que la argamasa no era tanto los lazos sanguíneos como la
solidaridad surgida de la necesidad y penuria que imponía la vejez de los abuelos, el
desamparo de la esposa joven abandonada y la juventud del nieto, ninguno de los cuales
habría tenido demasiadas posibilidades de sacar su vida adelante por separado. Conclusión: Sobre el desarraigo de los jornaleros
inmigrantes en la gran ciudad. La evolución de la familia de Cirilo
García no es una historia mínima, anecdótica e insignificante; nos revela de forma
excepcional una de las cualidades de la familia jornalera madrileña del siglo XIX y en
consecuencia una de las características de este tipo de población: la maleabilidad y
capacidad de adaptación de sus hogares como uno de los recursos para hacer frente a un
ambiente que les era hostil, en un contexto de escasez de trabajo, de bajos salarios, de
ínfima calidad de vida (marcada aún por las crisis de mortalidad epidémica y por la
falta de una oferta de vivienda adecuada a sus necesidades y pobreza). En los 20 años en
que hemos rastreado la vida de Cirilo, este jornalero procedente del pueblo madrileño de
Colmenar de Oreja, residió siempre en la misma casa del viejo arrabal de Chamberí, en
grupos familiares que oscilaron entre las dos y los seis miembros, pero que al cabo del
tiempo habían obligado a nuestro protagonista a convivir con un total de 15 personas con
las que debió establecer relaciones de más o menos duración e intensidad y sin las que
difícilmente él y sus compañeros de viaje habrían corrido la misma suerte: a los 60
años, en el horizonte de un jornalero viudo estaba demasiado presente el asilo benéfico
y la muerte, pero mucho más para una viuda como su segunda esposa; para una joven
abandonada por su marido que aspiraba a sobrevivir de unas labores de costura que, como se
vio, unían largas horas de trabajo a un salario ridículo, Madrid le ofrecía una
expectativa no más agradable: la prostitución [51]. Sin duda ese fue el destino
de otros muchos jornaleros inmigrantes que pasaron por el Chamberí del siglo XIX y que no
dispusieron de una familia que les acogiese a su llegada o que no supieron establecer
relaciones nuevas con una masa de población que estaba en una situación semejante a la
suya; historias más dramáticas que habrán de encontrar ocasión para ser reflejadas.
Sobre este abanico de trayectorias vitales desiguales, la del jornalero inmigrante que se
establece a duras penas en la ciudad, la del que no lo consigue y es expulsado por la
escasez del trabajo, o la del que cae en la mendicidad que acorta su vida y acelera su
muerte en un asilo, se produce el crecimiento notable de un Madrid que dobla su población
entre 1850 y 1900, que alrededor de su centenaria cerca despliega lujosas calles y
modernos edificios junto a viviendas obreras pobretonas y carentes de toda infraestructura
urbana a su alrededor, sin que para ello se haga necesario la aparición de signos de una
modernidad industrializadora. Los que eran imprescindibles en cambio, eran estos
inmigrantes jornaleros. Gráfico
1.- Pirámide de jornaleros según su inserción en el hogar 1860
Gráfico
2.- Pirámide de jornaleros según su inserción en el hogar 1880
[1] Datos en FERNÁNDEZ
GARCÍA, Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: La sociedad madrileña en el siglo
XIX en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio (dir.): Historia de Madrid, Editorial
Complutense, Madrid, 1993, pág. 481. [2] Íbid., 479 [3] Un rico estudio
sobre las características urbanísticas del ensanche en Díez de Baldeón, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo
XIX. Madrid, Siglo XXI, 1986. y en Brandis,
Dolores: El paisaje residencial en Madrid.
