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La adquisición de un nítido perfil de núcleo
industrial subsidiario de Madrid que alcanza Getafe tras la Guerra Civil española de
1936-1939, gracias entre otros a su posición estratégica entre las líneas de los
ferrocarriles de Extremadura y de Alicante, y sobre el eje constituido por las carreteras
de Andalucía y de Toledo, no debe hacernos olvidar la estrecha relación mantenida entre
ambos núcleos con anterioridad. De hecho, la proximidad de Getafe a la villa de Madrid
(12 kilómetros) ha venido condicionando profundamente toda la dinámica histórica de
esta localidad del sur madrileño, desde su mismo origen a finales de la Alta Edad Media,
y más intensamente a partir del fenómeno de la capitalidad, hasta la actualidad más
presente en el marco del área metropolitana de Madrid, actuando siempre la capital de
España de estímulo constante sobre la sociedad getafense en un amplio abanico de
manifestaciones económicas, políticas, sociales, demográficas, etc. En este trabajo
vamos a centrarnos en las características que presenta esta relación durante el Antiguo
Régimen, más concretamente en la segunda mitad del siglo XVIII. I.- FUENTES PARA EL
ANÁLISIS: EL CATASTRO DE ENSENADA Es de sobra conocido que el llamado
Catastro de Ensenada nunca llegó a ser empleado en la
loable tarea para la que fue concebido: esto es, la remodelación del sistema fiscal
castellano, que pasaría de estar basado en la contribución indirecta que gravaba el
consumo a gravar la riqueza de cada uno, tal y como rezaba la archiconocida frase
contenida en la representación que Ensenada hizo al rey en 1747: que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo
fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia2. Sin embargo, existe un consenso muy
generalizado dentro de la historiografía al señalar que la ingente masa documental sobre
vasallos, bienes, rentas, derechos y privilegios reunida con motivo de las averiguaciones
catastrales a lo largo y ancho de la geografía de las veintidós provincias que entonces
conformaban la Corona de Castilla constituye la más completa fuente de información para el estudio de las
bases económicas, sociales y jurídicas sobre las que reposaba la sociedad castellana del
Antiguo Régimen. No en vano, son numerosos los
trabajos realizados, principalmente a escala local y regional, a partir de sus distintos
tipos documentales, los cuales abarcan un amplio abanico de cuestiones objeto de
atención, desde el más repetido análisis de las estructuras agrarias (usos del suelo y
distribución de cultivos, formas de explotación, características de la propiedad) hasta
el estudio de las estructuras sociales, demográficas, familiares y socioprofesionales,
pasando por el tratamiento de otros aspectos como la organización de la vida municipal
(composición de los ayuntamientos, sus haciendas, etc.), la casuística fiscal vigente o
el modelo urbanístico3. En las
líneas siguientes vamos a tratar de acercarnos a la realidad histórica de Getafe a
mediados del siglo XVIII sirviéndonos de la documentación que se conserva generada por
las averiguaciones del Catastro de Ensenada para dicho núcleo madrileño, y que está
constituida, básicamente, por dos grandes bloques documentales. De un lado, las Respuestas
Generales, que son las respuestas que un equipo de peritos designado por las
autoridades locales dio a un Interrogatorio General de cuarenta preguntas sobre la
situación jurídica y socioeconómica de la localidad. De otro,
el Libro de familias y el Libro de haciendas, ambos de legos, que conforman
las conocidas, por oposición al nivel documental anterior, como Respuestas
Particulares. Constituyen la documentación de base del
Catastro. En ellas encontramos una descripción microscópica, elaborada a partir de la
información proporcionada de forma individual por todos los vecinos, de la constitución
interna de la población (Libro de familias) así como del reparto de la propiedad
existente en el lugar (Libro de haciendas). Los originales se encuentran
desaparecidos, conservándose copia de ellos en el Archivo Municipal de Getafe, que son
los ejemplares que aquí se han manejado. Además,
las Respuestas Generales de Getafe, en una peculiaridad que es extensible a las del
resto de pueblos que conformaban la Intendencia de Madrid a mediados del siglo XVIII,
incluyen junto a la información recogida en 1752 por Agustín Sebastián Ortiz,
juez-subdelegado para las operaciones de la Única Contribución en dicha Intendencia,
debido a las irregularidades cometidas en el proceso, una serie de anotaciones y
rectificaciones a esa información efectuadas en 1754 por el máximo responsable de la
Contaduría de Rentas de la provincia de Madrid, Martín de Abarrategui4, quien
ya disponía de la información contenida en el Libro de familias y en el Libro
de haciendas. Ello nos permite disponer de la visión general que nos ofrecen las Respuestas
Generales con la fiabilidad en sus datos que proporciona la base de las Respuestas Particulares. Tanto las Respuestas
primitivas como las rectificaciones de 1754 se conservan en el Archivo General de
Simancas, existiendo una copia en microfilm del original simanquino en el Archivo
Histórico Nacional, que es la que he empleado en este trabajo5. II.- EL TERRITORIO DE
GETAFE A MEDIADOS DEL SIGLO XVIII
El 3 de enero de 1752 don Agustín
Sebastián y Ortiz, del Consejo de Su Majestad, su Pagador de la Real Audiencia
de Aragón y Ministro Delegado para la Única Contribución de la Provincia de Madrid6,
evacuaba ante una comisión de capitulares y peritos encargados del acopio de la
información solicitada las conocidas como Respuestas Generales de Getafe. Las respuestas a las tres primeras
cuestiones del Interrogatorio nos permiten aproximarnos al marco administrativo y
jurídico en el que se encuadra Getafe a mediados del siglo XVIII. A la primera pregunta
sus representantes contestan que la población se llama el lugar de Getafe.
Más allá del mero dato anecdótico de la grafía del nombre (que ya entonces se
escribía con g)7, la respuesta pone de relieve un elemento esencial de la
realidad getafense durante el Antiguo Régimen cual es su condición de lugar. Puede
llamar la atención el hecho de que Getafe, uno de los núcleos más poblados de cuantos
formaban parte de lo que entonces constituía la provincia de Madrid8, tuviese
la entidad de lugar mientras que otros de menor importancia demográfica y/o económica,
como por ejemplo Perales del Río9, que no superaba los veinte vecinos,
disfrutaban del status de villa10. En este
sentido conviene aclarar que la clasificación en villas o lugares no responde a criterios
materiales tales como el volumen de población o la estructura y pujanza económica de una
localidad sino que, más bien, hace referencia a lo que podríamos denominar su forma de
administración. Por lo tanto, la categoría de un núcleo de población en la España del
Antiguo Régimen es un concepto esencialmente jurídico-institucional; que está
íntimamente vinculado con un entramado territorial complejo, heredero directo de la forma
en que se desarrollaron los procesos de Reconquista y Repoblación, caracterizado por la
discontinuidad y la fragmentación territorial y por la coexistencia de distintas
jurisdicciones. De ahí que no resulte anormal observar gracias a esta compleja y
disfuncional articulación territorial propia del Antiguo Régimen, la convivencia de
minúsculas villas de escasa entidad socioeconómica con lugares que desempeñan
importantes funciones económicas y sociales11. Ahora
bien, ¿cuáles son los elementos que delimitan el contenido concreto de estas dos
categorías existentes en el ámbito de lo local durante el Antiguo Régimen?¿Cuáles son
los rasgos que caracterizan tales formas de administración? Aun cuando
no es esta una cuestión que pueda resolverse completamente con la precisión que sería
adecuada, pues aun limitándonos al siglo XVIII la legislación es bastante confusa y el
gobierno de los pueblos parece regirse, según se desprende de los títulos III y IV de la
Novísima Recopilación (1805), no sólo por la ley sino también por los
privilegios, usos, costumbres y ordenanzas particulares de cada uno12, todo
parece indicar que la categoría de lugar hace referencia a un núcleo de población que
jurídicamente depende de otro, más concretamente de una villa o de una ciudad, mientras
que la categoría de villa remite a un núcleo que gracias a la obtención del Privilegio
de villazgo ha adquirido el derecho a que por medio de sus alcaldes se ejerza en él, y en
los lugares que se le asignan, la jurisdicción civil y criminal13. Además, a
estos elementos de independencia administrativa y judicial que presentaba la personalidad
legal de villa frente a la de lugar habría que sumar otros de tipo fiscal. J. M. Donézar
observa en la documentación del Catastro de Ensenada que usa para el estudio de la
provincia de Toledo en el siglo XVIII que la villa en contribuciones, regulación y
nombramiento de cargos era independiente no debiendo dar razón más que a la Contaduría
de Rentas sita en la cabeza del partido, y que era a ella a quien le correspondía fijar
la cantidad de contribución resultante de los encabezamientos, así como el cobro de
otros derechos (normalmente los de Correduría, Mojona, Almotacén, Fiel medidor), que
debían satisfacer los lugares adscritos a su jurisdicción14. Getafe es,
pues, un núcleo poblacional que tiene el status de lugar. Por lo tanto, no tiene
jurisdicción propia, ni en el aspecto civil ni en el criminal. Su jurisdicción es
dependiente. ¿De quién? En la segunda cuestión de las Respuestas Generales se
nos dice que Getafe es de realengo y de la jurisdicción de Madrid; y
en la tercera cuestión se vuelve a recalcar que este pueblo [es] uno de
los comprendidos en las cinco leguas de la jurisdicción de Madrid ...15.
