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Abstract The district of Chamberi arose in the north of Madrid about the
middle of the 19th century as a popular residential alternative to a city
with grave problems of population overcrowding. A
set of real estate promotions, made outside the boundaries of legality, gave rise to a
poor small village that welcomed the immigration which the city was incapable to absorb.
The commencement of the enlargement of
the city in 1860 attempted to give order to that population growth; in the newly created
urban district the contradictions of the social evolution of a middle-half-19th-century
city like Madrid were expressed, in which a remarkable population increase and urban
development were combined with a scarce industrial development and a persistence of the
socioeconomic structures of a preindustrial city.
Keywords: Chamberi
/ Madrid / Urbanization / Immigration / urban
enlargement 1.Madrid 1860-1880: urbanización sin
industrialización. 2.El surgimiento del arrabal de Chamberí. 3.El proyecto de Ensanche
de Madrid. 4.Chamberí, un
espacio urbano intermedio en una ciudad progresivamente segregada socialmente 1.- Madrid
1860-1880: urbanización sin industrialización. La ciudad de Madrid, que en 1860 contaba con cerca de 300.000
habitantes, en sólo dos décadas alcanzó las casi 400.000 personas inscritas en el censo
de 1877[1]. Como ya ha sido destacado, este crecimiento no supone un fenómeno
espectacular en un contexto de urbanización europea mucho más intensa, pero si nos da
una buena medida de la capacidad de crecimiento urbano de una ciudad que a diferencia de
otras aglomeraciones europeas, careció de un verdadero proceso industrializador [2].
Tal carencia puede explicar el carácter atenuado de ese crecimiento, pero no debe
conducirnos a caracterizar el periodo como el de la reproducción de las viejas
estructuras socioeconómicas preindustriales en una sociedad estancada que se perpetúa a
sí misma en el tiempo. Bajo la aparente quietud de un Madrid en que los centros
industriales, si existen, son anecdóticos, en que aún predomina el pequeño taller y el
mundo de los oficios y en que la clase obrera industrial de tipo manchesteriana brilla por
su ausencia, se producen una serie de cambios que en tan sólo veinte años van a
transformar significativamente la ciudad. El más llamativo de estos cambios es la puesta
en marcha del Ensanche que, tras el definitivo derribo de la cerca en 1868 detrás de la
que se encastillaba la ciudad desde tiempos de Felipe IV, va a permitir que Madrid se
extienda y se reforme de acuerdo con las pautas de segregación socioespacial propias de
la urbanización europea del siglo XIX y que rompen profundamente con la ciudad
preindustrial en que convivían en amalgama los distintos grupos sociales [3]. En
la conquista que hace de su perímetro, vemos surgir en Madrid barrios burgueses, como el
de Salamanca o el conformado por los lujosos hotelitos que recorren el Paseo de la
Castellana, y barriadas obreras de casas de vecindad, como los de Peñuelas en el Sur o
Vallehermoso en el Norte, sin que para ello haya de mediar la aparición de grandes
concentraciones fabriles. Esta aparente paradoja, la de la germinación (con muchas
limitaciones) de una ciudad moderna sin mediar industrialización no puede ser comprendida
sin referencia a la naturaleza dual de un Madrid en que se yuxtaponen las dinámicas
sociales, económicas, políticas y culturales de, por un lado, su condición de capital
de un estado liberal en progresiva construcción y, por otro, los caracteres propios de
una ciudad preindustrial cuya configuración social sigue profundamente lastrada por el
mundo de los oficios [4]. Así, resulta que en la ciudad que acogía a las más
importantes sociedades financieras del país y en la que confluía una red de transportes
y de comunicación modernizada por el ferrocarril o el telégrafo, era el artesano que
trabajaba en un pequeño taller en que se mantenía la solidaridad gremial por encima del
sentimiento de pertenencia de clase, junto al pequeño tendero o al rentista inmobiliario
los que marcaban la impronta de la vida económica [5]. En definitiva, la
evolución de Madrid en la edad contemporánea se resuelve en la tensión entre la
pulsión modernizadora del Madrid capital del Estado y la quietud e inercia derivadas de
la ciudad de los oficios. Esta evolución de Madrid a finales del siglo XIX, en que se
combinan de manera aparentemente paradójica el crecimiento demográfico y un cierto
estancamiento económico, se asienta sobre un modelo demográfico de tipo antiguo
que ya ha sido identificado y descrito por
Antonio Fernández García,[6] quien considera que hasta comienzos del siglo XX no
se produce la transición al nuevo modelo de pautas de comportamiento demográfico entre
la población madrileña. Lo más significativo de este comportamiento demográfico sería
la incapacidad biológica de la población madrileña para reproducirse; el saldo
vegetativo de la ciudad hasta fines del siglo XIX fue predominantemente negativo: Madrid
era una ciudad de la muerte, sepulturera de inmigrantes, que aunque crecía,
sus tasas de mortalidad superaban año a año a las de natalidad, gracias al mantenimiento
de unas tasas de mortalidad general altas, en las que jugaban un papel fundamental la alta
mortalidad infantil y los embates de las crisis epidémicas que esporádicamente (aunque
con un cierto ritmo cíclico que remite a causas estructurales) azotaban la ciudad [7]. El mantenimiento casi
constante de tasas de crecimiento vegetativo negativas en el Madrid decimonónico hace de
los flujos migratorios un factor decisivo en el crecimiento de la ciudad. El porqué de
que Madrid se convierta en un poderoso polo de atracción de población en la segunda
mitad del siglo XIX debe buscarse en su condición de capital del naciente Estado liberal;
condición que la convirtió en una ciudad de las oportunidades para una gran
contingente de inmigrantes de muy diversa condición social: burgueses enriquecidos,
terratenientes rentistas y miembros de la elite social que, desde diferentes provincias,
acuden al centro de decisión política y económica en que se está convirtiendo Madrid;
