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Grupo de Investigación Complutense
Historia de Madrid en la edad contemporánea
nº ref.: 941149
Dirigido por

Luis Enrique Otero Carvajal

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Rubén Pallol Trigueros, Becario de Investigación de la UCM.

CHAMBERÍ, ¿UN NUEVO MADRID?. EL PRIMER DESARROLLO DEL ENSANCHE NORTE MADRILEÑO, 1860-1880

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Publicado en: Cuadernos de Historia Contemporánea, 2004, Universidad Complutense de Madrid, vol. 26, págs 77-98. ISSN-0214-400X.

Indice

Resumen.

Abstract.

Madrid, 1860-1880: urbanización sin industrialización.

El surgimiento del arrabal de Chamberí.

El proyecto de Ensanche de Madrid.

Chamberí un espacio urbano intermedio en una ciudad progresivamente segregada socialmente.

Notas.

Resumen

 El distrito de Chamberí surge al norte de Madrid a mediados del XIX como una alternativa residencial popular a una ciudad con graves problemas de hacinamiento poblacional. Un conjunto de promociones inmobiliarias, realizadas al margen de la legalidad darán lugar a un caserío pobre que acoge a la inmigración que la ciudad era incapaz de absorber. La puesta en marcha del Ensanche de la capital en 1860 intentará ordenar ese crecimiento; en el nuevo distrito urbano creado se expresarán las contradicciones de la evolución social de una ciudad, el  Madrid de la segunda mitad del XIX, en que se combina un crecimiento demográfico y un desarrollo urbano notables con un escaso desarrollo industrial y una persistencia de las estructuras socioeconómicas del mundo de los oficios.

 Palabras Clave: Chamberí / Madrid / Urbanización / Inmigración / Ensanche

Abstract: Chamberí, a new Madrid? Early development of urban enlargement in North Madrid, 1860-1880.

The district of Chamberi arose in the north of Madrid about the middle of the 19th  century  as a popular residential alternative to a city with grave problems of population overcrowding.  A set of real estate promotions, made outside the boundaries of legality, gave rise to a poor small village that welcomed the immigration which the city was incapable to absorb. The commencement of the enlargement of the city in 1860 attempted to give order to that population growth; in the newly created urban district the contradictions of the social evolution of a middle-half-19th-century city like Madrid were expressed, in which a remarkable population increase and urban development were combined with a scarce industrial development and a persistence of the socioeconomic structures of a preindustrial city.  

Keywords: Chamberi / Madrid / Urbanization / Immigration / urban enlargement

 Sumario:

1.Madrid 1860-1880: urbanización sin industrialización. 2.El surgimiento del arrabal de Chamberí. 3.El proyecto de Ensanche de Madrid. 4.Chamberí, un espacio urbano intermedio en una ciudad progresivamente segregada socialmente

1.- Madrid 1860-1880: urbanización sin industrialización.

La ciudad de Madrid, que en 1860 contaba con cerca de 300.000 habitantes, en sólo dos décadas alcanzó las casi 400.000 personas inscritas en el censo de 1877[1]. Como ya ha sido destacado, este crecimiento no supone un fenómeno espectacular en un contexto de urbanización europea mucho más intensa, pero si nos da una buena medida de la capacidad de crecimiento urbano de una ciudad que a diferencia de otras aglomeraciones europeas, careció de un verdadero proceso industrializador [2]. Tal carencia puede explicar el carácter atenuado de ese crecimiento, pero no debe conducirnos a caracterizar el periodo como el de la reproducción de las viejas estructuras socioeconómicas preindustriales en una sociedad estancada que se perpetúa a sí misma en el tiempo. Bajo la aparente quietud de un Madrid en que los centros industriales, si existen, son anecdóticos, en que aún predomina el pequeño taller y el mundo de los oficios y en que la clase obrera industrial de tipo manchesteriana brilla por su ausencia, se producen una serie de cambios que en tan sólo veinte años van a transformar significativamente la ciudad. El más llamativo de estos cambios es la puesta en marcha del Ensanche que, tras el definitivo derribo de la cerca en 1868 detrás de la que se encastillaba la ciudad desde tiempos de Felipe IV, va a permitir que Madrid se extienda y se reforme de acuerdo con las pautas de segregación socioespacial propias de la urbanización europea del siglo XIX y que rompen profundamente con la ciudad preindustrial en que convivían en amalgama los distintos grupos sociales [3]. En la conquista que hace de su perímetro, vemos surgir en Madrid barrios burgueses, como el de Salamanca o el conformado por los lujosos hotelitos que recorren el Paseo de la Castellana, y barriadas obreras de casas de vecindad, como los de Peñuelas en el Sur o Vallehermoso en el Norte, sin que para ello haya de mediar la aparición de grandes concentraciones fabriles.

Esta aparente paradoja, la de la germinación (con muchas limitaciones) de una ciudad moderna sin mediar industrialización no puede ser comprendida sin referencia a la naturaleza dual de un Madrid en que se yuxtaponen las dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales de, por un lado, su condición de capital de un estado liberal en progresiva construcción y, por otro, los caracteres propios de una ciudad preindustrial cuya configuración social sigue profundamente lastrada por el mundo de los oficios [4]. Así, resulta que en la ciudad que acogía a las más importantes sociedades financieras del país y en la que confluía una red de transportes y de comunicación modernizada por el ferrocarril o el telégrafo, era el artesano que trabajaba en un pequeño taller en que se mantenía la solidaridad gremial por encima del sentimiento de pertenencia de clase, junto al pequeño tendero o al rentista inmobiliario los que marcaban la impronta de la vida económica [5]. En definitiva, la evolución de Madrid en la edad contemporánea se resuelve en la tensión entre la pulsión modernizadora del Madrid capital del Estado y la quietud e inercia derivadas de la ciudad de los oficios.

Esta evolución de Madrid a finales del siglo XIX, en que se combinan de manera aparentemente paradójica el crecimiento demográfico y un cierto estancamiento económico, se asienta sobre un modelo demográfico de tipo antiguo que  ya ha sido identificado y descrito por Antonio Fernández García,[6] quien considera que hasta comienzos del siglo XX no se produce la transición al nuevo modelo de pautas de comportamiento demográfico entre la población madrileña. Lo más significativo de este comportamiento demográfico sería la incapacidad biológica de la población madrileña para reproducirse; el saldo vegetativo de la ciudad hasta fines del siglo XIX fue predominantemente negativo: Madrid era una ciudad de la muerte, “sepulturera de inmigrantes”, que aunque crecía, sus tasas de mortalidad superaban año a año a las de natalidad, gracias al mantenimiento de unas tasas de mortalidad general altas, en las que jugaban un papel fundamental la alta mortalidad infantil y los embates de las crisis epidémicas que esporádicamente (aunque con un cierto ritmo cíclico que remite a causas estructurales) azotaban  la ciudad [7].

El mantenimiento casi constante de tasas de crecimiento vegetativo negativas en el Madrid decimonónico hace de los flujos migratorios un factor decisivo en el crecimiento de la ciudad. El porqué de que Madrid se convierta en un poderoso polo de atracción de población en la segunda mitad del siglo XIX debe buscarse en su condición de capital del naciente Estado liberal; condición que la convirtió en una ciudad de las oportunidades para una gran contingente de inmigrantes de muy diversa condición social: burgueses enriquecidos, terratenientes rentistas y miembros de la elite social que, desde diferentes provincias, acuden al centro de decisión política y económica en que se está convirtiendo Madrid; capas medias aspirantes a un empleo en la cada vez más desarrollada y centralizada burocracia liberal, y sobre todo jornaleros, muchos jornaleros, que poco a poco irán adquiriendo una posición predominante en los registros de población madrileños. De hecho, el jornalero, por lo general un campesino que, expulsado de su lugar de origen por la falta de trabajo, viene a buscar empleo a la gran ciudad, se convierte en una figura social característica del Madrid de la época, aumentado su presencia a un ritmo superior al del crecimiento de la población [8].

