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Grupo de Investigación Complutense
Historia de Madrid en la edad contemporánea
nº ref.: 941149
Dirigido por

Luis Enrique Otero Carvajal

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Nicolás Montero Pérez, becario de Investigación de la UCM.

EL GETAFE DEL SIGLO XVIII SEGÚN EL CATASTRO DE ENSENADA. APROXIMACIÓN A UN NÚCLEO DEL HINTERLAND MADRILEÑO1

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Indice

Fuentes para el análisis: el catastro de Ensenada.

El territorio de Getafe a mediados del siglo XVIII.

Un sector agrícola dirigido al exterior.

El peso de lo urbano.

Epílogo: Getafe y Madrid, historia de una larga relación.

Notas.

La adquisición de un nítido perfil de núcleo industrial subsidiario de Madrid que alcanza Getafe tras la Guerra Civil española de 1936-1939, gracias entre otros a su posición estratégica entre las líneas de los ferrocarriles de Extremadura y de Alicante, y sobre el eje constituido por las carreteras de Andalucía y de Toledo, no debe hacernos olvidar la estrecha relación mantenida entre ambos núcleos con anterioridad. De hecho, la proximidad de Getafe a la villa de Madrid (12 kilómetros) ha venido condicionando profundamente toda la dinámica histórica de esta localidad del sur madrileño, desde su mismo origen a finales de la Alta Edad Media, y más intensamente a partir del fenómeno de la capitalidad, hasta la actualidad más presente en el marco del área metropolitana de Madrid, actuando siempre la capital de España de estímulo constante sobre la sociedad getafense en un amplio abanico de manifestaciones económicas, políticas, sociales, demográficas, etc. En este trabajo vamos a centrarnos en las características que presenta esta relación durante el Antiguo Régimen, más concretamente en la segunda mitad del siglo XVIII.

I.- FUENTES PARA EL ANÁLISIS: EL CATASTRO DE ENSENADA

Es de sobra conocido que el llamado Catastro de Ensenada nunca llegó a ser empleado en la loable tarea para la que fue concebido: esto es, la remodelación del sistema fiscal castellano, que pasaría de estar basado en la contribución indirecta que gravaba el consumo a gravar la riqueza de cada uno, tal y como rezaba la archiconocida frase contenida en la representación que Ensenada hizo al rey en 1747: “que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia2.

Sin embargo, existe un consenso muy generalizado dentro de la historiografía al señalar que la ingente masa documental sobre vasallos, bienes, rentas, derechos y privilegios reunida con motivo de las averiguaciones catastrales a lo largo y ancho de la geografía de las veintidós provincias que entonces conformaban la Corona de Castilla constituye la más completa fuente de información para el estudio de las bases económicas, sociales y jurídicas sobre las que reposaba la sociedad castellana del Antiguo Régimen. No en vano, son numerosos los trabajos realizados, principalmente a escala local y regional, a partir de sus distintos tipos documentales, los cuales abarcan un amplio abanico de cuestiones objeto de atención, desde el más repetido análisis de las estructuras agrarias (usos del suelo y distribución de cultivos, formas de explotación, características de la propiedad) hasta el estudio de las estructuras sociales, demográficas, familiares y socioprofesionales, pasando por el tratamiento de otros aspectos como la organización de la vida municipal (composición de los ayuntamientos, sus haciendas, etc.), la casuística fiscal vigente o el modelo urbanístico3.

En las líneas siguientes vamos a tratar de acercarnos a la realidad histórica de Getafe a mediados del siglo XVIII sirviéndonos de la documentación que se conserva generada por las averiguaciones del Catastro de Ensenada para dicho núcleo madrileño, y que está constituida, básicamente, por dos grandes bloques documentales. De un lado, las Respuestas Generales, que son las respuestas que un equipo de peritos designado por las autoridades locales dio a un Interrogatorio General de cuarenta preguntas sobre la situación jurídica y socioeconómica de la localidad.

De otro, el Libro de familias y el Libro de haciendas, ambos de legos, que conforman las conocidas, por oposición al nivel documental anterior, como Respuestas Particulares. Constituyen la documentación de base del Catastro. En ellas encontramos una descripción microscópica, elaborada a partir de la información proporcionada de forma individual por todos los vecinos, de la constitución interna de la población (Libro de familias) así como del reparto de la propiedad existente en el lugar (Libro de haciendas). Los originales se encuentran desaparecidos, conservándose copia de ellos en el Archivo Municipal de Getafe, que son los ejemplares que aquí se han manejado.

Además, las Respuestas Generales de Getafe, en una peculiaridad que es extensible a las del resto de pueblos que conformaban la Intendencia de Madrid a mediados del siglo XVIII, incluyen junto a la información recogida en 1752 por Agustín Sebastián Ortiz, juez-subdelegado para las operaciones de la Única Contribución en dicha Intendencia, debido a las irregularidades cometidas en el proceso, una serie de anotaciones y rectificaciones a esa información efectuadas en 1754 por el máximo responsable de la Contaduría de Rentas de la provincia de Madrid, Martín de Abarrategui4, quien ya disponía de la información contenida en el Libro de familias y en el Libro de haciendas. Ello nos permite disponer de la visión general que nos ofrecen las Respuestas Generales con la fiabilidad en sus datos que proporciona la base de las Respuestas  Particulares. Tanto las Respuestas primitivas como las rectificaciones de 1754 se conservan en el Archivo General de Simancas, existiendo una copia en microfilm del original simanquino en el Archivo Histórico Nacional, que es la que he empleado en este trabajo5.

II.- EL TERRITORIO DE GETAFE A MEDIADOS DEL SIGLO XVIII

El 3 de enero de 1752 don Agustín Sebastián y Ortiz, “del Consejo de Su Majestad, su Pagador de la Real Audiencia de Aragón y Ministro Delegado para la Única Contribución de la Provincia de Madrid6, evacuaba ante una comisión de capitulares y peritos encargados del acopio de la información solicitada las conocidas como Respuestas Generales de Getafe.

Las respuestas a las tres primeras cuestiones del Interrogatorio nos permiten aproximarnos al marco administrativo y jurídico en el que se encuadra Getafe a mediados del siglo XVIII. A la primera pregunta sus representantes contestan que la población se llama “el lugar de Getafe”. Más allá del mero dato anecdótico de la grafía del nombre (que ya entonces se escribía con g)7, la respuesta pone de relieve un elemento esencial de la realidad getafense durante el Antiguo Régimen cual es su condición de lugar.

Puede llamar la atención el hecho de que Getafe, uno de los núcleos más poblados de cuantos formaban parte de lo que entonces constituía la provincia de Madrid8, tuviese la entidad de lugar mientras que otros de menor importancia demográfica y/o económica, como por ejemplo Perales del Río9, que no superaba los veinte vecinos, disfrutaban del status de villa10.

En este sentido conviene aclarar que la clasificación en villas o lugares no responde a criterios materiales tales como el volumen de población o la estructura y pujanza económica de una localidad sino que, más bien, hace referencia a lo que podríamos denominar su forma de administración. Por lo tanto, la categoría de un núcleo de población en la España del Antiguo Régimen es un concepto esencialmente jurídico-institucional; que está íntimamente vinculado con un entramado territorial complejo, heredero directo de la forma en que se desarrollaron los procesos de Reconquista y Repoblación, caracterizado por la discontinuidad y la fragmentación territorial y por la coexistencia de distintas jurisdicciones. De ahí que no resulte anormal observar gracias a esta compleja y disfuncional articulación territorial propia del Antiguo Régimen, la convivencia de minúsculas villas de escasa entidad socioeconómica con lugares que desempeñan importantes funciones económicas y sociales11.

Ahora bien, ¿cuáles son los elementos que delimitan el contenido concreto de estas dos categorías existentes en el ámbito de lo local durante el Antiguo Régimen?¿Cuáles son los rasgos que caracterizan tales formas de administración?

Aun cuando no es esta una cuestión que pueda resolverse completamente con la precisión que sería adecuada, pues aun limitándonos al siglo XVIII la legislación es bastante confusa y el gobierno de los pueblos parece regirse, según se desprende de los títulos III y IV de la Novísima Recopilación (1805), no sólo por la ley sino también por los privilegios, usos, costumbres y ordenanzas particulares de cada uno12, todo parece indicar que la categoría de lugar hace referencia a un núcleo de población que jurídicamente depende de otro, más concretamente de una villa o de una ciudad, mientras que la categoría de villa remite a un núcleo que gracias a la obtención del Privilegio de villazgo ha adquirido el derecho a que por medio de sus alcaldes se ejerza en él, y en los lugares que se le asignan, la jurisdicción civil y criminal13.

Además, a estos elementos de independencia administrativa y judicial que presentaba la personalidad legal de villa frente a la de lugar habría que sumar otros de tipo fiscal. J. M. Donézar observa en la documentación del Catastro de Ensenada que usa para el estudio de la provincia de Toledo en el siglo XVIII que la villa en contribuciones, regulación y nombramiento de cargos era independiente no debiendo dar razón más que a la Contaduría de Rentas sita en la cabeza del partido, y que era a ella a quien le correspondía fijar la cantidad de contribución resultante de los encabezamientos, así como el cobro de otros derechos (normalmente los de Correduría, Mojona, Almotacén, Fiel medidor), que debían satisfacer los lugares adscritos a su jurisdicción14.

Getafe es, pues, un núcleo poblacional que tiene el status de lugar. Por lo tanto, no tiene jurisdicción propia, ni en el aspecto civil ni en el criminal. Su jurisdicción es dependiente. ¿De quién? En la segunda cuestión de las Respuestas Generales se nos dice que Getafe “es de realengo y de la jurisdicción de Madrid”; y en la tercera cuestión se vuelve a recalcar que “este pueblo [es] uno de los comprendidos en las cinco leguas de la jurisdicción de Madrid ...”15.

Esta situación tiene su origen en la Edad Media pues tras la reconquista del reino de Toledo por Alfonso VI Getafe pasa a formar parte del grupo de pueblos que constituyen el alfoz de Madrid16, y ya con anterioridad al siglo XVIII se traduce en una amplia gama de manifestaciones de subordinación, desde la capacidad que el Ayuntamiento de Madrid tenía de otorgar permisos y solares para poblar el territorio de Getafe17 hasta su potestad para imponer una extensa casuística de repartimientos18, como por ejemplo los de cereales, aspecto este en concreto del que hablaremos más adelante.