Esta
situación tiene su origen en la Edad Media pues tras la reconquista del reino de Toledo
por Alfonso VI Getafe pasa a formar parte del grupo de pueblos que constituyen el alfoz de
Madrid16, y ya con anterioridad al siglo XVIII se traduce en una amplia gama de
manifestaciones de subordinación, desde la capacidad que el Ayuntamiento de Madrid tenía
de otorgar permisos y solares para poblar el territorio de Getafe17 hasta su
potestad para imponer una extensa casuística de repartimientos18, como por
ejemplo los de cereales, aspecto este en concreto del que hablaremos más adelante. A pesar de
ello, en el siglo XVIII Getafe tenía Concejo. Para la Única Contribución comparecieron,
como se recoge en el preámbulo de las Respuestas Generales, entre otros, los
alcaldes, don Miguel de Morales por el estado noble y Andrés Abad por el general; los
regidores, don Cayetano Figueroa por el estado noble, y Manuel de Ocaña y Mateo
Pingarrón por el general; el síndico procurador, Gabriel de Ocaña; y el escribano,
Diego Gutiérrez y Pingarrón19. Sin embargo, la fuente catastral no es mucho
más explícita en cuanto al techo de las competencias de esta corporación getafeña (lo
cual es lógico dado que los objetivos del Catastro, como sabemos, no residían en hacer
un estudio sobre el gobierno municipal de los pueblos de España, sino en construir una
estadística sobre la población y riqueza del territorio de la Corona de Castilla para
aplicar sobre ella la Única Contribución), aunque no sería muy descabellado pensar que
sus atribuciones debían ser limitadas, quedando profundamente subordinada al Ayuntamiento
de la Villa de Madrid y a su corregidor, que era su superior jerárquico inmediato, pues
como escribía en 1742 el jurista salmantino Lorenzo de Santayana y Bustillo: ... hoy día ya y sin distinción alguna después de la
Constitución del Señor Felipe III, es de los corregidores toda la jurisdicción en todos
los lugares de su partido, así en lo criminal como en lo civil, a excepción de aquellos
que, o la tienen propia, por ser villas eximidas, o son de señor temporal, a quien esté
concedida; y sólo pueden los alcaldes ordinarios de las aldeas sujetas a la cabeza de
partido entender en causas civiles hasta en cantidad de 600 maravedís, y proceder en las
criminales las primeras diligencias de la prisión de reos y embargo de sus bienes [...]
En las villas eximidas o de jurisdicción propia, es propia de sus alcaldes la
jurisdicción toda. En los lugares de señorío particular ejercerán los alcaldes la que
tuvieren, conforme a sus privilegios20. Según
José Fariña, tanto la justicia y regimiento de Getafe como sus distintos oficios
concejiles (procurador general síndico, escribano, alcaldes de la Santa Hermandad,
mayordomo de propios, contador, etc.) debían tomar posesión y jurar sus cargos ante el
Ayuntamiento de madrileño21. Precisamente,
por esa misma lógica económico-fiscal que le guiaba, el Catastro si que recoge algunas
referencias que atestiguan nítidamente como se traducía esta dependencia legal del lugar
de Getafe con respecto a la Villa de Madrid en el terreno tributario. En la Relación
del Concejo incluida en el Libro de haciendas de legos se especifica que el
concejo getafense pagaba al año por sisas, millones y otros derechos a los Cinco Gremios
Mayores de Madrid, institución encargada, entre otros menesteres, de la administración y
recaudación de las rentas reales en Madrid capital y en todos los pueblos de su
jurisdicción, la exorbitante cifra de 132.939 reales, lo que suponía casi el 60% de los
223.487 reales que sumaban sus gastos anuales totales22. Como podemos ver por
lo tanto, Madrid, como cabeza de jurisdicción, regulaba la contribución real de Getafe
que todavía no había sido enajenada de la Real Hacienda23, con los beneficios
que de ello no es difícil intuir se derivaban24. Todo esto
explicaría que la justicia y regimiento de Getafe no constituyese un Ayuntamiento
propiamente dicho a lo largo de la Edad Moderna: todavía
a la altura de 1786 Tomás López escribía de Getafe que ... su jurisdicción es
totalmente pedánea; la elección de justicia anual es toda de su capital y por suerte25.
De ahí que no existieran libros de actas municipales como tales en que se reflejasen los
acuerdos corporativos ni el concejo celebrase sesiones regulares en fechas o periodos
determinados26. A su vez,
como lugar integrado dentro de la jurisdicción de la Villa de Madrid, Getafe pertenecía
al distrito de la Chancillería de Valladolid, a la que tenía que concurrir en grado de
apelación; y en lo eclesiástico, dependía del Arciprestazgo de Madrid y del Arzobispado
de Toledo, en donde radicaba la capital y la catedral27. Ahora
bien, aunque a mediados del siglo XVIII Getafe no tenía jurisdicción independiente, si
que disponía de término propio, disfrutando sus habitantes de la categoría de vecinos
del lugar de Getafe28. Dicho término limitaba al norte con el de Villaverde,
al sur con los de Parla y Pinto, al este con el de Perales del Río (agregado en el siglo
XIX a su municipio) y al oeste con el de Leganés. Comprendía cinco despoblados: Aluden,
Cunebles, Torre Valcrispín, Acedinos (cuya jurisdicción era mixta entre este pueblo y
Fuenlabrada, al tiempo que sus yerbas y aprovechamientos partían por mitad) y otro, del
que no se da el nombre (cuya jurisdicción también la compartía Getafe con otro pueblo,
en este caso Villaverde). Se trata de núcleos anteriormente poblados, integrados dentro
de la Tierra de Madrid, cuyos terrenos, al quedar despoblados29, pasaron a
formar parte del término de Getafe, aunque siguieran manteniendo su personalidad como
territorios decimales autónomos. Esto
supondría, según José Fariña, a pesar de una más que evidente imprecisión en cuanto
a la superficie total del término, una superficie aproximada para Getafe, si añadimos la
de Perales del Río, muy próxima a la actual, que es de 7.874 hectáreas o, en todo caso,
una cifra muy similar, puesto que los límites y deslindes con los pueblos limítrofes
estaban ya definidos e incluso habían sido objeto de largos pleitos, con anterioridad,
ante la Chancillería de Valladolid30. III.- UN SECTOR AGRÍCOLA
DIRIGIDO AL EXTERIOR
No
obstante, y a pesar de la importancia de esta dependencia jurídica en la realidad
histórica de Getafe, quizá sea en el terreno de las actividades económicas donde mejor
se ejemplifique la estrecha relación que mantuvo Getafe con Madrid a lo largo de la Edad
Moderna. Las anotaciones
y rectificaciones efectuadas en 1754 por la Contaduría de Rentas de Madrid que
dirigía Martín de Abarrategui a las Respuestas Generales de Getafe muestran
claramente la hegemonía en el agro getafense del terreno cultivado sobre el no cultivado,
y dentro de aquel, de los cereales y, en menor medida, de la vid. Según los datos de 1754
las tierras cultivadas sumaban 16.220 fanegas y 10 celemines que representaban el
9676% de la superficie total catastrada del pueblo (16.760 fanegas). Las llamadas en
la documentación catastral de Getafe tierras de pan llevar, esto es, el secano
cerealista, constituían el principal uso agrario, pues con las 13.058 fanegas y 55
celemines que ocupaban, suponían el 7791% del suelo getafense.