Madrid, MOPU, 1983. [4] BAHAMONDE, Ángel y
OTERO, Luis Enrique: Madrid, de territorio fronterizo a región metropolitana,
en FUSI, J.P.: España. Autonomías Madrid,
Espasa, 1989, pp.517-613, especialmente pp. 555-556 y BAHAMONDE, Ángel y OTERO, Luis
Enrique: Quietud y Cambio en el Madrid de la Restauración en Bahamonde Magro y Otero CARVAJAL (eds.): La sociedad madrileña durante la Restauración
1876-1931. 2 Vols. Madrid, Comunidad de
Madrid Alfoz, 1986, pp. 24-26, vol.1 [5] FERNÁNDEZ GARCÍA,
Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: op. Cit. 503. [6] DEL MORAL RUIZ, Carmen:
El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pág. 107. [7] BAHAMONDE, Ángel:
El mercado de mano de obra madrileño (1850-1874) en Estudios de Historia
Social, 15, 1980, pp. 143-146 [8] FERNÁNDEZ GARCÍA,
Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: op. Cit., pp.479-487; FERNÁNDEZ GARCÍA,
Antonio: La población madrileña entre 1876 y 1931.El cambio de modelo
demográfico en BAHAMONDE MAGRO, A. Y OTERO CARVAJAL, L.E.: La sociedad madrileña durante la Restauración,
1876-1931. Comunidad de Madrid, 1989. Vol. I, pp.29-76. Toro Mérida, Julián: El modelo demográfico madrileño, Historia 16, 59, marzo de 1981, pp.44-51. [9] A propósito,
cfr., por ejemplo, Bahamonde, Ángel, y Toro, Julián: Mendicidad y paro en el
Madrid de la Restauración, Estudios de
Historia Social, 7, pp. 353-384. [10] Fernández, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Barcelona, Vicens
Vives, 1985, en la que se dan numerosos ejemplos de la distinta incidencia de las crisis
de mortalidad epidémicas según la pertenencia social. [11] CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995. Me refiero especialmente a las conclusiones del Capítulo III: Flujos migratorios y destinos de los emigrantes, pp. 88-91, y del Capítulo 4: Actividad económica y movilidad ocupacional, pp. 119-132. [12]
BAHAMONDE, Ángel: El mercado de mano de obra madrileño (1850-1874) en Estudios
de Historia Social, 15, 1980, pp. 156-163. [13] Aunque referidos a
la evolución social general de España, son especialmente esclarecedores los apartados
El pueblo: mentalidad y conciencia y [trabajadores y grupos sociales
urbanos] del texto (por otro lado muy apoyado en la realidad social madrileña) de
FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y RUEDA LAFFOND, José Carlos: La Sociedad: los grupos
sociales en Los fundamentos de la España Liberal (1834-1900): La sociedad, la
Economía y las formas de vida. Tomo XXXIII dirigido por Antonio Fernández García de
la Historia de España fundada por Ramón Menéndez Pidal, Espasa, Madrid, 1997. pp
167-175. [14] Sobre
el valor de la información contenida en los padrones y las posibilidades que ofrece para
la Historia Social, ya me referí en PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El distrito de
Chamberí: estudio microhistórico de un espacio urbano en transformación
(comunicación presentada al IV Congreso de Historia Local de Aragón, Julio de
2003, Actas en prensa). Un planteamiento metodológico parecido es el de González Gómez, Santiago y Redero San Román, Manuel: Análisis
metodológico de dos fuentes de Historia Social: los padrones municipales y las
matrículas industriales en Santiago Castillo (coord..) La Historia Social en España. Actualidad y
perspectivas. Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 1991. pp. 507-520. Un
excelente ejemplo de la explotación de esta fuente para un estudio de historia urbana en Otero Carvajal, Luis Enrique Carmona Pascual, Pablo y Gómez Bravo, Gutmaro: La ciudad oculta. Alcalá de Henares 1753-1868. El nacimiento de la ciudad burguesa.
Fundación Colegio del Rey, Alcalá de Henares, 2003. [15] La bibliografía
existente sobre la evolución de Chamberí es de muy desigual calidad, y en ningún caso
alcanza a ofrecernos un retrato general del distrito, al menos en los términos que aquí
se han planteado. Sí encontramos trabajos con un estudio documental importante en lo
relativo a su evolución como zona del Ensanche madrileño en el libro conjunto de E.