A pesar de ello, en el siglo XVIII Getafe tenía Concejo. Para la Única Contribución comparecieron, como se recoge en el preámbulo de las Respuestas Generales, entre otros, los alcaldes, don Miguel de Morales por el estado noble y Andrés Abad por el general; los regidores, don Cayetano Figueroa por el estado noble, y Manuel de Ocaña y Mateo Pingarrón por el general; el síndico procurador, Gabriel de Ocaña; y el escribano, Diego Gutiérrez y Pingarrón19. Sin embargo, la fuente catastral no es mucho más explícita en cuanto al techo de las competencias de esta corporación getafeña (lo cual es lógico dado que los objetivos del Catastro, como sabemos, no residían en hacer un estudio sobre el gobierno municipal de los pueblos de España, sino en construir una estadística sobre la población y riqueza del territorio de la Corona de Castilla para aplicar sobre ella la Única Contribución), aunque no sería muy descabellado pensar que sus atribuciones debían ser limitadas, quedando profundamente subordinada al Ayuntamiento de la Villa de Madrid y a su corregidor, que era su superior jerárquico inmediato, pues como escribía en 1742 el jurista salmantino Lorenzo de Santayana y Bustillo:

“... hoy día ya y sin distinción alguna después de la Constitución del Señor Felipe III, es de los corregidores toda la jurisdicción en todos los lugares de su partido, así en lo criminal como en lo civil, a excepción de aquellos que, o la tienen propia, por ser villas eximidas, o son de señor temporal, a quien esté concedida; y sólo pueden los alcaldes ordinarios de las aldeas sujetas a la cabeza de partido entender en causas civiles hasta en cantidad de 600 maravedís, y proceder en las criminales las primeras diligencias de la prisión de reos y embargo de sus bienes [...] En las villas eximidas o de jurisdicción propia, es propia de sus alcaldes la jurisdicción toda. En los lugares de señorío particular ejercerán los alcaldes la que tuvieren, conforme a sus privilegios20.

Según José Fariña, tanto la justicia y regimiento de Getafe como sus distintos oficios concejiles (procurador general síndico, escribano, alcaldes de la Santa Hermandad, mayordomo de propios, contador, etc.) debían tomar posesión y jurar sus cargos ante el Ayuntamiento de madrileño21.

Precisamente, por esa misma lógica económico-fiscal que le guiaba, el Catastro si que recoge algunas referencias que atestiguan nítidamente como se traducía esta dependencia legal del lugar de Getafe con respecto a la Villa de Madrid en el terreno tributario. En la Relación del Concejo incluida en el Libro de haciendas de legos se especifica que el concejo getafense pagaba al año por sisas, millones y otros derechos a los Cinco Gremios Mayores de Madrid, institución encargada, entre otros menesteres, de la administración y recaudación de las rentas reales en Madrid capital y en todos los pueblos de su jurisdicción, la exorbitante cifra de 132.939 reales, lo que suponía casi el 60% de los 223.487 reales que sumaban sus gastos anuales totales22. Como podemos ver por lo tanto, Madrid, como cabeza de jurisdicción, regulaba la contribución real de Getafe que todavía no había sido enajenada de la Real Hacienda23, con los beneficios que de ello no es difícil intuir se derivaban24.

Todo esto explicaría que la justicia y regimiento de Getafe no constituyese un Ayuntamiento propiamente dicho a lo largo de la Edad Moderna:  todavía a la altura de 1786 Tomás López escribía de Getafe que “... su jurisdicción es totalmente pedánea; la elección de justicia anual es toda de su capital y por suerte25. De ahí que no existieran libros de actas municipales como tales en que se reflejasen los acuerdos corporativos ni el concejo celebrase sesiones regulares en fechas o periodos determinados26.

A su vez, como lugar integrado dentro de la jurisdicción de la Villa de Madrid, Getafe pertenecía al distrito de la Chancillería de Valladolid, a la que tenía que concurrir en grado de apelación; y en lo eclesiástico, dependía del Arciprestazgo de Madrid y del Arzobispado de Toledo, en donde radicaba la capital y la catedral27.

Ahora bien, aunque a mediados del siglo XVIII Getafe no tenía jurisdicción independiente, si que disponía de término propio, disfrutando sus habitantes de la categoría de vecinos del lugar de Getafe28. Dicho término limitaba al norte con el de Villaverde, al sur con los de Parla y Pinto, al este con el de Perales del Río (agregado en el siglo XIX a su municipio) y al oeste con el de Leganés. Comprendía cinco despoblados: Aluden, Cunebles, Torre Valcrispín, Acedinos (cuya jurisdicción era mixta entre este pueblo y Fuenlabrada, al tiempo que sus yerbas y aprovechamientos partían por mitad) y otro, del que no se da el nombre (cuya jurisdicción también la compartía Getafe con otro pueblo, en este caso Villaverde). Se trata de núcleos anteriormente poblados, integrados dentro de la Tierra de Madrid, cuyos terrenos, al quedar despoblados29, pasaron a formar parte del término de Getafe, aunque siguieran manteniendo su personalidad como territorios decimales autónomos.

Esto supondría, según José Fariña, a pesar de una más que evidente imprecisión en cuanto a la superficie total del término, una superficie aproximada para Getafe, si añadimos la de Perales del Río, muy próxima a la actual, que es de 7.874 hectáreas o, en todo caso, una cifra muy similar, puesto que los límites y deslindes con los pueblos limítrofes estaban ya definidos e incluso habían sido objeto de largos pleitos, con anterioridad, ante la Chancillería de Valladolid30.

III.- UN SECTOR AGRÍCOLA DIRIGIDO AL EXTERIOR

No obstante, y a pesar de la importancia de esta dependencia jurídica en la realidad histórica de Getafe, quizá sea en el terreno de las actividades económicas donde mejor se ejemplifique la estrecha relación que mantuvo Getafe con Madrid a lo largo de la Edad Moderna.

Las anotaciones y rectificaciones efectuadas en 1754 por la Contaduría de Rentas de Madrid que dirigía Martín de Abarrategui a las Respuestas Generales de Getafe muestran claramente la hegemonía en el agro getafense del terreno cultivado sobre el no cultivado, y dentro de aquel, de los cereales y, en menor medida, de la vid. Según los datos de 1754 las tierras cultivadas sumaban 16.220 fanegas y 10 celemines que representaban el 96’76% de la superficie total catastrada del pueblo (16.760 fanegas). Las llamadas en la documentación catastral de Getafe tierras de pan llevar, esto es, el secano cerealista, constituían el principal uso agrario, pues con las 13.058 fanegas y 5’5 celemines que ocupaban, suponían el 77’91% del suelo getafense.  

Cuadro nº1. Dedicación del suelo de Getafe en base a las calidades de la tierra, según las rectificaciones y anotaciones ulteriores a las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada. 1754

Cultivo

Calidad de la tierra

Extensión en fanegas y celemines

% sobre el total de la superficie agrícola

Cereal

 

 

 

 

 

              Subtotal

 

 

2.341 y 11

 

4.757 y 9,5

 

5.958 y 9

 

13.058 y 5,5

13,97

 

28,38

 

35,55

 

77,9

Vid

 

 

 

 

 

              Subtotal

 

 

687 y 4

 

1.356 y 4

 

984 y 11,5

 

3.028 y 7,5

4,10

 

8,09

 

5,87

 

18,06

Retamar

373 y 2

2,22

Dehesa

166

0,99

Huerta

74 y 9

0,44

Olivar

52

0,31

Alameda

7

0,04

Total

 

16.760

100

 El sistema de cultivo propio del secano cerealista en Getafe era el de año y vez, que consistía en dejar en barbecho durante un año las tierras que el año previo habían sido puestas en producción. El barbecho suponía que una parte importante de la superficie labrada quedaba fuera del sistema productivo en sentido estricto cada campaña agrícola. A pesar de ello, fue una técnica sumamente racional para una agricultura que no disponía de abonado químico y en un término donde, como veremos, los pastos no sobraban.

Sin embargo, no hay que pasar por alto que los representantes de Getafe aluden a cultivos típicos del medio barbecho, es decir, aprovechamiento de las tierras en su año de descano para cultivar plantas de ciclo corto, especialmente leguminosas. Los peritos hacen referencia a ellos cuando se les pregunta por los rendimientos de los distintos cultivos en la respuesta a la duodécima cuestión del Interrogatorio,  quitándoles importancia económica y consiguiendo que no se añada valor por tales aprovechamientos a las tierras al aducir que lo que obtenían de más por ello se compensaba con lo que producía de menos la tierra al año siguiente, pues había perdido parte de su sustancia en el aprovechamiento del medio barbecho:

“... la de inferior de trigo [rinde] 4, en cuya consideración van refundidos los frutos menudos por su corta entidad y porque en la tierra que los produce esquilma, tanto que toda de menos en los años inmediatos en que se siembran de trigo y cebada, ...”31.

Nada más se nos dice en la documentación catastral (ni en las Respuestas Generales ni en las Particulares) sobre el sistema de cultivo propio del secano cerealista en Getafe: si bien se señala el empleo de la técnica del barbecho, no se menciona nada sobre los cereales cultivados ni sobre el papel jugado por cada uno de ellos en las rotaciones del ciclo de cultivo.

Sin embargo, podemos salvar esta carencia recurriendo a una certificación de 1750 expedida por don Francisco García del Campo, escribano mayor de rentas decimales del Arzobispado de Toledo, sobre los diezmos de Getafe conservada en su Archivo Municipal32. En ella se consigna que las cantidades de granos de los pontificales de Getafe, Acedinos, Aluden, Cunebles y Torre Valcrispín33 correspondientes a 1749 valieron por sus remates, según su arrendamiento, lo siguiente:  

Unidad decimal

Remate de la renta de trigo

Remate de la renta de cebada

Getafe

1.128 fanegas

3.520 fanegas

Acedinos

84 fanegas

80 fanegas y 5 celemines

Aluden

114 fanegas

277 fanegas y 9 celemines

Cunebles

24.310 maravedíes trigo y cebada

24.310 maravedíes trigo y cebada

Torre Valcrispín

5.500 maravedíes trigo y cebada

5.500 maravedíes trigo y cebada

Como vemos pues, aún cuando sigamos sin poder delimitar el espacio ocupado por cada cultivo34, el secano cerealista de Getafe se orientaba preferentemente hacia el trigo y la cebada, los cereales por antonomasia de la agricultura mediterránea. Tan generosa primacía concedida en las tierras gefatenses al cereal explica el papel secundario de la ganadería en Getafe, y responde fundamentalmente a la acción combinada de las características geográficas de la zona y la fuerte demanda de cereales efectuada por Madrid.