Sin embargo, no hay que pasar por
alto que los representantes de Getafe aluden a cultivos típicos del medio barbecho, es
decir, aprovechamiento de las tierras en su año de descano para cultivar plantas de ciclo
corto, especialmente leguminosas. Los peritos hacen referencia a ellos cuando se les
pregunta por los rendimientos de los distintos cultivos en la respuesta a la duodécima
cuestión del Interrogatorio, quitándoles
importancia económica y consiguiendo que no se añada valor por tales aprovechamientos a
las tierras al aducir que lo que obtenían de más por ello se compensaba con lo que
producía de menos la tierra al año siguiente, pues había perdido parte de su sustancia
en el aprovechamiento del medio barbecho: ...
la de inferior de trigo [rinde] 4, en cuya consideración van refundidos los
frutos menudos por su corta entidad y porque en la tierra que los produce esquilma, tanto
que toda de menos en los años inmediatos en que se siembran de trigo y cebada,
...31. Nada más
se nos dice en la documentación catastral (ni en las Respuestas Generales ni en
las Particulares) sobre el sistema de cultivo propio del secano cerealista en
Getafe: si bien se señala el empleo de la técnica del barbecho, no se menciona nada
sobre los cereales cultivados ni sobre el papel jugado por cada uno de ellos en las
rotaciones del ciclo de cultivo. Sin
embargo, podemos salvar esta carencia recurriendo a una certificación de 1750 expedida
por don Francisco García del Campo, escribano mayor de rentas decimales del Arzobispado
de Toledo, sobre los diezmos de Getafe conservada en su Archivo Municipal32. En
ella se consigna que las cantidades de granos de los pontificales de Getafe, Acedinos,
Aluden, Cunebles y Torre Valcrispín33 correspondientes a 1749 valieron por sus
remates, según su arrendamiento, lo siguiente:
Como vemos
pues, aún cuando sigamos sin poder delimitar el espacio ocupado por cada cultivo34,
el secano cerealista de Getafe se orientaba preferentemente hacia el trigo y la cebada,
los cereales por antonomasia de la agricultura mediterránea. Tan generosa primacía
concedida en las tierras gefatenses al cereal explica el papel secundario de la ganadería
en Getafe, y responde fundamentalmente a la acción combinada de las características
geográficas de la zona y la fuerte demanda de cereales efectuada por Madrid. Después
de los cereales, la vid ocupaba el segundo puesto en cuanto distribución de los usos del
suelo. Con 3.028 aranzadas y 7,5 celemines suponía el 18,06% de la superficie agrícola
gefatense. Su régimen de cultivo, a diferencia del que presentaban los cereales, ofrecía
la ventaja de ser anual, aunque como contrapartida la viña requería de un tratamiento
individualizado y grandes esfuerzos, pues como recuerda Javier María Donézar tomando la
referencia de la Agricultura General (1513) de Gabriel Alonso de Herrera, el
cultivo con arado de la viña no era completo ya que éste tan solo servía para remover y
voltear la tierra, lo que hacía insustituible el uso de la azada o el azadón (para hacer
la cava donde plantar los sarmientos, o descalzar y calzar las cepas), y de la hoz (para
la poda)35. Si
recurrimos nuevamente a los datos que nos proporciona la certificación de los diezmos de
Getafe y los despoblados de su término emitida en 1750 por el escribano mayor de rentas
decimales del Arzobispado de Toledo y los comparamos con los contenidos en las Relaciones
Topográficas de Felipe II, de 1576, podemos observar que el valor de lo diezmado en
lo referente a vinos sube de un total de 246.000 maravedíes en el siglo XVI a otro de
406.925 maravedíes a mediados del siglo XVIII36.
No
obstante, hay dos razones que inducen a pensar que tal hipótesis, aún cuando
desconozcamos los pormenores cuantitativos del fenómeno, no anda muy alejada de la
realidad histórica de Getafe. En primer lugar, vemos que uno de los despoblados, Torre
Valcrispín, pasa de no diezmar nada en concepto de vino a hacerlo en razón de 39.250
maravedíes. En
segundo, podemos aportar como sostén de nuestra afirmación varios testimonios de
coetáneos. Así, si en las Relaciones Topográficas de Felipe II en el capítulo
veintiséis se define al pueblo de Getafe diciendo que es tierra de labor de pan,
y lo que más se coge es trigo y cebada37, en el siglo XVIII Tomás
López añadía a esta dedicación
cerealícola la vitivinícola pues en su Descripción de la provincia de Madrid,
obra publicada en 1763, escribía que Getafe está a dos leguas de Madrid en un
llano espacioso, fértil en granos y mucho vino38. Asociado a
la vid encontramos el único olivar existente en Getafe a mediados del siglo XVIII: 52
fanegas, todas ellas en tierras de segunda calidad, que se componían de 2.000 olivos
dispersos entre viñedos propios del Marqués de Pingarrón, su propietario. Únicamente
representaban el 0,31% de la superficie agrícola de Getafe. La carencia de aceite en la
producción agrícola gefatense era pues una realidad palpable a mediados del siglo XVIII,
aunque hay que decir que dicha carencia no suponía novedad alguna con respecto a épocas
precedentes. Ya en las Relaciones Topográficas de 1576 se señala el hecho de que
Getafe importaba aceite de la Alcarria, Chinchón y Ocaña39. En cuanto
al espacio ocupado por la huerta en Getafe, según el Catastro de Ensenada comprendía 74
fanegas y 9 celemines, que suponían el 0,44% del suelo gefatense. Parece que su
desarrollo es propio del siglo XVIII, estando muy ligado el mismo a la demanda madrileña:
si las Relaciones Topográficas de Getafe nos dicen que el agro gefatense carecía,
entre otros productos, de hortalizas (tanto de invierno como de verano) de las que le
abastecía el vecino pueblo de Leganés, a finales de siglo XVIII Tomás López escribía
que tenía 30 huertas de toda hortaliza que surte mucho a Madrid40.
En efecto, si volvemos a observar los datos comparados de lo diezmado hacia el último
tercio del siglo XVI y a mediados del siglo XVIII (cuadro nº2) también salta a la vista
el extraordinario incremento de los menudos pontificales, que a la altura de
1749 ya no eran, como puede apreciarse, tan menudos. Dentro de esta categoría se incluyen
hortalizas y legumbres: habas, guisantes, algarrobas, garbanzos, etc., esto es, los
productos básicos de la huerta. Por
último, en lo que a la tierra cultivada atañe, queda referirse a la alameda. Esta
ocupaba 7 fanegas, el 0,04% del espacio. Su plantación, por lo que cabe deducir de tan
nimia extensión, era muy reciente, debiendo estar muy relacionada con la Real
Ordenanza para el aumento y conservación de montes y plantíos, de 7 de diciembre de
174841. El aprovechamiento fundamental que ofrecía la alameda era leña, que
durante el Antiguo Régimen fue producto de primera necesidad, ya consumida directamente,
ya carboneada. Getafe había sido siempre, y continuaba siéndolo, deficitario en esta
materia, pues como reconocían las Relaciones Topográficas de Felipe II, Getafe es tierra llana y sin monte ... [y] ... es muy
falto de leña, y los labradores que tienen carros y mulas van por ello al Real de
Manzanares, que está siete y ocho leguas de este pueblo, y algunos van por ellos a
Guadarrama que son a nueve leguas, y los serranos lo traen a vender con sus bueyes y
carretas, y carbón se provee de Yébenes, que está diez y seis leguas de aquí; los que
tienen viñas tienen en mucho los sarmientos a causa de la gran necesidad de leña, y la
gente pobre quema paja y jaramastas; ...42. Por su
parte, la categoría de tierra no cultivada estaba compuesta por retamar y dehesa. El
retamar sumaba en Getafe a mediados del siglo XVIII 373 fanegas y 2 celemines, todas
consideradas de tercera calidad, que representaba el 2,22% del terreno gefatense. Su
importancia queda fuera de toda duda, pues la escasez de leña que antes hemos señalado
convertía a la retama en un recurso fundamental: era utilizada, básicamente, como
combustible en los hornos de cocer pan, tan importantes en un Getafe abastecedor de
Madrid. Completaba
el mapa de aprovechamientos agrarios las 166 fanegas, el 0,99% del suelo, de dehesa para
pastos de ganado. La información de la que disponemos no nos permite precisar que parte
de ellas correspondían a dehesas concejiles y cual a comunales, o si todas estaban bajo
uno u otro régimen, aunque es probable que de las seis dehesas que declara el Concejo de
Getafe, alguna de las cuatro a las que no se atribuye renta alguna (que sumaban 92
fanegas) correspondiese a bienes comunales, siendo de propios las otras dos (que
alcanzaban 74 fanegas) que se informa estaban arrendadas.