Si las causas que hacen de la capital del Estado, un polo de atracción para las elites sociales y las capas medias parecen claras, no sucede lo mismo con los jornaleros. La economía de la ciudad, aún marcada profundamente por el mundo de los oficios, en la que aún predomina el pequeño taller artesanal en la que los saberes profesionales y la oferta laboral circula por los cauces del parentesco, cierra las puertas al campesino inmigrante que busca trabajo. Pero este rechazo no es más contundente que el de otras ciudades que, habiendo iniciado el proceso de industrialización, poseyeran centros fabriles reclamando una nueva mano de obra: en ellas, como ha demostrado Camps [9] para el caso de Sabadell, no había sitio para el trabajador sin cualificación. La fábrica del XIX, aún poco mecanizada, reclamaba una mano de obra ya cualificada en la manufactura o en el taller y resultaba un mundo tan inaccesible para el jornalero en busca de trabajo como ese preindustrial de artesanos y pequeños comerciantes de Madrid. Pero Madrid en el XIX presentaba ciertos rasgos que la hacían, para los jornaleros, un destino preferible a otras ciudades; rasgos que están en relación con la formación de un particular mercado de mano de obra en que abundaba la oferta de trabajo no cualificado [10]. Las obras de remodelación del casco antiguo de la ciudad, las obras del Ensanche, la creación de grandes infraestructuras (como la traída de aguas del Lozoya) hicieron proliferar una abundancia de trabajos temporales para albañiles, peones y mozos de cuerda; trabajos no cualificados, de salario bajo y temporales que sin embargo los jornaleros podían aspirar a encabalgar uno detrás de otro para sobrevivir en la gran ciudad o en los periodos que el trabajo estacional del campo les negaba el sustento. Si a esto añadimos que en la capital del Estado se concentraban un gran número de congregaciones religiosas e instituciones públicas dedicadas a la beneficencia que tendieron (bien es cierto que en muchas ocasiones con poco éxito) a salvar los momentos en que las clases menesterosas entraban en situaciones de pobreza aguda, podemos comprender que Madrid, ciudad sin desarrollo industrial, se convirtiera en el nicho adaptativo que tendiera a buscar para refugiarse la masa de expulsados que una economía agraria en transformación había producido y que, sin embargo, aún no contaba con una economía urbana e industrial que abriera las puertas de sus fábricas para acogerlos.

En el abismo que se abre entre la disolución de las estructuras sociales y económicas propias del Antiguo Régimen y una modernización industrializadora que no hace más que un tímido acto de presencia en la España del XIX, surge el espacio sobre el que Madrid crece. La ciudad capital del Estado aprovecha los residuos de un mundo en disolución en propio beneficio, para alimentar una dinámica social incapaz de mantenerse por sí misma. En el campo demográfico, los inmigrantes que vienen a finales del XIX a morir a la ciudad, permiten la pervivencia de un modelo demográfico que sin ellos habría llevado a una disminución progresiva de la población. En el campo económico estas riadas de inmigrantes, lejos de incorporarse a la economía artesanal de la ciudad, serán empleados en la ampliación urbanística del mismo Madrid que ellos están contribuyendo a crear. Madrid, en estos años parece vivir por inercia: su crecimiento se convierte en el principal impulso de su crecimiento.

En este sentido, el proceso de renovación urbana  que se abre en el segundo tercio del XIX (con las obras y transformaciones del interior que se destilan del primer proceso desamortizador) y se intensifica a partir de 1860 con el inicio del Ensanche que abre la ciudad al exterior, se convierte en la espita que libera las tensiones generadas entre la quietud y el cambio social a las que se veía sometida Madrid. Un Madrid que desborda ya a mediados de los años 50 del XIX y que decide entre 1860 y 1868 dar el paso de derribar sus cercas y expandirse hacia el exterior, abriendo nuevas calles y barriadas. Con ello no sólo se solucionaba el problema del alojamiento que estaba planteado desde hacía décadas, ni dar satisfacción a las preocupaciones de los higienistas ante las cada vez más deterioradas condiciones de vida en la ciudad a través de un proyecto ideal de ciudad; el Ensanche, además, se postuló como la solución de compromiso para una economía cuyas bases se encontraban en grave peligro de disolución: por un lado permitía emplear a todos aquellos inmigrantes desclasados que habían llegado al páramo industrial que había creado el capitalismo en sus primeros pasos en España, por otro lado resultaba la siguiente etapa más fácil, ahora que la veta de la desamortización ya aparecía agotada, en el camino de inversión especulativa por el que había comenzado a transitar la burguesía madrileña [11]. El Ensanche de Madrid en el XIX puede ser así presentado como la bisectriz de dos líneas de evolución social de muy distinto signo: la confluencia de fuerzas entre una ciudad preindustrial, tendente a reproducir sus formas de organización social y económica propias del Antiguo Régimen, y una ciudad que, al asumir las nuevas responsabilidades y funciones en su tránsito de corte monárquica a capital de un Estado liberal, recibe los impulsos que este último, en su proceso de construcción difiere a Madrid.

Aunque las críticas al proyecto de Ensanche madrileño abundan desde su misma aprobación, [12] estas se han limitado por lo general a denunciar sus resultados arquitectónicos y urbanísticos, olvidando otros aspectos relacionados con el crecimiento de la ciudad [13]. Sin embargo el mayor fracaso del proyecto de Castro se encuentra en aquellas realidades que pretendía erradicar. El retrato del crecimiento demográfico madrileño en el XIX esbozado más arriba ya nos lo sugiere: en sus primeros 40 años de andadura, una reforma urbana fundada en el discurso higienista, no consiguió invertir la relación entre la mortalidad y la natalidad madrileñas contra la que luchaba. En el tránsito al siglo XX, las condiciones de higiene en la ciudad seguían siendo objeto de denuncia como la primera causa de la mortalidad excesiva de la capital [14]. A ello se unía el gran retraso de la capital española en la solución del problema de la vivienda insalubre, que afectaba de manera especial a las clases obreras más desfavorecidas [15]. El Ensanche se construía sí, pero a un ritmo lento y ofertando una vivienda cuyos precios eran inasumibles para las clases populares madrileñas que debían recurrir a las viejas soluciones: o hacinarse en viviendas deterioradas del casco antiguo u ocupar las casas bajas que surgían en las afueras de la ciudad. En definitiva, el Ensanche no solucionó sino que mantuvo dos de los grandes problemas a los que se enfrentaba: la mejora de las condiciones higiénicas de la ciudad y el acomodo de una población en aumento. Más que solución parece que se convirtió en una huida hacia adelante en la que los vicios de la vieja ciudad de los oficios (hacinamiento de las clases populares, insalubridad generalizada, alta morbilidad de la población) convivieron con los de los nuevos tiempos industriales (jornalerización, escasez de trabajo).

En este sentido, Chamberí como zona de Ensanche socialmente heterogénea, frontera entre la vieja ciudad que pugna por perpetuarse y espacio donde se ensayan las nuevas formas de organización social generadas por el liberalismo, se convierte en un escenario privilegiado para comprender la evolución de la sociedad madrileña a lo largo del siglo XIX y comprender la forma en que se interrelacionaron y ensamblaron los fenómenos derivados de una y otra cara de la ciudad: la naciente capital y la ciudad preindustrial en disolución [16].

2.- El surgimiento del arrabal de Chamberí.

En los momentos previos a la aprobación del Ensanche, el espacio urbano que conforma el actual distrito madrileño de Chamberí [17] era un conjunto de tierras que se extendía al norte de la ciudad y que acogía todo aquello que la capital, empeñada en crecer sin rebasar la vieja cerca del siglo XVII, ya no podía albergar en su seno: un arrabal de trabajadores que no se podían permitir el pago de un alquiler en el casco viejo de la ciudad, merenderos y espacios de ocio de precios populares en los que no se pagaban los impuestos de puertas, instalaciones de servicios públicos que las más básicas medidas de salubridad habían llevado a instalar fuera de las ciudades (cuatro cementerios que se extendían al Oeste de la Carretera Mala de Francia, hoy Bravo Murillo) y nuevas infraestructuras que una ciudad cada vez más populosa exigía (como los extensos depósitos para el abastecimiento de agua a la capital que se empezaron a construir en 1851). Junto a ellos, diseminados, aparecían algunos ejemplos de la débil concentración fabril madrileña a medio camino entre el taller manufacturero de tipo antiguo (como la Real Fábrica de Tapices) y la industria ligeramente moderna pero sobre todo modesta (talleres de fundición de Bonaplata y de Sanford), que lindan con otros centros de producción propios de la ciudad preindustrial que era Madrid: huertas y tejares dedicados al abastecimiento de materiales de construcción para la villa. Era sin embargo en 1860 Chamberí un núcleo de población pequeño, en cuyos desolados terrenos apenas habitaban unas 5000 personas, la mayor parte de ellos concentrados en el arrabal nacido a las puertas de la ciudad, en torno a la futura plaza de Olavide.


 
Sin embargo, frente a lo que se podría sospechar a priori, los 5.000 habitantes que por aquel entonces conforman el arrabal de Chamberí no están alimentados fundamentalmente por estratos sociales marginales ni especialmente pauperizados, sino por un conjunto de población que simplemente no encontraba espacio en el interior del casco antiguo de la ciudad para desarrollar su existencia. De hecho Chamberí se manifiesta en sus rasgos demográficos de 1860 como una población que aunque inmigrante y de carácter popular, estaba especialmente integrada familiarmente, lo que choca con esa imagen estereotipada del inmigrante rural en la ciudad y cuya experiencia viene marcada por el desarraigo y la soledad que le producen su sustitución de la comunidad de origen por la gran urbe. Ello se hace especialmente patente en la pirámide de población de sus habitantes, en la que se destacan determinadas cohortes de edad, especialmente las de los adultos que se encuentran en plena madurez de la edad laboral y la de los niños, sus hijos, que  todavía no han entrado en el mercado de trabajo o lo han hecho de una manera parcial; se puede observar claramente como a partir de los 26-30 años para los hombres y de los 21-25 para las mujeres, los casados son predominantes y por lo tanto la población que se integra en un núcleo familiar también. Si tenemos en cuenta que por aquel entonces la edad de acceso al primer matrimonio en Madrid rondaba entre 27 y 29 años para los hombres y los 23 y 27 para las mujeres [18], los habitantes del futuro Ensanche no parecen mostrar un comportamiento nupcial especialmente diferente.