Después de los cereales, la vid ocupaba el segundo puesto en cuanto distribución de los usos del suelo. Con 3.028 aranzadas y 7,5 celemines suponía el 18,06% de la superficie agrícola gefatense. Su régimen de cultivo, a diferencia del que presentaban los cereales, ofrecía la ventaja de ser anual, aunque como contrapartida la viña requería de un tratamiento individualizado y grandes esfuerzos, pues como recuerda Javier María Donézar tomando la referencia de la Agricultura General (1513) de Gabriel Alonso de Herrera, el cultivo con arado de la viña no era completo ya que éste tan solo servía para remover y voltear la tierra, lo que hacía insustituible el uso de la azada o el azadón (para hacer la cava donde plantar los sarmientos, o descalzar y calzar las cepas), y de la hoz (para la poda)35.

Si recurrimos nuevamente a los datos que nos proporciona la certificación de los diezmos de Getafe y los despoblados de su término emitida en 1750 por el escribano mayor de rentas decimales del Arzobispado de Toledo y los comparamos con los contenidos en las Relaciones Topográficas de Felipe II, de 1576, podemos observar que el valor de lo diezmado en lo referente a vinos sube de un total de 246.000 maravedíes en el siglo XVI a otro de 406.925 maravedíes a mediados del siglo XVIII36.  

Cuadro nº2. Diezmos en Getafe y sus despoblados según las Relaciones  Topográficas de 1576 y una certificación de rentas decimales de 1750.

Unidad decinal

Pan (en fanegas)

Vino (en maravedíes)

Menudos (en maravedíes)

Cordero, queso, leche y lana (en maravedíes)

 

1576

1749

1576

1749

1576

1749

1576

1749

Getafe

4.200-4.800

4.656 (1.128 de trigo y 3.528 de cebada)

80.000

364.175

12.000

540.000

120.000

73.330

Aluden

720

391 (114 de trigo y 277 de cebada)

75.000

1.000

100-200

16.408

No tiene

No tiene

Acedinos

24

164 (84 de trigo y 80 de cebada)

13.000

500

100-150

36.648

No tiene

No tiene

Cunebles

16-18

24. 310 maravedíes

78.000

2.000

No tiene

2.000

No tiene

No tiene

Torre Valcrispín

29

5.500 maravedíes

No tiene

39.250

100

3.315

No tiene

No tiene

Total

4.989-5.591

5.211 (1.326 de trigo y 3.885 de cebada) y 29.810 maravedíes

246.000

406.925

12.300-12.450

598.371

120.000

73.330

 Ello induce a pensar que la extensión de terreno dedicado a vid había aumentado en Getafe en el transcurso de estos dos siglos, fenómeno detrás del cual no sería descabellado intuir el estímulo de Madrid. Evidentemente dicha afirmación hay que tomarla con cautela pues se apoya en datos referidos a valor monetario, no a cantidad de fruto, siendo imposible su conversión a esta segunda realidad pues si bien disponemos (precisamente gracias, entre otros, al Catastro de Ensenada) de información  en cuánto al precio medio por unidad de medida (en este caso la arroba) de vino a mediados del siglo XVIII, carecemos de dicha información para el siglo XVI, pues no se hace referencia a ello en las Relaciones Topográficas de Getafe. Y como es lógico, en tal intervalo de tiempo los precios de todos los artículos subieron.

No obstante, hay dos razones que inducen a pensar que tal hipótesis, aún cuando desconozcamos los pormenores cuantitativos del fenómeno, no anda muy alejada de la realidad histórica de Getafe. En primer lugar, vemos que uno de los despoblados, Torre Valcrispín, pasa de no diezmar nada en concepto de vino a hacerlo en razón de 39.250 maravedíes.

En segundo, podemos aportar como sostén de nuestra afirmación varios testimonios de coetáneos. Así, si en las Relaciones Topográficas de Felipe II en el capítulo veintiséis se define al pueblo de Getafe diciendo que “es tierra de labor de pan, y lo que más se coge es trigo y cebada37, en el siglo XVIII Tomás López añadía  a esta dedicación cerealícola la vitivinícola pues en su Descripción de la provincia de Madrid, obra publicada en 1763, escribía que “Getafe está a dos leguas de Madrid en un llano espacioso, fértil en granos y mucho vino38.

Asociado a la vid encontramos el único olivar existente en Getafe a mediados del siglo XVIII: 52 fanegas, todas ellas en tierras de segunda calidad, que se componían de 2.000 olivos dispersos entre viñedos propios del Marqués de Pingarrón, su propietario. Únicamente representaban el 0,31% de la superficie agrícola de Getafe. La carencia de aceite en la producción agrícola gefatense era pues una realidad palpable a mediados del siglo XVIII, aunque hay que decir que dicha carencia no suponía novedad alguna con respecto a épocas precedentes. Ya en las Relaciones Topográficas de 1576 se señala el hecho de que Getafe importaba aceite de la Alcarria, Chinchón y Ocaña39.

En cuanto al espacio ocupado por la huerta en Getafe, según el Catastro de Ensenada comprendía 74 fanegas y 9 celemines, que suponían el 0,44% del suelo gefatense. Parece que su desarrollo es propio del siglo XVIII, estando muy ligado el mismo a la demanda madrileña: si las Relaciones Topográficas de Getafe nos dicen que el agro gefatense carecía, entre otros productos, de hortalizas (tanto de invierno como de verano) de las que le abastecía el vecino pueblo de Leganés, a finales de siglo XVIII Tomás López escribía que tenía “30 huertas de toda hortaliza que surte mucho a Madrid40. En efecto, si volvemos a observar los datos comparados de lo diezmado hacia el último tercio del siglo XVI y a mediados del siglo XVIII (cuadro nº2) también salta a la vista el extraordinario incremento de los “menudos pontificales”, que a la altura de 1749 ya no eran, como puede apreciarse, tan menudos. Dentro de esta categoría se incluyen hortalizas y legumbres: habas, guisantes, algarrobas, garbanzos, etc., esto es, los productos básicos de la huerta.

Por último, en lo que a la tierra cultivada atañe, queda referirse a la alameda. Esta ocupaba 7 fanegas, el 0,04% del espacio. Su plantación, por lo que cabe deducir de tan nimia extensión, era muy reciente, debiendo estar muy relacionada con la Real Ordenanza para el aumento y conservación de montes y plantíos, de 7 de diciembre de 174841. El aprovechamiento fundamental que ofrecía la alameda era leña, que durante el Antiguo Régimen fue producto de primera necesidad, ya consumida directamente, ya carboneada. Getafe había sido siempre, y continuaba siéndolo, deficitario en esta materia, pues como reconocían las Relaciones Topográficas de Felipe II, Getafe

es tierra llana y sin monte ... [y] ... es muy falto de leña, y los labradores que tienen carros y mulas van por ello al Real de Manzanares, que está siete y ocho leguas de este pueblo, y algunos van por ellos a Guadarrama que son a nueve leguas, y los serranos lo traen a vender con sus bueyes y carretas, y carbón se provee de Yébenes, que está diez y seis leguas de aquí; los que tienen viñas tienen en mucho los sarmientos a causa de la gran necesidad de leña, y la gente pobre quema paja y jaramastas; ...”42.

Por su parte, la categoría de tierra no cultivada estaba compuesta por retamar y dehesa. El retamar sumaba en Getafe a mediados del siglo XVIII 373 fanegas y 2 celemines, todas consideradas de tercera calidad, que representaba el 2,22% del terreno gefatense. Su importancia queda fuera de toda duda, pues la escasez de leña que antes hemos señalado convertía a la retama en un recurso fundamental: era utilizada, básicamente, como combustible en los hornos de cocer pan, tan importantes en un Getafe abastecedor de Madrid.

Completaba el mapa de aprovechamientos agrarios las 166 fanegas, el 0,99% del suelo, de dehesa para pastos de ganado. La información de la que disponemos no nos permite precisar que parte de ellas correspondían a dehesas concejiles y cual a comunales, o si todas estaban bajo uno u otro régimen, aunque es probable que de las seis dehesas que declara el Concejo de Getafe, alguna de las cuatro a las que no se atribuye renta alguna (que sumaban 92 fanegas) correspondiese a bienes comunales, siendo de propios las otras dos (que alcanzaban 74 fanegas) que se informa estaban arrendadas. 

Todo este conjunto agrícola que estamos analizando mostraba una clara vocación comercial orientada a abastecer la demanda de Madrid, que a su posición de villa cabecera de jurisdicción aúna, recordémoslo, a partir de 1561 el papel de capital de la Monarquía hispánica. De las necesidades crecientes de una ciudad convertida en una de las mayores aglomeraciones urbanas del Viejo Continente da buena cuenta David Ringrose:

Con al menos 150.000 habitantes, y en un año en que las cosechas fueron malas, el Madrid de 1630 consumió alrededor de 500.000 fanegas de trigo, más de 1.500.000 arrobas de vino, 50.000 arrobas de aceite de oliva y aproximadamente 4.000.000 de kilos de cordero y vaca. Al aproximarse la población urbana a los 200.000 habitantes en 1800, estas cifras se elevaron a unas 900.000 fanegas de trigo, 500.000 arrobas de vino, 7.000.000 de kilos de cordero y vaca, y 150.000 arrobas de aceite de oliva. Aunque no disponemos de datos sobre el consumo de carne de cerdo en 1630, sabemos que hacia finales del s. XVIII la ciudad consumía más de 2.000.000 de kilos de cerdo, tocino, jamones y varios tipos de salchichas .

(...)