capas medias aspirantes a un empleo en la cada vez más desarrollada y centralizada
burocracia liberal, y sobre todo jornaleros, muchos jornaleros, que poco a poco irán
adquiriendo una posición predominante en los registros de población madrileños. De
hecho, el jornalero, por lo general un campesino que, expulsado de su lugar de origen por
la falta de trabajo, viene a buscar empleo a la gran ciudad, se convierte en una figura
social característica del Madrid de la época, aumentado su presencia a un ritmo superior
al del crecimiento de la población [8]. Si las causas que hacen de la capital del Estado, un polo de
atracción para las elites sociales y las capas medias parecen claras, no sucede lo mismo
con los jornaleros. La economía de la ciudad, aún marcada profundamente por el mundo de
los oficios, en la que aún predomina el pequeño taller artesanal en la que los saberes
profesionales y la oferta laboral circula por los cauces del parentesco, cierra las
puertas al campesino inmigrante que busca trabajo. Pero este rechazo no es más
contundente que el de otras ciudades que, habiendo iniciado el proceso de
industrialización, poseyeran centros fabriles reclamando una nueva mano de obra: en
ellas, como ha demostrado Camps [9] para el caso de Sabadell, no había sitio para
el trabajador sin cualificación. La fábrica del XIX, aún poco mecanizada, reclamaba una
mano de obra ya cualificada en la manufactura o en el taller y resultaba un mundo tan
inaccesible para el jornalero en busca de trabajo como ese preindustrial de artesanos y
pequeños comerciantes de Madrid. Pero Madrid en el XIX presentaba ciertos rasgos que la
hacían, para los jornaleros, un destino preferible a otras ciudades; rasgos que están en
relación con la formación de un particular mercado de mano de obra en que abundaba la
oferta de trabajo no cualificado [10]. Las obras de remodelación del casco antiguo
de la ciudad, las obras del Ensanche, la creación de grandes infraestructuras (como la
traída de aguas del Lozoya) hicieron proliferar una abundancia de trabajos temporales
para albañiles, peones y mozos de cuerda; trabajos no cualificados, de salario bajo y
temporales que sin embargo los jornaleros podían aspirar a encabalgar uno detrás de otro
para sobrevivir en la gran ciudad o en los periodos que el trabajo estacional del campo
les negaba el sustento. Si a esto añadimos que en la capital del Estado se concentraban
un gran número de congregaciones religiosas e instituciones públicas dedicadas a la
beneficencia que tendieron (bien es cierto que en muchas ocasiones con poco éxito) a
salvar los momentos en que las clases menesterosas entraban en situaciones de pobreza
aguda, podemos comprender que Madrid, ciudad sin desarrollo industrial, se convirtiera en
el nicho adaptativo que tendiera a buscar para refugiarse la masa de expulsados que
una economía agraria en transformación había producido y que, sin embargo, aún no
contaba con una economía urbana e industrial que abriera las puertas de sus fábricas
para acogerlos. En el abismo que se abre entre la disolución de las
estructuras sociales y económicas propias del Antiguo Régimen y una modernización
industrializadora que no hace más que un tímido acto de presencia en la España del XIX,
surge el espacio sobre el que Madrid crece. La ciudad capital del Estado aprovecha los
residuos de un mundo en disolución en propio beneficio, para alimentar una dinámica
social incapaz de mantenerse por sí misma. En el campo demográfico, los inmigrantes que
vienen a finales del XIX a morir a la ciudad, permiten la pervivencia de un modelo
demográfico que sin ellos habría llevado a una disminución progresiva de la población.
En el campo económico estas riadas de inmigrantes, lejos de incorporarse a la economía
artesanal de la ciudad, serán empleados en la ampliación urbanística del mismo Madrid
que ellos están contribuyendo a crear. Madrid, en estos años parece vivir por inercia:
su crecimiento se convierte en el principal impulso de su crecimiento. En este sentido, el proceso de renovación urbana que se abre en el segundo tercio del XIX (con las
obras y transformaciones del interior que se destilan del primer proceso desamortizador) y
se intensifica a partir de 1860 con el inicio del Ensanche que abre la ciudad al exterior,
se convierte en la espita que libera las tensiones generadas entre la quietud y el cambio
social a las que se veía sometida Madrid. Un Madrid que desborda ya a mediados de los
años 50 del XIX y que decide entre 1860 y 1868 dar el paso de derribar sus cercas y
expandirse hacia el exterior, abriendo nuevas calles y barriadas. Con ello no sólo se
solucionaba el problema del alojamiento que estaba planteado desde hacía décadas, ni dar
satisfacción a las preocupaciones de los higienistas ante las cada vez más deterioradas
condiciones de vida en la ciudad a través de un proyecto ideal de ciudad; el Ensanche,
además, se postuló como la solución de compromiso para una economía cuyas bases se
encontraban en grave peligro de disolución: por un lado permitía emplear a todos
aquellos inmigrantes desclasados que habían llegado al páramo industrial que había
creado el capitalismo en sus primeros pasos en España, por otro lado resultaba la
siguiente etapa más fácil, ahora que la veta de la desamortización ya aparecía
agotada, en el camino de inversión especulativa por el que había comenzado a transitar
la burguesía madrileña [11]. El Ensanche de Madrid en el XIX puede
ser así presentado como la bisectriz de dos líneas de evolución social de muy distinto
signo: la confluencia de fuerzas entre una ciudad preindustrial, tendente a reproducir sus
formas de organización social y económica propias del Antiguo Régimen, y una ciudad
que, al asumir las nuevas responsabilidades y funciones en su tránsito de corte
monárquica a capital de un Estado liberal, recibe los impulsos que este último, en su
proceso de construcción difiere a Madrid. Aunque las críticas al
proyecto de Ensanche madrileño abundan desde su misma aprobación, [12] estas se
han limitado por lo general a denunciar sus resultados arquitectónicos y urbanísticos,
olvidando otros aspectos relacionados con el crecimiento de la ciudad [13]. Sin
