Historia de la UCM - Facultad de Educación

El origen de la actual Facultad de Educación –Centro de Formación del profesorado- se remonta  a la creación de las Escuelas Normales en el siglo XIX en España, cuyo objetivo era profesionalizar el ejercicio del magisterio. La primera Escuela Normal para varones fue fundada por Pablo Montesino en 1839 en Madrid y fue considerada como Normal Central porque daba la pauta para el resto de instituciones de este tipo que se fundaran en adelante  La institución homóloga femenina fue la Escuela Normal Central de Maestras, fundada en 1858. Ambos centros evolucionaron a lo largo de los siglos XIX y XX, siguiendo el ritmo de la política imperante en España a lo largo de ese periodo de tiempo. Así, se llevaron a cabo varias reorganizaciones específicas para cada una de estas escuelas hasta que, en 1898, ambas se rigieron por las mismas disposiciones legislativas y se fueron adaptando a los distintos planes educativos para la formación del magisterio de enseñanza primaria, que se fueron promulgando durante este tiempo.

Junto a la fundación de escuelas normales, otro antecedente significativo en la formación del profesorado español fue la creación en 1909 de la Escuela Superior del Magisterio, que aglutinó la impartición del grado normal, que se daba anteriormente en las escuelas normales centrales y también la formación para la inspección de enseñanza primaria. Dicha escuela, que albergó un importante plantel de profesores y profesoras y la especialización en los estudios pedagógicos y didácticos,  desapareció en 1932, cuando la Segunda República española, en el contexto de las importantes reformas educativas que emprendió durante su primer bienio, llevó los estudios de Pedagogía a la Universidad, creando, por D. de 27 de Enero de 1932, la Sección de Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la entonces aún Universidad Central de Madrid. Un año después sería creada esta Sección en Barcelona, si bien el antecedente inmediato del acceso de los estudios pedagógicos a la enseñanza superior, lo situamos en la Cátedra de Pedagogía, impartida por Manuel Bartolomé Cossío, en el Doctorado de la mencionada Facultad de Filosofía en 1904.

Tras la guerra civil española y el comienzo del régimen franquista las dos secciones de Pedagogía de Madrid y Barcelona, tuvieron que adaptarse, como el conjunto de la educación en esa época, a las reformas ideológicas imperantes y depuraciones de su profesorado. Se fueron creando otras secciones en otras universidades españolas, permaneciendo siempre dentro de la Facultad de Filosofía y Letras, que, en su plan de estudios, ofrecía dos cursos de estudios comunes para todo su alumnado y tres de especialidad, ya fuera en Pedagogía, Filosofía, Psicología, Literatura, Filologías, Geografía e Historia, etc. Dichas especialidades o Secciones se fueron desmembrando poco a poco de su tronco común (a partir de 1972) y constituyéndose en Facultades independientes y así, en esta etapa, se conformó la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación en 1975. Años más tarde, en 1991, por R. D. de 27 de Septiembre de ese año, se creó la actual Facultad de Educación –Centro de Formación del Profesorado- mediante la fusión de tres instituciones: la Sección de Ciencias de la Educación (quedando la de Filosofía como Facultad independiente); las Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado, vinculadas a la Universidad Complutense: La Pablo Montesino y la María Díaz-Jiménez, cuyos antecedentes están respectivamente en las dos Escuelas Normales, de varones y mujeres, a las que nos referíamos al comienzo de estas líneas; y el Instituto de Ciencias de la Educación (ICE), entre cuyos cometidos estaba la impartición de los cursos de adaptación pedagógica para los licenciados, que quisieran dedicarse a la docencia.

Sería muy arbitrario mencionar nombres de profesores y profesoras, que a lo largo de todo el periodo de tiempo sucintamente enunciado, han conformado la intrahistoria de las instituciones reseñadas porque, ante la imposibilidad de mencionar a todos, nuestra selección dejaría en el tintero figuras relevantes no mencionadas: directores y directoras de Escuelas Normales, profesores y profesoras, catedráticos y catedráticas, decanos y decanas, etc. Es por ello que sólo haremos mención a un profesor, Anastasio Martínez Navarro, Decano en el periodo de creación de la actual Facultad, que fue uno de los máximos impulsores del proyecto. Sin duda él contribuyó de forma muy significativa para que dicho proyecto de fusión salvase obstáculos y se fuera convirtiendo en una realidad armoniosa, científica y académica. 

Carmen Colmenar

 

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