Las fuentes del siglo XVIII suministran datos adicionales sobre otros productos consumidos en cantidades relativamente grandes en la ciudad, entre ellos 500.000 fanegas de legumbres y cebada, 120.000 kilos de confituras, 2.300.000 arrobas de carbón y 275.000 kilos de carne de cerdo y derivados. Todos estos datos representan una inmensa afluencia de productos agrícolas, llegados a Madrid día tras día durante la mayor parte del año. Un informe fechado en 1784 nos dice que más de 5.000 animales de carga y 700 carretas y carros introducían abastecimientos por las puertas de la ciudad todos los días del año. A esto hay que añadir los aproximadamente 1.100 carneros, cabezas de vacuno, terneros y cerdos que entraban al matadero y al rastro todos los días por la Puerta de Toledo43.

Dichas cifras explican por sí mismas la importancia del mercado madrileño y su posición central respecto de la economía agraria de las dos mesetas, en general, y de los pueblos de la provincia de Madrid, en concreto. Durante la dinastía de los Austrias, con el fin de garantizar el suministro de la capital, se articuló un sistema de abastecimiento lleno de reglamentaciones. El objetivo era que la población madrileña dispusiese de artículos de primera necesidad, y dispusiera de ellos a un  nivel razonable de precios. De ahí que el precio de estos estuviese tasado. El ejemplo paradigmático es el del pan. En años buenos los problemas no eran importantes, pero cuando la cosecha era mala y los precios subían, existía la tentación de desviar los granos hacia otras zonas menos vigiladas. Por eso las autoridades madrileñas obligaron a los lugares de su entorno a que contribuyeran al suministro de pan a la capital de la Monarquía, cada uno a proporción de sus posibilidades, a precio de tasa44.

El radio de los pueblos afectados por la obligación fue variable: en 1583, recién establecida la obligación, era de doce leguas; y en 1630, tras un crecimiento arrollador de la población de la Corte, el radio se amplió hasta las veinte leguas, con lo  que llegó a incluir unas 500 villas y lugares, no sólo de la provincia de Madrid, sino también de Guadalajara y Toledo. Por una de las listas elaboradas en 1679 con la creación de una Junta del Pósito (en relación directa con el Consejo de Castilla), reproducida por Antonio Domínguez Ortiz, sabemos que los pueblos situados en un radio de diez leguas sujetos a esta obligación eran 120, y que los que mayor cantidad de pan suministraban eran Vallecas (850 fanegas), Vicalvaro (450), Getafe (380), Algete (350), Pinto (300), Ajalvir (270),  y Paracuellos (210). En total, 8.351 fanegas a la semana,  que suponían 434.252 fanegas al año. Estas cantidades de pan cocido se completaban con las de trigo suministradas por los pueblos situados entre 10 y 20 leguas45.

Incluso, sobre estos pueblos del contorno de la Corte cargaba otra obligación: la de abastecer de granos a las reales caballerizas en unos volúmenes que a la altura de 1663 eran de 46.757 fanegas de cebada y 17.000 de trigo, más 2.500 fanegas de cebada y carros de paja para el Buen Retiro. Y ello a precio de tasa: 9 reales cuando en Madrid se pagaba a 2046.

A finales del siglo XVII, a un cuando el sistema perduró, entró en franco declive pues el pan de obligación representaba ya tan solo una décima parte de su consumo anual. De ahí que la liberalización del comercio de granos ocurrida en 1765 no alterara sustancialmente el sistema de abastecimiento de la capital47. En este contexto fueron cobrando cada vez mayor importancia los tratantes privados, que junto con el Pósito de Madrid, constituyeron una extensa y articulada red dedicada al abastecimiento de la capital, en la que operaban combinaciones variables de organización de mercado, prácticas precapitalistas y participación gubernamental, que subordinaba la producción agrícola de las dos mesetas48.

La información contenida en cualquiera de los “Estados de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe” del último decenio del siglo XVIII que se conservan en el Archivo Municipal de Getafe vienen a corroborar esta funcionalidad del agro gefatense en el siglo XVIII. Si atendemos al “Estado de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de noviembre de 1795” comprobamos que Getafe tenía importantes excedentes agrícolas, en muchos casos superiores al 50% de lo producido, que veían salida en Madrid y lugares vecinos:

 

Cuadro nº3. Estado de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de noviembre de 1795.

Producto

Cantidad

Precio por unidad (en reales)

Valor de la producción (en reales)

Consumido en Getafe

Observaciones

Porcentaje de la producción excedente

Granos

 

 

 

 

 

 

Trigo

21.280 fanegas

48

1.021.440

14.800

El resto se consume en Madrid y otros lugares de la inmediación

30,45%

Cebada

73.620 fanegas

13

957.060

36.900

49,87%

Centeno

116 fanegas

26

3.016

116

 

Garbanzos

1.805 fanegas

90

162.450

450

75,06%

Algarrobas

1.156 fanegas

24

27.744

370

67,99%

Semillas menores

1.255 fanegas

Varios

 

1.255

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ganados

 

 

 

 

 

 

Carneros

82 cabezas

72

5.905

82

Consumidos en la carnicería

 

Ovejas

815 cabezas

46

37.490

 

 

 

Corderos

220 cabezas

25

5.500

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Licores

 

 

 

 

 

 

Vino

30.000 arrobas

14

421.200

16.000

Lo restante se hace para fuera

46,66%

Aguardiente

190 arrobas

35

6.650

650

 

 

Aceite

130 arrobas

50

6.500

130

 

 

Vinagre

306 arrobas

12

3.672

306

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Materias primas

 

 

 

 

 

 

Queso

1.258 libras

2

2.516

1.258

 

 

Leche

1.600 azumbres

3

4.800

1.600

 

 

Fuente: Elaborado a partir de los datos del ”Estado de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de noviembre de 1795” recogidos por José FARIÑA JAMARDO, El Getafe del siglo XVIII, Getafe, Ayuntamiento de Getafe, 1981, pp. 127-129.

 Como vemos, los productos que arrojaban excedentes para su comercialización eran el trigo (6.480 fanegas, el 30,45 % de lo cosechado), la cebada (36.720 fanegas, el 49,87% de la cultivada), el vino (14.000 arrobas, el 46,66% de lo producido), los garbanzos (1.355 fanegas, el 75,06% de las cosechadas) y las algarrobas (786 fanegas, el 67,99% de las recogidas); cuya venta producía 311.040 reales, 477.360 reales, 196.000 reales, 121.950 reales y 18.864 reales, respectivamente.

En definitiva, como se puede apreciar, el agro gefatense se volcó durante la Edad Moderna en el abasto de la capital. Si bien todas estas breves pinceladas no nos ofrecen una medida cuantitativa, exacta y regular, del tráfico de artículos de primera necesidad desde  Getafe a Madrid, si que dibujan la imagen de una agricultura abierta y dotada de dinamismo, donde la opción secular de una producción prioritaria de cereales, vino, y, en menor medida, hortalizas y legumbres, respondía a las necesidades de cubrir la demanda del mercado madrileño.

IV.- EL PESO DE LO URBANO

Si alguien observarse la información socioprofesional que de Getafe nos proporciona el Libro de familias de legos y no supiese de qué villa o lugar se trata ni donde estaba ubicada, colegiría sin duda, y a pesar de la importancia de lo agrario, que cerca de la misma había una gran ciudad. Se hace así patente, también en el terreno de la ocupación profesional de los getafeños, una vez más, la dependencia mutua entre Getafe y Madrid a lo largo de la Edad Moderna. Solamente así cabría explicar la estructura de la economía getafense, donde junto a un indudable peso del  sector agrario, destacaba un importante desarrollo del sector servicios. Hasta la paja, que no se estimaba en casi ningún otro lugar de las Castillas49, se valoraba en Getafe, tal y como se dice en la rectificación de 1754 a la respuesta número 12 del Interrogatorio General (aquella en la que se preguntaba por la cantidad de frutos de cada género que producía la fanega de tierra anualmente), por el comercio que se realizaba con ella. Nada menos que catorce vecinos, que sumaban entre todos una utilidad de 46.600 reales anuales, eran catalogados como pajeros. Entre ellos destaca Francisco de Moya, que disponía de cinco machos para el acarreo de la paja y de una utilidad anual muy suculenta: 22.000 reales.

Añadamos a ello diez trajinantes y seis arrieros que en conjunto sumaban la nada despreciable utilidad anual de 24.800 reales, de los que 18.400 correspondían a los primeros (aunque la utilidad anual total del grupo de los trajinantes debía ser mayor de la reseñada, pues hay dos trajineros de los que no se especifican las utilidades en el Libro de familias) y 6.400 a los segundos. Aquí, las utilidades se hallaban  más repartidas entre todos los protagonistas, pues ninguno de ellos aparece con utilidades superiores a 3.300 reales anuales, que en todo caso resultaba una cantidad muy destacable. Esta sería la situación de Juan Dorado, que al mismo tiempo, era estanquero y se servía para su trabajo de tres machos. Los trajinantes Francisco Marcos y Manuel Pedraza (con dos machos cada uno), tenían la utilidad de 2.200 reales, y los arrieros Gabriel Tordesillas y Andrés Delgado (con un macho y dos mulas, respectivamente), tenían la de 1.100 reales cada uno.

 Al mismo tiempo la situación de Getafe sobre el camino real de Madrid a Toledo, que transcurría por el medio de su casco urbano, a tan sólo 13 kilómetros de la capital del reino, hacían de él un lugar de paso constante para personas, caballerías y mercancías, fortaleciendo con ello su vocación comercial50. De hecho, Getafe disponía según las rectificaciones y anotaciones de 1754 a las Respuestas Generales de seis mesones, un sector de actividad de indudable rentabilidad pues su utilidad global alcanzaba los 12.900 reales. Tres de ellos eran propiedad de la Cartuja del Paular de Segovia, que tenía arrendados dos, uno a Francisco Cortés y otro a José de Soto, a cada uno de los cuales se les consideraba de utilidad 3.300 reales cada uno. Los otros tres eran de propietarios particulares: Sebastián de Marcos y Manuel Ocaña tenían la utilidad de 2.200 reales cada uno, y Alberto Suárez la de 800. Además, en Getafe había dos bodegoneros: Francisco Gaytán y Manuel Blanco, con 3.000 y 1.100 reales anuales de utilidad, respectivamente.

