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García Marquez y Vargas Llosa, entre la amistad y los desencuentros

García Marquez y Vargas Llosa, entre la amistad y los desencuentros

Publicado el 06/07/2017 a las 22:56 horas

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

Tras los aguaceros caídos del cielo, llegó el torrente de palabras del escritor Mario Vargas Llosa. En un diálogo con el ensayista Carlos Granés, el Premio Nobel 2010, que ya se había referido en otras ediciones de los Cursos de Verano a Octavio Paz, Jorge Luis Borges o los vanguardistas peruanos, se centró en la vida y obra de Gabriel García Márquez, Premio Nobel 1982, y más concretamente en su “estrecha” amistad y también en sus desencuentros políticos y literarios. Granés, director del seminario García Márquez: más allá del realismo mágico, en el que colabora la Cátedra Vargas Llosa, definió este encuentro como un particular coloquio entre dos “titanes” de la literatura.

La primera obra de García Márquez que conoció Vargas Llosa fue El coronel no tiene quien le escriba. La leyó en francés cuando trabajabaen la radiotelevisión de Francia para un programa de libros. “Me gustó mucho por su realismo tan estricto, con esa descripción tan precisa de ese viejo coronel inasequible al desaliento, reclamando una jubilación que nunca llegará”, afirmó el escritor peruano.

A este primer encuentro literario, le siguió una intensa correspondencia, en la que incluso pergeñaron una novela a cuatro manos sobre una guerra entre Perú y Colombia en la región  del Amazonas, que al final no fructificó. Cuando se vieron por primera vez en el aeropuerto de Caracas en 1967, en el momento en que Vargas Llosa recibía el Premio Rómulo Gallegos por La casa verde y Gabriel García Márquez acaba de publicar Cien años de soledad, ya sentían “una simpatía recíproca y eran íntimos amigos”.

“Huraño y locuaz”

Después, en la Universidad de Ingeniería de Lima, según el relato de Vargas Llosa, entrevistó a su colega colombiano en un auditorio, un acto que luego quedó reflejado en una edición “pirata” que molestó a García Márquez: “Era huraño, reacio y tímido cuando se enfrentaba al público; todo lo contrario a la intimidad, donde era locuaz, divertido y hablaba con desenvoltura”.

Bajo la influencia de William Faulkner y su técnica moderna de contar, y el influjo de Virginia Woolf, hacia García Márquez, y de Sartre, hacia Vargas Llosa, ambos descubrieron al mismo tiempo que eran escritores latinoamericanos en un momento en que no existía esa conciencia de América Latina como unidad cultural.

Esta situación cambió, según el autor de La fiesta del chivo, con la revolución cubana, que tuvo “una enorme repercusión en nosotros” y que fomentó una “cálida” amistad. Vargas Llosa consideró que su colega colombiano pasaría después un “discreto proceso de desencanto” con el sistema político cubano, que le purgó cuando trabajaba en Prensa Latina. “Yo entonces era un entusiasta de la revolución cubana y él era poco entusiasta e incluso mantenía una posición burlona hacia ella”, añadió.

Después del caso Padilla, en el que este poeta fue acusado y encarcelado por traicionar la revolución cubana y que provocó una ola de protesta de escritores de todo el mundo, Vargas Llosa aludió al “sentido muy práctico” de su amigo que, en ese momento “fronterizo” consideró que era mejor para él estar con Cuba que recibir “el baño de mugre que recibimos otros” por ser críticos ante este hecho.

Vargas Llosa también contó que tras impartir cursos en Puerto Rico, Inglaterra y Barcelona sobre la obra de García Márquez, escribió Historia de un deicidio sobre la obra de su amigo basada en su tesis doctoral presentada en la Universidad Complutense.

Subdesarrollo literario

Calificando a García Márquez de “enormemente divertido” en el relato de anécdotas, pero sin llegar a la categoría de intelectual, Vargas Llosa determinó que los mitos, el lenguaje y los gustos de la obra del escritor colombiano lo enmarcan dentro de la literatura latinoamericana más auténtica. A su juicio, “tenía una prosa que convertía en bello lo feo y en atractivo, lo que era repelente”. Y sobre esta, idea el escritor peruano ironizó: “El subdesarrollo es bello solo en la literatura, pero no voy a aceptar que América Latina se quede como está para que produzca buena literatura”.

Sobre Cien años de soledad, de la que se cumple medio siglo de vida, Vargas Llosa confesó haberse quedado “deslumbrado” cuando abordó su lectura y la definió como la novela de caballería que “por fin” había tenido América Latina. La novela de García Márquez, para el autor de La ciudad y los perros, tiene la capacidad de ser un libro “lleno de atractivos para un lector refinado, culto y exigente, pero también para un lector elemental que solo sigue la anécdota”. En definitiva, Cien años de soledad, para Vargas Llosa, cumple los requisitos de una obra maestra, que puede quedar “enterrada” un tiempo, pero luego vuelve a hablar a los lectores.

Interpelado por Granés sobre si después de su distanciamiento, volvieron a tener contacto los dos escritores, Vargas Llosa contestó con un escueto “no” y apremió a su interlocutor a dejar ese tema porque entraban en terreno “peligroso”.


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