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Sin embargo, no debe olvidarse que la cuestión mediterránea es también una compleja cuestión política mundial, que ha devenido en una de las áreas más conflictivas e inseguras del planeta. El proceso atraviesa todo el siglo veinte, comenzando por la política colonial de Francia, Inglaterra y otras potencias europeas, que se aprovecharon del hundimiento del Imperio otomano. Las dos guerras mundiales desembocaron en la fragmentación y división del mundo árabe islámico, al mismo tiempo que se fue estableciendo una influencia creciente de Estados Unidos en la zona. En la primera guerra, Francia e Inglaterra se repartieron, con la anuencia de la Sociedad de Naciones, el control de la formación de los Estados árabes en el área mediterránea. Después de la segunda Gran Guerra, se estableció la independencia política de los países árabes del Mediterráneo, salvo Argelia que lo hará tras su particular victoria bélica. Pero se producirá también un hecho nuevo. El antagonismo postbélico entre Estados Unidos y la Unión Soviética se hará sentir en sendos reparto e influencia: Turquía y los países del Golfo pérsico se alinearán con los Estados Unidos; Siria, Libia, Argelia y otros árabes islámicos lo harán con la Unión Soviética y el bloque comunista. La unidad mediterránea se hacía imposible, a lo cual se añadirá otra fuente permanente de conflicto: la creación del Estado de Israel y el desencadenamiento de lo que llamó Edward Said la “cuestión palestina”. Todavía la recta final del siglo veinte iba a deparar más sorpresas. El hundimiento del Imperio soviético, el fin de la “guerra fría” y del orden bipolar del mundo vieron desencadenarse nuevas guerras y conflictos, desde los Balcanes y el Líbano hasta Irak y Afganistán, mantenidos por las potencias occidentales, con la participación directa o indirecta de las naciones euromediterráneas.

Todo ello ocurre en una circunstancia histórica en la que se ha diluido un poco el temor de una “destrucción mutua asegurada”, para ser sustituido por el terror globalizado y los fundamentalismos violentos y suicidas que impiden el diálogo civilizador y democrático, en el que debe asentarse un nuevo orden mundial. Pero ese orden debe comenzar por ser observado en la nueva realidad europea. Hoy en día, cualquier cuestión mediterránea deviene siempre en una cuestión europea, pero algunos países miembros de la UE, como Francia, España e Italia, se han convertido en paladines de una política mediterránea europea, especialmente volcada sobre la zona más occidental del  viejo mar. Fue así como se creó., ya en 1988, un Forum mediterráneo abierto a terceros países, encargado de diseñar una política comunitaria para el Mediterráneo. Y fue así como, en 1995, bajo las presidencias de Francia y España del Consejo de ministros de la UE, se acordó celebrar una conferencia euromediterránea, que se reunió en Barcelona en noviembre de 1995, y acordó una Declaración para impulsar una política mediterránea global, donde la paz, la seguridad, la economía, las finanzas, la cultura, el Estado de Derecho, la democracia y los derechos humanos aparecían por primera vez  concentrados en un documento único. Los objetivos de la Declaración de Barcelona resultaron excesivamente ambiciosos, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades para el diálogo político, el desarrollo del fundamentalismo religioso y un terrorismo rampante que dificultaban la paz y seguridad de la zona. Diez años después, se declaró el 2005 como “año del Mediterráneo”, y bajo la presidencia de Tony Blair volvió a reunirse en Barcelona la Conferencia de Ministros de Exteriores. Ahora se limitaron mucho los objetivos, sobre un programa de trabajo concentrado en los temas de la inmigración, la justicia y la seguridad. Se puso especial acento en la lucha contra el terrorismo, sobre cuya significación se originó una gran controversia entre las delegaciones árabes y europeas. En todo caso, el Proceso de Barcelona fue esfumándose, hasta que llegó Nicolás Sarkozy  con un nuevo proyecto de mayor implicación europea: la “Unión para el Mediterráneo”, en fase de organización y actuación estratégica.

En este nuevo panorama se insertan los objetivos del Euro-Mediterránean University Institute (EMUI) y, específicamente, de la revista Nomadas. Tal vez una buena muestra de lo que se pretende con Nómadas lo constituye los temas abordados en su primer número: la hora de Africa; políticas sociales y socialdemócratas (Grecia y España); cambios en el proyecto europeo; hacia una nueva ciudadanía digital europea; la OCDE y el área mediterránea; la modernidad de los jóvenes y la identidad europea; la pasión mediterránea y los ciudadanos difusos; el ciberterrorismo y la ciberguerra; aspectos sociales del desarrollo en el área mediterránea ; el papel de la sociedad civil en un mundo postnacional; Mediterráneo e inmigración; presencia del Mediterráneo en la Agenda Europea; Sarkozy y la Unión para el Mediterráneo; diálogo entre culturas en el Mediterráneo; religión y política en Israel; la diferencia de la diferencia; las trampas de la subjetividad … Diversos temas tratados con autoridad por especialistas en sus respectivos campos y en su dimensión más amplia dentro de los objetivos del Instituto.

Se trata de pensar, una vez más entre todos, el Mediterráneo en su proyección universal, cuando la lechuza de Minerva parece fatigada de sobrevolar el viejo mar.