La presencia de un maestro de postas y estafeta, Agustín de Ortega, que tenía diez caballos y una utilidad regulada en 3.000 reales anuales, confirma este papel de etapa intermedia, lugar de paso obligado en el camino real de Madrid a Toledo desempeñado por el pueblo de Getafe; papel que sin duda contribuyó al empuje de los intercambios de todo tipo, así fomentados, y sirvió par estrechar los lazos de mutua dependencia, aunque claro está, desigual, entre Madrid y Getafe.

Por su parte, el desarrollo de las actividades productivas de carácter industrial no era nada despreciable. Se pueden distinguir, en este terreno, varios ramos. En primer lugar, el integrado por las actividades dedicadas a la transformación de productos que se destinaban a la alimentación. Aquí destaca la relativa a un consumo básico como era el del pan. Nada menos que siete panaderos, que sumaban la utilidad de 19.100 reales, tenía Getafe a mediados del siglo XVIII, entre los que destacaba Pablo Merlo, con 3.300 reales de utilidad. Tal numero parece excesivo para un solo pueblo, lo que, sin duda, debería explicarse por la cercanía de Madrid y la ya señalada demanda de pan que este núcleo urbano ejercía sobre su amplio hinterland. Tal apreciación queda confirmada por las rectificaciones y anotaciones de 1754 a las Respuestas Generales, pues en ellas se especifica que el número de vendedores de pan, que tenían hornos en sus casas, alcanzaba la cifra de dieciséis personas, con una utilidad global de 34.500 reales. También contaba Getafe con un alojero y aguardentero, José Díaz de Vargas (1.100 reales de utilidad), y con un carnicero, Bernardo Sánchez (con una utilidad de 2.200 reales). Las demás fabricaciones de productos alimenticios tenían un carácter más especializado, a veces, incluso, un claro matiz de artesanía de lujo. Así, encontramos un pastelero, Martín de la Puente, casado y con dos hijas menores y un criado mayor de edad, que disfrutaba de una utilidad de 12.000 reales; y un confitero, Francisco Asensio, casado y sin hijos ni criados, con la de 4.400 reales.

En segundo lugar, es de destacar aquel conjunto de artesanos dedicados al sector textil. Aquí encontramos a un espartero, con 1.100 reales de utilidad; a siete sastres, cuyas utilidades van de los 2.200 reales de Felipe Escribano a los 1.100 de Manuel Cebrián; doce zapateros, con utilidades comprendidas entre los 3.300 reales de Nicasio Bachiller y los 1.100 reales de Juan Camaño y Agustín Rodríguez; nueves oficiales de zapatero; y, fundamentalmente, a trece tejedores de jerga, con utilidades tan importantes como las que tenían Pedro Blanco (6.600 reales), Matías Zapatero (5.500 reales) o Matías Hernández (4.400 reales), que desarrollaban una de las más arraigadas y comerciales industrias de Getafe. En efecto, ya en las Relaciones Topográficas de Felipe II se constataba el desarrollo de esta actividad entre los vecinos de Getafe:

En lo que toca a tratos y oficios, como tenemos dicho en los cuarenta capítulos, hay los oficios que tenemos dicho, y de los que más se hace en este pueblo es jerga y costales de lana grosera, porque éste es el mayor trato, y de los más oficiales abastécese de este pueblo Toledo y Madrid y Alcalá y Guadalajara y Cuenca y Huete en lo que toca esta jerga y costales para cosa de albardería ...,51.

Y a finales del siglo XVIII, según el “Estado de frutos y manufacturas” concerniente a 1795 empleado anteriormente, seguía sumando trece telares con treinta y cinco operarios, que manufacturaban 37.950 varas de tejido encaminadas en buena parte al mercado madrileño pues en Getafe sólo se consumían 2.40052.

Dentro de este apartado concerniente a lo que podríamos calificar como sector secundario, por último, habría que referirse a aquellos artesanos que se dedicaban a la construcción y a la transformación de materiales. Se trata de un conjunto de actividades muy dispersas. Dentro de ellas, las relacionadas con la transformación de diversos metales son las que tenían una mayor relevancia económica. En el caso de los tres maestros herradores, Diego Alonso, Juan de Castro (con una utilidad de 1.500 reales cada uno) y José Fernández (con 2.200 reales), responde evidentemente a las necesidades de las caballerías utilizadas en las labores del campo y en los transportes. Existían también tres maestros herreros, con utilidades de que iban de 3.300 a 2.000 reales. Con respecto a los oficios que se dedicaban al trabajo de la madera señalar que había dos maestros carpinteros, José Vara y Gabriel Martín, a los que se les regulaba el jornal de 10 reales diarios; y tres carreteros, Sebastián y Alfonso Galeote (2.200 reales cada uno) y Francisco Ortega (1.100 reales de utilidad regulada). Añadamos aquí a los efectivos de la construcción en el Getafe de mediados del siglo XVIII: tres maestros albañiles, Manuel Marcos, Juan de Villena y Melchor Sánchez, que según se expresa en la documentación, ganaban nueve reales el día que trabajaban; y tres oficiales de albañil, Lorenzo Martínez, Manuel Texero y Casimiro Marcos, que ganaban el jornal de cinco reales diarios. Además, Getafe contaba con seis yeseros: Matías Zapatero, Manuel Fernández, Francisco García, Lucas Zapatero, Diego Gasco y Manuel Hernández, que sumaban una utilidad total de 1.900 reales (aunque de dos no se nos proporciona información económica). Esta actividad de producción de yeso seguía en 1795 manteniendo seis hornos que ocupaban a veintiún operarios, los cuales producían 26.500 fanegas de yeso, de las que 9.500 se consumían en el pueblo y las restantes se extraían a los pueblos circunvecinos, fundamentalmente a Madrid53.

Otras profesiones englobables en la rama de los servicios nos hablan de un lugar decididamente periurbano: Getafe contaba a mediados del siglo XVIII con un médico, don Lorenzo Antonio Lorente, que tenía regulado un situado de 16.500 reales; un barbero cirujano Juan Díaz de los Arcos, que llegaba a los 1.500 reales; dos cirujanos, Francisco Aguado y Juan Pablo de Aragón, con 1.500 reales cada uno; dos boticarios, Manuela Josefa Torres y Lorenzo de la Puerta, que sumaban cada uno 3.300 reales; tres oficiales que servían en el ejercito con el situado de 1.800 reales entre los tres: don Gabriel Deleito, don Sebastián de Ocaña y don Manuel Muñoz; y nada menos que cuatro escribanos que en conjunto suponían 6.694 reales de utilidad: don Diego de Vergara Azcárate (que ingresaba 1.000 reales por el oficio de escribano y 500 reales por el oficio de teniente contador), Agustín Mendoza (1.100 reales por su oficio de escribano real), Gabriel de Vergara (con idéntica profesión y utilidad) y Diego Gutiérrez y Pingarrón (también con 1.100 reales por el puesto de escribano del Número y 1.000 por el de escribano del Ayuntamiento). Los restantes profesionales se reducían a los adscritos a servicios civiles, judiciales o religiosos: Antonio Cañas, alguacil, 600 reales; Antonio Muñoz, pregonero, 366 reales; y Alfonso Almarza y Francisco Cortas, sacristanes mayores, de los que no se especifica su utilidad.

Finalmente, no estaría de más recoger aquí al numeroso grupo de pobres existente en el Getafe de mediados del siglo XVIII, que ascendía a la cantidad de ochenta y siete vecinos cabeza de casa pues no es descartable que esta amplísima cifra (14’8% de todos los vecinos cabeza de casa) estuviera motivada por la cercanía de la Corte, a donde muchos se dirigían en busca de la hospitalidad de las instituciones benéficas. En este sentido, según nos informan las rectificaciones y anotaciones de 1754 a las Respuestas Generales, Getafe disponía de dos hospitales, uno para los enfermos del lugar y otro para los forasteros, que no limitaban sus funciones a la atención de los enfermos, sino a la hospitalidad en el sentido más amplio de la palabra, pues, aunque fuese por tiempo limitado, proporcionaban techo y sustento.

Como podemos observar, la importancia de la actividad agrícola en la economía getafense, no ocultaba una dinámica vida urbana cuyos cimientos reposaban, fundamentalmente, sobre una posición geográfica doblemente estratégica: de un lado, por su proximidad a Madrid y, de otro, por su emplazamiento sobre el camino real de Madrid a Toledo, que le confería el valor, visible incluso en su entramado urbano, de pueblo itinerario desarrollado a lo largo del camino.

 

Cuadro nº4. El mundo de los oficios en Getafe según el Libro de familias de legos del Catastro de Ensenada.

Oficio

Número

Alguaciles

1

Alojero y aguardentero

1

Arrieros

6

Barberos cirujanos

1

Bodegueros

2

Boticarios

2

Carniceros

1

Carpinteros

2

Carreteros

3

Cirujanos

2

Coleteros

1

Confiteros

1

Cuchilleros

1

Esparteros

2

Esquiladores

4

Maestro de postas

1

Maestros albañiles

3

Maestros herradores

3

Maestros herreros

3

Maestros jaboneros

2

Médicos

1

Mesoneros

6

Militares

3

Oficiales albañil

3

Oficiales de zapatero

9

Pajeros

14

Panaderos

7

Pasteleros

1

Pregoneros

1

Sacristanes mayores

2

Sastres

7

Tejedores de jerga

13

Trajinantes

10

Yeseros

6

Zapateros

12

Total

137

 EPÍLOGO: GETAFE Y MADRID, HISTORIA DE UNA LARGA RELACIÓN

Como hemos tenido ocasión de comprobar a lo largo de las páginas precedentes, el vínculo entre Getafe y Madrid no es algo que se inicie con el desarrollo industrial de Getafe y su inserción en el área metropolitana de Madrid en la segunda mitad del siglo XX, sino que podemos reconocerlo desde la misma Baja Edad Media en que el núcleo getafense se integra dentro del alfoz de la Villa de Madrid, a la cual quedaba  supeditado jurídica y administrativamente, y a la que debía prestar diferentes servicios de tipo fiscal y económico. En el siglo XVIII esta pertenencia a la jurisdicción de Madrid seguía traduciéndose en la existencia de alcaldes pedáneos nombrados por el ayuntamiento madrileño y en una fiscalidad regulada por dicho ayuntamiento, que era quien establecía las cuotas que Getafe debía satisfacer en concepto del encabezamiento de la tributación real.