embargo el mayor fracaso del proyecto de Castro se encuentra en aquellas realidades que
pretendía erradicar. El retrato del crecimiento demográfico madrileño en el XIX
esbozado más arriba ya nos lo sugiere: en sus primeros 40 años de andadura, una reforma
urbana fundada en el discurso higienista, no consiguió invertir la relación entre la
mortalidad y la natalidad madrileñas contra la que luchaba. En el tránsito al siglo XX,
las condiciones de higiene en la ciudad seguían siendo objeto de denuncia como la primera
causa de la mortalidad excesiva de la capital [14]. A ello se unía el gran retraso
de la capital española en la solución del problema de la vivienda insalubre, que
afectaba de manera especial a las clases obreras más desfavorecidas [15]. El
Ensanche se construía sí, pero a un ritmo lento y ofertando una vivienda cuyos precios
eran inasumibles para las clases populares madrileñas que debían recurrir a las viejas
soluciones: o hacinarse en viviendas deterioradas del casco antiguo u ocupar las casas
bajas que surgían en las afueras de la ciudad. En definitiva, el Ensanche no solucionó
sino que mantuvo dos de los grandes problemas a los que se enfrentaba: la mejora de las
condiciones higiénicas de la ciudad y el acomodo de una población en aumento. Más que
solución parece que se convirtió en una huida hacia adelante en la que los vicios de la
vieja ciudad de los oficios (hacinamiento de las clases populares, insalubridad
generalizada, alta morbilidad de la población) convivieron con los de los nuevos tiempos
industriales (jornalerización, escasez de trabajo). En este sentido, Chamberí como zona de Ensanche socialmente
heterogénea, frontera entre la vieja ciudad que pugna por perpetuarse y espacio donde se
ensayan las nuevas formas de organización social generadas por el liberalismo, se
convierte en un escenario privilegiado para comprender la evolución de la sociedad
madrileña a lo largo del siglo XIX y comprender la forma en que se interrelacionaron y
ensamblaron los fenómenos derivados de una y otra cara de la ciudad: la naciente capital
y la ciudad preindustrial en disolución [16]. 2.- El surgimiento del arrabal de Chamberí. En los momentos previos a la aprobación del Ensanche, el
espacio urbano que conforma el actual distrito madrileño de Chamberí [17] era un
conjunto de tierras que se extendía al norte de la ciudad y que acogía todo aquello que
la capital, empeñada en crecer sin rebasar la vieja cerca del siglo XVII, ya no podía
albergar en su seno: un arrabal de trabajadores que no se podían permitir el pago de un
alquiler en el casco viejo de la ciudad, merenderos y espacios de ocio de precios
populares en los que no se pagaban los impuestos de puertas, instalaciones de servicios
públicos que las más básicas medidas de salubridad habían llevado a instalar fuera de
las ciudades (cuatro cementerios que se extendían al Oeste de la Carretera Mala de
Francia, hoy Bravo Murillo) y nuevas infraestructuras que una ciudad cada vez más
populosa exigía (como los extensos depósitos para el abastecimiento de agua a la capital
que se empezaron a construir en 1851). Junto a ellos, diseminados, aparecían algunos
ejemplos de la débil concentración fabril madrileña a medio camino entre el taller
manufacturero de tipo antiguo (como la Real Fábrica de Tapices) y la industria
ligeramente moderna pero sobre todo modesta (talleres de fundición de Bonaplata y de
Sanford), que lindan con otros centros de producción propios de la ciudad preindustrial
que era Madrid: huertas y tejares dedicados al abastecimiento de materiales de
construcción para la villa. Era sin embargo en 1860 Chamberí un núcleo de población
pequeño, en cuyos desolados terrenos apenas habitaban unas 5000 personas, la mayor parte
de ellos concentrados en el arrabal nacido a las puertas de la ciudad, en torno a la
futura plaza de Olavide.
El inmigrante que acude desde los entornos de Madrid a colocarse temporalmente como trabajador, la muchacha que viene buscando empleo como sirvienta o el joven que acude para trabajar en una tienda de un familiar, si bien integran un tipo de migración que mantendrá su importancia en la segunda mitad del XIX, no representa el único aporte ni el más voluminoso de los flujos migratorios hacia Madrid. En esta época se está produciendo un cambio en las relaciones que existen entre la ciudad y su entorno y los flujos migratorios que entre ellos se establecen y que van a producir una transferencia de población rural a los centros urbanos sobre los que se asienta el crecimiento de las ciudades en la segunda mitad del XIX y muy especialmente el de Madrid. A diferencia de las corrientes migratorias entre la ciudad y su hinterland de la Edad Moderna, temporales, protagonizadas fundamentalmente por jóvenes y que representaban una estrategia estacional de las familias campesinas para aliviar los periodos críticos de su ciclo vital o como válvula de escape en momentos de crisis agraria [19], la inmigración a Madrid en el XIX también la realizaban familias enteras, que no venían temporalmente sino que pretendían establecerse, expulsados por una economía agraria que estaba experimentando profundas transformaciones y que se mostraba incapaz de mantenerlos en su seno por más tiempo. La población que decidía abandonar su comunidad de origen estaba compuesta generalmente por familias jóvenes, recién formadas, que muy habitualmente decidían emprender el viaje en los momentos económicamente críticos de su economía doméstica: el nacimiento de los primeros hijos, demasiado pequeños para trabajar y cuyos cuidados exigían tal atención de sus madres que las incapacitaba para una participación en el mercado laboral agrícola [20].
Una descripción más detallada de los itinerarios seguidos por los inmigrantes cómo el que nos permiten las hojas de los padrones nos ayuda a comprender mejor la forma en que se producía esta inmigración en familia; en el siguiente cuadro se recogen algunos casos representativos de la forma en que los jornaleros presentes en la calle Cardenal Cisneros, una de las más populosas del arrabal de Chamberí habían llegado a la capital y se habían establecido en esta zona periférica urbana.