El inmigrante que acude desde los entornos de Madrid a colocarse temporalmente como trabajador, la muchacha que viene buscando empleo como sirvienta o el joven que acude para trabajar en una tienda de un familiar, si bien integran un tipo de migración que mantendrá su importancia en la segunda mitad del XIX, no representa el único aporte ni el más voluminoso de los flujos migratorios hacia Madrid.  En esta época se está produciendo un cambio en las relaciones que existen entre la ciudad y su entorno y los flujos migratorios que entre ellos se establecen y que van a producir una transferencia de población rural a los centros urbanos sobre los que se asienta el crecimiento de las ciudades en la segunda mitad del XIX y muy especialmente el de Madrid. A diferencia de las corrientes migratorias entre la ciudad y su hinterland de la Edad Moderna, temporales, protagonizadas fundamentalmente por jóvenes y que representaban una estrategia estacional de las familias campesinas para aliviar los periodos críticos de su ciclo vital o como válvula de escape en momentos de crisis agraria [19], la inmigración a Madrid en el XIX también  la realizaban familias enteras, que no venían temporalmente sino que pretendían establecerse, expulsados por una economía agraria que estaba experimentando profundas transformaciones y que se mostraba incapaz de mantenerlos en su seno por más tiempo. La población que decidía abandonar su comunidad de origen estaba compuesta generalmente por familias jóvenes, recién formadas, que muy habitualmente decidían emprender el viaje en los momentos económicamente críticos de su economía doméstica: el nacimiento de los primeros hijos, demasiado pequeños para trabajar y cuyos cuidados exigían tal atención de sus madres que las incapacitaba para una participación en el mercado laboral agrícola [20].

Formas de inserción en el hogar de los inmigrantes recién llegados 1858-1860

Forma de inserción en el hogar

número

%

cabezas de familia

100

17,79

esposas

67

11,92

hijos

108

19,22

familiares

83

14,77

criados

41

7,30

empleados y dependientes

23

4,09

realquilados

102

18,15

población institucional

26

4,63

otros

12

2,14

total

562

100,00

 

 

 

 

 

 

 

 

 La importancia que va adquiriendo este tipo de inmigración en familia en el crecimiento de Madrid y en el desarrollo del arrabal de Chamberí se hace patente si nos fijamos en los residentes que figuran como recién llegados en el padrón de 1860. [21] Como se puede observar en la tabla, la mayoría de los 562 habitantes de la zona Norte de Madrid que llevaban menos de tres años en la ciudad residían con su familia. Sólo uno de cada cinco inmigrantes, aproximadamente, llegaba pues en solitario a Madrid y debía integrarse en una familia de desconocidos, mientras que el resto residía o bien con un familiar del propio núcleo o relativamente cercano o bien era acogido en alguna institución o fábrica para la que trabajaba [22]. Entre estos recién llegados las familias jóvenes o recién creadas tenían un peso importante: de los 100 cabezas de familia que llegan a la capital entre 1858 y 1860 para establecerse en los terrenos de Chamberí, 67 de ellos lo hacen  con al menos un hijo. Es decir, se trataba de familias completas que inmigraban en bloque. A su vez 42 de esas familias acuden cuando su hijo tiene 14 años o menos, o sea, que familias cuyos hijos son demasiado pequeños para participar de una manera significativa en el mercado laboral y que al tiempo incapacitaban a la madre para trabajar de una manera intensa.

Una descripción más detallada de los itinerarios seguidos por los inmigrantes cómo el que nos permiten las hojas de los padrones nos ayuda a comprender mejor la forma en que se producía esta inmigración en familia; en el siguiente cuadro se recogen algunos casos representativos de la forma en que los jornaleros presentes en la calle Cardenal Cisneros, una de las más populosas del arrabal de Chamberí habían llegado a la capital y se habían establecido en esta zona periférica urbana.

Formas de llegada de los inmigrantes jornaleros presentes en la calle Cardenal Cisneros en 1860

Cardenal Cisneros nº 1, bajo

Familia inmigrante ya formada en el lugar de origen, llega a Madrid tras hacer escalas.

Familia Nuclear de 5 miembros; llegan todos en 1855, desde Fomillas, Zaragoza. Entonces el cabeza de familia, Alejandro Ledesma tenía 45 años y su mujer, Felipa Sancho 44 años. Les acompañaban, al menos, una hija que entonces tenía 16 años, Antonia, un hijo de 13 años, Julián y otro de 2 años y nacido en Torrelaguna, Madrid, en una escala que hecha en su viaje. La hija que cuenta con 21 es modista y Julián ya con 18 es carpintero.

Cardenal Cisneros, nº 2 segundo

Matrimonio entre inmigrante y madrileña; establecidos en Chamberí tras un tiempo en el centro.

Familia nuclear de 4 miembros; el cabeza, Francisco Cardona, es un inmigrante de ya 59 años y venido de Tarragona cuando tenía 19. Su mujer es madrileña, Juana Salas de 55 años, bautizada en la céntrica parroquia de San Millán. Sus primeros años de vida familiar los vivieron en el centro: las dos hijas que aún habitan en el hogar, María de 22 años y Manuela de 14, fueron bautizadas en San Ginés.

Cardenal Cisneros 6, segundo interior.

Matrimonio de inmigrantes de Toledo.

Pareja de inmigrantes toledanos que llegaron en 1855, él, Esteban García, tenía 32 años y ella, Silvestra López, 26. En ese momento convivían con otro jornalero de 27 años, llegado en 1859 desde Alicante.

Cardenal Cisneros, nº 9 bajo

Familia nuclear inmigrante

Familia nuclear que vino ya formada en 1850, desde Colmenar de Oreja donde nacieron los 5 hijos mayores del hogar. A la llegada a Madrid Vitorio García, el cabeza de familia, tenía 37 años y su mujer Dionisia, 38. Les acompañaban cinco hijos que entonces habían cumplido 14, 8, 6, 3 y 2 años. Una vez instalados en la capital tuvieron por lo menos un hijo más, en 1856.

Cardenal Cisneros, 13, pasillo

Matrimonio de inmigrantes.

Matrimonio de inmigrantes de distinta procedencia pero llegados a Madrid en el mismo año, 1853. Manuel San Juan, de 35 años viene de Mequinenza, Zaragoza; su mujer Josefa Pérez, de 45 años, es de Sahagún, León.

Cardenal Cisneros nº 18, bajo

Familia nuclear inmigrante.

Familia nuclear que inmigró junta desde el pueblo de Valderrebollo Madrid y llegó en 1850; los hijos son del primer matrimonio de la mujer. Cuando llegaron el cabeza de familia tenía 40 años, la mujer 38 y los niños, dos eran de 7 años y otra de 3 años.

 Al llegar a Madrid, las familias inmigrantes se dirigían preferentemente hacia el centro, a barrios populares como los de Inclusa y la Latina donde la vivienda deteriorada y barata y la proximidad de los mercados de trabajo y de las instituciones benéficas, les podían ofrecer oportunidades de supervivencia en sus primeros pasos en la ciudad. Sólo más tarde decidían establecerse en lo que era un arrabal en la periferia, una vez que se habían integrado en la ciudad, que habían encontrado una forma de sobrevivir en un mercado laboral marcado por la inestabilidad y la escasez de trabajo, muchas veces después de haber agrandado su familia con nuevos hijos [23]. Antes de 1860 muchas de las familias madrileñas que decidían abandonar el casco viejo de la ciudad para establecerse en el arrabal de Chamberí lo hacían atraídas por el bajo precio de los alquileres de las promociones inmobiliarias que, de manera desordenada, habían ido impulsando un puñado de propietarios de los terrenos; una urbanización que surgía a la sombra del descontrol y de cierta connivencia del Ayuntamiento de Madrid [24]. En su mayor parte se trataba de estratos populares de la población, entre los que ya se hacía notar el peso de un contingente jornalero que iría creciendo con los años. Les acompañaban artesanos y trabajadores más o menos cualificados del mundo de la construcción, algún comerciante en busca de fortuna en un barrio en crecimiento y taberneros que querían evitar las limitaciones que los impuestos sobre los consumos creaban a su negocios. La aparición de unos cuantos establecimientos industriales (la fundición Grouselle y la fundición Sanford sobre todo) fueron también importantes, no tanto por su número o por su tamaño como por su carácter excepcional en la realidad económica madrileña, preindustrial y jornalerizada. Incluso entre estos pioneros de Chamberí se contaba algún que otro representante de las clases medias, en esta época sólo representada por miembros más o menos anónimos, que de forma prematura sentían la necesidad de romper con las viejas formas urbanísticas de la ciudad y que acudían al extrarradio para construirse una residencia a su medida, que expresara en lo arquitectónico los rasgos que la definían en lo social. Surgieron así, antes de 1860, aunque en escaso número pero con la fuerza simbólica de la anticipación, los primeros hoteles y casas aisladas de la burguesía residente en Madrid (que pocas veces madrileña), y que más tarde representaron la forma arquitectónica definitoria de los barrios altos y aristocráticos.