Todo este
conjunto agrícola que estamos analizando mostraba una clara vocación comercial orientada
a abastecer la demanda de Madrid, que a su posición de villa cabecera de jurisdicción
aúna, recordémoslo, a partir de 1561 el papel de capital de la Monarquía hispánica. De
las necesidades crecientes de una ciudad convertida en una de las mayores aglomeraciones
urbanas del Viejo Continente da buena cuenta David Ringrose: Con al menos 150.000 habitantes, y en un año en que
las cosechas fueron malas, el Madrid de 1630 consumió alrededor de 500.000 fanegas de
trigo, más de 1.500.000 arrobas de vino, 50.000 arrobas de aceite de oliva y
aproximadamente 4.000.000 de kilos de cordero y vaca. Al aproximarse la población urbana
a los 200.000 habitantes en 1800, estas cifras se elevaron a unas 900.000 fanegas de
trigo, 500.000 arrobas de vino, 7.000.000 de kilos de cordero y vaca, y 150.000 arrobas de
aceite de oliva. Aunque no disponemos de datos sobre el consumo de carne de cerdo en 1630,
sabemos que hacia finales del s. XVIII la ciudad consumía más de 2.000.000 de kilos de
cerdo, tocino, jamones y varios tipos de salchichas . (...) Las fuentes del siglo XVIII suministran datos adicionales sobre
otros productos consumidos en cantidades relativamente grandes en la ciudad, entre ellos
500.000 fanegas de legumbres y cebada, 120.000 kilos de confituras, 2.300.000 arrobas de
carbón y 275.000 kilos de carne de cerdo y derivados. Todos estos datos representan una
inmensa afluencia de productos agrícolas, llegados a Madrid día tras día durante la
mayor parte del año. Un informe fechado en 1784 nos dice que más de 5.000 animales de
carga y 700 carretas y carros introducían abastecimientos por las puertas de la ciudad
todos los días del año. A esto hay que añadir los aproximadamente 1.100 carneros,
cabezas de vacuno, terneros y cerdos que entraban al matadero y al rastro todos los días
por la Puerta de Toledo43. Dichas
cifras explican por sí mismas la importancia del mercado madrileño y su posición
central respecto de la economía agraria de las dos mesetas, en general, y de los pueblos
de la provincia de Madrid, en concreto. Durante la dinastía de los Austrias, con el fin
de garantizar el suministro de la capital, se articuló un sistema de abastecimiento lleno
de reglamentaciones. El objetivo era que la población madrileña dispusiese de artículos
de primera necesidad, y dispusiera de ellos a un nivel
razonable de precios. De ahí que el precio de estos estuviese tasado. El ejemplo
paradigmático es el del pan. En años buenos los problemas no eran importantes, pero
cuando la cosecha era mala y los precios subían, existía la tentación de desviar los
granos hacia otras zonas menos vigiladas. Por eso las autoridades madrileñas obligaron a
los lugares de su entorno a que contribuyeran al suministro de pan a la capital de la
Monarquía, cada uno a proporción de sus posibilidades, a precio de tasa44. El radio
de los pueblos afectados por la obligación fue variable: en 1583, recién establecida la
obligación, era de doce leguas; y en 1630, tras un crecimiento arrollador de la
población de la Corte, el radio se amplió hasta las veinte leguas, con lo que llegó a incluir unas 500 villas y lugares, no
sólo de la provincia de Madrid, sino también de Guadalajara y Toledo. Por una de las
listas elaboradas en 1679 con la creación de una Junta del Pósito (en relación directa
con el Consejo de Castilla), reproducida por Antonio Domínguez Ortiz, sabemos que los
pueblos situados en un radio de diez leguas sujetos a esta obligación eran 120, y que los
que mayor cantidad de pan suministraban eran Vallecas (850 fanegas), Vicalvaro (450),
Getafe (380), Algete (350), Pinto (300), Ajalvir (270),
y Paracuellos (210). En total, 8.351 fanegas a la semana, que suponían 434.252 fanegas al año. Estas
cantidades de pan cocido se completaban con las de trigo suministradas por los pueblos
situados entre 10 y 20 leguas45. Incluso,
sobre estos pueblos del contorno de la Corte cargaba otra obligación: la de abastecer de
granos a las reales caballerizas en unos volúmenes que a la altura de 1663 eran de 46.757
fanegas de cebada y 17.000 de trigo, más 2.500 fanegas de cebada y carros de paja para el
Buen Retiro. Y ello a precio de tasa: 9 reales cuando en Madrid se pagaba a 2046.
A finales
del siglo XVII, a un cuando el sistema perduró, entró en franco declive pues el pan de
obligación representaba ya tan solo una décima parte de su consumo anual. De ahí que la
liberalización del comercio de granos ocurrida en 1765 no alterara sustancialmente el
sistema de abastecimiento de la capital47. En este contexto fueron cobrando
cada vez mayor importancia los tratantes privados, que junto con el Pósito de Madrid,
constituyeron una extensa y articulada red dedicada al abastecimiento de la capital, en la
que operaban combinaciones variables de organización de mercado, prácticas
precapitalistas y participación gubernamental, que subordinaba la producción agrícola
de las dos mesetas48. La información contenida en
cualquiera de los Estados de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe del
último decenio del siglo XVIII que se conservan en el Archivo Municipal de Getafe vienen
a corroborar esta funcionalidad del agro gefatense en el siglo XVIII. Si atendemos al
Estado de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de
noviembre de 1795 comprobamos que Getafe tenía importantes excedentes agrícolas,
en muchos casos superiores al 50% de lo producido, que veían salida en Madrid y lugares
vecinos:
Fuente: Elaborado a partir de
los datos del Estado de frutos y manufacturas
del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de noviembre de 1795 recogidos por
José FARIÑA JAMARDO, El Getafe del siglo XVIII, Getafe, Ayuntamiento de Getafe,
1981, pp. 127-129. En definitiva, como se puede
apreciar, el agro gefatense se volcó durante la Edad Moderna en el abasto de la capital.
Si bien todas estas breves pinceladas no nos ofrecen una medida cuantitativa, exacta y
regular, del tráfico de artículos de primera necesidad desde Getafe a Madrid, si que dibujan la imagen de una
agricultura abierta y dotada de dinamismo, donde la opción secular de una producción
prioritaria de cereales, vino, y, en menor medida, hortalizas y legumbres, respondía a
las necesidades de cubrir la demanda del mercado madrileño. IV.- EL PESO DE LO URBANO Si alguien observarse la
información socioprofesional que de Getafe nos proporciona el Libro de familias de
legos y no supiese de qué villa o lugar se trata ni donde estaba ubicada, colegiría
sin duda, y a pesar de la importancia de lo agrario, que cerca de la misma había una gran
ciudad. Se hace así patente, también en el terreno de la ocupación profesional de los
getafeños, una vez más, la dependencia mutua entre Getafe y Madrid a lo largo de la Edad
Moderna. Solamente así cabría explicar la estructura de la economía getafense, donde
junto a un indudable peso del sector agrario,
destacaba un importante desarrollo del sector servicios. Hasta la paja, que no se estimaba
en casi ningún otro lugar de las Castillas49, se valoraba en Getafe, tal y
como se dice en la rectificación de 1754 a la respuesta número 12 del Interrogatorio
General (aquella en la que se preguntaba por la cantidad de frutos de cada género que
producía la fanega de tierra anualmente), por el comercio que se realizaba con ella. Nada
menos que catorce vecinos, que sumaban entre todos una utilidad de 46.600 reales anuales,
eran catalogados como pajeros. Entre ellos destaca Francisco de Moya, que disponía de
cinco machos para el acarreo de la paja y de una utilidad anual muy suculenta: 22.000
reales. Añadamos
a ello diez trajinantes y seis arrieros que en conjunto sumaban la nada despreciable
utilidad anual de 24.800 reales, de los que 18.400 correspondían a los primeros (aunque
la utilidad anual total del grupo de los trajinantes debía ser mayor de la reseñada,
pues hay dos trajineros de los que no se especifican las utilidades en el Libro de
familias) y 6.400 a los segundos. Aquí, las utilidades se hallaban más repartidas entre todos los protagonistas,
pues ninguno de ellos aparece con utilidades superiores a 3.300 reales anuales, que en
todo caso resultaba una cantidad muy destacable. Esta sería la situación de Juan Dorado,
que al mismo tiempo, era estanquero y se servía para su trabajo de tres machos. Los
trajinantes Francisco Marcos y Manuel Pedraza (con dos machos cada uno), tenían la
utilidad de 2.200 reales, y los arrieros Gabriel Tordesillas y Andrés Delgado (con un
macho y dos mulas, respectivamente), tenían la de 1.100 reales cada uno. Al mismo tiempo la situación de Getafe sobre el
camino real de Madrid a Toledo, que transcurría por el medio de su casco urbano, a tan
sólo 13 kilómetros de la capital del reino, hacían de él un lugar de paso constante
para personas, caballerías y mercancías, fortaleciendo con ello su vocación comercial50.
De hecho, Getafe disponía según las rectificaciones y anotaciones de 1754 a las Respuestas
Generales de seis mesones, un sector de actividad de indudable rentabilidad pues su
utilidad global alcanzaba los 12.900 reales. Tres de ellos eran propiedad de la Cartuja
del Paular de Segovia, que tenía arrendados dos, uno a Francisco Cortés y otro a José
de Soto, a cada uno de los cuales se les consideraba de utilidad 3.300 reales cada uno.