Había surgido de esta manera al otro lado de la cerca Norte de
la ciudad, otro Madrid, una ciudad nueva en que se producían formas diferentes de
organización sobre el espacio urbano y en las que, en cierta medida, se expresaban
anticipadamente algunos de los fenómenos sociales que se van a producir posteriormente,
una vez se abra el camino al Ensanche y se desarrolle a gran escala. Esta urbanización
arrabalera más o menos espontánea puede ser considerada incluso como un precedente del
mismo Ensanche que manifestaba ya algunos de los rasgos que van a ser característicos del
Madrid que se construya y se urbanice a partir del año 60. 3.- El proyecto de Ensanche de Madrid. Esta anticipación del arrabal sobre el Ensanche, este
crecimiento de la ciudad antes de que fuera legalmente organizado, los rasgos de
modernidad que puede presentar como despliegue social y urbano, tan sólo demuestran la
necesidad que existía de acometer tal empresa a la altura de 1860, en un Madrid en que se
hacía ya imposible el mantenimiento de la cerca que lo contenía. Pero no significaba que
se constituyera en un modelo de crecimiento deseado para la ciudad. De hecho, en el
proyecto de Ensanche de Madrid que se aprobó finalmente, se consideraba el arrabal de
Chamberí precisamente como el contraejemplo, como el tipo de urbanización que se debía
evitar y que en consecuencia debería desaparecer del futuro paisaje residencial
madrileño [25]. El arrabal de Chamberí, aunque constituía un espacio urbano apto
para la residencia de las clases medias y populares (o precisamente por eso) había sido
edificado al margen de muchas de las normas que un ingeniero imbuido de las ideas
higienistas, como era Castro, consideraba mínimas para un desarrollo urbano conveniente:
calles estrechas, trazado viario un tanto improvisado, falta de espacio libre y ajardinado
en las manzanas, nulo equilibrio en la distribución de edificios públicos, plazas y
jardines... En el plano aprobado del nuevo
trazado viario que se extendería al Norte de la ciudad, el populoso arrabal desaparecía
bajo un gran jardín. El proyecto de Ensanche de la ciudad aprobado en 1860 y que
pretendía ser el documento maestro que ordenara el futuro crecimiento de la ciudad,
buscó amortiguar los desmanes que en el ejercicio de la propiedad privada de los terrenos
urbanizables pudieran repercutir en las condiciones higiénicas de las nuevas viviendas [26].
Amortiguar la libertad de los propietarios de los terrenos, que no suprimirla. Castro se
esforzó por encontrar un diseño que armonizara el respeto por la propiedad privada,
consustancial al régimen jurídico y político recién instaurado en España (y hacia el
que no sentía ningún desapego), con las preocupaciones que progresivamente se habían
ido despertando entre los higienistas sobre las condiciones de la vida urbana moderna y,
muy especialmente, las que experimentaba una cada vez más mencionada clase obrera.
Además de su criticado diseño ortogonal del trazado viario del Ensanche (que no obstante
significaba una ruptura revolucionaria en la concepción de la ciudad), Castro puso un
especial esmero en el establecimiento de un equilibrio entre anchura de calles, altura de
los edificios, distribución de las manzanas y distribución de los espacios ajardinados
que garantizaran una nueva ciudad higiénica, libre de cataclismos epidémicos como el que
había sufrido Madrid en 1855 a manos del cólera. Incluso se llegó a establecer una
normativa para la construcción de casas que impedía algunos de los vicios
característicos de la edificación del casco antiguo (establecía un mínimo de metros
cúbicos por dormitorio, suprimía las buhardillas, regulaba las condiciones de bajos y
sótanos...). Por lo demás Castro se mostró muy pragmático; quizá excesivamente como para que su proyecto saliera adelante. No sólo aceptó sino que consideró recomendable la división del Ensanche en barrios de características diferenciadas para acoger a las distintas clases sociales; como bien interpretó el ingeniero madrileño, la segregación social en la futura ciudad no necesitaba ser forzada. Bastaba la libre actuación de los propietarios de los terrenos, sobre todo si estos eran los burgueses especuladores tan propios de Madrid, para que pronto se produjera un desequilibrio llamativo entre los precios de una zona de las afueras y otras. De hecho, tal fenómeno ya se había producido: mientras Castro diseñaba su proyecto, se aceleraba la circulación de compra y venta de los futuros terrenos urbanizables y se iban definiendo zonas de precios más altas que otras. A precio de suelo distinto, calidad de los edificios distinta. La división del Ensanche en barrios burgueses y barrios populares estaba garantizada. Lo que no supo o no quiso prever el ingeniero Castro fue que esa diferenciación social entre barrios se traduciría también en una desigualdad en condiciones higiénicas de los diferentes espacios urbanos creados. La meticulosidad, de la que se pudo hacer gala en la fijación de normas constructivas higiénicas de la ciudad, no se plasmó en cambio en una verdadera planificación económica de la puesta en marcha del proyecto, a no ser que por tal se considere la reverencia casi religiosa hacia la propiedad que presidió toda la puesta en marcha del plan urbanizador. La regulación posterior que se hizo de las formas de expropiación no sólo no freno, sino que incrementó, el alza de precios y la especulación con el terreno urbanizable, repercutiendo además en un muy lento acondicionamiento de las calles (en un principio los terrenos expropiados para apertura de calles los pagó el Ayuntamiento a precio de mercado) y en una intervención más que destacada de los propietarios en beneficio de sus intereses especulativos y en perjuicio de un equilibrado reparto del presupuesto para infraestructuras urbanas que tuvo por consecuencia el surgimiento de barrios con muy desiguales calidades, como ya explicara Rafael Mas en su día [27]. Al final el Ensanche se convirtió en un negocio más con el que conseguir suculentas plusvalías sin tener que invertir demasiado: son numerosos los ejemplos de obtención de rápidos beneficios por la compra y venta de terrenos en un corto espacio de tiempo en los años que rodean la aprobación del proyecto [28]. La consecuencia para la ciudad fue un alza tal del precio del suelo que se hizo imposible su edificación: no había combinación posible para pagar el suelo urbanizable, construir de acuerdo con las condiciones higiénicas dictadas por Castro y además ofrecer alquiler barato. La solución había de ser lógica para un Ayuntamiento tan preocupado por velar por los intereses de los propietarios: se hacía imprescindible rebajar la exigencia en las condiciones higiénicas de las construcciones. El primer paso se dio en 1864 al abandonar la normativa constructiva del Ensanche y sustituirla por la existente para el casco viejo; luego fue la reducción de los espacios ajardinados y de ventilación por edificio, más tarde se permitió la construcción de buhardillas y sotabancos, se autorizó mayor altura en los edificios, se suprimieron las calles de segundo orden... No quedó ni rastro del idealismo higiénico del proyecto original. 4.- Chamberí, un espacio urbano intermedio en una ciudad