Había surgido de esta manera al otro lado de la cerca Norte de la ciudad, otro Madrid, una ciudad nueva en que se producían formas diferentes de organización sobre el espacio urbano y en las que, en cierta medida, se expresaban anticipadamente algunos de los fenómenos sociales que se van a producir posteriormente, una vez se abra el camino al Ensanche y se desarrolle a gran escala. Esta urbanización arrabalera más o menos espontánea puede ser considerada incluso como un precedente del mismo Ensanche que manifestaba ya algunos de los rasgos que van a ser característicos del Madrid que se construya y se urbanice a partir del año 60.

3.- El proyecto de Ensanche de Madrid.

Esta anticipación del arrabal sobre el Ensanche, este crecimiento de la ciudad antes de que fuera legalmente organizado, los rasgos de modernidad que puede presentar como despliegue social y urbano, tan sólo demuestran la necesidad que existía de acometer tal empresa a la altura de 1860, en un Madrid en que se hacía ya imposible el mantenimiento de la cerca que lo contenía. Pero no significaba que se constituyera en un modelo de crecimiento deseado para la ciudad. De hecho, en el proyecto de Ensanche de Madrid que se aprobó finalmente, se consideraba el arrabal de Chamberí precisamente como el contraejemplo, como el tipo de urbanización que se debía evitar y que en consecuencia debería desaparecer del futuro paisaje residencial madrileño [25]. El arrabal de Chamberí, aunque constituía un espacio urbano apto para la residencia de las clases medias y populares (o precisamente por eso) había sido edificado al margen de muchas de las normas que un ingeniero imbuido de las ideas higienistas, como era Castro, consideraba mínimas para un desarrollo urbano conveniente: calles estrechas, trazado viario un tanto improvisado, falta de espacio libre y ajardinado en las manzanas, nulo equilibrio en la distribución de edificios públicos, plazas y jardines...  En el plano aprobado del nuevo trazado viario que se extendería al Norte de la ciudad, el populoso arrabal desaparecía bajo un gran jardín.

El proyecto de Ensanche de la ciudad aprobado en 1860 y que pretendía ser el documento maestro que ordenara el futuro crecimiento de la ciudad, buscó amortiguar los desmanes que en el ejercicio de la propiedad privada de los terrenos urbanizables pudieran repercutir en las condiciones higiénicas de las nuevas viviendas [26]. Amortiguar la libertad de los propietarios de los terrenos, que no suprimirla. Castro se esforzó por encontrar un diseño que armonizara el respeto por la propiedad privada, consustancial al régimen jurídico y político recién instaurado en España (y hacia el que no sentía ningún desapego), con las preocupaciones que progresivamente se habían ido despertando entre los higienistas sobre las condiciones de la vida urbana moderna y, muy especialmente, las que experimentaba una cada vez más mencionada clase obrera. Además de su criticado diseño ortogonal del trazado viario del Ensanche (que no obstante significaba una ruptura revolucionaria en la concepción de la ciudad), Castro puso un especial esmero en el establecimiento de un equilibrio entre anchura de calles, altura de los edificios, distribución de las manzanas y distribución de los espacios ajardinados que garantizaran una nueva ciudad higiénica, libre de cataclismos epidémicos como el que había sufrido Madrid en 1855 a manos del cólera. Incluso se llegó a establecer una normativa para la construcción de casas que impedía algunos de los vicios característicos de la edificación del casco antiguo (establecía un mínimo de metros cúbicos por dormitorio, suprimía las buhardillas, regulaba las condiciones de bajos y sótanos...).

Por lo demás Castro se mostró muy pragmático; quizá excesivamente como para que su proyecto saliera adelante. No sólo aceptó sino que consideró recomendable la división del Ensanche en barrios de características diferenciadas para acoger a las distintas clases sociales; como bien interpretó el ingeniero madrileño, la segregación social en la futura ciudad no necesitaba ser forzada. Bastaba la libre actuación de los propietarios de los terrenos, sobre todo si estos eran los burgueses especuladores tan propios de Madrid, para que pronto se produjera un desequilibrio llamativo entre los precios de una zona de las afueras y otras. De hecho, tal fenómeno ya se había producido: mientras Castro diseñaba su proyecto, se aceleraba la circulación de compra y venta de los futuros terrenos urbanizables y se iban definiendo zonas de precios más altas que otras. A precio de suelo distinto, calidad de los edificios distinta. La división del Ensanche en barrios burgueses y barrios populares estaba garantizada.

Lo que no supo o no quiso prever el ingeniero Castro fue que esa diferenciación social entre barrios se traduciría también en una desigualdad en condiciones higiénicas de los diferentes espacios urbanos creados. La meticulosidad, de la que se pudo hacer gala en la fijación de normas constructivas higiénicas de la ciudad, no se plasmó en cambio en una verdadera planificación económica de la puesta en marcha del proyecto, a no ser que por tal se considere la reverencia casi religiosa hacia la propiedad que presidió toda la puesta en marcha del plan urbanizador. La regulación posterior que se hizo de las formas de expropiación no sólo no freno, sino que incrementó, el alza de precios y la especulación con el terreno urbanizable, repercutiendo además en un muy lento acondicionamiento de las calles (en un principio los terrenos expropiados para apertura de calles los pagó el Ayuntamiento a precio de mercado) y en una intervención más que destacada de los propietarios en beneficio de sus intereses especulativos y en perjuicio de un equilibrado reparto del presupuesto para infraestructuras urbanas que tuvo por consecuencia el surgimiento de barrios con muy desiguales calidades, como ya explicara Rafael Mas en su día [27]. Al final el Ensanche se convirtió en un negocio más con el que conseguir suculentas plusvalías sin tener que invertir demasiado: son numerosos los ejemplos de obtención de rápidos beneficios por la compra y venta de terrenos en un corto espacio de tiempo en los años que rodean la aprobación del proyecto [28]. La consecuencia para la ciudad fue un alza tal del precio del suelo que se hizo imposible su edificación: no había combinación posible para pagar el suelo urbanizable, construir de acuerdo con las condiciones higiénicas dictadas por Castro y además ofrecer alquiler barato. La solución había de ser lógica para un Ayuntamiento tan preocupado por velar por los intereses de los propietarios: se hacía imprescindible rebajar la exigencia en las condiciones higiénicas de las construcciones. El primer paso se dio en 1864 al abandonar la normativa constructiva del Ensanche y sustituirla por la existente para el casco viejo; luego fue la reducción de los espacios ajardinados y de ventilación por edificio, más tarde se permitió la construcción de buhardillas y sotabancos, se autorizó mayor altura en los edificios, se suprimieron las calles de segundo orden... No quedó ni rastro del idealismo higiénico del proyecto original.

4.- Chamberí, un espacio urbano intermedio en una ciudad progresivamente segregada socialmente.

Quizá el hecho que mejor simboliza la disolución de las buenas intenciones higiénicas del proyecto de Ensanche fue la supervivencia misma del viejo arrabal de Chamberí, inicialmente condenado a la demolición y que al final se acabó aceptando a pesar de que hasta violentaba el trazado ortogonal de Castro (que no obstante es la parte de su legado que más solidamente ha llegado a los madrileños). La pervivencia del arrabal y de sus edificios no significa por el contrario que éste se mantuviera como un espacio de vivienda barata, adecuada en precios para las capas populares madrileñas. Chamberí y sus alrededores experimentaron, como el resto de los terrenos de Ensanche, una revalorización sin precedentes del precio de su suelo que se transmitió al de los alquileres tanto de las casas nuevas como de las viejas edificaciones. Entre 1860 y 1880 el precio del alquiler medio en Chamberí se incrementó en un 106%, alza incomparable con cualquier dato contemporáneo si tenemos en cuenta la estabilidad salarial de aquellos tiempos [29].

Sin embargo este alza de precios no se produjo de una manera uniforme en la Zona Norte de Ensanche que englobaba a Chamberí. En ello influyó de manera determinante la distorsión introducida por la aparición en su sector Este, en la ribera de la Castellana, de un nuevo barrio de corte aristocrático, formado por lujosos hoteles rodeados de jardín y reservado para los grandes hombres de Madrid, la elite propietaria y ennoblecida que acabaría conformando la cúpula rectora de la Restauración. La edificación de este barrio, que por otra parte estaba prevista en el proyecto de Castro y que era de esperar por el valor ya adquirido por el paseo que prolongaba el aristocrático eje Recoletos-Prado, tuvo como repercusión la jerarquización en barrios de la zona Norte del Ensanche. Así, el precio del suelo y de los alquileres estaba directamente relacionado con la mayor o menor proximidad a la Castellana y al barrio aristocrático, lo que provocó la aparición de tres zonas claramente diferenciadas: precios inalcanzables de alquiler en la zona de Almagro Oriental, que superaban las 100 pesetas; precios medios en el antiguo arrabal (barrio de Trafalgar, extremo Oeste de Almagro occidental y Arapiles), precios bajos en la periferia del arrabal y en las proximidades de los cementerios, en el extremo Oeste de la zona 1 de Ensanche. Con ello se cumplía la profecía de Castro acerca de los “mecanismos naturales” que surgirían para hacer posible esa distribución socioespacial de la población en la ciudad tan deseada y a la vez tan temida por la burguesía de su tiempo [31].