Los otros tres eran de propietarios particulares: Sebastián de Marcos y Manuel Ocaña
tenían la utilidad de 2.200 reales cada uno, y Alberto Suárez la de 800. Además, en
Getafe había dos bodegoneros: Francisco Gaytán y Manuel Blanco, con 3.000 y 1.100 reales
anuales de utilidad, respectivamente. La
presencia de un maestro de postas y estafeta, Agustín de Ortega, que tenía diez caballos
y una utilidad regulada en 3.000 reales anuales, confirma este papel de etapa intermedia,
lugar de paso obligado en el camino real de Madrid a Toledo desempeñado por el pueblo de
Getafe; papel que sin duda contribuyó al empuje de los intercambios de todo tipo, así
fomentados, y sirvió par estrechar los lazos de mutua dependencia, aunque claro está,
desigual, entre Madrid y Getafe. Por su
parte, el desarrollo de las actividades productivas de carácter industrial no era nada
despreciable. Se pueden distinguir, en este terreno, varios ramos. En primer lugar, el
integrado por las actividades dedicadas a la transformación de productos que se
destinaban a la alimentación. Aquí destaca la relativa a un consumo básico como era el
del pan. Nada menos que siete panaderos, que sumaban la utilidad de 19.100 reales, tenía
Getafe a mediados del siglo XVIII, entre los que destacaba Pablo Merlo, con 3.300 reales
de utilidad. Tal numero parece excesivo para un solo pueblo, lo que, sin duda, debería
explicarse por la cercanía de Madrid y la ya señalada demanda de pan que este núcleo
urbano ejercía sobre su amplio hinterland. Tal apreciación queda confirmada por las
rectificaciones y anotaciones de 1754 a las Respuestas Generales, pues en ellas se
especifica que el número de vendedores de pan, que tenían hornos en sus casas, alcanzaba
la cifra de dieciséis personas, con una utilidad global de 34.500 reales. También
contaba Getafe con un alojero y aguardentero, José Díaz de Vargas (1.100 reales de
utilidad), y con un carnicero, Bernardo Sánchez (con una utilidad de 2.200 reales). Las
demás fabricaciones de productos alimenticios tenían un carácter más especializado, a
veces, incluso, un claro matiz de artesanía de lujo. Así, encontramos un pastelero,
Martín de la Puente, casado y con dos hijas menores y un criado mayor de edad, que
disfrutaba de una utilidad de 12.000 reales; y un confitero, Francisco Asensio, casado y
sin hijos ni criados, con la de 4.400 reales. En segundo
lugar, es de destacar aquel conjunto de artesanos dedicados al sector textil. Aquí
encontramos a un espartero, con 1.100 reales de utilidad; a siete sastres, cuyas
utilidades van de los 2.200 reales de Felipe Escribano a los 1.100 de Manuel Cebrián;
doce zapateros, con utilidades comprendidas entre los 3.300 reales de Nicasio Bachiller y
los 1.100 reales de Juan Camaño y Agustín Rodríguez; nueves oficiales de zapatero; y,
fundamentalmente, a trece tejedores de jerga, con utilidades tan importantes como las que
tenían Pedro Blanco (6.600 reales), Matías Zapatero (5.500 reales) o Matías Hernández
(4.400 reales), que desarrollaban una de las más arraigadas y comerciales industrias de
Getafe. En efecto, ya en las Relaciones Topográficas de Felipe II se constataba el
desarrollo de esta actividad entre los vecinos de Getafe: En lo que toca a tratos y oficios, como tenemos dicho
en los cuarenta capítulos, hay los oficios que tenemos dicho, y de los que más se hace
en este pueblo es jerga y costales de lana grosera, porque éste es el mayor trato, y de
los más oficiales abastécese de este pueblo Toledo y Madrid y Alcalá y Guadalajara y
Cuenca y Huete en lo que toca esta jerga y costales para cosa de albardería ...,51. Y a
finales del siglo XVIII, según el Estado de frutos y manufacturas
concerniente a 1795 empleado anteriormente, seguía sumando trece telares con treinta y
cinco operarios, que manufacturaban 37.950 varas de tejido encaminadas en buena parte al
mercado madrileño pues en Getafe sólo se consumían 2.40052. Dentro de este apartado
concerniente a lo que podríamos calificar como sector secundario, por último, habría
que referirse a aquellos artesanos que se dedicaban a la construcción y a la
transformación de materiales. Se trata de un conjunto de actividades muy dispersas.
Dentro de ellas, las relacionadas con la transformación de diversos metales son las que
tenían una mayor relevancia económica. En el caso de los tres maestros herradores, Diego
Alonso, Juan de Castro (con una utilidad de 1.500 reales cada uno) y José Fernández (con
2.200 reales), responde evidentemente a las necesidades de las caballerías utilizadas en
las labores del campo y en los transportes. Existían también tres maestros herreros, con
utilidades de que iban de 3.300 a 2.000 reales. Con respecto a los oficios que se
dedicaban al trabajo de la madera señalar que había dos maestros carpinteros, José Vara
y Gabriel Martín, a los que se les regulaba el jornal de 10 reales diarios; y tres
carreteros, Sebastián y Alfonso Galeote (2.200 reales cada uno) y Francisco Ortega (1.100
reales de utilidad regulada). Añadamos aquí a los efectivos de la construcción en el
Getafe de mediados del siglo XVIII: tres maestros albañiles, Manuel Marcos, Juan de
Villena y Melchor Sánchez, que según se expresa en la documentación, ganaban nueve
reales el día que trabajaban; y tres oficiales de albañil, Lorenzo Martínez, Manuel
Texero y Casimiro Marcos, que ganaban el jornal de cinco reales diarios. Además, Getafe
contaba con seis yeseros: Matías Zapatero, Manuel Fernández, Francisco García, Lucas
Zapatero, Diego Gasco y Manuel Hernández, que sumaban una utilidad total de 1.900 reales
(aunque de dos no se nos proporciona información económica). Esta actividad de
producción de yeso seguía en 1795 manteniendo seis hornos que ocupaban a veintiún
operarios, los cuales producían 26.500 fanegas de yeso, de las que 9.500 se consumían en
el pueblo y las restantes se extraían a los pueblos circunvecinos, fundamentalmente a
Madrid53. Otras
profesiones englobables en la rama de los servicios nos hablan de un lugar decididamente
periurbano: Getafe contaba a mediados del siglo XVIII con un médico, don Lorenzo Antonio
Lorente, que tenía regulado un situado de 16.500 reales; un barbero cirujano Juan Díaz
de los Arcos, que llegaba a los 1.500 reales; dos cirujanos, Francisco Aguado y Juan Pablo
de Aragón, con 1.500 reales cada uno; dos boticarios, Manuela Josefa Torres y Lorenzo de
la Puerta, que sumaban cada uno 3.300 reales; tres oficiales que servían en el ejercito
con el situado de 1.800 reales entre los tres: don Gabriel Deleito, don Sebastián de
Ocaña y don Manuel Muñoz; y nada menos que cuatro escribanos que en conjunto suponían
6.694 reales de utilidad: don Diego de Vergara Azcárate (que ingresaba 1.000 reales por
el oficio de escribano y 500 reales por el oficio de teniente contador), Agustín Mendoza
(1.100 reales por su oficio de escribano real), Gabriel de Vergara (con idéntica
profesión y utilidad) y Diego Gutiérrez y Pingarrón (también con 1.100 reales por el
puesto de escribano del Número y 1.000 por el de escribano del Ayuntamiento). Los
restantes profesionales se reducían a los adscritos a servicios civiles, judiciales o
religiosos: Antonio Cañas, alguacil, 600 reales; Antonio Muñoz, pregonero, 366 reales; y
Alfonso Almarza y Francisco Cortas, sacristanes mayores, de los que no se especifica su
utilidad. Finalmente,
no estaría de más recoger aquí al numeroso grupo de pobres existente en el Getafe de
mediados del siglo XVIII, que ascendía a la cantidad de ochenta y siete vecinos cabeza de
casa pues no es descartable que esta amplísima cifra (148% de todos los vecinos
cabeza de casa) estuviera motivada por la cercanía de la Corte, a donde muchos se
dirigían en busca de la hospitalidad de las instituciones benéficas. En este sentido,
según nos informan las rectificaciones y anotaciones de 1754 a las Respuestas
Generales, Getafe disponía de dos hospitales, uno para los enfermos del lugar y otro
para los forasteros, que no limitaban sus funciones a la atención de los enfermos, sino a
la hospitalidad en el sentido más amplio de la palabra, pues, aunque fuese por tiempo
limitado, proporcionaban techo y sustento. Como
podemos observar, la importancia de la actividad agrícola en la economía getafense, no
ocultaba una dinámica vida urbana cuyos cimientos reposaban, fundamentalmente, sobre una
posición geográfica doblemente estratégica: de un lado, por su proximidad a Madrid y,
de otro, por su emplazamiento sobre el camino real de Madrid a Toledo, que le confería el
valor, visible incluso en su entramado urbano, de pueblo itinerario desarrollado a lo
largo del camino.