progresivamente segregada socialmente. Quizá el hecho que mejor simboliza la disolución de las buenas intenciones higiénicas del proyecto de Ensanche fue la supervivencia misma del viejo arrabal de Chamberí, inicialmente condenado a la demolición y que al final se acabó aceptando a pesar de que hasta violentaba el trazado ortogonal de Castro (que no obstante es la parte de su legado que más solidamente ha llegado a los madrileños). La pervivencia del arrabal y de sus edificios no significa por el contrario que éste se mantuviera como un espacio de vivienda barata, adecuada en precios para las capas populares madrileñas. Chamberí y sus alrededores experimentaron, como el resto de los terrenos de Ensanche, una revalorización sin precedentes del precio de su suelo que se transmitió al de los alquileres tanto de las casas nuevas como de las viejas edificaciones. Entre 1860 y 1880 el precio del alquiler medio en Chamberí se incrementó en un 106%, alza incomparable con cualquier dato contemporáneo si tenemos en cuenta la estabilidad salarial de aquellos tiempos [29]. Sin embargo este alza de precios no se produjo de una manera uniforme en la Zona Norte de Ensanche que englobaba a Chamberí. En ello influyó de manera determinante la distorsión introducida por la aparición en su sector Este, en la ribera de la Castellana, de un nuevo barrio de corte aristocrático, formado por lujosos hoteles rodeados de jardín y reservado para los grandes hombres de Madrid, la elite propietaria y ennoblecida que acabaría conformando la cúpula rectora de la Restauración. La edificación de este barrio, que por otra parte estaba prevista en el proyecto de Castro y que era de esperar por el valor ya adquirido por el paseo que prolongaba el aristocrático eje Recoletos-Prado, tuvo como repercusión la jerarquización en barrios de la zona Norte del Ensanche. Así, el precio del suelo y de los alquileres estaba directamente relacionado con la mayor o menor proximidad a la Castellana y al barrio aristocrático, lo que provocó la aparición de tres zonas claramente diferenciadas: precios inalcanzables de alquiler en la zona de Almagro Oriental, que superaban las 100 pesetas; precios medios en el antiguo arrabal (barrio de Trafalgar, extremo Oeste de Almagro occidental y Arapiles), precios bajos en la periferia del arrabal y en las proximidades de los cementerios, en el extremo Oeste de la zona 1 de Ensanche. Con ello se cumplía la profecía de Castro acerca de los mecanismos naturales que surgirían para hacer posible esa distribución socioespacial de la población en la ciudad tan deseada y a la vez tan temida por la burguesía de su tiempo [31].
¿Se convirtió pues Chamberí en 1880 en un distrito jornalero,
un barrio obrero? No, la distribución de jornaleros por calles y edificios sólo produjo
en casos contados una cohesión social suficiente para que podamos identificar con
claridad espacios totalmente segregados y únicamente integrados por jornaleros. Lo normal
en el Ensanche Norte era que los jornaleros y los trabajadores habitaran en casas mixtas,
en las que convivían con otros estratos sociales, más o menos cercanos, con los que
compartían experiencias y problemas muchas veces similares. La disposición
socioespacial, que ya se daba cuando Chamberí no era más que un arrabal, cristalizó una
distribución de clases y grupos sociales de muy diferente condición que permitía la
convivencia en calles cercanas y hasta en los mismos edificios pero que al tiempo
establecía diferencias (en el tipo de calles en que unos y otros se instalaban, en el
piso de la casa que ocupaban) que hacían visible la existencia de una jerarquía, se
mantuvo favorecida por la puesta en marcha del Ensanche y los
condicionantes en pro de una segregación socioespacial que éste desato. Esta convivencia en jerarquía es
fácilmente observable si más allá de la diferencia de precios de alquiler entre
barrios, nos ocupamos de las diferencias que dentro de cada barrio se daba en sus
diferentes calles; así en el barrio de Trafalgar, el más populoso de Chamberí, se puede distinguir tres grupos de
calles según el precio de sus alquileres. Las calles que destacan por sus precios altos son o bien vías principales de comunicación que
atraviesan el barrio, las calles más anchas y que antes de albergar población
funcionaban como paseos arbolados para entretenimiento de las clases acomodadas de Madrid
(caso de Luchana o del Paseo de la Haban), o aquellas que situadas cerca del casco viejo
de la ciudad, se veían revalorizadas por la existencia de establecimientos comerciales
(la calle Cardenal Cisneros) o por sus mejores infraestructuras y acceso a determinados
servicios (como las calles de Manuel Cortina o de Trafalgar abiertas con el Ensanche y
edificadas de acuerdo con una calidad arquitectónica superior a la del arrabal). Su mejor
acondicionamiento y aspecto van a atraer a una población ligeramente distinguida a sus
edificios: pequeños propietarios, algún profesional liberal, empleados de mediana y
pequeña categoría, algún comerciante enriquecido. Un segundo grupo de calles lo
constituyen aquellas pertenecientes al viejo arrabal de Chamberí, tradicional
asentamiento de artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores de la construcción,
jornaleros y algún que otro trabajador de fábrica, que encontraban en calles de segunda
categoría (más estrechas, rara vez acondicionadas con agua corriente u otros servicios
básicos) edificios ya relativamente antiguos y deteriorados que les ofrecían alquileres
a su alcance. Finalmente existen unas cuantas calles, surgidas en el extremo norte del
barrio, lindando con las extensas zonas despobladas que aún contiene el Ensanche Norte de
Madrid 20 años después de iniciada su urbanización, de precios excepcionalmente bajos:
eran casas bajas, construidas de manera precaria muchas veces y que servían de lugar de
acogida de los sectores sociales más pauperizados: jornaleros sin trabajo fijo, mujeres
viudas, traperos, etcétera...