 

Evolución de la población y de los precios de los alquileres en Chamberí 1860-1880 [30]

Barrios

Habitantes en 1860

Habitantes en 1880

Alquiler medio en 1860 (pesetas)

alquiler medio en 1880 (pesetas)

Incremento del alquiler

Almagro occidental

1178

  4225

16,50

  32,24

  95,39%

Almagro oriental

-

  1942

-

130,90

-

Arapiles

1211

  4823

14,09

  20,97

  48,83%

Gaztambide

408

  1465

8,45

  13,64

  61,42%

Ríos Rosas

-

    309

-

  16,35

-

Trafalgar

2125

10630

15,49

  26,44

 70,69%

Guzmán el Bueno

85

    142

9,38

  13,54

 44,35%

total

5007

23593

14,73

  30,42

106,52%

 

 

 

 

 

 

Chamberí, tras la puesta en marcha del Ensanche, perdió sus precios populares, pero no por ello su impronta social popular. Es más, la aumentó llamativamente constituyéndose en uno de los barrios jornaleros por excelencia, a pesar de los precios relativamente elevados de sus alquileres (ver tabla de la evolución en apéndice); en parte como efecto reflejo lógico del aumento del número de jornaleros que se estaba produciendo en el conjunto de la ciudad. Sin embargo, en la especial incidencia con que se produce el aumento de la presencia jornalera en Chamberí (que representa casi el 40% de su población trabajadora en 1880 y que ha avanzado en los veinte años anteriores en perjuicio de un artesanado y de un sector de trabajadores cualificados de la construcción ambos en retroceso) influyen decisivamente las nuevas funciones que adquieren lo que antes eran terrenos de las afueras de la ciudad al convertirse en parte integrante de ella, en una de sus zonas de Ensanche [32]. Chamberí creció en altura, elevó casas de vecindad y se constituyó en la zona más dinámica de crecimiento demográfico en un Madrid que experimentaba una multiplicación de su población. Chamberí había dejado de ser un espacio residencial secundario, un apéndice de la ciudad, para convertirse en el centro de su crecimiento y en uno de los focos de establecimiento de población nueva, tanto de las familias recién formadas como de las recién llegadas. Por otro lado Chamberí, como atestiguan los datos estadísticos demográficos y las descripciones hechas por los contemporáneos [33], surgió en está época como un espacio de calidad higiénica intermedia, en una ciudad en que cada día se hacía más clara la antítesis entre los barrios burgueses recién creados (Salamanca, Castellana) a salvo de epidemias, crisis de mortalidad y otras manifestaciones de una urbanización mal desarrollada y unos barrios bajos, los de Latina e Inclusa, en que el deterioro de la vivienda y los ejemplos de hacinamiento se radicalizan, convirtiéndolos en centro de atracción de la población marginal, el  mefitismo y los miedos sociales [34]. Pero si Chamberí era en estos años un lugar de residencia que pasó por un espacio urbano más saludable, ello no se debía a que no se conocieran casos de hacinamiento, de vivienda insalubre o que no existiera una población subalimentada como en el resto de los focos jornaleros de la ciudad, pues había ejemplos abundantes. La razón hay que buscarla, paradójicamente, en su propio subdesarrollo urbano. El edificio de vecindad, la alta densidad de ocupación de las habitaciones, el nulo desarrollo del alcantarillado y el desalojo de aguas residuales y otros factores clave en la sobremortalidad urbana son compensados en Chamberí por la existencia de grandes espacios despoblados, una mayor ventilación de sus edificios y otros rasgos que destacaban sus contemporáneos.

¿Se convirtió  pues Chamberí en 1880 en un distrito jornalero, un barrio obrero? No, la distribución de jornaleros por calles y edificios sólo produjo en casos contados una cohesión social suficiente para que podamos identificar con claridad espacios totalmente segregados y únicamente integrados por jornaleros. Lo normal en el Ensanche Norte era que los jornaleros y los trabajadores habitaran en casas mixtas, en las que convivían con otros estratos sociales, más o menos cercanos, con los que compartían experiencias y problemas muchas veces similares. La disposición socioespacial, que ya se daba cuando Chamberí no era más que un arrabal, cristalizó una distribución de clases y grupos sociales de muy diferente condición que permitía la convivencia en calles cercanas y hasta en los mismos edificios pero que al tiempo establecía diferencias (en el tipo de calles en que unos y otros se instalaban, en el piso de la casa que ocupaban) que hacían visible la existencia de una jerarquía, se mantuvo  favorecida por  la puesta en marcha del Ensanche y los condicionantes en pro de una segregación socioespacial que éste  desato. Esta convivencia en jerarquía es fácilmente observable si más allá de la diferencia de precios de alquiler entre barrios, nos ocupamos de las diferencias que dentro de cada barrio se daba en sus diferentes calles; así en el barrio de Trafalgar, el más populoso de Chamberí, se puede distinguir tres grupos de calles según el precio de sus alquileres. Las calles que destacan por sus precios altos  son o bien vías principales de comunicación que atraviesan el barrio, las calles más anchas y que antes de albergar población funcionaban como paseos arbolados para entretenimiento de las clases acomodadas de Madrid (caso de Luchana o del Paseo de la Haban), o aquellas que situadas cerca del casco viejo de la ciudad, se veían revalorizadas por la existencia de establecimientos comerciales (la calle Cardenal Cisneros) o por sus mejores infraestructuras y acceso a determinados servicios (como las calles de Manuel Cortina o de Trafalgar abiertas con el Ensanche y edificadas de acuerdo con una calidad arquitectónica superior a la del arrabal). Su mejor acondicionamiento y aspecto van a atraer a una población ligeramente distinguida a sus edificios: pequeños propietarios, algún profesional liberal, empleados de mediana y pequeña categoría, algún comerciante enriquecido. Un segundo grupo de calles lo constituyen aquellas pertenecientes al viejo arrabal de Chamberí, tradicional asentamiento de artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores de la construcción, jornaleros y algún que otro trabajador de fábrica, que encontraban en calles de segunda categoría (más estrechas, rara vez acondicionadas con agua corriente u otros servicios básicos) edificios ya relativamente antiguos y deteriorados que les ofrecían alquileres a su alcance. Finalmente existen unas cuantas calles, surgidas en el extremo norte del barrio, lindando con las extensas zonas despobladas que aún contiene el Ensanche Norte de Madrid 20 años después de iniciada su urbanización, de precios excepcionalmente bajos: eran casas bajas, construidas de manera precaria muchas veces y que servían de lugar de acogida de los sectores sociales más pauperizados: jornaleros sin trabajo fijo, mujeres viudas, traperos, etcétera...

 

El barrio de Trafalgar en 1880: distribución de la población y precios de los alquileres por calles

Calles de primera categoría

Calles de segunda categoría

Calles de tercera categoría

 

habitantes

alquiler

 

habitantes

alquiler

 

habitantes

alquiler

Manuel Cortina

63

58,86

Santa Engracia

1294

26,78

Felipe el Hermoso

85

15,95

Glorieta de Bilbao

270

34,76

Sagunto

221

25,22

García de Paredes

163

14,94

Juan de Austria

118

32,74

Murillo

58

24,89

Olid

124

14,64

Luchana

1024

32,09

Feijoó

127

24,2

Zarzal

81

12,25

Santa Feliciana

244

31,77

Arango

253

23,18

Gonzalo de Córdoba

63

12,04

Cardenal Cisneros

1382

30,68

Jordán

339

22,20

Marqués de la Romana

209

11,76

Alburquerque

146

30,34

Castillo

313

22,07

Buenos Aires

85

11,45

Moreno Rodríguez

191

30,23

Quesada

135

21,96

Balmes

204

9,96

Trafalgar

484

29,55

Santísima Trinidad

131

19,62

 

 

 

Olavide

110

29,09

Bravo Murillo

1111

19,41

 

 

 

Raimundio Lulio

267

28,94

Glorieta de la

60

18,40

 

 

 

Palafox

301

28,44

Iglesia

 

 

 

 

 

Gracilazo

186

27,14

 

 

 

 

 

 

Paseo de la Habana

562

27,00

 

 

 

población total: 10630

 

 

 

 

 

 