Como hemos tenido ocasión de
comprobar a lo largo de las páginas precedentes, el vínculo entre Getafe y Madrid no es
algo que se inicie con el desarrollo industrial de Getafe y su inserción en el área
metropolitana de Madrid en la segunda mitad del siglo XX, sino que podemos reconocerlo
desde la misma Baja Edad Media en que el núcleo getafense se integra dentro del alfoz de
la Villa de Madrid, a la cual quedaba supeditado
jurídica y administrativamente, y a la que debía prestar diferentes servicios de tipo
fiscal y económico. En el siglo XVIII esta pertenencia a la jurisdicción de Madrid
seguía traduciéndose en la existencia de alcaldes pedáneos nombrados por el
ayuntamiento madrileño y en una fiscalidad regulada por dicho ayuntamiento, que era quien
establecía las cuotas que Getafe debía satisfacer en concepto del encabezamiento de la
tributación real. Esta
relación se estrecha a partir del último tercio del siglo XVI pues la capitalidad de
Madrid hizo que en torno a ella se reordenase la jerarquía urbana y económica de la
Península, quedando Getafe, al igual que todo el Interior peninsular, reducido a una
funcionalidad dependiente de su abastecimiento. La dependencia era mutua, aunque, claro
está, desigual: por una parte Madrid demandaba sus productos, especialmente trigo,
cebada, vino y jerga; por otra, los habitantes de Getafe se dedicaban a producir,
transportar y vender estas mercancías. No cabe ninguna duda de que estos últimos, como
los habitantes de la mayoría de los pueblos más próximos a la Villa y Corte, vivían
por y para la capital, pues ya fuese por obligación derivada de repartimientos y
regalías, o voluntariamente, encontraban en el mercado madrileño el lugar donde
comercializar todos sus excedentes. Y es que la voracidad creciente de ese vientre
mercantil en que se había convertido Madrid desde el asentamiento permanente de la Corte,
condicionaba a las poblaciones del entorno, en una mezcla de obligaciones e incentivos
comerciales, al surtimiento de materias primas y alimentos. Las
relaciones establecidas entre Getafe y Madrid no se agotaban en estas dos realidades que
llevamos aludidas hasta el momento. Además de lugar de la jurisdicción de la Villa de
Madrid y espacio básico de producción de materias primas para su abastecimiento, con la
consiguiente dependencia político-administrativa y socioeconómica que esto acarreaba,
Getafe era también (ha sido a lo largo de los tiempos), debido su situación geográfica,
un pasillo de primera importancia por el que transitaban intensamente mercancías y
gentes. Su posición clave sobre el camino real de Madrid a Toledo, que transcurría por
el medio del núcleo urbano, animando con su presencia el territorio y dinamizando su
economía, hacía que en el siglo XVIII Getafe mantuviera la importancia adquirida en las
centurias anteriores, ya que se había convertido en parada obligada para que hombres y
caballerías repusieran fuerzas en su viaje hacia o desde Madrid. Diariamente, del pueblo
partían, llegaban o lo atravesaban un número considerable de personas, animales y
mercancías. No eran solo los panaderos y tratantes de grano y vinos que cotidianamente
acudían a la capital, estaban también los arrieros y trajinantes, los particulares y
todo tipo de viajeros procedentes de la Mancha y Andalucía. Además, no olvidemos que la
Villa y Corte era el principal foco de atracción para todo tipo de mendigos y marginales
en España; eran los llamados pobres viandantes, hambrientos y muchas veces enfermos, que
iban pasando de pueblo en pueblo y de hospital en hospital en su camino a Madrid. En el
siglo XIX la realidad histórica de Getafe va a seguir estando fuertemente mediatizada por
la proximidad de la capital del Estado, de cuyo amplio hinterland abastecedor, al igual
que toda la comarca de la llamada campiña madrileña, continuaba formando parte. La
construcción de las líneas férreas Madrid-Alicante (1851) y Madrid-Badajoz (1879), con
sendos trazados que discurrían por el término getafense, junto a la mejora de los ya
existentes caminos de Toledo y de Andalucía (iniciado en la segunda mitad del siglo
XVIII), no harán sino estrechar el vínculo, dejando sentadas las bases sobre las que
descansará su posterior evolución industrial en el siglo XX. Pera esa es ya otra
historia. 1 El presente trabajo se inscribe dentro de
la investigación que estoy llevando a cabo dentro del Departamento de Historia
Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid con miras a la realización de mi
Tesis Doctoral con el título de Getafe, 1752-1939.
Evolución histórica de un municipio del hinterland madrileño. En ella pretendo
analizar la evolución histórica, con su complejo entramado de persistencias y cambios,
experimentada por el municipio de Getafe en el período apuntado, contemplando tanto los
factores endógenos como exógenos participantes en el tránsito de una sociedad
tradicional y rural a otra de signo liberal que apunta los primeros síntomas de una
incipiente industrialización, poniendo especial atención en el papel que en dicha
evolución juega la cercanía de Madrid, la gran urbe capital del Estado. 2 Sobre la
propia casuística del Catastro de Ensenada existe una amplia bibliografía, desde la obra
ya clásica de Antonio MATILLA TASCÓN, La Única Contribución y el Catastro de
Ensenada, Madrid, 1947, hasta las más recientes de
Manuel MARTÍN GALÁN, Los primeros pasos del Catastro en la Corona de
Castilla: el proyecto de Única Contribución y el Catastro del marqués de la
Ensenada, en MARTÍN GALÁN, Manuel y GONZÁLEZ GUIJARRO, F. Javier, Historia del
Catastro en España (siglos XVIII XX), Guadalajara, Asociación de Amigos del
Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, 2002, pp. 15-41, y de Concepción CAMARERO
BULLÓN (dir.), El Catastro de Ensenada. Magna averiguación fiscal para alivio de los
Vasallos y mejor conocimiento de los Reinos. 1749-1756, Madrid, Ministerio de
Hacienda, 2002 (Catálogo de la exposición conmemorativa sobre el Catastro de Ensenada
organizada por el Ministerio de Hacienda y la Dirección General del Catastro en 2002). 3 Cabe
citar aquí los trabajos pioneros en el uso con fines historiográficos de la
documentación del Catastro de Ensenada realizados por el GRUPO 73, La economía
del Antiguo Régimen. El señorío de Buitrago, Madrid, Universidad Autónoma de
Madrid, 1973; Josefina GÓMEZ
MENDOZA, Agricultura y expansión urbana. La campiña del bajo Henares en la
aglomeración de Madrid, Madrid, Alianza Universidad, 1977; el GRUPO 75, La
economía del Antiguo Régimen. La Renta Nacional de la Corona de Castilla,
Madrid, Universidad autónoma, 1977; o Javier María DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Riqueza
y propiedad en la Castilla del Antiguo Régimen. La provincia de Toledo en el siglo XVIII,
Madrid, Instituto de Estudios Agrarios, Pesqueros y Alimentarios, 1984. 4 Al año
aproximadamente de iniciarse las averiguaciones catastrales, concretamente en abril de
1751, la Junta de Única Contribución decidió la habilitación de las Contadurías de
rentas situadas en las capitales para la revisión de todo lo operado. Véase al respecto
CAMARERO BULLÓN, Concepción (dir.), El Catastro de Ensenada. Magna averiguación
fiscal para alivio de los Vasallos y mejor conocimiento de los Reinos. 1749-1756,
Madrid, Ministerio de Hacienda, 2002. Catálogo de la exposición conmemorativa sobre el
Catastro de Ensenada organizada por el Ministerio de Hacienda y la Dirección General del
Catastro en 2002. 5 Desgraciadamente, mucha de la documentación catastral sobre
Getafe se ha perdido. En primer lugar (y seguramente sea esta la carencia más grave), ha
desaparecido toda la documentación de base referida al estado eclesiástico, esto es, los
Memoriales, el Libro de familias y el Libro de haciendas. Ello supone
una carencia casi total de información catastral sobre el clero en Getafe, salvo la que
encontramos en las Respuestas Generales, en el llamado Vecindario de Ensenada,
en los Estados Generales y, de forma indirecta, en el Libro de haciendas de
legos. Además, carecemos de los Memoriales o Relaciones de
los vecinos, tanto los de eclesiásticos como los
de legos, que son las declaraciones primitivas efectuadas por todos los vecinos de forma
individual dando cuenta de la información que se les requería a efectos del Catastro y
que constituyen la base a partir de la cual los peritos elaboraron los Libros de
familias y los Libros de haciendas (que no dejan de ser registros tipo). Por último, tampoco disponemos
para Getafe de los Autos Generales, libro donde se reunía toda la documentación
local relativa a la propia realización de la operación y entre la que destaca la
documentación probatoria de ciertos aspectos concernientes a los concejos (acerca de los
bienes de propios o de los gastos anuales del concejo, privilegios de villazgo, etc.), a
la Iglesia (declaraciones sobre el valor de los diezmos del último quinquenio, a veces
con copias de los libros de tazmías) o a particulares (títulos señoriales o
documentos probatorios de enajenaciones de oficios, rentas, etc.). 6 ARCHIVO
HISTÓRICO NACIONAL. Catastro de Ensenada. Respuestas Generales de Getafe. 1752.