Esta relación se estrecha a partir del último tercio del siglo XVI pues la capitalidad de Madrid hizo que en torno a ella se reordenase la jerarquía urbana y económica de la Península, quedando Getafe, al igual que todo el Interior peninsular, reducido a una funcionalidad dependiente de su abastecimiento. La dependencia era mutua, aunque, claro está, desigual: por una parte Madrid demandaba sus productos, especialmente trigo, cebada, vino y jerga; por otra, los habitantes de Getafe se dedicaban a producir, transportar y vender estas mercancías. No cabe ninguna duda de que estos últimos, como los habitantes de la mayoría de los pueblos más próximos a la Villa y Corte, vivían por y para la capital, pues ya fuese por obligación derivada de repartimientos y regalías, o voluntariamente, encontraban en el mercado madrileño el lugar donde comercializar todos sus excedentes. Y es que la voracidad creciente de ese vientre mercantil en que se había convertido Madrid desde el asentamiento permanente de la Corte, condicionaba a las poblaciones del entorno, en una mezcla de obligaciones e incentivos comerciales, al surtimiento de materias primas y alimentos.

Las relaciones establecidas entre Getafe y Madrid no se agotaban en estas dos realidades que llevamos aludidas hasta el momento. Además de lugar de la jurisdicción de la Villa de Madrid y espacio básico de producción de materias primas para su abastecimiento, con la consiguiente dependencia político-administrativa y socioeconómica que esto acarreaba, Getafe era también (ha sido a lo largo de los tiempos), debido su situación geográfica, un pasillo de primera importancia por el que transitaban intensamente mercancías y gentes. Su posición clave sobre el camino real de Madrid a Toledo, que transcurría por el medio del núcleo urbano, animando con su presencia el territorio y dinamizando su economía, hacía que en el siglo XVIII Getafe mantuviera la importancia adquirida en las centurias anteriores, ya que se había convertido en parada obligada para que hombres y caballerías repusieran fuerzas en su viaje hacia o desde Madrid. Diariamente, del pueblo partían, llegaban o lo atravesaban un número considerable de personas, animales y mercancías. No eran solo los panaderos y tratantes de grano y vinos que cotidianamente acudían a la capital, estaban también los arrieros y trajinantes, los particulares y todo tipo de viajeros procedentes de la Mancha y Andalucía. Además, no olvidemos que la Villa y Corte era el principal foco de atracción para todo tipo de mendigos y marginales en España; eran los llamados pobres viandantes, hambrientos y muchas veces enfermos, que iban pasando de pueblo en pueblo y de hospital en hospital en su camino a Madrid.

En el siglo XIX la realidad histórica de Getafe va a seguir estando fuertemente mediatizada por la proximidad de la capital del Estado, de cuyo amplio hinterland abastecedor, al igual que toda la comarca de la llamada campiña madrileña, continuaba formando parte. La construcción de las líneas férreas Madrid-Alicante (1851) y Madrid-Badajoz (1879), con sendos trazados que discurrían por el término getafense, junto a la mejora de los ya existentes caminos de Toledo y de Andalucía (iniciado en la segunda mitad del siglo XVIII), no harán sino estrechar el vínculo, dejando sentadas las bases sobre las que descansará su posterior evolución industrial en el siglo XX. Pera esa es ya otra historia.

NOTAS

1 El presente trabajo se inscribe dentro de la investigación que estoy llevando a cabo dentro del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid con miras a la realización de mi Tesis Doctoral con el título de Getafe, 1752-1939. Evolución histórica de un municipio del hinterland madrileño. En ella pretendo analizar la evolución histórica, con su complejo entramado de persistencias y cambios, experimentada por el municipio de Getafe en el período apuntado, contemplando tanto los factores endógenos como exógenos participantes en el tránsito de una sociedad tradicional y rural a otra de signo liberal que apunta los primeros síntomas de una incipiente industrialización, poniendo especial atención en el papel que en dicha evolución juega la cercanía de Madrid, la gran urbe capital del Estado.El primer estadio de esta investigación, que es en el que me encuentro actualmente, pasa por el análisis exhaustivo de la realidad del municipio getafense en los años crepusculares del Antiguo Régimen, sólida atalaya desde la que alzar la vista hacia delante y calibrar con precisión la dinámica de cambio histórico operada a lo largo del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Con este fin he explorado toda la documentación conservada concerniente a Getafe producida por el Catastro de Ensenada, custodiada en el Archivo General de Simancas, el Archivo Histórico Nacional y el Archivo Municipal de Getafe.

2 Sobre la propia casuística del Catastro de Ensenada existe una amplia bibliografía, desde la obra ya clásica de Antonio MATILLA TASCÓN, La Única Contribución y el Catastro de Ensenada, Madrid, 1947, hasta las más recientes de  Manuel MARTÍN GALÁN, “Los primeros pasos del Catastro en la Corona de Castilla: el proyecto de Única Contribución y el Catastro del marqués de la Ensenada”, en MARTÍN GALÁN, Manuel y GONZÁLEZ GUIJARRO, F. Javier, Historia del Catastro en España (siglos XVIII – XX), Guadalajara, Asociación de Amigos del Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, 2002, pp. 15-41, y de Concepción CAMARERO BULLÓN (dir.), El Catastro de Ensenada. Magna averiguación fiscal para alivio de los Vasallos y mejor conocimiento de los Reinos. 1749-1756, Madrid, Ministerio de Hacienda, 2002 (Catálogo de la exposición conmemorativa sobre el Catastro de Ensenada organizada por el Ministerio de Hacienda y la Dirección General del Catastro en 2002).

3 Cabe citar aquí los trabajos pioneros en el uso con fines historiográficos de la documentación del Catastro de Ensenada realizados por el GRUPO 73’, La economía del Antiguo Régimen. El señorío de Buitrago, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1973; Josefina GÓMEZ MENDOZA, Agricultura y expansión urbana. La campiña del bajo Henares en la aglomeración de Madrid, Madrid, Alianza Universidad, 1977; el GRUPO 75’, La economía del Antiguo Régimen. La Renta “Nacional” de la Corona de Castilla, Madrid, Universidad autónoma, 1977; o Javier María DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Riqueza y propiedad en la Castilla del Antiguo Régimen. La provincia de Toledo en el siglo XVIII, Madrid, Instituto de Estudios Agrarios, Pesqueros y Alimentarios, 1984.

4 Al año aproximadamente de iniciarse las averiguaciones catastrales, concretamente en abril de 1751, la Junta de Única Contribución decidió la habilitación de las Contadurías de rentas situadas en las capitales para la revisión de todo lo operado. Véase al respecto CAMARERO BULLÓN, Concepción (dir.), El Catastro de Ensenada. Magna averiguación fiscal para alivio de los Vasallos y mejor conocimiento de los Reinos. 1749-1756, Madrid, Ministerio de Hacienda, 2002. Catálogo de la exposición conmemorativa sobre el Catastro de Ensenada organizada por el Ministerio de Hacienda y la Dirección General del Catastro en 2002.

5 Desgraciadamente, mucha de la documentación catastral sobre Getafe se ha perdido. En primer lugar (y seguramente sea esta la carencia más grave), ha desaparecido toda la documentación de base referida al estado eclesiástico, esto es, los Memoriales, el Libro de familias y el Libro de haciendas. Ello supone una carencia casi total de información catastral sobre el clero en Getafe, salvo la que encontramos en las Respuestas Generales, en el llamado Vecindario de Ensenada, en los Estados Generales y, de forma indirecta, en el Libro de haciendas de legos. Además, carecemos de los Memoriales o Relaciones de los vecinos, tanto los de eclesiásticos como los de legos, que son las declaraciones primitivas efectuadas por todos los vecinos de forma individual dando cuenta de la información que se les requería a efectos del Catastro y que constituyen la base a partir de la cual los peritos elaboraron los Libros de familias y los Libros de haciendas (que no dejan de ser  registros tipo). Por último, tampoco disponemos para Getafe de los Autos Generales, libro donde se reunía toda la docu­mentación local relativa a la propia realización de la operación y entre la que destaca la documentación probatoria de ciertos aspectos concernientes a los concejos (acerca de los bienes de propios o de los gastos anuales del concejo, privilegios de villazgo, etc.), a la Iglesia (declaraciones sobre el valor de los diezmos del último quin­quenio, a veces con copias de los libros de tazmías) o a particulares (títu­los señoriales o documentos probatorios de enajenaciones de oficios, ren­tas, etc.).

6 ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL. Catastro de Ensenada. Respuestas Generales de Getafe. 1752. Microfilm Nº 129, rollo 2. El original se conserva en el Archivo General de Simancas. Sección Hacienda. Dirección General de Rentas. Libro 459. De haberse actuado en Madrid del mismo modo que se hizo en otras provincias, las averiguaciones catastrales en ella desarrolladas deberían haber sido dirigidas enteramente por el Intendente, el marqués de Rafal, la máxima autoridad provincial. Sin embargo, éste, enviado en junio de 1750 a Andalucía por el monarca con motivo de una crítica situación en el abastecimiento de granos tras repetidos años de malas cosechas y plagas de langosta, encomendó la dirección del Catastro a Agustín Sebastián Ortiz, que actuó en calidad de juez-subdelegado del Intendente. Véase al respecto la introducción que hace Concepción CAMARERO BULLÓN al volumen Fuenlabrada 1753. Según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada, Madrid, Tabapress, 1990.

