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Nº 1 Enero, año 2001 |
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___________ Editorial
Durante la década de los noventa nuestro
mundo ha cambiado completa y radicalmente. No es una valoración, es una
descripción, sin más. Una parte sustancial de esta responsabilidad le
corresponde al fin de la experiencia de construcción de un modelo económico y
social anticapitalista. Parece que este es el mínimo en el que podemos ponernos
de acuerdo. Si se valora como socialista, entonces comienzan los desacuerdos.
Aunque no parece tampoco muy razonable ignorar lo que estos regímenes pensaban
de si mismos.
Sea como fuere su fin alimentó una reflexión
sobre la comprensión de este siglo que ha conocido al menos dos polos. El
primero representado por el historiador inglés Eric Hobsbawn defiende la idea
de un siglo corto marcado por el comienzo y fin de esta singular experiencia. La
segunda, representada por Giorgio Arrighi apuesta por una explicación fundada
en las continuidades y utiliza una terminología claramente contrapuesta: el
siglo largo.
Pero además de esta reflexión genérica la
transición en estos países se ha convertido en un auténtico y gigantesco
laboratorio. Lo inesperado del derrumbe del bloque socialista y el contexto
internacional en el que se produjo situó la alternativa liberal como el modelo
de reinserción de estos países en la economía internacional. Fue también la
agenda neoliberal la que explica el papel de la democracia y los debates
alrededor del significado e importancia de la sociedad civil.
El modo en que estos países han enfrentado la
simultaneidad de procesos a los que debían ofrecer respuestas ha suministrado
una casuística que permite ofrecer una primera conclusión: debemos hablar de
transiciones y no de transición.
Por más que algunos rasgos comunes deban ser
destacados, los ritmos, la cadencia, el convencimiento de la elite dirigente, el
papel de las poblaciones etc, no ha sido el mismo. Y en esos matices se esconde
la gracia de las ciencias sociales.
En ese nivel de concreción hemos pretendido
ofrecer preguntas y respuestas en las jornadas que esta revista patrocinó junto
a la Fundación de Investigaciones Marxistas, a la que agradecemos su apoyo.
Recorrimos en esos días algunas cuestiones
cruciales para la comprensión de los procesos de transición y para poder
realizar eventuales valoraciones: la situación social, los procesos económicos,
la construcción nacional y las minorías, la construcción de una
institucionalidad democrática.
Es difícil realizar conclusiones, no era esta
la pretensión de las jornadas, pero once años después parece evidente para
todos que los méritos y deméritos de estos países, a día de hoy, no deben
seguir siendo referenciados respecto al pasado. Lo que estos países hayan
conseguido o no es el fruto del modelo de transición elegido.
Y en este punto los datos dicen que sólo unos
pocos países han alcanzado los niveles de producción de antes del cambio, o
que la caída en los niveles de vida ha sido espectacular. Junto a esto se han
incrementado a niveles desconocidos las desigualdades sociales y la pobreza.
Siendo optimistas cabe imaginar que los niveles de crecimiento y la expectativa
de ingreso en la Unión Europea consigan en el corto plazo modificar la situación.
Pero no todos están de acuerdo con esto. Para algunos analistas, el modelo de
crecimiento da muestras de agotamiento y la integración en las UE se hará en
condiciones de clara subordinación. Según esta tesis, estos paises pasarán a
formar parte de la periferia de la Unión, integrada por un núcleo duro
(alrededor de los países euro) y varios niveles de aproximación. La distancia
respecto al centro no será baladí y determinará la resistencia frente a
cambios en la coyuntura económica. La mayor sensibilidad de estas economías
puede dar lugar a fenómenos de duradera inestabilidad.
Naturalmente, se trata de diagnósticos. Y lo
cierto es que se ha demostrado el acertado diagnóstico de aquellos que
presumieron un alto nivel de consenso con el cambio incluso en condiciones difíciles.
La “economía de la paciencia” corrobora que en ausencia de alternativas las
poblaciones optan por la propuesta más creíble. Es verdad también, que en los
últimos tiempos este consenso se ha ido deteriorando y no parece tan sólido
como hace apenas dos años.
En el plano político las cosas tienen una
mejor apariencia. Si seguimos los análisis de la Comisión europea entonces la
institucionalidad democrática de estos paises es prácticamente homologable a
la nuestra. Y lo cierto es que así parece. Merece la pena, no obstante
considerar el impacto que el modelo de transición obrará en lo político en el
medio y largo plazo. La democracia se ha utilizado como cierre del modelo. Le ha
correspondido a la política gestionar el descontento social en un contexto de
descrédito de lo público ante la crítica por los delitos del pasado y por los
desafíos de una sociedad civil impregnada de un fuerte contenido
antiestatalista.
En fin, las ponencias presentadas a las
jornadas ofrecen ese collage diverso y
plural, imprescindible para acercarse con un mínimo de objetividad a problemas
tan complejos.
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