Microfilm Nº 129, rollo 2. El original se
conserva en el Archivo General de Simancas. Sección Hacienda. Dirección General de
Rentas. Libro 459. De haberse actuado en Madrid del mismo modo que se hizo en otras
provincias, las averiguaciones catastrales en ella desarrolladas deberían haber sido
dirigidas enteramente por el Intendente, el marqués de Rafal, la máxima autoridad
provincial. Sin embargo, éste, enviado en junio de 1750 a Andalucía por el monarca con
motivo de una crítica situación en el abastecimiento de granos tras repetidos años de
malas cosechas y plagas de langosta, encomendó la dirección del Catastro a Agustín
Sebastián Ortiz, que actuó en calidad de juez-subdelegado del Intendente. Véase al
respecto la introducción que hace Concepción CAMARERO BULLÓN al volumen Fuenlabrada
1753. Según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada, Madrid, Tabapress,
1990. 7 En las Relaciones
Topográficas de 1576 mandadas hacer por Felipe II se escribe Xetafe. Su significado
es de difícil interpretación. Según los informantes de esta Relación, el término
Xetafe proviene del arábigo Jata, que quiere decir cosa larga, lo que haría referencia
al hecho de que este pueblo fue fundado a lo largo del Camino Real de Madrid a Toledo. Por
lo expresivo de la cita no está de más reproducir textualmente parte del capítulo
primero de las Relaciones Topográficas de Getafe: Respondiendo al primer
capítulo dijeron que al presente se llama Xetafe, y por qué se puso este nombre no
sabemos cosa cierta más de habernos informado que este nombre de Xetafe en lengua
arábiga dicen que Jata quiere decir cosa larga, y en nuestra lengua quiere decir Xetafe,
y por esta razón tenemos entendido que se puso Xetafe por cosa larga, porque en este
pueblo fue fundado en el asiento donde está ahora de otra fundación cerca de este mismo
pueblo donde fue primero fundado, que se decía Alarnes, y como este asiento estaba en
camino real de Madrid para Toledo, y el sitio del dicho Alarnes era sitio húmedo y
enfermo, y a esta causa se vinieron algunos vecinos a hacer casas a manera de ventas en el
camino real, donde viendo el sitio más sano que no el dicho Alarnes, se vino poco a poco
todo el pueblo poblando siempre a las orillas del camino a la larga, y por esta razón
tenemos entendido que por ser el principio del pueblo largo se llama Xetafe, porque nos
dicen los moriscos que Jata quiere decir cosa larga y en nuestra lengua Xetafe como
tenemos dicho. (ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord.), Relaciones
Topográficas de Felipe II. Madrid, Vol. 1 (Transcripción de los manuscritos), Madrid, Comunidad de Madrid, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, 1993, pp. 389-390). 8 Como
señala Miguel Artola, en el Antiguo Régimen la organización territorial para el
desarrollo del poder político conoció únicamente dos niveles: el central, formado por
Consejos (órganos consultivos y administrativos) y secretarias de Estado y del Despacho
(órganos ejecutivos), y el municipal dependiente de éstas. (ARTOLA, Miguel, Antiguo
Régimen y revolución liberal, Barcelona, Ariel, 1978, pág. 20). 9 Integrado en el
municipio de Getafe desde el siglo XIX. 10
Efectivamente, si consultamos los datos del llamado Vecindario de Ensenada de 1759
referentes a la provincia de Madrid, observamos que Getafe, al que se cataloga como lugar,
con 782 vecinos censados, es el núcleo poblacional más habitado, sólo por
detrás de la Villa y Corte, de cuantos componían la provincia de Madrid. Perales del
Río, que aparece como villa, presenta, por el contrario, únicamente 16 vecinos. (Véase
CAMARERO, Concepción y CAMPOS, Jesús, Vecindario de Ensenada de la Corona de
Castilla, 1759, Vol. 2, Madrid, Centro de Gestión Catastral y Cooperación
Tributaria, Tabapress, 1991, pp. 553-561). 11 Si
volvemos a tomar como fuente el Vecindario de Ensenada de 1759 en su apartado de la
provincia de Madrid encontramos múltiples ejemplos de este fenómeno que vienen a
acompañar al ya citado caso de Getafe y Perales del Río. Así, descubrimos que núcleos
como Vallecas, Fuenlabrada y Fuencarral, con 538, 452 y 437 vecinos censados,
respectivamente, son clasificados como lugares, mientras que núcleos como Chamartín y
Canillas (36 vecinos censados cada uno), Arroyo Molinos (22 vecinos), Alameda
y Canillejas (18 vecinos cada uno), Rivas (10 vecinos) o Húmera y Polvoranca (6 cada uno)
eran clasificados como villas, con los correspondientes privilegios que esto les otorgaba. 12 CASTRO,
Concepción de, La Revolución Liberal y los municipios españoles, Madrid, Alianza
Editorial, 1979, pág. 29. 13
DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit, pp. 43-44; BERMEJO CABRERO,
José Luis, Estudios sobre fueros locales y organización municipal en España (siglos
XII-XVIII), Madrid, Universidad Complutense, Facultad de Derecho, 2001, pp. 15-16. 14
DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pág. 44. 15 ARCHIVO HISTÓRICO
NACIONAL. Catastro de Ensenada. Respuestas Generales de Getafe. 1752.
Microfilm Nº 129, rollo 2. 16 CORELLA
SUÁREZ, Pilar, Geografía y economía durante el Antiguo Régimen: tierras de
Madrid en el lugar de Getafe, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños,
Madrid, Tomo XXXVII, 1997, pp. 605-625. La primera fecha
conocida de la pertenencia de Getafe al alfoz madrileño data del año 1252. (SEGURA,
Cristina, Madrid en la Edad Media. Génesis de una capital (873? 1561),
en SANTOS JULIA, DAVID RINGROSE y CRISTINA
SEGURA, Madrid. Historia de una capital, Madrid, Alianza Editorial, Fundación Caja
Madrid, 1994, pág. 44). Sobre la articulación socioeconómica y política que rige las
relaciones entre la villa de Madrid y los distintos lugares que componían su Tierra puede
verse la obra recién citada, especialmente los capítulos 8 y 9, pp. 63-79. Para un
acercamiento a la casuística de las Comunidades de Villa y Tierra en el proceso de
Repoblación peninsular puede verse la obra de Gonzalo MARTÍNEZ, Las Comunidades de
Villa y Tierra de la Extremadura Castellana, Madrid, Editora Nacional, 1983. 17 En 1481
y en 1483 el Concejo de Madrid daba licencia a vecinos de Pinto, Parla y otros lugares
para que se avecindasen en Getafe, asignándoles solares y declarándoles libres de pechos
y facenderas concejiles durante cinco años alternos. (Libro de Acuerdos del Concejo de
Madrid, 1464-1600. Edición de A. MILLARES CARLO y J. ARTILES RODRÍGUEZ, Madrid,
1932, pp. 109, 128, 152 y 261; citado por QUIRÓS LINARES, Francisco, Getafe. Proceso
de industrialización de una villa de carácter rural en la zona de influencia de Madrid,
Madrid, Instituto Juan Sebastián Elcano, 1960, pág. 5). 18 En 1644
el Ayuntamiento de Madrid, con el objeto de reparar el Puente de Toledo (paso de obligado
cumplimiento en el camino que unía la Corte con la mitad sur peninsular) establecía un
repartimiento fiscal por el que Getafe quedaba obligado a contribuir con 4.400 reales y
otros lugares de la Tierra, como por ejemplo Carabanchel Alto y Carabanchel Bajo, con 600
y 1.400 reales, respectivamente. (Archivo de Villa; Repartimientos, 1644; recogido
por PUÑAL FERNÁNDEZ, Tomás y SÁNCHEZ MOLLEDO, José María, Evolución histórica
de un concejo de aldea madrileño: los Carabancheles, Separata de Torre de los
Lujanes, Madrid, Boletín nº 23, pp. 151-172). 19 En 1264
las quejas de los pecheros de los pueblos que integraban el alfoz de Madrid en torno a las
injusticias fiscales y lo gravoso que resultaba a los habitantes de la Tierra tener que
acudir a la Villa de Madrid, como detentadora de toda la jurisdicción, por cualquier
asunto litigioso, fueron atendidas por Alfonso X, que dio participación a los lugares en
el nombramiento de excusados (lo que no impediría su aumento) y dotó de dos alcaldes a
los concejos aldeanos, con capacidad para entender en pleitos de una cuantía reducida,
que se fijaba en grado ascendente según la mayor lejanía de la ciudad. Esta figura de
los alcaldes aldeanos recibió una revalorización con Fernando el Católico, que en 1502
concedió que cada pueblo de la jurisdicción madrileña eligiese uno o dos alcaldes que
se encargaran de los pleitos inferiores a 60 maravedíes. (MADRAZO MADRAZO, Santos,
BERNARDOS SANZ, José Ubaldo, HERNANDO ORTEGO, Javier y DE LA HOZ GARCÍA, Carlos (Equipo
Madrid), La Tierra de Madrid, en Madrid en la época moderna: Espacio,
sociedad y cultura. Coloquio celebrado los días 14 y 15 de diciembre de 1989, Universidad Autónoma de Madrid, Casa de
Velásquez, 1991, pág. 44). 20
SANTAYANA BUSTILLO, Lorenzo de, Gobierno político de los pueblos de España, y el
Corregidor, Alcalde y Juez en ellos, Estudio preliminar por Franciso Tomás y
Valiente, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1979, pp. 145-146. En