7 En las Relaciones Topográficas de 1576 mandadas hacer por Felipe II se escribe Xetafe. Su significado es de difícil interpretación. Según los informantes de esta Relación, el término Xetafe proviene del arábigo Jata, que quiere decir cosa larga, lo que haría referencia al hecho de que este pueblo fue fundado a lo largo del Camino Real de Madrid a Toledo. Por lo expresivo de la cita no está de más reproducir textualmente parte del capítulo primero de las Relaciones Topográficas de Getafe: “Respondiendo al primer capítulo dijeron que al presente se llama Xetafe, y por qué se puso este nombre no sabemos cosa cierta más de habernos informado que este nombre de Xetafe en lengua arábiga dicen que Jata quiere decir cosa larga, y en nuestra lengua quiere decir Xetafe, y por esta razón tenemos entendido que se puso Xetafe por cosa larga, porque en este pueblo fue fundado en el asiento donde está ahora de otra fundación cerca de este mismo pueblo donde fue primero fundado, que se decía Alarnes, y como este asiento estaba en camino real de Madrid para Toledo, y el sitio del dicho Alarnes era sitio húmedo y enfermo, y a esta causa se vinieron algunos vecinos a hacer casas a manera de ventas en el camino real, donde viendo el sitio más sano que no el dicho Alarnes, se vino poco a poco todo el pueblo poblando siempre a las orillas del camino a la larga, y por esta razón tenemos entendido que por ser el principio del pueblo largo se llama Xetafe, porque nos dicen los moriscos que Jata quiere decir cosa larga y en nuestra lengua Xetafe como tenemos dicho. (ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord.), Relaciones Topográficas de Felipe II. Madrid, Vol. 1 (Transcripción de los manuscritos),  Madrid, Comunidad de Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1993, pp. 389-390). Por su parte, Fernando Jiménez de Gregorio aporta otra explicación: cree que el topónimo Getafe pudiera estar relacionado con las voces Xenan y Yinam, que se traducen al castellano como “huerta”. En este caso el topónimo respondería a una realidad agroeconómica, pues hasta hace poco había en su territorio numerosas huertas, regadas tanto con agua de noria como con agua de pie procedente de los arroyos: “A finales del siglo XVIII, había unas treinta huertas. En la década de los años veinte quedaban algunas norias, pero ya sin uso, que han terminado por desaparecer barridas por el incontenible impulso constructivo, al ampliarse el área urbana del gran Getafe. En la actualidad hay un Canal del Manzanares, paralelo a este río, discurriendo al norte del término; una acequia llamada El Charcón; asimismo, varios pozos en las riberas del arroyo del Culebro que benefician a un pago llamado La Vega, de regadío. Al sur de esta vega se localiza La Aldehuela. Abundan los pozos y albercas al sur del Cerro de los Ángeles, entre éste y el Pago de Valdelobos (vértice de 614 m.). Aquí he contado más de treinta y cinco pozos. Otros muchos se localizan al sur del actual caserío, entre éste y el límite jurisdiccional, en esta ocasión he contado treinta y uno, que benefician una parcela alargada y estrecha que termina en el límite aludido”. (JIMÉNEZ DE GREGORIO, Fernando, “Apunte Geográfico – Económico de los pueblos de la actual provincia de Madrid en el año 1752 (V)”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, Madrid, Tomo XXIV, 1987, C.S.I.C.).

8 Como señala Miguel Artola, en el Antiguo Régimen la organización territorial para el desarrollo del poder político conoció únicamente dos niveles: el central, formado por Consejos (órganos consultivos y administrativos) y secretarias de Estado y del Despacho (órganos ejecutivos), y el municipal dependiente de éstas. (ARTOLA, Miguel, Antiguo Régimen y revolución liberal, Barcelona, Ariel, 1978, pág. 20). El concepto de provincia existente en la España del Antiguo Régimen nada tenía que ver con el contenido y atribuciones que va a adquirir el mismo a partir del siglo XIX con el desarrollo del Estado Liberal. La  estructuración provincial vigente en el Antiguo Régimen se caracterizaba por la multiplicidad jurisdiccional (jurisdicción real, nobiliaria y eclesiástica) y por la discontinuidad geográfica, consecuencia de una finalidad económica: de percepción de impuestos. (DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pág. 19-20). Así, hasta la reorganización provincial de Javier de Burgos en 1833 lo que hoy conocemos como provincia de Madrid no era sino un conglomerado de territorios sometidos a diversas jurisdicciones, en las que las provincias de Guadalajara, Ávila, Segovia y Toledo se introducían en sus actuales límites, del mismo modo que la de Madrid se introducía en los actuales de Toledo y Guadalajara. Se trataba pues de un territorio administrativamente desarticulado, en el que las jurisdicciones señoriales de extensos territorios determinaban su adscripción a una u otra provincia en función del lugar de residencia original de las casas nobiliarias de las que dependían. (BAHAMONDE MAGRO, Ángel y OTERO CARVAJAL, Luis Enrique, “Madrid, de territorio fronterizo a región metropolitana”, en FUSI AIZPÚRUA, Juan Pablo (dir.), España. Autonomías, Madrid, Espasa – Calpe, 1989, pág. 519).

9 Integrado en el municipio de Getafe desde el siglo XIX.

10 Efectivamente, si consultamos los datos del llamado Vecindario de Ensenada de 1759 referentes a la provincia de Madrid, observamos que Getafe, al que se cataloga como lugar, con 782 vecinos “censados”, es el núcleo poblacional más habitado, sólo por detrás de la Villa y Corte, de cuantos componían la provincia de Madrid. Perales del Río, que aparece como villa, presenta, por el contrario, únicamente 16 vecinos. (Véase CAMARERO, Concepción y CAMPOS, Jesús, Vecindario de Ensenada de la Corona de Castilla, 1759, Vol. 2, Madrid, Centro de Gestión Catastral y Cooperación Tributaria, Tabapress, 1991, pp. 553-561).

11 Si volvemos a tomar como fuente el Vecindario de Ensenada de 1759 en su apartado de la provincia de Madrid encontramos múltiples ejemplos de este fenómeno que vienen a acompañar al ya citado caso de Getafe y Perales del Río. Así, descubrimos que núcleos como Vallecas, Fuenlabrada y Fuencarral, con 538, 452 y 437 vecinos “censados”, respectivamente, son clasificados como lugares, mientras que núcleos como Chamartín y Canillas (36 vecinos “censados” cada uno), Arroyo Molinos (22 vecinos), Alameda y Canillejas (18 vecinos cada uno), Rivas (10 vecinos) o Húmera y Polvoranca (6 cada uno) eran clasificados como villas, con los correspondientes privilegios que esto les otorgaba.

12 CASTRO, Concepción de, La Revolución Liberal y los municipios españoles, Madrid, Alianza Editorial, 1979, pág. 29.

13 DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit, pp. 43-44; BERMEJO CABRERO, José Luis, Estudios sobre fueros locales y organización municipal en España (siglos XII-XVIII), Madrid, Universidad Complutense, Facultad de Derecho, 2001, pp. 15-16.

14 DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pág. 44. El estatuto por el que queda establecida la diferenciación entre villas y lugares no permaneció fijo a lo largo del tiempo pues ya desde la Baja Edad Media, y con mayor intensidad en la Edad Moderna debido a las necesidades financieras de la Monarquía, se operó la transformación de numerosos lugares en villas, en detrimento de la antigua cabecera de jurisdicción, a través de la compra del privilegio de villazgo. Esto sin contar el nacimiento de algunas villas de nueva creación y no dependientes, por tanto,  de ningún otro ente local. Por otra parte, conviene precisar que entre ciudades y villas la distinción no resulta fácil de establecer. En la Edad Moderna la concesión del título de ciudad a una villa era exclusiva del rey sin que supusiera la aparición de una forma de administración distinta. Donézar cita el ejemplo de Alcalá de Henares, que siempre fue villa hasta el año 1687 en que a merced del rey Carlos II pasó a ser ciudad; cambio de status que no repercutió en su jurisdicción pues continuó siendo señorío eclesiástico de la Dignidad Arzobispal de Toledo, gobernada por un corregidor nombrado por el Arzobispo y en sede  vacante por el rey. Como señala Bermejo Cabrero, cabe utilizar un criterio de diferenciación basado en el mayor rango y preeminencia que en principio puede asignarse a las ciudades frente a las villas, a lo que se añade la posibilidad de que en ciertos momentos algunas ciudades extendieran su radio de acción no sólo a los lugares dependientes, sino también a ciertas villas. (DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit, pág. 45; BERMEJO CABRERO, José Luis, op. cit., pág. 15).

15 ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL. Catastro de Ensenada. Respuestas Generales de Getafe. 1752. Microfilm Nº 129, rollo 2.

16 CORELLA SUÁREZ, Pilar, “Geografía y economía durante el Antiguo Régimen: tierras de Madrid en el lugar de Getafe”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, Madrid, Tomo XXXVII, 1997, pp. 605-625.

La primera fecha conocida de la pertenencia de Getafe al alfoz madrileño data del año 1252. (SEGURA, Cristina, “Madrid en la Edad Media. Génesis de una capital (873? – 1561)”, en SANTOS JULIA, DAVID RINGROSE y  CRISTINA SEGURA, Madrid. Historia de una capital, Madrid, Alianza Editorial, Fundación Caja Madrid, 1994, pág. 44). Sobre la articulación socioeconómica y política que rige las relaciones entre la villa de Madrid y los distintos lugares que componían su Tierra puede verse la obra recién citada, especialmente los capítulos 8 y 9, pp. 63-79. Para un acercamiento a la casuística de las Comunidades de Villa y Tierra en el proceso de Repoblación peninsular puede verse la obra de Gonzalo MARTÍNEZ, Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana, Madrid, Editora Nacional, 1983.

17 En 1481 y en 1483 el Concejo de Madrid daba licencia a vecinos de Pinto, Parla y otros lugares para que se avecindasen en Getafe, asignándoles solares y declarándoles libres de pechos y facenderas concejiles durante cinco años alternos. (Libro de Acuerdos del Concejo de Madrid, 1464-1600. Edición de A. MILLARES CARLO y J. ARTILES RODRÍGUEZ, Madrid, 1932, pp. 109, 128, 152 y 261; citado por QUIRÓS LINARES, Francisco, Getafe. Proceso de industrialización de una villa de carácter rural en la zona de influencia de Madrid, Madrid, Instituto Juan Sebastián Elcano, 1960, pág. 5).

18 En 1644 el Ayuntamiento de Madrid, con el objeto de reparar el Puente de Toledo (paso de obligado cumplimiento en el camino que unía la Corte con la mitad sur peninsular) establecía un repartimiento fiscal por el que Getafe quedaba obligado a contribuir con 4.400 reales y otros lugares de la Tierra, como por ejemplo Carabanchel Alto y Carabanchel Bajo, con 600 y 1.400 reales, respectivamente. (Archivo de Villa; Repartimientos, 1644; recogido por PUÑAL FERNÁNDEZ, Tomás y SÁNCHEZ MOLLEDO, José María, Evolución histórica de un concejo de aldea madrileño: los Carabancheles, Separata de Torre de los Lujanes, Madrid, Boletín nº 23, pp. 151-172).