 

alquiler medio general: 26,44

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas divisiones del distrito y sus barrios por zonas de precio no debe conducir a una visión de cada una de los espacios como departamentos sociales estancos, pequeños microcosmos de rasgos socioprofesionales: calles de artesanos, calles de empleados, calles de propietarios.... Por lo general existía siempre en cada barrio y en cada calle, una pluralidad social que era facilitada por otro tipo de segregación y ordenamiento jerárquico que permite la construcción de edificios: aquella derivada de la distinta calidad y precio de las viviendas según el piso al que nos refiramos. Esta segregación vertical, que ya se daba en la vieja ciudad preindustrial, se va a mantener muy a pesar de esas diferencias de precio que el Ensanche provoca con su puesta en marcha. Sobre todo a partir del derribo de la cerca en 1868 y del levantamiento de todas las restricciones constructivas de tipo higiénico que pesaban sobre los deseos de sacar el máximo beneficio a las edificaciones de Ensanche, van a aparecer en Chamberí casas de tres, cuatro y hasta cinco pisos que contrastan con las primitivas viviendas del arrabal, que solían ser casas bajas de bajo y principal, lo más con alguna buhardilla.. En estas casas se repetirá un patrón localizable en toda la ciudad: comerciantes y artesanos en los bajos, burgueses y profesionales liberales en los principales, pequeños rentistas y empleados de bajo rango en los pisos superiores y el jornalero y el obrero en la buhardilla. En este sentido una casa del barrio de Chamberí podía convertirse en un perfecto resumen y síntesis de la pluralidad de situaciones sociales que albergaba Madrid. La casa de la calle Trafalgar nº 13 nos ofrece un ejemplo elocuente, que además presenta la virtud de expresarnos las diferencias sociales de sus habitantes a través de los alquileres de las viviendas (que son en el fondo expresión de su capacidad económica) y de sus salarios y rentas cuando lo indican.

 

Habitantes de la casa de la calle Trafalgar nº 13, en 1880 [35]

Piso

alquiler

Integrantes

Portería

no paga alquiler, es el portero

Matrimonio de jornaleros inmigrantes: Jerónimo Coboso, de 31 años y su mujer Basilia García, de 29 años; ambos naturales de la Roda, Albacete;  una hija de 15 años también, jornalera. Todos llegaron juntos a la ciudad.

Tienda

30 pesetas

Matrimonio formado por Juan Cerceda, de 38 años y Manuela Llorente de 30 años; ambos de la provincia de Burgos y probablemente llegaron juntos (al menos los dos lo hicieron en 1873). Tienen abierta una tienda en este edificio, sin especificar el objeto de su comercio. Pagan 275 pesetas de contribución anual. En ella emplean a un criado, Vidal Menéndez, nacido en Matanzos, Cuba .

Bajo

15 pesetas

Un joven matrimonio madrileño; Evaristo López, de 27 años y Vicenta Redondo, de 22 años. Él es carpintero, ella no indica profesión. Con ellos vive Antonio Hernández de 22 años, madrileño y carpintero también; puede que trabaje como ayudante de Evaristo. Indica cobrar 1 peseta al día.

Bajo

30 pesetas

Luis López Alonso, de 34 años y nacido en Valladolid; es médico militar por lo que recibe un salario del Estado de 3.000 pesetas al año. Acaba de llegar a Madrid, hace tan sólo dos meses junto a su mujer, Emilia García, de 31 años y también de Valladolid y un hijo de ambos, Emilio, que apenas cuenta nueve meses y que nació en Badajoz, que puede que sea el anterior lugar de trabajo del médico. Les acompaña también un hermano de la mujer, Luis García de 25 años, vallisoletano.

Principal

75 pesetas

José Aurial Flores, madrileño de 73 años y su familia; su mujer, Carmen Sorrit Montero, de 42 años y dos hijas, nacidas ambas en Madrid: de 17 y de 13 años. José Aurial es catedrático de la Escuela de Artes y Oficios, que percibe un salario anual de 5.000 pesetas. En la casa reside también Joaquín Navarro San Juan, un joven escribiente de 25 años (trabaja en la Academia de San Fernando, por lo que recibe 1.000 pesetas al año), procedente de Huarte, Navarra y que puede que sea un pariente lejano o similar al que se le ha acogido en Madrid. La familia tiene una sirvienta, Elena Minguito, de 16 años llegada hace 7 meses desde Burgos.

segundo izquierda

30 pesetas

Feliz Mombellí Gallego, madrileño de 61 años, viudo y jubilado con su familia. Tres hijos; Felisa, soltera de 30 años, Ángel estudiante de 17 años y Félix, de 6 años. Con ellos vive una familiar que no aclara su parentesco, María Iglesias Rodríguez, soltera de 38 años y sin oficio conocido.

segundo derecha

no indican el alquiler

Las hermanas Sánchez de la Hoz; dos mujeres madrileñas ya adultas y solteras; Manuela tiene 54 años y Secundina 42. Viven solas y se declaran propietarias, por los que pagan 243,92 pesetas de contribución anual cada una.

Buhardilla

13,75 pesetas

Familia jornalera madrileña de 4 miembros; el padre, Antonio Pingarrón tiene 53 años y es jornalero, la madre, Josefa Correcha tiene 35 años y se ocupa de sus labores, los hijos que permanecen en el hogar son Daniel, de 20 años y jornalero como su padre y Concha, de tan sólo 3 años.

 Cada vivienda del edificio es una historia familiar pero también un ejemplo de posición concreta en la estructura social. La conclusión más obvia es la de la preeminencia social de ese catedrático de la Escuela de Artes y oficios que encontramos habitando el piso principal y que demuestra su posición más desahogada en el pago de un alquiler alto y en el mantenimiento no sólo de una familia de cuatro miembros con su sueldo, sino también la de un joven invitado a residir con ellos y la contratación de una criada. Pero también nos ofrece casos particulares que nos sirven para enriquecer el conocimiento que tenemos de grupos sociales menos definidos, como es el caso de los propietarios; las hermanas Sánchez de la Hoz nos desvelan como el simple hacho de recibir una renta o tener una heredad era sinónimo de triunfo social. Sin ser su vivienda modesta (no conocemos el alquiler, pero podemos equipararlo a las 30 pesetas de su vecino) tampoco ofrece aparentemente muestras de lujo; las dos solteronas viven en compañía, sin servicio doméstico en una ciudad en que era un elemento propio y habitual de las casas de clase media. Quizá no pasen apuros económicos pero no habiendo participado en el mercado matrimonial, sin familia, sin marido ni hijos, se abre ante ellas una vida poco segura en una sociedad, la del XIX, en que la integración en una familia era elemento sino indispensable, al menos poderosamente influyente en la supervivencia económica y en el mantenimiento del status social [36].

Madrid en este sentido creció y se extendió dejando una fiel impronta en sus edificaciones de los rasgos que caracterizaban a su sociedad, que sí podía haber sido afectada por los cambios que había conllevado la puesta en marcha  la revolución liberal pero en la que éstos no habían sido agudizados por el acompañamiento de un cambio económico de tipo industrializador. La forma en que se produjo el proceso de segregación socioespacial en la puesta de una nueva organización de la ciudad con el Ensanche es elocuente al respecto. En realidad, la única gran cesura se produjo entre el conjunto de la población y una elite social en la que, aunque la burguesía podía ser uno de sus componentes, persistían con fuerza los rasgos de una nobleza que marcaba aún el tono de la distinción. Los únicos barrios socialmente homogéneos que surgieron con el Ensanche de Madrid fueron aquellos que se hicieron construir burgueses y aristócratas tanto en los terrenos que edificó el Marqués de Salamanca en el Este de la ciudad, como en los alrededores de la Castellana (en el que destacan el barrio de Indo y  el de Almagro, que ya se ha visto destacaban en los índices de precio de alquiler del distrito de Chamberí) [37]. El resto de los grupos sociales, convivían en cierta medida en esa amalgama y cercanía que habían sido tan propias de la ciudad antigua, que lo eran de la ciudad preindustrial.