CANOSA ZAMORA, J. OLLERO CARRASCO, J. PENEDO COBO, I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: Historia de Chamberí. Madrid, Ayuntamiento de
Madrid, 1988. Sin embargo, para la elaboración del esbozo histórico que se presenta a
continuación se ha debido recurrir a otras obras de carácter general, cuyo centro de
interés es la ciudad de Madrid pero que contenían valiosas informaciones acerca del
distrito. De especial interés resultan para el estudio de Chamberí en su evolución
estrictamente arquitectónica los apartados que le dedican Brandis, Dolores: El paisaje residencial en Madrid. Madrid, MOPU,
1983 y Díez de Baldeón, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo
XIX. Madrid, Siglo XXI, 1986. Una esclarecedora exposición sobre los condicionantes
para el desarrollo del Ensanche en esta zona en I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: Un
desarrollo tardío del Ensanche Norte: el sector occidental del distrito de
Chamberí en Anales del Instituto de Estudios
Madrileños, Madrid, CSIC, tomo XXIV, 1987, pp. 499-513. M. E. Ruiz Palomeque:
Desarrollo urbano de la zona Argüelles Chamberí en VV.AA.: Establecimientos tradicionales madrileños. 5. El
Ensanche: Argüelles y Chamberí. Madrid, Cámara de Comercio e Industria, 1985. pp.
29-52. y E. CANOSA ZAMORA: La periferia Norte de Madrid en el siglo XIX: cementerios
y barriadas obreras en Anales del Instituto
de Estudios Madrileños, CSIC, Tomo XXIV, 1987, pp. 515-533. [16] Los límites de
Chamberí, lo que primero fue un arrabal, después un barrio, finalmente un distrito cuyas
fronteras han sufrido múltiples modificaciones, fluctúan a lo largo de su historia. Por
eso, para asegurar la coherencia del presente estudio se ha optado por adoptar los límites
actuales del distrito. Una clara visión de la evolución de la división administrativa
de Madrid en GILI RUIZ, Rafael y VELASCO MEDINA, Fernando: Ayuntamiento y
administración municipal en Madrid. Atlas histórico de la ciudad. 1850-1939.
Centro de documentación y estudios para la historia de Madrid, Madrid, 2001; pp. 300-307. [17] El proyecto de
Ensanche para la ciudad de Madrid en Bonet
Correa, Antonio (ed.): Plan Castro,
COAM, Madrid, 1978. [18] Estas cifras, así
como el resto de la información relativa a Chamberí, son el resultado de un tratamiento
sistemático realizado por el autor de la
información contenida en los padrones de dichos años conservados en el Archivo de la
Villa de Madrid, sección Estadística. [19] Acerca del
fracaso del Ensanche burgués y las razones socioculturales que lo produjeron, entre las
que destaca la poca implicación de una burguesía rentista y poco emprendedora: Bahamonde, A.,: El horizonte económico de la
burguesía isabelina. Madrid 1856-1866. Madrid, UCM; Mas, Rafael: El barrio de Salamanca.
Madrid, Instituto de estudios de Administración local, 1982. Un resumen en JULIÁ,
Santos: Un Ensanche para Madrid en JULIÁ, Santos; RINGROSE, David; SEGURA,
Cristina: Madrid. Historia de una capital. Alianza Editorial, Fundación Caja de
Madrid, Madrid, 1994, pp. 299-313. [20] Elaboración
propia a partir de los padrones de 1860 y
1880. [21] Un buen retrato
del paisaje urbanístico de esta zona en RODRÍGUEZ CHUMILLAS, Isabel: Un desarrollo
tardío del Ensanche Norte: el sector occidental del distrito de Chamberí, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños,
T.XXIV, 1987, pp. 499-513. [22] El texto fundamental al respecto es el de FERNÁNDEZ, Antonio:
La población madrileña entre 1876 y 1931. El cambio de modelo demográfico en
BAHAMONDE MAGRO, A. Y OTERO CARVAJAL, L.E.: La
sociedad madrileña durante la Restauración, 1876-1931. Comunidad de Madrid,
1989. Vol.
I, pp.29-76. Referencias también en DEL MORAL
RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 53-58. Ambos estudios,
en gran medida son deudores de los datos aportados por el importante trabajo de un
contemporáneo: REVENGA,
Ricardo: La muerte en Madrid. Madrid, 1901 [23] Toro Mérida, Julián: El modelo
demográfico madrileño, Historia 16, 59,
marzo de 1981, pp.44-51. [24] Bahamonde Magro,
Ángel, y Toro, Julián: Burguesía,
especulación y cuestión social en el Madrid en el siglo XIX, 1978; pp. 259-260. [25]
Datos de la elaboración propia a partir de los padrones de 1860 y 1880. [26]
Toro Mérida, Julián: Op. Cit, pág. [27]
Para una descripción de las diferencias sociales ante la muerte es fundamental Fernández, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Barcelona, Vicens
Vives, 1985, en que la epidemia se alza en eficaz fiscal de las fallas
urbanísticas; los barrios bajos fueron estudiados por DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid
de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 85-116, en el que se aporta una valiosa
bibliografía. [28] PARADA, Diego
Ignacio: Higiene del habitante de Madrid ó advertencias reglas y preceptos para la
conservación de la salud, preservación de las enfermedades y prolongación de la vida en
esta córte. Madrid, Imprenta de M. Minuesa, 1876. pp.23-24. [29] CHICOTE, César: La vivienda insalubre en Madrid. memoria al alcalde
vizconde de Eza. Madrid, Impr. Municipal, 1914.pp. 48. Es interesante la consulta de
esta obra porque aparte de un estudio en que se identifican los puntos de la ciudad en que
se daba la mayor mortalidad por enfermedades infecciosas, los ilustra con un amplio
repertorio de fotografías en los que se hacen evidentes las causas de las epidemias: un
tipo de vivienda incompatible con cualquier rasgo de higiene. También Antonio Fernández destacaba para una
época anterior las manzanas de las calles de Meléndez Valdés y Fernández de los Ríos
a las que nos referimos como uno de los focos de extensión del cólera que asedió a
Madrid en 1885. Fernández,
Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Barcelona, Vicens
Vives, 1985; pág. 179. [30] Acerca del valor de la historia de la familia como análisis
multidisciplinar que abarca múltiples campos temáticos, véase REHER, David-Sven: Familia,
población y sociedad en la provincia de Cuenca, 1700-1970, Siglo XXI CIS,
Madrid, 1988, especialmente la Introducción; la justificación metodológica
de los distintos enfoques aquí adoptados, que no podría encontrar espacio en una
reducida comunicación, se encuentra en su mayor parte en REHER, David Sven: La familia
en España. Pasado y presente. Alianza Editorial, Madrid, 1996. [31] Al respecto, véase
el estudio de MENDIOLA GONZALO, Fernando: Inmigración, Familia y Empleo. Estrategias
familiares en los inicios de la industrialización, Pamplona (1840-1930). Bilbao,
Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 2002, muchos de cuyos planteamientos han
sido tomados prestados para el presente apartado. [32] Y sin embargo, en
una descripción como la que hace Baroja de un joven inmigrante que llega a Madrid en el
cambio de siglo, como es el Manuel de La Lucha por la vida (vid. BAROJA, Pío: La Busca, Caro Raggio
Editor, Madrid, 1972), la familia está muy presente al menos en su llegada; recordemos
tan sólo que el protagonista se instala primero en la casa que sirve su madre, para luego
habitar con un tío suyo zapatero. Acerca de la base de realidad sobre la que se asientan
las creaciones de ficción de Baroja y especialmente sobre el asunto de la inmigración a
Madrid, DEL
MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 53-58. [33] Así, en 1860, de
los 74 jornaleros recién llegados a Chamberí (es decir, aquellos que tienen menos de dos
años de residencia, 27 eran cabezas de familia, 19 residían en casa de algún familiar
(ya su hermano, ya su padre) y 28 lo eran realquilados. En 1880, de los 540 jornaleros
recién llegados a Chamberí, 219 son cabezas de familia, 219 eran cabezas de familia, 162
residen en casa de algún familiar y 156 lo hacían como realquilados. (Elaboración
propia a partir de los datos del padrón de Chamberí en 1860 y 1880). [34]
Toro Mérida, Julián: Op. Cit. [35] Enriqueta Camps, en
su estudio de la formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo
XIX, certifica como son estas familias que se encuentran en fase crítica en
que es más difícil afrontar el presupuesto familiar (muchas bocas que alimentar y pocos
brazos que trabajen), las que constituían el grueso de la población inmigrante a
Sabadell. CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la
Cataluña del siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995; pp.