19 En 1264 las quejas de los pecheros de los pueblos que integraban el alfoz de Madrid en torno a las injusticias fiscales y lo gravoso que resultaba a los habitantes de la Tierra tener que acudir a la Villa de Madrid, como detentadora de toda la jurisdicción, por cualquier asunto litigioso, fueron atendidas por Alfonso X, que dio participación a los lugares en el nombramiento de excusados (lo que no impediría su aumento) y dotó de dos alcaldes a los concejos aldeanos, con capacidad para entender en pleitos de una cuantía reducida, que se fijaba en grado ascendente según la mayor lejanía de la ciudad. Esta figura de los alcaldes aldeanos recibió una revalorización con Fernando el Católico, que en 1502 concedió que cada pueblo de la jurisdicción madrileña eligiese uno o dos alcaldes que se encargaran de los pleitos inferiores a 60 maravedíes. (MADRAZO MADRAZO, Santos, BERNARDOS SANZ, José Ubaldo, HERNANDO ORTEGO, Javier y DE LA HOZ GARCÍA, Carlos (Equipo Madrid), “La Tierra de Madrid”, en Madrid en la época moderna: Espacio, sociedad y cultura. Coloquio celebrado los días 14 y 15 de diciembre de 1989,  Universidad Autónoma de Madrid, Casa de Velásquez, 1991, pág. 44).

20 SANTAYANA BUSTILLO, Lorenzo de, Gobierno político de los pueblos de España, y el Corregidor, Alcalde y Juez en ellos, Estudio preliminar por Franciso Tomás y Valiente, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1979, pp. 145-146. En 1742 apareció en Zaragoza la primera edición de esta obra, de la que se hizo una segunda impresión en Madrid en el año 1769. 

21 FARIÑA JAMARDO, José, El Getafe del siglo XVIII, Getafe, Ayuntamiento de Getafe, 1981, pág. 50.

22 Los millones eran servicios pecuniarios concedidos periódicamente por el reino a la Corona y sucesivamente renovados. Gravaban los consumos, especialmente los de vino, vinagre, aceite, carne, azúcar, chocolate, pasas, pescado, papel y velas de sebo, etc. y se materializaban en las llamadas sisas, consistentes en fijar un sobreprecio a tales consumos.

Dentro de la denominación “otros derechos” es más que posible que se incluyeran los servicios ordinario y extraordinario, pues en el resto de la Relación del Concejo no se hace referencia específica a los mismos, y sabemos por las Respuestas Generales que Getafe estaba cargado de ellos y que estaban encabezados (aunque no se nos diga su cuantía).

23 En Getafe encontramos que varias de las que constituían las principales rentas de la fiscalidad real durante la Edad Moderna habían sido enajenadas de la Corona: el Concejo de Getafe había adquirido el derecho a recaudar para sí las alcabalas, que rendían 32.772 reales y 1 maravedí anualmente; las tercias reales, cuyo montante ascendía a 13.792 y 29,5 maravedíes al año, pertenecían al conde de Barajas; y los Cientos, que importaban 17.500 reales, estaban en manos del Estado de Chinchón (primer y segundo unos por ciento: 8.500 reales) y de la marquesa de Mejorada (tercer y cuarto unos por ciento: 9.000 reales).

24 Las quejas de los representantes de Getafe con respecto a unos repartimientos que consideraban desproporcionados e injustos son constantes a lo largo de toda la Edad Moderna. Para ver la pugna establecida por la justicia de Getafe con los diputados de rentas de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, en general, y con el administrador de los mismos en Getafe, en particular, véase FARIÑA JAMARDO, José, op. cit., pp. 209-218.

25 MARTÍN GALÁN, Manuel y SÁNCHEZ BELEN, Juan A., Los pueblos de la actual provincia de Madrid a finales del siglo XVIII, según el conjunto documental de Tomás López / Cardenal Lorenzana, Volumen II, Madrid, 1983, Trabajo inédito, pág.101.

26 Para buscar cualquier referencia de este tipo sobre el Getafe anterior al siglo XIX hay que bucear en los Libros de Actas de la Villa de Madrid.

27 ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 390; MARTÍN GALÁN, Manuel y SÁNCHEZ BELEN, Juan A., op. cit., pág.102.

28 Javier María Donézar en su trabajo sobre la provincia de Toledo en el siglo XVIII detecta en la documentación del Catastro de Ensenada la existencia de diferencias jurídicas entre el lugar y la aldea. Por aldea entiende un núcleo de población sin termino ni jurisdicción propias; que en los Libros de haciendas aparece incluido en la villa en cuyo término se encuentra ubicada. Sus habitantes tenían solamente la categoría de “moradores”, siendo vecinos de la villa en cuestión y sus tierras, por ende, del término de la misma. (DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pp. 43-44).

29 En las Relaciones Topográficas se achaca la pérdida de población de estos sitios a la insalubridad de los mismos, viéndose incrementada con ello la población de Getafe. Véase ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 401. De todas formas, no resulta desechable pensar que en la despoblación de tales núcleos jugara un papel importante la atracción ejercida por un Getafe en pleno desarrollo como consecuencia de su posición sobre el camino real de Toledo.

30 FARIÑA JAMARDO, José, op. cit., pág. 18.

31 ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL. Catastro de Ensenada. Anotaciones y rectificaciones ulteriores a las Respuestas Generales una vez confeccionados los Libros de lo real (o registro), 1754. Microfilm Nº 129, rollo 2.

32 ARCHIVO MUNICIPAL DE GETAFE, Libro 158, legajo 3º, número 7.

33 Aunque Acedinos, Aluden, Cunebles y Torre Valcrispín al quedar despoblados a lo largo de la Baja Edad Media pasaron a formar parte del término de Getafe, siendo sus tierras aprovechadas mayormente por vecinos de Getafe, siguieron gozando de territorio decimal independiente y de beneficiarios propios.

34 Dos problemas se interponen en esta cuestión. En primer lugar, aunque es cierto que generalmente el diezmo constituye el 10% de la producción bruta, con lo que podríamos tratar de acercarnos multiplicando por diez el valor de lo diezmado, sin embargo, como se señala en la certificación, el valor recogido es el del arrendamiento de los diezmos, no el de estos en sí. Y en segundo, debemos tener en cuenta que la productividad de los granos difiere no ya sólo de una especie a otra, sino dependiendo de la calidad de la tierra en que han sido sembrados. La información catastral de Getafe, en un síntoma más de ocultación ejercida por los representantes del pueblo, tampoco nos proporciona la productividad del trigo y la cebada en cada una de las tres calidades de tierra existentes en el término.

35 DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pág. 229. Para corroborar lo complejo de las labores que requería el cultivo de la vid en otra regiones de España, véase Sanlúcar de Barrameda 1752. Según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada, Madrid, Tabapress, 1995, Introducción a cargo de Jesús Campos Delgado y Concepción Camarero Bullón, pp. 45-47.

36 ARCHIVO MUNICIPAL DE GETAFE, Libro 158, legajo 3º, número 7 y ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pp. 392 y 401.

37 ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 392.

38 LÓPEZ, Tomás, Descripción de la provincia de Madrid, Madrid, Joachin Ibarra, 1763, pág. 173.

39 ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 392.

40 MARTÍN GALÁN, Manuel y SÁNCHEZ BELÉN, Juan Antonio, op. cit., pág. 104.

41 Uno de los más decididos empeños del marqués de Ensenada fue repoblar forestalmente todo el territorio de la Corona, con especial atención a los árboles idóneos para la fabricación de bajeles y sus arboladuras.

42 ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 391.

43 RINGROSE, David, “Madrid, capital imperial. 1561-1833” en SANTOS JULIA, DAVID RINGROSE, y  CRISTINA SEGURA, op. cit., pp. 218-219.

44 Véase CASTRO, Concepción de, El pan de Madrid. El abasto de las ciudades españolas del Antiguo Régimen, Madrid, Alianza Universidad, 1987.

45 DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, “El abasto de pan a Madrid por los pueblos circunvecinos”, en II Jornadas de estudios sobre la provincia de Madrid: 25-29 de noviembre de 1980, Madrid, Diputación Provincial, 1980, pp. 701-702.

46 Ibídem.

47 OTERO CARVAJAL, Luis Enrique, CARMONA PASCUAL, Pablo y GÓMEZ BRAVO, Gutmaro, La ciudad oculta. Alcalá de Henares 1753-1868. El nacimiento de la ciudad burguesa, Madrid, Fundación Colegio  del Rey, 2003, pág. 37.

48 Véase RINGROSE, David, op. cit., pp. 121-235, especialmente pp. 213-235; y/o RINGROSE, David, Madrid y la economía española, 1560 - 1850. Ciudad, Corte y País en el Antiguo Régimen, Madrid, Alianza Editorial, 1985.

49 Fuenlabrada 1753.., op. cit., pág. 29.

50 La red viaria presente en el territorio de Getafe ha tenido relevancia desde tiempos remotos pues dicho termino, además de por el Camino Real de Toledo, está atravesado por varias vías pecuarias: la Cañada Real o Senda Galiana, la Vereda de San Marcos, la Vereda del Camino Real de San Martín, la Vereda del Molino y la Vereda de Leganés a Perales del Río.

Su posición en el camino real hace que en la Edad Moderna Getafe se convierta en parada obligada para que hombres y caballerías repusieran fuerzas en su viaje hacia o desde Madrid, como lo testimonian numerosas referencias literarias de los autores del “Siglo de Oro”, las cuales aluden a ese carácter de pueblo itinerario y a la obligatoriedad de etapa intermedia que poseía el núcleo. En el documento fundacional del hospital de San José, de 1527, se dice que “Getafe es lugar do hay muchos mesones para las personas sanas que llevan con que se sustentar”. Tirso de Molina en unos versos de su obra Desde Madrid a Toledo dice “De Madrid a Getafe / ponen dos leguas; / veinte son si la calle / se pone en cuenta / ¡Jesús, qué larga!”. Y Lope de Vega en La villana de Getafe escribe “De Getafe es uso hacer / labor a la puerta, y ver / los que pasan...”. Todas estas referencias han sido tomadas de QUIRÓS LINARES, Francisco, op. cit., pp. 5-6.

51 ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 395.

52 ”Estado de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de noviembre de 1795” recogido por José FARIÑA JAMARDO, op. cit., pp. 128.

53 Ibídem.

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