El ejemplo definitivo nos lo ofrece el análisis de las  formas de vida de los cuatro o cinco grandes industriales que encontramos en Chamberí, directores de algunas de las pocas grandes fábricas existentes en Madrid y ejemplos raros de verdadera burguesía industrial: Guillermo Sanford, Grouselle, los hermanos Bonaplata, todos propietarios y directores de fábricas de fundición, y Joaquín Castellá, propietario de la fábrica de cervezas, La deliciosa.  La escasa burguesía emprendedora que existe en Madrid (que no madrileña) y que pretende hacer de la industria una vía de acumulación de capital, no se dejó arrastrar por los mecanismos de segregación socioespacial que vemos operan ya en la ciudad de Madrid. Lejos de ello, viven estrechamente relacionados con el centro de trabajo que dirigen o del que son propietarios, manifestando así su condición de empresarios aún anclados en el  mundo preindustrial y artesanal en que hogar y lugar de trabajo aparecen aún confundidos y en que el maestro o dueño del gran taller puede establecer relaciones con el oficial y el trabajador humilde [38]. La disyuntiva entre capital y trabajo aún no es tajante y las pocas fábricas y grandes talleres que aparecen en Madrid tienden a formar unidades urbanas compactas y concentradas. El caso de la fundición Grouselle nos es conocido [39], ya que su fábrica de la calle Real fue uno de los ejemplos más vistosos de arquitectura industrial en el Madrid del XIX. El edificio, diseñado por el prestigioso arquitecto Pascual y Colomer (autor del edificio de las Cortes y del palacio del Marqués de Salamanca en Recoletos), no sólo incluía el espacio para los trabajos de fundición sino que incorporaba dependencias para alojar a los obreros. Pero el ejemplo más acabado de esta convivencia entre obreros y empresario lo ofrecía sin duda la fábrica de bebidas de gaseosa La Deliciosa, propiedad de Joaquín Castellá y situada en el nº 7 de la calle Santa Engracia. Castellá no sólo habitaba junto a su establecimiento fabril, sino que había hecho construir un edificio de viviendas en el que compartía escalera con sus trabajadores. El propietario, se reservaba una de las mejores viviendas del edificio, en el principal en el que también vivía un fabricante de Papel Pintado; el resto estaban ocupadas por los jornaleros empleados en la fábrica, a los que por contrato, aparte de suministrarles un sueldo les debía proporcionar un alojamiento, que además era bajo para 1880: no superaban las 15 pesetas cuando el precio medio en esa misma calle era de casi 27 pesetas. Joaquín Castellá de esta manera combinaba muy beneficiosamente dos negocios muy lucrativos: por un lado se creaba una mano de obra que al tiempo eran sus inquilinos y vecinos, y por el otro realizaba una promoción inmobiliaria en la que estaba seguro que no le faltaría nunca el pago de un alquiler. No obstante el comportamiento de Castellá no debe ser interpretado sólo como una estrategia destinada a obtener el máximo beneficio de sus obreros; alquilando esas mismas habitaciones a otras personas seguramente podría haber obtenido aún más dinero. Existían otros objetivos en este negocio plural entre los que estaba la protección de una mano de obra cualificada que, aunque pueda ser contradictorio, en el Madrid al que acudían constantes riadas de inmigrantes, era escasa. Bahamonde, en su estudio del mercado de mano de obra madrileña en la segunda mitad del XIX ha señalado cómo mientras los jornaleros subsistían en una continua alternancia entre el paro y el subempleo, en el Diario Oficial de Avisos de Madrid, se sucedían los anuncios de industriales reclamando a trabajadores cualificados para sus empresas [40]. Era el efecto paradójico de un crecimiento urbano que se asentaba sobre un fuerte desajuste entre desarrollo económico y afluencia migratoria: Madrid, una ciudad de débil industrialización, o más bien anecdótica, no atraía a la población susceptible de trabajar en fábricas; los jornaleros que acudían a la ciudad venían en busca de trabajos fáciles, en las obras públicas, en los desmontes de nuevos terrenos, en el Ferrocarril. La escasez de esa mano de obra cualificada la encareció, convirtiendo a los primeros obreros fabriles madrileños en algo muy parecido a los artesanos de otros tiempos.

La Deliciosa, por tanto, se asentaba sobre una red de familias que se vinculaban entre sí en la convivencia en un mismo espacio, en el que estaba presente desde el empresario dueño de la fábrica hasta su más humilde asalariado. Una red que les integraba guardando la jerarquía pero que, al fin y al cabo, suponía un acercamiento entre patrón y trabajador en un Madrid en que el precio del alquiler suponía un intenso condicionante que separaba a unos grupos sociales de otros. El mapa social de Madrid se convertía así en un claro exponente de las relaciones entre grupos sociales que había configurado su peculiar condición de ciudad en crecimiento sin desarrollo industrial: mientras las clases propietarias, una elite formada por rentistas, grandes comerciantes y burgueses ennoblecidos venidos de la provincia al calor de la capitalidad en el naciente Estado liberal, mientras esta pequeña cúpula se distanciaba del resto de los estratos sociales asentándose en un espacio urbano propio, el burgués industrial emprendedor, por otra parte escaso en la ciudad seguía en estrecha convivencia con sus trabajadores. Trabajadores fabriles que tampoco eran la nota predominante de las clases populares madrileñas de las que representaban una minoría frente a la cada vez más fuerte proporción de jornaleros. El jornalero, estrato inferior de la sociedad si compartía espacios y relaciones con el cada vez más deteriorado mundo de los oficios y ese gris e indefinido conjunto de trabajadores que se calificaba como empleados. Jornaleros, artesanos, pequeños y medianos comerciantes, modestos empleados configuraban el heterogéneo pueblo madrileño, que se organizaba en los mismos barrios, cada uno según sus necesidades y posibilidades económicas en ese escalonado entramado de calles y precios de alquiler que era el Ensanche Norte.

 

evolución de la estructura profesional del Ensanche Norte

1860-1880 y comparación con Madrid.

jornaleros y baja cualificación

Estructura profesional del Ensanche Norte  en 1860

Estructura profesional del Ensanche Norte en 1880

Estructura profesional en la ciudad de Madrid 1886

601

25,13%

3823

38,06%

27081

15,32%

construcción

247

10,33%

724

7,21%

9443

5,20%

trabajadores periurbanos

62

2,59%

58

0,58%

528

0,29%

trabajadores de fábrica

92

3,85%

207

2,06%

-

-

trabajos femeninos declarados (costureras, lavanderas, planchadoras...)

251

10,49%

358

3,56%

11725

6,46%

oficios y artesanos

333

13,92%

905

9,01%

20338

11,21%

comerciantes y servicios

240

10,03%

791

7,87%

23482

12,94%

empleados

138

5,77%

772

7,69%

28988

15,98%

clero y militares

69

2,88%

394

3,92%

9685

5,34%

profesiones liberales

55

2,3%

288

2,87%

9574

5,28%

servicio doméstico

213

8,9%

1309

13,03%

33874

18,67%

Rentistas y propietarios

91

3,80%

416

4,14%

5992

3,30%

Total

2392

99,99%

10045

100,00%

181430

100%

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Notas

 [1] La población de la ciudad de Madrid era de 298.426 habitantes según el censo de 1860 y pasó a 397.816 según el censo de 1877; una serie más extensa de datos en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio y BAHAMONDE MAGRO, Ángel: “La sociedad madrileña en el siglo XIX” en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio (dir.): Historia de Madrid, Editorial Complutense, Madrid, 1993, pág. 481.

[2]Íbid, pág. 479. Véase también REHER, David Sven: “Urbanization and demographic behaviour in Spain, 1860-1930” en VAN DER WOUDE, Ad; DE VRIES, Jan; HAYAMI, Akira: Urbanization in History. A process of dynamic interactions. Clarendon Press, Oxford, pp. 282-299.

[3] DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX, Siglo XXI, Madrid, 1986.

[4] BAHAMONDE, Ángel y OTERO, Luis Enrique: “Madrid, de territorio fronterizo a región metropolitana”, en FUSI, J.P.: España. Autonomías Madrid, Espasa, 1989, pp.517-613, especialmente pp. 555-556 y BAHAMONDE, Ángel y OTERO, Luis Enrique: “Quietud y Cambio en el Madrid de la Restauración” en Bahamonde Magro y Otero CARVAJAL (eds.): La sociedad madrileña durante la Restauración 1876-1931. 2 Vols. Madrid, Comunidad de Madrid-Alfoz, 1986, vol.1 pp. 24-26

[5] BAHAMONDE MAGRO, Ángel y FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: “La transformación de la economía” en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio (dir.): Historia de Madrid, Editorial Complutense, Madrid, 1993, pág. 516.

[6] Especialmente en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: “La población madrileña entre 1876 y 1931. El cambio de modelo demográfico” en BAHAMONDE MAGRO, A. Y OTERO CARVAJAL, L.E.: La sociedad madrileña durante la Restauración, 1876-1931.” Comunidad de Madrid, 1989. Vol. I, pp.29-76.  A conclusiones similares llegaba TORO MÉRIDA, Julián: “El modelo demográfico madrileño” Historia 16, nº 59, pp. 44-51.

[7] FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: Epidemias y sociedad en Madrid. Vicens Vives, Barcelona, 1985.

[8] En el censo de 1797 se contabilizaban 6.185 jornaleros, que ascendían a 11.049 para 1848 en los recuentos de Madoz, a unos 20.000 en 1880[1] y a 51.993 en 1898. DEL MORAL RUIZ, Carmen: El Madrid de Baroja, Sílex, Madrid, 2001, pág. 107.

[9] CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995. Me refiero especialmente a las conclusiones del Capítulo III: “Flujos migratorios y destinos de los emigrantes”, pp. 88-91, y del Capítulo 4: “Actividad económica y movilidad ocupacional”, pp. 119-132, en que se pone de relieve lo tortuoso del camino que lleva al trasvase de la población agrícola hacia el trabajo fabril en el despegue de la industrialización.

[10] El estudio de la formación y funcionamiento de este mercado de mano de obra en el XIX sobre el que luego se abundará sigue teniendo por texto básico el artículo de  BAHAMONDE, Ángel: “El mercado de mano de obra madrileño (1850-1874)” en Estudios de Historia Social, 15, 1980, pp. 143-175

[11]Acerca de la especulación burguesa en el Ensanche, ver BAHAMONDE MAGRO, Ángel: El horizonte económico de la burguesía isabelina, Madrid, 1981. pp. 274-315

[12] Acerca de las críticas de los contemporáneos al Ensanche, especialmente Fernández de los Ríos e Ildefonso Cerdá, ver BONET CORREA, Antonio (ed): Plan Castro, COAM, Madrid, 1978, pág. XLI.