98-103. [36] Para la
clasificación de estructuras familiares en buena medida se ha seguido el modelo que en su
día propusiera Laslett y que ha sido ampliamente utilizado por los historiadores de la
familia a partir de entonces; en el caso de España en buena medida siguiendo la estela de
los trabajos de David Sven Reher. Sin embargo se ha creído conveniente introducir
determinadas modificaciones ya que el modelo clásico, generalmente aplicado a poblaciones
pequeñas, muchas veces de carácter netamente rural o agrario, se muestra incapaz de
reflejar un fenómeno de naturaleza urbana: la presencia de realquilados, la convivencia
de las familias en la ciudad junto a extraños al ámbito familiar con los que se decide
compartir el alquiler. Para solucionarlo, junto a la tipología clásica de estructuras
familiares, se han introducido tres nuevas clasificaciones: realquilados sin núcleo
familiar, que reúne a aquellos que comparten hogar sin que medie relación familiar
de por medio; familias pseudoextensas, en las que se recoge aquellas familias
nucleares que se ven obligadas a extender el tamaño de su hogar como miembros con los que
no mantiene vinculo familiar alguno; múltiples realquilados, en la que se
consignan aquellos hogares con varios núcleos familiares sin parentesco entre ellos (a
diferencia de las múltiples troncales y las múltiples colaterales). [37] Comisión de
reformas Sociales, tomo I: "Información oral practicada en virtud de la Real Orden
de 5 de diciembre de 1883" Madrid, 1889, pág. 224, citado en DEL MORAL RUIZ, Carmen:
Op. Cit. 81 [38] Y sin embargo, los
datos ofrecidos a la comisión de reformas sociales parecen bastante verosímiles;
obsérvese por ejemplo, el precio del alquiler, de 0,50 pesetas al día, que son 15
pesetas al mes. Anteriormente, cuando hemos ofrecido los alquileres medios que pagaban los
jornaleros en Chamberí, hemos visto que su precio era de 13,34 pesetas. [39]
Todas las descripciones elaboradas a partir del padrón de 1880. [40] Un texto que
demuestra este subregistro del trabajo femenino, aunque sea para otro tiempo y otro
contexto económico y laboral diferente al del Madrid de fines del XIX, es el de CAMPS
CURÁ, Enriqueta: De ocupación sus labores. El trabajo de la mujer en los albores
del siglo XX (Sabadell, 1919-1920) en GONZÁLEZ PORTILLA, Manuel y ZÁRRAGA SANGRONIZ,
Karmele (eds.): IV Congreso de la Asociación de demografía histórica Historia
de la población, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1999; pp. 549-562. En él la
autora comprueba como muchas de las mujeres que figuran en el padrón industrial de la
ciudad, entre las que había obreras de alta cualificación y de carreras profesionales
largas, se inscribían en el padrón del Ayuntamiento como mujeres dedicadas a sus
labores. [41] No es esta ocasión
de insistir en la obsolencia del binomio trabajo asalariado masculino y productivo frente
a trabajo femenino doméstico complementario y reproductivo; un buen enfoque del papel que
juega la mujer en la economía a partir de
fuentes muy similares a las aquí utilizadas en Otero
Carvajal, Luis Enrique Carmona Pascual,
Pablo y Gómez Bravo, Gutmaro: La ciudad oculta. Alcalá de Henares 1753-1868. El nacimiento de la ciudad burguesa.