1742 apareció en Zaragoza la primera edición de esta obra, de la que se hizo una segunda
impresión en Madrid en el año 1769. 21 FARIÑA JAMARDO,
José, El Getafe del siglo XVIII, Getafe, Ayuntamiento de Getafe, 1981, pág. 50. 22 Los
millones eran servicios pecuniarios concedidos
periódicamente por el reino a la Corona y sucesivamente renovados. Gravaban los consumos,
especialmente los de vino, vinagre, aceite, carne, azúcar, chocolate, pasas, pescado,
papel y velas de sebo, etc. y se materializaban en las llamadas sisas, consistentes en
fijar un sobreprecio a tales consumos. Dentro
de la denominación otros derechos es más que posible que se incluyeran los
servicios ordinario y extraordinario, pues en el resto de la Relación del Concejo
no se hace referencia específica a los mismos, y sabemos por las Respuestas Generales
que Getafe estaba cargado de ellos y que estaban encabezados (aunque no se nos diga su
cuantía). 23 En
Getafe encontramos que varias de las que constituían las principales rentas de la
fiscalidad real durante la Edad Moderna habían sido enajenadas de la Corona: el Concejo
de Getafe había adquirido el derecho a recaudar para sí las alcabalas, que rendían
32.772 reales y 1 maravedí anualmente; las tercias reales, cuyo montante ascendía a
13.792 y 29,5 maravedíes al año, pertenecían al conde de Barajas; y los Cientos, que
importaban 17.500 reales, estaban en manos del Estado de Chinchón (primer y segundo unos
por ciento: 8.500 reales) y de la marquesa de Mejorada (tercer y cuarto unos por ciento:
9.000 reales). 24 Las
quejas de los representantes de Getafe con respecto a unos repartimientos que consideraban
desproporcionados e injustos son constantes a lo largo de toda la Edad Moderna. Para ver
la pugna establecida por la justicia de Getafe con los diputados de rentas de los Cinco
Gremios Mayores de Madrid, en general, y con el administrador de los mismos en Getafe, en
particular, véase FARIÑA JAMARDO, José, op. cit., pp. 209-218. 25 MARTÍN
GALÁN, Manuel y SÁNCHEZ BELEN, Juan A., Los pueblos de la actual provincia de Madrid
a finales del siglo XVIII, según el conjunto documental de Tomás López / Cardenal
Lorenzana, Volumen II, Madrid, 1983, Trabajo inédito, pág.101. 26 Para
buscar cualquier referencia de este tipo sobre el Getafe anterior al siglo XIX hay que
bucear en los Libros de Actas de la Villa de Madrid. 27 ALVAR
EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 390; MARTÍN GALÁN, Manuel y SÁNCHEZ
BELEN, Juan A., op. cit., pág.102. 28 Javier
María Donézar en su trabajo sobre la provincia de Toledo en el siglo XVIII detecta en la
documentación del Catastro de Ensenada la existencia de diferencias jurídicas entre el
lugar y la aldea. Por aldea entiende un núcleo de población sin termino ni
jurisdicción propias; que en los Libros de haciendas aparece incluido en la villa
en cuyo término se encuentra ubicada. Sus habitantes tenían solamente la categoría de
moradores, siendo vecinos de la villa en cuestión y sus tierras, por ende,
del término de la misma. (DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pp.
43-44). 29 En las Relaciones
Topográficas se achaca la pérdida de población de estos sitios a la insalubridad de
los mismos, viéndose incrementada con ello la población de Getafe. Véase ALVAR
EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 401. De todas formas, no resulta
desechable pensar que en la despoblación de tales núcleos jugara un papel importante la
atracción ejercida por un Getafe en pleno desarrollo como consecuencia de su posición
sobre el camino real de Toledo. 30 FARIÑA
JAMARDO, José, op. cit., pág. 18. 31 ARCHIVO HISTÓRICO
NACIONAL. Catastro de Ensenada. Anotaciones y rectificaciones ulteriores a las
Respuestas Generales una vez confeccionados los Libros de lo real (o registro), 1754.
Microfilm
Nº 129, rollo 2. 32 ARCHIVO MUNICIPAL DE
GETAFE, Libro 158, legajo 3º, número 7. 33 Aunque
Acedinos, Aluden, Cunebles y Torre Valcrispín al quedar despoblados a lo largo de la Baja
Edad Media pasaron a formar parte del término de Getafe, siendo sus tierras aprovechadas
mayormente por vecinos de Getafe, siguieron gozando de territorio decimal independiente y
de beneficiarios propios. 34 Dos
problemas se interponen en esta cuestión. En primer lugar, aunque es cierto que
generalmente el diezmo constituye el 10% de la producción bruta, con lo que podríamos
tratar de acercarnos multiplicando por diez el valor de lo diezmado, sin embargo, como se
señala en la certificación, el valor recogido es el del arrendamiento de los diezmos, no
el de estos en sí. Y en segundo, debemos tener en cuenta que la productividad de los
granos difiere no ya sólo de una especie a otra, sino dependiendo de la calidad de la
tierra en que han sido sembrados. La información catastral de Getafe, en un síntoma más
de ocultación ejercida por los representantes del pueblo, tampoco nos proporciona la
productividad del trigo y la cebada en cada una de las tres calidades de tierra existentes
en el término. 35
DONÉZAR DÍEZ DE ULZURRUN, Javier María, op. cit., pág. 229. Para corroborar lo
complejo de las labores que requería el cultivo de la vid en otra regiones de España,
véase Sanlúcar de Barrameda 1752. Según las Respuestas Generales del Catastro de
Ensenada, Madrid, Tabapress, 1995, Introducción a cargo de Jesús Campos Delgado y
Concepción Camarero Bullón, pp. 45-47. 36 ARCHIVO
MUNICIPAL DE GETAFE, Libro 158, legajo 3º, número 7 y ALVAR EZQUERRA, Alfredo (coord..),
op. cit., pp. 392 y 401. 37 ALVAR EZQUERRA,
Alfredo (coord..), op. cit., pág. 392. 38 LÓPEZ,
Tomás, Descripción de la provincia de Madrid, Madrid, Joachin Ibarra, 1763, pág.
173. 39 ALVAR
EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 392. 40 MARTÍN
GALÁN, Manuel y SÁNCHEZ BELÉN, Juan Antonio, op. cit., pág. 104. 41 Uno de
los más decididos empeños del marqués de Ensenada fue repoblar forestalmente todo el
territorio de la Corona, con especial atención a los árboles idóneos para la
fabricación de bajeles y sus arboladuras. 42 ALVAR
EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 391. 43
RINGROSE, David, Madrid, capital imperial. 1561-1833 en SANTOS JULIA, DAVID
RINGROSE, y CRISTINA SEGURA, op. cit.,
pp. 218-219. 44 Véase
CASTRO, Concepción de, El pan de Madrid. El abasto de las ciudades españolas del
Antiguo Régimen, Madrid, Alianza Universidad, 1987. 45
DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, El abasto de pan a Madrid por los pueblos
circunvecinos, en II Jornadas de estudios sobre la provincia de Madrid: 25-29 de
noviembre de 1980, Madrid, Diputación Provincial, 1980, pp. 701-702. 46 Ibídem. 47 OTERO
CARVAJAL, Luis Enrique, CARMONA PASCUAL, Pablo y GÓMEZ BRAVO, Gutmaro, La ciudad
oculta. Alcalá de Henares 1753-1868. El nacimiento de la ciudad burguesa, Madrid,
Fundación Colegio del Rey, 2003, pág. 37. 48 Véase RINGROSE,
David, op.
cit., pp. 121-235, especialmente pp. 213-235; y/o RINGROSE, David, Madrid y la
economía española, 1560 - 1850. Ciudad, Corte y País en el Antiguo Régimen,
Madrid, Alianza Editorial, 1985. 49
Fuenlabrada 1753.., op. cit., pág. 29. 50 La red
viaria presente en el territorio de Getafe ha tenido relevancia desde tiempos remotos pues
dicho termino, además de por el Camino Real de Toledo, está atravesado por varias vías
pecuarias: la Cañada Real o Senda Galiana, la Vereda de San Marcos, la Vereda del Camino
Real de San Martín, la Vereda del Molino y la Vereda de Leganés a Perales del Río. Su posición en el
camino real hace que en la Edad Moderna Getafe se convierta en parada obligada para que
hombres y caballerías repusieran fuerzas en su viaje hacia o desde Madrid, como lo
testimonian numerosas referencias literarias de los autores del Siglo de Oro,
las cuales aluden a ese carácter de pueblo itinerario y a la obligatoriedad de etapa
intermedia que poseía el núcleo. En el documento fundacional del hospital de San José,
de 1527, se dice que Getafe es lugar do hay muchos mesones para las personas
sanas que llevan con que se sustentar. Tirso de Molina en unos versos de su obra
Desde Madrid a Toledo dice De Madrid a Getafe / ponen dos leguas; / veinte
son si la calle / se pone en cuenta / ¡Jesús, qué larga!. Y Lope de Vega en La
villana de Getafe escribe De Getafe es uso hacer / labor a la puerta, y ver /
los que pasan.... Todas estas referencias han sido tomadas de QUIRÓS LINARES,
Francisco, op. cit., pp. 5-6. 51 ALVAR
EZQUERRA, Alfredo (coord..), op. cit., pág. 395. 52
Estado de frutos y manufacturas del pueblo de Getafe, desde el 1 de enero al 15 de
noviembre de 1795 recogido por José FARIÑA JAMARDO, op. cit., pp. 128. 53 Ibídem.
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