[13] Bien es cierto que el carácter del Ensanche como un producto más de la especulación capitalista que como un trampolín para la transformación industrial de Madrid ya ha sido  destacado por Rafael Mas o Ángel Bahamonde al analizar las estrategias económicas de la burguesía madrileña en el XIX.

[14] Así, en su conocido estudio sobre las condiciones de salubridad e higiene pública de la ciudad, el médico Philip Hauser consideraba que eran las carencias de policía sanitaria lo que creaba la distancia entre las tasas ya reducidas de mortalidad europeas y las de un Madrid, que tenía “el triste privilegio de  figurar entre las capitales más malsanas de Europa”   Hauser, Philip: Madrid bajo un punto de vista médico-social (edición a cargo de Carmen del Moral, Madrid, Editora nacional, 1979), vol. 1, pág. 85

[15] BRANDIS, Dolores: El paisaje residencial en Madrid, Madrid, MOPU, 1983, pp. 99-106.   

[16] La bibliografía existente sobre la evolución de Chamberí es de muy desigual calidad, y en ningún caso alcanza a ofrecernos un retrato general del distrito. Sí encontramos trabajos con un estudio documental importante en lo relativo a su evolución como zona del Ensanche madrileño en el libro conjunto de E. CANOSA ZAMORA, J. OLLERO CARRASCO, J. PENEDO COBO, I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: Historia de Chamberí. Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1988. Una esclarecedora exposición sobre los condicionantes para el desarrollo del Ensanche en esta zona en I. RODRÍGUEZ CHUMILLAS: “Un desarrollo tardío del Ensanche Norte: el sector occidental del distrito de Chamberí” en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, Madrid, CSIC, tomo XXIV, 1987, pp. 499-513. M. E. Ruiz Palomeque: “Desarrollo urbano de la zona Argüelles Chamberí” en VV.AA.: Establecimientos tradicionales madrileños. 5. El Ensanche: Argüelles y Chamberí. Madrid, Cámara de Comercio e Industria, 1985. pp. 29-52. y E. CANOSA ZAMORA: “La periferia Norte de Madrid en el siglo XIX: cementerios y barriadas obreras” en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, CSIC, Tomo XXIV, 1987, pp. 515-533.

[17] Los límites de Chamberí, lo que primero fue un arrabal, después un barrio, finalmente un distrito cuyas fronteras han sufrido múltiples modificaciones, fluctúan a lo largo de su historia. Por eso, para asegurar la  coherencia del presente  estudio se ha optado por adoptar los límites actuales del distrito. Una clara visión de la evolución de la división administrativa de Madrid en GILI RUIZ, Rafael y VELASCO MEDINA, Fernando: “Ayuntamiento y administración municipal” en Madrid. Atlas histórico de la ciudad. 1850-1939. Centro de documentación y estudios para la historia de Madrid, Madrid, 2001; pp. 300-307.

[18] Los datos han sido obtenidos a partir del análisis de los registros matrimoniales madrileños de 1855 por Natalia Mora Sitjà y presentados en comunicación al VI Congreso de la Asociación de Demografía Histórica, Granada, 1-3 de Abril de 2004 (las actas están aún sin publicar, puede accederse al texto a través de la página web de la ADEH: SITJÀ MORA, Natalia: “La inmigración en Madrid a mediados del siglo XIX: una primera aproximación”). La autora cifra como edad media de acceso al matrimonio para los hombres 27,5 años en el caso de los nacidos en Madrid y 28,9 para los varones inmigrantes; en el caso de las mujeres sería 23,3 y 27,6 años respectivamente.

[19] Este tipo de estrategias, que se van a mantener a lo largo del XIX y del XX, son descritas por REHER: La familia en España. Pasado y presente. Alianza Universidad, Madrid, 1996, pp. 302-309.

[20] Un fenómeno comparable es el que describe para Sabadell, CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de...  pp. 98-103 y 108-111.

[21] Este tipo de análisis de los “inmigrantes recién llegados” ya ha sido ensayado para el caso de Pamplona en MENDIOLA GONZALO, Fernando: Inmigración, Familia y Empleo. Estrategias familiares en los inicios de la industrialización, Pamplona (1840-1930). Bilbao, Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 2002 y del que se toma prestado.

[22] Ni siquiera cuando la inmigración se hacía con carácter temporal y a distancia corta, se hacía en solitario, tal y como lo ha descrito SARASÚA, Carmen: Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico en la formación del mercado de trabajo madrileño, 1758-1868, Siglo XXI, Madrid, 1994, pág. 49.

[23] Una dinámica de movilidad interna de la ciudad a la que describe para París y uno de sus barrios, Belleville, JACQUEMET, Gérard: Belleville au XIXe Siècle: du faubourg à la ville. Edition Postume par Adeline Daumard. París, 1984, pág. 113 y ss.

[24] Acerca de las primeras promociones inmobiliarias en el Ensanche Norte, especialmente las de Andrés Arango y las del conde de Vegamar, ver DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, 1986, 140-148.

[25] A las características urbanísticas del nuevo espacio urbanizado ya me referí en PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El Distrito de Chamberí 1860-1880. El nacimiento de una nueva ciudad. Trabajo Académico de Tercer Ciclo, UCM, 2004, pp. 35-43

[26] Para un estudio del Plan Castro de Ensanche de Madrid BONET CORREA, Antonio (ed): Plan Castro, COAM, Madrid, 1978; DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales..., pág. 33 y ss.; MAS, Rafael: El barrio de Salamanca. Planeamiento y propiedad en el Ensanche de Madrid .Instituto de Estudios de Administración Local, Madrid, 1982; BAHAMONDE MAGRO, Ángel: El horizonte económico de la burguesía isabelina. Madrid 1856-1866. Madrid, UCM.

[27] MAS, Rafael: El barrio de Salamanca... Pág. 66.

[28] BAHAMONDE MAGRO, Ángel: El horizonte económico...

[29] Datos de los alquileres a partir de los padrones municipales para Chamberí de 1860 y 1880; un estudio más detallado en PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El distrito de Chamberí... pp. 119-129.

[30] Elaboración propia a partir de Archivo de Villa Estadística (padrones de 1860 y 1880).

[31] Acerca del discurso sobre la cuestión de la vivienda obrera y las distintas iniciativas propuestas o realizadas en la segunda mitad del XIX: Díez de Baldeón, Clementina: “Barrios obreros en el Madrid del XIX: ¿solución o amenaza para el orden burgués?” en BAHAMONDE, Ángel y OTERO CARVAJAL, Luis Enrique (eds.): Madrid en la Sociedad del siglo XIX, Comunidad de Madrid-Alfoz, Madrid, 1988, vol. 1, pp. 117-134.

[32] PALLOL TRIGUEROS, Rubén: “Ciudad e identidad en el siglo XIX. El proceso de urbanización como proceso de fondo en la creación de nuevas identidades: jornaleros e inmigrantes en el Ensanche Norte de Madrid” comunicación presentada al Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, septiembre de 2004, Santiago de Compostela (en prensa).

[33] PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El distrito de Chamberí... pp. 109-114.

[34] A esta progresiva bipolarización entre barrios altos y barrios bajos se ha referido FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: “Niveles de vida del proletariado madrileño (1883-1903)” en El Reformismo social en España: la Comisión de Reformas Sociales. Actas de los IV Coloquios de Historia. Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1987, pp.163-180. La manera en que estas diferencias se expresaban en tasas de mortalidad y de natalidad diferentes lo refleja el mismo autor en FERNÁNDEZ GARCÍA, Antonio: “La población madrileña entre 1876 y 1931... pp. 42-43.

[35] Elaboración propia a partir de los datos del padrón de 1880; Archivo de  Villa, Estadística.

[36] Acerca de las distintas estrategias familiares para hacer frente al presupuesto familiar mínimo para la supervivencia (en el que el pago del alquiler de vivienda era una de las partidas determinantes), me he referido en El distrito de Chamberí... pp. 187-228.

[37] Sobre el barrio de Indo y su composición social, PALLOL TRIGUEROS, Rubén: El distrito de Chamberí.. pp. 141-147. También MAS, Rafael: “Almagro”, en Madrid, Espasa Calpe, nº 72, 1980, págs. 1420-1440.

[38] Esta fase de indefinición de clase del empresario del despegue industrial ha sido descrita y analizada para el caso alemán por KOCKA, Jürgen: “Problemas y estrategias de legitimación de los empresarios y cuadros directivos en el siglo XIX y comienzos del XX” en Historia social y conciencia histórica. Marcial Pons, Madrid, 2002.

[39] DÍEZ DE BALDEÓN, Clementina: Arquitectura y clases sociales... pág.144-5.

[40] BAHAMONDE, Ángel: “El mercado de mano de obra madrileño... pág. 146 y ss.

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