Madrid en este sentido creció y se extendió dejando una fiel impronta en sus edificaciones de los rasgos que caracterizaban a su sociedad, que sí podía haber sido afectada por los cambios que había conllevado la puesta en marcha la revolución liberal pero en la que éstos no habían sido agudizados por el acompañamiento de un cambio económico de tipo industrializador. La forma en que se produjo el proceso de segregación socioespacial en la puesta de una nueva organización de la ciudad con el Ensanche es elocuente al respecto. En realidad, la única gran cesura se produjo entre el conjunto de la población y una elite social en la que, aunque la burguesía podía ser uno de sus componentes, persistían con fuerza los rasgos de una nobleza que marcaba aún el tono de la distinción. Los únicos barrios socialmente homogéneos que surgieron con el Ensanche de Madrid fueron aquellos que se hicieron construir burgueses y aristócratas tanto en los terrenos que edificó el Marqués de Salamanca en el Este de la ciudad, como en los alrededores de la Castellana (en el que destacan el barrio de Indo y el de Almagro, que ya se ha visto destacaban en los índices de precio de alquiler del distrito de Chamberí) [37]. El resto de los grupos sociales, convivían en cierta medida en esa amalgama y cercanía que habían sido tan propias de la ciudad antigua, que lo eran de la ciudad preindustrial. El ejemplo definitivo nos lo ofrece el análisis de las formas de vida de los cuatro o cinco grandes industriales que encontramos en Chamberí, directores de algunas de las pocas grandes fábricas existentes en Madrid y ejemplos raros de verdadera burguesía industrial: Guillermo Sanford, Grouselle, los hermanos Bonaplata, todos propietarios y directores de fábricas de fundición, y Joaquín Castellá, propietario de la fábrica de cervezas, La deliciosa. La escasa burguesía emprendedora que existe en Madrid (que no madrileña) y que pretende hacer de la industria una vía de acumulación de capital, no se dejó arrastrar por los mecanismos de segregación socioespacial que vemos operan ya en la ciudad de Madrid. Lejos de ello, viven estrechamente relacionados con el centro de trabajo que dirigen o del que son propietarios, manifestando así su condición de empresarios aún anclados en el mundo preindustrial y artesanal en que hogar y lugar de trabajo aparecen aún confundidos y en que el maestro o dueño del gran taller puede establecer relaciones con el oficial y el trabajador humilde [38]. La disyuntiva entre capital y trabajo aún no es tajante y las pocas fábricas y grandes talleres que aparecen en Madrid tienden a formar unidades urbanas compactas y concentradas. El caso de la fundición Grouselle nos es conocido [39], ya que su fábrica de la calle Real fue uno de los ejemplos más vistosos de arquitectura industrial en el Madrid del XIX. El edificio, diseñado por el prestigioso arquitecto Pascual y Colomer (autor del edificio de las Cortes y del palacio del Marqués de Salamanca en Recoletos), no sólo incluía el espacio para los trabajos de fundición sino que incorporaba dependencias para alojar a los obreros. Pero el ejemplo más acabado de esta convivencia entre obreros y empresario lo ofrecía sin duda la fábrica de bebidas de gaseosa La Deliciosa, propiedad de Joaquín Castellá y situada en el nº 7 de la calle Santa Engracia. Castellá no sólo habitaba junto a su establecimiento fabril, sino que había hecho construir un edificio de viviendas en el que compartía escalera con sus trabajadores. El propietario, se reservaba una de las mejores viviendas del edificio, en el principal en el que también vivía un fabricante de Papel Pintado; el resto estaban ocupadas por los jornaleros empleados en la fábrica, a los que por contrato, aparte de suministrarles un sueldo les debía proporcionar un alojamiento, que además era bajo para 1880: no superaban las 15 pesetas cuando el precio medio en esa misma calle era de casi 27 pesetas. Joaquín Castellá de esta manera combinaba muy beneficiosamente dos negocios muy lucrativos: por un lado se creaba una mano de obra que al tiempo eran sus inquilinos y vecinos, y por el otro realizaba una promoción inmobiliaria en la que estaba seguro que no le faltaría nunca el pago de un alquiler. No obstante el comportamiento de Castellá no debe ser interpretado sólo como una estrategia destinada a obtener el máximo beneficio de sus obreros; alquilando esas mismas habitaciones a otras personas seguramente podría haber obtenido aún más dinero. Existían otros objetivos en este negocio plural entre los que estaba la protección de una mano de obra cualificada que, aunque pueda ser contradictorio, en el Madrid al que acudían constantes riadas de inmigrantes, era escasa. Bahamonde, en su estudio del mercado de mano de obra madrileña en la segunda mitad del XIX ha señalado cómo mientras los jornaleros subsistían en una continua alternancia entre el paro y el subempleo, en el Diario Oficial de Avisos de Madrid, se sucedían los anuncios de industriales reclamando a trabajadores cualificados para sus empresas [40]. Era el efecto paradójico de un crecimiento urbano que se asentaba sobre un fuerte desajuste entre desarrollo económico y afluencia migratoria: Madrid, una ciudad de débil industrialización, o más bien anecdótica, no atraía a la población susceptible de trabajar en fábricas; los jornaleros que acudían a la ciudad venían en busca de trabajos fáciles, en las obras públicas, en los desmontes de nuevos terrenos, en el Ferrocarril. La escasez de esa mano de obra cualificada la encareció, convirtiendo a los primeros obreros fabriles madrileños en algo muy parecido a los artesanos de otros tiempos. La Deliciosa, por tanto, se asentaba sobre una red de familias que se vinculaban entre sí en la convivencia en un mismo espacio, en el que estaba presente desde el empresario dueño de la fábrica hasta su más humilde asalariado. Una red que les integraba guardando la jerarquía pero que, al fin y al cabo, suponía un acercamiento entre patrón y trabajador en un Madrid en que el precio del alquiler suponía un intenso condicionante que separaba a unos grupos sociales de otros. El mapa social de Madrid se convertía así en un claro exponente de las relaciones entre grupos sociales que había configurado su peculiar condición de ciudad en crecimiento sin desarrollo industrial: mientras las clases propietarias, una elite formada por rentistas, grandes comerciantes y burgueses ennoblecidos venidos de la provincia al calor de la capitalidad en el naciente Estado liberal, mientras esta pequeña cúpula se distanciaba del resto de los estratos sociales asentándose en un espacio urbano propio, el burgués industrial emprendedor, por otra parte escaso en la ciudad seguía en estrecha convivencia con sus trabajadores. Trabajadores fabriles que tampoco eran la nota predominante de las clases populares madrileñas de las que representaban una minoría frente a la cada vez más fuerte proporción de jornaleros. El jornalero, estrato inferior de la sociedad si compartía espacios y relaciones con el cada vez más deteriorado mundo de los oficios y ese gris e indefinido conjunto de trabajadores que se calificaba como empleados. Jornaleros, artesanos, pequeños y medianos comerciantes, modestos empleados configuraban el heterogéneo pueblo madrileño, que se organizaba en los mismos barrios, cada uno según sus necesidades y posibilidades económicas en ese escalonado entramado de calles y precios de alquiler que era el Ensanche Norte.