Fundación Colegio del Rey, Alcalá de Henares, 2003; p. 197-220. [42]
Otero Carvajal, Luis Enrique Carmona Pascual, Pablo y Gómez Bravo: Op.
cit pág. 199. [43] En 1860, de los 331
hogares encabezados por jornaleros en Chamberí, en sólo 11 se encontraba una mujer al
frente; en 1880 eran únicamente 33 de los 2106 hogares jornaleros. [44] BLASCO IBÁÑEZ,
Vicente: La Horda. Prometeo, Valencia, 1919. pp. 255-260. La primera edición de la
obra es de 1905. [45]
LARGO
CABALLERO, Francisco: Mis recuerdos. Cartas a un
amigo Ediciones Unidas, S.A., México D.F., 1976; pp. 24-25. [46] Íbid. Pág. 25 [47] Íbid. Pág. 25 [48]
Íbid.
Pág.
28-29. [49] Aquí se sigue a
Reher en su consideración de que la solidaridad entre miembros de un parentesco más o
menos extenso para la elaboración de estrategias de supervivencia coyunturales era una de
las características inherentes al funcionamiento de la familia nuclear, frente a una
familia troncal, vinculada a un sistema hereditario rígido en que se aseguraba el
mantenimiento de la unidad familiar y de patrimonio con los miembros que permanecían en
el hogar, ya por pertenecer a generaciones pasadas, ya por quedar condenados al celibato
en beneficio de la herencia única del primogénito. Obviamente, para una población
jornalera, carente de toda propiedad, ni tan siquiera la constituida por el conjunto de
saberes y herramientas que implica el desempeño de un oficio cualificado como el de los
artesanos, la existencia de pautas de actuación familiares troncales, puede ser
descartada. REHER, David S.: La familia en España. Pasado y presente. Alianza
Editorial, Madrid, 1996, pág. 69 y ss. [50] La historia de la
familia de Cirilo García ha sido reconstruida a partir de los datos contenidos en los
padrones madrileños de los años 1860, 1861, 1863, 1865, 1866, 1867, 1868, 1869, 1871,
1873, 1874, 1876, censo de 1877, padrón de 1879 y de 1880. Archivo de Villa de Madrid,
sección de Estadística. [51]
REHER: Op. Cit. Pág. 115 y ss. [51] Para el estudio de
la prostitución en Madrid nos remitimos de nuevo al estudio de DEL MORAL RUIZ, Carmen: El
Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pp. 141-160 y al artículo de CUEVAS DE LA
CRUZ, Matilde y OTERO CARVAJAL, Luis Enrique: Prostitución y legislación en el
siglo XIX. Aproximación a la consideración de la prostituta madrileña en GARCÍA
NIETO, María del Carmen (ed.): Ordenamiento jurídico y realidad social de las
mujeres. UAM, Madrid, 1986, pp. 247-255. Más recientemente, GUEREÑA, Jean-Louis: La
prostitución en la España Contemporánea. Marcial Pons, Madrid, 2003. Es también
fundamental la consulta de obras de la época entre las que destaco: ESLAVA, R.: La
prostitución en Madrid. Apuntes para un estudio sociológico. Madrid, 1900 y BERNALDO
DE QUIRÓS Y LLANAS AGUINALEDO, José María: La mala vida en Madrid .Estudio
psicosociológico con dibujos y fotografías del natural, Madrid, Rodríguez Serra, 1901
(reeditado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses en 1998).
| ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||