[1] La población de la ciudad de Madrid era
de 298.426 habitantes según el censo de 1860 y pasó a 397.816 según el censo de 1877;
una serie más extensa de datos en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel:
La sociedad madrileña en el siglo XIX en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio (dir.): Historia
de Madrid, Editorial Complutense, Madrid, 1993, pág. 481. [2]Íbid,
pág. 479. Véase también REHER, David Sven: Urbanization and demographic behaviour
in Spain, 1860-1930 en VAN DER WOUDE, Ad; DE VRIES, Jan; HAYAMI, Akira: Urbanization
in History. A process of dynamic interactions. Clarendon Press, Oxford, pp. 282-299. [3] DÍEZ DE BALDEÓN,
Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX, Siglo XXI,
Madrid, 1986. [4]
BAHAMONDE, Ángel y OTERO, Luis Enrique: Madrid, de territorio fronterizo a región
metropolitana, en FUSI, J.P.: España.
Autonomías Madrid, Espasa, 1989, pp.517-613, especialmente pp. 555-556 y BAHAMONDE,
Ángel y OTERO, Luis Enrique: Quietud y Cambio en el Madrid de la
Restauración en Bahamonde Magro y Otero CARVAJAL (eds.): La sociedad madrileña durante la Restauración
1876-1931. 2 Vols. Madrid, Comunidad de
Madrid-Alfoz, 1986, vol.1 pp. 24-26 [5]
BAHAMONDE MAGRO, Ángel y FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: La transformación de la
economía en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio (dir.): Historia de Madrid,
Editorial Complutense, Madrid, 1993, pág. 516. [6]
Especialmente en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: La
población madrileña entre 1876 y 1931. El cambio de modelo demográfico en
BAHAMONDE MAGRO, A. Y OTERO CARVAJAL, L.E.: La
sociedad madrileña durante la Restauración, 1876-1931. Comunidad de Madrid,
1989. Vol.
I, pp.29-76. A
conclusiones similares llegaba TORO MÉRIDA, Julián: El modelo demográfico
madrileño Historia 16, nº 59, pp. 44-51. [7]
FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Vicens Vives,
Barcelona, 1985. [8] En el
censo de 1797 se contabilizaban 6.185 jornaleros, que ascendían a 11.049 para 1848 en los
recuentos de Madoz, a unos 20.000 en 1880[1] y a 51.993 en 1898. DEL
MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pág. 107. [9]
CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del
siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995. Me refiero
especialmente a las conclusiones del Capítulo III: Flujos migratorios y destinos de
los emigrantes, pp. 88-91, y del Capítulo 4: Actividad económica y movilidad
ocupacional, pp. 119-132, en que se pone de relieve lo tortuoso del camino que lleva
al trasvase de la población agrícola hacia el trabajo fabril en el despegue de la
industrialización.
[10] El
estudio de la formación y funcionamiento de este mercado de mano de obra en el XIX sobre
el que luego se abundará sigue teniendo por texto básico el artículo de BAHAMONDE, Ángel: El mercado de mano de
obra madrileño (1850-1874) en Estudios de Historia Social, 15, 1980, pp.
143-175 [11]Acerca
de la especulación burguesa en el Ensanche, ver BAHAMONDE MAGRO, Ángel: El horizonte
económico de la burguesía isabelina, Madrid, 1981. pp. 274-315 [12] Acerca de las críticas
de los contemporáneos al Ensanche, especialmente Fernández de los Ríos e Ildefonso
Cerdá, ver BONET CORREA, Antonio (ed): Plan Castro, COAM, Madrid, 1978, pág. XLI. [13] Bien
es cierto que el carácter del Ensanche como un producto más de la especulación
capitalista que como un trampolín para la transformación industrial de Madrid ya ha sido destacado por Rafael Mas o Ángel Bahamonde al
analizar las estrategias económicas de la burguesía madrileña en el XIX. [14] Así, en su conocido
estudio sobre las condiciones de salubridad e higiene pública de la ciudad, el médico
Philip Hauser consideraba que eran las carencias de policía sanitaria lo que creaba la
distancia entre las tasas ya reducidas de mortalidad europeas y las de un Madrid, que
tenía el triste privilegio de figurar
entre las capitales más malsanas de Europa Hauser, Philip: Madrid bajo un punto de vista
médico-social (edición a cargo de Carmen del Moral, Madrid, Editora nacional, 1979),
vol. 1, pág. 85 [15]
BRANDIS, Dolores: El paisaje residencial en Madrid, Madrid, MOPU, 1983, pp. 99-106. [16] La
bibliografía existente sobre la evolución de Chamberí es de muy desigual calidad, y en
ningún caso alcanza a ofrecernos un retrato general del distrito. Sí encontramos
trabajos con un estudio documental importante en lo relativo a su evolución como zona del
Ensanche madrileño en el libro conjunto de E. CANOSA ZAMORA, J. OLLERO CARRASCO, J.
PENEDO COBO, I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: Historia de
Chamberí. Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1988. Una esclarecedora exposición sobre
los condicionantes para el desarrollo del Ensanche en esta zona en I. RODRÍGUEZ
CHUMILLAS: Un desarrollo tardío del Ensanche Norte: el sector occidental del
distrito de Chamberí en Anales del Instituto
de Estudios Madrileños, Madrid, CSIC, tomo XXIV, 1987, pp. 499-513. M. E. Ruiz
Palomeque: Desarrollo urbano de la zona Argüelles Chamberí en VV.AA.: Establecimientos tradicionales madrileños. 5. El
Ensanche: Argüelles y Chamberí. Madrid, Cámara de Comercio e Industria, 1985. pp.
29-52. y E. CANOSA ZAMORA: La periferia Norte de Madrid en el siglo XIX: cementerios
y barriadas obreras en Anales del Instituto de
Estudios Madrileños, CSIC, Tomo XXIV, 1987, pp. 515-533. [17] Los
límites de Chamberí, lo que primero fue un arrabal, después un barrio, finalmente un
distrito cuyas fronteras han sufrido múltiples modificaciones, fluctúan a lo largo de su
historia. Por eso, para asegurar la coherencia
del presente estudio se ha optado por adoptar
los límites actuales del distrito. Una clara visión de la evolución de la división
administrativa de Madrid en GILI RUIZ, Rafael y VELASCO MEDINA, Fernando:
Ayuntamiento y administración municipal en Madrid. Atlas histórico de la
ciudad. 1850-1939. Centro de documentación y estudios para la historia de Madrid,
Madrid, 2001; pp. 300-307. [18] Los
datos han sido obtenidos a partir del análisis de los registros matrimoniales madrileños
de 1855 por Natalia Mora Sitjà y presentados en comunicación al VI Congreso de la
Asociación de Demografía Histórica, Granada, 1-3 de Abril de 2004 (las actas están
aún sin publicar, puede accederse al texto a través de la página web de la ADEH: SITJÀ
MORA, Natalia: La inmigración en Madrid a mediados del siglo XIX: una primera
aproximación). La autora cifra como edad media de acceso al matrimonio para los
hombres 27,5 años en el caso de los nacidos en Madrid y 28,9 para los varones
inmigrantes; en el caso de las mujeres sería 23,3 y 27,6 años respectivamente. [19] Este
tipo de estrategias, que se van a mantener a lo largo del XIX y del XX, son descritas por
REHER: La familia en España. Pasado y presente. Alianza
Universidad, Madrid, 1996, pp. 302-309. [20] Un
fenómeno comparable es el que describe para Sabadell, CAMPS, Enriqueta: La formación
del mercado de... pp. 98-103 y 108-111. [21] Este
tipo de análisis de los inmigrantes recién llegados ya ha sido ensayado para
el caso de Pamplona en MENDIOLA GONZALO, Fernando: Inmigración, Familia y Empleo.
Estrategias familiares en los inicios de la industrialización, Pamplona (1840-1930).
Bilbao, Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 2002 y del que se toma prestado. [22] Ni
siquiera cuando la inmigración se hacía con carácter temporal y a distancia corta, se
hacía en solitario, tal y como lo ha descrito SARASÚA, Carmen: Criados, nodrizas y
amos. El servicio doméstico en la formación del mercado de trabajo madrileño, 1758-1868,
Siglo XXI, Madrid, 1994, pág. 49. [23] Una
dinámica de movilidad interna de la ciudad a la que describe para París y uno de sus
barrios, Belleville, JACQUEMET, Gérard: Belleville au XIXe Siècle: du faubourg à la
ville. Edition Postume par Adeline Daumard. París, 1984, pág. 113 y ss. [24] Acerca
de las primeras promociones inmobiliarias en el Ensanche Norte, especialmente las de
Andrés Arango y las del conde de Vegamar, ver DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura
y clases sociales en el Madrid del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, 1986, 140-148. [25] A las
características urbanísticas del nuevo espacio urbanizado ya me referí en PALLOL
TRIGUEROS, Rubén: El Distrito de Chamberí 1860-1880. El nacimiento de una nueva
ciudad. Trabajo Académico de Tercer Ciclo, UCM, 2004, pp. 35-43 [26] Para un
estudio del Plan Castro de Ensanche de Madrid BONET CORREA, Antonio (ed): Plan Castro,
COAM, Madrid, 1978; DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales...,
pág. 33 y ss.; MAS, Rafael: El barrio de Salamanca. Planeamiento y propiedad en el
Ensanche de Madrid .Instituto de Estudios de Administración Local, Madrid, 1982;
BAHAMONDE MAGRO, Ángel: El horizonte
económico de la burguesía isabelina. Madrid 1856-1866. Madrid, UCM. [27] MAS,
Rafael: El barrio de Salamanca... Pág. 66. [28]
BAHAMONDE MAGRO, Ángel: El horizonte
económico... [29] Datos
de los alquileres a partir de los padrones municipales para Chamberí de 1860 y 1880; un
estudio más detallado en PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El distrito de Chamberí... pp.
119-129. [30]
Elaboración propia a partir de Archivo de Villa Estadística (padrones de 1860 y 1880). [31] Acerca
del discurso sobre la cuestión de la vivienda obrera y las distintas iniciativas
propuestas o realizadas en la segunda mitad del XIX: Díez de Baldeón, Clementina: Barrios
obreros en el Madrid del XIX: ¿solución o amenaza para el orden burgués? en
BAHAMONDE, Ángel y OTERO CARVAJAL, Luis Enrique (eds.): Madrid en la Sociedad del
siglo XIX, Comunidad de Madrid-Alfoz, Madrid, 1988, vol. 1, pp. 117-134. [32]
PALLOL TRIGUEROS, Rubén: Ciudad
e identidad en el siglo XIX. El proceso de urbanización como proceso de fondo en la
creación de nuevas identidades: jornaleros e inmigrantes en el Ensanche Norte de
Madrid comunicación presentada al Congreso de la Asociación de Historia
Contemporánea, septiembre de 2004, Santiago de Compostela (en prensa). [33] PALLOL
TRIGUEROS, Rubén: El distrito de Chamberí... pp. 109-114. [34] A esta
progresiva bipolarización entre barrios altos y barrios bajos se ha referido FERNÁNDEZ
GARCÍA, Antonio: Niveles de vida del proletariado madrileño (1883-1903) en El
Reformismo social en España: la Comisión de Reformas Sociales. Actas de los IV Coloquios
de Historia. Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1987,
pp.163-180. La manera en que estas diferencias se expresaban en tasas de mortalidad y de
natalidad diferentes lo refleja el mismo autor en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: La
población madrileña entre 1876 y 1931... pp. 42-43. [35]
Elaboración propia a partir de los datos del padrón de 1880; Archivo de Villa, Estadística. [36] Acerca
de las distintas estrategias familiares para hacer frente al presupuesto familiar mínimo
para la supervivencia (en el que el pago del alquiler de vivienda era una de las partidas
determinantes), me he referido en El distrito de Chamberí... pp. 187-228. [37] Sobre
el barrio de Indo y su composición social, PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El distrito de
Chamberí.. pp. 141-147. También MAS, Rafael: Almagro, en Madrid,
Espasa Calpe, nº 72, 1980, págs. 1420-1440. [38] Esta
fase de indefinición de clase del empresario del despegue industrial ha sido descrita y
analizada para el caso alemán por KOCKA, Jürgen: Problemas y estrategias de
legitimación de los empresarios y cuadros directivos en el siglo XIX y comienzos del
XX en Historia social y conciencia histórica. Marcial Pons, Madrid, 2002. [39] DÍEZ
DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales... pág.144-5. [40] BAHAMONDE, Ángel:
El mercado de mano de obra madrileño... pág. 146 y ss.
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